Etiqueta: distorsión

  • sólo en lo sentimental crearéis lo propiamente humano

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    La des­truc­ción pue­de ser con­si­de­ra­da en sí mis­ma co­mo una for­ma de crea­ción más allá de los lí­mi­tes mis­mos de la con­cep­ción hu­ma­na. La des­truc­ción co­mo tor­sión de la reali­dad; su dis­tor­sión en un ni­vel esen­cial mis­mo, nos lle­va ha­cia un nue­vo ori­gen que es só­lo po­si­ble en su seno mis­mo. El desem­bo­car en el amor en su for­ma más pu­ra, en el he­cho de crea­ción pu­ra­men­te hu­mano, es el mo­do en el que la des­truc­ción nos lle­va ha­cia una ver­dad crea­do­ra. Y eso ha­ce World’s End Girlfriend en su ma­ra­vi­llo­sa Les Enfants du Paradis.

    La can­ción co­no­ce su ori­gen en unos co­ros a los cua­les, pos­te­rior­men­te, se les aña­dió me­lo­día pa­ra eli­mi­nar a su vez los co­ros. La eli­mi­na­ción del fac­tor hu­mano co­mo ori­gen y fi­na­li­dad mis­ma nos da lu­gar en una de­cons­truc­ción ori­gi­na­ria an­tes de la cons­truc­ción mis­ma de la me­lo­día. El re­sul­ta­do fi­nal es una es­pe­cie de pop dis­lo­ca­do, dis­tor­sio­na­do, que lle­va al lí­mi­te los con­ven­cio­na­lis­mos de cual­quie­ra de las (en­de­bles) ca­te­go­rías mu­si­ca­les. La fi­si­ca­li­dad de la mú­si­ca se nos ha­ce pa­ten­te só­lo en su sin­cro­ni­ci­dad en la bai­la­ri­na crean­do en su pro­pio cuer­po el es­pa­cio de la des­truc­ción; del cam­bio. La mi­ra­da de la cá­ma­ra, aje­na al es­pa­cio, só­lo nos sin­te­ti­za las for­mas y mo­vi­mien­tos que su­gie­re el acom­pa­sa­mien­to que el cuer­po no es ca­paz de sin­te­ti­zar. Así se da un do­ble jue­go don­de el es­pa­cio de lo fí­si­co se mi­me­ti­za en la mi­ra­da ab­so­lu­ta­men­te ob­je­ti­va­da a tra­vés de la cual se dis­tor­sio­na el es­pa­cio de lo fí­si­co. En ese dis­tor­sio­nar crea un al­go nue­vo, crea un es­pa­cio ex­clu­si­va­men­te de la mú­si­ca, de la dan­za, don­de se dis­rup­te el es­pa­cio pa­ra ha­cer del he­cho fí­si­co de la bai­la­ri­na un ac­to úl­ti­mo de amor: la per­pe­tua­ción del ac­to de re­pre­sen­ta­ción artístico.

    La des­truc­ción co­mo una con­for­ma­ción crea­do­ra es la sín­te­sis de la ca­pa­ci­dad del ser hu­mano de la crea­ción, só­lo cuan­do arra­sa el he­cho na­tu­ral, cuan­do de­cons­tru­ye su reali­dad pró­xi­ma, pue­de con sus frag­men­tos ha­cer de lo que acae­ce re­pre­sen­ta­ción. Y, en el úl­ti­mo de los ca­sos, só­lo así es ca­paz de crear al­go que le sea pro­pia­men­te úni­co, a tra­vés de la dis­tor­sión de la idea men­tal en el mun­do a tra­vés del es­pa­cio fi­si­ca­li­za­do de la mi­ra­da. Y ese, es el más ge­nuino ac­to de amor del hombre.

  • la crítica, como la degustación, es tan fáctica como subjetiva

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    La fic­ción es un si­mu­la­cro en el cual la reali­dad se nos pre­sen­ta co­mo más pre­sen­te­men­te fác­ti­ca que la reali­dad mis­ma. La fo­to­gra­fía de una se­rie o pe­lí­cu­la siem­pre nos pa­re­ce­rá más ge­nuino, más her­mo­so, que la a me­nu­do des­lu­ci­da reali­dad fí­si­ca. La po­si­bi­li­dad ne­ce­sa­ria de la fic­ción de re­crear la reali­dad des­de el pun­to de vis­ta que aquel que lo mi­ra ‑y a su vez re­cons­truí­da por el espectador- ha­ce de es­ta un re­la­to fác­ti­co. Y so­bre es­to nos po­dría acla­rar unas cuan­tas co­sas Michael Winterbottom en su se­rie The Trip.

    Para sa­tis­fa­cer a su no­via ame­ri­ca­na Steve Coogan acep­ta el ha­cer un via­je por el nor­te de Inglaterra ha­cien­do una se­rie de re­se­ñas de res­tau­ran­tes pa­ra The Observer. El pro­ble­ma es que jus­to an­tes del via­je ella le pi­de un tiem­po pa­ra pen­sar en la re­la­ción, yén­do­se ella a América y de­ján­do­le a él só­lo con el tra­ba­jo. Ante se­me­jan­te te­si­tu­ra no ten­drá me­jor idea que in­vi­tar pa­ra acom­pa­ñar­le al, tam­bién có­mi­co, Rob Brydon. Aquí em­pie­za al­go que só­lo po­dría de­fi­nir­se co­mo una road mo­vie rea­li­za­da por un si­mu­la­cro de te­le­rea­li­dad. Todos los per­so­na­jes ha­cen de si mis­mos, de unas hi­per­bó­li­cas vi­sio­nes de si mis­mos; del mis­mo mo­do que to­dos los lu­ga­res que vi­si­tan son reales y los pla­tos siem­pre son co­ci­na­dos y de­gus­ta­dos por ellos mis­mos. Pero to­do es fal­so. O ra­zo­na­ble­men­te fal­so, una reali­dad que se lle­va con­ti­nua­men­te a los cam­pos de una fal­sa reali­dad que no es tal; es la ex­tre­mi­za­ción de to­do cuan­to ocu­rre. La mi­ra­da de la cá­ma­ra dis­tor­sio­na, am­pli­fi­ca, to­do cuan­to cap­ta; los cam­pos son más her­mo­sos, los pla­tos más ju­go­sos y los sen­ti­mien­tos, más intensos.

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