Etiqueta: Happiness In Slavery

  • usagi to nōsagi no monogatari

    null

    Tú y yo, to­dos no­so­tros, so­mos co­ne­ji­llos de in­dias de unos cuan­tos car­ni­ce­ros que quie­ran pro­bar sus ex­pe­rien­cias más per­ver­sas en cual­quier as­pec­to y plano de su vi­da. La si­tua­ción de la cla­se me­dia no es mu­cho más en­vi­dia­ble que la de los ani­ma­les que se uti­li­zan pa­ra ex­pe­ri­men­tar en los la­bo­ra­to­rios. Nuestro te­rror se es­con­de en A Bunny’s Life de Monokron.

    Un gru­po de psi­có­pa­tas ves­ti­dos de co­ne­jos al­re­de­dor de una me­sa de me­tal ha­cen ex­pe­ri­men­tos vio­lan­do y tor­tu­ran­do cruel­men­te al so­ni­do pa­ra con­se­guir di­fe­ren­tes ca­pas de rui­do de co­lor. A fre­cuen­cias ba­jas se­ría un ali­vio pa­ra la ten­sión ce­re­bral, a fre­cuen­cias al­tas es una au­tén­ti­ca bom­ba pa­ra nues­tros oí­dos, in­ca­paz de pro­ce­sar bien ese ex­ce­so de in­for­ma­ción. Monokron nos pe­gan una pa­ta­da en pleno ló­bu­lo cen­tral pa­ra que nos de­mos cuen­ta de que igual que ellos no­so­tros tam­bién so­mos co­ne­jos e igual que aho­ra ellos nos es­tán tor­tu­ran­do otros mu­chos po­drían y pue­den ha­cer­lo. La vi­da del co­ne­jo es ser tor­tu­ra­do, ate­ner­se a las re­glas de un sis­te­ma crea­do a sus es­pal­das y que no res­pe­ta su vi­da en fa­vor de un bien ma­yor, ya se lla­me Dios, se lla­me Mercado o se lla­me Estado. Así es­tos sim­pá­ti­cos ger­ma­nos in­ten­tan abrir­nos los ojos de la úni­ca ma­ne­ra que reac­cio­nan los se­res hu­ma­nos: a hos­tias. Con có­le­ra, con fue­go, es­cu­pién­do­nos su bi­lis ama­ri­lla a la ca­ra in­ten­tan­do cris­ta­li­zar nues­tro odio que se es­con­de en lo más pro­fun­do de nues­tro ser con­tra un sis­te­ma que no es que nos ha­ya da­do la es­pal­da, es que ja­más nos tu­vo en cuenta.

    Si Happiness In Slavery nos ha­bla­ba de la acep­ta­ción de la tor­tu­ra sien­do no­so­tros mis­mos nues­tros peo­res enemi­gos, A Bunny’s Life gi­ra la mi­ra­da ha­cia el otro co­mo cul­pa­ble de nues­tro do­lor una vez nos he­mos des­ata­do de las co­rreas que nos opri­men. Y es que yo soy el otro pa­ra los de­más y yo pa­ra mi mis­mo. Tú y yo so­mos los cul­pa­bles ab­so­lu­tos del po­der de El Otro.

  • la catártica mediación del yo

    null

    Otra co­la­bo­ra­ción es­ta vez de la mano de Francis Ruiz tam­bién co­no­ci­do co­mo Sicknarf en al­gu­nos círcu­los que nos de­lei­ta con una ex­po­si­ción so­bre mú­si­ca de la cual po­dréis apren­der mu­cho. Además pa­sa­ros por su ge­nial blog de po­lí­ti­ca, so­cie­dad y cul­tu­ra En el Asunto.

    Hoy les ha­bla­ré del ser más te­rro­rí­fi­co que exis­te. Ese que nos acom­pa­ña 24 ho­ras al día, 365 días al año y só­lo se va cuan­do mo­ri­mos. Estoy ha­blan­do de uno mismo.

    Del yo co­mo mons­truo nos ha­bla Trent Reznor en la opre­si­va Happiness In Slavery, com­ple­men­ta­da con su vi­deo­clip, di­ri­gi­do por Jon Reiss y pro­ta­go­ni­za­do por Bob Flanagan. Nadie le obli­ga a en­trar en la ha­bi­ta­ción ni a sen­tar­se en la má­qui­na. Ni si­quie­ra cuan­do su cuer­po es des­tro­za­do es­tá cla­ro que se de cuen­ta de la di­ná­mi­ca en la que es­tá. Pero da lo mis­mo, por­que no hay un ca­mino de vuel­ta. Todo lo que que­da­ba en él de con­trol se fue con su re­fle­jo en el espejo.

    Con es­tas mim­bres, cual­quie­ra po­dría pen­sar que Reznor es un mo­ra­lis­ta. Lo cier­to es que no, por­que si bien el Downward Spiral era un des­cen­so que aca­ba­ba con el pro­ta­go­nis­ta en el abis­mo, con el EP Broken nos vino a de­cir que aún po­de­mos arras­trar­nos mu­cho tiem­po en el fon­do. Y que una vez allí, lo su­yo es el re­go­deo en el fan­go y que más va­le en­con­trar la fe­li­ci­dad en la es­cla­vi­tud. Esclavos de las peo­res for­mas de no­so­tros mis­mos, del mons­truo que te­ne­mos en­ce­rra­do las per­so­nas de bien, pe­ro que en otros exi­ge sa­cri­fi­cios ca­da vez más gran­des en una hui­da ha­cia de­lan­te bus­can­do for­mas de sa­tis­fac­ción ca­da vez más ex­tre­mas. Después del fre­ne­sí des­truc­ti­vo que es Happiness in Slavery, una can­ción que no da tre­gua ni mu­si­cal­men­te ni con­cep­tual­men­te, Reznor se nos jus­ti­fi­ca con el si­guien­te te­ma: I tried and I gi­ve up. Se en­co­ge de hom­bros y nos de­ja pa­ra vol­ver a su celda.

    En de­fi­ni­ti­va, na­da me­jor pa­ra Halloween que re­cor­dar la au­tén­ti­ca ma­ne­ra de aca­bar he­chos tri­zas sin me­dia­ción de lo pa­ra­nor­mal. Y es que, si se dan las cir­cuns­tan­cias ade­cua­das, po­dría ser usted.