
Existe cierta condición traumática inherente al viaje. Sea por necesidad o placer, por obligación o decisión propia, el viaje implica, necesariamente, confrontar nuestra experiencia del mundo con lo que es realmente el mundo más allá de nuestros prejuicios: al salir de la comodidad de nuestro hogar ponemos en tela de juicio aquello que dábamos por supuesto, incluso la posibilidad misma del hogar, del yo, del nosotros. Eso no significa que nuestro juicio sea acertado, que el viaje implique necesariamente alguna clase de revelación verdadera: el trauma tiene una condición bipoiética, ya que nace tanto de la decepción como de la revelación. En ocasiones, viajar sólo sirve para confirmar prejuicios o establecer juicios erróneos. Acercarse hacia otros lugares, alejarse del hogar, también implica la posibilidad de perderse por el camino; huir de uno mismo, del hogar edificado, es bastante común cuando uno hace turismo: ante la falta de implicación real, el jardín del vecino siempre parece más verde.
Metafóricamente, volar tiene implicaciones similares a salir de viaje. Descubrimiento, peligro, huida; el que vuela está viajando hacia alguna parte, incluso si es su forma natural de transporte: los pájaros emigran como los aviones siguen una ruta comercial, pero igualmente todos ellos acaban volviendo al hogar. Al nido, al hangar. Cuando Future Islands hablan de un «largo vuelo» en Long Flight también hablan de un «largo viaje». De hecho, antes de cantar nada ya nos da esa sensación. La introducción Desde la introducción se va moviendo desde una cierta señal de alarma, los sintetizadores en un bucle de sonidos agudos, hasta conducirse en un aumento rápido de la tensión, la entrada de la batería y el bajo, que se asienta cuando empieza a cantar Gerrit Welmers los dos primeros versos: «I got back from a long flight, You said you’d meet me there,». La vuelta al hogar, la alarma, la sospecha de lo que haya podido ir mal en nuestra ausencia —que, en cualquier caso, está confirmada a priori: se nos narra en pasado perfecto, ya ha ocurrido.
Un café no sabe igual en Corea que en España. No es sólo la presión atmosférica, la composición del agua o el grano usado, sino también la situación vital y geográfica en la que lo tomamos; no es lo mismo tomar un café recogido en casa leyendo una novela que en alguna franquicia exótica que se hace pasar por francesa en el corazón del estiloso barrio de Gangnam. El espacio determina la experiencia. En nuestro hogar estamos tranquilos, sosegados, abandonados en nosotros mismos pudiendo divagar perdiéndonos entre las páginas de un libro; en una franquicia exótica que se hace pasar por francesa asaltan a nuestros sentidos de forma constante gente, olores, visiones estrambóticas, compartiendo una experiencia común con todos aquellos que nos rodean: en tanto habitamos el mundo, estamos mediados por el mismo. Un café nunca es sólo un café, porque es, también, una expresión del mundo circundante.
No existe nada nuevo en el pensamiento de lo útil. Desde tiempos inmemoriales se matan a los niños que nacen inútiles para sus labores —entendiendo por ello una amplia perspectiva de acontecimientos dependiendo del contexto: desde no tener piernas hasta ser mujer, lo que se considera «inútil» depende de las coyunturas económicas de cada cultura— del mismo modo que se abandona a los ancianos en los montes o en residencias por no ser nada más que un estorbo; quien no produce no vale nada, porque el único valor posible es aquel que se da a través de la utilidad de las cosas. Quien no genera capital económico, produce gasto. Cuando nos obcecamos en la posesión apuñalamos nuestra humanidad para abrazar la posibilidad de la posesión, de ampliar nuestro capital, incluso si eso no significa vivir mejor o más apaciblemente; no se buscan mejores condiciones de vida, ni siquiera una buena vida, sino el hecho mismo de poseer más de lo que sea tenía antes incluso si es, irónicamente, una posesión inútil.
