Etiqueta: realidad

  • en el caos la palabra rige el mundo

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    Toda obra hu­ma­na que exis­ta ba­jo el cie­lo que se ha­ya crea­do en al­gún mo­men­to del tiem­po nos ha­bla, irre­mi­si­ble­men­te, de la bio­gra­fía del pro­pio au­tor. No exis­te la ins­pi­ra­ción exóge­na pa­ra el ser hu­mano, lo cual ha­ce que to­do ar­te­fac­to cul­tu­ral nos ha­ble ne­ce­sa­ria­men­te de la vi­sión del mun­do de su au­tor. El au­tor mol­dea la reali­dad a su pa­so dán­do­le las for­mas idea­li­za­das que hay en su men­te; el ar­tis­ta es siem­pre un ar­qui­tec­to que da for­ma al mun­do en tan­to su idea de co­mo es o de­be ser el mun­do. En tal ca­so no de los más in­tere­san­tes edi­fi­ca­do­res del cos­mos se­ría Grant Morrison, co­mo nos de­mues­tra en el do­cu­men­tal so­bre su fi­gu­ra: Talking with Gods.

    La vi­da de Morrison, bas­tan­te in­tere­san­te por sí mis­ma, nos ayu­da a aco­tar los lí­mi­tes de ca­da obra que pro­du­ce. Así es in­tere­san­te leer Flex Mentallo co­mo re­mi­nis­cen­cias de su in­fan­cia o El Asco co­mo una mi­ra­da ha­cia el os­cu­ro abis­mo so­bre el que se cier­ne, aho­ra y siem­pre, la hu­ma­ni­dad. Esto nos da nue­vas pers­pec­ti­vas e in­di­cios de co­mo se ha ar­ti­cu­la­do to­do el pro­ce­so y, qui­zás tam­bién, de la sig­ni­fi­ca­ción de­trás del apa­ren­te caos cos­mo­ló­gi­co que im­pri­me en to­das sus obras en ma­yor o me­nor es­ca­la. La pre­sen­ta­ción de un au­tor pul­cro, me­tó­di­co, in­tro­ver­ti­do, cu­yo uso de dro­gas lle­gó bas­tan­te tar­de en cuan­to a la épo­ca de su vi­da y por­ta­dor de un mis­ti­cis­mo le­jano de fan­tas­ma­go­rías idea­lis­tas es jus­ta­men­te lo con­tra­rio de lo que el fan ‑aun­que qui­zás más aun el crítico- po­dría es­pe­rar de él. La más­ca­ra que se en­fun­da, el per­so­na­je pú­bli­co, es una crea­ción ins­pi­ra­da en su au­tén­ti­ca per­so­na­li­dad, co­mo sus obras, pues no apa­re­ce de la na­da; pues la más­ca­ra es siem­pre mí­me­sis de una per­so­na­li­dad deformada.

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  • ventanas hacia lo-que-hay-ahí-afuera

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    Una de las co­sas más be­llas de la men­te hu­ma­na, en tan­to se man­tie­ne ena­je­na­da de la cien­cia más ra­di­cal, es la ca­pa­ci­dad de crear reali­da­des más allá de su pro­pia men­te. Quizás ima­gi­na­do, qui­zás no, la men­te pa­re­ce te­ner una pre­ten­sión cons­tan­te de tras­cen­der ha­cia al­go más allá del cuer­po; al­go que co­nec­te con un to­do más com­ple­jo. Desde Platón con su mun­do de las ideas has­ta Philip K. Dick con los ra­yos ro­sas que le co­mu­ni­ca­ban La Realidad, el hom­bre siem­pre ha in­ten­ta­do es­ca­par de la reali­dad en la que ha­bi­ta. Según (Carl Gustav) Jüng es­to es así de­bi­do al he­cho de que to­dos es­ta­mos co­nec­ta­dos a un mis­mo sub­cons­cien­te co­lec­ti­vo; la sin­gu­la­ri­dad exis­te só­lo con res­pec­to al va­cío en­tre las gran­des Realidades, los ar­que­ti­pos, que son fuer­zas inalterables.

    De és­te he­cho par­te el one man band chi­leno Poliedro al ar­ti­cu­lar La Manifestación, un dis­co que in­ten­ta in­tro­du­cir­se en una Realidad más allá de la nues­tra pro­pia don­de to­dos es­ta­mos in­ter­co­nec­ta­dos. A tra­vés de un folk su­til con can­tos ca­si li­túr­gi­cos ‑re­mi­nis­cen­cia a lo tribal- y una elec­tró­ni­ca con tin­tes psy­cho­dé­li­cos ‑re­mi­nis­cen­cia de lo que hay más allá de la com­pren­sión na­tu­ral del hombre- nos arras­tran en un via­je cós­mi­co más allá de nues­tro mi­cro­cos­mos. Con un mi­ni­ma­lis­mo ejem­plar y un fan­tás­ti­co uso de la elec­tró­ni­ca am­bient con­si­guen ar­ti­cu­lar un es­pa­cio ex­tra­di­men­sio­nal don­de cual­quier co­sa pu­die­ra ser fac­ti­ble de ocu­rrir mien­tras nos en­con­tre­mos en él.

    Ese más allá del mi­cro­cos­mos, de mi ser en el mun­do co­mo en­ti­dad en un es­pa­cio y tiem­po es­pe­cí­fi­co, se nos pre­sen­ta co­mo un eterno de­ve­nir en to­ta­li­dad; la evo­ca­ción de una con­fi­gu­ra­ción con­sus­tan­cial a nues­tra esen­cia, ya sea di­vi­na o na­tu­ral. Por eso los in­sis­ten­tes bam­bo­leos a los que nos so­me­te con fir­me­za Poliedro in­ten­ta con­se­guir que co­nec­te­mos con un es­ta­do men­tal más plá­ci­do; más allá de nues­tras con­fi­gu­ra­cio­nes men­ta­les co­mu­nes. Aquí no hay cues­tio­na­mien­to cien­tí­fi­co o fi­lo­só­fi­co que val­ga, só­lo un in­ten­to de en­tre­ver aque­llo que es­tá más allá de las no­cio­nes pon­de­ra­bles de la na­tu­ra­le­za del hom­bre. Pero no es una cues­tión de fe tan­to co­mo una cues­tión de de­seo: el an­sia de po­der sen­tir­se co­mo una con­for­ma­ción par­te de un cos­mos cuasi-infinito. La tras­cen­den­cia ocu­rre só­lo en la más es­tric­ta de las in­ti­mi­da­des del individuo.

  • estéticas de los finales de la historia

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    Si hay un me­dio par­ti­cu­lar­men­te pro­pi­cio pa­ra re­tor­cer los pre­su­pues­tos de la reali­dad a tra­vés de nues­tra pro­pia per­cep­ción ese es sin du­da el del có­mic. Con el uso de co­lo­res y for­mas en cual­quier con­jun­ción po­si­ble den­tro de la ima­gi­na­ción ‑y la técnica- del di­bu­jan­te se pue­de plas­mar to­do aque­llo que se si­túe en los lí­mi­tes de lo pen­sa­ble; se pue­de re­crear cual­quier reali­dad po­si­ble por im­po­si­ble que es­ta pa­re­cie­ra. Es por ello que en el có­mic hay una par­ti­cu­lar que­ren­cia por la ex­pe­ri­men­ta­ción for­mal, sea más su­til o evi­den­te, que lle­va in­clu­so al he­cho de que al­gu­nas de las obras más acla­ma­das del me­dio ten­gan vi­sos de una ex­tre­ma abs­trac­ción por su ca­rác­ter ex­pe­ri­men­tal. Un buen ejem­plo de es­to se­ría Spider-Man Fever de Brendan McCarthy.

    En és­te ar­co ar­gu­men­tal ve­mos co­mo nues­tro hé­roe arác­ni­do aca­ba en una di­men­sión des­co­no­ci­da con­tro­la­da por unas ex­tra­ñas ara­ñas que usan un po­der má­gic­ko más allá de la com­pren­sión del hom­bre. Servido co­mo ali­men­to, al ser me­dio ara­ña me­dio hom­bre, las mis­mas le re­tan a ca­zar una mos­ca que sir­va de ban­que­te pa­ra to­da la co­lo­nia co­mo for­ma de de­mos­trar su con­di­ción de arác­ni­do. Mientras tan­to el Dr. Extraño ini­cia­rá su bús­que­da a tra­vés de es­ta di­men­sión fluc­tuan­te que pa­re­ce cam­biar en pro­ce­sos más allá de cual­quier ló­gi­ca hu­ma­na pri­ma­ria. La di­men­sión se ar­ti­cu­la den­tro de las re­glas de la ma­gick lo cual lo ale­ja de la in­va­ria­bi­li­dad del mun­do hu­mano co­mún: to­do es vo­lá­til; li­bre de ser cam­bia­do a vo­lun­tad en tan­to es asu­mi­do, creí­do, co­mo si siem­pre hu­bie­ra si­do así. De és­te mo­do no im­por­ta que ha­gan o don­de se di­ri­jan los per­so­na­jes, pues la úni­ca dis­po­si­ción ne­ce­sa­ria pa­ra las más bá­si­cas de las in­ter­ac­cio­nes pro­fun­das es su voluntad.

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  • articular la realidad a través de las llamadas de teléfono

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    Ante las rui­nas del mun­do só­lo ca­be mi­rar atrás pa­ra in­ten­tar re­crear­se en los he­chos que ya fue­ron pe­ro ja­más vol­ve­rán a ser pe­ro, ¿qué ocu­rri­ría si pu­dié­ra­mos via­jar en el tiem­po pa­ra evi­tar el su­ce­so que ha lle­va­do al co­lap­so fi­nal de la ci­vi­li­za­ción? En el es­tu­pen­do cor­to­me­tra­je Agustín del Futuro nos pro­po­nen el más sen­ci­llo mo­do de sal­var a la hu­ma­ni­dad en tal ca­so: lla­man­do por te­lé­fono. Número a nú­me­ro, per­so­na por per­so­na, in­ten­ta con­ven­cer­los de la ca­tás­tro­fe que es­tá por ve­nir con el fra­ca­so que le es pro­pio al me­sías; na­die le cree por­que es­tá fue­ra de su con­fi­gu­ra­ción del mun­do co­mo pa­ra po­der creer­lo. Sus in­ten­tos son in­fruc­tuo­sos en tan­to va dan­do pa­los de cie­go, no sa­be don­de se si­túa el pun­to exac­to don­de po­drá en­con­trar la per­so­na ade­cua­da pa­ra sus pro­pó­si­tos. Aunque es­tos sean, en reali­dad, los de lu­crar­se a tra­vés del en­ga­ño más descarado.

    Durante su bre­ve me­tra­je Agustín va ar­ti­cu­lan­do una im­pro­vi­sa­da fic­ción a tra­vés de la cual in­ten­ta en­ga­ñar a con­fia­dos des­co­no­ci­dos pa­ra así el no te­ner que tra­ba­jar más allá de sus ab­sur­das ma­ni­pu­la­cio­nes te­le­fó­ni­cas. Su éxi­to mo­de­ra­do cris­ta­li­za en una de­sidia ab­so­lu­ta por man­te­ner si­quie­ra una co­he­ren­cia in­ter­na con res­pec­to de su dis­cur­so; de la reali­dad que es­tá crean­do. Su úni­co pro­pó­si­to es la ob­ten­ción de un be­ne­fi­cio lo más in­me­dia­to po­si­ble aun cuan­do por ello cai­ga en la in­efi­cien­cia que le im­pi­de su re­sul­ta­do. Así las víc­ti­mas de las es­ta­fas te­le­fó­ni­cas caen en una fic­ción que se les pre­sen­ta, y creen, co­mo real; las men­ti­ras de Agustín so­bre una in­mi­nen­te gue­rra nu­clear se vuel­ven cier­tas en el pre­sen­te en tan­to hay quie­nes las creen así, aun cuan­do nun­ca se pro­yec­ta­rán en el fu­tu­ro co­mo tales.

    El fi­nal, apo­teó­si­co, nos de­mues­tra la pa­ra­noia del que ha si­do pro­yec­ta­do ha­cia una reali­dad si­mu­la­cral a tra­vés de la cual no pue­de pro­yec­tar­se has­ta su ago­ta­mien­to ‑si es que no se vie­ra ali­men­ta­da en un futuro- en con­tras­te con la cal­ma sa­tis­fac­to­ria del que ha crea­do esa irre­gu­la­ri­dad en su mun­do; esa nue­va ima­gen del mun­do. Sólo ar­ma­do de un te­lé­fono, una ris­tra de ideas in­ve­ro­sí­mi­les y la for­tu­na por con­fi­den­te va ar­ti­cu­lan­do una red de men­ti­ras cap­cio­sas de las cua­les sa­car un be­ne­fi­cio tan­gi­ble in­me­dia­to, ya sean bie­nes ma­te­ria­les o la sa­tis­fac­ción de crear un mun­do fic­ti­cio que se tor­na en reali­dad; en si­mu­la­cro. Por eso el que es­tá en el te­lé­fono, el que nos en­ga­ña des­de el otro la­do, asu­me el pa­pel del ar­tis­ta ‑o de los per­pe­tra­do­res de Agustín del Futuro- que nos ha­ce creer, aun­que só­lo sea du­ran­te un tiem­po li­mi­ta­do, en otras reali­da­des su­per­pues­tas so­bre la nues­tra. Tras la reali­dad se es­con­de el si­mu­la­cro que es­con­de tras de sí una nue­va realidad.