Etiqueta: realidad

  • Un cierto momento del tiempo. Análisis de la objetividad y la subjetividad a través del plano secuencia

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    Cuando ha­bla­mos al res­pec­to del ci­ne, uno de los ele­men­tos que atrae­rán de for­ma sis­te­má­ti­ca la mi­ra­da de Gilles Deleuze es el de plano se­cuen­cia Ahora bien, ¿qué es el plano se­cuen­cia? Para sa­ber­lo lo me­jor se­rá acu­dir a las pa­la­bras del maes­tro del plano se­cuen­cia, a la sa­zón uno de nues­tros ob­je­tos de es­tu­dio a tra­vés del cual vis­lum­brar al­gu­na cla­se de con­clu­sión con res­pec­to de la obra de Deleuze, Pier Paolo Pasolini:

    Observemos el film de 16 mm. que un es­pec­ta­dor, en­tre la mul­ti­tud, ro­dó so­bre la muer­te de Kennedy. Se tra­ta de un plano-secuencia; y es el más ca­rac­te­rís­ti­co plano-secuencia.

    El espectador-operador, en efec­to, no eli­gió án­gu­los vi­sua­les: fil­mó sim­ple­men­te des­de don­de se en­con­tra­ba, en­cua­dran­do lo que su ojo —me­jor su ob­je­ti­vo— veía.

    El plano – se­cuen­cia ca­rac­te­rís­ti­co es, por lo tan­to, una to­ma «sub­je­ti­va»PASOLINI, P.P., Discurso so­bre el plano-secuencia o el ci­ne co­mo se­mio­lo­gía de la reali­dad, Problemas del Nuevo ci­ne, Alianza, Madrid, 1971, p. 61, En li­nea: http://estafeta-gabrielpulecio.blogspot.com.es/2009/11/pier-paolo-Pasolini-discurso-sobre-el.html.

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  • Expandiendo los límites de la comprensión. Sobre el terrorismo artístico de David O’Reilly

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    Aprehender el sen­ti­do de un mun­do que no es el pro­pio, de un mun­do ex­terno, siem­pre nos re­sul­ta com­ple­jo en tan­to su­po­ne te­ner que re­co­no­cer una nue­va se­rie de có­di­gos in­ter­pre­ta­ti­vos que di­fie­ren con los de nues­tro pro­pio mun­do. Incluso en el ca­so más la­xo, en el cual el mun­do es re­la­ti­va­men­te si­mi­lar al nues­tro —el mun­do oc­ci­den­tal en los años 80’s o el mun­do de las no­ve­las de Thomas Pynchon, por ejem­plo — , de­be­mos acep­tar que exis­ten una se­rie de ele­men­tos que se nos mos­tra­rán dis­pa­res con res­pec­to de nues­tro pro­pio pre­sen­te; lo que hoy pue­de ser par­te cons­ti­tu­ti­va de una vi­da nor­mal, co­mo un te­lé­fono mó­vil, pue­de ser una ra­ra avis ab­so­lu­ta si es­tu­vié­ra­mos en los 80’s. Cada mun­do cons­ti­tu­ye su pro­pia ra­cio­na­li­dad de mo­do in­de­pen­dien­te del resto.

    El mun­do que cons­ti­tu­ye en sus obras David O’Reilly no po­drían ex­pli­car­se, ni de­be­ría ha­cer­se, a par­tir de la com­pa­ra­ción con el mun­do mal lla­ma­do real; no hay na­da de real en su mun­do, pre­ci­sa­men­te por­que se da a sí mis­mo la le­gi­ti­mi­dad de su co­he­ren­cia. Todo cuan­to nos pre­sen­ta es só­lo ló­gi­co en res­pues­ta de su pro­pia co­he­ren­cia in­ter­na. Es por eso que si bien a prio­ri pue­de des­con­cer­tar ver fla­gran­tes ca­sos de ma­los tra­tos en una cla­se de piano eje­cu­ta­dos con una sar­di­na o des­de el más allá, no cues­ta acep­tar que es la ló­gi­ca sub­ya­cen­te a un mun­do en el que un pi­ka­chu con ca­re­ta de Mickey Mouse se pa­sea por la ca­lle don­de un en­cen­de­dor pro­vo­ca que es­ta­lle la per­so­na más cer­ca­na al que pre­ten­de pren­der­lo; es fá­cil acep­tar su jue­go des­de el mis­mo ins­tan­te que acep­ta­mos que eso es cohe­ren­te con la cla­se de mun­do en el cual he­mos si­do arro­ja­dos. Por eso nos re­sul­ta na­tu­ral que los per­so­na­jes de car­toon aca­ben en un asi­lo don­de las con­se­cuen­cias de su slaps­tick se tor­ne mor­tal, o que los per­so­na­jes ka­waii pro­pios de una se­rie in­fan­til se den a la per­ver­sión sin con­ce­sio­nes: lo iló­gi­co se­ría con­si­de­rar ex­tra­ño que ocu­rra así.

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  • Sin juego de máscaras no hay desvelamiento del ser

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    Confesiones de una más­ca­ra, de Yukio Mishima

    Descubrir quie­nes so­mos es una de las ta­reas más ar­duas que con­fron­ta­mos en una vi­da de­fi­ni­da por el te­mor que su­po­ne la po­si­bi­li­dad de no des­cu­brir­nos nun­ca, de no sa­ber­nos re­fle­ja­dos en un mun­do que nos re­sul­ta es­qui­vo. Lo que so­mos y lo que de­be­ría­mos ser muy ra­ra vez van de la mano. Es por eso que la iden­ti­dad se nos de­fi­ne en un bai­le de ve­los a tra­vés del cual aque­llo que se es aca­ba di­fu­mi­na­do ba­jo la som­bra de lo que de­be ser; no só­lo es que de­ba­mos asu­mir aque­llo que so­mos, sino que de­be­mos ha­cer­lo des­de la inade­cua­ción que su­po­ne ser­lo a par­tir de ocul­tar­nos tras aque­llo que de­be­ría­mos ser. Nuestra iden­ti­dad es lo que se ocul­ta tras aque­llo que, una vez des­ve­la­do, po­ne en cues­tión lo que la so­cie­dad con­si­de­ra co­mo nor­ma­ti­vo, co­mo normal.

    ¿Qué es Confesiones de una más­ca­ra sino la bús­que­da de una iden­ti­dad que se mues­tra inase­qui­ble, ya que só­lo pue­de per­mi­tír­se­la aquel a quien se le per­mi­ta la ex­tra­va­gan­cia su­ma en el con­tex­to de su tiem­po? Narrándonos su in­fan­cia, to­do lo que ocu­rre has­ta bien en­tra­do el fi­nal de la ado­les­cen­cia, aque­llos lu­ga­res don­de se de­tie­ne pa­ra de­fi­nir lo que es el fru­to úl­ti­mo de su co­no­ci­mien­to, lo más abs­tru­so pa­ra sí: su pro­pia iden­ti­dad, son los que se le mues­tran co­mo la ex­tra­ñe­za que le ha­ce con­fron­tar el mun­do des­de una cier­ta dis­tan­cia; se nos pre­sen­ta por to­do aque­llo que no es, por lo que pro­du­ce una ob­via fric­ción con res­pec­to del mun­do por es­tar mo­vién­do­se a con­tra­pe­lo. A con­tra­pe­lo de las con­ven­cio­nes, de lo que se­gún la so­cie­dad es nor­mal sen­tir o pen­sar. Por eso las con­fe­sio­nes de una más­ca­ra son aque­llos pen­sa­mien­tos arrai­ga­dos más allá de las con­ven­cio­nes, las dis­po­si­cio­nes ocul­tas que de­fi­nen el au­tén­ti­co ser del jo­ven Mishima — el des­ve­la­mien­to de su ser se pro­du­ce des­de la más­ca­ra, des­de aque­llo que la so­cie­dad cree que es: la li­te­ra­tu­ra, co­mo su pseu­dó­ni­mo, ac­túa co­mo máscara.

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  • Cuando las cosas se ponen raras, el raro torna profesional

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    Miedo y as­co en Las Vegas, de Hunter S. Thompson

    Cuando se di­ce gon­zo los más sá­ti­ros pue­den pen­sar en por­no­gra­fía y los más ben­dí­ta­men­te ape­ga­dos a su in­fan­cia pue­den pen­sar en los Muppets. Ahora bien, só­lo quie­nes han sa­bi­do con­ju­gar su sa­ti­ris­mo con su mi­ra­da in­fan­til, sa­bien­do in­vo­car lo me­jor de am­bos mun­dos pa­ra tran­si­tar por el ca­rril de en me­dio en­tre cual­quier cla­se de bi­na­ris­mo es­pu­rio, pen­sa­rán au­to­má­ti­ca­men­te en el nom­bre pro­pio más alu­ci­na­do que vio nun­ca na­cer Kentucky: Hunter S. Thompson.

    Sería per­ti­nen­te pre­gun­tar­se, ¿qué es el gon­zo? Es un es­ti­lo pe­rio­dís­ti­co don­de el au­tor im­preg­na de vi­ven­cias per­so­na­les aque­llo que pre­ten­de na­rrar­nos —en­vian­do, co­mo es ob­vio, a to­mar por cu­lo la ob­je­ti­vi­dad — ; eso ya lo sa­be­mos to­dos, de­mos un pa­so más allá: el gon­zo es el en­cuen­tro del pe­rio­dis­mo con aque­llo que la li­te­ra­tu­ra su­po acep­tar al vue­lo. Periodismo vs. James Joyce — li­bro de es­ti­lo vs. Ulises. Con Thompson la éti­ca pe­rio­dís­ti­ca sal­ta por la ven­ta­na pa­ra si­tuar­se en el lu­gar don­de de­be­ría es­tar, en la más pro­fun­da de las si­mas don­de pue­dan ir a bus­car­los aque­llos que deseen creer­se por en­ci­ma in­clu­so de sí mis­mos, y a su vez se im­preg­na el re­la­to de la vi­sión par­ti­cu­lar que el au­tor tie­ne de los acon­te­ci­mien­tos. Lo im­por­tan­te es el fe­nó­meno y, en tan­to fe­nó­meno, co­mo es per­ci­bi­do y aprehen­di­do. El pe­rio­dis­mo se con­vier­te en un pro­ce­so de­men­cial en el cual la es­cri­tu­ra se va­li­da a sí mis­ma en los mis­mos tér­mi­nos que lo ha­ce a par­tir de co­brar cons­cien­cia la no­ve­la de su exis­ten­cia mis­ma co­mo no­ve­la ex­pe­ri­men­tal: que le jo­dan a la na­rra­ti­vi­dad ob­je­ti­va, nues­tro ro­llo es el estilo.

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  • Siguiendo el rastro de azúcar: Sixto Rodríguez, el hombre como mito

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    Toda exis­ten­cia es una pu­ra con­tin­gen­cia: igual que na­ci­mos pu­di­mos ha­ber­lo no he­cho, y a par­tir de ahí to­do son co­sas que nos han ve­ni­do da­das y de­ci­sio­nes que po­drían ha­ber si­do otras. Todo hom­bre es al­go di­fe­ren­te de lo que po­dría ha­ber si­do e, in­clu­so, de lo que se­rá. Es por ello que una mis­ma per­so­na pue­de ser un com­ple­to des­co­no­ci­do en EEUU, in­clu­so ha­bien­do vi­vi­do to­da la vi­da allí, y ser una suer­te de hé­roe en Sudáfrica, in­clu­so ha­bien­do no po­sa­do un pie en la vi­da allá; los acon­te­ci­mien­tos a tra­vés los cua­les se edi­fi­ca nues­tra iden­ti­dad no se ba­san en la uni­for­mi­dad del co­no­ci­mien­to, ni si­quie­ra de la elec­ción, de los mis­mos: yo soy aque­llo que he ele­gi­do ser con las he­rra­mien­tas que po­seía, el res­to es lo que el mun­do hi­zo de mi. 

    El ca­so de Sixto Rodríguez se­ría pa­ra­dig­má­ti­co en es­ta pers­pec­ti­va por aque­llo que tie­ne de ex­tra­ño, de sor­pre­si­va, su pro­pia his­to­ria. Un hom­bre que se pa­sa to­da la vi­da tra­ba­jan­do de jor­na­le­ro, ha­cien­do de lo fí­si­co su la­bor prin­ci­pal, in­clu­so cuan­do su ca­rác­ter y ca­pa­ci­dad pa­re­ce es­tar del la­do de la más ab­so­lu­ta de las sen­si­bi­li­da­des ar­tís­ti­cas; no es que sea un ge­nio que ne­ce­si­ta sen­tir el con­tac­to de la tie­rra con sus ma­nos pa­ra po­der ope­rar en el mun­do ar­tís­ti­co —que se­gu­ra­men­te, tam­bién — , sino que es un hom­bre cu­yo éxi­to se le mos­tró es­qui­vo. En sus dos dis­cos, en los cua­les va tran­si­tan­do por un rock de raí­ces folk con una fuer­te pre­sen­cia blues en un uso pro­fun­do y ejem­plar del groo­ve ade­más de una tris­te­za cua­si post-punk, de­sa­rro­lla una per­so­na­li­dad tan arro­lla­do­ra que hoy nos cues­ta creer que un hom­bre así pu­die­ra ser ig­no­ra­do en su tiem­po — la sen­si­bi­li­dad de la épo­ca, de los 70’s, no es­ta­ba de­sa­rro­lla­da de tal mo­do que pu­die­ra acep­tar una ra­ra avis chi­ca­na que pre­co­ni­za la os­cu­ri­dad de un sis­te­ma que en­ton­ces aun pa­re­cía el mo­de­lo ideal de to­dos los po­si­bles. La re­vo­lu­ción blan­da, pro­fun­da­men­te abur­gue­sa­da, de Bob Dylan sí; la re­vo­lu­ción du­ra, sa­li­da de las ma­nos des­pe­lle­ja­das del úl­ti­mo pel­da­ño de la ca­de­na tró­fi­ca ca­pi­ta­lis­ta, no. 

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