Etiqueta: relativismo cultural

  • Cultura sin relativismo. Sobre «El crisantemo y la espada» de Ruth Benedict

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    El prin­ci­pal pro­ble­ma que en­con­tra­mos en la mun­dia­li­za­ción no es que ex­ter­mi­ne las par­ti­cu­la­ri­da­des pro­pias de ca­da cul­tu­ra, sino que se im­po­ne ig­no­ran­do su exis­ten­cia. Las po­lí­ti­cas económico-sociales no pue­den ser las mis­mas en Japón y Estados Unidos, en España e Inglaterra, por la sen­ci­lla ra­zón de que la idio­sin­cra­sia de ca­da uno de los paí­ses re­sul­ta, en úl­ti­ma ins­tan­cia, aje­na a las de­más; pue­den exis­tir pa­ra­le­lis­mos y pun­tos en co­mún, pe­ro to­da po­lí­ti­ca de­be­ría adap­tar­se a la cul­tu­ra del lu­gar y no al re­vés. Cosa que tan ape­nas sí ocu­rre. ¿Cómo de­be­ría en­ton­ces bus­car­se ha­cer una po­lí­ti­ca co­mún a más de una zo­na cul­tu­ral sin que por ello se im­pon­gan so­bre las cos­tum­bres y mo­dos de vi­da de las de­más? Comprendiendo no só­lo aque­llos ras­gos que se com­par­ten, sino tam­bién en­ten­der có­mo se ve la vi­da des­de sus ojos.

    El cri­san­te­mo y la es­pa­da es una ra­re­za por su mo­do de abor­dar el pen­sa­mien­to ja­po­nés, sis­te­má­ti­co y des­de den­tro, pe­ro tam­bién por có­mo lo ex­po­ne, sin ne­gar­se los arre­ba­tos lí­ri­cos o las re­fe­ren­cias cons­tan­tes ha­cia el pa­pel de la cul­tu­ra, la po­lí­ti­ca y la eco­no­mía en la pro­duc­ción del pen­sa­mien­to. Ruth Benedict si­gue la evo­lu­ción his­tó­ri­ca del país, los cam­bios que se pro­du­cen en su sis­te­ma político-social, los vai­ve­nes eco­nó­mi­cos y mi­li­ta­res, pa­ra en­con­trar pun­tos en co­mún que, a pe­sar de los cam­bios, nun­ca cam­bien; su pri­me­ra con­clu­sión es evi­den­te, que los ja­po­ne­ses no tie­nen la mis­ma con­cep­ción que los es­ta­dou­ni­den­ses so­bre los va­lo­res so­cia­les, y su te­sis es tan su­til co­mo cer­te­ra, que los ja­po­ne­ses creen en el ho­nor por en­ci­ma de to­do. Habría que ma­ti­zar aquí. Lo que nos pro­po­ne es una lec­tu­ra de la cul­tu­ra ja­po­ne­sa des­de el con­cep­to de «deu­da de ho­nor», no de «ho­nor» —la im­por­tan­cia re­cae so­bre la deu­da, so­bre el otro y la so­cie­dad, y no so­bre el ho­nor, so­bre uno mis­mo fren­te al otro o la so­cie­dad — , dán­do­nos una in­ter­pre­ta­ción de la cul­tu­ra ja­po­ne­sa que la ha­ce, só­lo a prio­ri, irre­con­ci­lia­ble con la idio­sin­cra­sia de las cul­tu­ra­les oc­ci­den­ta­les: el res­pe­to por los de­re­chos hu­ma­nos en ge­ne­ral y por la li­ber­tad per­so­nal en particular.

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  • El prejuicio se vuelve humor/ofensa en su propio esperpento

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    Borat, de Sacha Baron Cohen

    El pro­ble­ma de los pre­jui­cios es que son un via­je de ida y vuel­ta en el que so­mos in­ca­pa­ces de re­co­no­cer­nos en los mis­mos. Cuando mi­ra­mos ha­cia no­so­tros no ve­mos de­fec­tos tan­gi­bles, pues las má­cu­las so­cia­les siem­pre se di­lu­yen en ex­cu­sas más o me­nos ad­mi­si­bles, que sin em­bar­go siem­pre ve­mos de una for­ma cla­ri­vi­den­te en el pró­ji­mo, pues al no es­tar me­dia­dos por un Yo di­rec­to que ejer­za cen­su­ra so­bre no­so­tros mis­mos lo que en no­so­tros es trans­lu­ci­do en el otro es evi­den­te. Se ve an­tes la pa­ja en el ojo ajeno que la vi­ga en el pro­pio, aun cuan­do el ojo ya se es­té ca­yen­do. Si no po­de­mos ver­nos en los pre­jui­cios del otro es a cau­sa de la im­po­si­bi­li­dad de la ma­yo­ría de las per­so­nas de di­ri­gir la mi­ra­da pa­ra sí; no hay una mi­ra­da que sa­le al ex­te­rior pa­ra vol­ver a sí mis­ma pa­ra re­co­no­cer­se en el mun­do, por lo cual la mi­ra­da só­lo juz­ga (lo que ha­ce x es­tá mal) pe­ro no pa­ra­le­li­za su pro­ble­má­ti­ca en el re­torno (yo ac­tuó co­mo x, por lo que yo ac­túo mal) El ser hu­mano me­dio, hoy por hoy, es in­ca­paz de re­co­no­cer­se pa­ra sí en el mun­do y, aun cuan­do lo ha­ce, lo acha­ca­rá en la ma­yor par­te de las oca­sio­nes a un yo de­fec­tuo­so ajeno de sí. 

    Precisamente, en es­te pri­mer es­ta­dio de ida del re­co­no­ci­mien­to, es don­de se en­cuen­tra el hu­mor. Cuando ve­mos apa­re­cer por pan­ta­lla al ri­dícu­lo Borat, de ro­pa des­fa­sa­da y un as­pec­to que re­mi­te al es­ti­lis­mo más tras­no­cha­do, co­mien­za el fes­ti­val del hu­mor. Todo cuan­to acon­te­ce mien­tras el es­tra­fa­la­rio se­gun­do me­jor pe­rio­dis­ta de Kazajistan es asu­mi­do co­mo la chan­za que se ha­ce de un sal­va­je que no sa­be que se di­ce, que su pro­pia ig­no­ran­cia le ha­ce de­cir una se­rie de bar­ba­ri­da­des que se­rían com­ple­ta­men­te inad­mi­si­bles pa­ra el ciu­da­dano me­dio de un país más ci­vi­li­za­do. Ahí em­pie­za nues­tro pri­mer pro­ble­ma. No nos re­co­no­ce­mos con él no por­que sea di­fe­ren­te, por­que el re­la­ti­vis­mo cul­tu­ral pro­te­ja cual­quier cla­se de di­fe­ren­cia en­tre él y no­so­tros, sino por­que no que­re­mos ver­nos re­fle­ja­do en al­guien que es, emi­nen­te­men­te, un des­he­cho so­cial pa­ra nues­tros cá­no­nes so­cia­les. Si acep­tá­ra­mos que él no es un otro, que es un igual ra­di­cal­men­te si­mi­lar a no­so­tros, ten­dría­mos que acep­tar a su vez que su cul­tu­ra no es una sal­va­guar­da pa­ra jus­ti­fi­car sus bar­ba­ri­da­des y que, de he­cho, nos aca­ba­mos vien­do re­fle­ja­dos en al­gu­na, o in­clu­so en va­rias, de sus barbaridades.

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