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  • estéticas de los finales de la historia

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    Si hay un me­dio par­ti­cu­lar­men­te pro­pi­cio pa­ra re­tor­cer los pre­su­pues­tos de la reali­dad a tra­vés de nues­tra pro­pia per­cep­ción ese es sin du­da el del có­mic. Con el uso de co­lo­res y for­mas en cual­quier con­jun­ción po­si­ble den­tro de la ima­gi­na­ción ‑y la técnica- del di­bu­jan­te se pue­de plas­mar to­do aque­llo que se si­túe en los lí­mi­tes de lo pen­sa­ble; se pue­de re­crear cual­quier reali­dad po­si­ble por im­po­si­ble que es­ta pa­re­cie­ra. Es por ello que en el có­mic hay una par­ti­cu­lar que­ren­cia por la ex­pe­ri­men­ta­ción for­mal, sea más su­til o evi­den­te, que lle­va in­clu­so al he­cho de que al­gu­nas de las obras más acla­ma­das del me­dio ten­gan vi­sos de una ex­tre­ma abs­trac­ción por su ca­rác­ter ex­pe­ri­men­tal. Un buen ejem­plo de es­to se­ría Spider-Man Fever de Brendan McCarthy.

    En és­te ar­co ar­gu­men­tal ve­mos co­mo nues­tro hé­roe arác­ni­do aca­ba en una di­men­sión des­co­no­ci­da con­tro­la­da por unas ex­tra­ñas ara­ñas que usan un po­der má­gic­ko más allá de la com­pren­sión del hom­bre. Servido co­mo ali­men­to, al ser me­dio ara­ña me­dio hom­bre, las mis­mas le re­tan a ca­zar una mos­ca que sir­va de ban­que­te pa­ra to­da la co­lo­nia co­mo for­ma de de­mos­trar su con­di­ción de arác­ni­do. Mientras tan­to el Dr. Extraño ini­cia­rá su bús­que­da a tra­vés de es­ta di­men­sión fluc­tuan­te que pa­re­ce cam­biar en pro­ce­sos más allá de cual­quier ló­gi­ca hu­ma­na pri­ma­ria. La di­men­sión se ar­ti­cu­la den­tro de las re­glas de la ma­gick lo cual lo ale­ja de la in­va­ria­bi­li­dad del mun­do hu­mano co­mún: to­do es vo­lá­til; li­bre de ser cam­bia­do a vo­lun­tad en tan­to es asu­mi­do, creí­do, co­mo si siem­pre hu­bie­ra si­do así. De és­te mo­do no im­por­ta que ha­gan o don­de se di­ri­jan los per­so­na­jes, pues la úni­ca dis­po­si­ción ne­ce­sa­ria pa­ra las más bá­si­cas de las in­ter­ac­cio­nes pro­fun­das es su voluntad.

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  • aquello que fue en el pasado no será igual en el presente

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    En la so­cie­dad con­tem­po­rá­nea los ca­dá­ve­res son só­lo un es­ta­do tem­po­ral de la ma­te­ria pues la re­su­rrec­ción se ha vis­to de­mo­cra­ti­za­da ‑o p0p-atizada- en el ar­te. Así un gé­ne­ro que se creía ya muer­to y en­te­rra­do pue­de vol­ver en cual­quier mo­men­to con fuer­zas re­no­va­das en un (in)esperado re­vi­val con el cual de­vol­ver a la pa­les­tra un gé­ne­ro nun­ca del to­do ago­ta­do. Y ahí re­si­de la ma­gia del dis­co de­but de Charles Bradley, el ex­ce­len­te No Time For Dreaming, es la re­su­rrec­ción del soul en sus tér­mi­nos más estrictos.

    Con Charles Bradley nos en­con­tra­mos un hom­bre ne­gro, ex­ce­len­te­men­te re­tro en sus ves­ti­men­tas, que pa­sa por no de­ma­sia­do las seis dé­ca­das de las cua­les al me­nos cua­tro de ellas ha pa­sa­do ac­tuan­do so­bre es­ce­na­rios mien­tras tra­ba­ja­ba de co­ci­ne­ro des­de Maine has­ta Alaska. Su voz que­bra­da, su­cia y con ese en­can­ta­dor pun­to eró­ti­co nos re­cuer­da a un James Brown de ener­gía in­fi­ni­ta que se ha de­ja­do se­du­cir por cier­tos to­nos à la Isaac Hayes. Alimentándose del es­pí­ri­tu de las vo­ces muer­tas de los gran­des del soul com­po­ne con sus re­ta­zos su voz pro­pia; ha­ce de la co­pia la au­tén­ti­ca sin­gu­la­ri­dad del ar­te vo­cal. Así, aun­que siem­pre ten­ga­mos en men­te sus re­fe­ren­tes, ja­más po­dre­mos ne­gar que hay al­go más allá, un al­go que nos trans­mi­te men­tal­men­te has­ta los 50’s a tra­vés de la in­ten­si­dad de su voz ro­ta. Proyecta sus es­pí­ri­tus ha­cia no­so­tros, que tam­bién son los nues­tros, con­su­mién­do­los con de­li­ca­de­za pa­ra que, a pe­sar de so­nar co­mo un clá­si­co ins­tan­tá­neo, po­da­mos sa­bo­rear­lo des­de la es­té­ti­ca pre­sen­te. El ma­yor lo­gro de Charles Bradley es so­nar re­tro, co­mo el soul añe­jo, pe­ro tam­bién con­se­guir que se ma­ce­re de tal mo­do que nos de­je un cier­to re­gus­to contemporáneo.

    Pero co­mo el pro­pio nom­bre del dis­co in­di­ca, ya no es tiem­po pa­ra sue­ños. Con su vi­ta­li­dad des­bor­dan­te se ha abier­to pa­so des­pués de dé­ca­das de auto-cultivo pa­ra ha­cer es­ta­llar el con­cep­to ac­tual que te­ne­mos so­bre el soul. Y es que to­das las vuel­tas de la tum­ba de­be­rían ser así, un con­ju­ro ni­gro­mán­ti­co con un ojo en la tra­di­ción y otra en la ac­tua­li­dad. Nunca vuel­vas al pa­sa­do sino es pa­ra ac­tua­li­zar aque­llo que fue, pa­ra edi­fi­car aque­llo que será.