Etiqueta: Revolución

  • La revolución no será televisada. Gil Scott-Heron en las ruinas de la vida de otro hombre negro

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    El pre­sen­te tex­to es una tra­duc­ción de The Revolution Will Not Be Televised, el poema/spoken word de Gil Scott-Heron que se in­clu­ye al fi­nal de la mis­ma. La tra­duc­ción del tex­to es de pro­duc­ción propia.

    No te po­drás que­dar en ca­sa, hermano.
    No po­drás co­nec­tar­la, en­cen­der­la y apagarla.
    No po­drás per­der­te en la he­roí­na y evadirte,
    ni eva­dir­te a por una cer­ve­za du­ran­te los anuncios,
    por­que la re­vo­lu­ción no se­rá televisada.

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  • Conocer la carne del otro pasa por conectarse al flujo del mundo

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    Secrets Behind the Wall, de Koji Wakamatsu

    Aunque mi li­ber­tad aca­be don­de em­pie­za la del otro, mi cuer­po nun­ca ter­mi­na de aca­bar don­de em­pie­za el del otro. La car­ne del mun­do se ex­pan­de ha­cia el in­fi­ni­to de­vo­rán­do­lo to­do mien­tras la nues­tra pro­pia se en­cuen­tra con la del otro; es im­po­si­ble de­ter­mi­nar don­de aca­ba mi pro­pio cuer­po por­que, si es­toy real­men­te co­nec­ta­do con el mun­do, es­toy siem­pre de­ter­mi­na­do por el cuer­po ajeno. Es por eso que si to­da he­rra­mien­ta no es más que una ex­ten­sión de mi pro­pio cuer­po —por­que so­mos de fac­to cy­borgs; des­de el mó­vil has­ta el bas­tón, pa­san­do por la ro­pa o el bo­lí­gra­fo, nues­tro cuer­po se ex­pan­de ar­ti­fi­cial­men­te ha­cien­do car­ne de los ob­je­tos del mun­do — , los otros es­tán per­pe­tua­men­te en­tran­do en con­tac­to con no­so­tros: el otro me ve, me oye, me sien­te. Toda he­rra­mien­ta se con­vier­te en una ex­ten­sión de nues­tro cuer­po, de nues­tros ór­ga­nos. Incluso al­go tan (apa­ren­te­men­te) ino­cuo co­mo la es­cri­tu­ra se con­vier­te en con­tac­to ín­ti­mo con el otro; es im­po­si­ble es­ca­par del otro, del con­tac­to con el otro, por­que nues­tros cuer­pos es­tán co­nec­ta­dos en la pe­ga­jo­sa red de car­ne que lla­ma­mos mun­do.

    Sabiendo lo an­te­rior, Koji Wakamatsu crea­ría la obra de to­da una vi­da a tra­vés de la ex­ci­ta­ción de la car­ne del mun­do. Literal y me­ta­fó­ri­ca­men­te. Es por eso que pre­ten­der ver en él só­lo un ejem­plo más del in­ci­pien­te pin­ku ei­ga es que­dar­se muy atrás de to­do aque­llo que ex­po­ne sus pe­lí­cu­las; Secrets Behind the Wall nos ha­bla de los pe­que­ños dra­mas co­ti­dia­nos, del pan­óp­ti­co de frus­tra­ción sos­te­ni­do en el pre­sen­te, de la ne­ce­si­dad eter­na­men­te pos­ter­ga­da del con­tac­to de la carne.

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  • Siguiendo el rastro de azúcar: Sixto Rodríguez, el hombre como mito

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    Toda exis­ten­cia es una pu­ra con­tin­gen­cia: igual que na­ci­mos pu­di­mos ha­ber­lo no he­cho, y a par­tir de ahí to­do son co­sas que nos han ve­ni­do da­das y de­ci­sio­nes que po­drían ha­ber si­do otras. Todo hom­bre es al­go di­fe­ren­te de lo que po­dría ha­ber si­do e, in­clu­so, de lo que se­rá. Es por ello que una mis­ma per­so­na pue­de ser un com­ple­to des­co­no­ci­do en EEUU, in­clu­so ha­bien­do vi­vi­do to­da la vi­da allí, y ser una suer­te de hé­roe en Sudáfrica, in­clu­so ha­bien­do no po­sa­do un pie en la vi­da allá; los acon­te­ci­mien­tos a tra­vés los cua­les se edi­fi­ca nues­tra iden­ti­dad no se ba­san en la uni­for­mi­dad del co­no­ci­mien­to, ni si­quie­ra de la elec­ción, de los mis­mos: yo soy aque­llo que he ele­gi­do ser con las he­rra­mien­tas que po­seía, el res­to es lo que el mun­do hi­zo de mi. 

    El ca­so de Sixto Rodríguez se­ría pa­ra­dig­má­ti­co en es­ta pers­pec­ti­va por aque­llo que tie­ne de ex­tra­ño, de sor­pre­si­va, su pro­pia his­to­ria. Un hom­bre que se pa­sa to­da la vi­da tra­ba­jan­do de jor­na­le­ro, ha­cien­do de lo fí­si­co su la­bor prin­ci­pal, in­clu­so cuan­do su ca­rác­ter y ca­pa­ci­dad pa­re­ce es­tar del la­do de la más ab­so­lu­ta de las sen­si­bi­li­da­des ar­tís­ti­cas; no es que sea un ge­nio que ne­ce­si­ta sen­tir el con­tac­to de la tie­rra con sus ma­nos pa­ra po­der ope­rar en el mun­do ar­tís­ti­co —que se­gu­ra­men­te, tam­bién — , sino que es un hom­bre cu­yo éxi­to se le mos­tró es­qui­vo. En sus dos dis­cos, en los cua­les va tran­si­tan­do por un rock de raí­ces folk con una fuer­te pre­sen­cia blues en un uso pro­fun­do y ejem­plar del groo­ve ade­más de una tris­te­za cua­si post-punk, de­sa­rro­lla una per­so­na­li­dad tan arro­lla­do­ra que hoy nos cues­ta creer que un hom­bre así pu­die­ra ser ig­no­ra­do en su tiem­po — la sen­si­bi­li­dad de la épo­ca, de los 70’s, no es­ta­ba de­sa­rro­lla­da de tal mo­do que pu­die­ra acep­tar una ra­ra avis chi­ca­na que pre­co­ni­za la os­cu­ri­dad de un sis­te­ma que en­ton­ces aun pa­re­cía el mo­de­lo ideal de to­dos los po­si­bles. La re­vo­lu­ción blan­da, pro­fun­da­men­te abur­gue­sa­da, de Bob Dylan sí; la re­vo­lu­ción du­ra, sa­li­da de las ma­nos des­pe­lle­ja­das del úl­ti­mo pel­da­ño de la ca­de­na tró­fi­ca ca­pi­ta­lis­ta, no. 

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  • Todo acto revolucionario comienza en un cambio de perspectiva

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    El fe­mi­nis­mo es una re­vo­lu­ción, no un reor­de­na­mien­to de con­sig­nas de mar­ke­ting, ni una ola de pro­mo­ción de la fe­la­ción o del in­ter­cam­bio de pa­re­jas, ni tam­po­co una cues­tión de au­men­tar el se­gun­do suel­do. El fe­mi­nis­mo es una aven­tu­ra co­lec­ti­va, pa­ra las mu­je­res pe­ro tam­bién pa­ra los hom­bres y pa­ra to­dos los de­más. Una re­vo­lu­ción que ya ha co­men­za­do. Una vi­sión del mun­do, una op­ción. No se tra­ta de opo­ner las pe­que­ñas ven­ta­jas de las mu­je­res a los pe­que­ños de­re­chos ad­qui­ri­dos de los hom­bres, sino de di­na­mi­tar­lo todo.

    Teoría King Kong, de Virginie Despentes

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  • En el ruido os situaréis en la tierra donde se encuentra vuestro auténtico hogar

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    Tales Of Rabbits And Hares, de Monokrom

    Cualquier pre­ten­sión de aprehen­der un es­pí­ri­tu ra­di­cal del mun­do post-industrial, de aquel que ya ha re­nun­cia­do hi­po­té­ti­ca­men­te a la lu­cha obre­ra y a la con­di­ción y po­si­bi­li­dad de ser obre­ro en sí mis­ma: la creen­cia de que to­dos so­mos cla­se me­dia, se es­fu­ma en la mis­ma me­di­da en que se nos pre­sen­ta co­mo una fal­se­dad en sí mis­mo: más allá de nues­tra re­la­ción con lo ma­te­rial, con la tie­rra, con el tra­ba­jo que man­cha nues­tras ma­nos, no que­da na­da; in­clu­so cuan­do es­cri­bi­mos o pen­sa­mos es­ta­mos en me­dio del tra­ba­jo fí­si­co, por­que es im­po­si­ble pen­sar sin vi­vir el pen­sa­mien­to a tra­vés del cuer­po. Partiendo des­de aquí la po­si­bi­li­dad de un mun­do post-industrial no só­lo re­sul­ta ri­dí­cu­la, sino que re­sul­ta ab­so­lu­ta­men­te in­de­sea­ble por aque­llo que tie­ne de vio­la­ción de nues­tro pro­pio acon­te­ci­mien­to de ser en tan­to nos exi­ge re­nun­ciar a nues­tra pro­pia fi­si­ca­li­dad. No hay mun­do más allá de aque­llo que se crea a tra­vés del poé­ti­co ac­to del mol­dear la tie­rra. Y, por ello, to­da la po­si­bi­li­dad de creer po­der crear un mun­do que se sos­tie­ne so­bre las in­vi­si­bles le­yes de ecua­cio­nes que ge­ne­ran reali­dad só­lo por el he­cho de así de­sear­lo es siem­pre una po­si­bi­li­dad que es­tá con­de­na­da a su pro­pio fracaso. 

    Si exis­te en­ton­ces una res­pues­ta ar­ma­da in­me­dia­ta al ex­po­lio exis­ten­cial de la era post-industrial de­be­ría en­con­trar­se no só­lo en las an­tí­po­das ab­so­lu­tas de cual­quier mo­vi­mien­to de mer­ca­do, por mí­ni­mo que és­te se pre­ten­da, sino de to­da cons­truc­ción ar­tís­ti­ca que co­mul­gue con el to­do va­le im­pues­to por las po­lí­ti­cas fi­du­cia­rias con es­pí­ri­tu de lem­ming del pre­sen­te. Y exis­te, por­que exis­te el noi­se. Un gé­ne­ro na­ci­do de las en­tra­ñas del rui­do re­ci­cla­do tan­to de la acu­mu­la­ción del avan­ce tec­no­ló­gi­co co­mo del so­ni­do so­bran­te ge­ne­ra­do en la in­dus­tria que hoy no des­apa­re­ce, sino que es lle­va­da a un lu­gar don­de exi­gen me­nos de­re­chos so­cia­les por esa mo­les­ta ar­mo­nía de rui­dos. En un mun­do obs­ce­na­men­te va­cío de sig­ni­fi­ca­do, don­de ya no exis­te re­la­ción al­gu­na en­tre la tie­rra y el hom­bre, en­tre el pro­duc­to y el con­su­mi­dor, Monokrom se pre­sen­tan co­mo los ci­ru­ja­nos del ta­la­dro, la sie­rra cir­cu­lar y el mar­ti­llo; car­ni­ce­ros del pa­sa­do pa­ra pro­ble­mas del presente.

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