
El gourmet solitario, de Jiro Taniguchi
Aunque hay una tendencia natural por parte del hombre hacia el desprecio de la comida, como si esta fuera alguna clase de pasión que se mostrara como impropia al aludir a algo que debiera ser sólo situado bajo el prisma de la necesidad, la realidad es que el concepto mismo de comer es algo determinante para la vida misma. A este respecto podríamos aludir a Anthony Burguess cuando nos afirmará que una comida bien equilibrada es como una especie de poema al desarrollo de la vida; no existe nada en el mundo que sea más propio de la vida, del proceso de vivir y de mantener en funcionamiento la vida, que el comer mismo: para vivir se necesita comer, en éste se encuentra cierto placer implícito y se realiza tan sólo en la acción misma que se produce en tanto vivimos. La comida es aquello que mejor representa la consecución de qué entendemos por vida en todos sus ámbitos y, por ello, despreciar el arte de la cocina y la catarsis del comer es el error al cual sólo puede verse inducido aquel que no es capaz de ver cuales son los auténticos pilares de la vida en sí misma.
Sólo con esto en mente podríamos entender lo que intenta transmitirnos Jiro Taniguchi con su obra que no es tanto una concatenación de recetas clásicas de diferentes partes de Japón, que también, sino que es más bien un viaje antropológico al centro mismo de la vida de un hombre solitario. A través de lo que come éste hombre eternamente hambriento se nos va abriendo lentamente, sin ninguna prisa por mostrarse en su totalidad en el primer giro posible, enseñándonos lentamente todo aquello que ha configurado su vida en tanto tal. El interés radical en cada comida no se sitúa en qué come, lo cual ya sería delicioso en sí mismo, ya que continuamente esas comidas nos remiten a hechos del pasado del hombre que nos permiten no saber pero si intuir como fue la vida anterior de éste hombre solitario; el interés radical de la comida aquí es presentarse como un hilo conductor de la vida misma de los hombres, pero también un articulador de miradas divergentes, en ocasiones incluso en contradicción, al respecto de las propias necesidades que van imponiéndose en la vida por sí mismas, sin mediación del hombre.
En tanto animales los seres humanos nos movemos por pasiones que caen con asiduidad en una connotación cultural de violencia. Aun cuando hemos ritualizado estos aspectos para convertirlos en hechos más admisibles ‑véase por ejemplo la mayoría de deportes con especial hincapié en el futbol como ritualización del combate- están siempre presentes en nuestra vida cotidiana en la esfera de lo simbólico; aun cuando somos animales esencialmente culturales no podemos escapar de nuestra realidad instintiva siempre presente. De este modo no debería extrañarnos la proliferación de los AV, o Adult Videos, en los cuales se mezcla el sexo con la violencia pandillera con una absoluta normalidad. Algo que añadirían AV Okubo en sus música complementar esta, violenta y con un punto descerebrado, con unas letras recién salidas de cualquier producción casposa hongkonesa para mayores de edad. Entre lo pornográfico, lo salvaje y lo naïf se sitúan en la posición que parece que parecía que sólo puede asumir un japonés a la hora de hacer arte: la absoluta paradoja de términos coherente con respecto de sí.