Etiqueta: Santiago Lorenzo

  • en la paradoja se encuentra la verdad

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    El ser hu­mano es el ani­mal he­ge­mó­ni­co por ex­ce­len­cia de­bi­do a su ca­pa­ci­dad in­na­ta de adap­ta­ción, qui­zás por eso to­das nues­tras re­la­cio­nes de po­si­bi­li­dad con el mun­do se ven in­fi­ni­ta­men­te me­dia­das por nues­tra adap­ta­ción. La con­vi­ven­cia na­ce en el seno de adap­tar­nos a las cos­tum­bres del otro del mis­mo mo­do que la es­cri­tu­ra só­lo se pue­de dar cuan­do el es­cri­tor se adap­ta a las ne­ce­si­da­des de la obra, un en­te vi­vo en sí mis­mo, que es­tá es­cri­bien­do. Por eso Los Millones de Santiago Lorenzo, la pri­me­ra re­fe­ren­cia del au­tor y de Libros Mondo Brutto, es tan fantástico.

    En Marzo de 1986 a Francisco Garcia le to­can dos­cien­tos mi­llo­nes de pe­se­tas en la Lotería Primitiva, el pro­ble­ma es que no pue­de co­brar el pre­mio por no te­ner DNI; no tie­ne DNI por ser del GRAPO. Se po­dría re­su­mir muy acer­ta­da­men­te to­da la no­ve­la en el epí­gra­fe an­te­rior sino te­mié­ra­mos de­jar fue­ra lo que ha­ce real­men­te in­creí­ble la no­ve­la: sus per­so­na­jes. Siguiendo la es­te­la so­lond­zia­na de Lorenzo nos en­con­tra­mos con­que Francisco vi­ve una vi­da mi­se­ra­ble sien­do una cé­lu­la ope­ra­ti­va del GRAPO. Trabaja por cua­tro du­ros y su vi­da se le es­ca­pa en­tre los de­dos mien­tras be­be tri­fá­si­cos en el bar Coyfer es­pe­ran­do un con­tac­to de sus su­pe­rio­res que ja­más lle­ga. Todo cam­bia cuan­do co­no­ce a Primitiva, una jo­ven pe­rio­dis­ta que le da­rá un vuel­co a su co­ra­zón y le en­dul­za­rá su vi­da, has­ta el pun­to de ha­cer­le ver la po­si­bi­li­dad de cam­biar de vi­da. Pero no nos en­ga­ñe­mos, aquí no hay ca­bi­da pa­ra his­to­rias de amor, es una no­ve­la don­de hay una his­to­ria de en­ten­di­mien­to que pre­ci­pi­ta­rá en igual me­di­da tan­to el amor co­mo la for­tu­na y la desgracia.

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  • la sociedad es tróspida

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    Si la so­cie­dad es un mal ne­ga­ti­vo de la mis­ma con­di­ción hu­ma­na la te­le­vi­sión es un trós­pi­do re­fle­jo de esa mis­ma so­cie­dad. Así no de­be­ría ex­tra­ñar­nos que el pro­gra­ma más ha­bi­tual en la te­le­vi­sión sea Sálvame y sus re­fri­tos y co­pias: el es­pa­ñol me­dio es, en sus tér­mi­nos más os­cu­ros, un mal pí­ca­ro que gus­ta de in­mis­cuir­se en la vi­da aje­na. Por eso na­die le ex­tra­ña que el el co­rre ve y di­le y la cruel­dad ha­cia el otro sea uno de los de­por­tes más prac­ti­ca­dos en te­le­vi­sión. Y de eso tra­ta Mama es bo­ba de Santiago Lorenzo, pe­ro an­tes per­mí­tan­me con­tar­les una his­to­ria local.

    Hará unos diez años en una tv lo­cal du­ran­te la ma­dru­ga­da se emi­tían pro­gra­mas de lla­ma y ga­na pe­ro, le­jos de los ob­je­tos se­xua­les que se ha­cen lla­mar pre­sen­ta­do­res de aho­ra, su pre­sen­ta­dor, Oscar Vidal, era un hom­bre me­nu­do, cal­vo y bas­tan­te ri­dícu­lo pa­ra los cá­no­nes co­mu­nes. Su des­cu­bri­mien­to por par­te de los ciu­da­da­nos de la ciu­dad lle­vó, pro­gre­si­va­men­te, a crear una nue­va afi­ción tan ab­sur­da co­mo pa­té­ti­ca: lla­mar pa­ra in­sul­tar al pre­sen­ta­dor. Los más va­ria­dos in­sul­tos vo­la­ban allí, des­de men­tar a su des­co­no­ci­da ma­dre has­ta el clá­si­co in­sul­tar su alo­pe­cia, los más atre­vi­dos ma­rea­ban la per­diz pa­ra aca­bar en una ai­ra­da pro­fu­sión de in­sul­tos cuan­do el pre­sen­ta­dor ba­ja­ba la guar­dia. Lentamente su po­pu­la­ri­dad fue en au­men­to y, más aun, des­pués de aca­bar llo­ran­do en di­rec­to des­pués de las con­ti­nua­das ve­ja­cio­nes ver­ba­les que su­fría de dia­rio en su pro­pio pues­to de tra­ba­jo. Siempre vol­vía, ja­más de­ja­ba pa­sar un día sin su pre­sen­cia, una se­ma­na sin un nue­vo in­sul­to; él era El Calvo Cabrón. Finalmente, un día des­apa­re­ció sin de­jar ras­tro y na­da más se su­po de él; se con­vir­tió en le­yen­da. Y vien­do Mama es bo­ba cual­quie­ra di­ría que Santiago Lorenzo qui­so ha­cer un ho­me­na­je de es­te pe­cu­liar per­so­na­je in­ter­ac­ti­vo pre-youtube, del pio­ne­ro del bull­ying digital.

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