Etiqueta: ser

  • la condición temporal es siempre errante

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    Mirar al pa­sa­do en oca­sio­nes pue­de ser un mo­do de in­ten­tar com­pren­der un pre­sen­te que nos su­pera en su con­di­ción de pe­ren­to­rie­dad. Del mis­mo mo­do se pue­de mi­rar al pa­sa­do de la obra de un ar­tis­ta pa­ra en­ten­der el aho­ra de és­te, el co­mo se de­sa­rro­lló has­ta al­can­zar los ac­tua­les vi­cios y vir­tu­des que des­pren­de. Por eso Obras cor­tas de Naoki Urasawa es el com­ple­men­to per­fec­to pa­ra com­pren­der la mag­ní­fi­ca obra del mangaka.

    Contra to­do pro­nós­ti­co, le­jos de la gra­ve­dad épi­ca que im­pri­me en sus obras Urasawa, una de las cons­tan­tes de es­tas obras es el hu­mor. Ya des­de BETA!!! y es­pe­cial­men­te ha­cien­do hin­ca­pié en la sa­ga del Singing Policeman nos en­con­tra­mos unos pri­me­ros pa­sos, aun le­jos de la pre­ci­sión pic­tó­ri­ca ac­tual del au­tor, con un hu­mor so­ca­rrón y bas­tan­te ton­to­rrón. Pero ya en­con­tra­mos uno de los re­cur­sos fa­vo­ri­tos del au­tor: los gi­ros ines­pe­ra­dos en el fi­nal de la aven­tu­ra. Esto se pre­sen­cia de for­ma es­pe­cial­men­te tan­gi­ble en Al sa­lir de cla­se o Adiós, Mr. Bunny que se ba­san en un dra­ma­tis­mo mí­ni­mo o una si­tua­ción ab­sur­da pa­ra en­cau­zar to­do ha­cia un fi­nal dia­me­tral­men­te opues­to al tono ge­ne­ral que ha ido lle­van­do la his­to­ria. Así el maes­tro nos des­ve­la co­mo fue per­fec­cio­nan­do sus ar­mas ac­tua­les en bre­ves píl­do­ras de gran in­te­rés pa­ra el fan. Pero, ¿don­de que­da el gran te­ma de to­da la obra de Urasawa, los hom­bres nor­ma­les ha­cien­do co­sas ex­tra­or­di­na­rias? Ya se en­cuen­tra aquí y ade­más, en al­gu­nos de los me­jo­res cómics.

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  • yo, yo mismo, yo otro

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    En oca­sio­nes ol­vi­da­mos que los su­per­hé­roes an­tes de una en­ti­dad con unos po­de­res su­pra­hu­ma­nos son, esen­cial­men­te, per­so­nas con una vi­da más allá de la con­di­ción mis­ma de tal po­der. Aunque pue­de ser in­tere­san­te ver co­mo lu­chan con­tra el mal o des­cu­bren co­mo fun­cio­nan sus po­de­res, al fi­nal, siem­pre se aca­ba re­dun­dan­do en los lu­ga­res co­mu­nes pro­pios de una pro­duc­ción de ca­si un si­glo de có­mics de su­per­hé­roes. Sin em­bar­go Misfits no es só­lo una se­rie de gen­te con po­de­res, tam­bién es una fan­tás­ti­ca co­me­dia dra­má­ti­ca que re­dun­da en la pro­ble­má­ti­ca del yo; de la identidad.

    En Misfits nos en­con­tra­mos la his­to­ria de cin­co jó­ve­nes que, mien­tras ha­cen sus tra­ba­jos pa­ra la co­mu­ni­dad por di­ver­sas in­frac­cio­nes me­no­res, son al­can­za­dos por un ra­yo du­ran­te una ex­tra­ña tor­men­ta; es­te pe­cu­liar ac­ci­den­te me­teo­ro­ló­gi­co les brin­da­rá de po­de­res su­pra­na­tu­ra­les. Contra to­do pro­nós­ti­co la se­rie no nos na­rra­rá co­mo se con­vier­ten en los hé­roes que sal­van el día de su co­mu­ni­dad ni mu­chí­si­mo me­nos la his­to­ria de unos jó­ve­nes ván­da­los con po­de­res; es­ta es la his­to­ria de una ge­ne­ra­ción per­di­da que lu­cha por so­bre­vi­vir en un mun­do que les cru­ci­fi­ca pe­ro no les da opor­tu­ni­dad de des­ta­car. Como no po­dría ser de otra ma­ne­ra sus po­de­res son, ade­más, un re­fle­jo de la per­so­na­li­dad de ca­da uno de los per­so­na­jes, pues quien pue­de con­tro­lar el tiem­po es por su ob­se­si­va ne­ce­si­dad de cam­biar lo pa­sa­do y quien se vuel­ve in­vi­si­ble es por sen­tir­se eter­na­men­te ig­no­ra­do. Aquí no hay he­roís­mo, el bien y el mal se di­fu­mi­nan en ca­da enemi­go al cual se en­fren­tan pues, le­jos de ser ar­que­tí­pi­cos vi­lla­nos de ope­re­ta, son per­so­na­jes con­di­cio­na­dos por una per­so­na­li­dad que lle­va­da al ex­tre­mo les con­di­cio­na a ser lo otro opues­to a mi.

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  • las mejores cosas de la vida empiezan y terminan

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    ¿Quién no se ha ena­mo­ra­do pla­tó­ni­ca­men­te de una per­so­na a la cual só­lo co­no­ce de vis­ta? Cada ges­to su­yo pa­re­ce fas­ci­nan­te, los de­fec­tos pa­re­cen al­go en­can­ta­dor y no nos po­de­mos im­pe­dir so­ñar en que fas­ci­nan­tes pen­sa­mien­tos se es­con­de. Sólo hay al­go que os se­pa­ra el uno del otro: la ver­güen­za. Pero de es­to úl­ti­mo no sa­be na­da -¿o qui­zás sa­be de­ma­sia­do?- Nacho Vigalondo y se de­cla­ra co­mo só­lo se pue­de de­cla­rar un hom­bre, bai­lan­do y can­tan­do pa­ra ella en 7:35 de la ma­ña­na.

    Ella en­tra al bar y to­dos es­tán ex­tra­ños, un hom­bre pe­cu­liar em­pie­za a can­tar y bai­lar im­pli­can­do a to­dos los que es­tán en el bar en una per­for­man­ce su­rrea­lis­ta. El cin­tu­rón de bom­bas que lle­va le le­gi­ti­ma pa­ra po­der ha­cer­lo ya que, tan­to en el amor co­mo en el ar­te, to­do es con­flic­to. No hay na­da de­ja­do al azar, to­do es­tá plan­tea­do en una per­fec­ta ac­tua­ción en la no pue­de sa­lir ab­so­lu­ta­men­te na­da mal. El re­sul­ta­do es un es­pec­tácu­lo im­po­nen­te, ca­te­dra­li­cio, don­de mú­si­ca y bai­le, el so­ni­do y la ima­gen, se con­ju­gan en per­fec­ta ar­mo­nía pa­ra con­tar­nos la his­to­ria del hom­bre que ja­más se po­drá de­cla­rar. Así con­ju­ga la fa­se del cor­te­jo, un ri­tual so­cial, fi­si­ca­li­zán­do­lo de un mo­do ca­ri­ca­tu­res­co en un di­ver­ti­do es­pec­tácu­lo tras el cual se es­con­de una coac­ción so­cial, un ac­to de vio­len­cia so­cial. Y es que, co­mo nos plan­tea en va­rias oca­sio­nes de la can­ción, las me­jo­res co­sas de la vi­da co­mien­zan y aca­ban in­va­ria­ble­men­te, co­mo la vi­da mis­ma, por eso el úni­co mo­do de que ese amor se man­ten­ga pu­ro de una for­ma eter­na es no lle­gar a con­su­mar­lo ja­más. Al fi­nal el es­tram­bó­ti­co cor­te­jo no es tal en tan­to ha si­do, fi­nal­men­te, una de­cla­ra­ción de prin­ci­pios; el ha­cer un trán­si­to ve­loz des­de un co­mien­zo has­ta el fi­nal del amor y de to­da existencia.

    Si la con­di­ción de lo hu­mano pa­sa por su fi­ni­tud en­ton­ces el amor só­lo lo es tal en cuan­to se pue­de aca­bar de un mo­do abrup­to en al­gún mo­men­to. Pero no nos ob­ce­que­mos en ex­plo­sio­nes de con­fe­ti, me­jor vea­mos el la­do po­si­ti­vo, el ser hu­mano en tan­to hu­mano es un ani­mal so­cial; un en­te aman­te y ama­do. Sólo en tan­to sen­ti­men­tal ‑y con ello, artista- un en­te pue­de ad­qui­rir la di­men­sión mis­ma no de ser in­ge­nuo, sino de hu­mano. Y en su fi­ni­tud fi­nal ‑de la vi­da, del amor- Vigalondo sin­te­ti­za que es ser co­mo humano.

  • (el ser) se encuentra en el camino polvoriento

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    Este post es par­te de un es­pe­cial de na­vi­dad de­di­ca­do al sto­ner que pue­den leer com­ple­to tal que aquí.

    En el de­sier­to no hay ca­mi­nos, só­lo hay una eter­na y bas­ta na­da en la que na­da pue­de ser más allá de una in­trin­ca­da esen­cia­li­dad que co­mul­gue con ese mis­mo va­cia­do de to­do si. Quizás por eso sean tan co­mu­nes en to­das las cul­tu­ras los ri­tos ini­ciá­ti­cos con­sis­ten­tes en te­ner re­ve­la­cio­nes in­du­ci­das por dro­gas en lo más pro­fun­do del co­ra­zón de los de­sier­tos. Pero pa­ra el ur­ba­ni­ta mo­derno eso es­tá muy le­jos de sus po­si­bi­li­da­des y esa ex­pe­rien­cia nos re­tra­ta el ini­ciá­ti­co Ultramega Ok de Soundgarden.

    Con un én­fa­sis es­pe­cial en los ba­jos y unas per­cu­sio­nes muy agre­si­vas hi­lan un dis­co que in­ten­ta co­ger los so­ni­dos más úni­cos de Black Sabbath en tan­to con­tun­den­tes y cier­to ai­re blues de­sas­tra­do de Led Zeppelin. El re­sul­ta­do es al­go que ya se po­día otear en al­gu­nos tra­ba­jos de Black Sabbath lle­va­do a su ex­tre­mo úl­ti­mo; el sto­ner. Todo son so­ni­dos lán­gui­dos, eter­ni­za­dos, siem­pre con un ai­re psy­cho­dé­li­co co­mo in­vi­tán­do­nos a du­dar siem­pre de que es­tá ocu­rrien­do a nues­tro al­re­de­dor. Así for­mu­lan un in­ten­to de imi­tar las sen­sa­cio­nes que pro­du­ce el via­jar abo­tar­ga­do y con­fu­so por un de­sier­to cu­ya dis­po­si­ción es más men­tal que pú­ra­men­te fí­si­ca. Pero a su vez es­tá siem­pre esa con­no­ta­ción a las dro­gas, las cua­les nos pro­du­cen unos efec­tos muy si­mi­la­res ha­cién­do­nos vi­vir, se­gún los ri­tos cha­má­ni­cos, via­jes es­pi­rí­tua­les en los cua­les tras­cen­de­mos el pro­pio cuer­po. Y eso mis­mo in­ten­tan y con­si­guen Soundgarden en es­te dis­co, nos lle­van ha­cia una ca­tar­sis don­de si ce­rra­mos los ojos ca­si po­de­mos ver a tra­vés de los ojos del al­ma ese va­cío pri­mor­dial en el cual el yo de­be apren­der só­lo. El lu­gar de la re­ve­la­ción primordial.

    Sin du­da al­gu­na Bataille hu­bie­ra aplau­di­do la ini­cia­ti­va de Soundgarden al crear el pri­mer so­ni­do ge­nui­na­men­te ca­tár­ti­co, la pri­me­ra mú­si­ca ca­paz de anu­lar to­do nues­tro ra­cio­ci­nio lan­zán­do­nos des­nu­dos y aja­dos a las lla­nu­ras va­cías del ser yo en la na­da. El in­con­men­su­ra­ble Ultramega Ok nos arro­ja en mi­tad de la na­tu­ra­le­za des­ata­da pa­ra que des­cu­bra­mos que se es­con­de de­trás de nues­tra esen­cia dor­mi­da. Anulando la ra­zón pe­ro ad­qui­rien­do una pa­sión más allá de lo humano.

  • oigo a la realidad llorando

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    La vi­da es una su­til epo­pe­ya grie­ga en la cual la gran­de­za sue­le ocu­rrir en un se­gun­do plano, una en la cual no im­por­ta que no­so­tros de­je­mos de an­dar el ca­mino pues el ca­mino se­gui­rá sien­do an­da­do sin no­so­tros. Pero tam­bién es­tá en nues­tra mano ele­gir una vi­da de in­sí­pi­da re­pe­ti­ción o bus­car una ra­zón por la que lu­char y se­guir siem­pre ese ca­mino de sin­sa­bo­res y ale­grías. Y na­die me­jor que Mamoru Oshii pa­ra ex­pre­sar es­to en su ge­nial adap­ta­ción The Sky Crawlers.

    Todo flu­ye. El mun­do es un en­te cam­bian­te que siem­pre es­tá trans­for­mán­do­se al tiem­po que las per­so­nas van evo­lu­cio­nan­do a tra­vés de su exis­ten­cia, de sus ex­pe­rien­cias, en al­go más allá de lo que ja­más cre­ye­ron que fue­ran a ser. El ci­ne de Oshii tam­bién es así y nos da un ex­ce­len­te uso de la ani­ma­ción en 3D pa­ra con­for­mar unos de los más pre­cio­sos vue­los a tra­vés de las nu­bes que ha­ya­mos vis­to ja­más. Pero to­do es pre­cio­sis­ta, el di­bu­ja­do co­mo si se tra­ta­ra de ma­que­tas nos en­vían ha­cia un mun­do ab­so­lu­ta­men­te úni­co. Y es que en The Sky Crawlers to­do flu­ye, el mun­do es úni­co, co­lo­ris­ta­men­te so­brio, en una reali­dad don­de el si­len­cio pri­ma so­bre las pa­la­bras, el lu­gar don­de el si­mu­la­cro de la gue­rra es más real que la gue­rra mis­ma. Y es­te es el gran lo­gro de Oshii, el dis­cur­so se mi­me­ti­za con lo for­mal y con la reali­dad mis­ma del mun­do, to­do es ar­mó­ni­co en su sen­ci­llez, en una re­pe­ti­ción ma­ra­vi­llo­sa, ca­si má­gi­ca, don­de ca­da pie­za en­ca­ja co­mo siem­pre de­be en­ca­jar. En un con­ti­nuo ri­tual de re­pe­ti­ción to­do siem­pre sa­le co­mo de­be­ría sa­lir pe­ro des­de el mo­men­to que se da el eterno atas­ca­mien­to en la an­gus­tia exis­ten­cial del hom­bre, na­da pue­de fluir co­mo debería.

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