Etiqueta: Spider-Man

  • estéticas de los finales de la historia

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    Si hay un me­dio par­ti­cu­lar­men­te pro­pi­cio pa­ra re­tor­cer los pre­su­pues­tos de la reali­dad a tra­vés de nues­tra pro­pia per­cep­ción ese es sin du­da el del có­mic. Con el uso de co­lo­res y for­mas en cual­quier con­jun­ción po­si­ble den­tro de la ima­gi­na­ción ‑y la técnica- del di­bu­jan­te se pue­de plas­mar to­do aque­llo que se si­túe en los lí­mi­tes de lo pen­sa­ble; se pue­de re­crear cual­quier reali­dad po­si­ble por im­po­si­ble que es­ta pa­re­cie­ra. Es por ello que en el có­mic hay una par­ti­cu­lar que­ren­cia por la ex­pe­ri­men­ta­ción for­mal, sea más su­til o evi­den­te, que lle­va in­clu­so al he­cho de que al­gu­nas de las obras más acla­ma­das del me­dio ten­gan vi­sos de una ex­tre­ma abs­trac­ción por su ca­rác­ter ex­pe­ri­men­tal. Un buen ejem­plo de es­to se­ría Spider-Man Fever de Brendan McCarthy.

    En és­te ar­co ar­gu­men­tal ve­mos co­mo nues­tro hé­roe arác­ni­do aca­ba en una di­men­sión des­co­no­ci­da con­tro­la­da por unas ex­tra­ñas ara­ñas que usan un po­der má­gic­ko más allá de la com­pren­sión del hom­bre. Servido co­mo ali­men­to, al ser me­dio ara­ña me­dio hom­bre, las mis­mas le re­tan a ca­zar una mos­ca que sir­va de ban­que­te pa­ra to­da la co­lo­nia co­mo for­ma de de­mos­trar su con­di­ción de arác­ni­do. Mientras tan­to el Dr. Extraño ini­cia­rá su bús­que­da a tra­vés de es­ta di­men­sión fluc­tuan­te que pa­re­ce cam­biar en pro­ce­sos más allá de cual­quier ló­gi­ca hu­ma­na pri­ma­ria. La di­men­sión se ar­ti­cu­la den­tro de las re­glas de la ma­gick lo cual lo ale­ja de la in­va­ria­bi­li­dad del mun­do hu­mano co­mún: to­do es vo­lá­til; li­bre de ser cam­bia­do a vo­lun­tad en tan­to es asu­mi­do, creí­do, co­mo si siem­pre hu­bie­ra si­do así. De és­te mo­do no im­por­ta que ha­gan o don­de se di­ri­jan los per­so­na­jes, pues la úni­ca dis­po­si­ción ne­ce­sa­ria pa­ra las más bá­si­cas de las in­ter­ac­cio­nes pro­fun­das es su voluntad.

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  • el duelo a muerte se esconde en tu rima

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    Aunque no to­das las tra­di­cio­nes se res­pe­tan al­gu­nas que han caí­do en el ol­vi­do son res­ca­ta­das años o in­clu­so, sino mi­le­nios si, si­glos des­pués de que es­tas des­apa­re­cie­ran. Lo que en la an­ti­gua Grecia fue qui­zás no pu­die­ra ser du­ran­te to­do es­te tiem­po has­ta la lle­ga­da de la pos­mo­der­ni­dad, que le da un nue­vo sen­ti­do. Y jus­to es­to pre­sen­cia­mos en The Amazing Spider-Man #611.

    En una caó­ti­ca his­to­ria de Spider-Man en un mo­men­to da­do apa­re­ce el bo­ca­za más gran­de del uni­ver­so Marvel, el Spider-Man con pis­to­las y ka­ta­na, el in­igua­la­ble Deadpool. Y a par­tir de aquí vie­nen una mi­ría­da de hos­tias, ex­plo­sio­nes y chis­tes in­dig­nos de los per­so­na­jes, ca­ren­tes de gran par­te de la chis­pa que tie­nen ca­da uno de los per­so­na­jes. Nada va co­mo de­be de ir has­ta que caen en un pe­que­ño par­que don­de, al in­sul­tar Deadpool a la ma­dre de nues­tro arác­ni­do fa­vo­ri­to unos jó­ve­nes re­cri­mi­nan al hom­bre ara­ña su no con­tes­ta­ción. Así se ini­cia el due­lo más su­rrea­lis­ta por el cual ha­ya te­ni­do que pa­sar Peter Parker, tie­ne que ven­cer en una ba­ta­lla de ga­llos a un ad­ver­sa­rio de ver­bo­rrea aun más fá­cil que él mis­mo. Así en­tre hu­mi­lla­cio­nes e in­sul­tos van vo­lan­do del uno al otro sus bra­va­tas has­ta que el com­ba­te vuel­ve a las ma­nos, vuel­ve ha­cia la muer­te. Y es­to es así jus­to co­mo en la an­ti­gua Grecia, don­de el due­lo ver­bal era un due­lo a muer­te don­de so­lo uno sal­dría vi­vo del mis­mo. Como los acer­ti­jos de la es­fin­ge don­de so­lo el que sea más in­ge­nio­so de los dos so­bre­vi­vi­rá a la muer­te del otro, don­de so­lo la pre­gun­ta o la res­pues­ta co­rrec­ta nos sal­va­rá de una jus­ta muer­te. Así, el due­lo de ga­llos se es­ce­ni­fi­ca co­mo el ri­tual de la muer­te, el círcu­lo de bar­dos don­de so­lo exis­te o la glo­ria o la muerte.

    Algo tan ig­no­mi­nio­so pa­ra al­gu­nos co­mo es el rap aca­ba por ser la re­su­rrec­ción de un es­ti­lo de lu­cha ver­bal que se ha­bía per­di­do des­de la an­ti­güe­dad clá­si­ca. Según al­gu­nos ja­más se crea na­da nue­vo, to­do es una trans­for­ma­ción de lo que ya te­nía­mos an­tes. Y qui­zás sea ver­dad pe­ro in­clu­so la adap­ta­ción de un an­ti­guo due­lo es una nue­va mues­ca en los in­ven­tos de la humanidad.