Etiqueta: steampunk

  • La realidad sólo se descubre en el eléctrico devenir del mito

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    Captain Swing and the Electrical Pirates of Cindery Island, de Warren Ellis

    Siempre que se pre­ten­da crear una fi­lo­so­fía que se cons­ti­tu­ya co­mo real pa­ra una ma­sa que va­ya más allá de la aca­de­mia, de­be cons­ti­tuir­se a tra­vés de una se­rie de có­di­gos que la ha­gan ac­ce­si­ble pa­ra es­ta. Es por ello que, si­guien­do las ideas fi­lo­só­fi­cas de Hölderlin, el úni­co mo­do de de­vol­ver a la fi­lo­so­fía la po­ten­cia del pa­sa­do se­ría ves­tir­la con las ga­las de en­ton­ces; só­lo en una nue­va cons­ti­tu­ción mi­to­ló­gi­ca po­dre­mos acer­car las pos­tu­ras fi­lo­só­fi­cas nue­vas has­ta el pue­blo. Así, en la tra­duc­ción de tér­mi­nos va­gos y di­fu­sos que no pa­san de la me­ra es­pe­cu­la­ción, po­de­mos ori­gi­nar una reali­dad tan­gi­ble en su me­ta­fo­ri­dad a tra­vés de la cual se pue­de vis­lum­brar el mun­do en tan­to real: só­lo a tra­vés de lo mi­to­ló­gi­co, de lo teó­ri­co per­so­ni­fi­ca­do, en for­ma de me­tá­fo­ra, se pue­de ex­traer una reali­dad fá­cil­men­te com­pren­si­ble pa­ra el in­di­vi­duo me­dio. He ahí el va­lor úl­ti­mo del ar­te ‑y es­pe­cí­fi­ca­men­te la poe­sía, se­gún Hölderlin‑, pues a tra­vés de él po­de­mos cris­ta­li­zar una reali­dad que se nos pre­sen­ta co­mo eva­si­va y que en la teo­ría se nos mues­tra abstrusa. 

    Bajo es­ta pre­mi­sa de­be­ría­mos leer la obra de Warren Ellis a dos ni­ve­les di­fe­ren­tes: en tan­to có­mic (que ar­ti­cu­la una reali­dad me­ta­fó­ri­ca con res­pec­to del mun­do) y en tan­to mi­to pa­ra el có­mic (que ar­ti­cu­la una reali­dad me­ta­fó­ri­ca en el mun­do del có­mic). Estos dos ni­ve­les, que no ha­cen más que se­pa­rar dos ni­ve­les on­to­ló­gi­cos di­fe­ren­tes ‑el del có­mic, fic­ción; el del mun­do, realidad‑, en reali­dad no es­tán se­pa­ra­dos per sé por­que se so­la­pan cons­tan­te­men­te en sus dis­cur­sos: só­lo en tan­to se de­mues­tra la ope­ran­cia real de am­bos se pue­de ar­ti­cu­lar un dis­cur­so de ver­dad con res­pec­to de ellos. La reali­dad en sí só­lo se re­ve­la en tan­to con­fi­gu­ra­da por los dos ni­ve­les on­to­ló­gi­cos a la vez, sin con­tra­dic­ción en­tre sí. No hay dos ni­ve­les on­to­ló­gi­cos di­fe­ren­tes en el cual uno es más real que el otro, o uno con­fi­gu­ra la reali­dad y el otro ar­ti­cu­la una reali­dad fal­sa, am­bos son par­te de la reali­dad cog­nos­ci­ble co­mo tal. 

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  • la realidad (y la fantasía) es enemiga de la incoherencia

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    The Amazing Screw-On Head, de Mike Mignola

    Esta es­qui­zo­fré­ni­ca se­rie de ani­ma­ción na­ce­ría, co­mo es co­mún an­te una ca­be­za bien amue­bla­da co­mo la de Mike Mignola, de una idea com­ple­ta­men­te ab­sur­da: rea­li­zar mu­ñe­cos de ac­ción de su­per­hé­roes que só­lo fue­ran el cuer­po don­de aco­plar en to­dos ellos la mis­ma ca­be­za; una ca­be­za, iden­ti­ta­ria pe­ro va­cía de iden­ti­dad, de ros­ca. Aunque co­mo ju­gue­te po­dría ha­ber fun­cio­na­do, al­go que nun­ca sa­bre­mos, lo que si dio lu­gar es a un hé­roe ro­bó­ti­co que cam­bia su ca­be­za de cuer­po se­gún la oca­sión apre­mie pa­ra ello. He ahí el na­ci­mien­to del muy sui ge­ne­ris Screw-On Head. Maestro de lo ocul­to y agen­te se­cre­to a las ór­de­nes del pre­si­den­te Lincoln, Screw-On Head ten­drá que com­ba­tir el in­ten­to de en­gen­drar el mal en el mun­do por su an­ti­guo ma­yor­do­mo, el Emperor Zombie.

    Lo más in­tere­san­te de la se­rie, que ja­más pa­so del pi­lo­to, es la muy par­ti­cu­lar com­bi­na­ción en­tre un so­ca­rrón hu­mor ne­gro que, en com­bi­na­ción con un es­ti­lo steam­punk, con­fie­re al con­jun­to su pro­pia at­mós­fe­ra. Atmósfera que se ve re­car­ga­da por la ca­si to­tal au­sen­cia de per­so­na­jes hu­ma­nos los cua­les, de apa­re­cer, son re­le­ga­dos a un se­gun­do plano en fa­vor del au­tén­ti­co pro­ta­go­nis­ta de la se­rie: lo fan­tás­ti­co que es­ca­pa al ra­cio­na­lis­mo hu­mano. No hay na­da en la se­rie que no sea una con­ti­nua re­vi­si­ta­ción de los có­di­gos fan­tás­ti­cos de prin­ci­pios del XX pa­sa­dos por el ta­miz de lo fantástico.

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  • el barón contra el dinero

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    Hay tan­tas co­sas so­bre­va­lo­ra­das y tan­ta gen­te di­cien­do que hay co­sas so­bre­va­lo­ra­das que afir­mar­lo de al­go aho­ra es más una bou­ta­de que una ver­dad sin­ce­ra. Sin em­bar­go cuan­do uno ve pe­que­ñas obras de ar­te na­ci­das del ab­so­lu­to amor por la sci-fi co­mo El Barón con­tra los Demonios pue­de afir­mar or­gu­llo­so y con po­ten­cia que el di­ne­ro es­tá sobrevalorado.

    En una reali­dad al­ter­na­ti­va de ai­res steam­punk la igle­sia ha ini­cia­do una cru­za­da to­tal con­tra el mal y los de­mo­nios que aso­lan la tie­rra des­pués de ha­ber ani­qui­la­do otros pla­ne­tas a su pa­so. Solo un hom­bre, El Barón, po­drá de­rro­tar al hi­jo del Ragnarok pa­ra así evi­tar la des­truc­ción de to­da vi­da so­bre la tie­rra. La ido­la­tría de El Barón ha­cia Dios lle­ga has­ta la fe cie­ga más ab­so­lu­ta e irra­cio­nal sien­do ca­paz de ma­tar a alia­dos y enemi­gos por igual si con ello si­gue las im­po­si­bles le­yes di­vi­nas. Pero to­do sa­le ade­lan­te por pu­ra y du­ra fuer­za de vo­lun­tad, co­mo en es­ta pe­lí­cu­la en ge­ne­ral. Con unos efec­tos es­pe­cia­les dis­cre­tos, uso y abu­so de mi­nia­tu­ras que son evi­den­tes ser­lo, diá­lo­gos son­ro­jan­tes por lo ama­teur de ellos y unas ac­tua­cio­nes que van des­de lo his­trió­ni­co has­ta lo iná­ni­me to­do apun­ta a una ab­so­lu­ta ba­zo­fia. Sin em­bar­go se acep­tan sin pro­ble­mas to­dos y ca­da uno de sus de­fec­tos por el amor y la con­vic­ción con los que es­tán rea­li­za­dos. Cada fra­se y ca­da plano es­tán car­ga­dos de fuer­za y con­vic­ción, co­mo si la fe cie­ga de los per­so­na­jes lle­ga­ra has­ta la ac­tua­ción de los pro­pios ac­to­res y los efec­tos es­pe­cia­les a su al­re­de­dor. El en­can­to naïf del uso de mu­ñe­cos y ma­rio­ne­tas en la era del CGI es tam­bién un pun­to a fa­vor en la un po­co de­sas­tra­da pre­sen­ta­ción de las es­ce­nas más asil­ves­tra­das. Y, aun­que no es ca­paz de li­brar­se del hu­mor in­vo­lun­ta­rio que su ama­teu­ris­mo pro­du­ce, con­si­gue triun­far don­de la ma­yo­ría de sus con­gé­ne­res de al­to pre­su­pues­to fra­ca­san: es ra­bio­sa­men­te divertida.

    Cuando lle­ga el mo­men­to no im­por­ta no te­ner ni un so­lo cén­ti­mo pa­ra ha­cer las co­sas, lo que im­por­ta es te­ner el su­fi­cien­te te­són pa­ra lle­var ade­lan­te una au­tén­ti­ca oda de amor por lo que ha­ces. Y el que no quie­ra ha­cer al­go den­tro de esos pa­rá­me­tros por nin­gu­na de las ra­zo­nes, qui­zás de­be­ría plan­tear­se que es­tá ha­cien­do. Para to­do lo de­más, una piz­ca de amor.