Etiqueta: subjetividad

  • Hablemos sobre amor. O por qué Celine Dion hace música de mierda

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    Si la de­mo­cra­cia tie­ne un pro­ble­ma de ba­se es ha­ber si­do im­pues­ta sin con­si­de­rar las cua­li­da­des que ne­ce­si­tan las per­so­nas pa­ra po­der apro­ve­char­la. En po­lí­ti­ca es ne­ce­sa­rio sa­ber mo­ver­se en are­nas mo­ve­di­zas. SI pre­ten­de­mos de­jar el pe­so de la po­lí­ti­ca en hom­bros de los ciu­da­da­nos, ne­ce­si­ta­mos que sean ca­pa­ces de re­fle­xio­nar por sí mis­mo; si no son ca­pa­ces, en­ton­ces nos da­ría lo mis­mo te­ner de­mo­cra­cia o cual­quier otra cla­se de sis­te­ma: si se con­si­gue la vir­tud po­lí­ti­ca, el go­bierno del más ap­to o del in­te­rés ge­ne­ral, se­rá só­lo por pu­ro ac­ci­den­te. El pro­ble­ma esen­cial de la de­mo­cra­cia no es que pue­da vo­tar cual­quie­ra, sino que la ma­yo­ría ca­re­cen de las he­rra­mien­tas con­cep­tua­les pa­ra ha­cer­lo de for­ma consecuente.

    En esa de­mo­cra­cia sin crí­ti­ca, de gus­to sin cons­cien­cia, es di­fí­cil en­ten­der qué de­fien­den las per­so­nas en tan­to sus dis­cur­sos es­tán hue­cos. Vacíos de con­te­ni­do. Algo en lo que Música de mier­da, li­bro so­bre el fe­nó­meno Celine Dion a la luz del dis­co Let’s Talk About Love, no es nin­gu­na ex­cep­ción. Si lo con­si­de­ra­mos des­de la crí­ti­ca mu­si­cal, en­con­tra­mos que ape­nas sí ras­ca en el va­lor mu­si­cal (o au­sen­cia de él) del tra­ba­jo de la can­tan­te; co­mo tra­ta­do de es­té­ti­ca es en­de­ble, pues sus re­fe­ren­cias fi­lo­só­fi­cas no pa­san de ser apun­tes de ba­chi­lle­ra­to re­bo­za­dos en for­ma de fa­la­cias ló­gi­cas; y co­mo bio­gra­fía de la pro­pia Dion es ten­den­cio­sa, ya que só­lo la uti­li­za pa­ra de­fen­der cier­ta vir­tud que no pue­de en­con­trar en lo mu­si­cal. ¿Dónde re­si­de el va­lor del li­bro en­ton­ces? Como au­to­bio­gra­fía ca­mu­fla­da de teo­ría crí­ti­ca. O lo que es lo mis­mo, un ejer­ci­cio de teo­ría fic­ción en la cual el au­tor, en­can­ta­do de co­no­cer­se, se da la ra­zón a sí mis­mo sin sos­te­ner sus pre­mi­sas en ar­gu­men­tos de nin­gu­na cla­se. No por­que no exis­tan, sino por­que, se­gún nos di­ce, to­do es me­ra cues­tión de gustos.

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  • Un cierto realismo posible. Sobre «El hombre en el castillo» de Philip K. Dick

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    Definir la reali­dad es una ta­rea des­agra­de­ci­da, ya que su con­di­ción res­ba­la­di­za ha­ce im­po­si­ble aprehen­der­la de for­ma ab­so­lu­ta. Pongamos por ca­so la his­to­ria. Por más que se pre­ten­da im­par­cial o con ca­pa­ci­dad pa­ra dis­cri­mi­nar el grano de la pa­ja, la his­to­ria es­tá lle­na de agu­je­ros, lu­ga­res co­mu­nes, tes­ti­mo­nios du­do­sos; nun­ca co­no­ce­mos la po­li­fo­nía de vo­ces que ca­rac­te­ri­za a cual­quier épo­ca, só­lo una bur­da apro­xi­ma­ción ba­sa­da en ge­ne­ra­li­za­cio­nes con res­pec­to de los usos y cos­tum­bres que se su­po­nían más co­mu­nes. Lo par­ti­cu­lar que­da con­de­na­do en fa­vor de lo ge­ne­ral, de la cons­truc­ción so­cial que ni si­quie­ra tu­vo por­qué ser la nor­ma de su tiem­po. Toda reali­dad tie­ne al­go de fic­ción, de ge­ne­ra­li­za­ción in­tere­sa­da, por­que es­tá me­dia­da por el re­cuer­do, cuan­do no di­rec­ta­men­te por el pre­jui­cio. No exis­te al­go así co­mo la reali­dad ob­je­ti­va, por­que pa­ra ello ha­ría fal­ta tam­bién un me­dia­dor ob­je­ti­vo que la juz­ga­ra a par­tir del tes­ti­mo­nio de to­dos sus agen­tes involucrados.

    En El hom­bre en el cas­ti­llo nos pre­sen­ta la his­to­ria de Estados Unidos quin­ce años des­pués de que las fuer­zas ale­ma­nas ga­na­ran la se­gun­da gue­rra mun­dial y, con la ines­ti­ma­ble co­la­bo­ra­ción ja­po­ne­sa, ocu­pa­ran la prác­ti­ca to­ta­li­dad del te­rri­to­rio nor­te­ame­ri­cano. Aunque Alemania se ha apo­de­ra­do de la cos­ta es­te del mis­mo mo­do que Japón ha he­cho lo mis­mo con la oes­te, aun exis­ten una se­rie de es­ta­dos au­tó­no­mos en la fran­ja cen­tral que se­pa­ran am­bos te­rri­to­rios; allí, en ese in­te­rregno de li­ber­tad, de po­si­bi­li­da­des que na­cie­ron muer­tas, ha­bi­ta Hawthorne Abdensen, es­cri­tor del li­bro prohi­bi­do La lan­gos­ta se ha po­sa­do, una ucro­nía que ex­pli­ca lo que ocu­rrió en una reali­dad al­ter­na­ti­va en la cual los Aliados ga­na­ron la gue­rra. No nues­tra reali­dad —ya que al­gu­nos ele­men­tos cla­ve cam­bian en sen­das his­to­rias, ha­cién­do­las di­fe­ren­tes — , sino otra reali­dad. Es un mun­do po­si­ble den­tro de otro mun­do po­si­ble, ha­cien­do que La lan­gos­ta se ha po­sa­do sea a la reali­dad de El hom­bre en el cas­ti­llo lo que El hom­bre en el cas­ti­llo a la nuestra.

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  • Un cierto momento del tiempo. Análisis de la objetividad y la subjetividad a través del plano secuencia

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    Cuando ha­bla­mos al res­pec­to del ci­ne, uno de los ele­men­tos que atrae­rán de for­ma sis­te­má­ti­ca la mi­ra­da de Gilles Deleuze es el de plano se­cuen­cia Ahora bien, ¿qué es el plano se­cuen­cia? Para sa­ber­lo lo me­jor se­rá acu­dir a las pa­la­bras del maes­tro del plano se­cuen­cia, a la sa­zón uno de nues­tros ob­je­tos de es­tu­dio a tra­vés del cual vis­lum­brar al­gu­na cla­se de con­clu­sión con res­pec­to de la obra de Deleuze, Pier Paolo Pasolini:

    Observemos el film de 16 mm. que un es­pec­ta­dor, en­tre la mul­ti­tud, ro­dó so­bre la muer­te de Kennedy. Se tra­ta de un plano-secuencia; y es el más ca­rac­te­rís­ti­co plano-secuencia.

    El espectador-operador, en efec­to, no eli­gió án­gu­los vi­sua­les: fil­mó sim­ple­men­te des­de don­de se en­con­tra­ba, en­cua­dran­do lo que su ojo —me­jor su ob­je­ti­vo— veía.

    El plano – se­cuen­cia ca­rac­te­rís­ti­co es, por lo tan­to, una to­ma «sub­je­ti­va»PASOLINI, P.P., Discurso so­bre el plano-secuencia o el ci­ne co­mo se­mio­lo­gía de la reali­dad, Problemas del Nuevo ci­ne, Alianza, Madrid, 1971, p. 61, En li­nea: http://estafeta-gabrielpulecio.blogspot.com.es/2009/11/pier-paolo-Pasolini-discurso-sobre-el.html.

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  • El proyecto de toda existencia es su memoria intentando hacer encajar un puzzle infinito

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    Looper, de Rian Johnson

    Uno de los lu­ga­res co­mu­nes que des­ato ese mal pen­sa­mien­to co­no­ci­do co­mo exis­ten­cia­lis­mo es la idea de que to­da per­so­na es ex­clu­si­va­men­te aque­llo que eli­ge ser: yo soy mi exis­ten­cia, to­do aque­llo que vi­vo sin ma­yor in­ter­me­dia­ción esen­cial de nin­gu­na lo que su­po­ne en úl­ti­mo tér­mino ser un ser hu­mano. El pro­ble­ma es que es­ta cán­di­da vi­sión de la exis­ten­cia no se sos­tie­ne por sí mis­ma. A pe­sar de que qui­zás no es­te­mos me­dia­dos por for­mas esen­cia­les —lo cual ya es de por sí du­do­so en tan­to, si bien po­de­mos no es­tar con­di­cio­na­dos en tan­to hu­ma­nos, si es­ta­mos con­di­cio­na­dos ge­né­ti­ca y bio­ló­gi­ca­men­te — , nues­tra exis­ten­cia no se des­plie­ga nun­ca co­mo al­go cla­ro y evi­den­te a tra­vés de lo cual po­de­mos tran­si­tar con nor­ma­li­dad; no to­da vi­ven­cia mar­ca nues­tra exis­ten­cia, del mis­mo mo­do que no to­do ac­ci­den­te geo­grá­fi­co de lo real se plas­ma en su ma­pa: só­lo lo más im­por­tan­te, aque­llo que tie­ne una im­por­tan­cia sig­ni­fi­ca­ti­va pa­ra con­ce­bir su ex­plo­ra­ción, es aque­llo que de­ja hue­lla en su car­to­gra­fía. ¿Por qué es así? Porque nues­tra exis­ten­cia no nos es re­ve­la­da de for­ma ab­so­lu­ta y cons­tan­te, prin­ci­pal­men­te, por­que nues­tra me­mo­ria es li­mi­ta­da y nues­tra vi­sión de los he­chos siem­pre par­cial. Sólo re­cor­da­mos las co­sas más im­por­tan­tes de nues­tra vi­da, del mis­mo mo­do que las in­ter­pre­ta­mos y re­cons­trui­mos des­de un pun­to de vis­ta sub­je­ti­vo; yo no soy aque­llo que vi­vo, soy aque­llo que re­cuer­do ha­ber vivido. 

    Esto en Looper se nos mues­tra co­mo mo­tor cen­tral de los acon­te­ci­mien­tos en tan­to to­do lo que acon­te­ce lo ha­ce, pre­ci­sa­men­te, por la su­ce­sión de los he­chos es­pe­cí­fi­cos que se dan en la me­mo­ria. Esto es así in­clu­so en la pre­mi­sa bá­si­ca de la pe­lí­cu­la, un gru­po cri­mi­nal que man­da a sus víc­ti­mas al pa­sa­do pa­ra que los ma­ten ase­si­nos del pa­sa­do, ya que par­te de la con­ni­ven­cia de la me­mo­ria: si na­die re­cuer­da al su­je­to muer­to, prin­ci­pal­men­te por­que no exis­te aun, sus res­tos en el pasado-presente ca­re­cen de sen­ti­do (él es­tá vi­vo o aun no exis­te si­quie­ra) y en el futuro-presente se con­vier­ten en di­so­nan­tes (su muer­te se da­ta­ría co­mo an­te­rior a su des­apa­ri­ción o, si su­pie­ran de los via­jes en el tiem­po, su ase­sino qui­zás ni es­té vi­vo ya). Partiendo de es­to, la pe­lí­cu­la de Rian Johnson ha­ce ma­la­ba­ris­mos no tan­to con un jue­go cí­cli­co de via­jes en el tiem­po, los cua­les son el mc­guf­fin pa­ra ha­blar de otras co­sas, co­mo con un ri­tor­ne­llo des­qui­cia­do de for­mas me­mo­rís­ti­cas en dan­za que pro­du­cen una cons­tan­te mu­ta­ción de lo real. Si a tra­vés del mon­ta­je se con­fun­den en la pe­lí­cu­la de for­ma reite­ra­ti­va lo que ocu­rre y lo que se re­cuer­da es só­lo en tan­to su for­ma sos­tie­ne su con­te­ni­do, su mon­ta­je es una re­cons­truc­ción par­ti­cu­lar de una me­mo­ria: sub­je­ti­va, in­tere­sa­da, incompleta.

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  • La corporalidad es el mapa en construcción de mi propia identidad

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    III, de Crystal Castles

    Una de las pro­ble­má­ti­cas prin­ci­pa­les du­ran­te to­da la his­to­ria de la hu­ma­ni­dad ha si­do la des­cor­po­ra­li­za­ción del hom­bre en fa­vor de su in­ter­pre­ta­ción pu­ra­men­te ma­quí­ni­ca; des­de las ideas dua­lis­tas del es­pí­ri­tu has­ta las con­ven­cio­nes cien­ti­fi­cis­tas que pre­ten­den que no so­mos más que má­qui­nas, se ha pri­vi­le­gia­do du­ran­te to­da la his­to­ria del pen­sa­mien­to has­ta el pre­sen­te lo or­gá­ni­co so­bre lo cor­po­ral; pa­ra el pen­sa­mien­to nor­ma­ti­vo no so­mos más que ór­ga­nos con cuer­po, una acu­mu­la­ción de pro­ce­sos auto-replicantes sin po­si­bi­li­dad de evo­lu­ción. Uno de los gran­des mé­ri­tos de la fi­lo­so­fía del si­glo XX se­ría, pre­ci­sa­men­te, el mis­mo que aho­ra apli­can Crystal Castles en to­do ám­bi­to de su exis­ten­cia: una des­te­rri­to­ria­li­za­ción del pen­sa­mien­to que nos per­mi­ta pen­sar el cuer­po no co­mo un pe­da­zo de ma­te­ria que sos­tie­ne una red or­gá­ni­ca, sino co­mo un cuer­po sin órganos. 

    Esto pue­de pa­re­cer par­ti­cu­lar­men­te pa­ra­dó­ji­co, sino es que di­rec­ta­men­te con­tra­dic­to­rio, con la evi­den­cia em­pí­ri­ca que se sos­tie­ne a tra­vés de la no­men­cla­tu­ra sos­te­ni­da a lo lar­go del dis­co. Pale Flesh o Sad Eyes evo­can de for­ma di­rec­ta y sin con­ce­sio­nes ha­cia dos ór­ga­nos es­pe­cí­fi­cos pe­ro, y he ahí el in­te­rés ra­di­cal en ello, lo ha­cen siem­pre alu­dien­do una ad­je­ti­va­ción ne­ga­ti­va: es car­ne pá­li­da, de as­pec­to mor­te­cino, igual que son tris­tes los ojos; las can­cio­nes que alu­den a lo or­gá­ni­co, a lo ne­ta­men­te es­ta­ble­ci­do, siem­pre nos en­ca­mi­na ha­cia una te­rri­bi­li­tas de lo aca­ba­do: no hay si­tio pa­ra lo or­gá­ni­co, pues siem­pre que apa­re­ce lo ha­ce en su pro­pia des­apa­ri­ción. Más in­tere­san­tes son las con­si­de­ra­cio­nes pu­ra­men­te cor­po­ra­les —en­ten­dien­do por cor­po­ra­les no es­pe­cí­fi­ca­men­te lo que acon­te­ce co­mo ma­te­ria fí­si­ca, sino co­mo aque­llo que se pue­da ras­trear co­mo par­te de un ma­pa con­fi­gu­ra­ti­vo de aque­llo que so­mos: los afec­tos, el gé­ne­ro, el se­xo, la sub­je­ti­vi­dad; to­do aque­llo que pue­de de­ve­nir en otra co­sa, en otro es­ta­do, en otra for­ma de ser— a tra­vés de las cua­les se pue­den en­ten­der las pro­pues­tas abier­tas del gru­po: Transgender, de­ve­nir gé­ne­ro; Plague, de­ve­nir gru­po; Affection, de­ve­nir sen­ti­mien­to. Al ce­rrar la puer­ta a lo or­gá­ni­co, a lo que cons­ti­tu­ye y so­li­di­fi­ca for­mas es­pe­cí­fi­cas a tra­vés de las cua­les exis­tir, se abre la puer­ta al po­li­mor­fis­mo por el cual en­ten­der en un sen­ti­do abier­to nues­tra pro­pia iden­ti­dad. Ya no so­mos los ór­ga­nos que nos cons­ti­tu­yen, ni los li­te­ra­les (la piel, los ojos, el co­ra­zón), ni los me­ta­fó­ri­cos (las ca­te­go­rías po­lí­ti­cas, se­xua­les, ideo­ló­gi­cas), sino el de­ve­nir cons­tan­te de nues­tra pro­pia afec­ción cor­po­ral: la sub­je­ti­vi­dad va­ría se­gún el de­ve­nir ha­cia mi ser-como-presente.

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