Sencillez, simpleza y elegancia son tres conceptos que corren en paralelo, pero que no se tocan salvo en circunstancias muy particulares. Aquello que es sencillo carece de complejidad; hace mucho con poco, consiguiendo grandes resultados con lo que parece una nimiedad. Lo simple no solo carece de complejidad, sino que además carece de profundidad: utilice muchas o pocas cosas, los resultados que ofrece son pocos y evidentes; aquello que se esperaba. Lo elegante es aquello que consigue extraer la máxima profundidad posible de sus elementos sin hacer más complejo de lo estrictamente necesario cada uno de sus elementos — consigue el mejor resultado con la formulación más sencilla posible.
Por lo general, todo es o sencillo o simple o elegante. A veces es un desastre, pero lo normal es que las cosas tengan un mínimo de competencia. Y cuando lo son, lo raro es que las tres se toquen de algún modo. Si algo es sencillo es imposible que sea simple, porque ya implica cierta complejidad, y para ser elegante tendría ser la mejor de las opciones posibles, que puede ser demasiado compleja para ser sencilla. Si algo es simple es imposible que sea sencilla, porque eso implicaría cierta profundidad, y podría ser elegante, pero una elegancia superficial burda que perdería su sentido en poco tiempo. Y si algo es elegante requiere de por sí encontrar el equilibrio perfecto entre función e intención como para preocuparse siquiera de ser simple o sencilla.
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