Etiqueta: underground

  • el exceso y el diablo

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    Transgresión, dro­gas y techno son las cla­ves que cam­bia­ron de­fi­ni­ti­va­men­te el es­ce­na­rio del club un­der­ground que es la pos­mo­der­ni­dad. Lo que em­pe­zó ba­jan­do de un au­to­bús aca­bó con un su­rreal ba­ño de san­gre que sal­pi­ca­ría la ca­ra de la con­tem­po­ra­nei­dad más chic. Así el dra­ma de los Club Kids que­da re­fle­ja­do en la pe­cu­liar Party Monster.

    Michael Alig es un jo­ven chi­co de pue­blo que se va a Nueva York pa­ra triun­far, pe­ro si hay al­go más gran­de que su ego es so­lo su nar­ci­sis­mo. Así con­si­gue eclip­sar al chi­co de mo­da James St. James pa­ra que le ayu­de y en co­man­di­ta ro­deán­do­se de los más es­per­pén­ti­cos pe­ro ca­ris­má­ti­cos hom­bres de pa­ja aca­ba ha­cién­do­se el rey del un­der­ground neo­yor­kino. Al me­nos, has­ta que un ase­si­na­to por un asun­to de dro­gas lo jo­de to­do. El rey de los Club Kids se ri­ge por el ex­ce­so, es­té­ti­co, con­cep­tual y de dro­ga. No hay un so­lo mo­men­to en que él des­can­se, siem­pre es­tá pla­nean­do el si­guien­te gran bom­ba­zo apro­ve­chan­do su irre­sis­ti­ble ca­ris­ma. No im­por­ta si al­go sa­le mal, la pró­xi­ma vez sal­drá bien, pues el dia­blo nun­ca tro­pie­za dos ve­ces con la mis­ma pie­dra: la pri­me­ra fue un pa­so en fal­so pa­ra dar una zan­ca­da más fuerte.

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  • medianoche en el año 2525

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    El ima­gi­nar el co­mo se­rá el fu­tu­ro es una cons­tan­te en el ser hu­mano, el ima­gi­nar­lo co­mo al­go ho­rri­ble y des­hu­ma­ni­za­do es otra cons­tan­te con­ti­nua. Aun así no de­ja de sor­pren­der co­mo el men­sa­je apo­ca­líp­ti­co de una can­ción del 69 sue­na in­clu­so más mo­derno hoy. Hablo de In The Year 2525 de Zager and Evans.

    La can­ción nos va re­la­tan­do la de­ge­ne­ra­ción de la ra­za hu­ma­na, el co­mo po­co a po­co va ex­tin­guien­do su pro­pio cuer­po en fa­vor de las ma­qui­nas. Al fi­nal, con el mun­do ex­tin­to, Dios de­ci­de que nues­tra pre­sen­cia en el mun­do ya no es bien­ve­ni­da. Pero la con­tem­po­ra­nei­dad de la can­ción se de­be a la con­cep­ción de ese tra­sun­to de trans­hu­ma­nis­mo ne­ga­ti­vo y de la con­cep­ción de la ci­vi­li­za­ción des­pués del pro­pio apo­ca­lip­sis. Si es­tos con­cep­tos eran mar­cia­nos e im­pro­pios de la épo­ca es cu­rio­so co­mo, a su vez, ha­ce el via­je de vuel­ta con nues­tra épo­ca. Una can­ción de una le­tra tan ener­van­te, de un ca­riz prác­ti­ca­men­te mi­sán­tro­po, se­ría hoy en día im­po­si­ble en un gru­po mains­tream. Solo ca­be su­mar a to­do es­to el ma­ra­vi­llo­so co­lla­ge que hi­zo Ivan Zulueta pa­ra ilus­trar la can­ción en es­pa­ñol pa­ra pre­sen­ciar el te­rror del fu­tu­ro ya ex­tin­to que nos presentan. 

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