Subcultura y cultura underground a go-gó

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Ver la belleza en el hecho fallido es algo que necesita de una sensibilidad especial de la cual el consumidor medio del melodrama y el bestseller barato de la temporada carece. El porque rebuscar entre los juguetes rotos del vertedero de la cultura solo lo sabe aquel que sabe paladear los guisos de las más altas y las más bajas cocinas. Y si alguien es perfecto para guiarnos en semejante periplo ese es Jordi Costa con Mondo Bulldog.

En este imprescindible Mondo Bulldog nos encontramos un psicotrónico por lo más granado y lo más abyecto de la bizarrez tanto allende los mares como en nuestra propia piel de toro. Dividido en cinco capítulos nos da una sórdida mirada hacia las acanaladuras de la cultura mientras, entusiasmado, nos explica la pura genialidad de estos despiadados artefactos naïf. Aunque el grueso del libro, casi la mitad, este dedicado al cine no duda en abordar todos los espectros de lo audiovisual además de darnos un buen repaso por el mundo del ser humano como producto trash: el freak. Con un estilo ligero y con profusión de nombres de toda índole vivisecciona con certeza mientras nos enseña las tripas del monstruo que hay detrás de la pared. Un monstruo que, por otra parte, nos encarga de señalar una y otra vez que no es malvado o premeditado, es accidental y ahí está su encanto, es genuino. Lo trash surge, generalmente, en un accidental intento de hacer un ente cultural o artístico de valor que sin embargo acaba en un fracasado intento. En otras ocasiones es premeditado pero en otras muchas ni siquiera existe ninguna clase de intencionalidad cultural en el producto trash. Lo trash lo es por el mérito propio de serlo.

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En esta vida hay dos formas de coger algo clásico y adoptarlo a las nuevas tendencias. La primera es hacerlo bien y la segunda es meter la cabeza en una trituradora hasta que tu cerebro se mezcla bien con la suficiente cantidad de mierda. A causa de Keiji Inafune lleva casi una década con la cabeza incrustada dentro de su propio culo esta segunda vía es la que ha tomado Mega Man Universe.

Cuando vieron que Mega Man era una formula agotadísima como algo que no fuera la más básica de sus iteraciones, tan sencilla que es inagotable, decidieron dar un giro de rumbo con la franquicia. Así perpetúan esta inefable agresión contra nuestra corneas con el Mega Man más increíblemente feo que jamas se ha diseñado. En algún extraño punto entre lo realista y lo cartoon han situado todo el diseño del juego en lo más profundo del uncanny valley, no solo es rematadamente feo sino que resulta incluso inquietante. Tampoco ayuda en lo más mínimo mantener iguales los mismos movimientos de personajes y villanos que acentúan esa sensación de irrealidad llevándolo, aun más si cabe, al terreno de lo incomprensible. Así este despropósito en forma de teaser aun nos da más con sus escenarios, totalmente genéricos y vacíos. Probablemente en un intento de suma a la tendencia al do it yourself para que los usuarios hagan el trabajo del diseño de niveles. Incluso de niveles que no resulten clones aburridos de antiguas entregas. Quizás la inclusión de otros personajes como Ryu o Sir Arthur y el diseño de niveles de los jugadores puedan salvar al juego de la ignominia pero lo más probable es que, en el mejor de los casos, sea carne de las aves de presa del trash.

Feísta, desangelado y tan apetecible, a priori, como la próxima iteración de una aventura conversacional checoslovaca. Tanto Inafune como Capcom van dando tumbos buscando su lugar en una generación en la cual, Japón, ya no dicta el ritmo que necesita para seguir adelante. Mientras, las arcas de las necedades, siguen abiertas.

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En un momento donde el metal extremo parece ser objeto de vanguardia sus formas más puras saben a extraño néctar imposible. Quizás partiendo de esto alguien crea que la mezcla de todos los géneros extremos al tuntún añadiéndole la manida estética totalitarista puede atraer al fan medio de los géneros. Y así es, otra es que un disco como Witchkrieg de Witchery sea capaz de mantener la atención de nadie.

Entre el trash, el death y el black metal sea sitúa un disco de sonido denso y contundente que, pese a su velocidad, suena increíblemente lento. Los destellos tecnicistas por parte de la guitarra de Patrik Jensen empiezan agradeciéndose como un interesante alivio de la pesadez del disco y acaban siendo una tortura de vacuo sentimiento. Y ese es el problema del disco, esta vació, no tiene alma y es una de las cosas más inmensamente aburridas que uno puede escuchar. Después de las dos, por otra parte notables, primeras canciones uno solo puede escuchar este disco como una fuente de denso ruido con puntuales e irritantes solos de guitarra. La mezcla de géneros, al tuntún, elimina cualquier posibilidad de encontrar una personalidad propia. Tampoco ayuda que el cantante, Erik “Legion” Hagstedt, parezca estancado en un eterno registro para cantar el enésimo Panzer Division Marduk. Por lo demás, su estética totalitarista acaba por resultar desastrosa, no tienen gancho ni continuidad temática de ninguna clase dentro del propio disco, haciendo que sea más un lastre estético que un verdadero punto del disco. Sin duda alguna una áurea mediocridad de un sopor insoportable.

Su propuesta de mezclar todo lo mezclable dentro del caldero de lo extremo solo consigue una sopa irregular, densa, espesa y, lo más grave de todo, sin sabor alguno. Finalmente Witchery se nos presentan como lo que realmente son, un grupo torticero que intentan alcanzar el éxito con las sobras del éxito ajeno. Señores, menos Satán y más personalidad.

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En los 80’s Japón vivió un feliz momento álgido de una economía muy boyante, lo cual propicio una tendencia al exceso que, aun hoy, se mantiene en cierta medida. Todo esto era un caldo de cultivo propicio para que, emulando el éxito de Ziggy Stardust en Occidente, apareciera otro músico de rock & roll intergaláctico que nos hiciera mover el esqueleto al ritmo de su celérica música. Pero no hubo que esperar más allá del año 85 del siglo pasado para encontrarlo: Jaguar había llegado a nuestro planeta.

Prefectura de Chiba, Japón, un extraño alienígena venido del planeta Jaguar de aspecto marcadamente glam aterriza en el lugar y, sin vacilar un solo momento, se aproxima a la sede de la televisión local con unos cuantos yenes y unas extrañas cintas de vídeo caseras. Así nace su propio programa JAGUAR HELLO!, un espacio de 5 minutos semanales donde proyectar sus vídeos musicales. Claro que el no era un alienígena malvado y asumió una forma humana en la que presentarse en la tierra para así propagar su mensaje de paz y amor a través de su programa. Su estilo y pasión, saltando de un género a otro sin problemas siempre dentro de la más estricta de las estéticas más horteras, le llevo a aparecer también en las televisiones de las prefecturas vecinas de Saitama y Kanagawa. Pero todo lo bueno desaparece y en 1993, en plena depresión económica del país debido a los excesos económicos que han vivido durante más de 10 años, desaparece de la parrilla televisiva. Así los japoneses no solo se ven sumergidos en una de las más fuerte y crueles depresiones económicas de la historia, sino que pierden a su héroe de segunda fila, amado como si se tratara de un kami por sus fans, que les ayudaba a seguir adelante.

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No es fácil ni demasiado sensato intentar centralizar en una sola entidad diferentes entidades con sus diferentes personalidades. Por ello cuando el jefe de la banda más poderosa de Nueva York, Cyrus, decide unificar a todas las bandas de la ciudad en un único bloque y hace una reunión multitudinaria para hacerlo, acaban pegándole un tiro. Y como siempre, nadie se responsabiliza y se acusa al tonto del pueblo, en este caso, a The Warriors.

Esta peculiar película de culto dirigida por el ecléctico Walter Hill es un remiendo contemporaneo y absurdo de la Anábasis de Jenofonte. Los Warriors escapan desde el Bronx hasta su hogar situado en Coney Island, teniendo antes que pasar por los territorios de cuantiosas bandas que van en su búsqueda para cobrar la recompensa por sus cabezas. Así un ejercito tiene que ir en búsqueda del mar enfrentándose por el camino con innumerables enemigos o aliados que se tornan en hostiles rivales. El problema es que donde los mercenarios griegos eran valientes, honorables e inteligentes los Warriors son poco menos que imbeciles desarrapados cuyas ideas de bombero les llevan a correr eternamente por el filo de la navaja. Su tendencia a separarse o irse con la primera persona que se encuentren les conduce a sus problemas que, lejos de su solucionarse por su habilidad o inteligencia, se solucionan por su descomunal suerte. Solo consiguen sobrevivir gracias a la pura suerte contra un ejercito dirigido por la voz de dios, representado en la voz del locutor de radio que insta a conseguir la cabeza de los Warriors. El hombre luchando contra los dioses sale, finalmente, victorioso porque el destino decide que son inocentes, que los dioses se dan cuenta de su error y perciben quien fue el que de verdad merecía ser castigado. Aunque sea a destiempo, mal, atropellada e injustificadamente.

Muy lejos de ser como el ejercito ordenado, pulcro y valiente que nos describe Jenofonte los Warriors son luchadores arrabaleros. Son desgraciados que se mueven entre la pura subnormalidad y la ligera estupidez por un destino que ya ha decidido de ante mano darles la victoria. Pervirtiendo esa pseudo-cultura que es el refranero español, la suerte del trash, el mainstream la desea.

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Cuando una princesa es secuestrada lo tradicional es que alguien vaya a salvarla, al igual que es tradicional que ese alguien que la haya secuestrado sea alguna clase de monstruo. Algo de esto y de como hacer un buen plataformas en el siglo XXI nos habla Monsters (Probably) Stole My Princess.

La premisa es sencilla, ir de casa en casa de cada uno de los monstruos para cogerles infraganti haciendo labores del hogar y que huyan aterrorizados de nosotros. A partir de aquí todo es una vertiginosa escalada en la cual vamos saltando de una plataforma a otra intentando golpear con un doble salto hasta en tres ocasiones al monstruo para derrotarlo… y que la princesa esté en otra cosa. Claro que, dicho así, es extremadamente fácil todo se complica cuando cada vez que pisamos una nueva plataforma vamos haciendo un combo que se deshace si volvemos a pisar una plataforma sobre la que ya pusimos los pies con anterioridad. Así, con esta sencilla inclusión del combo de los brawlers en el mundo de las plataformas se hace de un juego sencillo, estúpidamente sencillo, un reto duro y con enjundia que nos tenga atados al mando. Todo mientras vamos descubriendo con ironía en cada nuevo logro conseguido, en cada nueva medalla obtenido, más truculentos datos de la maldad de nuestro personaje. Y es que, por ejemplo, si el giro final de Braid era sorpresivo aquí es evidente y nos lo dan de entrada. Los monstruos no son malvados, es solo que el bueno del conde es una megalomaniaco que se cree un héroe vanaglorioso que debe salvar a su dulce princesa. La tradición del videojuego, como entidad de uno de ellos, le ha podrido el cerebro como a un Don Quijote que, no es que vea gigantes donde hay molinos de viento, sino que ve monstruos donde solo hay gente intentando hacer su agradable y sencilla vida.

Mediante la perversión de los códigos, siempre desde el más absoluto respeto e ironía, se consigue el efecto deseado, un estupendo plataformas que con una mecánica sencillísima y un argumento anecdótico nos enseña que es un buen videojuego. ¿Qué es videojuego?¿Y tú me lo preguntas? Videojuego… eres tú.

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Somos una raza de contrastes capaces de lo mejor y de lo peor, de lo más únicamente humano y de lo extremadamente inhumano. Somo, en fin, una raza violenta tendente al amor, lo cual nos lleva a un eterno cambio. Y también nos gusta el esperpento, cosa que saben muy bien Hot Chip.

En su ya celebre I Feel Better nos presentan un tema de reminiscencias lounge que nos recuerda lo que se hacía en Ibiza allá por mediados de los 90’s. Su música y su letra, dulce a la par que melancólica, nos dan un perfecto reflejo del ser humano. Claro que también lo hacen al presentarnos una boyband siendo brutalmente masacrada por un extraño hombre vestido con una túnica blanca que lanza rayos blancos por la boca. El triunfo del indie, del raro, del freak como epitome de lo deseable y aspirable que desbancó, precisamente pasados los 90’s, al chulito guaperas de la boyband. Hoy nadie quiere ser los Back Street Boys, todos quieren ser Radiohead. Aunque sean unos u otros ningunos se libran de los censuradores rayos láser del productor, que no durará en masacrarlos vilmente cuando considere que no les son rentables sin atender más que a sus arbitrarios y, probablemente, aleatorios designios. Eh, nene, el espectáculo es duro.

Sea como fuere de algo no nos cabe duda al final, el ser humano es un ente de contrastes que va fluctuando invariablemente entre lo mejor y lo peor. Y que los rayos de energía molan.

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No hay nadie que no sepa a estas alturas que Daredevil es un personaje complejo que se debate entre dos vías de actuación, la penal y la heroica, cada una dentro y fuera de la sociedad, precisamente, para protegerla. Así Daredevil renace de sus cenizas en Born Again a pesar de los redobles totalitarios de Frank Miller.

Cuando Karen Page, la ex-novia de Matt Murdock, vende la identidad secreta de este por su desesperada situación ante su adicción a la heroína ya vemos como todo se derrumba en la vida de ambos. Cuando llega a manos de Kingpin se dedica a destruir metódicamente a Murdock a todos los niveles, aislándolo poco a poco en si mismo, dándole cuerda para que al final el mismo sea el que se mate. Pero finalmente él descubre como conciliar ambos mundos, el estar dentro y fuera de la sociedad al mismo tiempo, y encuentra su respuesta dentro de si mismo, aceptando el auto-sacrificio. No solo muere y resucita, también se flagela y se hace pasar martirio precisamente ya que, en la culpa, es donde encuentra el equilibrio que le hace ver que es necesario sus dos facetas. Se deconstruye para reconstruirse exactamente igual, solo que con un barniz cristianizante que, lejos de dotar al personaje de interés, le arrebata en buena medida la lucha interna de valores que viven dentro de sí. Por esto Miller nos convierte un héroe ambiguo y moralmente cuestionable en un segundo Cristo, alguien que se salta las normas única y exclusivamente porque es mandato divino. Su divinización es el intento de acercarlo al lado más a la derecha de (Capitán) América.

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El diablo acecha siempre expectante para hacer un trato del que nunca seas el beneficiario, aunque el diablo también puede tomar la forma de un empresario sin escrúpulos. Esto lo sabe bien Brian de Palma y nos cuenta una nueva versión del cuento de Fausto en Phantom of the Paradise.

El compositor Winslow Leach llama la atención de Swan, un productor de una importante discográfica, el cual le roba su opera prima, Faust. Después de una trampa con la cual acabará en la cárcel conseguirá huir pero, tremendamente desfigurado, se convertirá en un remendó de el fantasma de la opera y firmará un siniestro contrato con Swan. Escribirá Winslow para él siempre y cuando cante su amor platónico, Phoenix. Claro que, nada es tan fácil como parece. Todo se trastoca en una especie de musical donde los odios, las venganzas, las intrigas y el amor se confunden y trastornan en búsqueda del éxito, del triunfo último y único de uno de los involucrados y la música sobre la que dan vueltas. Y en todo destaca, la música es soberbia, los momentos de slapstick y comedia son descacharrantes a la par que los dramáticos erizan los cabellos. Toda la historia se entrelaza en todo momento entre sí con requiebros continuos y naturales que se van enlazando entre sí. Pero si en algo destaca sobre lo demás, en su uso de los aspectos formales. Veamos una escena de ejemplo.

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Después de un gran triunfo lo más fácil es estancarse y repetir formula para, sin complicarse la vida, intentar volver a repetir éxito. Pero el mérito está en experimentar, dar un gran giro y seguir teniendo la misma personalidad que te auspicio el primer éxito. Y deberíais saber ya que Klaxons lo ha conseguido.

Con el ballardiano nombre de Surfing the Void nos presentan su segundo disco donde, aun respetando ciertos dejes de su primer disco, parecen unos nuevos Klaxons. Mucho más oscuro, más centrados en las guitarras y con un sonido que les emparenta en momentos puntuales con algunas corrientes de metal se desmarcan con fuerza de su anterior trabajo. Lo más llamativo cuando se acaba de escuchar el disco es, sin embargo, su uniformidad. De principio a fin el disco mantiene una clara misma linea en su sonido, sin subidas ni bajadas, siempre se mantiene en un campo común. Esto significa, a su vez, que la existencia de hit’s es prácticamente nula. Lejos de ser algo negativo favorece la escucha del disco como un conjunto solido, ideal, como un muro impenetrable sin piezas maestras donde el sentido solo se adquiere en su escucha completa. Así Klaxons consiguen rescatar con fervor la utilidad del disco como trabajo conceptual complejo donde el conjunto es muchísimo más que la suma de sus elementos.

Por primera vez Klaxons nos exigen abiertamente nuestra atención y dedicación para poder entender y disfrutar de su trabajo. Un estilo más oscuro, duro e incluso un toque aun más ballardiano apunta en dirección al trabajo más férreo y solido del grupo.