Resultados de búsqueda de: «"Andrés Abel"»

  • SH00B-NIGGA ESTUVO AQUÍ. Un relato de Andrés Abel

    Hay un nue­vo ti­po de vi­rus en la red, pro­pa­gán­do­se a la ve­lo­ci­dad de una pla­ga bí­bli­ca. Cuando in­fec­ta un ser­vi­dor don­de se alo­ja al­gún ges­tor de con­te­ni­dos, pu­bli­ca una nue­va en­tra­da con un tex­to fi­jo, tra­du­ci­do al idio­ma de la web co­rres­pon­dien­te. También se en­car­ga de dis­tri­buir en­la­ces ha­cia esa ins­tan­cia a tra­vés de las re­des so­cia­les. La sim­ple aper­tu­ra de la pá­gi­na que con­tie­ne el tex­to ayu­da a pro­pa­gar el vi­rus, que uti­li­za el dis­po­si­ti­vo del clien­te co­mo puen­te ha­cia nue­vos servidores.

    El vi­rus es ca­paz de de­tec­tar si el tex­to en cues­tión re­sul­ta cohe­ren­te con los con­te­ni­dos de la web en que apa­re­ce­rá pu­bli­ca­do. De no ser así, ge­ne­ra un tex­to se­cun­da­rio con­for­me a di­chos con­te­ni­dos, que ejer­ce de in­tro­duc­ción y jus­ti­fi­ca la pre­sen­cia del tex­to prin­ci­pal. Normalmente aña­de una fir­ma jun­to al tí­tu­lo, al­gún nom­bre fa­mi­liar, o pre­sen­ta­do en el tex­to se­cun­da­rio. El úni­co ele­men­to que po­dría re­sul­tar ex­tra­ño pa­ra un vi­si­tan­te ha­bi­tual de la pá­gi­na es el tí­tu­lo en sí, en apa­rien­cia alea­to­rio e in­in­te­li­gi­ble. Y sin em­bar­go, bas­ta con que el lec­tor po­se la vis­ta so­bre él pa­ra que su ce­re­bro lo asimile.

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  • Foribus. Un relato de Andrés Abel

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    Acaricias tu pro­pio bra­zo ani­mán­do­lo a re­cor­dar el ca­lor de fue­ra. El por­tal del edi­fi­cio siem­pre ha si­do fres­co, pe­ro hoy la di­fe­ren­cia de tem­pe­ra­tu­ra ha he­cho que se te pon­ga la piel de ga­lli­na. La puer­ta de la ca­lle se cie­rra de­trás de ti mien­tras prue­bas el si­guien­te in­te­rrup­tor. Tampoco fun­cio­na. Emites un chas­qui­do con la len­gua y mal­di­ces en voz ba­ja. Las no­ches son más cor­tas en ve­rano, pe­ro no me­nos oscuras.

    Las for­mas que co­no­ces se van de­fi­nien­do, ne­gro so­bre gris, a me­di­da que avan­zas en di­rec­ción al as­cen­sor. Enseguida te per­ca­tas de que es­tá abier­to, con la ca­bi­na apa­ga­da. Te me­tes den­tro de to­dos mo­dos. Ahora es el pa­nel di­gi­tal el que re­ci­be la ca­ri­cia de tu mano. Nada. Una nue­va mal­di­ción. Antes de di­ri­gir­te a las es­ca­le­ras echas un úl­ti­mo vis­ta­zo ha­cia la en­tra­da, a la te­nue luz de las fa­ro­las que atra­vie­sa los cristales.

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  • Comerse el mundo. Un relato de Andrés Abel

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    Una ve­la­da de Halloween sin un cuen­to de te­rror, se­ría me­nos Halloween. Por eso he­mos lla­ma­do a Andrés Abel, un más que sol­ven­te es­cri­tor de te­rror co­mo nos de­mues­tra su web ho­mó­ni­ma, pa­ra que es­cri­bie­ra al­go pa­ra la oca­sión; por ello nos ha traí­do la tra­duc­ción de uno de sus re­la­tos, Eat the World, pu­bli­ca­do ori­gi­nal­men­te en in­glés en Long Pig, una an­to­lo­gía so­bre ca­ni­ba­lis­mo de la edi­to­rial ame­ri­ca­na Static Movement. Sin más di­la­ción: «Comerse el mundo».

    El úl­ti­mo hom­bre vi­vo con­tem­pla la ciu­dad a tra­vés de la ven­ta­na de su des­pa­cho. Mientras lo ha­ce di­bu­ja pe­que­ños círcu­los, con la pun­ta de un de­do enor­me, so­bre la pie­dra que co­ro­na el al­fi­ler de su corbata.

    ***

    Cuando no tie­nes na­da en ab­so­lu­to pue­des re­sig­nar­te o vol­ver­te am­bi­cio­so. Él nun­ca se re­sig­nó. Creció ro­dea­do de ra­tas ham­brien­tas y de per­so­nas que aún lo es­ta­ban más, pe­ro la mu­jer que lo ha­bía lle­va­do en su vien­tre a aque­llas cos­tas siem­pre vio ar­der cier­ta lla­ma en sus ojos. A ella le gus­ta­ba de­cir que al­guien co­mo él po­día co­mer­se el mun­do. En es­pa­ñol es una ex­pre­sión que sig­ni­fi­ca “triun­far” pe­ro, en aque­lla épo­ca, cuan­do el ru­mor de sus tri­pas aca­lla­ba el de las olas que los ha­bían em­pu­ja­do has­ta allí, él se la to­mó de una ma­ne­ra mu­cho más li­te­ral. Y no em­pe­zó por las ra­tas precisamente.

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  • Pensando en una existencia posible más allá de nuestro recuerdo. Lista (de listas) del 2022

    Pensando en una existencia posible más allá de nuestro recuerdo. Lista (de listas) del 2022

    No hay fu­tu­ro. Si al­go ha que­da­do cla­ro en 2022 es que no exis­te un fu­tu­ro cla­ro pa­ra la es­pe­cie hu­ma­na. El cli­ma no va a me­jo­rar. La eco­no­mía só­lo pue­de ir a peor. Los ecos de gue­rra re­do­blan cuan­do pa­re­cían muer­tos. Los peo­res pro­nós­ti­cos se cum­plen e in­clu­so aque­llo que pa­re­cía muer­to ha de­ci­di­do vol­ver a la vi­da pa­ra re­cor­dar­nos que no exis­ten con­quis­tas da­das: só­lo de­re­chos por de­fen­der. Algo que no se ve ali­via­do en la co­me­dia que su­po­ne te­ner a mi­llo­na­rios ul­tra­de­re­chis­tas di­na­mi­tan­do to­do su cré­di­to so­cial y mo­ne­ta­rio por ha­cer ca­so a las ab­sur­das ocu­rren­cias de los na­zis de Internet.

    Y sin em­bar­go hay mo­ti­vos pa­ra ser op­ti­mis­tas. Somos más cons­cien­tes que nun­ca de las re­des de apo­yos. De que nos te­ne­mos los unos a los otros. Desde lue­go que to­do es ca­tas­tró­fi­co y que es pro­ba­ble que to­do va­ya a peor, pe­ro eso no sig­ni­fi­ca que no pue­da me­jo­rar, o que no po­da­mos crear pla­nes de con­tin­gen­cia. Que no ha­ya mo­ti­vos pa­ra son­reír, ce­le­brar y ser fe­li­ces. Todos los días hay mo­ti­vos pa­ra brin­dar por al­go, y por eso es­ta­mos aquí: pa­ra que ca­da uno de nues­tros in­vi­ta­dos nos den tres ra­zo­nes por las que quie­ran brin­dar por es­te 2022 que de­ja­mos atrás, con cier­to tem­blor, con cier­ta re­ve­ren­cia, pe­ro siem­pre con ese res­pe­to de la cons­cien­cia de sa­ber que, va­ya, lo ha­ce­mos en­tre ami­gos. Más cons­cien­tes que an­tes de to­das las re­des que tenemos.

    Porque ese es el gran en­ga­ño de la mo­der­ni­dad: ha­cer­nos creer que fu­tu­ro es si­nó­ni­mo de pro­gre­so, y que pro­gre­so es si­nó­ni­mo de avan­ce tec­no­ló­gi­co y eco­nó­mi­co. Porque por su­pues­to que hay fu­tu­ro. No hay fu­tu­ro ca­pi­ta­lis­ta. ¿Pero fu­tu­ro? Sólo hay que ver es­ta lis­ta. Los bri­llan­tes ob­je­tos cul­tu­ra­les que se des­ta­can. Las por­ten­to­sas per­so­nas y pen­sa­mien­tos que han des­ple­ga­do aquí su sa­pien­cia y su amor por la hu­ma­ni­dad y sus pa­ra­bie­nes. Por su­pues­to que hay fu­tu­ro. No pa­ra el ca­pi­ta­lis­mo, pe­ro sí pa­ra la hu­ma­ni­dad. Creedme en es­to. Si me vais a creer en al­go, só­lo en una co­sa, creed­me en es­to: es­ta­re­mos bien. Y por eso, dis­fru­tad de es­ta lis­ta (de lis­tas) sin re­mor­di­mien­tos: por­que es otro pa­so más en di­rec­ción a ese fu­tu­ro prometedor.

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  • Moviéndonos más allá de la influencia de los tiempos. Lista (de listas) del 2021

    Moviéndonos más allá de la influencia de los tiempos. Lista (de listas) del 2021

    La nor­ma­li­dad no exis­te. Por más que pre­ten­da­mos vi­vir en tiem­pos anor­ma­les, lo úni­co que ha ocu­rri­do es que se ha es­tan­da­ri­za­do la anor­ma­li­dad pú­bli­ca; aho­ra pa­re­ce co­mo si to­dos vi­vié­ra­mos la mis­ma vi­da, los mis­mos pro­ble­mas, los mis­mos con­flic­tos, y que son di­fe­ren­tes a una hi­po­té­ti­ca vi­da nor­mal an­te­rior, tam­bién com­par­ti­da por to­dos. Nunca ha ha­bi­do una vi­da nor­mal com­par­ti­da, y en la su­pues­ta anor­ma­li­dad tam­po­co vi­vi­mos igual to­dos. Pero en vez de ha­blar de tra­ge­dia, lo­gros o, en ge­ne­ral, los tér­mi­nos de un dis­cur­so ca­pi­ta­lis­ta, aca­be­mos el año del úni­co mo­do que sa­be­mos: ha­blan­do de las ob­se­sio­nes que nos han da­do for­ma a lo lar­go del año.

    Porque es­te año ha si­do fe­cun­do en ob­se­sio­nes. Algunas se re­pi­ten, las se­ries de te­le­vi­sión pa­re­cen ex­cep­cio­nal­men­te bien re­pre­sen­ta­das, y los vi­deo­jue­gos pa­re­cen ce­ñir­se a dos o tres nom­bres muy es­pe­cí­fi­cos, pe­ro la di­ver­si­dad, las lí­neas di­ver­gen­tes y las ob­se­sio­nes par­ti­cu­la­res si­guen tan pre­sen­tes co­mo siem­pre. Porque ca­da lis­ta es tan sin­gu­lar co­mo la per­so­na que la compone.

    A fin de cuen­tas, ese es el es­pí­ri­tu de es­ta lis­ta de lis­tas. Romper con el con­cep­to de nor­ma­li­dad. Reconocer que no exis­te ca­non res­pe­ta­ble que no sea una adi­ción abier­ta de pun­tos de vis­ta; que no exis­te he­ge­mo­nía que res­pe­te­mos, in­clu­so si es de nues­tra cuer­da. Por eso aquí va la lis­ta de lis­tas, otro año más. Para que la plu­ra­li­dad de vo­ces nos de­jen en­tre­ver al­go di­fe­ren­te a un es­tan­dar de nor­ma­li­dad y nos per­mi­ta ver el mun­do ba­jo el pris­ma de mul­ti­tu­des que es nues­tro mundo.

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