SH00B‐NIGGA ESTUVO AQUÍ. Un relato de Andrés Abel

Hay un nue­vo ti­po de vi­rus en la red, pro­pa­gán­do­se a la ve­lo­ci­dad de una pla­ga bí­bli­ca. Cuando in­fec­ta un ser­vi­dor don­de se alo­ja al­gún ges­tor de con­te­ni­dos, pu­bli­ca una nue­va en­tra­da con un tex­to fi­jo, tra­du­ci­do al idio­ma de la web co­rres­pon­dien­te. También se en­car­ga de dis­tri­buir en­la­ces ha­cia esa ins­tan­cia a tra­vés de las re­des so­cia­les. La sim­ple aper­tu­ra de la pá­gi­na que con­tie­ne el tex­to ayu­da a pro­pa­gar el vi­rus, que uti­li­za el dis­po­si­ti­vo del clien­te co­mo puen­te ha­cia nue­vos ser­vi­do­res.

El vi­rus es ca­paz de de­tec­tar si el tex­to en cues­tión re­sul­ta cohe­ren­te con los con­te­ni­dos de la web en que apa­re­ce­rá pu­bli­ca­do. De no ser así, ge­ne­ra un tex­to se­cun­da­rio con­for­me a di­chos con­te­ni­dos, que ejer­ce de in­tro­duc­ción y jus­ti­fi­ca la pre­sen­cia del tex­to prin­ci­pal. Normalmente aña­de una fir­ma jun­to al tí­tu­lo, al­gún nom­bre fa­mi­liar, o pre­sen­ta­do en el tex­to se­cun­da­rio. El úni­co ele­men­to que po­dría re­sul­tar ex­tra­ño pa­ra un vi­si­tan­te ha­bi­tual de la pá­gi­na es el tí­tu­lo en sí, en apa­rien­cia alea­to­rio e inin­te­li­gi­ble. Y sin em­bar­go, bas­ta con que el lec­tor po­se la vis­ta so­bre él pa­ra que su ce­re­bro lo asi­mi­le.

Dios ins­ta­ló un bo­tón ro­jo en nues­tras ca­be­zas y ese tí­tu­lo es Su de­do.

Mi nom­bre es AKKKTVTY. Si nun­ca has vi­si­ta­do los fo­ros de ni­gra­má­ti­ca de la dw, no te so­na­rá de na­da. Pero qui­zás sí te sue­ne esa vie­ja creepy­pas­ta so­bre una com­bi­na­ción de ca­rac­te­res que pro­vo­ca al­te­ra­cio­nes fí­si­cas en aque­llos que la leen. Se la co­no­ce de mu­chas for­mas: vo­ka­blo, tram­pa­la­bra, ex‐término. Un equi­va­len­te es­cri­to a la no­ta ma­rrón que ha­ce que te ca­gues en­ci­ma al es­cu­char­la. Solo que el ex‐término ha­ce mu­cho más que eso, aun­que tar­de unos mi­nu­tos en sur­tir efec­to. No obs­tan­te, si en lu­gar de leer­se se es­cu­cha ca­rác­ter a ca­rác­ter, el oyen­te que­da in­mu­ni­za­do con­tra él. Enhorabuena a to­dos los que es­táis re­ci­bien­do es­ta in­for­ma­ción me­dian­te pro­gra­mas de texto‐a‐voz.

Me di­ri­jo aho­ra a una per­so­na en par­ti­cu­lar. La né­me­sis de AKKKTVTY. Hola, pe­rra. Sé que an­da­bas de­trás de mí, pe­ro te­cleas co­mo la Venus de Milo. Maldita sea, si la des­crip­ción que ha­ces de ti es real, eres una bro­ma aún ma­yor: una ne­gra ejer­cien­do de ca­ba­lle­ro blan­co. Hasta nun­ca, pe­rra.

Regreso a ti, per­so­na anó­ni­ma.

¿Me es­cu­chas? Entonces te doy la bien­ve­ni­da al nue­vo or­den, que no se­rá or­den, sino caos.

¿Me lees? Espero que sea en el vá­ter: los pri­me­ros efec­tos del ex‐término se pa­re­cen mu­cho a los de la no­ta ma­rrón. A ti te le­go el nom­bre de aque­lla que ha si­do in­ca­paz de sal­var­te, pa­ra que lo mal­di­gas en voz al­ta mien­tras tu bo­ca aún es­tá li­bre de vís­ce­ras. Lo es­cri­bo aquí una so­la vez, igual que lo ha­ría en una lá­pi­da:

SH00B‐NIGGA.

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