Subcultura y cultura underground a go-gó

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Ver la belleza en el hecho fallido es algo que necesita de una sensibilidad especial de la cual el consumidor medio del melodrama y el bestseller barato de la temporada carece. El porque rebuscar entre los juguetes rotos del vertedero de la cultura solo lo sabe aquel que sabe paladear los guisos de las más altas y las más bajas cocinas. Y si alguien es perfecto para guiarnos en semejante periplo ese es Jordi Costa con Mondo Bulldog.

En este imprescindible Mondo Bulldog nos encontramos un psicotrónico por lo más granado y lo más abyecto de la bizarrez tanto allende los mares como en nuestra propia piel de toro. Dividido en cinco capítulos nos da una sórdida mirada hacia las acanaladuras de la cultura mientras, entusiasmado, nos explica la pura genialidad de estos despiadados artefactos naïf. Aunque el grueso del libro, casi la mitad, este dedicado al cine no duda en abordar todos los espectros de lo audiovisual además de darnos un buen repaso por el mundo del ser humano como producto trash: el freak. Con un estilo ligero y con profusión de nombres de toda índole vivisecciona con certeza mientras nos enseña las tripas del monstruo que hay detrás de la pared. Un monstruo que, por otra parte, nos encarga de señalar una y otra vez que no es malvado o premeditado, es accidental y ahí está su encanto, es genuino. Lo trash surge, generalmente, en un accidental intento de hacer un ente cultural o artístico de valor que sin embargo acaba en un fracasado intento. En otras ocasiones es premeditado pero en otras muchas ni siquiera existe ninguna clase de intencionalidad cultural en el producto trash. Lo trash lo es por el mérito propio de serlo.

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La reinterpretación es una clave excesivamente infravalorada en el arte de un tiempo a esta parte. Aun existiendo en la música los remixes y las versiones siempre parece que los artistas se limitan a imitar lo que han escuchado a su manera, sin intentar aportar algo sustancialmente nuevo, sacar a la luz algo que estuviera escondido entre esas notas. Salvo Bryan Lee O’Malley con su one man band, Kupek.

En su disco Nameless, Faceless Compilation después de un agradable empacho de indie pop de lo más naïf se descuelga de repente con una versión de Born Slippy de Underworld. Huyendo de los sonidos electrónicos mira más allá de la propia canción y no solo la lleva a su estilo, sino que la reinterpreta de principio a fin. Es la misma canción, son las mismas notas, pero a la vez es algo totalmente diferente, algo nuevo, algo que siempre estuvo encerrado ahí y, solo ahora, ve la luz. La canción se vuelve dulce y tierna, con una alegre melancolía que nos empapa enteramente de principio a fin. A su vez, con su minimalismo barroco, consigue despertar una realidad latente que estaba ya tanto dentro de la propia composición, como dentro de nosotros mismos.

Cuando uno reinterpreta debe hacerlo con la cabeza, el corazón y el alma, propio y de la composición. La búsqueda del autentico mensaje escondido en el ánima de la música es otra de las labores del músico que de verdad ama su arte. Y dentro pasea un ángel…

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Existen clásicos que parecen absolutamente intocables, canciones que ningún músico en su sano juicio versionaría. Son canciones con una personalidad tan propia que el mero hecho de tocarlas parece sacrilegio para cualquiera. Por suerte para Capote, tal sacrilegio no existe.

Capote es una joven japonesa que versiona canciones en un muy particular y sencillo estilo, que ya sea electrónico o instrumental siempre tiende a la sencillez. En conjunto a este nuevo sonido que les da a canciones clásicas hemos de sumarle su voz, etérea, como de otro mundo más allá de nuestra realidad. Esa mágica sencillez, ese estilo naïf, tierno y encantador les enamorara de inmediato con el candor y la belleza que desprende de cada una de las canciones.

Quién se atreve a asomarse a los abismos de Disorder y sale victoriosa merece ser escuchada. El amor, como la belleza, siempre se esconde en las cosas más sencillas.