Subcultura y cultura underground a go-gó

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Kami-Robo, de Tomohiro Yasui

Su estilizada figura nos muestra los contornos propios de un luchador que ha sido pulido en cada uno de sus detalles para poder dar el más glorioso de los espectáculos. Sus vivos colores, elegidos hasta el más mínimo detalle con un mimo excepcional, atraen la mirada hacia su espectacular físico; esos colores reafirman y consolidan las formas perfectas de quien nació para la lucha. Sus excepcionales aptitudes de high flying, seguramente por sus humildes orígenes de saltimbanqui mexicano, han propiciado una popularidad desmesurada entre el público y una necesidad imperante de reclutarlo entre los managers más exigentes. Su máscara, su auténtica cara, media su relación con el mundo: él no sería The Ole, el más popular luchador de wrestling de Kami-Robo, sin su máscara, sin su identidad definitoria real.

A este respecto algunos dirían que es muy aventurado definir la identidad de alguien real cuando cumple tres requisitos que, en nuestra sociedad, se consideran tres condiciones simulacrales: ser luchador de wrestling, ser robot y estar hecho de papel. Por supuesto Tomohiro Yasui no estaría de acuerdo como padre de la criatura y creador omnisciente del maravilloso mundo de Kami-Robo.

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El Clavo, de Rob Zombie, Steve Niles y Nat Jones.

Entre la crítica siempre hay una sistemática tendencia hacia polarizarse con la perspectiva del género: aunque el terror -como la ciencia ficción o la fantasía- sean ya elementos clásicos de las artes sigue habiendo una consideración de ella como menores; aunque haya obras de género consideradas clásicos se les da esa consideración como excepción, como obras trascendentes de su propia condición. Esto, sumado al academicismo férreamente abyecto que procesan algunos de estos sujetos, se verá proyectado con aun mayor fuerza en el caso de una figura como la de Rob Zombie, representación de todos los valores del white trash -de la cultura popular y, por extensión, menor- que cristalizan en sus obras. Es por ello que aunque se ponga al lado de uno de esos autores de culto que trascienden su condición de autores de género, Steve Niles, a la hora de abordar cualquier cómic de Zombie siempre habrá un prejuicio presente por parte de la comunidad crítica. Y, en este caso, quizás lo sea con más razón que nunca.

En esta ocasión nos ponemos en la posición de Rex "El Clavo" Hauser luchador de wrestling, padre de familia y hombre maduro cuya condición física comienza a decaer pero no puede permitirse rendirse que tendrá que combatir contra monstruos recién salidos del averno que intentarán destruir su familia. Es así como desarrolla la idiosincrasia sureña a todos sus niveles (el terror de la EC Comics, el wrestling además del culto al cuerpo, la astucia y la voluntad sobre la técnica y la inteligencia) para acabar en una orgía de vísceras, one-lines y splash pages donde desarrollar el estilo macarra que le ha granjeado a Zombie el desprecio de la crítica oficialista.

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El canto épico, o balada, ha sido a lo largo de toda la historia un modo de creación de mitos que dicten el modo de comportamiento más adecuados por parte de la civilización. Así, casi sin quererlo, estas baladas se convierten en compendios exhaustivos del pensamiento y costumbres de una época dada del hombre; de una cultura en particular. Plagado de dioses y héroes cada uno de estos tiene una función bien delimitada: mientras los dioses son la representación de hechos de la naturaleza, los héroes son las posibles formas de comportarse en la sociedad. Quizás por eso sea tan interesante The Ballad of Mike Haggar, un peculiar vídeo donde nos narran la vida y milagros del alcalde wrestler de Metro City.

El narrador, siempre cantando desde los dioses -o, en este caso, la magia-, nos cuenta un clásico viaje del héroe para conocer como Mike Haggar acabó con el mal en Metro City. Como héroe contemporáneo se nos sitúa como la representación perfecta de las habilidades que debe tener el hombre de hoy: obstinado trabajador incansable que aúna su efectividad con una espectacular técnica; un wrestler que debe aunar el hacer disfrutar al público y el ser un atleta del más alto nivel. Y he ahí lo más fascinante de este canto, como a través del comportamiento y acciones de Mike Haggar va definiendo el camino que la sociedad impone al hombre contemporáneo. No es válido ser eficiente o ser espectacular, se debe ser un incansable trabajador que, a su vez, es capaz de hacer disfrutar a los demás; se debe hacer del espectáculo un trabajo en sí.

No hay descanso jamás para el hombre posmoderno, ya que ha nacido para trabajar. Cuando Mike Haggar va al Valhalla destruye a Odín para volver a la Tierra y así poder acabar con su trabajo; el Estado le obliga a jubilarse pero él no lo hará jamás, porque su trabajo es él. Así, con una metáfora neo-liberal, el hombre se debe definir a través de su trabajo para conformarse como una realidad constituyente ajena de cualquier otra dimensión de realidad. El hombre posmoderno ha dejado de ser una entidad ociosa, o siquiera que busca su auto-reconocimiento, para convertirse en un trabajador-esclavo que sólo vive para seguir trabajando un día más. Porque, con el nacimiento de la masa de la clase media, no murió el obrero sino que se traslado su condición hacia una nueva clase de esclavismo: el ser en el trabajo. Mike Haggar es el héroe-víctima de la fetichización del trabajo posindustrial.

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Nuestra labor en tanto sujetos que han padecido la injusticia es la de no olvidar nunca lo ocurrido pero esto se torna un problema cuando el no olvidar se enquista en el cerebro como un deseo de nunca avanzar. Claro que, en el peor de los casos, esto puede cristalizar en monstruos atómicos que arrasan una y otra vez la ciudad de Tokyo ante los cuales sólo cabe la defensa última: ponerse por encima de la naturaleza. Y justo aquí se sitúa el delirio menor de Warren Ellis también conocido como Tokyo Storm Warning.

Después de un ataque nuclear en el mismo seno de Japón una serie de monstruos gigantes se fueron gestando en el seno del mar y la tierra para acabar con el hombre que fue, como ellos, víctima del propio odio desproporcionado del otro. De este modo nace la Tokyo Storm Warning, un ala militar del ejercito de paz nipón a través del cual, con tres mechas gigantes, combaten contra las amenazas gigantes venidas de más allá de la naturaleza. Sus tres números son una continua lucha de misiles, láser, fuego y wrestling con monstruos gigantes tan confuso como orgiástico; una auténtica oda de amor hacia el desquiciado mundo kaiju más auto-consciente. Pero sólo al final del cómic nos encontramos la auténtica pasión de Ellis encapsulada en media docena de páginas tan sencillas como turbadoras; un espectacular a la par que absurdo giro final. No sólo los monstruos no son creados por la naturaleza sino que toda creación mediada por la mano del hombre es, en última instancia, fruto de la mente inquieta del imaginar como niños. La auténtica magia de Ellis está en ese discurso tímido, ínfimo, donde nos invita a ser capaces de seguir imaginando como niños.

Si olvidamos la catástrofe de Hiroshima y Nagasaki estaremos dando pie a que EEUU, los valerosos guardianes universales de la moral, vuelvan a cometer un sucio genocidio escudándose en el bien común. Pero, por otra parte, si seguimos aferrándonos a ello como hasta ahora sólo conseguiremos perpetuar el pánico y el odio que nos llevarán a la muerte de nuestro último resquicio de cordura. Ante esta tesitura sólo cabe seguir mirando hacia el futuro con los ojos de un niño; con una mirada limpia que siempre ve aquello que es fantástico como si fuera la primera vez.

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En momentos de crisis total hay que aceptar cualquier oportunidad para salir para adelante, si pierdes todo y la vida de quienes quieres pende de un hilo seras capaz de cualquier cosa por seguir adelante. De esto trata Oh! My Zombie Mermaid (Â! Ikkenya puroresu).

Esta es la historia de Kouta Shishioh, un luchador de puroresu que ve como su mayor enemigo, Ichijoh, destruye su casa mientras al tiempo, su esposa se ve afectada por una bacteria que la convertirá inexorablemente en una sirena. En estas circunstancias acepta el trato de un productor de televisión sin escrúpulos, participar en su programa House of Wrestling, en donde si gana a los luchadores que hay en su interior en una serie de deathmatchs la casa sera suya, El problema es cuando todos y cada uno de los luchadores son verdaderos monstruos que forman el equipo infernal DDD.

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