Colores prohibidos (XVI) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

Colores Prohibidos ha vuel­to. Y lo ha­ce de for­ma irre­gu­lar, errá­ti­ca y el día que no to­ca­ba. ¿Por qué? Porque a ve­ces la vi­da no de­ja tiem­po ni pa­ra po­ner en or­den dos ideas, un pu­ña­do de en­la­ces y ele­gir en­tre me­dia do­ce­na de di­bu­jos.

En es­tas dos se­ma­nas ha da­do tiem­po pa­ra mu­cho. Por ejem­plo, pa­ra ha­blar de vi­deo­jue­gos re­tro, ci­ne asiá­ti­co y ese gé­ne­ro ¿muer­to? Conocido co­mo va­por­wa­ve en lo que co­rres­pon­de a Canino. Para Cinemanía, por su par­te, he po­di­do ha­blar de dos gran­des di­rec­to­res co­mo son Bong Joon-ho y Sunao Katabuchi. Y no aca­ba ahí el ci­ne. Porque en Letterboxd he te­ni­do tiem­po pa­ra es­cri­bir crí­ti­cas no só­lo de to­da la fil­mo­gra­fía de Katabuchi, sino tam­bién pa­ra ha­blar de clá­si­cos an­ti­guos, co­mo La Matanza de Texas, o clá­si­cos fu­tu­ros, co­mo Baby Driver. Además, si­guien­do con la idea de los clá­si­cos, en Studio Suicide ha­blo de un pu­ña­do de ellos. Como lo ha­go en Goodreads so­bre la con­ti­nua­ción del man­ga de Sherlock y el clá­si­co en­tre clá­si­cos, que, por fin, es­tá pu­bli­ca­do en es­pa­ñol: JoJo’s Bizarre Adventure.

Pero bas­ta. No más. Es su­fi­cien­te. ¿Para qué se­guir le­yén­do­me ha­cer un su­ma­rio de to­do lo que en­con­tra­rás pa­sa­das es­tas pa­la­bras si só­lo tie­nes que sal­tar­te los pri­me­ros tres pá­rra­fos y acu­dir di­rec­ta­men­te a lo que im­por­ta? Cada vez son me­nos im­por­tan­tes las in­tro­duc­cio­nes. Cada vez es más im­por­tan­te ir al grano. Ir di­rec­tos a lo que im­por­ta. Y lo que im­por­ta, en Colores prohi­bi­dos, es lo co­nec­ta­do.

Lo que hago

9 videojuegos clásicos imprescindibles (y cómo jugarlos. Ahora mismo) | Canino

No es fá­cil ac­ce­der a jue­gos an­ti­guos. Dada la es­ca­la­da ar­ma­men­tís­ti­ca que su­po­ne la eter­na ne­ce­si­dad de no­ve­da­des en la in­dus­tria del vi­deo­jue­go, po­cas com­pa­ñías po­nen nin­gún mi­mo en man­te­ner sus ca­tá­lo­go dis­po­ni­bles. Lo cual es una pe­na. Porque no só­lo nos obli­gan a re­cu­rrir a mé­to­dos ale­ga­les pa­ra ju­gar sus jue­gos, sino que tam­bién nos ha­cen per­der tiem­po tras­tean­do con emu­la­res y ROMs.

Nintendo anuncia SNES Mini y estos son sus 4 juegos de los que no has oído hablar | Canino

Tras el éxi­to de NES Mini era evi­den­te que no tar­da­ría en lle­gar la SNES Mini. Y aquí es­tá. La ver­sión en mi­nia­tu­ra de la SNES ven­drá con dos man­dos, y vein­tiún jue­gos, en­tre los que hay clá­si­cos in­dis­cu­ti­bles co­mo Kirby Super Star, Super Mario World o The Legend of Zelda: A Link to the Past. Además de clá­si­cos aje­nos a la pro­pia Nintendo co­mo Secret of Mana o Super Clastevania 4. Sale el 29 de sep­tiem­bre y, a fal­ta de con­fir­ma­ción del pre­cio ofi­cial en nues­tro te­rri­to­rio, en EEUU cos­ta­rá 79 do­la­res. Al me­nos si con­si­gues com­prar­la an­tes de que se ago­ten.

Bong Joon-ho – Entre el activismo y la familia | Canino

A ve­ces ol­vi­da­mos la im­por­tan­cia de la fa­mi­lia. Cuando to­do lo de­más fa­lla, cuan­do to­do se vie­ne aba­jo, en las úni­cas per­so­nas que po­de­mos con­fiar a cie­gas es aque­llos que nos quie­ren de for­ma in­con­di­cio­nal. Por eso fa­mi­lia no es ne­ce­sa­ria­men­te aque­llos con quie­nes com­par­ti­mos ge­nes, sino con quie­nes com­par­ti­mos sen­ti­mien­tos. En oca­sio­nes la fa­mi­lia pue­den ser las per­so­nas con las que com­par­ti­mos san­gres, pe­ro tam­bién pue­den ser las per­so­nas con las que com­par­ti­mos un sue­ño, un ideal o un sen­ti­mien­to. Incluso, en al­gu­nos ca­sos, per­so­nas que no son per­so­nas. ¿O es que aca­so no pue­de ser fa­mi­lia un cer­do gi­gan­te?

Bong Joon-ho no tie­ne du­das. Al fi­nal lo úni­co que te­ne­mos es a las per­so­nas que que­re­mos y nos quie­ren. Ese es el te­ma pri­mor­dial de su ci­ne. Y pa­ra de­mos­trar­lo, y pa­ra que cual­quie­ra pue­da aden­trar­se en su obra con ga­ran­tías, he­mos he­cho es­ta guía. Para que co­noz­cas a Bong Joon-ho co­mo si fue­ra de tu pro­pia fa­mi­lia.

Pesadilla en el centro comercial: vida y muerte del vaporwave | Canino

Esto no es un ar­tícu­lo. Es una ex­hu­ma­ción. Y una en la cual, ade­más, ya no que­da ni ca­dá­ver que en­se­ñar­le al juez, si nos guia­mos por lo que se lee por ahí: el va­por­wa­ve (esa co­sa que po­dría ser un mo­vi­mien­to mu­si­cal y ar­tís­ti­co) lle­va re­ci­bien­do cer­ti­fi­ca­dos de de­fun­ción des­de ha­ce más de un lus­tro. Los re­ci­bió jus­to des­pués de su na­ci­mien­to, allá por 2010. También en 2015, cuan­do Sandtimer pu­bli­có el ele­pé Vaporwave is Dead. La MTV pu­do ha­ber­le da­do la pun­ti­lla ese mis­mo año, y, aho­ra que lle­ga su sép­ti­mo aniver­sa­rio, los ar­ticu­los so­bre su es­ta­do pu­tre­fac­to ya no ha­cen ni gra­cia. Hasta en Forocoches se han re­par­ti­do es­que­las, no de­ci­mos más.

The Mo Brothers. El cine de Indonesia más allá de ‘The Raid’ | Canino

Para mu­chas per­so­nas no exis­te na­da fue­ra de EEUU. No ar­tís­ti­ca­men­te ha­blan­do. Salvo la mí­ni­ma de­fe­ren­cia te­le­vi­si­va que se tie­ne ha­cia los paí­ses nór­di­cos pa­ra el noir y ha­cia Inglaterra pa­ra el his­tó­ri­co, to­do lo que se nos ofre­ce sue­le es­tar cor­ta­do por los gus­tos he­ge­mó­ni­cos de la co­lo­nia go­ber­na­da por el hom­bre del pe­lu­quín de oro. Porque la épo­ca del post-colonialismo, de la im­po­si­ción cul­tu­ral vía ca­pi­ta­lis­mo neo-liberal, es­tá muy le­jos de ha­ber con­clui­do.

7 películas que ver antes de Okja | Cinemania

Bong Joon-Ho pa­re­ce lan­za­do. Tras el exi­to­so des­em­bar­co en oc­ci­den­te que su­pu­so Snowpiercer, su pró­xi­ma pe­lí­cu­la ha te­ni­do gran re­per­cu­sión en los me­dios. Aunque tal vez no por los me­jo­res mo­ti­vos po­si­bles. Pero ob­vian­do po­lé­mi­cas con Cannes y Almodovar de por me­dio, Okja, que se es­tre­na el 28 de ju­nio en Netflix, nos pro­me­te al­go muy pro­pio del di­rec­tor co­reano: mons­truos gi­gan­tes, crí­ti­cas al ca­pi­ta­lis­mo, so­fla­mas eco­lo­gis­tas y ni­ños pro­ta­go­nis­tas a los cua­les da ga­nas de abra­zar. Algo po­co co­mún en el ci­ne. Y pa­ra ce­le­brar­lo, he­mos ele­gi­do un pu­ña­do de pe­lí­cu­las pa­ra ir pre­pa­rán­do­nos pa­ra su des­em­bar­co.

Sunao Katabuchi: el hombre que no era Miyazaki | Cinemania

Studio Ghibli tie­ne un pa­trón muy cla­ro pa­ra sus per­so­na­jes pro­ta­go­nis­tas. Chicas jó­ve­nes, fuer­tes, con los pies en el sue­lo. Similar al clá­si­co pro­ta­go­nis­ta de li­bro in­fan­til, pe­ro lle­va­do al gé­ne­ro con­tra­rio. Al que his­tó­ri­ca­men­te se le han prohi­bi­do las aven­tu­ras.

Porque si de al­go es­tá tru­fa­do Studio Ghibli es de aven­tu­ras. De ima­gi­na­ción. De ese es­pí­ri­tu in­fan­til que nos per­mi­te ver un océano en una go­ta de agua y un reino en un par de nu­bes.

Pero eso no es al­go ex­clu­si­vo de Studio Ghibli. O pa­ra ser exac­tos, Hayao Miyazaki com­par­te ese gus­to con otras mu­chas per­so­nas. Algunas de esas per­so­nas, an­ti­guos co­la­bo­ra­do­res. Porque mu­cho an­tes de que Miyazaki fue­ra uno de los gran­des nom­bres del ani­me, fue tam­bién un jo­ven pro­me­te­dor con mu­cho que de­mos­trar. Y a su la­do ha­bía un hom­bre que só­lo aho­ra pa­re­ce que ha con­se­gui­do des­ta­car en oc­ci­den­te: Sunao Katabuchi.

La música de Marie, de Usumaru Furuya | CuCo. Cuadernos de Cómic

A ve­ces pa­sa­mos por al­to las di­fe­ren­cias cul­tu­ra­les. No las gran­des di­fe­ren­cias. Esas son im­po­si­bles de ob­viar. Y no po­cas ve­ces, aque­llas ni si­quie­ra exis­ten. Pero los pe­que­ños de­ta­lles, las di­fe­ren­tes for­mas de ver un mis­mo sus­tra­to co­mún, son co­sas tan su­ti­les que aca­ban pa­san­do des­aper­ci­bi­do. En otras pa­la­bras, aun­que al fi­nal to­das las cul­tu­ras aca­ban pa­re­cién­do­se en más co­sas que en la que se di­fe­ren­cian, al fi­nal son las pe­que­ñas va­ria­cio­nes en don­de se po­ne el fo­co lo que per­mi­te en­ten­der el pen­sa­mien­to de otra cul­tu­ra.

Multiverso, de Grant Morrison | CuCo. Cuadernos de Cómic

Desde ha­ce mu­chos años es prác­ti­ca­men­te im­po­si­ble en­trar en el uni­ver­so de los có­mics ame­ri­ca­nos. Ya sea Marvel o DC, en­tre re­boots, cri­sis en tie­rras in­fi­ni­tas, gue­rras se­cre­tas y ma­cro even­tos ab­so­lu­ta­men­te inin­te­li­gi­bles pa­ra quien no ten­ga un co­no­ci­mien­to tan en­ci­clo­pé­di­co co­mo des­pren­di­do sea en sus gas­tos men­sua­les en gra­pas, en­ten­der có­mo han ido evo­lu­cio­nan­do los su­per­hé­roes y sus mun­dos a lo lar­go del tiem­po re­sul­ta una ta­rea ar­dua. Indigna. Difícil pa­ra el lec­tor ca­sual, pe­ro di­rec­ta­men­te im­po­si­ble pa­ra quien pre­ten­da en­trar en el mun­do de los su­per­hé­roes por pri­me­ra vez.

Sherlock: El Banquero Ciego, de Steven Moffat, Mark Gatiss y Jay | Goodreads

En el có­mic ocu­rre al­go in­tere­san­te: es tan im­por­tan­te lo li­te­ra­rio co­mo lo pic­tó­ri­co. Si el au­tor es in­ca­paz de es­cri­bir diá­lo­gos con­vin­cen­tes o lo­grar un rit­mo na­rra­ti­vo ade­cua­do, ni el me­jor di­bu­jo del mun­do sal­va­ra la obra. Por el con­tra­rio, ni un ex­ce­len­te guión ni unas ge­nia­les lí­neas de diá­lo­go po­drán sal­var un mal di­bu­jo. Pero eso no es lo peor. Lo peor es que exis­te un po­si­ble ter­cer pro­ble­ma. Uno que aú­na lo li­te­ra­rio y lo pic­tó­ri­co. Si el au­tor no sa­be lle­var a su te­rreno el or­den com­po­si­ti­vo de las vi­ñe­tas o los pla­nos, no im­por­ta lo bien na­rra­do que es­té, el rit­mo tre­pi­dan­te que ten­ga o el di­bu­jo pre­cio­sis­ta que de­ten­te, la obra re­sul­tan­te se­rá un fra­ca­so ile­gi­ble.

En el ca­so de El ban­que­ro cie­go, si­gue la mis­ma lí­nea que Estudio en ro­sa. Dibujo cum­pli­dor, guión bien adap­ta­do, sen­sa­ción gra­ti­fi­can­te ge­ne­ral. Pero tie­ne un pro­ble­ma. Y es que en lo que aquel era un pe­que­ño pro­ble­ma, aquí es uno enor­me.

JoJo’s Bizarre Adventure, Part I: Phantom Blood, tomo 01 , de Hirohiko Araki | Goodreads

Toda his­to­ria tie­ne un co­mien­zo. Siempre ar­bi­tra­rio. A ve­ces, in­clu­so cues­tio­na­ble. Pero lo que es cier­to es que to­da his­to­ria de­be em­pe­zar en al­gún si­tio. Y por lo ge­ne­ral, ese ori­gen no es el pri­mer mo­men­to que con­du­jo ha­cia los acon­te­ci­mien­tos que nos lle­van al con­flic­to, sino el ins­tan­te an­te­rior al con­flic­to.

En el pri­mer to­mo de JoJo’s Bizarre Adventure ocu­rre al­go cu­rio­so: exis­ten dos prin­ci­pios. El prin­ci­pio de la se­rie y el prin­ci­pio del ar­co, Phantom Blood. Ambos se so­la­pan, su­per­po­nen y dan con­tex­to mu­tua­men­te. El prin­ci­pio de la se­rie tra­ta so­bre ri­tos an­ti­guos de pue­blos pre-colombinos, más­ca­ras fu­nes­tas y la bús­que­da de la in­mor­ta­li­dad; el prin­ci­pio del ar­co tra­ta so­bre Jonathan Joestar, un jo­ven blan­do y con­sen­ti­do que as­pi­ra a ser un ca­ba­lle­ro, y Dio Brando, un jo­ven ma­quia­vé­li­co y re­sa­bia­do que as­pi­ra a apo­de­rar­se de la for­tu­na de los Joestar. Con to­do eso te­ne­mos to­dos los in­gre­dien­tes pa­ra lo que es tan­to la se­rie co­mo es­te ar­co en par­ti­cu­lar. Tenemos las gran­des pa­sio­nes, la ac­ción cons­tan­te y el tono big­ger than li­fe ra­yano lo ri­dícu­lo; pe­ro tam­bién el desa­rro­llo à la no­ve­la gó­ti­ca, co­mo si fue­ra más un rip off ele­gan­tí­si­mo de Cumbres bo­rras­co­sas más que un man­ga de la Shōnen Jump.

Christopher Doyle: Filming in the Neon World | Letterboxd

Christopher Doyle es có­mo ma­ne­ja la luz.

Este fa­mo­so di­rec­tor de fo­to­gra­fía, co­no­ci­do por su he­te­ro­do­xo acer­ca­mien­to a su dis­ci­pli­na —lle­na de efec­tos, usan­do mu­cha ilu­mi­na­ción am­bien­tal, ca­gán­do­se en to­das las re­glas no-escritas de la fo­to­gra­fía — , lo es por có­mo ha he­cho de su mo­do de ges­tio­nar la luz su par­ti­cu­lar se­ña de iden­ti­dad. Porque mu­cho an­tes de Nicolas Winding Refn, cuan­do ha­blá­ba­mos de lu­ces de neon —que no de co­lo­res neon, equí­vo­co co­mún de mu­cha gen­te: lo de Refn son co­lo­res, lo de Doyle lu­ces — , ha­bla­mos de es­te se­gun­do. Hablamos de Doyle.

En este lugar del mundo, de Sunao Katabuchi | Letterboxd

En la vi­da no po­see­mos el tiem­po. Lo cual im­pli­ca que no po­see­mos la vi­da. Todo pa­sa, to­do ocu­rre, y nues­tro lu­gar en el mun­do es tem­po­ral. Pero na­da de eso nos qui­ta re­le­van­cia. Mientras es­ta­mos vi­vos, es­ta­mos ata­dos a los otros y sus cir­cuns­tan­cias; só­lo en tan­to so­mo pa­ra los otros, en­con­tra­mos un rin­cón que po­de­mos lla­mar pro­pio.

Arete Hime, de Sunao Katabuchi | Letterboxd

Todos sa­be­mos có­mo aca­ba­ran las his­to­rias de prin­ce­sas. Incluso cuan­do Disney es­tá de­trás, la prin­ce­sa siem­pre en­con­tra­rá el amor, des­cu­bri­rá que su fuer­za ra­di­ca en los otros y que, al la­do de un hom­bre —o en tiem­pos mo­der­nos, de su no­ble fa­mi­lia — , pue­de lo­grar to­do lo que se pro­pon­ga. Porque es una prin­ce­sa. Porque es, de fac­to, al­guien con más po­der, y más po­si­bi­li­dad de in­fluir so­bre el des­tino de su tie­rra, que prác­ti­ca­men­te cual­quier otro ser hu­mano.

Mai Mai Miracle, de Sunao Katabuchi | Letterboxd

Shinko Aoki vi­ve en el pa­sa­do. Como una suer­te de Sei Shōnagon in­fan­til y pa­sa­da de vuel­tas. En el pre­sen­te tie­ne a su abue­lo, la tran­qui­la vi­da en el cam­po y sus ami­gos del co­le­gio. En el pa­sa­do tie­ne una vi­da de prin­ce­sa y la po­si­bi­li­dad de vi­vir ex­tra­ñas aven­tu­ras, aun­que ex­tra­ñas más por des­co­lo­ca­das en el tiem­po que por des­con­cer­tan­tes. Al me­nos, has­ta que apa­re­ce una ni­ña nue­va en el pue­blo. Y con ella, con Kiiko Shimazu, ten­drá que apren­der a vi­vir tam­bién en el pre­sen­te.

The Texas Chain Saw Massacre, de Tobe Hooper | Letterboxd

Algunas pe­lí­cu­las son eter­nas. No por­que per­du­ren, sino por­que en esa eter­ni­dad po­si­ble siem­pre ca­be la po­si­bi­li­dad de vol­ver a ellas. No se ago­tan. Pues su tex­to, su sub­tex­to y su téc­ni­ca siem­pre tie­nen otra vuel­ta de tuer­ca. Otra for­ma de mos­trar­se que, has­ta el mo­men­to, nos ha­bía pa­sa­do des­aper­ci­bi­da.

Eso pue­de so­nar iló­gi­co pa­ra ha­blar de La Matanza de Texas. Su li­mi­ta­da du­ra­ción, sus re­cur­sos mí­ni­mos y su pro­pues­ta en­tre el pu­ro go­re y la ab­so­lu­ta au­sen­cia de go­re —ha­cien­do que su te­sis sea la pro­pia con­tra­dic­ción: es bru­tal, obs­ce­na y muy grá­fi­ca por­que no lo es en ab­so­lu­to; só­lo se nos in­si­núa que lo es a tra­vés del mon­ta­je y la es­té­ti­ca, de­jan­do que nues­tro ce­re­bro la re­cuer­de más bru­tal de lo que real­men­te es — , nos po­drían ha­cer pen­sar que es un pro­duc­to de se­rie B sin ma­yo­res in­ten­cio­nes de tras­cen­den­cia. Pero es que la in­ten­cio­na­li­dad no tie­ne na­da que ver con el ar­te. El ar­te se pro­du­ce por sín­te­sis, no por cálcu­lo. O en otras pa­la­bras, al ar­te se lle­ga ca­mi­nan­do por te­rre­nos res­ba­la­di­zos, no si­guien­do el ca­mino ya co­no­ci­do.

Baby Driver, de Edgar Wright | Letterboxd

Impacto emo­cio­nal. Ritmo. Constante in cres­cen­do. Es to­do lo que ne­ce­si­ta un guión pa­ra man­te­ner­nos aten­tos a la pan­ta­lla.

Lo an­te­rior no es nin­gu­na bou­ta­de. Nuestros ce­re­bros, esas ma­ra­vi­llo­sas má­qui­nas de pre­ci­sión ge­ne­ra­das por mi­le­nios de se­lec­ción na­tu­ral, tie­nen un cir­cui­to ce­rra­do muy es­pe­cí­fi­co. No son ca­pa­ces de man­te­ner la aten­ción de for­ma ple­na por mu­cho tiem­po, pa­ra evi­tar si­tua­cio­nes de pe­li­gro don­de no po­da­mos de­fen­der­nos; les gus­tan los pa­tro­nes rít­mi­cos, por­que per­mi­ten en­trar y sa­lir sin ellos sin es­fuer­zo in­clu­so si se ven in­te­rrum­pi­dos; y pue­den re­cor­dar me­jor aque­llo que se sa­le de la nor­ma, por­que pue­de ser un in­di­ca­ti­vo de as­pec­tos que pue­den au­men­tar (o dis­mi­nuir) nues­tra es­pe­ran­za de vi­da. Están di­se­ña­dos pa­ra so­bre­vi­vir. Para ma­xi­mi­zar la efi­cien­cia de las úni­cas dos co­sas que ha­ce­mos me­jor que nin­gún otro ani­mal: aso­ciar he­chos apa­ren­te­men­te in­co­ne­xos y po­der ha­cer co­sas du­ran­te lar­gos pe­rio­dos de tiem­po.

Dj Shadow – The Private Press (2002) | Studio Suicide

Ciertos dis­cos só­lo se pue­den com­pren­der con pers­pec­ti­va. Cuando se ve có­mo han mar­ca­do el pa­so del tiem­po, có­mo de­ja­ron atrás su épo­ca ade­lan­tán­do­se a un fu­tu­ro in­cier­to, es en­ton­ces cuan­do se pue­de afir­mar su ver­da­de­ro al­can­ce. A fin de cuen­tas, to­do lo de­más es es­pe­cu­la­ción. El éxi­to o el fra­ca­so de un dis­co es cir­cuns­tan­cial. Y su ca­pa­ci­dad pa­ra se­guir sien­do re­le­van­te diez o quin­ce años des­pués al­go que só­lo el pa­so del tiem­po pue­de ates­ti­guar.

A pe­sar de que The Private Press fue un te­rre­mo­to en su mo­men­to, la crí­ti­ca cul­tu­ral no ha ce­le­bra­do su re­cien­te quin­ce cum­plea­ños. Y no es de ex­tra­ñar. Sigue sien­do hoy un dis­co tan ex­tra­ño co­mo en 2002.

Taxidermias Concretas vol.9 | Studio Suicide

The National siem­pre cam­bian. The National nun­ca cam­bian. Cada dis­co es di­fe­ren­te al an­te­rior, pe­ro siem­pre sue­nan del mis­mo mo­do. Tienen per­so­na­li­dad. Y en sus ade­lan­tos de su nue­vo tra­ba­jo, no es di­fe­ren­te. Guilty Party sue­na fa­mi­liar, cer­cano a aque­llo por lo que nos gus­ta Trouble Will Find Me —el tono me­lan­có­li­co, la ba­te­ría mar­ca­da, el ba­jo su­til — , pe­ro tam­bién hay al­go ex­tra­ño. Diferente. Su gui­ta­rra se fu­ga de for­ma su­til, ha­cien­do del fi­nal de la can­ción un ex­ce­so post-algo, glitch in­clui­do, que re­sul­ta, con­tra to­do pro­nós­ti­co, re­con­for­tan­te. Como una he­ri­da tan pro­fun­da co­mo cá­li­da. Ese su­su­rro de «to­do irá bien» en nues­tro oí­do mien­tras nos aho­gan con la al­moha­da que, iró­ni­ca­men­te, siem­pre he­mos ne­ce­si­ta­do.

Taxidermias Concretas vol.10 | Studio Suicide

A es­tas al­tu­ras na­die du­da de la im­por­tan­cia his­tó­ri­ca de Radiohead. Escuchar OK Computer su­po­ne es­cu­char to­das las gran­des ten­den­cias den­tro del in­die rock de los úl­ti­mos vein­te años con­den­sa­das en me­nos de una ho­ra. Ahí es­tá el post-punk re­vi­val, el in­die tí­mi­da­men­te elec­tró­ni­co e in­clu­so (en un ro­bo des­ca­ra­do) el so­ni­do de Muse a par­tir de Absolution. En ese ca­so, ¿qué apor­ta OK Computer OKNOTOK 1997 – 2017? Nada. Sus des­car­tes lo eran por al­go; el dis­co ya era per­fec­to tal y co­mo era. Pero co­mo ex­cu­sa pa­ra vol­ver a él, re­sul­ta per­fec­to: hoy, co­mo ha­ce vein­te años, OK Computer si­gue sien­do una obra maes­tra re­vo­lu­cio­na­ria. Y con eso de­be­ría ser su­fi­cien­te.

Y lo que se está haciendo

Una demolición necesaria. Respuesta a José Luis Pardo sobre Slavoj Zizek | Ernesto Castro

«El ar­tícu­lo de José Luis Pardo con­tra Slavoj Zizek que se ha pu­bli­ca­do re­cien­te­men­te en el dia­rio El País me ha de­ja­do es­tu­pe­fac­to. Zizek tam­po­co es san­to de mi de­vo­ción, pe­ro de ahí a afir­mar que es un in­ven­to de las re­des so­cia­les es sim­ple­men­te equi­vo­car­se de fe­chas. Facebook, Twitter y YouTube na­cie­ron a me­dia­dos de la dé­ca­da de los 2000; Zizek pu­bli­có su pri­mer li­bro en 1972, y des­de en­ton­ces ha es­cri­to un cen­te­nar de ellos. Por ese mo­ti­vo pa­re­ce tan fi­lis­tea la au­to­ca­li­fi­ca­ción de Pardo co­mo un “in­te­lec­tual que se re­be­la con­tra es­ta si­tua­ción y se em­pe­ña en se­guir es­cri­bien­do li­bros”: lo más ob­je­ta­ble de Zizek (y de cier­ta in­te­lec­tua­li­dad es­pa­ño­la en­cas­ti­lla­da en su co­lum­na de opi­nión) es pre­ci­sa­men­te que se em­pe­ñen en se­guir es­cri­bien­do cuan­do no tie­nen na­da que aña­dir y so­lo les que­da au­to­pla­giar­se.».

Por qué deberíamos tener fines de semana de tres días | GQ

«“La re­vo­lu­ción di­gi­tal a lo me­jor nos trae el fin de se­ma­na de tres días…”. Álvaro Nadal, mi­nis­tro de Energía, Turismo y Agenda Digital, de­ja­ba caer ayer en la inau­gu­ra­ción de Futuro Digital, even­to or­ga­ni­za­do por El País Retina, una idea ca­da vez más ex­ten­di­da: un fu­tu­ro la­bo­ral en el que la jor­na­da la­bo­ral se re­duz­ca lo su­fi­cien­te co­mo pa­ra de­jar­nos un día li­bre ex­tra. El puen­te per­ma­nen­te».

Shigesato Itoi, The Copywriter: A Comprehensive Look | Yomuka!

«As every per­son in Japan knows, and as most over­seas fans of Itoi know, Shigesato Itoi is, first and fo­re­most — be­fo­re and af­ter his stint of en­ti­rely ca­sual vi­deo ga­me pro­duc­tion — a copyw­ri­ter. His ta­gli­nes (known in Japanese as “catch co­pies”, a term I much pre­fer) in­clu­de many ubi­qui­tious ph­ra­ses that are re­cog­ni­za­ble to an­yo­ne in Japan, re­gard­less of whet­her they ha­ve ever heard of Itoi The Man».

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