Ni cielo ni infierno en el mundo bajo los cielos. Lista (de listas) del 2017

Vivir en el in­fierno tie­ne el pro­ble­ma de ha­cer im­po­si­ble ver más allá de có­mo evi­tar el do­lor, vi­vir en el cie­lo tie­ne el pro­ble­ma de ha­cer im­po­si­ble ver más allá de có­mo en­tre­gar­se al pla­cer. Tal vez por eso so­mos hu­ma­nos. Porque ha­bi­ta­mos el mun­do. Porque exis­ten mo­men­tos trá­gi­cos, pe­que­ñas ale­grías, gran­des de­cep­cio­nes y enor­mes sor­pre­sas. No exis­te na­da uní­vo­co. Incluso lo que pa­re­cía se­gu­ro to­da­vía pue­de sor­pren­der­nos; has­ta aque­llo que se mos­tra­ba co­mo in­fle­xi­ble pue­de rom­per­se pa­ra ge­ne­rar re­sul­ta­dos in­sos­pe­cha­dos.

Con to­do, el 2017 ha pa­re­ci­do un spin-off más bien ra­ro del 2016. Se nos han muer­to po­cos hé­roes, pe­ro mu­chos se han des­cu­bier­to co­mo mons­truos. Donald Trump (y tan­tos otros que nos caen más cer­ca) sigue(n) en el po­der, pe­ro no pa­re­ce que nos ha­ya­mos acos­tum­bra­do. Continúa la pe­sa­di­lla, pe­ro la pe­sa­di­lla ha cam­bia­do. Porque has­ta la par­te que tie­ne de sue­ño, ha si­do muy di­fe­ren­te: ha si­do un gran año pa­ra el vi­deo­jue­go, el ci­ne y la mú­si­ca. Parece que ha si­do al­go más ti­bio pa­ra la li­te­ra­tu­ra y la te­le­vi­sión. Es de­cir, to­do si­gue igual, pe­ro to­do es dis­tin­to. Hay cam­bios. No nos acos­tum­bra­mos y po­de­mos atis­bar la po­si­bi­li­dad de un cam­bio. Incluso si no sa­be­mos dón­de co­men­za­rá. O có­mo.

No nos ex­ten­da­mos más. Si vi­vi­mos en el mun­do, no en el cie­lo ni en el in­fierno, lo su­yo es que ha­blen quie­nes lo ha­bi­tan. Y de ahí la lis­ta: pa­ra co­ger el pul­so a lo que siem­pre se nos es­ca­pa una vez creía­mos ha­ber­lo com­pren­di­do. Porque eso es el mun­do. Un lu­gar ex­tra­ño y hos­til don­de, si pue­des so­bre­po­ner­te al ries­go, hay un mon­tón de for­mas de di­ver­tir­se.

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Andrés Abel

Villana en la carretera, Atómica en las escaleras

Kim Ok-bin por The Villainess y Charlize Theron por Atomic Blonde se dispu­tan el tí­tu­lo a la me­jor he­roí­na de ac­ción del año, lo que no quie­re de­cir que am­bas pe­lí­cu­las vue­len, o ha­gan vo­lar co­sas, a la mis­ma al­tu­ra. El re­lleno en­tre pe­leas de la pri­me­ra, en for­ma de cu­le­brón ro­mán­ti­co desata­do, me re­sul­tó más sa­tis­fac­to­rio que el in­ten­to de Awesome Mix de la se­gun­da, y ade­más so­lo una de las es­ce­nas de ac­ción de Atómica po­dría me­dir­se con las de La vi­lla­na: me re­fie­ro por su­pues­to al fal­so plano se­cuen­cia que em­pie­za y ter­mi­na en un um­bral de un edi­fi­cio de Berlín, ca­si una pe­lí­cu­la den­tro de la pe­lí­cu­la al de­jar atrás du­ran­te un ra­to los co­lo­rin­ches y la ban­da so­no­ra de cin­ta va­ria­da. La sur­co­rea­na sa­le ga­na­do­ra en su con­jun­to, pe­ro cen­tran­do la mi­ra­da en los per­so­na­jes re­sul­ta im­po­si­ble no apre­tar a Jane Wick y Hardcore Sook-hee en lo más al­to del po­dio.

Verónica y los Senderos de traición

Era cues­tión de tiem­po que una pe­lí­cu­la es­pa­ño­la (o, a lo me­jor, ale­ma­na) uti­li­za­se el le­ga­do de Héroes del Silencio en su ban­da so­no­ra. El re­sul­ta­do po­dría ha­ber si­do ca­tas­tró­fi­co, so­bre to­do si se plan­tea­ba (argh) des­de la iro­nía, así que de­be­mos con­gra­tu­lar­nos por que el res­pon­sa­ble ha­ya si­do Paco Plaza, en una pro­duc­ción de te­rror, crean­do mo­men­tos tan má­gi­cos co­mo ca­bía es­pe­rar de una can­ción lla­ma­da Hechizo.

Twitter 1111

Tan so­lo du­ró unas ho­ras, pe­ro el 11 de no­viem­bre de 2017 Twitter de­jó de ser el po­zo de mi­se­ria en el que se es­tá con­vir­tien­do pa­ra inun­dar­se de con­cor­dia y mues­tras de ca­ri­ño. Fue real­men­te emo­cio­nan­te ver la lis­ta de ten­den­cias co­pa­da por pa­la­bras de agra­de­ci­mien­to y ex­pre­sio­nes pla­ne­ta­rias, y a la gen­te com­par­tien­do re­cuer­dos, re­fle­xio­nes y re­mi­xes so­bre la vi­da y la obra de un hom­bre hu­mano, na­ci­do des­pués de los do­lo­res, en la cla­se de mi­la­gro pre-navideño que so­lo Chiquito de la Calzada po­día lo­grar.

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Pablo Algaba

Everything, de David O’Reilly

El tí­tu­lo po­dría pa­re­cer una bou­ta­de, sin em­bar­go, es en­te­ra­men­te des­crip­ti­vo, ce­ro me­tá­fo­ras: David O’Reilly ha he­cho un jue­go so­bre Todo; so­bre las lí­neas que co­nec­tan la gra­pa­do­ra de tu me­sa de tra­ba­jo con los ibis del pan­tano, el bo­són de Higgs con un abe­to Douglas, una co­li­lla en la ace­ra con una ga­la­xia es­pi­ral y a ti, for­ma de vi­da ba­sa­da en el car­bono an­cla­da a un ro­ca que gi­ra al­re­de­dor de una bo­la de gas ar­dien­te, con to­do ello. Desinteresado en cual­quier ti­po de vir­tuo­sis­mo, O’Reilly per­si­gue ser lo más es­cue­to, li­te­ral y ac­ce­si­ble po­si­ble, ex­po­nien­do su te­sis con una na­tu­ra­li­dad que con­vier­te lo or­di­na­rio en ex­tra­or­di­na­rio y vi­ce­ver­sa. Lejos de ser una pro­pues­ta fría y ce­re­bral, Everything des­pren­de un can­dor (no sé si ad­je­ti­var co­mo hu­mano) na­ci­do de su ca­pa­ci­dad pa­ra si­tuar­nos en di­fe­ren­tes pers­pec­ti­vas, in­vi­tán­do­nos a que nos re­co­noz­ca­mos en las co­sas que nos ro­dean. Tú no co­mo el cen­tro de na­da, sino co­mo par­te del to­do. Everything ha si­do, al mis­mo tiem­po, el vi­deo­jue­go más feo y el más her­mo­so, el más ton­to y el más lú­ci­do que he ju­ga­do es­te año.

My Favorite Thing Is Monsters — Book One, de Emil Ferris

Aunque la em­pa­tía sea uno de los te­mas cen­tra­les de am­bas obras, al con­tra­rio que ocu­rre en Everything lo pri­me­ro que lla­ma la aten­ción en My Favorite Thing Is Monster es el vir­tuo­sis­mo y la fi­li­gra­na. El exu­be­ran­te de­but de Emil Ferris se tra­ta de un có­mic de 400 pá­gi­nas -de un pe­so y una pre­sen­cia fí­si­ca imponentes- di­bu­ja­do por en­te­ro con bo­lí­gra­fos Bic. El amor por el de­ta­lle y la mi­nu­cia in­vi­tan a su­mer­gir­se en ca­da pá­gi­na co­mo quien mi­ra un pai­sa­je con unos pris­má­ti­cos y a pre­gun­tar­se, bueno… ¿có­mo de­mo­nios se ha he­cho es­ta ma­ra­vi­lla? No obs­tan­te, las flo­ri­tu­ras es­tán bien le­jos de ser gra­tui­tas (ya sa­bes, la for­ma es el fon­do y to­do eso). En reali­dad, son cla­ve pa­ra ar­ti­cu­lar un nú­me­ro en­vi­dia­ble de re­cur­sos na­rra­ti­vos, así co­mo pa­ra dar for­ma a una his­to­ria que se des­plie­ga a tra­vés de va­rias dé­ca­das y de­ce­nas de per­so­na­jes. El des­cu­bri­mien­to per­so­nal du­ran­te la ado­les­cen­cia, el sen­tir­se in­ca­paz de en­ca­jar, la mal­dad es­tú­pi­da y co­ti­dia­na, los he­roís­mos si­len­cio­sos o el ar­te co­mo mu­le­ta emo­cio­nal y sen­de­ro pa­ra dar sen­ti­do a to­do aque­llo que no lo tie­ne. Es tre­men­do via­je el que pro­po­ne MFTIM.

Twin Peaks — The Return de Mark Frost y David Lynch

Si te pa­ras a pen­sar du­ran­te un ins­tan­te en lo ri­dí­cu­la­men­te sen­ci­llo que era que la vuel­ta de Twin Peaks sa­lie­se mal, si le das vuel­tas a to­dos y ca­da uno de los pun­tos don­de el pro­yec­to po­dría ha­ber des­ca­rri­lla­do de for­ma apa­ra­to­sa, es­toy se­gu­ro de que te ten­dría que re­co­ger del sue­lo. Pero, res­pi­ra, no lo hi­zo. Sólo eso ya es un mi­la­gro. De he­cho, en The Return se con­ju­ran va­rios mi­la­gros. El se­gun­do: que los eje­cu­ti­vos que to­man las de­ci­sio­nes de un ca­nal de te­le­vi­sión die­sen luz ver­de a una se­rie que de­to­na de ma­ne­ra tan vio­len­ta cual­quier na­rra­ti­va con­ven­cio­nal y que du­ran­te mu­chos mi­nu­tos sur­fea abs­trac­cio­nes si­len­tes de es­for­za­da de­co­di­fi­ca­ción. Desde la ló­gi­ca que ri­ge la in­dus­tria au­dio­vi­sual de con­su­mo, es­ta se­rie no de­be­ría exis­tir. Tercer mi­la­gro: re­cu­pe­ra pa­ra el au­dio­vi­sual a un David Lynch en pleno con­trol y co­no­ci­mien­to de sus re­cur­sos ex­pre­si­vos. Parece un com­pen­dium de to­da su pro­duc­ción pre­via, de la mu­si­cal a la pic­tó­ri­ca, pa­san­do, cla­ro, por la ci­ne­ma­to­grá­fi­ca. Casi se sien­te co­mo el pun­to de fu­ga del tra­ba­jo de to­da una vi­da. Cuarto mi­la­gro: su ca­pa­ci­dad ca­si in­fi­ni­ta pa­ra la po­li­se­mia es de esas co­sas que ocu­rren con me­nor fre­cuen­cia que los eclip­ses de sol. Quinto: Kyle MacLachlan.

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Álvaro Arbonés

Anime, ¡anime!, ¿anime?

Japón si­gue sien­do la re­ser­va es­pi­ri­tual de oc­ci­den­te. Al me­nos, en lo que ani­ma­ción se re­fie­re. Con Your na­me. con­vir­tién­do­se en el ani­me más ta­qui­lle­ro de la his­to­ria con una his­to­ria de amor y via­jes en el tiem­po cal­cu­la­da al mi­lí­me­tro, A Silent Voice sien­do un éxi­to de crí­ti­ca (y, en me­nor gra­do, de pú­bli­co) abor­dan­do te­mas tan com­ple­jos co­mo el bull­ying, el sui­ci­dio y las for­mas que pue­de asu­mir la co­mu­ni­ca­ción hu­ma­na —lle­ván­do­lo al ám­bi­to grá­fi­co con un pa­seo fa­bu­lo­so por una se­rie de edi­fi­cios mo­der­nis­tas y a lo so­no­ro con la ex­cep­cio­nal ban­da so­no­ra de Kensuke Ushio—, y Shin Godzilla de­mos­tran­do que la par­te real­men­te va­lio­sa de un desas­tre es­tá siem­pre en el fac­tor po­lí­ti­co y hu­mano, no en la ca­tás­tro­fe en sí, Japón si­gue dán­do­nos lec­cio­nes de có­mo de­be ser un ci­ne a la al­tu­ra de un pú­bli­co que no sa­be lo que quie­re, pe­ro que sa­be lo que le gus­ta. A fin de cuen­tas, ¿qué más da si Shin Godzilla no es ani­me? Hideaki Anno tie­ne un ta­len­to in­fi­ni­to. Y nin­gu­na otra pe­lí­cu­la de ima­gen real de es­te año ha­bla con tan­ta cla­ri­vi­den­cia so­bre lo mis­mo que ha­blan las otras dos: có­mo no exis­te un yo sin un no­so­tros.

l: Para re­ma­tar Masaaki Yuasa tam­bién nos ha enamo­ra­do es­te año con dos pe­lí­cu­las: The Night Is Short, Walk On Girl y Lu Over The Wall; una de ellas es la me­jor pe­lí­cu­la de ani­ma­ción ex­pe­ri­men­tal de los úl­ti­mos años, la otra es tan ex­ce­len­te que lo me­nos re­mar­ca­ble es que su can­ción prin­ci­pal es­té com­pues­ta por Asian Kung-Fu Generation: na­da mal pa­ra un hom­bre que apa­re­ce­rá en es­ta lis­ta el año que vie­ne con su nue­va se­rie, Devilman: cry­baby.

De rerum natura

Siempre vol­ve­mos a la na­tu­ra­le­za. No por­que sea­mos pas­to de gu­sa­nos, sino por­que siem­pre re­que­ri­mos de lo que en ella ha­bi­ta. Tal vez ya no fo­rra­jea­mos en el sen­ti­do ex­plí­ci­to de la pa­la­bra, pe­ro aún de­pen­de­mos de los re­cur­sos pre­sen­tes en la na­tu­ra­le­za. Algo así nos pre­sen­tan de dos for­mas com­ple­ta­men­te opues­tas The Legend of Zelda: Breath of the Wild y Horizon Zero Dawn. El ja­po­nés cen­trán­do­se en la su­per­vi­ven­cia, lo efí­me­ro de to­das las co­sas y la ne­ce­si­dad de amol­dar­se a la na­tu­ra­le­za, no al con­tra­rio; el eu­ro­peo dán­do­lo to­do por el la­do de la con­quis­ta, la per­vi­ven­cia de lo cul­tu­ral en un mun­do agres­te y la ne­ce­si­dad de de­vol­ver el equi­li­brio a una na­tu­ra­le­za da­ña­da, im­po­nien­do el cam­bio a la fuer­za. Dos ma­ne­ras opues­tas de ver el mun­do, dos ca­mi­nos di­ver­gen­tes pa­ra el mun­do de los vi­deo­jue­gos. Que no que­pa du­da: de am­bos de­be­mos to­mar no­ta.

v: Nier:Automata tam­bién tra­ta el te­ma de la re­la­ción en­tre na­tu­ra­le­za y hu­ma­ni­dad, pe­ro por­que es un jue­go que tra­ta la re­la­ción wha­te­ver y hu­ma­ni­dad; ro­bots y hu­ma­ni­dad, an­droi­des y hu­ma­ni­dad, his­to­ria y hu­ma­ni­dad, sen­ti­mien­tos y hu­ma­ni­dad; to­do pa­ra aca­bar es­cri­bien­do, a la luz de NieR, uno de los más tris­tes ale­ga­tos a nues­tra pro­pia glo­ria: có­mo, en úl­ti­ma ins­tan­cia, aque­llo que nos ha­ce hu­ma­nos es nues­tra ca­pa­ci­dad pa­ra sa­cri­fi­car nues­tras vi­das por los otros.

Iconoclasta clasicista

Aquello que de­fi­ne a las obras maes­tras es al­go dúc­til. Para na­da exac­to. Pero que sea im­po­si­ble ha­cer una ca­te­go­ri­za­ción uni­ver­sal don­de re­duz­ca­mos to­do en un úni­co pa­trón ab­so­lu­to no sig­ni­fi­ca que no ha­ya ten­den­cias, ca­te­go­rías y pa­tro­nes. Algo que Hirohiko Araki ha sis­te­ma­ti­za­do de for­ma ejem­plar en Manga in Theory and Practice: The Craft of Creating Manga. ¿Y quién es Araki pa­ra de­cir­nos qué es lo que de­fi­nen a las obras exi­to­sas so­bre aque­llas que fra­ca­san? Pues ade­más de ser un hom­bre ca­paz de crear un sis­te­ma mo­du­lar sen­ci­llo de com­pren­der, lleno de ejem­plos y con una cla­ri­dad ex­po­si­ti­va y cien­tí­fi­ca ejem­plar, que es el au­tor de JoJo’s Bizarre Adventure, uno de los man­gas más lon­ge­vos, ven­di­dos y res­pe­ta­dos de la his­to­ria del có­mic. Manga que, ade­más, se ha em­pe­za­do a pu­bli­car es­te año en nues­tra es­ti­ma­da piel de to­ro. Porque si bien es di­fí­cil crear una ta­xo­no­mía de las obras maes­tras, Araki es­tá de so­bra ca­pa­ci­ta­do pa­ra, al me­nos, arro­jar al­go de luz so­bre có­mo la su­ya le ha he­cho com­pren­der los me­ca­nis­mos de la fic­ción.

s: Es inevi­ta­ble pen­sar en có­mo la úni­ca obra es­tre­na­da en ci­nes en 2017 que pa­rez­ca em­pa­ren­ta­da con las for­mas de Araki sea la fran­ce­sa Raw, una pe­lí­cu­la que es al te­rror, al ci­ne in­die y a la ado­les­cen­cia lo mis­mo que JoJo’s Bizarre Adventure a las clá­si­cas his­to­rias de aven­tu­ras: una blas­fe­mia, enamo­ra­da de ha­cer san­gre con to­do aque­llo que «no es ap­to pa­ra la fic­ción», ele­va­da a la ca­te­go­ría de ar­te.

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Javier Avilés

David Bowie es una tetera

La crea­ción ar­tís­ti­ca es­tá uni­for­ma­da. Hace unos años en es­te mis­mo es­pa­cio me pu­se apo­ca­líp­ti­co res­pec­to a al­go que lla­mé dis­ney­fi­ca­ción del en­tre­te­ni­mien­to. Las co­sas no han me­jo­ra­do… creo que han em­peo­ra­do. Así que «va­mos a mo­rir to­dos» ado­ce­na­dos de abu­rri­mien­to.

Por eso es una gran ale­gría que den­tro de los ca­na­les de dis­tri­bu­ción de en­tre­te­ni­mien­to se cue­len ar­te­fac­tos co­mo la ter­ce­ra tem­po­ra­da de Twin Peaks. No tan­to por su re­sul­ta­do, que pue­de ser más o me­nos sa­tis­fac­to­rio, sino por la va­len­tía que su­po­ne pro­du­cir y emi­tir al­go tan fue­ra de lo nor­mal, al­go que im­pac­ta vi­sual­men­te y que in­tro­du­ce en lo co­ti­diano, en lo se­ria­li­za­do, una for­ma de rea­li­za­ción fíl­mi­ca que sue­le per­te­ne­cer al ám­bi­to de lo ar­tís­ti­co y ex­pe­ri­men­tal.

Véase el epi­so­dio 8. Véase el epi­so­dio 8. Véase el epi­so­dio 8, otra vez.

El epi­so­dio 8 que­da­rá en los anales de la his­to­ria de la te­le­vi­sión y, por ex­ten­sión, de la del ci­ne.

Pero que­ría cen­trar­me en otro mo­men­to de la se­rie.

En el ca­pí­tu­lo 17, tras de­rro­tar en la co­mi­sa­ría de Twin Peaks a Cooper-Bob, lo que en prin­ci­pio su­po­ne la cul­mi­na­ción de la tra­ma de la se­rie, el agen­te Cooper se fi­ja en la mu­jer orien­tal sin ojos. A par­tir de ese mo­men­to, du­ran­te más de cin­co mi­nu­tos, el ros­tro de Cooper que­da so­bre­im­pre­sio­na­do mi­ran­do fi­ja­men­te al es­pec­ta­dor.

Esse est per­ci­pi. Ser es ser per­ci­bi­do. Pero uni­ca­men­te se per­ci­ben for­mas, co­lo­res, tex­tu­ras y otras cua­li­da­des sen­si­bles. Cada uno de no­so­tros, co­mo se­res hu­ma­nos, so­mos ca­pa­ces de ra­cio­na­li­zar cuan­to su­ce­de. Nuestro mun­do in­te­rior, el del pen­sa­mien­to, es tan ex­tre­ma­da­men­te ri­co en in­for­ma­ción, que con­tras­ta con el su­cin­to y re­pe­ti­ti­vo apor­te del mun­do ex­te­rior a tra­vés de los sen­ti­dos. Si no que­re­mos que ese con­tras­te nos lle­ve al más ra­di­cal so­lip­sis­mo, de­be­mos acep­tar que «Ser» es sen­ci­lla­men­te «Ser per­ci­bi­do», co­mo si so­lo a tra­vés de la mi­ra­da de los otros se con­fir­ma­se nues­tro «Ser». Cooper nos mi­ra. ¿Cooper nos con­fir­ma, o por el con­tra­rio, co­mo ya ocu­rría en Film, la pe­lí­cu­la de Schneider, es­cri­ta por Samuel Beckett y pro­ta­go­ni­za­da por Buster Keaton, el per­so­na­je se da cuen­ta de ha­ber si­do atra­pa­do en una red de mi­ra­das de la que no pue­de es­ca­par?

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«It’s slip­pery in he­re».

Nadie po­drá vol­ver a mi­rar a Bowie. Y eso lo con­vier­te, li­bre de las mi­ra­das de los otros, en un ser mí­ti­co.

La performance de la (no)independencia

La po­lí­ti­ca ha­ce mu­chos años que ca­re­ce de ideo­lo­gía. Supeditados a la eco­no­mía neo­li­be­ral, en­deu­da­dos con los gran­des gru­pos fi­nan­cie­ros, los par­ti­dos po­lí­ti­cos se li­mi­tan a «re­pre­sen­tar» un pa­pel. Son ac­to­res en una mo­nu­men­tal fic­ción cu­yo pro­pó­si­to fi­nal es man­te­ner el sis­te­ma tal y co­mo es­tá. Actrices y ac­to­res, cons­cien­tes o no de su pa­pel, cu­ya fic­ción es re­ves­tir con pa­la­bras y ac­tos sim­bó­li­cos la va­cui­dad del sis­te­ma po­lí­ti­co. Una obra tea­tral sin ar­gu­men­to, con la úni­ca fi­na­li­dad de man­te­ner ac­ti­va la mis­ma re­pre­sen­ta­ción.

La far­sa de la in­de­pen­den­cia ca­ta­la­na ha si­do la cul­mi­na­ción de la fic­ción.

No di­go que la in­de­pen­den­cia no sea un fin le­gí­ti­mo. Me re­fie­ro a que he­mos asis­ti­do a una far­sa im­pro­vi­sa­da en la que la ma­yo­ría de los ac­tuan­tes ni si­quie­ra cree y que se ha con­ver­ti­do en el eje cen­tral de to­da nues­tra vi­da so­cial y po­lí­ti­ca en los úl­ti­mos me­ses.

Qué po­de­mos apren­der de to­do es­to. Que la his­to­ria la ha­cen per­so­nas me­dio­cres. Que nues­tra so­cie­dad se­gui­rá sien­do co­rrup­ta. Que los par­ti­dos se­gui­rán an­te­po­nien­do sus in­tere­ses gru­pa­les a los de los ciu­da­da­nos y que no du­da­rán en uti­li­zar­los y ma­ni­pu­lar­los por to­dos los me­dios. Que lo im­por­tan­te no es el con­te­ni­do, sino man­te­ner en fun­cio­na­mien­to la ma­qui­na­ria po­lí­ti­ca.

Pero, al me­nos, una de las co­sas que he­mos apren­di­do es que exis­ten gru­pos ca­pa­ces de tras­to­car los ci­mien­tos de la es­truc­tu­ra po­lí­ti­ca apo­sen­ta­da en el po­der. Grupos or­ga­ni­za­dos des­de asam­bleas par­ti­ci­pa­ti­vas ciu­da­da­nas ca­pa­ces de lle­var sus pro­pues­tas has­ta los ór­ga­nos de po­der y ha­cer que es­tos las acep­ten. Grupos sin lí­de­res me­siá­ni­cos, sin un po­der cen­tra­li­za­do y eje­cu­ti­vo, con re­pre­sen­tan­tes in­ter­cam­bia­bles y con un dis­cur­so di­rec­to y elo­cuen­te.

La po­lí­ti­ca mun­dial ne­ce­si­ta más CUP’s.

Dicho es­to quie­ro de­jar cla­ra mi pos­tu­ra: Ni dios, ni pa­tria, ni rey.

El dolor narrativo

A prin­ci­pios de año, por cues­tio­nes que no vie­nen al ca­so, des­apa­re­ció de las pla­ta­for­mas di­gi­ta­les mi no­ve­la Un acon­te­ci­mien­to ex­ce­si­vo. A pe­sar de eso si­guió du­ran­te me­ses en la pá­gi­na de re­co­men­da­cio­nes de Enrique Vila-Matas, al que siem­pre es­ta­ré agra­de­ci­do.

Mi com­pa­ñe­ro Dionisio Porta y yo lle­va­mos to­do 2017 in­ten­tan­do que al­gu­na edi­to­rial nos de una res­pues­ta so­bre la no­ve­la que he­mos es­cri­to a me­dias, Solipsismo, y que in­ten­ta­mos pu­bli­car sin éxi­to has­ta el mo­men­to.

Mientras pa­so el tiem­po es­pe­ran­do, veo mes tras mes en las me­sas de no­ve­da­des edi­to­ria­les li­bros inanes, con­ven­cio­na­les y sin al­ma, su­pe­di­ta­dos a las que­ren­cias del «mer­ca­do».

Sigo es­cri­bien­do y le­yen­do.

Descubro a Joy Williams. Descubro a Tom McCarthy. Me de­jo sor­pren­der por la pers­pi­ca­cia de José Luis Amores al fren­te de la Editorial Pálido Fuego, edi­tan­do y tra­du­cien­do jo­yas que ese «mer­ca­do» al que me re­fe­ría pa­sa por al­to o des­pre­cia di­rec­ta­men­te.

La re­fle­xión so­bre el ar­te­fac­to na­rra­ti­vo del año, de­jan­do apar­te mis no­tas pla­ñi­de­ras (no en vano mi blog es El Lamento), es la si­guien­te:
Buscad en cual­quier su­ple­men­to cul­tu­ral la lis­ta de los me­jo­res li­bros de 2017. Miradla. Llorad.

(Vale. Hay al­gu­nas ex­cep­cio­nes)

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Café

Getting Over It with Bennet Foddy, Bennet Foddy

En QWOP Bennet Foddy hi­zo que una de las me­cá­ni­cas más vie­jas y bá­si­cas de la his­to­ria de los vi­deo­jue­gos, ca­mi­nar, fue­se una ha­za­ña que po­cos rea­li­za­ron con éxi­to. QWOP con­si­guió in­crus­tar­se en el ima­gi­na­rio co­lec­ti­vo de los ju­ga­do­res por crear el hu­mor usan­do co­mo he­rra­mien­ta la frus­tra­ción. Sólo se le pe­día ca­mi­nar usan­do cua­tro bo­to­nes del te­cla­do y ni si­quie­ra era ca­paz de con­se­guir eso. En Getting Over It with Bennet Foddy, vuel­ve a ha­blar so­bre la frus­tra­ción. Pero es­ta vez no usa ni una so­la te­cla, só­lo el mo­vi­mien­to del ra­tón. Esta vez Bennet Foddy ha­bla so­bre mu­cho más. A tra­vés de un re­ma­ke de Sexy Hiking, nos in­tro­du­ce un dis­cur­so so­bre la di­fi­cul­tad en los vi­deo­jue­gos y la frus­tra­ción, so­bre las mues­tras de apo­yo que ha­cen más da­ño que ayu­dan, so­bre vol­ver a em­pe­zar. La can­ti­dad de lec­tu­ras que se le pue­den ex­traer a Getting Over It with Bennet Foddy es ca­si in­fi­ni­ta. Desde el me­ro en­tre­te­ni­mien­to sa­do­ma­so­quis­ta has­ta el me­jor jue­go que se ha he­cho so­bre la de­pre­sión. Todo es­to só­lo mo­vien­to el ra­tón.

Lawbreaker, Boss Key Productions

Lawbreakers es la lá­pi­da de los are­na shoo­ters. Un sub­gé­ne­ro que mu­chos creían que po­día re­na­cer en cual­quier mo­men­to, pe­ro que ya de­ma­sia­dos jue­gos nos han di­cho que aun­que sal­ga de su tum­ba, su pú­bli­co ha se­gui­do ade­lan­te y no va a es­tar ahí pa­ra llo­rar­lo. Boss Key ha con­se­gui­do ha­cer que unos po­cos nos ima­gi­ne­mos có­mo se­ría el gé­ne­ro si Quake y Unreal no se hu­bie­ran con­for­ma­do con la nos­tal­gia más no­ci­va. Un te­cho de ha­bi­li­dad que só­lo pue­de le­van­tar­lo un ba­rro­quis­mo de me­cá­ni­cas que ha­ce que nun­ca de­jes de apren­der y to­do mo­vi­mien­to sea me­jo­ra­ble. Cada sal­to po­dría ser me­jor, la ges­tión de re­cur­sos to­da­vía no es óp­ti­ma. Encima de es­ta ca­pa de di­fi­cul­tad en­dia­bla­da, po­ne otra cuan­do en­tras en gra­ve­dad ce­ro y el mo­vi­mien­to cam­bia, de­bes se­guir apren­dien­do. De re­pen­te la mu­ni­ción es un re­cur­so de mo­vi­mien­to, no só­lo ofen­si­vo. Y otra vez a apren­der, a me­jo­rar.

Abstract: The Art of Design, Scott Dadich

He leí­do en va­rias crí­ti­cas que Abstract no con­si­gue al­can­zar la ex­ce­len­cia por­que es una se­rie que no ha­bla el len­gua­je del es­pec­ta­dor. Sus pro­ta­go­nis­tas tie­nen una vi­sión muy per­so­nal de es­pe­cia­li­da­des que a ve­ces a la ma­yo­ría le pue­den re­sul­tar in­di­fe­ren­tes. Pero es pre­ci­sa­men­te eso lo que ha­ce que sea una de las se­ries que to­do el mun­do de­be­ría ver. Es una ce­le­bra­ción del ar­te en su sen­ti­do más am­plio. Quiere mos­trar que hay o pue­de ha­ber be­lle­za en to­dos los as­pec­tos de la vi­da. Pone al mis­mo ni­vel la ilus­tra­ción, el di­se­ño de co­ches, el di­se­ño de za­pa­ti­llas de­por­ti­vas y la fo­to­gra­fía. Nos di­ce que se pue­de mar­car la di­fe­ren­cia en cual­quier es­pe­cia­li­dad. En una épo­ca en la que es­tán cam­bian­do tan­tos pa­ra­dig­mas, era ne­ce­sa­ria una se­rie que nos ins­pi­ra­ra, que no pu­sie­ra ca­te­go­rías en el ar­te, que nos di­je­ra que si al­go nos apa­sio­na, le de­di­cá­ra­mos to­da nues­tra al­ma.

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Elizabeth Casillas

Nuevas estructuras, de Begoña García-Alén

Algo es­tá cam­bian­do en las es­truc­tu­ras na­rra­ti­vas con­tem­po­rá­neas y Begoña García-Alén es uno de los me­jo­res ejem­plos pa­ra en­ten­der es­ta nue­va co­rrien­te que rom­pe con la na­rra­ti­va clá­si­ca y prio­ri­za la es­té­ti­ca. Nuevas es­truc­tu­ras, edi­ta­do por Apa-Apa, no es otra co­sa que un re­la­to so­bre la am­plia­ción de una ca­sa ru­ral, pe­ro en el que no ve­mos ac­cio­nes, so­lo ob­je­tos y un na­rra­dor que nos guía. Un có­mic pos­na­rra­ti­vo que fun­cio­na co­mo un ejer­ci­cio de abs­trac­ción, ais­lan­do los ele­men­tos es­té­ti­cos que nos ro­dean, y que anu­la la es­truc­tu­ra clá­si­ca de plan­tea­mien­to, con­fron­ta­ción y re­so­lu­ción. La obra de García-Alén es un ac­to de irre­ve­ren­cia fren­te al có­mic tra­di­cio­nal ne­ce­sa­rio pa­ra evo­lu­cio­nar. Nuevas es­truc­tu­ras avan­za, pre­ci­sa­men­te, por ca­mi­nos tan­to for­ma­les co­mo con­cep­tua­les po­co ex­plo­ra­dos que, co­mo de­cía Ana Galvañ, ter­mi­na­rán por in­cor­po­rar­se al có­mic co­mer­cial. Y eso, per­mí­tan­me, es una gran no­ti­cia.

Mejor la ausencia, de Edurne Portela

La idea de crear un nue­vo gé­ne­ro li­te­ra­rio lla­ma­do «anti-patria» y qui­zás in­cluir la co­le­ti­lla «de Aramburu» es al­go que me ha es­ta­do ob­se­sio­nan­do es­tos úl­ti­mos me­ses. Lo hi­zo al leer La lí­nea del fren­te (Salto de pá­gi­na) de Aixa de la Cruz, pe­ro prin­ci­pal­men­te con Mejor la au­sen­cia (Galaxia Gutenberg) de Edurne Portela, ese li­bro que bri­lla, so­bre to­do, por ser un mag­ní­fi­co ejer­ci­cio de es­ti­lo gra­cias a la voz de su pro­ta­go­nis­ta, Amaia, que cre­ce a lo lar­go de ca­si tres dé­ca­das. Portela ha des­cri­to una so­cie­dad —la vas­ca— des­de el pris­ma más llano: el de la vi­da de ba­rrio, el del pue­blo obre­ro cas­ti­ga­do por la vio­len­cia y las dro­gas en los 80, el de la so­cie­dad que, trein­ta años des­pués, ha la­va­do las he­ri­das y sim­ple­men­te quie­re avan­zar (y pue­de que ol­vi­dar). Es la mar­gen iz­quier­da del Nervión, la de las can­cio­nes de Eskorbuto, la he­roí­na, las pe­lo­tas de go­ma y las huel­ga ge­ne­ra­les. Pero tam­bién es la voz de una ni­ña que cre­ce en una so­cie­dad aco­rra­la­da por la vio­len­cia y que, cuan­do cre­ce, co­mien­za a en­ten­der su pa­sa­do y por qué, pa­ra al­gu­nos, aún due­len las he­ri­das.

SMILF, de Frankie Shaw

Creada, pro­du­ci­da, di­ri­gi­da y pro­ta­go­ni­za­da por Frankie Shaw, SMILF ha lle­ga­do a fi­nal de año pa­ra con­ver­tir­se en una de las se­ries más re­le­van­tes de 2017. Inspirada en su pro­pia vi­da, Shaw in­ter­pre­ta a Bridgette, una vein­tea­ñe­ra de Boston cu­yas in­quie­tu­des vi­ta­les, des­de su ca­rre­ra pro­fe­sio­nal has­ta en­con­trar una re­la­ción es­ta­ble (o no), cho­can con la reali­dad de ser una ma­dre sol­te­ra. La se­rie de Shaw es­tá lle­na de reivin­di­ca­cio­nes fe­mi­nis­tas, co­mo la con­ci­lia­ción fa­mi­liar, y tam­bién de de­nun­cias que van des­de evi­den­ciar el aco­so o el cues­tio­na­mien­to pro­fe­sio­nal al que son so­me­ti­das las mu­je­res has­ta la ac­ti­tud de los cre­yen­tes an­ti­va­cu­nas. Pero lo más im­por­tan­te es que lo ha­ce to­do con un hu­mor des­ca­ra­do y áci­do em­po­de­ran­te. Mención apar­te ne­ce­si­ta Rosie O’Donnell que es­tá irre­co­no­ci­ble en el pa­pel de Tutu, la ma­dre de Bridgette. Por cier­to, a di­fe­ren­cia de otras se­ries, aquí si se ven las di­fe­ren­cias en­tre cla­ses so­cia­les, pa­gar el al­qui­ler no se so­lu­cio­na con una lla­ma­da a los pa­dres de na­die y no, no to­dos los pro­ta­go­nis­tas son blan­cos.

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Anabel Colazo

Zelda Breath of the Wild

Un buen día de mar­zo, por un or­den de ca­sua­li­da­des, la pan­ta­lla del te­le­vi­sor me mos­tró Hyrule. Yo co­gí el man­do y ca­mi­né. Y ca­mi­né mu­cho. No ha­bía na­da na­da en mi ca­mino: de vez en cuan­do un pá­ja­ro sa­lía vo­lan­do por­que lo asus­ta­ba. Una ca­bra se aso­ma­ba a lo le­jos. Escalé pa­re­des. Y se­guí ca­mi­nan­do. Descubrí que ha­bía un sen­de­ro a lo le­jos. Pero con­ti­nué con mi ton­ta ex­cur­sión so­lo por­que po­día ha­cer­lo. Porque que­ría ver que ha­bía de­trás de aque­lla mon­ta­ña y se­guir es­cu­chan­do esa mú­si­ca. No ne­ce­si­tas cua­dros de diá­lo­go que te re­cuer­den to­do el ra­to tu ab­sur­da ex­pe­rien­cia. Quiere que se sien­ta real: te da es­pa­cio. Te da un mon­tón de es­pa­cio. Y, re­par­ti­do en to­do es­te es­pa­cio, las pe­que­ñas fic­cio­nes. Lo que com­pren­de la gran ma­yo­ría de la ex­pe­rien­cia: la vez que le hi­cis­te una fo­to a un guar­dián an­tes de acer­car­te, des­per­tar­lo y ser des­trui­do. La vez que con­se­guis­te mon­tar en el ca­ba­llo que más te gus­ta­ba des­pués de ha­ber­lo es­pan­ta­do va­rias ve­ces, ha­cer­te una fo­to con él y com­par­tir­la. Ese re­cuer­do que bus­cas­te du­ran­te tan­to tiem­po por­que no ha­bía ma­ne­ra de dar con el lu­gar exac­to. Historias in­nu­me­ra­bles y ca­si irre­pe­ti­bles, el jue­go es dis­tin­to ca­da vez y pa­ra to­do el mun­do. Narrativas in­fi­ni­tas, y en­tre to­das ellas una his­to­ria que se­guir: eres un hé­roe fra­ca­sa­do, ha­brá que arre­glar eso. Perderte en los san­tua­rios. Recuperar tus re­cuer­dos, co­no­cer a Zelda. Preguntarte por­que es Link el hé­roe a quien ma­ne­jo, y no ella. Y, de to­das ma­ne­ras, ¿real­men­te quie­re Link ser ese ele­gi­do? Decidir si acep­tar ser un hé­roe o no. Esta es la pri­me­ra en­tre­ga de la sa­ga The Legend of Zelda que he ju­ga­do, así que to­do es­ta­ba va­cío des­de el co­mien­zo. Ha si­do ma­ra­vi­llo­so po­der re­lle­nar­lo.

En este Rincón del Mundo

Encontrar un man­ga de Fumiyo Kouno en una li­bre­ría de có­mic per­di­do en­tre la abru­ma­do­ra ofer­ta de man­ga que por for­tu­na nos en­con­tra­mos hoy día pa­re­ce ca­si un mi­la­gro: su di­bu­jo es de­li­ca­do, me­di­do y per­so­nal; y la ma­ne­ra en la que cuen­ta las co­sas es do­lo­ro­sa­men­te en­tra­ña­ble. Así me sen­tí cuan­do des­cu­brí La ciu­dad al atar­de­cer. El país de los ce­re­zos (Glénat). El pa­sa­do mes de ju­nio tu­ve la suer­te de es­tar cer­ca de uno de los po­cos ci­nes que aco­gió el es­treno de la pe­lí­cu­la que adap­ta­ba su man­ga En es­te rin­cón del mun­do y fui a ver­la, es­pe­ran­do ver una ver­sión mu­cho más co­mer­cial de sus his­to­rias. Estaba equi­vo­ca­da: la pe­lí­cu­la co­mo pro­duc­to cul­tu­ral es bru­tal en mu­chos sen­ti­dos, pe­ro es que ade­más co­mo adap­ta­ción es una ver­da­de­ra car­ta de amor al man­ga ori­gi­nal (que leí pos­te­rior­men­te). La ban­da so­no­ra te en­mar­ca en un pro­fun­do sen­ti­mien­to de me­lan­co­lía des­de el pri­mer mi­nu­to. La ani­ma­ción es­ta a un ni­vel muy al­to y des­ta­ca en va­rios mo­men­tos. Es más, pien­so que es lo me­jor que se ha he­cho en pe­lí­cu­las de ani­ma­ción en mu­cho tiem­po, usan­do unos có­di­gos muy ac­ce­si­bles a la par que per­so­na­les y úni­cos. La his­to­ria que cuen­ta es tris­te, de­sola­do­ra y op­ti­mis­ta. La II Guerra Mundial es un he­cho his­tó­ri­co que nos ha traí­do des­de Japón mu­chí­si­mas obras, los bom­bar­deos in­ce­san­tes y las con­se­cuen­cias de las dos bom­bas nu­clea­res han si­do des­cri­tos en múl­ti­ples oca­sio­nes. Fumiyo Kouno no es una víc­ti­ma di­rec­ta de to­do aque­llo, pe­ro de­ci­de ha­blar de ello por­que sien­te esa res­pon­sa­bi­li­dad «de pen­sar en la paz, y trans­mi­tir esos pen­sa­mien­tos, ca­da uno en su tie­rra, en la len­gua de la épo­ca que le ha to­ca­do vi­vir«. No pue­do evi­tar pen­sar en co­mo Keiji Nakazawa, au­tor de Pies Descalzos y un su­per­vi­vien­te de Hiroshima, de­ci­de co­men­zar a di­bu­jar so­bre la bom­ba ató­mi­ca co­mo for­ma de ven­gar a su ma­dre. Con mo­ti­va­cio­nes dis­tin­tas, am­bos lle­gan a un ob­je­ti­vo en co­mún: la con­ser­va­ción de la me­mo­ria his­tó­ri­ca y la im­por­tan­cia de re­cor­dar lo que ocu­rrió en el pa­sa­do pa­ra te­ner un fu­tu­ro me­jor. Lo pa­sa­do, pa­sa­do es­tá, pe­ro no ca­be ol­vi­dar. Nunca ca­be ol­vi­dar.

Halt and Catch Fire (2014−2017)

En oc­tu­bre ter­mi­nó lo que bien po­dría ser la úni­ca se­rie de te­le­vi­sión que he se­gui­do en mi cor­ta exis­ten­cia. Le te­nía un ca­ri­ño es­pe­cial des­de el co­mien­zo: era ese lu­gar al que ca­si na­die iba y que a mi me en­can­ta­ba. A día de hoy si­go sin en­ten­der có­mo de­mo­nios po­déis ver tan­tas se­ries (en se­rio) pe­ro ca­si no en­cuen­tro gen­te que ha­ya lle­ga­do a es­ta. La cues­tión es que nun­ca con­si­go con­ven­cer a al­guien pa­ra que la vea: ca­si na­die en­tien­de el nom­bre cuan­do la men­ciono. Me en­tris­te­ce por­que de ver­dad pien­so que os es­táis per­dien­do al­go que os mo­la­ría: cuen­ta desa­rro­llo y la evo­lu­ción de los or­de­na­do­res, Internet y los vi­deo­jue­gos a lo lar­go de los 80 y 90. Tiene re­fe­ren­cias y gui­ños su­ti­les y ma­ra­vi­llo­sos, en ge­ne­ral to­dos los ca­pí­tu­los fun­cio­nan bien a pe­sar de la ba­jo­na que su­po­ne la se­gun­da tem­po­ra­da (4 tem­po­ra­das de 10 ca­pí­tu­los) y me fas­ci­na el fil­tro ver­do­so que pre­sen­ta la se­rie en­te­ra. Me pre­gun­to si los que vi­vis­teis esa épo­ca lo re­cor­dáis to­do así. Pero lo bo­ni­to de es­ta se­rie es que no te quie­re con­tar esa his­to­ria que se te pre­sen­ta des­de el prin­ci­pio ca­si ac­ci­den­tal­men­te: pre­fie­re ha­blar­te de Joe, Cameron, Donna y Gordon. Su in­creí­ble ta­len­to, sus pro­ble­mas co­mo per­so­nas. Aman y odian, lu­chan y fra­ca­san. Ellos ha­cen or­de­na­do­res, vi­deo­jue­gos, pro­gra­man y cons­tru­yen el fu­tu­ro, cam­bian con las co­sas que ha­cen por­que son crea­do­res, cam­bian el mun­do y el mun­do cam­bia con ellos. Se equi­vo­can, y de al­gún mo­do siem­pre con­ti­núan crean­do. Y mien­tras tan­to, te ha­blan de Adventure, de Super Mario y de Doom, te fas­ci­nas con el hard­wa­re más apa­ra­to­so que pue­da ima­gi­nar y pre­sen­cias el na­ci­mien­to de Internet.

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Xabier Cortés

Optimist, de GOLD

Utilizar la mú­si­ca —o el he­cho ar­tís­ti­co de la mú­si­ca— co­mo vehícu­lo pa­ra cons­truir un re­la­to a tra­vés de di­fe­ren­tes ex­pe­rien­cias vi­ta­les de­be­ría ser la ho­ja de ru­ta a se­guir pa­ra cual­quier artista/banda/grupo/fanfarria que quie­ra de­no­mi­nar­se co­mo tal. GOLD, des­de Holanda, te­jen en Optimist un re­la­to de su­per­vi­ven­cia lu­mi­no­so en el que par­tien­do de las ba­ses pro­pias del rock —en el sen­ti­do más am­plio del gé­ne­ro, por su­pues­to— no du­dan en in­cor­po­rar ele­men­tos de la no-wave en for­ma de rit­mos hie­rá­ti­cos, al­go de noi­se rock en el tra­ta­mien­to de las gui­ta­rras e in­clu­so post-punk por ese ca­riz melancólico-pero-no-deprimente de la ma­ra­vi­llo­sa voz de Milena Eva. También po­de­mos ol­vi­dar­nos de to­do lo an­te­rior y de­cir que las can­cio­nes de es­te Optimist tie­nen un ob­je­ti­vo cla­ro: la lí­nea de flo­ta­ción de nues­tra opu­len­ta, aco­mo­da­da y ale­tar­ga­da ci­vi­li­za­ción oc­ci­den­tal. Y si al­go sa­ben ha­cer —y así lo han de­mos­tra­do, so­bre to­do en su an­te­rior ál­bum, No Image— GOLD es no so­la­men­te apun­tar, sino tam­bién acer­tar con pre­ci­sión qui­rúr­gi­ca en ese pun­to sen­si­ble que to­do lo sos­tie­ne. Porque can­cio­nes co­mo Summer Thunder —con la que abren su ma­ra­vi­llo­so di­rec­to— con ese in cres­cen­do su­bli­me o White Noise con esa ca­den­cia mo­nó­to­na y pe­sa­da nos in­vi­tan a no con­ver­tir­nos en una ma­sa de car­ne lle­na de ci­nis­mo que pa­se sus ho­ras so­bre­vo­lan­do al res­to de sus se­me­jan­tes juz­gan­do y se­ña­lan­do sin lu­gar a la em­pa­tía ni la so­li­da­ri­dad. Y por­que GOLD es lo más ma­ra­vi­llo­so que le ha pa­sa­do a la mú­si­ca en los úl­ti­mos años.

Created In The Image Of Suffering, de King Woman

El de­but —tras un EP y un par de sin­gles— de King Woman se ha con­ver­ti­do por de­re­cho pro­pio en uno de los lan­za­mien­tos mu­si­ca­les más re­le­van­tes de es­te 2017 ago­ni­zan­te. Un ál­bum en el que Kristina Esfandiari exor­ci­za de­mo­nios y se li­be­ra de yu­gos fa­mi­lia­res y re­li­gio­sos. Porque Created In The Image Of Suffering es un dis­co so­bre la su­per­vi­ven­cia y un vehícu­lo con el ajus­tar cuen­tas con la opre­sión re­li­gio­sa su­fri­da en su en­torno fa­mi­liar —con tru­cu­len­tas his­to­rias de exor­cis­mos in­clui­dos — . Canciones que se lle­nan de ra­bia e ira ha­cia un pa­sa­do y una in­fan­cia ro­ba­da por el fun­da­men­ta­lis­mo, pe­ro que tam­bién so­mos ca­pa­ces de per­ci­bir co­mo pa­la­bras de ali­vio: una re­den­ción y un pur­ga. Todo es­te dis­cur­so se ro­dea de una for­ma a ca­ba­llo en­tre el doom ca­ver­no­so que se apo­ya en dro­nes bru­mo­sos y que nos sor­pren­de con gi­ros pro­pios de un shoe­ga­ze me­tá­li­co y ás­pe­ro. Si un dis­co que fun­cio­na co­mo ma­ni­fies­to con­tra la opre­sión —re­li­gio­sa o de cual­quier otro ti­po— se nos pre­sen­ta en­vuel­ta en la dul­ce ago­nía gloomy que lo ha­ce es­te Created In The Image Of Suffering no po­de­mos ha­cer otra co­sa que in­cluir­lo en el re­su­men de los ar­te­fac­tos cul­tu­ra­les más im­por­tan­tes de 2017.

Hiss Spun, de Chelsea Wolfe

Todo nue­vo lan­za­mien­to de Chelsea Wolfe de­be­ría ce­le­brar­se con jol­go­rio, ale­gría y al­fom­bras ne­gras. Hiss Spun ha vis­to a una Chelsea Wolfe más cru­da y dis­tan­te, pe­ro igual de enig­má­ti­ca. Un ál­bum que ex­plo­ra so­ni­dos más me­tá­li­cos que en sus an­te­rio­res en­tre­gas y que se adap­tan de ma­ne­ra ma­gis­tral al tor­be­llino in­dus­trial y a la lan­gui­dez slud­ge que ha ve­ni­do desa­rro­llan­do. Una evo­lu­ción que ha ido des­de ese de­li­ca­do, so­brio y enig­má­ti­co goth folk has­ta es­te slud­ge bru­mo­so pa­san­do por el abra­si­vo in­dus­trial doom de su an­te­rior tra­ba­jo. El ver­da­de­ro se­cre­to de Hiss Spun, y una de las ra­zo­nes por la que ha re­sul­ta­do ser uno de los ar­te­fac­tos cul­tu­ra­les más im­por­tan­tes de es­te año, es su ca­pa­ci­dad pa­ra en­vol­ver el so­ni­do su­cio y dis­tor­sio­na­do del slud­ge de una dul­zu­ra ca­si sen­sual mien­tras las le­tras ex­plo­ran las bar­ba­ri­da­des de la gue­rra, la des­truc­ción de la na­tu­ra­le­za o esas pe­que­ñas tra­ge­dias ín­ti­mas que a to­dos nos co­men por den­tro. Hiss Spun se pre­sen­ta an­te no­so­tros co­mo la­men­to me­lan­có­li­co y co­mo gol­pe cer­te­ro en la ce­pa de la nu­ca: agre­si­vo, ver­ti­gi­no­so, pe­ro de­li­ca­do y eté­reo. Lo me­jor de lo dos mun­dos uni­dos ba­jo la ba­tu­ta de Chelsea. No creo que ha­ya que aña­dir más.

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Jaime Delgado

The Legend of Zelda: Breath of the Wild, de Nintendo

Ya que hay que em­pe­zar por al­gún si­tio, lo su­yo se­ría ha­cer­lo por el pro­duc­to con­cre­to al que más ho­ras he de­di­ca­do es­te año, pe­ro Overwatch sa­lió en 2016. El mun­do de Breath of the Wild, sin em­bar­go, es el que más me ha sor­pren­di­do y me­jor me ha aco­gi­do con un sen­se of won­der que se des­cu­bre ba­jo ca­da ro­ca y tras ca­da co­li­na, en una ex­pe­rien­cia pu­ra­men­te sen­si­ti­va; y a la vez en el que más tiem­po he pa­sa­do aún cuan­do no es­ta­ba en él, pen­san­do en su es­tu­dia­do di­se­ño (y ca­yen­do de nue­vo en lo abru­ma­dor tras con­si­de­rar el es­fuer­zo ti­tá­ni­co), en la im­ple­men­ta­ción de me­cá­ni­cas di­rec­ta­men­te re­la­cio­na­das con la ex­plo­ra­ción del te­rreno y, en ge­ne­ral, tra­tan­do de in­te­lec­tua­li­zar to­dos los ras­gos que se ha­bían re­ve­la­do en la an­te­rior se­sión de jue­go (po­ten­cian­do lo sensorial-inconsciente de la que se­ría la si­guien­te). Hay mu­chos te­mas que se po­drían tra­tar en pro­fun­di­dad en ba­se a la sa­li­da de Breath of the Wild (la lí­nea de rein­ven­ción de Nintendo prác­ti­ca­men­te par­tien­do de ce­ro, que se con­fir­ma con Mario Odyssey; las in­fluen­cias de jue­gos co­mo Red Dead Redemption o Skyrim; las po­si­bi­li­da­des de un fu­tu­ro que apro­ve­che los acier­tos de es­te tras­la­da­dos a una na­rra­ti­va más tan­gi­ble), pe­ro qui­zá el as­pec­to que más me ha ob­se­sio­na­do es la re­vo­lu­ción que su­po­ne el nue­vo pa­ra­dig­ma de sand­box que pro­po­ne: un mun­do que no es sim­ple­men­te de­co­ra­do (y que otros tí­tu­los im­ple­men­tan de for­ma más o me­nos or­gá­ni­ca, sien­do más o me­nos di­ver­ti­do no ha­cer na­da es­pe­cí­fi­co en él, pe­ro siem­pre co­mo con­te­ne­dor de mi­sio­nes, ba­ses que con­quis­tar, bes­tias que ca­zar…), sino que es el con­te­ni­do en sí mis­mo. En Breath of the Wild to­do es op­cio­nal. No hay tiem­pos muer­tos no dis­fru­ta­bles por­que ca­da mi­nu­to en Hyrule es un tiem­po muer­to. El te­rreno (aquel la­go, aque­llas rui­nas, aquel bos­que) es la re­com­pen­sa, y so­lo avan­za­mos, des­cu­bri­mos, pa­ra se­guir avan­zan­do y des­cu­brien­do.

Temporada ATP 2017

Michael Jordan, una de las ma­yo­res le­yen­das del de­por­te, se re­ti­ró en 1993 dis­cul­pán­do­se en una pér­di­da de pla­cer por el ba­lon­ces­to. Volvió en 1995, anun­cian­do su se­gun­da re­ti­ra­da en 1998, tras ano­tar la ca­nas­ta de­fi­ni­ti­va que le da­ría a los Bulls la vic­to­ria y el cam­peo­na­to por ter­ce­ra tem­po­ra­da con­se­cu­ti­va. No hay de­rro­ta, no hay de­bi­li­dad, una ca­nas­ta pa­ra el re­cuer­do per­pe­tuo. Campeón pa­ra la eter­ni­dad. Solo que en 2001 no pu­do re­sis­tir­se a vol­ver una vez más pa­ra de­rri­bar to­da esa épi­ca que se ha­bía cons­trui­do. Se en­ve­ne­nó con su pro­pio re­cuer­do de glo­ria. En el mun­do del bó­xeo hay mu­chos otros ca­sos bien pa­re­ci­dos. Es muy com­pli­ca­do ver a un de­por­tis­ta de éli­te ma­du­rar: pue­den te­ner pi­cos de éxi­to, au­ge y caí­da, pe­ro to­dos ellos ter­mi­nan en de­ca­den­cia (y to­dos ellos tra­tan de re­ti­rar­se an­tes de que se no­te de­ma­sia­do). Roger Federer co­men­zó su lar­go agos­to en 2010 (co­mo de­no­mi­nó Brian Phillips a la fa­se en la que no se pa­sa de ser rá­pi­do a len­to, de ha­bi­li­do­so a fa­llón, sino que to­da­vía se es rá­pi­do, to­da­vía se es bueno, el me­jor, pe­ro ya so­lo se es­pe­ra la pues­ta de sol), lle­gan­do al fin el in­vierno el año pa­sa­do (en una pro­lon­ga­ción tem­po­ral que ya es de por sí ex­cep­cio­nal), cuan­do se so­me­tió a la pri­me­ra ope­ra­ción qui­rúr­gi­ca de su ca­rre­ra, aban­do­nan­do fi­nal­men­te tras la pri­me­ra mi­tad de su peor tem­po­ra­da en 15 años. Ya con 35 años, anun­cian­do que en 2017 vol­ve­ría a la com­pe­ti­ción, uno po­día es­pe­rar una re­cu­pe­ra­ción len­ta que con­du­je­ra al re­ti­ro más ha­bi­tual en el te­nis, la ba­ja­da gra­dual en el top de ju­ga­do­res has­ta des­apa­re­cer, pe­ro lo que nos he­mos en­con­tra­do es a un de­por­tis­ta que ha ma­du­ra­do, que ha asu­mi­do su fa­se de de­cai­mien­to, ha acep­ta­do que nun­ca más po­drá ser jo­ven, que su yo pa­sa­do ha muer­to, y al en­te­rrar­le ha po­di­do rein­ven­tar­se en las cua­li­da­des de su te­nis adul­to an­tes de re­ti­rar­se (aque­llas de las que nor­mal­men­te quie­nes se apro­ve­chan son las si­guien­tes ge­ne­ra­cio­nes). No so­lo ha flo­re­ci­do pa­ra do­mi­nar el año, sino que si­gue crean­do una na­rra­ti­va per­fec­ta pa­ra su ca­rre­ra pre­ci­sa­men­te por no pen­sar en la pos­te­ri­dad, por con­ju­gar­se au­ten­ti­ci­dad en la pa­sión por lo que ha­ce, por ser un ar­te­sano pu­ro cu­ya ma­yor sa­tis­fac­ción se da en el pro­ce­so crea­ti­vo, y no en el re­sul­ta­do fi­nal.

(El re­fe­rir­me en el en­ca­be­za­do a la tem­po­ra­da com­ple­ta se de­be a que Nadal tam­po­co ha an­da­do cor­to de épi­ca —y ha con­tri­bui­do en au­men­tar la de Federer— y a que es el pri­mer año des­de que si­go el de­por­te en el que veo a la nue­va ge­ne­ra­ción de ju­ga­do­res, con 18 – 21 años —y no en una se­gun­da edad ya tar­día pa­ra con­ver­tir­se en el fu­tu­ro del te­nis — , ex­plo­tar real­men­te.)

Comprensión, empatía, compasión

Casi co­mo na­ci­da de la os­cu­ri­dad más re­cien­te, una os­cu­ri­dad po­lí­ti­ca y so­cial que no por re­cu­rren­te re­sul­ta me­nos ame­na­zan­te, una ten­den­cia cul­tu­ral que co­men­zó a di­bu­jar­se el año pa­sa­do se ha es­ta­ble­ci­do por com­ple­to en es­te 2017 y tie­ne su má­xi­mo re­pre­sen­tan­te en Everything. El jue­go de David O’Reilly nos per­mi­te ocu­par la for­ma po­li­go­nal de cual­quier en­ti­dad de su uni­ver­so (ya sea una par­tí­cu­la, un in­sec­to, un bao­bab, un con­jun­to mon­ta­ño­so, una ga­la­xia o cual­quier otra de su ex­ten­so ca­tá­lo­go), pe­ro no por­que ca­da una de es­tas en­ti­da­des ten­ga una ha­bi­li­dad es­pe­cial, sino por­que so­lo a tra­vés de la acu­mu­la­ción de «cam­bios de cuer­po» nos da­re­mos cuen­ta la úni­ca di­fe­ren­cia en­tre to­das ellas se da en la per­cep­ción del mun­do a tra­vés de sí mis­mas y de la re­la­ción con el res­to. Una vez com­pren­di­do es­to, ade­más de ser bas­tan­te com­pli­ca­do no echar­se a llo­rar, el te­ma de la em­pa­tía que pre­sen­ta el jue­go tras­cien­de el en­fo­que bá­si­co de «mé­te­te en la piel de es­te cier­vo, o de es­te puen­te, o de es­te car­tón de le­che», pa­ra pa­sar a un plano más uni­ver­sal con múl­ti­ples im­pli­ca­cio­nes. No es ca­sual que jue­gos de ni­cho apa­ren­te­men­te muy re­du­ci­do co­mo Dream Daddy (un si­mu­la­dor de ci­tas en­tre pa­dres) o Butterfly Soup (una vi­sual no­vel so­bre chi­cas asiá­ti­cas gays que prac­ti­can béis­bol y se enamo­ran) ha­yan te­ni­do un gran éxi­to en­tre pú­bli­co de to­do ti­po. O que Hellblade ex­plo­re la sa­lud men­tal en pri­me­ra per­so­na, co­mo ca­si en pri­me­ra per­so­na Estiu 1993 ex­plo­ra la pér­di­da al in­tro­du­cir­se en la ca­be­za de una ni­ña de 6 años. No es ca­sual, tam­po­co, que Mindhunter em­plee un en­fo­que más psi­co­ló­gi­co e in­tros­pec­ti­vo que cual­quier otra se­rie so­bre de­tec­ti­ves y ase­si­nos; o que, pe­se a es­tar en las an­tí­po­das am­bien­ta­les y ado­ra­bles de las ro­cam­bo­les­cas aven­tu­ras de las ni­ñas ma­gas de Little Witch Academia, am­bas se­ries tra­ten so­bre la em­pa­tía a tra­vés de la com­pren­sión de lo que les ha­ce hu­ma­nos en sus di­fe­ren­tes pers­pec­ti­vas, en sus ata­du­ras y sus com­pa­ñías. Las ten­den­cias na­cen de una ne­ce­si­dad, y la ne­ce­si­dad ac­tual es la de en­ten­der al otro pa­ra que la sen­sa­ción de ais­la­mien­to y so­le­dad no se apo­de­re de nues­tra reali­dad (Certain Women). O qui­zá no, qui­zá la di­fe­ren­cia fun­da­men­tal que en­cuen­tro en­tre es­tas obras (y va­rias más de es­te año, de dis­tin­tas ra­mas) res­pec­to a otras del pa­sa­do que se po­drían de­cir pa­re­ci­das no es tal, qui­zá la ver­da­de­ra ne­ce­si­dad sea la pro­pia bús­que­da de esa luz a la que aga­rrar­se. O aún peor, qui­zá sim­ple­men­te que­ría ha­cer tram­pa y agru­par unos cuan­tos nom­bres en el mis­mo pá­rra­fo.

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Ferran Esteve

The Ghost in the Shell (reedición de Planeta Cómic del manga de 1989)

Gracias a la dis­cre­ta adap­ta­ción pro­ta­go­ni­za­da por Scarlett Johansson, Planeta Cómic ha re­edi­ta­do es­te año en un só­lo to­mo de ta­pa du­ra The Ghost in the Shell. Este clá­si­co de Masamune Shirow fue uno de los pri­me­ros man­ga pu­bli­ca­dos en España, gra­cias a la olea­da de có­mic ja­po­nés que si­guió al éxi­to te­le­vi­si­vo de Dragon Ball. El te­beo na­rra las mi­sio­nes de un cuer­po es­pe­cial de po­li­cía en un fu­tu­ro en el que hu­ma­nos y cy­borgs con­vi­ven con nor­ma­li­dad. Una obra maes­tra cy­ber­punk que so­bre­vi­ve al pa­so del tiem­po gra­cias a la vi­gen­cia de al­gu­nas de sus pre­gun­tas, co­mo ¿qué es lo que nos ha­ce hu­ma­nos?, o, ¿po­dre­mos vi­vir eter­na­men­te en la Red?

The Get Down(serie de Netflix, 2016 – 17)

Además de cur­si, re­dun­dan­te y post­mo­der­na en el peor sen­ti­do, The Get Down ha si­do un desas­tre eco­nó­mi­co que, di­cen, ca­si aca­ba con Netflix. Pero si uno es aman­te del hip-hop o de la cul­tu­ra afro­ame­ri­ca­na en ge­ne­ral, es­ta se­rie de Baz Luhrmann —di­rec­tor de Moulin Rouge!— y Stephen Adly Guirgis es dis­fru­ta­ble en mu­chos sen­ti­dos. El re­pa­so —idea­li­za­do— del na­ci­mien­to del hip-hop lle­va al es­pec­ta­dor por el uni­ver­so del gra­fit­ti y las block par­ties de ico­nos co­mo DJ Kool Herc, Grandmaster Flash o Afrika Bambaata. Todo ello con una di­rec­ción ar­tís­ti­ca que re­crea el Bronx de los fi­na­les de los 70, po­nien­do en mo­vi­mien­to un uni­ver­so que só­lo se po­día in­tuir en los li­bros de la fo­tó­gra­fa Martha Cooper.

Bejo — Hipi Hapa Vacilanduki

Este año se ha ha­bla­do mu­cho de trap, tan­to que ha ha­bi­do que ha­cer un es­fuer­zo por di­fe­ren­ciar el grano de la pa­ja. Un ejer­ci­cio que ha si­do sen­ci­llo en el ca­so de Bejo, el ra­pe­ro ca­na­rio que con se­gu­ri­dad su­pe­ra­rá unas cuan­tas mo­das. Con más hu­mor que ego­trip, apos­tan­do más por la di­ver­sión que por la com­pe­ti­ción, Bejo so­bre­pa­sa la bre­cha en­tre vie­jo y nue­vo rap. Por si fue­ra po­co, su es­ti­lo y sus clips, pie­za im­por­tan­te en el nue­vo con­su­mo mu­si­cal, son de­li­ran­tes y úni­cos, con­tri­bu­yen­do a un es­ti­lo psi­co­dé­li­co, más cer­cano a De La Soul que al gangs­ta rap.

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Diego Freire

1)

«I can’t turn off what turns me on».

En Masseduction de St. Vincent.

Un año bre­ve y sin tiem­po cu­yo te­ma prin­ci­pal ha si­do ha­cer las pa­ces con uno mis­mo, bus­car­se y en­con­trar­se pa­ra po­der aco­me­ter to­dos los pe­li­gros que ace­chan. Debemos ser cons­cien­tes de quién y qué so­mos.

2)

Labyrinth me ha acom­pa­ña­do de fon­do has­ta que le pres­té aten­ción y des­de en­ton­ces no he pa­ra­do de ver­lo. Es la es­té­ti­ca, el mo­vi­mien­to, la ca­den­cia, la am­bien­ta­ción y la so­no­ri­dad de mis me­jo­res sue­ños. Todo lo que ne­ce­si­to pa­ra mo­ver­me.

3)

American Dream de LCD Soundsystem.

El peor dis­co de LCD: no tie­ne ver­bo­rrea, ni me­lan­co­lía, ni es bai­la­ble. Murphy pa­re­ce un «old man yells at cloud». Pero oh baby, no pue­do pa­rar. Sigue ha­bien­do al­go de cons­cien­cia, al­go de tris­te­za y de ra­bia. Es lo peor. Voy a es­cu­char­lo.

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Santiago García

My favorite things is monsters · Emil Ferris

Con más de cin­cuen­ta años, Emil Ferris ha pu­bli­ca­do su pri­me­ra no­ve­la grá­fi­ca, y re­sul­ta que es uno de los có­mics esen­cia­les del si­glo XXI. My Favorite Thing Is Monsters per­te­ne­ce a un re­du­ci­do gru­po de tal vez me­dia do­ce­na de obras que no es que sean ex­cel­sas, sino que mar­can una épo­ca, abren un ca­mino, ha­cen que to­dos nos re­plan­tee­mos qué es lo que es­ta­mos ha­cien­do con el có­mic y qué más po­dría­mos ha­cer. El da­to de su edad no lo men­ciono so­lo por aña­dir un ele­men­to bio­grá­fi­co pin­to­res­co, y tam­po­co por in­cluir un so­ba­do “nun­ca es tar­de…”, sino por­que tal vez cer­ti­fi­que que la no­ve­la grá­fi­ca por fin se es­tá acer­can­do a la no­ve­la, en el sen­ti­do de que hay que te­ner una edad -una cier­ta ex­pe­rien­cia vital- pa­ra con­tar de ver­dad. Hasta aho­ra, el có­mic era co­sa de cha­va­les. Sea co­mo sea, My Favorite Thing Is Monsters es ori­gi­nal, di­fe­ren­te y ge­nui­na, es­tá lle­na de ideas, de ter­nu­ra y de li­ber­tad, y no ha ha­bi­do otra co­sa en 2017 que me ha­ya ins­pi­ra­do tan­to per­so­nal­men­te co­mo la obra de la en­can­ta­do­ra Emil Ferris. Después de leer­la, quie­ro ha­cer más co­sas.

LCD Soundsystem en directo

Aborrezco tan­to la nos­tal­gia mu­si­cal que la úl­ti­ma vez que vi en di­rec­to a los Pixies —a quie­nes un día de ha­ce mu­cho ele­gí co­mo «el gru­po de mi vi­da»— fue en 1991, y siem­pre que he te­ni­do opor­tu­ni­dad de re-encontrarme con ellos en sus gi­ras re­cien­tes lo he evi­ta­do, in­clu­so cuan­do ac­tua­ban en mi pro­pia ca­lle. Así que, cuan­do fui a ver a LCD Soundsystem en su gi­ra de reapa­ri­ción, te­nía cier­to te­mor de es­tar ca­yen­do en la tram­pa nos­tál­gi­ca. Pero no. LCD Soundsystem son otra co­sa, y pro­ba­ble­men­te otra co­sa dis­tin­ta de cual­quier otro gru­po de la his­to­ria. Al fin y al ca­bo, su mo­men­to de apo­geo se dio so­lo ha­ce diez años, cuan­do James Murphy se acer­ca­ba ya a los cua­ren­ta, que no es edad pa­ra una es­tre­lla del pop en au­ge. Pero Murphy y yo te­ne­mos prác­ti­ca­men­te la mis­ma edad, así que me re­sul­ta muy fá­cil iden­ti­fi­car­me con sus cri­sis y sus éxi­tos aho­ra mis­mo, mu­cho más que con el mu­seo de ce­ra de los Pixies de mi mo­ce­dad. American Dream es un dis­co ex­tra­or­di­na­rio, y la sa­la don­de lo pre­sen­ta­ban, The Anthem, en el re­cién re­no­va­do dis­tri­to de The Wharf en Washington DC, es­ta­ba de es­treno. Un sa­lón de con­cier­tos di­se­ña­do es­pe­cí­fi­ca­men­te pa­ra ver es­te ti­po de con­cier­tos, pa­ra re­fi­nar y am­pli­fi­car al má­xi­mo la ex­pe­rien­cia. Todas las con­di­cio­nes eran óp­ti­mas y Murphy y sus mu­cha­chos die­ron un con­cier­to apo­teó­si­co, y yo no me lo creía. Quién me iba a de­cir a mí que con es­ta edad me es­pe­ra­ba aga­za­pa­do el me­jor con­cier­to de mi vi­da. O así me so­nó. Rodeado de cha­va­les 15 años más jó­ve­nes que pe­ga­ban bo­tes co­mo lo­cos, le agra­de­cí al se­ñor re­chon­cho y su­do­ro­so del es­ce­na­rio que me en­se­ña­ra una vez más el ca­mino. A ve­ces, uno pue­de sim­ple­men­te se­guir, aun­que no va­ya a nin­gu­na par­te. Libre de la ti­ra­nía del re­la­to, sa­lí de allí bai­lan­do en mi­tad de la no­che.

Manuel Bartual y sus cosas

Lo que pa­só con la his­to­ria de Manuel Bartual en twit­ter es­te ve­rano fue el úl­ti­mo ac­to so­cial es­pon­tá­neo que re­cuer­do que no con­sis­tie­ra en un lin­cha­mien­to co­lec­ti­vo. Nadie sa­be por qué su­ce­dió ni, ca­si, qué fue lo que su­ce­dió, pe­ro sí que su­ce­dió al­go nue­vo. A to­ro pa­sa­do, es fá­cil bus­car ar­gu­men­tos, pe­ro na­da ex­pli­ca por qué en dos días cen­te­na­res de mi­les de per­so­nas de­ci­die­ron se­guir­le el jue­go a un in­di­vi­duo par­ti­cu­lar que se pu­so a mon­tar­se una his­to­ria de hu­mor en tui­ter so­lo por­que es­ta­ba de va­ca­cio­nes. Porque, no lo ol­vi­de­mos, ése es el ac­to real fun­da­cio­nal de to­da es­ta mo­vi­da: Manuel Bartual es­tá de va­ca­cio­nes y, co­mo no pue­de pa­rar­se quie­to un mo­men­to, apro­ve­cha los ra­tos li­bres pa­ra mon­tar­se una pe­que­ña his­to­ria en twit­ter al es­ti­lo de las pe­lí­cu­las de found foo­ta­ge. Y to­do el mun­do se vuel­ve lo­co y le si­gue el jue­go. Fue un ac­to de tal es­pon­ta­nei­dad y li­ber­tad —ajeno al mun­do de las mar­cas, de lo co­mer­cial, del pro­duc­to— que re­sul­tó has­ta con­mo­ve­dor. A mí me gus­ta pen­sar que el in­gre­dien­te se­cre­to fue el amor. En un mo­men­to en que las re­des so­cia­les se han con­ver­ti­do en vías de di­fu­sión y mul­ti­pli­ca­ción del odio, la ra­bia y el en­ca­bro­na­mien­to, Bartual se sa­có de la man­ga una his­to­ria de una inocen­cia y una ter­nu­ra des­ar­man­tes. Sin du­da, era el con­sen­so que ne­ce­si­tá­ba­mos en un mo­men­to de cu­chi­lla­das sal­va­jes. Bartual tam­po­co sa­bía lo que ha­cía, y ahí es­tá la gra­cia, por­que los gran­des in­ven­tos nun­ca son pre­me­di­ta­dos. Sobre la mar­cha, fue es­cri­bien­do el li­bro de es­ti­lo de una nue­va for­ma na­rra­ti­va, una mu­ta­ción de la li­te­ra­tu­ra apli­ca­da a los nue­vos me­dios, al so­por­te que más lee la gen­te hoy en día, que es la pan­ta­lla del mó­vil. El fi­nal del año le ha vis­to apli­car ese mo­de­lo cons­cien­te­men­te y re­fi­nar­lo en una his­to­ria na­vi­de­ña que as­pi­ra a co­mer­cia­li­zar el fe­nó­meno y con­ver­tir­lo en gé­ne­ro via­ble. Quién sa­be, tal vez los ma­nua­les fu­tu­ros re­cuer­den 2017 co­mo el año en el que se in­ven­tó una for­ma na­rra­ti­va nue­va. Sea co­mo sea, la his­to­ria de Bartual nos re­cor­dó al­gu­nas lec­cio­nes im­por­tan­tes que los an­sio­sos de éxi­to siem­pre ol­vi­dan: lo que va a triun­far no es lo que ha­cen los de­más, es al­go que no es­tá ha­cien­do na­die en ese mo­men­to; haz siem­pre las co­sas por­que quie­res ha­cer­las, de­sin­te­re­sa­da­men­te, no por­que ha­yas cal­cu­la­do sus po­si­bi­li­da­des de éxi­to; y por úl­ti­mo, si quie­res triun­far, ten­drás que ha­cer­lo sien­do tú, y no imi­tan­do a al­guien que ya lo ha con­se­gui­do.

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Enrique Grandes

Jugabilidad emergente

La ju­ga­bi­li­dad emer­gen­te no es al­go ex­clu­si­vo de es­te año, pe­ro de to­do lo que he po­di­do dis­fru­tar, hay dos jue­gos que ha­cen un uso ex­ce­len­te de ella: The Legend of Zelda: Breath of the Wild y Playerunknown’s Battlegrounds. Tanto el acla­ma­do por mu­chos jue­go del año, co­mo el fe­nó­meno mul­ti­ju­ga­dor del año, com­pren­den el sand­box me­jor que mu­chos ve­te­ra­nos del gé­ne­ro y nos ofre­cen pro­pues­tas in­creí­ble­men­te bien desa­rro­lla­das. El tí­tu­lo de Nintendo por el im­pe­ca­ble di­se­ño de Hyrule y el de las he­rra­mien­tas que otor­ga a Link, y el de Bluehole Studio por apro­ve­char al com­ple­to un sub­gé­ne­ro que plan­tea un es­ce­na­rio ideal pa­ra es­to. Y si no es por ca­li­dad, que sea por can­ti­dad. Porque es­te año tam­bién he­mos te­ni­do Rain World, Prey y Super Mario Odyssey en­tre otros. La crea­ti­vi­dad a la ho­ra de ju­gar es­tá de en­ho­ra­bue­na.

Shōwa Genroku Rakugo Shinjuu: Sukeroku Futatabi-hen

La con­ti­nua­ción del me­jor ani­me de 2016 es, pa­ra sor­pre­sa de na­die, el me­jor ani­me de 2017. Si man­te­ner el ni­vel que de­jó Shōwa Genroku Rakugo Shinjuu era al­go di­fí­cil, su con­ti­nua­ción da un pa­so más y lo me­jo­ra to­do. Centrándose es­ta vez en Yotaro y con la muer­te siem­pre pre­sen­te, es­ta se­gun­da tem­po­ra­da es la me­jor adap­ta­ción po­si­ble pa­ra el desen­la­ce de la obra de Haruko Kumota. Se pue­de de­cir tan­to y ha­blar tan bien de Shōwa Genroku Rakugo Shinjuu: Sukeroku Futatabi-hen, que me­jor que­dar­se en lo su­per­fi­cial y ta­char­la de obli­ga­to­ria.

Final Fantasy XIV: Dad of Light

Un do­ra­ma so­bre un vi­deo­jue­go que, sin nin­gún ti­po de pre­ten­sio­nes, ha­bla so­bre la re­la­ción en­tre un chi­co y su pa­dre, así de pri­me­ras, no pa­re­ce al­go muy re­le­van­te en un año lleno de obras tan des­ta­ca­bles co­mo las men­cio­na­das en es­ta lis­ta. Pero la se­rie de Netflix da vi­si­bi­li­dad a un ti­po de re­la­ción in­ter­per­so­nal muy con­cre­to: el que sur­ge a tra­vés in­ter­net. Y es­to, aun­que es­te­mos ca­si en 2018 ya, es muy re­le­van­te. La ma­yo­ría de ve­ces que he vis­to es­to re­pre­sen­ta­do sue­le ir acom­pa­ña­do de una se­rie de es­tig­mas que, por su­pues­to, no ha­cen nin­gún bien. Dad of Light nos en­se­ña có­mo, a tra­vés de un vi­deo­jue­go mul­ti­ju­ga­dor, han sur­gi­do y/o se man­tie­nen tres ti­pos de re­la­cio­nes: amis­ta­des, ma­tri­mo­nios y, en la que se en­fo­ca prin­ci­pal­men­te, la de un pa­dre y su hi­jo. Y ver es­to bien tra­ta­do en una de las pla­ta­for­mas de con­te­ni­do au­dio­vi­sual más im­por­tan­tes del mun­do, no es al­go a pa­sar por al­to.

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Isabel R. Guerra

I. Diversity

Todo el mun­do tie­ne esa obra. Con esa obra, ya sea li­bro, pe­lí­cu­la, jue­go… me re­fie­ro a que to­dos te­ne­mos al­go que nos en­can­ta y mu­chas ve­ces, no se sa­be por qué, o los mo­ti­vos no son na­da ex­tra­or­di­na­rios o tre­men­da­men­te in­no­va­do­res; es esa obra pa­ra no­so­tros, aun­que no son con­si­de­ra­das maes­tras, y es­ta­mos de­fen­dien­do a ca­pa y es­pa­da al­go que no es pre­ci­sa­men­te del otro mun­do, pe­ro aquí es­ta­mos. Para mí —y es­to no se­rá una sor­pre­sa pa­ra el que me co­noz­ca un po­co— ese pe­da­ci­to de fic­ción más cer­cano a mi co­ra­zón es Gangsta, de Kohske, un sei­nen de ac­ción que va de dos ma­to­nes a suel­do ga­nán­do­se la vi­da por las ca­lles de Ergastulum y bla bla bla… Una re­view se pue­de en­con­trar en cual­quier par­te, a un par de clics y te di­cen siem­pre lo bá­si­co, pe­ro no es la vio­len­cia, ti­ro­teos y ac­ción que nos «pro­me­te» el tí­tu­lo de es­te man­ga lo que hi­zo que per­so­nal­men­te me que­da­se con es­ta obra muy cer­qui­ta de mí, no, eso fue­ron sus per­so­na­jes y la va­rie­dad de es­tos: per­so­na­jes dis­ca­pa­ci­ta­dos pro­ta­go­nis­tas, ca­da uno con sus pro­ble­mas, con sus trau­mas y sus in­fan­cias ro­tas; tra­ba­ja­do­res se­xua­les —hom­bres y mu­je­res— que son más que so­lo ese as­pec­to de su vi­da… un elen­co de per­so­na­jes de lo más cu­rio­so y aun­que to­dos es­tén un po­co jo­di­dos, en es­te man­ga hay tam­bién hue­co pa­ra la ter­nu­ra, las ri­sas en­tre ami­gos y en ge­ne­ral, pe­que­ños mo­men­tos de luz en una ciu­dad de­ma­sia­do tur­bia pa­ra to­dos.

II. Paradise

Haciendo ho­nor a la ver­dad, la fo­to­gra­fía o el bai­le no son pre­ci­sa­men­te mi pun­to fuer­te, pe­ro es­toy aquí pa­ra ha­bla­ros de co­sas bo­ni­tas, y eso se tra­du­ce en el vi­deo­clip de ラビリンス; y me cen­tro en el vi­deo­clip por­que de la mú­si­ca ya sa­be­mos que si es de Mondo Grosso va a ser, lo que se sue­le lla­mar, un te­ma­zo. En 5 mi­nu­tos ca­mi­na­mos, y co­rre­mos, y bai­la­mos si­guién­do­le los pa­sos —co­mo po­de­mos— a Hikari Mitsushima por las ca­lles de Hong Kong, unas ca­lles vi­vas, pe­ro no bu­lli­cio­sas; os­cu­ras, noc­tur­nas, pe­ro no lú­gu­bres. Durante es­ta per­se­cu­ción a una fi­gu­ra, —que lle­ga­mos a ro­zar, pe­ro nun­ca atra­par— con ro­pas lla­ma­ti­vas que con­tras­tan con la os­cu­ri­dad de la no­che, se nos cuen­ta una his­to­ria de li­ber­tad, con ges­tos eu­fó­ri­cos, ca­mi­na­res me­lan­có­li­cos, abra­zos y ca­ri­cias. Y si bai­lar y son­reír de­lan­te de la luz de los fa­ros de un co­che pa­ra se­guir an­dan­do por una ca­rre­te­ra de ciu­dad, ha­cia la vi­da, ha­cia se­guir ade­lan­te, no es la ima­gen con la que que­réis ce­rrar y em­pe­zar el año, yo ya no sé.

III. Connection

It is hap­pe­ning, again. Y va­ya si es­tá pa­san­do, y es que si por al­go se ca­rac­te­ri­za es­te 2017 es por la can­ti­dad de co­sas que es­tán vol­vien­do —y las que vie­nen en ca­mino — , ya sea en for­ma de ter­ce­ras tem­po­ra­das des­pués de 25 años, rema­kes co­mo los de Metroid o Yakuza, se­cue­las de fil­mes clá­si­cos co­mo Blade Runner o se­ries que se ali­men­tan de la nos­tal­gia de los 80; una nos­tal­gia que no­so­tros, los mi­llen­nials, no «en­ten­de­mos», pe­ro que nos subimos al ca­rro de to­dos mo­dos. ¿Y me pa­re­ce mal que nos su­ba­mos al ca­rro de ese mo­do? ¿Estoy de­fen­dien­do la crea­ción de obras de —du­do­sa— ca­li­dad que se apro­ve­chan de un sen­ti­mien­to y pue­den o no ha­cer al­go más allá de re­crear una es­té­ti­ca con me­jo­res grá­fi­cos? Nada más le­jos de la reali­dad: lo que ver­da­de­ra­men­te pien­so que me­re­ce una men­ción es la in­ten­ción de re­vi­vir al­go, lo ha­ga me­jor o peor, le gus­te más o me­nos a sus fans de to­da la vi­da; in­ten­to ver­le el la­do po­si­ti­vo a to­da es­ta ma­ra­ña que se ta­cha de «fal­ta de ima­gi­na­ción pa­ra crear co­sas nue­vas» y es que to­do es­to pue­de acer­car­nos a unas se­ries con las que no cre­ci­mos, pue­de po­ner en nues­tro ra­dar jue­gos que aca­ba­rían sien­do re­cor­da­dos so­lo por una ge­ne­ra­ción, o en lis­ta de pen­dien­tes una pe­lí­cu­la que no es­ta­ría ahí si no fue­ra por una se­cue­la que le­van­tó el pol­vo que ha­bía so­bre la ori­gi­nal. Y yo es­te año brin­do por ese puen­te en­tre ge­ne­ra­cio­nes que se ha crea­do a par­tir de unas afi­cio­nes y unas obras, nue­vas o no, en co­mún.

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Carlos G. Gurpegui

Nintendo Switch

2017 nos ha traí­do, a to­dos, una de las sor­pre­sas más gra­tas del mun­do del vi­deo­jue­go y es que Nintendo, des­pués de ese ex­tra­ño ex­pe­ri­men­to que fue WiiU, ha da­do con la te­cla de su pro­pues­ta de con­so­la hí­bri­da. La sor­pre­sa no vie­ne so­lo por el gran éxi­to del chis­me, que co­mo pu­ro apa­ra­to tec­no­ló­gi­co es una sen­ci­lla ma­ra­vi­lla, sino por su sig­ni­fi­ca­do pa­ra el mun­do del vi­deo­jue­go, tan­to desa­rro­lla­do­res co­mo ju­ga­do­res. La po­si­bi­li­dad de lle­var no ya tu jue­go sino tu par­ti­da a cual­quier par­te y sin nin­gún cor­te de car­gas, so­la­men­te des­en­ca­jan­do la Switch del dock, es una nue­va con­cep­ción de la ma­ne­ra de ju­gar que, inevi­ta­ble­men­te, ter­mi­na per­mean­do a los pro­pios jue­gos tan­to a los pro­pios de la Gran N co­mo a los ports. En es­te sen­ti­do es, qui­zás, don­de la con­so­la de Nintendo se con­vier­te en una in­tere­san­te re­vo­lu­ción lú­di­ca al re­sig­ni­fi­car, co­mo bien se­ña­ló el desa­rro­lla­dor Edu Verz ha­ce unas se­ma­nas en un even­to or­ga­ni­za­do por AntiHype, los jue­gos que tie­nen una se­gun­da opor­tu­ni­dad en la pla­ta­for­ma. El mun­do in­die se ha vol­ca­do con la hí­bri­da de la com­pa­ñía y en­cuen­tra en su pro­pues­ta una nue­va ma­ne­ra de in­su­flar vi­da a tí­tu­los que, por la te­rri­ble ac­tua­li­dad im­pues­ta ge­ne­ra­li­za­da del mun­do, pa­sa­ron más o me­nos des­aper­ci­bi­dos. Se pre­sen­ta Switch no ya co­mo una ta­bla de sal­va­men­to pa­ra una Nintendo que pa­re­cía de ca­pa caí­da sino co­mo el per­fec­to com­pa­ñe­ro pa­ra la es­fe­ra in­die que pue­de ver­se re­fle­ja­da de una ma­ne­ra nue­va en un dis­po­si­ti­vo que pro­po­ne, des­de el plano más mains­tream, cam­biar la ma­ne­ra de ju­gar.

Providence

Alan Moore nos trae, en el oca­so de su ca­rre­ra co­mo guio­nis­ta de có­mics (su ca­rre­ra co­mo ma­go si­gue en pie), una de las obras más pro­fun­das, me­di­das y es­tu­dia­das al­re­de­dor de la fi­gu­ra de H. P. Lovecraft. En su re­co­rri­do, siem­pre a ca­ba­llo en­tre la fic­ción y la ri­gu­ro­si­dad his­tó­ri­ca, Moore no du­da en ju­gar con los tro­pos del au­tor de Providence pa­ra en­ca­jar sus pro­pias re­fle­xio­nes al­re­de­dor del pe­so del es­cri­tor tan­to en la cul­tu­ra po­pu­lar co­mo en su pro­pio tra­ba­jo co­mo crea­dor. No es­ta­mos an­te una obra de­ri­va­da de su tra­ba­jo, co­mo lo fue Neonomicon aun­que es­tu­vie­ra tam­bién car­ga­do de las re­fle­xio­nes del pro­pio Moore, sino an­te una se­rie que bus­ca, y con­si­gue, sub­ver­tir sin mie­do las va­cas sa­gra­das de un fan­dom que, por lo ge­ne­ral, es­ta muy apar­ta­do de la pro­pia vi­sión de Lovecraft e in­flui­do por vi­sio­nes erró­neas de au­to­res pos­te­rio­res. Providence es un via­je trans­ver­sal por la vi­da de Lovecraft, sus re­la­tos más re­co­no­ci­bles, sus lu­ga­res co­mu­nes fa­vo­ri­tos y su pe­so en crea­cio­nes pos­te­rio­res. Un via­je car­ga­do de de­ta­lles co­mo so­la­men­te po­día crear Moore y la plu­ma de Jacen Burrows que se con­vier­te, por pe­so pro­pio, en una de las lec­tu­ras más com­ple­tas y ac­tua­li­za­das, en cuan­to a es­tu­dios lo­ve­craf­tia­nos, dis­po­ni­bles en nues­tro idio­ma.

Annapurna Interactive

Aunque se fun­da­ron el 1 de di­ciem­bre de 2016 la lle­ga­da de la di­vi­sión lú­di­ca de Annapurna, una de las dis­tri­bui­do­ras de ci­ne más po­ten­tes del mo­men­to (que es­te año nos ha traí­do una de las pe­lí­cu­las más in­tere­san­tes del año di­ri­gi­da por mi que­ri­da Ana Lily Amirpour), ha eclo­sio­na­do con fuer­za du­ran­te es­te 2017 tra­yen­do, en­tre otros pro­yec­tos, mi jue­go del año: What Remains of Edith Finch. La apues­ta de la dis­tri­bui­do­ra es cla­ra; na­rra­ti­va y es­té­ti­cas de van­guar­dia en un nue­vo te­rreno pa­ra sus pro­duc­tos. El buen ojo de su dis­tri­bu­ción ci­ne­ma­to­grá­fi­ca se ha tras­la­da­do con el mis­mo tino al te­rreno de los vi­deo­jue­gos; Gorogoa,Ashen… son al­gu­nos de los nom­bres que han vis­to la luz es­te año o lo ha­rán pró­xi­ma­men­te de la mano de Annapurna. Estamos, sal­vo que el des­tino nos jue­gue una ma­la pa­sa­da, an­te una de las dis­tri­bui­do­ras más in­tere­san­tes de los pró­xi­mos años.

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Mariano Hortal

Todos los años Álvaro me re­ta a es­co­ger tres ele­men­tos cul­tu­ra­les y ten­go que re­co­no­cer que me en­can­ta la idea por­que siem­pre in­ten­to ha­cer al­go dis­tin­to, sim­ple­men­te por lo que su­po­ne co­mo desafío. Este año voy a es­co­ger al­go tan im­po­pu­lar co­mo tres edi­to­ria­les que, por di­ver­sos mo­ti­vos, han co­ro­na­do mi ári­do año lec­tor:

La biblioteca de Carfax

Me en­can­ta el te­rror, es un he­cho, y siem­pre me he te­ni­do que con­for­mar con lo po­co que sa­le pu­bli­ca­do por aquí. Por eso pa­re­ce in­creí­ble lo que han he­cho es­tas chi­cas con un ca­tá­lo­go ini­cial de seis tí­tu­los de cor­tes dis­tin­tos en los que al­ter­nan clá­si­cos co­mo Sweeny Todd y sus re­cu­pe­ra­cio­nes de re­la­tos vic­to­ria­nos de fan­tas­mas con clá­si­cos mo­der­nos co­mo Las Ratas de Herbert, pa­ra apos­tar por es­cri­to­ras con­tem­po­rá­neas que es­tán mo­de­lan­do el te­rror fu­tu­ro co­mo es el ca­so de Beverly Lee o Gemma Files y su ex­tra­or­di­na­rio Experimental Film. Un lu­ja­zo ha­ber dis­fru­ta­do de tan­ta va­rie­dad que, ade­más, es­tá in­fluen­cian­do a otras edi­to­ria­les pa­ra se­guir un ca­mino que no pa­re­cía tan sen­ci­llo. Han con­se­gui­do abrir un ni­cho que no era tan ni­cho e im­pri­mir­le per­so­na­li­dad y una iden­ti­dad pro­pia, ca­da por­ta­da es­tá cui­da­da al má­xi­mo de­ta­lle. Espero que su si­guien­te año sea tan bueno co­mo es­te.

Gatopardo Ediciones

Mucho ca­ri­ño se apre­cia en la elec­ción del ca­tá­lo­go de es­ta edi­to­rial. Hay tres li­bros que han ori­gi­na­do es­ta elec­ción: en pri­mer lu­gar, la pu­bli­ca­ción de Dame tu amor de Joyce Carol Oates, una re­co­pi­la­ción de cuen­tos cor­tos fa­bu­lo­sa en un mo­men­to en que la au­to­ra es­tá en es­ta­do de gra­cia den­tro de es­te gé­ne­ro, fue­ron las pri­me­ras que se atre­vie­ron a sa­car­la es­te año (en el que he­mos te­ni­do tres li­bros de la nor­te­ame­ri­ca­na); en se­gun­do lu­gar, mi re­con­ci­lia­ción to­tal con la es­cri­tu­ra de Ali Smith, Amor Libre me en­can­tó y, por fin dis­fru­té de la es­co­ce­sa y sus his­to­rias par­ti­cu­la­res so­bre el amor; la úl­ti­ma pu­bli­ca­ción fue Mujeres ex­ce­len­tes, de­mo­ré de­ma­sia­do en­trar en el mun­do de Barbara Pym, cuan­do te­nía to­dos los in­gre­dien­tes pa­ra enamo­rar­me. En el ho­ri­zon­te, no ce­san las bue­nas ex­pec­ta­ti­vas, Joan Didion y Oates (Desmembrados) tie­nen bue­na cul­pa de ello.

Satori ediciones

Tengo la sen­sa­ción de que es­te año Satori ha da­do un pa­so ade­lan­te en cuan­to a la di­ver­si­dad de su pro­pues­ta sin per­der la ca­li­dad ha­bi­tual ni su fi­lo­so­fía de ba­se: la cul­tu­ra ja­po­ne­sa. Revisando los li­bros que he leí­do, me di cuen­ta de que cin­co na­da más y na­da me­nos pro­ve­nían de es­ta edi­to­rial y, ade­más, ten­go al­guno más pen­dien­te. Solo hay que re­vi­sar los tí­tu­los de un vis­ta­zo pa­ra dar­se cuen­ta de es­te he­cho. He leí­do en­sa­yos de Natsume Soseki (Mi in­di­vi­dua­lis­mo), cien­cia fic­ción (Japón es­pe­cu­la­ti­vo), un clá­si­co mi­le­na­rio co­mo es el ca­so de El dia­rio de la da­ma Izumi, his­to­rias de de­tec­ti­ves (Los ca­sos del de­tec­ti­ve Akechi) e in­clu­so una his­to­ria pa­ra­dig­má­ti­ca de ero-guro de la mano de Edogawa Rampo (La bes­tia cie­ga). No se es­tán li­mi­tan­do a traer al­gún li­bro de Japón sino a mos­trar­nos to­das las ver­tien­tes cul­tu­ra­les de su li­te­ra­tu­ra… y ca­da vez se ex­tien­de más. Definitivamente, ca­da no­ve­dad su­ya es un jol­go­rio pa­ra el lec­tor.

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Diego Iglesias

Fate/Apocrypha: Episodio 22

Tal vez sor­pren­da es­co­ger un epi­so­dio en par­ti­cu­lar de un ani­me, pe­ro es que a no­so­tros tam­bién nos sor­pren­dió cuan­do lo vi­mos: el desa­rro­llo de la se­rie era un tan­to irre­gu­lar y su ani­ma­ción tam­bién, mos­tran­do des­te­llos de ca­li­dad pe­ro tam­bién zo­nas que de­ja­ban bas­tan­te que desear, por lo que es­pe­ra­bas, qui­zás, un pe­que­ño re­pun­te en al­gu­na es­ce­na del fi­nal y po­co más. Fue en­ton­ces cuan­do lle­gó el epi­so­dio 22 con una ani­ma­ción es­pec­ta­cu­lar de prin­ci­pio a fin. Si los pri­me­ros diez mi­nu­tos de epi­so­dio ya eran dig­nos de en­mar­car, no po­días ima­gi­nar­te que la ani­ma­ción de la se­gun­da mi­tad fue­ra to­da­vía más in­creí­ble. La for­ma en la que te atra­pa con los mo­vi­mien­tos de los per­so­na­jes y la cá­ma­ra es má­gi­ca; pue­des sen­tir la ve­lo­ci­dad de sus mo­vi­mien­tos, la fuer­za de ca­da gol­pe, la vi­va­ci­dad del fue­go… Es po­si­ble que es­te ca­pí­tu­lo ha­ya mar­ca­do un an­tes y un des­pués, pues­to que po­cas ve­ces se ven tan­tos ta­len­tos de la in­dus­tria en un mis­mo ca­pí­tu­lo tra­ba­jan­do jun­tos, y qui­zás pa­sen años has­ta que vuel­va a ocu­rrir al­go así. Así que, aun­que se ig­no­re el res­to de la se­rie, va­le la pe­na acer­car­se so­lo a es­te epi­so­dio pa­ra dis­fru­tar de su ani­ma­ción.

Todos son el GOTY

En lo que res­pec­ta a tí­tu­los AAA, es­te año ha si­do bas­tan­te in­tere­san­te. Durante los pri­me­ros me­ses del año hu­bo tan­tos jue­gos acom­pa­ña­dos de la fra­se «Este va a ser el GOTY» que has­ta ago­bia­ba ver la lis­ta — prin­ci­pal­men­te: Breath of the Wild, Persona 5, NieR Automata y Horizon: Zero Dawn — . Pero con es­tos no bas­ta­ba, así que du­ran­te el res­to del año han sa­li­do otras tan­tas ma­ra­vi­llas, aun­que no tan vi­si­bi­li­za­das, y po­cas se­ma­nas an­tes de la épo­ca de re­par­tir pre­mios lle­gó Mario Odyssey, que re­cla­ma­ba su par­te del pas­tel de las ala­ban­zas. Con tan­to tí­tu­lo gran­de de tan­to ni­vel era im­po­si­ble con­ten­tar a to­do el mun­do en los re­par­tos de pre­mios, en par­ti­cu­lar los Game Awards, por lo que es nor­mal que al mo­men­to apa­re­cie­ran las que­jas di­cien­do que los otros que no eran el ga­na­dor se lo me­re­cían más. ¿Realmente tie­ne sen­ti­do que­dar­se so­lo con uno en­tre tan­ta ca­li­dad? Cualquiera de ellos po­dría ha­ber si­do eti­que­ta­do co­mo ga­na­dor in­dis­cu­ti­ble de otros años.

NieR:Automata

Me ale­gro por Yoko Taro. Siempre ha es­ta­do tra­ba­jan­do a su ro­llo, ha­cien­do obras con un to­que per­so­nal sin sa­ber cuán­do po­dría cor­tar­se el gri­fo del pre­su­pues­to, y ja­más nos hu­bié­ra­mos es­pe­ra­do el éxi­to que ha te­ni­do NieR:Automata. Gracias a es­ta li­ber­tad que tie­ne crean­do, po­de­mos sa­bo­rear una his­to­ria so­bre se­res me­cá­ni­cos que cues­tio­nan te­mas co­mo su iden­ti­dad, la fe, lo que im­pli­ca real­men­te ser hu­mano o el amor. Y tam­bién, gra­cias a ella, nos en­con­tra­mos mo­men­tos que ca­mi­nan por la fron­te­ra en­tre lo in­quie­tan­te o de­ca­den­te y lo fas­ci­nan­te, co­mo en­con­trar­se a ro­bots in­ten­tan­do ce­le­brar una or­gía o un des­fi­le en el par­que de atrac­cio­nes, pues­to que creen que re­pli­can­do los mo­vi­mien­tos hu­ma­nos es­ta­rán más cer­ca de te­ner vi­da pro­pia. Para re­ma­tar el con­jun­to lle­ga la guin­da del pas­tel: Platinum Games a car­go del ga­me­play, con pe­que­ñas vi­si­tas a ju­ga­bi­li­da­des pro­pias de otros gé­ne­ros. Ojalá con es­to ha­ya con­se­gui­do un ba­lón de oxí­geno du­ran­te mu­chos años y pue­da se­guir ha­cien­do lo que quie­ra.

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Jorge Joestar

That gum you like is going to come back in style

Al fi­nal ha ha­bi­do que es­pe­rar al­go más de los 25 años pro­me­ti­dos por Laura Palmer pa­ra po­der re­gre­sar al uni­ver­so má­gi­co, es­pe­cial, ex­tra­ño e inago­ta­ble de la ma­ra­vi­llo­sa Twin Peaks. Sin em­bar­go, la na­tu­ra­le­za del via­je que nos ha ofre­ci­do nues­tro que­ri­do David ha si­do muy di­fe­ren­te a lo que cual­quie­ra po­dría ha­ber es­pe­ra­do. Sí, in­clu­so a pe­sar de es­tar ha­blan­do de David Lynch. En un mo­men­to en el que la nos­tal­gia ochen­te­ra y fa­ci­lo­na es­tá más de mo­da que nun­ca y en el que to­do pa­re­cía dis­pues­to pa­ra ha­cer de es­te re­gre­so un ejer­ci­cio ru­ti­na­rio y sin in­te­rés, Lynch y Frost han si­do ca­pa­ces no so­la­men­te de crear una con­ti­nua­ción es­ti­mu­lan­te de la se­rie ori­gi­nal, sino de ha­cer­la ex­plo­tar por sus cos­tu­ras, cre­cer, desatar­se y flo­re­cer de for­mas in­só­li­tas e irre­sis­ti­bles an­te nues­tros ató­ni­tos ojos. Todas esas cha­la­du­ras co­mo que la Cahiers la ha­ya ele­gi­do la pe­lí­cu­la del año tie­nen sen­ti­do cuan­do uno se sien­ta y de­ci­de em­bar­car­se en el via­je im­po­si­ble que Lynch nos ha re­ga­la­do. Porque Twin Peaks: The Return en reali­dad no ha si­do so­la­men­te el re­gre­so de Twin Peaks, sino tam­bién del pro­pio Lynch co­mo di­rec­tor y au­tor. Si bien es cier­to que he­mos te­ni­do que es­pe­rar vein­ti­tan­tos años pa­ra po­der vol­ver a per­der­nos por el Black Lodge, lle­vá­ba­mos on­ce, des­de Inland Empire, sin sa­ber na­da de él. Y po­nien­do en re­la­ción es­te re­gre­so con aquél, es di­fí­cil no sen­tir es­te re­torno a la es­pe­su­ra co­mo al­go más, co­mo al­go que se pa­re­ce mu­cho a la Magnum Opus que creía­mos que ha­ber vis­to en Inland. Un es­fuer­zo co­lo­sal en el que el di­rec­tor se ha re­cu­pe­ra­do, re­cons­trui­do, rein­ven­ta­do y re-presentado a tra­vés de die­ciocho ho­ras de ge­nia­li­dad inin­te­rrum­pi­da que, por la al­tu­ra al­can­za­da, ten­go la sen­sa­ción de que nin­guno nos me­re­cía­mos.

¡Mujeres al poder, digo, al pincel!

Aún a ries­go de em­pe­zar a con­tar ba­ta­lli­tas, 2017 ha si­do un año en el que en­tré pen­san­do que qui­zá los có­mics no me gus­ta­ban tan­to, que qui­zá ya ha­bía vis­to to­do lo que ha­bía que ver y leí­do to­do lo que ha­bía que leer, y que era me­jor di­ri­gir mi aten­ción a otras co­sas. Entonces, en uno de esos fe­li­ces en­cuen­tros que a ve­ces —a ve­ces— pro­por­cio­na Twitter, vi a al­guien in­vi­tar a la gen­te a in­te­re­sar­se y ex­plo­rar el tra­ba­jo de au­to­ras fe­me­ni­nas del mun­di­llo. Dándome cuen­ta en ese mo­men­to de que, efec­ti­va­men­te, no era ca­paz de re­cor­dar ha­ber leí­do nin­gún có­mic he­cho por una mu­jer me di­je «Bueno, por qué no in­ten­tar­lo», y me atre­ví a pe­dir re­co­men­da­cio­nes con la in­ten­ción de so­lu­cio­nar el agra­vio. El re­sul­ta­do ha si­do una de las ex­pe­rien­cias más bo­ni­tas y en­ri­que­ce­do­ras que he vi­vi­do los úl­ti­mos años. En 2017 he em­pe­za­do a leer a mu­je­res y des­de en­ton­ces no he de­ja­do de ha­cer­lo. Y es­to, que po­dría ha­ber si­do una anéc­do­ta sin im­por­tan­cia ni in­te­rés a efec­tos de una lis­ta co­mo es­ta, de­ja de ser­lo cuan­do da la ca­sua­li­dad de que una ma­yo­ría am­plia de los me­jo­res de esos có­mics que he leí­do es­te año (y en los de­más) son de es­te 2017 de nues­tro se­ñor. Cómics co­mo My les­bian ex­pe­rien­ce with lo­ne­li­ness de Kabi Nagata, You & a bi­ke & a road de Eleanor Davis o el be­llí­si­mo pri­mer to­mo de Mirror de Emma Ríos y Hwei Lim (me pa­re­ce que Emma es­tá por aquí tam­bién, ho­la Emma), que han si­do mis com­pa­ñe­ros y han da­do voz y sa­li­da a ten­sio­nes que ni sa­bía que te­nía y que sus ho­mó­lo­gos mas­cu­li­nos no es­ta­ban sa­bien­do al­can­zar. Así que es­ta en­tra­di­ta va pa­ra to­das ellas, las que se han pues­to tras la plu­ma y tras el pin­cel y han he­cho es­te año al­go un po­co más fe­liz y ha­bi­ta­ble.

El año de la luz

Aunque el im­pul­so ini­cial era el de ha­blar aquí de mi jue­go fa­vo­ri­to de es­te año, Nier: Automata, al­go no ter­mi­na­ba de en­ca­jar. No pa­re­ce jus­to ni in­te­li­gen­te ni ade­cua­do que­dar­se so­la­men­te con un jue­go de los que han vis­to la luz es­te 2017. No cuan­do lo que ha vi­vi­do cual­quier afi­cio­na­do con un mí­ni­mo de in­te­rés por el me­dio ha si­do es­ta ava­lan­cha, es­te asal­to in­ce­san­te de vi­deo­jue­gos in­creí­bles. Enumerarlos es inú­til, han si­do de­ma­sia­dos; tan­tos que a me­nu­do bromeo con mis ami­gos di­cien­do que ne­ce­si­ta­mos que 2018 sea una ba­su­ra pa­ra po­der te­ner tiem­po de ju­gar to­do lo que me­re­ce la pe­na de es­te año. Pero no ha si­do so­la­men­te una cues­tión de pu­ra ca­li­dad, sino in­clu­so tam­bién del ran­go y el al­can­ce de la mis­ma. 2017 ha si­do un año en el que los vi­deo­jue­gos han mos­tra­do ma­du­rez, in­te­rés por ver avan­zar su me­dio y han si­do ca­pa­ces de ha­cer pro­pues­tas pa­ra bá­si­ca­men­te cual­quier per­fil de ju­ga­dor que uno pue­da ima­gi­nar­se, des­de el mains­tream co­mer­cial pe­ro con ca­be­za de Wolfenstein 2, has­ta pe­pi­na­zos ni­po­nes co­mo Persona 5 o Zelda, pa­san­do por jo­yi­tas in­die co­mo What re­mains of Edith Finch o Hollow Knight. ¡Hasta ha ha­bi­do tiem­po pa­ra ver reivin­di­ca­da de una mal­di­ta vez la sa­ga Yakuza en oc­ci­den­te! En 1998 se jun­ta­ron en el mis­mo año Metal Gear Solid, Ocarina of Time, Half-Life, Starcraft y Grim Fandango, en­tre otros. Bien, pues es­te año me ha pa­re­ci­do que no ha te­ni­do na­da que en­vi­diar­le. Te des­pe­di­mos con un be­so, 2017, el año de la luz (pa­ra los vi­deo­jue­gos, al me­nos).

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Jorge Loser

FOX

En el año de su ven­ta a Disney, la pro­duc­to­ra 20th Century Fox se man­tu­vo co­mo un bas­tión pa­ra la in­te­gra­ción de op­cio­nes adul­tas en el ma­nual del block­bus­ter pa­ra mul­ti­sa­las. No sa­be­mos lo que se per­de­rá o no en es­ta ven­ta, pe­ro lo cier­to es que no mu­chas mul­ti­na­cio­na­les es­tán dis­pues­tas a to­mar ries­gos en la pro­duc­ción de pe­lí­cu­las pa­ra las ma­sas y se aca­ban ple­gan­do a las li­mi­ta­cio­nes del or­ga­nis­mo que ca­li­fi­ca las pe­lí­cu­las por eda­des. Así, las úni­cas pe­lí­cu­las de Marvel que se han dig­na­do en ofre­cer al­go de san­gre, por ir a lo más ob­vio, han si­do de Fox. Este año, de he­cho, con una pe­lí­cu­la que ha da­do a los fans de X-Men la vi­sión vio­len­ta de Lobezno que an­da­ban bus­can­do des­de ha­ce tiem­po. Otras op­cio­nes de ci­ne de gé­ne­ro ul­tra­vio­len­to con la se­cue­la de Kingsman. Pero ade­más, han con­se­gui­do ce­rrar una tri­lo­gía de cien­cia fic­ción tan arries­ga­da co­mo la de El ori­gen del pla­ne­ta de los si­mios sin mas­ti­car to­do y de­jan­do man­ga an­cha al buen ci­ne clá­si­co o pro­po­ner un fil­me de te­rror tan ra­di­cal, be­llo y ex­ce­si­vo co­mo La cu­ra del Bienestar. Un año en el que se ha no­ta­do su ries­go y que, aun­que a ve­ces le han sa­li­do ra­nas co­mo Alien:Covenant, han pues­to la pas­ta al ser­vi­cio de vo­ces y au­to­res, y de eso que­da­ba más bien po­co.

El terror

Pese a que el 2016 tu­vo mu­chos más tí­tu­los que me­re­cen con­ser­var­se en el po­dio de la dé­ca­da, es el 2017 el año en el que el ci­ne de te­rror ha te­ni­do, real­men­te, un im­pac­to cul­tu­ral co­mo no se re­cor­da­ba des­de ha­ce mu­cho, mu­cho tiem­po. En los 2000 hu­bo un re­torno a los años 70 que pren­dió la me­cha de los fes­ti­va­les de gé­ne­ro y con­si­guió que los es­tre­nos en ví­deo y en sa­las li­mi­ta­das se hi­cie­ran con el po­der de la in­dus­tria de la se­rie B de nue­vo. De vez en cuan­do ha­bía un ta­qui­lla­zo pe­ro no eran apues­tas fuer­tes de es­tu­dios co­mo La cu­ra del Bienestar, Déjame Salir o IT, que ya es la pe­lí­cu­la de te­rror más ta­qui­lle­ra de la his­to­ria y to­do un fe­nó­meno pop. A esos hi­tos de la ta­qui­lla, con Blumhouse al­can­zan­do nú­me­ros uno con cho­rra­di­llas co­mo Feliz día de tu muer­te, se su­ma el im­pac­to te­le­vi­si­vo de las se­ries de te­rror, que lle­nan pa­rri­llas y pla­ta­for­mas con ex­ce­len­tes pro­pues­tas co­mo El Exorcista y han da­do even­tos re­co­no­ci­dos por la crí­ti­ca de mo­nócu­lo co­mo Channel Zero, y so­bre to­do, la ren­di­ción al te­rror y fan­tás­ti­co ab­so­lu­tos de la ab­sor­ben­te, su­rrea­lis­ta y muy te­rro­rí­fi­ca ter­ce­ra tem­po­ra­da de Twin Peaks.

Noah Hawley

Si hay un nom­bre que es­tá bri­llan­do con luz pro­pia en el mun­do te­le­vi­si­vo ese es Noah Hawley. Si otro ti­tán del me­dio co­mo Brian Fuller ha he­cho agua con su ba­rro­ca American Gods, Hawley ha sor­pren­di­do a me­dio mun­do con su in­ter­pre­ta­ción de la mi­to­lo­gía mu­tan­te de Marvel en la in­son­da­ble Legion, una vi­sión ra­di­cal de un per­so­na­je de los X-Men que sir­ve co­mo ex­cu­sa pa­ra ofre­cer un ca­tá­lo­go ex­pe­ri­men­tal de téc­ni­cas na­rra­ti­vas en es­pi­ral, fu­gas al vi­deo ar­te y la ex­ce­len­cia téc­ni­ca en to­dos los as­pec­tos de la pro­duc­ción. Una lo­cu­ra fres­ca y ab­sor­ben­te que no le ha res­ta­do tiem­po pa­ra ofre­cer otro ro­tun­do th­ri­ller cri­mi­nal hi­per­ci­ne­ma­to­grá­fi­co con la ter­ce­ra tem­po­ra­da de Fargo, que em­pie­za un po­qui­to más len­ta de lo ha­bi­tual pe­ro que ofre­ce una se­gun­da mi­tad y fi­nal an­to­ló­gi­cos, a años luz de la ma­yo­ría de pro­duc­cio­nes te­le­vi­si­vas del año.

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Víctor Manuel Martinez

Selfie (Víctor García León, 2017)

Decía el pro­pio di­rec­tor de Selfie que su pe­lí­cu­la es una «ale­go­ría sub­nor­mal de España», que es una for­ma muy grá­fi­ca de des­cri­bir es­ta his­to­ria so­bre un hi­jo de mi­nis­tro que se ve en la ca­lle cuan­do a su pa­dre lo de­tie­nen por co­rrup­ción; es un ti­po de cos­tum­bris­mo es­pa­ñol que no se sue­le re­tra­tar en ci­ne. La ale­go­ría es evi­den­te: Bosco (el hi­jo en cues­tión) se cru­za en Lavapiés (¡las vuel­tas que da la vi­da!) con Macarena, in­vi­den­te, la úni­ca per­so­na que sa­be ver (o no ver) sus ra­quí­ti­cas vir­tu­des, de­trás de la que va tam­bién Ramón, un ac­ti­vis­ta de iz­quier­das al que la co­rrec­ción po­lí­ti­ca im­pi­de po­ner a Bosco a caer de un bu­rro de­lan­te de Macarena. Lo me­jor de Selfie es que pre­sen­ta de ma­ne­ra ma­gis­tral es­ta ale­go­ría tan sim­ple de las dos Españas, gra­cias al buen ojo, al buen oí­do y a la ma­la ba­ba de los per­so­na­jes, si­tua­cio­nes y diá­lo­gos que for­man es­ta au­to­fo­to; cual­quier sel­fie es una ale­go­ría, en el fon­do.

King Gizzard and the Wizard Lizard

Una de las co­sas que más me gus­tan de King Gizzard es la for­ma en que sus dis­cos se cru­zan. Parece co­sa re­cien­te, pe­ro no: en su pri­mer dis­co, 12 Bar Bruise, ya hay un an­ti­ci­po, en la can­ción Sam Cherry’s Last Shot, del «au­dio­li­bro del Oeste» que lan­za­ron unos me­ses des­pués, Eyes Like the Sky. Estos puen­tes en­tre dis­cos siem­pre han es­ta­do ahí. En 2017 se pro­pu­sie­ron lan­zar cin­co dis­cos; cuan­do es­cri­bo es­to, aún no ha sa­li­do el quin­to pe­ro de­be­ría es­tar al caer, si aten­de­mos a los avan­ces que han ido pu­bli­can­do. Son cin­co dis­cos muy dis­tin­tos pe­ro en los que es­tán muy pre­sen­tes las se­ñas de iden­ti­dad de la ban­da, y que si­guen ju­gan­do al tras­va­se de ideas de las ma­ne­ras más dis­pa­ra­ta­das: los mi­cro­to­nos de Flying Microtonal Banana y las hip­nó­ti­cas sec­cio­nes na­rra­das por Leah Senior de Murder of the Universe se cue­lan en Sketches of Brunswick East, el dis­co de jazz psi­co­dé­li­co gra­ba­do jun­to al ge­nio Alex Brettin; ideas de Nonagon Infinity o in­clu­so Paper Mache Dream Ballon, su dis­co acús­ti­co y más pop, aso­man en Murder of the Universe, un dis­co con­cep­tual que fu­sio­na lo na­rra­ti­vo de Eyer Like the Sky con el rui­do es­pí­di­co de I’m In Your Mind Fuzz. Da pa­ra ha­cer­se mu­chas pa­jas men­ta­les en Reddit, co­mo di­ría al­guien más ho­nes­to que yo. En no­viem­bre pu­bli­ca­ron otro mas­to­don­te con­cep­tual, Polygondwanaland, un dis­co de rock pro­gre­si­vo que de­ci­die­ron li­be­rar de la ma­ne­ra más li­te­ral, pu­bli­can­do los mas­ters pa­ra vi­ni­lo y CD pa­ra que sea la gen­te la que ha­ga lo que quie­ra: es­cu­char­lo, ru­lar­lo en­tre sus amis­ta­des, su­bir­lo a YouTube o ha­cer una ti­ra­da en vi­ni­lo. Prolíficos y ex­plo­si­vos, King Gizzard siem­pre han si­do de esos gru­pos que ha­cen que te ron­de por la ca­be­za la idea de ha­cer co­sas; te ac­ti­van, te des­pier­tan, te po­nen en mar­cha. Son tan pro­lí­fi­cos que a ve­ces se­guir su pro­duc­ción pa­re­ce un tra­ba­jo pa­ra el oyen­te. «El me­jor tra­ba­jo del mun­do», co­mo de­cía Tim Rogers en la me­jor re­se­ña de God Hand.

Tim Rogers (@108)

El au­tor de la me­jor re­se­ña de God Hand (el me­jor jue­go de la his­to­ria) ha con­se­gui­do tra­ba­jo y eso nos ase­gu­ra una do­sis re­gu­lar de su ge­nio. Me va­le. Internet es tu­yo, Tim Rogers. Te quie­ro.

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Carlos Martínez

Houseki no Kuni, de Studio Orange

Orange fue des­de su pri­me­ra apa­ri­ción (Ginga Kikoutai Majestic Prince en 2013, co­la­bo­ran­do con Denka Dobo) un es­tu­dio a la som­bra de las gran­des com­pa­ñías, y ha si­do co­no­ci­do has­ta aho­ra por su tra­ba­jo en el CGI de mu­chos ani­mes. Sin em­bar­go, nin­guno de sus éxi­tos ha­bía si­do aplau­di­do has­ta la in­cor­po­ra­ción de fi­gu­ras co­mo Takahiko Kyougoku, Kenji Mutou o Yoko Kuno a Land of the Lustrous. El man­ga de Haruko Ichikawa se be­ne­fi­cia de acen­tuar las pers­pec­ti­vas a tra­vés de pi­ca­dos y de con­tra­pi­ca­dos, ade­más de uti­li­zar pa­ra sí la am­bi­güe­dad de la his­to­ria y su do­si­fi­ca­ción y de­jan­do que los con­flic­tos de las pro­pias ge­mas –des­de la con­di­ción de sus cuer­pos has­ta el sen­ti­do de su exis­ten­cia con y sin los Lunarianos– ha­ga el res­to. El ani­me lo­gra exa­ge­rar las pers­pec­ti­vas com­bi­nan­do la ani­ma­ción di­gi­tal (re­crear mo­vi­mien­tos de cá­ma­ra y re-encuadres, me­jo­rar efec­tos de luz o de nie­bla, di­na­mi­zar ani­ma­cio­nes muy cos­to­sas) con la tra­di­cio­nal en las dis­tan­cias cor­tas, al­gu­nos fon­dos o los pla­nos es­tá­ti­cos, flu­yen­do del 2D al 3D con una na­tu­ra­li­dad des­bor­dan­te. El re­sul­ta­do es un ani­me que jue­ga con la in­for­ma­ción –aun­que no siem­pre la omi­ta con la mis­ma in­te­li­gen­cia que el man­ga– y con las in­se­gu­ri­da­des de va­rios de sus per­so­na­jes, sien­do Phos quien pro­ta­go­ni­za un re­la­to no tan cir­cu­lar, pe­ro sí muy es­ti­mu­lan­te tan­to pa­ra la se­rie en sí co­mo pa­ra el an­tes y des­pués que Houseki no Kuni pue­da es­ta­ble­cer en el seno de la in­dus­tria ni­po­na.

Parque de María Luisa, Rafael Riqueni

Este año mu­si­cal ha si­do in­gen­te en cuan­to a ca­li­dad y a can­ti­dad, y es por eso que des­cu­brir dis­cos más allá de la zo­na de con­fort re­sul­ta una ta­rea aún más es­ti­mu­lan­te. Parque de María Luisa es un ejem­plo de las jo­yas que es­tán es­con­di­das en es­te 2017. Rafael Riqueni con­si­gue ver­ter to­do el tra­ba­jo que ha ido pu­lien­do en­tre los 21 años de au­sen­cia que ha ha­bi­do en­tre es­te y su an­te­rior ál­bum. Gran mé­ri­to de ello se de­be a la enor­me ha­bi­li­dad del maes­tro no so­lo des­de su es­ti­lo más per­so­nal, sino tam­bién cuan­do de­ci­de in­tro­du­cir ele­men­tos de tan­go, de mú­si­ca clá­si­ca o de jazz; ahí es don­de ex­hi­be su for­ma­ción mu­si­cal. El gui­ta­rris­ta se­vi­llano con­fi­gu­ra un dis­co tan li­bre en su for­ma co­mo cohe­ren­te con su fon­do, y el re­sul­ta­do es un dis­co pre­cio­so que irra­dia ale­gría y me­lan­co­lía a par­tes igua­les.

Lacrima Christi, de Teo Hernández

Lacrima Christi es una de esas pe­lí­cu­las que so­lo con los mo­vi­mien­tos de cá­ma­ra y con el mon­ta­je pue­de lle­gar a ser tan apa­bu­llan­te co­mo pa­ra que el es­pec­ta­dor se ma­ree, se em­pe­que­ñez­ca o que­de com­ple­ta­men­te atur­di­do, cuan­do no em­bria­ga­do o se­du­ci­do, por una pro­pues­ta que se en­tre­ga lo­ca­men­te a re­tor­cer y a gi­rar la cá­ma­ra co­mo un po­se­so. Cada cor­te, ya sea en una bo­te­lla de vino o pa­ra aña­dir más pie­zas de fru­ta o pie­zas de ves­ti­do, no es sino un nue­vo em­pu­je ha­cia el caos y ha­cia lo su­bli­me que Teo Hernández, su di­rec­tor, bus­ca. El re­sul­ta­do de ta­ma­ño des­con­trol es sin du­da un efec­to co­mo po­cos se han vis­to en una sa­la de ci­ne.

Para aque­llos en Galicia que quie­ran ver su obra, el CGAI pre­sen­ta­rá tres de sus tra­ba­jos —en­tre ellos «Lacrima Christi»— en­tre el 19 y el 20 de enero.

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Grace Morales

«Detroit» (Kathryn Bigelow)

Esta pe­lí­cu­la es la cul­mi­na­ción de un año en el que, por fin, se han em­pe­za­do a tra­tar las he­ri­das del ra­cis­mo fue­ra de los tó­pi­cos bur­dos, y a sal­dar las deu­das pen­dien­tes con la po­bla­ción ne­gra en USA. Sí, pue­de que so­lo sea un adorno cul­tu­ral, pe­ro por al­go se em­pie­za. Hay más pie­zas so­bre­sa­lien­tes, co­mo el do­cu­men­tal I am not your ne­gro (Raoul Peck) o la otra can­di­da­ta a pe­lí­cu­la del año en ese país, en mi opi­nión, Mudbound (Dees Rees). Pero Detroit es más que eso, por­que com­bi­na el do­cu­dra­ma, el gé­ne­ro ju­di­cial y la re­cons­truc­ción de unos días de fu­ria a tra­vés de la mú­si­ca y el gé­ne­ro de te­rror. Sí, te­rror pu­ro, po­cas pe­lí­cu­las ve­rán las afi­cio­na­das tan es­tre­me­ce­do­ras co­mo és­ta. Sincera y com­ba­ti­va con­cien­cia­ción so­bre la vio­len­cia, la re­pre­sión y la de­sigual­dad, ro­da­da en el fi­lo y con unas ac­tua­cio­nes de qui­tar­se el som­bre­ro. Da mie­do y con­mue­ve; ade­más, re­cuer­da la his­to­ria de los Dramatics y te po­ne en la piel de unos per­so­na­jes y un mo­men­to crí­ti­co que que­da jus­to ahí, ha­ce aho­ra cin­cuen­ta años.Detroit se ele­va so­bre lo que fue el sím­bo­lo de la América del desa­rro­llo y aho­ra es una ciu­dad fan­tas­ma, ca­mino de la gen­tri­fi­ca­ción de lu­jo. El ci­ne aún pue­de ser un ins­tru­men­to de de­nun­cia, un ar­ma va­lio­sa.

«Connerland» (Laura Fernández, Random House)

Como lec­to­ra, nun­ca he te­ni­do la ne­ce­si­dad de es­ta­ble­cer fron­te­ras en­tre li­te­ra­tu­ras, ya fue­se por el se­xo de sus au­to­res o por el con­te­ni­do. La úni­ca guía: leer pa­ra se­guir le­yen­do. Esto lo apli­co tan­to a la li­te­ra­tu­ra fe­me­ni­na co­mo a la de cien­cia fic­ción, ya que ten­go a am­bas en mis pre­fe­ren­cias des­de ha­ce dé­ca­das. Dicho lo cual, es­te 2017 he dis­fru­ta­do mu­chí­si­mo de la no­ve­la de Laura Fernández, por­que es una na­rra­ción her­mo­sa, bri­llan­te e in­te­li­gen­te. Porque re­su­me, pe­ro con la voz de su au­to­ra, in­con­fun­di­ble, y ac­tua­li­za­da al mo­men­to de hoy (con gui­ños re­co­no­ci­bles y muy di­ver­ti­dos) lo más be­llo de la li­te­ra­tu­ra fan­ta­cien­tí­fi­ca de los años sesenta-setenta: las his­to­rias de Norman Spinrad, Robert Sheckley y Kurt Vonnegut. Connerland es el des­fi­le triun­fal de la ima­gi­na­ción, un ren­dir­se a la pa­la­bra es­cri­ta, a la na­rra­ción co­mo jue­go y los per­so­na­jes de­li­cio­sos, eso que siem­pre pier­den y ha­cen el ri­dícu­lo. La alo­ca­da his­to­ria en torno al ¿fan­tas­ma? del es­cri­tor de cul­to Voss Van Conner, con lu­chas a muer­te en­tre edi­to­res al­ter­na­ti­vos, ae­ro­lí­neas y aza­fa­tas ima­gi­na­rias ha si­do un uni­ver­so al­ter­na­ti­vo don­de re­fu­giar­me.

El nuevo pop

Cantantes, in­tér­pre­tes y com­po­si­to­ras que de­fien­den ideas po­lí­ti­cas, es­cri­ben ma­ni­fies­tos so­bre el se­xo, las re­la­cio­nes de pa­re­ja y la fa­mi­lia, sin nin­gún re­pa­ro o au­to­cen­su­ra. Utilizan la mú­si­ca abrien­do nue­vos ho­ri­zon­tes so­no­ros, par­tien­do del pop clá­si­co, los rit­mos tri­ba­les, el rhythm and blues, el hip hop, la psi­co­de­lia o la elec­tró­ni­ca más ex­pe­ri­men­tal. Saltan el eje de los pa­tro­nes del abu­rri­dí­si­mo rock pa­ra cha­va­lo­tes o las can­cio­nes pop de mi­sa, y se arries­gan mu­cho más allá. Un gru­po de ar­tis­tas jó­ve­nes ha pro­du­ci­do es­te año dis­cos real­men­te im­pre­sio­nan­tes. Son so­lo unos ejem­plos: Marika Hackman (I´m Not Your Man), Sza (Ctrl), Jesca Hoop (Memories Are Now), Julie Byrne (Not Even Happiness), Rose Elinor Dougall (Stellular), Nadine Shah (Holiday Destination), Laurel Halo (Dust), Laura Marling (Semper Femina), Gazelle Twin (Kingdom Come), Princess Nokia (1992 De Luxe), Kelela (Take Me Apart)… Me han acom­pa­ña­do es­pe­cial­men­te los de Aldous Harding (Elation), Pharmakon (Contact), Laura Cannell (Hunter Huntress Hawker), el del Courtney Barnett con Kurt Vile (Lotta Sea Lice), y el de la tris­te­men­te des­apa­re­ci­da Gata Cattana y su ma­ra­vi­llo­so Banzai.

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Andrés Paredes

Praying — Kesha

En la mú­si­ca mains­tream, 2017 ha si­do un año glo­rio­so. El Melodrama de Lorde, el nue­vo dis­co de Arcade Fire, The XX, Kendrick Lamar… Pasearse por la lis­ta de Metacritic de me­jo­res dis­cos del año es una de­li­cia si eres un po­co abier­to de oí­dos, pe­ro no en­con­tra­re­mos ahí uno de los dis­cos más im­por­tan­tes del año tan­to pa­ra la in­dus­tria, co­mo pa­ra la pro­pia ar­tis­ta que lo creó, co­mo pa­ra el mo­men­to so­cio­cul­tu­ral en el que nos en­con­tra­mos. El ter­cer dis­co de es­tu­dio de Kesha no es só­lo uno de los dis­cos más buen­ro­lle­ros del año, tam­bién es to­da una de­cla­ra­ción de in­ten­cio­nes. Y tie­ne sen­ti­do si lo ve­mos en pers­pec­ti­va. En 2014 la can­tan­te ha­bía de­nun­cia­do a su pro­duc­tor, Dr. Luke por vio­la­ción y vio­len­cia de gé­ne­ro, una de­man­da que no pros­pe­ró en el es­ta­do de California. La can­tan­te de­bía con­ti­nuar tra­ba­jan­do con su Mánager, que ha­bía abu­sa­do se­xual­men­te de ella, mal­tra­ta­do sus dis­cos (de acuer­do a la can­tan­te ella ha­bía es­cri­to más de 70 can­cio­nes pa­ra el dis­co Warrior y prác­ti­ca­men­te to­das fue­ron re­cha­za­das por Luke). A es­to se le su­ma­ron pro­ble­mas per­so­na­les, en­fer­me­da­des psi­co­ló­gi­cas y abu­so de subs­tan­cias. Durante dos años, Kesha sa­có ade­lan­te con fuer­za de vo­lun­tad y ga­nas Rainbow, su tra­ba­jo más per­so­nal. Y den­tro de es­te dis­co se en­cuen­tran una de las can­cio­nes más do­lo­ro­sas, fuer­tes, ex­tre­mas y ma­ra­vi­llo­sas del año. Praying qui­zá pe­que de sim­ple, de ba­la­da fá­cil arran­ca lá­gri­mas. Pero en el mun­do en el que vi­vi­mos es una can­ción in­creí­ble. Habla del per­dón, del abu­so y de la cul­pa que lo acom­pa­ña, pe­ro tam­bién so­bre la su­pera­ción y las fuer­zas pa­ra con­ti­nuar. Habla de có­mo no nos po­de­mos de­jar in­ti­mi­dar por el fu­tu­ro ni por otros. De que la su­per­vi­ven­cia es po­si­ble. La fuer­za de la voz de la can­tan­te y los co­ros, ele­ván­do­se so­bre mul­ti­tud de pro­ble­mas me pa­re­ce en­vi­dia­ble, un ejem­plo a se­guir y una de las can­cio­nes más im­por­tan­tes del año.

Net Neutrality

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World of Tomorrow 2, The Burden of Other people thoughts — Don Hertzfeldt

A ve­ces se me ol­vi­da que exis­te Don Hertzfeldt. Y eso no es ma­lo por­que me per­mi­te vol­ver a re­pa­sar sus cor­tos, dis­fru­tar de sus his­to­rias co­mo si fue­ra la pri­me­ra vez. Y es to­da una ex­pe­rien­cia. Desde sus pie­zas más có­mi­cas co­mo la me­mi­fi­ca­da Rejected o el me­jor couch gag de Los Simpson a sus obras más ín­ti­mas, des­ga­rra­do­ras y per­so­na­les co­mo It’s Such a Beautiful Day o (la fa­vo­ri­ta de un ser­vi­dor) The Meaning of Life, Hertzfeldt siem­pre pa­re­ce ob­se­sio­na­do con los mis­mos tiem­pos. A sa­ber: lo bas­to que es el uni­ver­so, la in­fi­ni­tud del tiem­po, lo fú­til de la hu­ma­ni­dad, lo po­co (po­quí­si­mo) que im­por­ta­mos los hu­ma­nos y cuán­to pue­den lle­gar a pe­sar los sen­ti­mien­tos. Sus pie­zas fun­cio­nan co­mo un me­men­to mo­ri con pun­chli­ne sin gra­cia. «Todo es te­rri­ble­men­te im­por­tan­te y aun así pa­sa­rá. Ríete, que te mue­res» pa­re­ce de­cir. En cier­to sen­ti­do, le es­toy ha­cien­do un fla­co fa­vor a Hertzfeldt al ha­cer un re­su­men tan rá­pi­do y ba­ra­to de su mag­ní­fi­co tra­ba­jo. Porque qui­zá sea uno de los me­jo­res na­rra­do­res que exis­ten hoy en día, con un con­trol so­bre la pan­ta­lla, la voz, el fon­do y las fi­gu­ras que ya gus­ta­rían a mu­chos. Y eso se no­ta en ca­da cor­to que ha­ce, en ca­da pie­za. por eso, qui­zá la se­gun­da par­te de World of Tomorrow sea uno de los even­tos cul­tu­ra­les más im­por­tan­tes del año.

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María Perez

Nintendo Switch

Nintendo siem­pre ha te­ni­do la ten­den­cia de sa­car el jue­go fue­ra de la con­so­la, no só­lo en su for­ma de fo­men­tar la ju­ga­bi­li­dad coope­ra­ti­va lo­cal, sino en el pro­pio plan­tea­mien­to del ob­je­to en sí. Hotel Dusk nos obli­ga­ba a co­lo­car la Nintendo DS de for­ma ver­ti­cal pa­ra emu­lar un li­bro, mien­tras que Trauma Center si­mu­la­ba que el sty­lus era una ex­ten­sión de nues­tras ma­nos y, con él co­sía­mos, ma­ne­já­ba­mos el bis­tu­rí y po­nía­mos ven­das; más tar­de, en Wii usá­ba­mos el wii­mo­te co­mo si fue­ra la em­pu­ña­du­ra de la Espada Maestra de Link en Skyward Sword; y el gi­gan­tes­co man­do de WiiU ser­vía co­mo cá­ma­ra en Project Zero: Maiden of Black Water. Nintendo Switch lo lle­va un po­co más allá, ha­cien­do que el sim­ple he­cho de sa­car la con­so­la y mon­tar y des­mon­tar los man­dos re­sul­te lú­di­co. Clac, clac. La ma­ne­ra de en­ca­jar y des­en­ca­jar los joy­cons es tan sa­tis­fac­to­ria co­mo có­mo­do es ju­gar de to­das las for­mas que se nos ofre­ce. Parece una ton­te­ría, pe­ro la po­si­bi­li­dad de pa­rar la par­ti­da y lle­var­nos el ca­cha­rri­to de un lu­gar a otro en cual­quier mo­men­to ha­ce que to­dos los tí­tu­los sean más ac­ce­si­bles y per­mi­si­vos con el usua­rio. Y mu­cho más atrac­ti­vos.

Golden Kamuy

Soy una per­so­na bas­tan­te ner­vio­sa que ne­ce­si­ta es­tí­mu­los con­ti­nua­men­te y, pre­ci­sa­men­te por sa­ber cap­tar to­da mi aten­ción, Golden Kamuy es una de mis co­sas de fic­ción fa­vo­ri­tas de es­te año. Un man­ga fre­né­ti­co y des­qui­cia­do en el que pa­sar de pá­gi­na su­po­ne ex­po­ner­se a cual­quier co­sa: la apa­ri­ción de un oso, la muer­te te­rri­ble de un per­so­na­je o las te­tas de Tanigaki. Resulta fas­ci­nan­te có­mo con­si­gue man­te­ner el equi­li­brio en­tre la vio­len­cia y el hu­mor, sin que se re­sien­ta la gra­ve­dad de las si­tua­cio­nes dra­má­ti­cas. Todo es­to sal­pi­men­ta­do con re­fe­ren­cias a la his­to­ria de Japón (se am­bien­ta en la gue­rra ruso-japonesa), la cul­tu­ra ai­nu, las pe­lí­cu­las de Akira Kurosawa y las re­fe­ren­cias más pop. A pe­sar de que la tra­ma es­té un po­co en­re­ve­sa­da y a ve­ces re­sul­te un po­co lio­so se­guir los ob­je­ti­vos de ca­da ar­co, el mi­mo pues­to en la do­cu­men­ta­ción ex­haus­ti­va, un di­bu­jo úni­co y mi­ma­do y el im­pre­de­ci­ble guión ha­cen que se le per­do­ne to­do.

Los simuladores de citas

Ok, voy a po­ner las car­tas so­bre la me­sa: me en­can­tan los da­ting sims, me gus­ta que sean cur­sis e in­ne­ce­sa­ria­men­te dra­má­ti­cos y ado­ro la ma­ne­ra que tie­nen de po­ner a sus per­so­na­jes con­ti­nua­men­te en si­tua­cio­nes to­tal­men­te en­re­ve­sa­das. Me da una ra­bia te­rri­ble que si­ga ha­bien­do tan­tos pre­jui­cios y pa­ter­na­lis­mos an­te un gé­ne­ro que, la ma­yo­ría de las ve­ces, lo úni­co que ha­ce es con­tar­te una his­to­ria emo­cio­nan­te y di­ver­ti­da. Aunque po­co a po­co va­mos vien­do ca­da vez más tí­tu­los que anun­cian su lo­ca­li­za­ción aquí, si­guen sien­do ig­no­ra­dos y ta­pa­dos a pe­sar de que su pú­bli­co no de­ja de cre­cer. El año pa­sa­do se lan­zó el ex­ce­len­te Mystic Messenger, un jue­go que sa­ca­ba ge­nui­na­men­te par­ti­do de la pla­ta­for­ma mó­vil, y es­te año he­mos te­ni­do Dream Daddy, Butterfly Soup y Doki Doki Literature Club!. El pri­me­ro es otro ejem­plo más de que la re­pre­sen­ta­ción im­por­ta y, ade­más, ha si­do re­fres­can­te ver al­go tan de ni­cho acer­cán­do­se al mains­tream. El se­gun­do re­pi­te te­má­ti­ca LGTB y el tono có­mi­co de Dream Daddy, pe­ro de una ma­ne­ra más ín­ti­ma y sin­ce­ra al es­tar crea­do por una so­la per­so­na ba­sán­do­se en sus pro­pias ex­pe­rien­cias co­mo ado­les­cen­te queer e in­mi­gran­te de se­gun­da ge­ne­ra­ción. El úl­ti­mo, pe­ro no por ello me­nos im­por­tan­te, es un gi­ro al da­ting sim tra­di­cio­nal que co­que­tea con el te­rror psi­co­ló­gi­co y a la vez cri­ti­ca sus tó­pi­cos. Como fan del gé­ne­ro no pue­do es­tar más con­ten­ta y es­pe­ro que el año que vie­ne sea igual de fas­ci­nan­te.

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Blanca Rego

Un concierto

Lawrence English: se­ñor aus­tra­liano que en­tra­ría den­tro del am­bient dro­ne. Lugar del con­cier­to: hall de mu­seo que odio por­que siem­pre se lle­na de gen­te be­bien­do cer­ve­za y par­lo­tean­do por­que los con­cier­tos les im­por­tan tres pi­tos. Entonces en­tra el bueno de English, se sube al es­ce­na­rio y se po­ne a ha­blar, una co­sa muy ra­ra en un con­cier­to de elec­tró­ni­ca. Que no nos quie­re de pie, di­ce, que al sue­lo. Nos sen­ta­mos. Que no nos quie­re sen­ta­dos, di­ce, que a acos­tar­se. Y, con to­do el mun­do ahí tum­ba­do en el már­mol, se mar­ca un con­cier­to de am­bient dro­ne noi­se que ha­ce tem­blar ci­mien­tos e hi­ga­di­llos. A English le in­tere­sa mu­cho la ca­pa­ci­dad del so­ni­do pa­ra ocu­par el cuer­po, así que muy en su lí­nea. De pro­pi­na, co­mo tum­ba­do es más com­pli­ca­do be­ber cer­ve­za y par­lo­tear, con­si­guió que por pri­me­ra vez en ese si­tio se es­cu­cha­se un con­cier­to.

Una exposición

Estoy dan­do vuel­tas sin rum­bo por una ca­lle de Dresde por­que me han in­vi­ta­do a un fes­ti­val de ar­te di­gi­tal y no co­noz­co la ciu­dad ni a na­die que vi­va en ella. De re­pen­te, doy la vuel­ta a una es­qui­na y me en­cuen­tro con una va­lla pu­bli­ci­ta­ria de va­rios me­tros en la que leo Geniale Dilletanten. Ese tér­mino, por si al­guien no sa­be de qué va, es la eti­que­ta que se po­ne a la sub­cul­tu­ra punk ale­ma­na de los 7080. Total, que me en­cuen­tro de la ma­ne­ra más ines­pe­ra­da y aza­ro­sa po­si­ble con una ex­po­si­ción so­bre al­go que me in­tere­sa mu­cho. Gracias a es­ta ex­po­si­ción, he des­cu­bier­to unos cuan­tos gru­pos que no sa­bía que exis­tían, apar­te de te­ner una vi­sión más cla­ra de lo que pa­sa­ba a ni­vel so­cial, cul­tu­ral y po­lí­ti­co por allá en aque­lla épo­ca. Demasiadas co­sas pa­ra ex­pli­car­las en un so­lo pá­rra­fo…

Una cosa peculiar

Voy a un con­cier­to a un su­pues­to bar mu­si­cal que no co­noz­co. Cuando lle­go, me en­cuen­tro con un se­mi­só­tano con puer­tas opa­cas y un tim­bre. Llamo. Me abre un ti­po con pin­ta de pro­xe­ne­ta. Dentro me re­ci­be una se­ño­ra ma­du­ra muy ma­qui­lla­da ves­ti­da con un cor­sé, le di­go que voy al con­cier­to. Es un lo­cal es­tre­cho con una ba­rra pe­que­ña en la que hay sen­ta­dos un se­ñor ma­yor y dos tran­se­xua­les. El se­ñor ma­yor no me sa­ca los ojos de en­ci­ma. La se­ño­ra ma­du­ra me di­ce que el con­cier­to es por la puer­ta del fon­do. Me aden­tro en el pa­si­llo, pa­so por de­lan­te de un cuar­to pe­que­ño y va­cío con lu­ces ro­jas, un te­le­vi­sor con porno y un glory ho­le. No veo más puer­tas, so­lo un ar­ma­rio. Son esas puer­tas, las del ar­ma­rio, me di­cen. ¿Narnia? No, al otro la­do no hay un mun­do de fan­ta­sía, o sí… Hay una sa­la con un es­ce­na­rio de po­le dan­cing en el que es­ta to­can­do un gru­po. Al fon­do hay una jau­la y de­más pa­ra­fer­na­lia BDSM. De vez en cuan­do, en­tra al­gún se­ñor ma­yor a ver qué es eso tan ra­ro que sue­na y de pa­so in­ten­ta li­gar con al­gu­na de las po­cas chi­cas que es­ta­mos en­tre el pú­bli­co. En un mo­men­to da­do, en­tra la ma­da­me y se po­ne a aca­ri­ciar­me una pier­na. Un ami­go que sa­le a fu­mar co­men­ta que hay un mis­te­rio­so tras­va­se con­ti­nuo de gen­te en­tre el bar y el edi­fi­cio de al la­do. Cuando ter­mi­nan los con­cier­tos, sal­go a la ca­lle y veo que apar­ca un co­che en do­ble fi­la del que sa­len dos ti­pos con ca­ra de po­li­cía se­cre­ta que en­tran en el bar. Al ra­to, vuel­ven a sa­lir, ob­ser­van la fa­cha­da, apun­tan va­rias co­sas en una ta­blet y en­tran de nue­vo. Alguien me ex­pli­ca que la sa­la del fon­do tie­ne puer­tas de ar­ma­rio por­que se su­po­ne que no exis­te. Días des­pués, me en­te­ro de que es un lo­cal que se de­di­ca a ven­der gang bangs y or­gías con pros­ti­tu­tas. No to­dos bus­ca­mos las mis­mas ex­pe­rien­cias cul­tu­ra­les…

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Mike Remacha

Sangre nueva para el dios antiguo

Este año me he de­ja­do de hos­tias y he de­ci­di­do pri­mar lo mo­derno. Los vie­jos si­guen do­mi­nan­do el mun­do, pe­ro los des­gra­cia­dos que na­cie­ron a par­tir de los 90s y 00s han sa­bi­do en­con­trar su hue­co en la ma­ra­bun­ta de nos­tal­gia que nos so­bre­sa­tu­ra a dia­rio. El ejem­plo más ilus­tra­ti­vo en lo ci­ne­ma­to­grá­fi­co oc­ci­den­tal eu­ro­peo blan­co cis­ge­ne­ro po­lla­vie­ja y apo­li­lla­do (cual bra­gas de abue­la que mo­ran en el ta­qui­llón vic­to­riano) es King Arthur: Legend of the Sword de Guy Ritchie. Su sen­ti­do del tiem­po y de lo iró­ni­co es más mi­lle­nial que lle­var las ten­den­cias de Zara. Pero cla­ro, Guy Ritchie lle­va sien­do Millenial des­de 1968.

Dos huevos duros

Drama, ca­mi­nar en el lí­mi­te de lo po­lí­ti­ca­men­te co­rrec­to, la adop­ción de Lo Japonés co­mo pro­pio y de­cep­cio­nar a los adul­tos son vir­tu­des a día de hoy. Por eso de­be­ría ser obli­ga­to­rio leer SadBoi, el có­mic de Berliac, pa­ra to­do el mun­do. Si opi­nas que es un dis­pa­ra­te qui­zás ten­drías que plan­tear­te la va­sec­to­mia. Aunque lo tu­yo más bien se­ría cha­far­te los hue­vos con dos pie­dras.

Revoluciones silenciosas

Por úl­ti­mo. La vir­tud más po­de­ro­sa de los jó­ve­nes re­si­de en con­se­guir acer­car­se a cual­quier te­ma a tra­vés de la des­mi­ti­fi­ca­ción. Nada es de­ma­sia­do ele­va­do co­mo pa­ra no po­der ver­lo, ni de­ma­sia­do com­pli­ca­do co­mo pa­ra no po­der ha­cer­lo. Si a es­to le su­ma­mos YouTube, don­de cual­quie­ra pue­de ha­blar y mos­trar y los es­pec­ta­do­res ver y apren­der, to­do es­to gra­tis, te­ne­mos el mo­men­to his­tó­ri­co don­de más fa­ci­li­dad hay pa­ra la edu­ca­ción. Ahí des­ta­ca el you­tu­ber Jaime Altozano quién re­co­ge el tí­mi­do e im­po­nen­te mun­do de la com­po­si­ción mu­si­cal y lo ba­ja a los mor­ta­les en un ejer­ci­cio pro­me­tei­co.

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Emma Ríos

Rikon Kurabu — El Club del Divorcio 1 de 2 (ECC, 2017) (fecha original de publicación 1974 -1975)

Kazuo Kamimura re­fle­xio­na de for­ma sig­ni­fi­ca­ti­va so­bre la so­le­dad del in­di­vi­duo en so­cie­dad y, en es­pe­cial, so­bre la dis­cri­mi­na­ción de mu­je­res que se en­fren­tan a una vi­da fue­ra de la nor­ma; re­be­lán­do­se con­tra el con­trol atá­vi­co sin de­jar de de­pen­der del mis­mo.

Ejercicio crí­ti­co que, por otra par­te, no de­ja de ser una ra­dio­gra­fía mor­bo­sa del aco­so con­sen­ti­do, por un au­tor fas­ci­na­do por la vi­da en los hos­tess club; lle­gan­do a apa­re­cer co­mo un bo­rra­cho más pre­sio­nan­do a las chi­cas pa­ra que se de­jen fo­llar.

La his­to­ria se ins­pi­ra par­cial­men­te en Onna ga kai­dan o aga­ru to­ki, pe­lí­cu­la de 1960 di­ri­gi­da por Mikio Naruse, en la que una jo­ven viu­da de­ci­de ad­mi­nis­trar un bar en lu­gar de vol­ver a ca­sar­se: ese club de las viu­das al que se le ha­ce un gui­ño en la se­gun­da pá­gi­na.

Ambos plan­tea­mien­tos com­par­ten pun­to de vis­ta: el de una mu­jer de vein­ti­tan­tos que abra­za la mar­gi­na­ción pa­ra eman­ci­par­se, con el bar co­mo me­tá­fo­ra de su au­to­de­ter­mi­na­ción. Pero el có­mic se desa­rro­lla de una for­ma me­nos po­la­ri­za­da y, con­se­cuen­te­men­te, más in­có­mo­da; a pe­sar del ex­tra­or­di­na­rio li­ris­mo que trans­mi­te la lí­nea del au­tor y la de­li­ca­da na­rra­ción con la que se di­bu­ja.

Yûko no es viu­da, sino di­vor­cia­da. Decisión to­ma­da a con­cien­cia pa­ra huir de esa fe­mi­nei­dad ani­qui­la­do­ra, atri­bui­da a las ser­vi­cia­les amas de ca­sa en Japón, que es cons­tan­te­men­te cues­tio­na­da en el li­bro des­de la pers­pec­ti­va de ma­dre y es­po­sa.

Si ya de por sí era fe­me­ni­na, la idea de ser­lo aún más me as­quea­ba.

Frente a la ti­bie­za de la ma­yo­ría de las re­pre­sen­ta­cio­nes de mu­je­res en la fic­ción con­tem­po­rá­nea, re­sul­ta apa­bu­llan­te que una obra con es­ta car­ga anacró­ni­ca, que cho­ca con­tra los ses­gos aso­cia­dos a nues­tras ideo­lo­gías, sea ca­paz de gol­pear­nos con tan­ta fuer­za.

Totsukuni no Shôjo — La pequeña Forastera: Siúil, a Rún (ECC, 2017)

Aunque no fue­se fá­cil, que­ría re­tra­tar có­mo se com­por­ta­rían los per­so­na­jes, con­di­cio­na­dos por «no to­car­se». (fuen­te)

No de­ja de ser cu­rio­so pen­sar, que una pre­mi­sa tan sim­ple co­mo es­ta, ha­ya te­ni­do tan­to pe­so en un en­torno cul­tu­ral en el que la gen­te no se to­ca ni la cuar­ta par­te de lo que lo ha­ce­mos no­so­tros en nues­tro tra­to dia­rio.

Aquí nos to­ca­mos mu­cho, de­ma­sia­do di­ría yo. Nos da­mos la mano o los mal­di­tos dos be­sos, nos da­mos pal­ma­di­tas en los hom­bros y man­da­mos abra­zos en las des­pe­di­das de nues­tro co­rreo elec­tró­ni­co siem­pre, por­que ha­blar nun­ca es su­fi­cien­te. Como si las pa­la­bras se con­ge­la­sen sin el én­fa­sis de ese con­tac­to que asu­mi­mos co­mo abs­trac­to, aun­que a ve­ces nos de­je des­agra­da­bles ras­tros de sa­li­va en las me­ji­llas.

Admitámoslo. Nos so­bra for­ma y nos fal­ta fon­do. Vivimos en una es­pi­ral de exa­ge­ra­ción cons­tan­te pa­ra gra­duar nues­tras mues­tras de afec­to, que mu­chas ve­ces pa­re­ce ol­vi­dar los mis­te­rios im­plí­ci­tos de un ges­to, o de una mi­ra­da, tan im­por­tan­tes a la ho­ra de con­tar una his­to­ria o cons­truir la nues­tra.

La que aquí se cuen­ta es la de una ni­ña y el mons­truo que se ha he­cho car­go de ella, tras ser aban­do­na­da de su la­do: el que no es­tá ilu­mi­na­do por la luz. El con­tra­rio al que la ni­ña Shiba per­te­ne­ce.

Una re­la­ción de de­pen­den­cia bas­tan­te ex­tre­ma que só­lo pue­de du­rar si evi­tan el con­tac­to, y que se pre­sen­ta con una ter­nu­ra, ce­ga­do­ra en la os­cu­ri­dad en que nos obli­ga a ver­la: un mun­do que pa­re­ce di­bu­ja­do por una lí­nea de som­bra, pe­ro que no de­fi­ne di­rec­cio­nes, y res­pi­ra en la pe­num­bra im­plí­ci­ta en nues­tra hu­ma­ni­dad.

La que ha­ce que un abra­zo pue­da sig­ni­fi­car ab­so­lu­ta­men­te na­da.

You & A Bike & A Road (Koyama Press, 2017)

I li­ke going furt­her than we tell our­sel­ves is pos­si­ble.

Este año he cum­pli­do una dé­ca­da co­mo au­to­ra pro­fe­sio­nal. Diez años que han pa­sa­do bas­tan­te rá­pi­do en los que he te­ni­do la suer­te de sen­tir­me mal­cria­da, pe­ro tam­bién en los que no he de­ja­do de es­tar asus­ta­da por to­do: por la ex­po­si­ción, por via­jar cons­tan­te­men­te a la otra mi­tad del glo­bo, por mi mal­di­to acen­to a la ho­ra de ex­pre­sar­me en in­glés…

Y so­bre to­do por no ser me­jor, y lle­gar a ha­cer da­ño con mi in­se­gu­ri­dad y frus­tra­ción.

Entonces apa­re­ce Eleanor Davis, que ha via­ja­do en bi­ci­cle­ta, so­la, des­de Tucson (en Arizona) a Athens (en Georgia) pa­ra su­pe­rar una de­pre­sión; e in­cons­cien­te­men­te te hu­mi­lla a ti y a tus mie­dos de mier­da.

You & A Bike & A Road es un via­je di­bu­ja­do que gri­ta al oí­do que se pue­de ir «más le­jos de lo que crees po­si­ble». Un via­je que pue­de reír­se de la épi­ca de Ulises.

Con tan só­lo un tra­zo de lá­piz do­lo­ri­do, Davis trans­mi­te to­do el co­lor del pai­sa­je que ven sus ojos; el su­yo pro­pio; y el de aque­llos que se cru­zan en su ca­mino; en un re­la­to sin­ce­ro y emo­cio­nal que só­lo da ga­nas de dar­le las gra­cias.

Porque aun­que to­dos ten­ga­mos mie­do, só­lo hay una for­ma de avan­zar, y es ha­cia de­lan­te. Y por­que al fin y al ca­bo, to­da­vía me que­dan otros cua­ren­ta años en los que pue­do me­jo­rar.

Sólo ten­go que su­bir­me a la bi­ci, y ba­jar­me cuan­do es­té bien.

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Jesús Rocamora

#YoLeoAutoras

Mujeres. Mujeres que es­cri­ben. Mujeres que es­cri­ben no­ve­las, en­sa­yos, cuen­tos, poe­sía y pe­rio­dis­mo. 1) Desde Corea del Sur, Han Kang en La ve­ge­ta­ria­na (Rata_Books; tra­duc­ción de Sunme Yoon) eli­mi­na a gol­pe de sim­bo­lis­mo cual­quier dis­tin­ción en­tre lo fa­mi­liar y lo so­cial, lo per­so­nal y lo po­lí­ti­co, co­mo si la úni­ca sa­li­da a un ma­tri­mo­nio iner­te co­mo una na­tu­ra­le­za muer­ta y a una re­la­ción fa­mi­liar cons­trui­da so­bre la de­sigual­dad fue­ra hun­dir los bra­zos en la tie­rra, a ver si se con­vier­ten en raí­ces. A ver si flo­re­ces. 2) Desde Bélgica e ins­pi­rán­do­se en su pro­pia vi­da en un pe­que­ño pue­blo, Lize Spit ha es­cri­to en El des­hie­lo (Seix Barral; tra­duc­ción de Catalina Ginard y Marta Arguilé) el re­ver­so os­cu­ro, cruel y eu­ro­peo de Strangers Things: aquí, lo que se abre pa­so en­tre el abu­rri­mien­to exis­ten­cial y los re­cuer­dos nos­tál­gi­cos de las bi­cis vo­la­do­ras y el Windows 95 de tres ado­les­cen­tes es el im­pul­so se­xual mal di­ri­gi­do, só­lo rea­li­za­do a tra­vés de la fuer­za y el so­me­ti­mien­to por­que la vio­len­cia co­ti­dia­na es lo que nos ro­dea y lo que res­pi­ra­mos. 3) Apegos fe­ro­ces de la es­ta­dou­ni­den­se Vivian Gornick (Sexto Piso; tra­duc­ción de Daniel Ramos Sánchez) es el me­jor ejem­plo de có­mo el pe­rio­dis­mo y la no fic­ción son ca­pa­ces de pre­sen­tar con­flic­tos y per­so­na­jes con la agi­li­dad y mu­si­ca­li­dad de una bue­na no­ve­la, en es­te ca­so con­cre­to, la re­la­ción en­tre una hi­ja y una ma­dre en una ca­sa mar­ca­da por la au­sen­cia del pa­dre, en un edi­fi­cio del Bronx que vi­bra co­mo una big band. 4) En Cuaderno de cam­po (La Bella Varsovia), la ve­te­ri­na­ria María Sánchez se sien­ta a la me­sa, la mis­ma me­sa que ha vis­to ras­par la cor­te­za del que­so y des­pe­lle­jar los co­ne­jos, y con las ma­nos man­cha­das de tie­rra y es­tó­ma­gos es­cri­be un poe­ma­rio so­bre, en­tre otras co­sas, la fa­mi­lia, el tra­ba­jo en el cam­po, los co­no­ci­mien­tos que he­re­da­mos (y los que se per­de­rán si no ha­ce­mos al­go pa­ra evi­tar­lo) y ser mu­jer fren­te al yo con tu edad yo y tu abue­lo yo y los hom­bres. 5) Luego es­tán los li­bros de cuen­tos, por­que co­mo de­cía­mos el año pa­sa­do aquí mis­mo, el cuen­to si­gue dán­do­nos ale­grías, te­rro­res, fan­ta­sías y ra­re­zas ma­ra­vi­llo­sas, co­mo ra­re­zas ma­ra­vi­llo­sas son Las co­sas que per­di­mos en el fue­go, de la ar­gen­ti­na Mariana Enríquez (Anagrama, es­te es de 2016, per­dón por la li­cen­cia); Estanque, de la in­gle­sa Clarie-Louise Bennet (Eterna Cadencia, tra­duc­ción de Laura Wittner); y Quemar las na­ves, de la tam­bién in­gle­sa Angela Carter (Sexto Piso; tra­duc­ción de Rubén Martín Giráldez). 6) Y, fi­nal­men­te, es­tá el pe­rio­dis­mo. No nos ol­vi­de­mos del día a día, de los ar­tícu­los que com­par­ti­mos en nues­tros mu­ros, de los co­men­ta­rios que se pier­den en la cas­ca­da di­gi­tal a gol­pe de pul­gar. Y de có­mo las mu­je­res van ocu­pan­do un te­rreno re­ser­va­do has­ta ha­ce muy po­co a los hom­bres, des­de la di­rec­ción de me­dios de co­mu­ni­ca­ción al co­lum­nis­mo, la re­fle­xión cul­tu­ral o el hu­mor po­lí­ti­co. Ellas tam­bién son au­to­ras. Mi 2017 es, ne­ce­sa­ria­men­te, el que han es­cri­to Magda Bandera, Lucia Lijtmaer, Luna Miguel y Carolina Velasco, y mi 2017 es­ta­ría in­com­ple­to sin los aná­li­sis so­bre el im­pac­to de la tec­no­lo­gía en nues­tra vi­da co­ti­dia­na de Marta Peirano y los co­men­ta­rios de Laura Gómez a OT o Juego de Tronos o lo que le sal­ga del san­tí­si­mo; sin los tex­tos de Eva Cid so­bre vi­deo­jue­gos y los de Esther Miguel Trula so­bre me­mes y vi­ra­les; sin la vi­sión de Alicia Álvarez so­bre el es­ta­do de la mú­si­ca elec­tró­ni­ca y la de Elisa McCausland so­bre te­beos y su­per­se­res; sin los ar­tícu­los de Ana Llurba so­bre cien­cia fic­ción y ho­rror cós­mi­co y, por su­pues­to, sin esos ma-ra-vi-llo-sos hi­los de ar­te en Twitter que nos re­ga­la Deborah García.

Operación Triunfo

La te­le­vi­sión si­gue dán­do­nos más dis­gus­tos que ale­grías, ahí es­tán Cárdenas, Bertín Osborne, Carlos Herrera o Juan y Medio pa­ra re­cor­dár­nos­lo a dia­rio. ¿Os ima­gi­náis una reali­dad al­ter­na­ti­va don­de la te­le pú­bli­ca mos­tra­ra otros va­lo­res y pun­tos de vis­ta di­fe­ren­tes de los de un gru­po de se­ño­res he­te­ro­se­xua­les con la vi­da re­suel­ta que su­dan cer­te­zas so­bre ABSOLUTAMENTE TODO? ¿Os ima­gi­náis la suer­te de ha­ber si­do ni­ño o ado­les­cen­te en 2017 y po­der ver re­pre­sen­ta­da la ho­mo­se­xua­li­dad y la tran­se­xua­li­dad en el pro­gra­ma fa­mi­liar más im­por­tan­te de la se­ma­na? ¿Os ima­gi­náis que los de siem­pre, los que se la­men­tan del for­ma­to reality y de la fal­ta de au­ten­ti­ci­dad, los que cla­man al cie­lo por el «bo­chorno» de TVE en su com­pro­mi­so con la mú­si­ca, no hi­cie­ran del vic­ti­mis­mo una po­se, una coar­ta­da pa­ra re­lle­nar sus co­lum­nas? Porque, sin dra­ma ni acri­tud, ¿os acor­dáis que la mú­si­ca iba de es­to, no? De ce­le­brar lo ra­ro, de sal­var­nos la vi­da en los peo­res mo­men­tos, de ha­cer nues­tros los es­tri­bi­llos de otros por­que ex­pre­san me­jor que na­die lo que nos pa­sa por den­tro, de can­tar­los con tus ami­gos o de­lan­te del es­pe­jo, de imi­tar a tus ído­los, de ro­bar co­mo pun­to de par­ti­da pa­ra cual­quier for­ma de ar­te y de su­per­vi­ven­cia, de stay weird. ¿Hace fal­ta re­cor­dar a es­tas al­tu­ras que los Beatles, Marisol, Aute, Prince, Michael Jackson y Bowie, to­dos ellos ar­tis­tas ce­le­bra­dos se­ma­nal­men­te en OT, ha­blan en el mis­mo idio­ma que Bruno Mars y Ed Sheeran, que el Issues de Julia Michaels y el There’s Nothing Holdin” Me Back de Shawn Mendes? Parece men­ti­ra que nos cues­te re­co­no­cer que la mú­si­ca go­za de una sa­lud en­vi­dia­ble a prue­ba de llo­ri­cas, al mar­gen de for­ma­tos y ca­li­da­des. Que no es al­go que de­ba ser sal­va­do ni de­fen­di­do y que no es­tá en pe­li­gro de ex­tin­ción. Que no es al­go pu­ro ni in­to­ca­ble. Que es­tá vi­va, en ca­si to­das par­tes y que se ce­le­bra a dia­rio en fies­tas, pa­tios de ve­ci­nos, fe­rias, dor­mi­to­rios y ka­rao­kes. En ca­de­nas de ra­dio y pro­gra­mas de te­le­vi­sión, en di­rec­to y en­la­ta­do. Que OT no es el enemi­go a ba­tir en tu es­tú­pi­da gue­rra.

Nintendo

Suena un tan­to exa­ge­ra­do es­cu­char a los ana­lis­tas de­cir que es­te año Nintendo «ha vuel­to» o que ha re­cu­pe­ra­do su ma­gia, por­que lo cier­to es que nun­ca se fue ni ha per­di­do su to­que. Pero es evi­den­te que se ha pues­to las pi­las por­que el ne­go­cio en 2017 no tie­ne na­da que ver con el de 2006 ni con el de 2012. Tres mo­vi­mien­tos han si­do fun­da­men­ta­les en es­tos me­ses. Primero, lle­gar a los te­lé­fo­nos mó­vi­les con los mis­mos es­tán­da­res de ca­li­dad a los que nos ha (mal) acos­tum­bra­do du­ran­te dé­ca­das. Segundo, mar­car el ca­mino a se­guir en el lu­cra­ti­vo ne­go­cio de la nos­tal­gia: tras la NES Classic Edition, ha lle­ga­do el turno de la Super NES, una ma­ne­ra sen­ci­lla, di­rec­ta, fá­cil y ba­ra­ta, un mo­vi­mien­to ideal lo mi­res por don­de lo mi­res, de sa­car par­ti­do a tu pro­pio le­ga­do y de man­te­ner­lo vi­vo. Y fi­nal­men­te, el lan­za­mien­to de Switch, una nue­va con­so­la que no so­lo es re­vo­lu­cio­na­ria co­mo pie­za de hard­wa­re, sino por el es­fuer­zo que su­po­ne por par­te de la com­pa­ñía ja­po­ne­sa por sa­lir de su zo­na de con­fort. Por su­pues­to, te­ne­mos otro Super Mario y otro The Legend of Zelda pa­ra apo­yar el lan­za­mien­to de una nue­va má­qui­na, co­mo vie­ne sien­do ha­bi­tual, pe­ro, por pri­me­ra vez en mu­chos años, la sen­sa­ción de dé­jà vu, de yo-ya-he-jugado-a-esto-antes, ha si­do sa­bia­men­te sus­ti­tui­da por el asom­bro, por sen­das ex­pe­rien­cias nue­vas. Dos jue­gos ca­pa­ces de des­en­ca­jar la man­dí­bu­la a los más ve­te­ra­nos y que me­re­cen por sí so­los que con­fie­mos de nue­vo en la Gran N.

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Diego Salgado

El fantasma

Sin áni­mo de ser ex­haus­ti­vo, pe­lí­cu­las co­mo Soy la bo­ni­ta cria­tu­ra que vi­ve en es­ta ca­sa (2016), Daguerrotype (2016), Personal Shopper (2016) y A Ghost Story (2017); li­bros co­mo Fantasmas, apa­ri­cio­nes y re­gre­sa­dos del más allá (2017), de Alejandra Guzmán Almagro, Fantasmagoría: ma­gia, te­rror, mi­to y cien­cia (2017), de Ramón Mayrata, y The Ghost: A Cultural History (2017), de Susan Owens; y có­mics co­mo Ghosts (2017), de Raina Telgemeier, po­nen de ma­ni­fies­to el in­te­rés re­no­va­do por una fi­gu­ra re­tó­ri­ca tan­to más om­ni­pre­sen­te cuan­to más nos em­pe­ña­mos en si­mu­lar que es­ta­mos vi­vos al co­mu­ni­ca­mos los unos con los otros a voz en gri­to y por to­dos los me­dios ima­gi­na­bles. Nadie es ca­paz de per­ci­bir un es­pec­tro si, en cier­ta ma­ne­ra, no lo es él mis­mo, y nues­tro pa­no­ra­ma cul­tu­ral se ha lle­na­do sú­bi­ta­men­te de es­pec­tros, lo que pue­de leer­se co­mo in­di­ca­ti­vo de un es­ta­do cre­pus­cu­lar co­lec­ti­vo de con­cien­cia, La cul­tu­ra pop en par­ti­cu­lar, en­ce­rra­da y en­te­rra­da en sí mis­ma des­de ha­ce un tiem­po, ha he­cho de no­so­tros, sus apo­lo­ge­tas com­pul­si­vos, al­mas en pe­na: deam­bu­la­mos por es­tan­cias aba­rro­ta­das de lo que fue y ya no es sino eco, som­bra y mar­ca, ate­rra­dos an­te la po­si­bi­li­dad de que la na­tu­ra­le­za de­ca­den­te, abo­ca­da a la fu­ga­ci­dad y el ol­vi­do, que nos ro­dea, sea par­te asi­mis­mo de nues­tro có­di­go ge­né­ti­co. Buscamos hue­llas de fun­da­men­tos y dis­cur­sos me­nos an­gus­tia­dos por lo que no va­mos a en­con­trar que por no en­con­trar­nos. La esen­cia de lo es­pec­tral no ra­di­ca en el pe­so de la me­mo­ria cul­tu­ral, con la que au­to­res y crí­ti­cos ha­ce­mos ma­la­ba­res pre­ten­dien­do des­cu­brir nue­vas tie­rras con ca­da pa­so da­do en el mis­mo si­tio. Por el con­tra­rio, el fan­tas­ma anun­cia nues­tra au­sen­cia pró­xi­ma; cons­ta­ta que el apor­te del pres­crip­tor me­dio a la cul­tu­ra es un es­pe­jis­mo tras el que aguar­da pa­cien­te­men­te la na­da.

Netflix/Disney

Con la ad­qui­si­ción de Fox, pue­de que en un par de años Disney es­té sa­tu­ran­do las mul­ti­sa­las de ci­ne de to­do el mun­do a ra­zón de dos su­per­pro­duc­cio­nes men­sua­les, am­pa­ra­das por los se­llos di­ver­sos que ha ido ab­sor­bien­do en los úl­ti­mos años. Mientras tan­to, Netflix in­ver­ti­rá ocho mil mi­llo­nes de dó­la­res en 2018 a fin de que su pla­ta­for­ma de vi­sio­na­dos on­li­ne pue­da ofre­cer con­te­ni­dos ori­gi­na­les a sus abo­na­dos a ra­zón de dos pe­lí­cu­las a la se­ma­na. La es­tan­da­ri­za­ción de la ima­gen, y la fac­tu­ra­ción de his­to­rias a la me­di­da de un con­su­mi­dor ca­da vez más con­tro­la­do por el big da­ta, ya son per­cep­ti­bles en uno y otro ca­so. No hay que dra­ma­ti­zar es­ta evo­lu­ción del au­dio­vi­sual, más allá de lo que pue­da aca­rrear pa­ra la ri­que­za ex­pre­si­va del ci­ne y la pe­que­ña pan­ta­lla la con­cen­tra­ción de com­pa­ñías, es de­cir, de uni­ver­sos pro­duc­ti­vos. Al fin y al ca­bo, los gran­des es­tu­dios más o me­nos clá­si­cos de Hollywood, ca­de­nas te­le­vi­si­vas co­mo Channel Four y HBO, ya im­plan­ta­ron en sus mo­men­tos de ma­yor au­ge va­lo­res crea­ti­vos de mar­ca con enor­me in­fluen­cia en el es­pec­ta­dor. Nuestra in­quie­tud se de­be más bien a que, tras la cri­sis eco­nó­mi­ca, la res­pon­sa­bi­li­dad so­cial cor­po­ra­ti­va con que las gran­des em­pre­sas ma­qui­lla­ron des­de prin­ci­pios del si­glo XXI sus ac­ti­vi­da­des a fin de aca­llar la ma­la con­cien­cia del clien­te, ha ad­qui­ri­do un ses­go de in­ge­nie­ría ideo­ló­gi­ca na­da su­til. En el ca­so de las se­ries y las pe­lí­cu­las, ello per­mi­te al pú­bli­co sa­tis­fa­cer sus adic­cio­nes es­có­pi­cas, con­su­mis­tas y fe­ti­chis­tas con la con­vic­ción de que es­tá con­tri­bu­yen­do a un mun­do me­jor, por lo que su ni­vel de (auto)crítica aca­ba por ser in­fe­rior al de nues­tros abue­los cuan­do se su­mer­gían en las pe­lí­cu­las de Gary Cooper «pa­ra ol­vi­dar­se de to­do». La fic­ción tien­de hoy a ser ca­te­cis­mo, el es­pec­ta­dor es­tá en­can­ta­do de men­guar has­ta la con­di­ción de fe­li­grés fa­ná­ti­co, pre­sas una y otro de la arro­gan­cia mo­ral.

El ocaso de Internet

Las con­tro­ver­sias en torno al po­si­ble fin glo­bal en un tiem­po de la net neu­tra­lity, la trans­for­ma­ción pro­gre­si­va del in­ter­nau­ta en ha­bi­tan­te de esa mez­cla de Calle Mayor y com­pra­ven­ta de da­tos y emo­cio­nes que son las re­des so­cia­les, la ideo­lo­gi­za­ción cen­so­ra que ha po­seí­do el ám­bi­to de lo vir­tual, la apo­lo­gía nar­ci­sis­ta y vic­ti­mis­ta de la iden­ti­dad, sus­ci­tan el es­ta­ble­cer un pro­nós­ti­co un tan­to dis­tó­pi­co pa­ra Internet. Lo que fue Salvaje Oeste, ese es­pa­cio en el que uno po­día ser na­die y abis­mar­se en to­do, es­tá su­frien­do una evi­den­te re­gre­sión, que ha­ce pen­sar en fu­tu­ras co­mu­ni­da­des mi­no­ri­ta­rias, re­fu­gia­das en la Deep Web si son re­frac­ta­rias a lo es­ta­ble­ci­do, obli­ga­das a su­pe­rar el ser con­te­ni­dos no in­de­xa­bles o prác­ti­ca­men­te in­vi­si­bles en mo­to­res de bús­que­da co­mo Google, o ca­mu­fla­das cual po­li­zo­nes en los pa­que­tes de ser­vi­cios on­li­ne que ofrez­can gran­des pro­vee­do­res de pla­ta­for­mas. Para quien crea que exa­ge­ra­mos, bas­ta con re­cor­dar la por­ta­da de la re­vis­ta Time que ad­ver­tía en 2016 de me­di­das res­tric­ti­vas a to­mar vis­to que Internet se es­ta­ba echan­do a per­der en ma­nos de «una cul­tu­ra del odio» que so­lo se iden­ti­fi­ca­ba co­mo tal en un de­ter­mi­na­do sen­ti­do; o el ar­tícu­lo pu­bli­ca­do por el repu­tado dia­rio pro­gre­sis­ta The Guardian en agos­to de 2017, en el que la cen­su­ra en Internet por par­te de las au­to­ri­da­des se con­tem­pla­ba ya sin pes­ta­ñear co­mo «ne­ce­sa­ria, aun­que no fá­cil de con­se­guir», siem­pre, eso sí, que se ga­ran­ti­ce un ejer­ci­cio de tal cen­su­ra «abier­to y de­mo­crá­ti­co» (sic). La li­ber­tad de ex­pre­sión ha de­ja­do, de he­cho, de ser re­le­van­te pa­ra bue­na par­te de la co­mu­ni­dad vir­tual, me­nos in­tere­sa­da por lo vis­to en ho­ri­zon­tes que am­plíen o desafíen su men­te que en que to­do lo que con­tem­plen sus ojos res­pon­da pun­to por pun­to a su pro­gra­ma­ción sec­ta­ria. En me­nos de lo que cree­mos, Internet pue­de pa­sar de re­pre­sen­tar la li­ber­tad ab­so­lu­ta pa­ra cual­quie­ra, con lo que ello ha con­lle­va­do en tér­mi­nos de dis­fru­te y res­pon­sa­bi­li­dad in­di­vi­dual, a una suer­te de co­lec­ti­vi­dad for­za­da en la que la de­nun­cia por par­te de otro usua­rio ofen­di­do, o la va­po­ri­za­ción vía cier­tos al­go­rit­mos de pro­gra­ma­ción im­ple­men­ta­dos por re­des so­cia­les y bus­ca­do­res, cons­ti­tu­yan la nor­ma.

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Germán Sierra

Twin Peaks

Veintisiete años des­pués, en un en­torno de ma­yor ca­li­dad au­dio­vi­sual y mu­cho más com­pe­ti­ti­vo que el de ini­cios de los 90, la ter­ce­ra tem­po­ra­da de Twin Peaks ha vuel­to a de­mos­trar que no exis­te nin­gún equi­po de rea­li­za­ción com­pa­ra­ble al dúo Mark Frost/David Lynch. En mi opi­nión, Lynch y Frost con­ti­núan pro­du­cien­do la me­jor na­rra­ti­va vi­sual ja­más fil­ma­da pa­ra la te­le­vi­sión, el epi­so­dio 8 es, por sí so­lo, una obra maes­tra, y el di­so­cia­do Cooper el per­so­na­je más em­ble­má­ti­co del año que ter­mi­na.

Oumuamua

Admito que, aún par­tien­do de una de­fi­ni­ción am­plia y am­bi­gua de «ar­te­fac­to cul­tu­ral», in­cluir a un as­te­roi­de en es­ta lis­ta pue­da so­nar un po­co ex­tra­ño. Pero lo cier­to es que Oumuamua ha si­do uno de los per­so­na­jes me­diá­ti­cos del año — y ca­si el úni­co no fic­ti­cio al que ha me­re­ci­do la pe­na pres­tar cier­ta aten­ción. Si es­to no fue­ra su­fi­cien­te, so­ñe­mos con que se tra­ta del pe­cio fó­sil de una an­ti­quí­si­ma na­ve in­ter­es­te­lar que va­ga sin rum­bo por el uni­ver­so y po­dría co­rro­bo­rar una de las res­pues­tas más ha­bi­tua­les a la pa­ra­do­ja de Fermi: qui­zás, en ga­la­xias le­ja­nas, exis­tie­ron ci­vi­li­za­cio­nes que ya se han ex­tin­gui­do. Por al­go lo ha­brán de­no­mi­na­do así, con esa pa­la­bra ha­waia­na tan lle­na de vo­ca­les que sue­na co­mo el ape­la­ti­vo de un amis­to­so ex­tra­te­rres­tre.

#Nodos

Magníficamente or­ga­ni­za­do, di­se­ña­do y edi­ta­do gra­cias al tra­ba­jo de Gustavo Ariel Schwartz y Víctor Bermúdez, #Nodos (Next Door, 2017) ha si­do un pun­to de en­cuen­tro pa­ra nu­me­ro­sos aven­tu­re­ros in­te­lec­tua­les que ex­plo­ran las fron­te­ras de muy di­ver­sos ám­bi­tos del co­no­ci­mien­to. Con tex­tos de cien­tí­fi­cos, ar­tis­tas, fi­ló­so­fos y es­cri­to­res de to­do el mun­do or­ga­ni­za­dos en torno a una se­lec­ción de diez nú­cleos con­cep­tua­les que abar­can mu­chas de las áreas que es­tán im­pul­san­do el co­no­ci­mien­to y las tec­no­lo­gías del si­glo XXI (Redes com­ple­jas, me­tá­fo­ra, cos­mos, caos y com­ple­ji­dad, emer­gen­cia, per­cep­ción, me­mo­ria, emo­ción, con­cien­cia y big da­ta), #Nodos re­co­ge, en un úni­co vo­lu­men y en bre­ves pe­ro in­ten­sas pin­ce­la­das, el es­ta­do ac­tual de mu­chas pre­gun­tas que per­ma­ne­cen sin res­pues­ta — y un gran nú­me­ro de ideas fres­cas pa­ra con­ti­nuar in­ten­tan­do res­pon­der­las.

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John Tones

The Disaster Artist

Sin du­da lo más in­tere­san­te de la re­crea­ción de James Franco del de­men­cial ro­da­je y los in­des­crip­ti­bles re­sul­ta­dos de The Room de Tommy Wiseau es con­je­tu­rar con otros en­fo­ques, otras po­si­bi­li­da­des de acer­ca­mien­to a aque­lla lo­cu­ra. Alternativas en las que se in­da­ga­ra en lo que po­si­ble­men­te fue aquel ro­da­je de ver­dad, una au­tén­ti­ca pe­sa­di­lla (y de lo que aca­ba­re­mos en­te­rán­do­nos: po­si­ble­men­te en 2018 sal­ga a la luz el ma­king of). O al­gu­na dis­qui­si­ción al­go más es­pe­sa so­bre qué ha­ce bueno o ma­lo al ar­te, y si eso tie­ne al­gún va­lor en el fon­do. The Disaster Artist es, po­si­ble­men­te, la op­ción más con­ser­va­do­ra de to­das las po­si­bles, una buddy mo­vie con cla­ros­cu­ros y mu­chos enig­mas, y no es ma­la op­ción, ojo: la arro­lla­do­ra per­so­na­li­dad de Franco, lo inasi­ble y alie­ni­ge­na del ma­te­rial ori­gi­nal, de to­do ello el di­rec­tor y ac­tor sa­ca oro. EL re­sul­ta­do es una pe­lí­cu­la que po­dría ser más va­lien­te, pe­ro qui­zás no me­jor.

Punk, ¿pero qué punk?

El me­jor en­sa­yo na­cio­nal de 2017 no es una arries­ga­da dis­qui­si­ción so­bre los lí­mi­tes de Lo Punk, sus ca­lle­jo­nes sin sa­li­da o las re­des de in­fluen­cia in­sos­pe­cha­das que es­ta­ble­ce la cul­tu­ra po­pu­lar, aun­que tam­bién ha­bla de re­fi­lón de to­do eso. Punk, pe­ro ¿qué punk? es un li­bro de Tomás González Lezana que, con una do­cu­men­ta­ción pun­ti­llo­sa has­ta lo en­fer­mi­zo, re­tra­ta cier­tas zo­nas de nues­tro punk des­de los se­ten­ta, fo­ca­li­zán­do­se en im­pac­tos y gru­pos con­cre­tos. En vez de una pers­pec­ti­va va­ga y ge­ne­ral, acu­de a una se­rie de ban­das y es­ce­nas y ana­li­za con de­ta­llis­mo en­fer­mi­zo ca­sos de ca­da una de ellas. Así, des­de lo par­ti­cu­lar se am­plía a lo ge­ne­ral en una ex­ce­len­te lec­ción de sín­te­sis y de có­mo a ve­ces no ha­ce fal­ta te­ner ideas re­vo­lu­cio­na­rias pa­ra ha­cer aná­li­sis cer­te­ros: sim­ple­men­te hay que ha­cer las co­sas bien.

La edición de Valdemar de «Libros de Sangre» de Clive Barker

Una edi­ción que ha­cía fal­ta pa­ra un au­tor que en nues­tro país ha si­do siem­pre pu­bli­ca­do de for­ma errá­ti­ca, con tra­duc­cio­nes co­cham­bro­sas y con se­lec­cio­nes dis­cu­ti­bles de su tra­ba­jo. Un desas­tre pa­ra ser, bueno… pa­ra ser el me­jor au­tor con­tem­po­rá­neo de li­te­ra­tu­ra de te­rror. Valdemar le ha­ce jus­ti­cia con dos to­chos que re­co­pi­lan su obra mag­na, los Libros de Sangre, en­ga­la­na­dos am­bos con ex­tra­or­di­na­rios pró­lo­gos de Antonio Trashorras y Jesús Palacios. Una reivin­di­ca­ción jus­ta y ne­ce­sa­ria de un im­pres­cin­di­ble crea­dor de pe­sa­di­llas (y que se com­ple­men­ta per­fec­ta­men­te con una nue­va tra­duc­ción de la no­ve­la cor­ta que ins­pi­ró Hellraiser a ma­nos de Hermida Editores, me­nos lu­jo­sa pe­ro igual­men­te bien­ve­ni­da). A ver cuan­do po­de­mos em­pe­zar a ca­tar co­sas ya ago­ta­dí­si­mas co­mo Cabal o Sortilegio.

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Julio Tovar

Los diarios de Emilio Renzi

La dia­rís­ti­ca en España, a pe­sar de los dig­ní­si­mos in­ten­tos de Andrés Trapiello o Iñaki Uriarte, sue­le ser te­rri­to­rio vir­gen. Por eso es esen­cial re­co­men­dar es­ta se­rie de dia­rios, lo me­jor que ha pu­bli­ca­do Anagrama en años, del es­cri­tor ar­gen­tino Ricardo Piglia. De es­truc­tu­ra frag­men­ta­ria, en oca­sio­nes sin cro­no­lo­gía, son un tes­ti­mo­nio de un yo in­qui­si­ti­vo, cu­rio­so y ca­si siem­pre con­tem­pla­ti­vo. Es un ob­ser­va­dor, po­co va­lien­te, pe­ro de jui­cios pre­ci­sos y con un hu­ma­nis­mo que re­sul­ta iné­di­to en es­tos tiem­pos de ca­na­lleo por de­cre­to y mal­di­tis­mo de uni­ver­si­dad de le­tras, fe­do­ra y pe­lo­teo a je­fes. Se le po­dría lla­mar con pre­ci­sión «fri­ki de las le­tras», pe­ro en reali­dad su dia­rio es una in­men­sa lec­ción de vi­da y li­te­ra­tu­ra. El úl­ti­mo vo­lu­men, que de­ja ver ecos de la en­fer­me­dad que aca­ba­ría con el au­tor, al­can­za cier­ta gra­ve­dad de gran obra, ade­más. Un ex­ce­len­te dia­rio, sin du­da, que so­lo tie­ne un pro­ble­ma: al lec­tor le fal­ta­rá tiem­po pa­ra aca­bar­lo.

El caso Sloane

Se ha­bla de un ci­ne post-feminista, to­das esas co­pias ba­ra­tas de Girls, pe­ro po­co de las pe­que­ñas obras que re­suel­ven la ecua­ción im­po­si­ble: una pro­ta­go­nis­ta fe­me­ni­na que no de­be na­da al otro gé­ne­ro. Estos fil­mes, di­fí­ci­les de ver en Hollywood, a ve­ces al­can­zan so­na­dos éxi­tos co­mo es­ta cla­ri­vi­den­tí­si­ma pe­lí­cu­la, es­cri­ta por el de­bu­tan­te Jonathan Perera. Con mu­cha di­fe­ren­cia el me­jor pro­duc­to de la fac­to­ría Jessica Chastain, pre­sen­ta a una eje­cu­ti­va am­bi­cio­sa ca­paz de po­ner en ja­que al país. No ha­bla­mos, cui­da­do, de per­so­na­jes cos­tum­bris­tas, es­ti­lo Erin Brockovich, sino más bien de un ca­rác­ter in­dó­mi­to, una lo­ba de Wall Street, más cer­ca­na los plan­tea­mien­tos del fe­mi­nis­mo se­gun­da ola que al de ter­ce­ra. Fuera de cual­quier reivin­di­ca­ción, la afi­la­dí­si­ma es­cri­tu­ra, el mon­ta­je en­dia­bla­do y las bri­llan­tes in­ter­pre­ta­cio­nes dan un th­ri­ller so­cial cla­ri­vi­den­te.

Metroid: Samus Returns

Hay que reivin­di­car es­te clá­si­co, hay que con­si­de­rar­lo el tí­tu­lo más fino desa­rro­lla­do por Mercury Steam. Tomando co­mo ma­pa blan­co el di­se­ño ori­gi­nal, más des­nu­do que efi­caz, la com­pa­ñía de Madrid ha crea­do uno de los me­jo­res jue­gos de la Nintendo 3DS y la me­jor en­tre­ga de la fran­qui­cia Metroid en dé­ca­das. Además, la co­la­bo­ra­ción con Nintendo ha traí­do me­jo­ras evi­den­tes co­mo un con­trol mu­cho más pre­ci­so, ma­pea­dos in­men­sos y un apar­ta­do téc­ni­co pun­te­ro. Aunque pa­só des­aper­ci­bi­do re­la­ti­va­men­te al ser por­tá­til, es­te tí­tu­lo es uno de los me­jo­res jue­gos de ti­po clá­si­co del pre­sen­te año y una re­su­rrec­ción en­vi­dia­ble de una sa­ga con mu­chos al­ti­ba­jos. Esperemos que Samus Aran si­ga vi­va siem­pre en nues­tras pan­ta­llas: nun­ca fal­ta­rán me­troi­des que cap­tu­rar.

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Gerardo Vilches

Twin Peaks: The Return

No voy a ser es­pe­cial­men­te ori­gi­nal pa­ra em­pe­zar: el re­gre­so de David Lynch y Mark Frost a su crea­ción te­le­vi­si­va, más de vein­ti­cin­co años des­pués de la se­rie ori­gi­nal, ha ro­to con cual­quier ex­pec­ta­ti­va que pu­dié­ra­mos te­ner. Lynch, co­mo si los años no pa­sa­ran por él, ha si­do ca­paz de vol­ver del re­vés el len­gua­je te­le­vi­si­vo y de­mos­trar has­ta qué pun­to la su­pues­ta edad de oro de las se­ries se es­tá ba­san­do, de­ma­sia­do a me­nu­do, en pa­ra­dig­mas na­rra­ti­vos clá­si­cos, cuan­do no con­ser­va­do­res. Este ar­te­fac­to que ha si­do la ter­ce­ra tem­po­ra­da de Twin Peaks no ha te­ni­do mie­do de rom­per cual­quier lí­mi­te y desafiar­nos co­mo es­pec­ta­do­res, al ne­gar­nos no so­lo un re­la­to con­ven­cio­nal, sino una na­rra­ti­va li­neal. Más allá de los lo­gros es­té­ti­cos de la se­rie, o de so­ber­bias ac­tua­cio­nes co­mo las de Kyle MacLachlan, el mé­ri­to de Twin Peaks: The Return tam­bién ha es­ta­do en su ca­pa­ci­dad pa­ra, en la era del spoi­ler y el tea­ser, te­ner­nos pe­ga­dos a la pan­ta­lla ca­da se­ma­na, du­ran­te to­do el ve­rano, sin te­ner ni pu­ñe­te­ra idea de lo que íba­mos a ver. Una ra­ra jo­ya inimi­ta­ble.

Krazy Kat es Krazy Kat es Krazy Kat

Exposición de George Herriman en el Museo Reina Sofía. Por pri­me­ra vez, uno de los mu­seos de ar­te con­tem­po­rá­neo más im­por­tan­tes de España le de­di­ca una ex­po­si­ción a un di­bu­jan­te de có­mics. Y se­gu­ra­men­te hay po­cos tan ade­cua­dos pa­ra tal ho­nor co­mo Herriman, crea­dor de Krazy Kat, una de las se­ries de pren­sa más ima­gi­na­ti­vas, rompe­doras y her­mo­sas de la his­to­ria. La ex­po ofre­ce una bue­na can­ti­dad de ori­gi­na­les de la ma­yo­ría de crea­cio­nes del au­tor, ade­más de aten­der tam­bién a los so­por­tes im­pre­sos, los pe­rió­di­cos de ca­li­dad ín­fi­ma en los que se pu­bli­ca­ban es­tas obras maes­tras to­das las se­ma­nas. Más allá del in­te­rés que la ex­po­si­ción tie­ne en sí mis­ma, me ha pa­re­ci­do re­le­van­te por lo que tie­ne de sím­bo­lo de unos tiem­pos en los que la re­la­ción del có­mic con el res­to de las ar­tes —así co­mo con las ins­ti­tu­cio­nes— es­tá cam­bian­do. También lo de­mues­tra la con­fe­ren­cia de Art Spiegelman en el pro­pio mu­seo, en un au­di­to­rio con ca­pa­ci­dad pa­ra cua­tro­cien­tas per­so­nas lleno a re­ven­tar pa­ra es­cu­char al crea­dor de Maus, en el mar­co de las ac­ti­vi­da­des pro­gra­ma­das pa­ra apo­yar la ex­po­si­ción.

Un millón de años

David Sánchez siem­pre me ha pa­re­ci­do uno de los me­jo­res au­to­res de có­mic que te­ne­mos en España, ade­más de uno de los más per­so­na­les. Su ca­pa­ci­dad pa­ra crear na­rra­cio­nes her­mé­ti­cas y fas­ci­nan­tes ya ha­bía que­da­do am­plia­men­te de­mos­tra­da en obras tan con­tun­den­tes co­mo La muer­te en los ojos (2012) o No cam­bies nun­ca (2012), pe­ro su pe­núl­ti­mo li­bro, Un mi­llón de años, es­tá a otro ni­vel. Se tra­ta de un li­bro am­bien­ta­do en un de­sier­to lleno de sím­bo­los, en el que trans­cu­rren his­to­rias so­bre la pa­ter­ni­dad y el con­cep­to de dios, di­bu­ja­das con el es­ti­lo de siem­pre de Sánchez, pe­ro tam­bién con una ma­du­rez in­dis­cu­ti­ble. Este có­mic me ha im­pac­ta­do co­mo po­cos, por­que tie­ne esa cua­li­dad pro­pia de las obras de ar­te su­pe­rio­res de per­tur­bar­nos, de ge­ne­rar­nos pre­gun­tas y de ob­se­sio­nar­nos un po­co. Ha si­do, en mi opi­nión, el me­jor có­mic es­pa­ñol de 2017.

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2 thoughts on “Ni cielo ni infierno en el mundo bajo los cielos. Lista (de listas) del 2017”

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