En el silencio encontramos las respuestas. Lista (de listas) del 2018

Todo es­tá bien. El in­cen­dió es­tá con­tro­la­do. El mun­do si­gue. No sa­be­mos du­ran­te cuán­to tiem­po ni en qué cir­cuns­tan­cias, pe­ro no pa­re­ce que to­do se va­ya a aca­bar ma­ña­na. En el ho­ri­zon­te hay co­sas por las que le­van­tar­se por las ma­ña­nas. Y si bien la ca­tás­tro­fe con­ti­núa, has­ta en tiem­pos de in­cen­dios hay si­tio pa­ra un buen ca­fé (si eres el di­bu­jo de un pe­rro).

2018 ha si­do un año fe­nó­me­nos cul­tu­ra­les dis­per­sos. No ha ha­bi­do nin­gún ele­men­to cla­ra­men­te do­mi­nan­te, mo­vién­do­se to­do en­tre ni­chos, don­de los ca­ta­clis­mos eran tre­men­dos, pe­ro li­mi­ta­dos a su en­torno. Cosa que se de­ja en­tre­ver en las po­cas re­pe­ti­cio­nes que po­de­mos en­con­trar en es­ta lis­ta. Algunos gui­ños, al­gu­na ten­den­cia que se re­pi­te de for­ma in­dis­cu­ti­ble, pe­ro el grue­so una di­ver­si­dad que ha­cía ya bas­tan­tes años que no veía­mos. Y eso siem­pre es mo­ti­vo de ale­gría.

Por eso, mien­tras la ha­bi­ta­ción ar­de, to­do es­tá bien. Porque se­gui­mos reunién­do­nos, en­con­tran­do co­sas de las que ha­blar y nun­ca lle­gan­do a un con­sen­so cla­ro. Porque la ha­bi­ta­ción es­tá en lla­mas, pe­ro to­do es­tá bien.

Andrés Abel

La dominación mundial de Ghost

El úl­ti­mo fe­nó­meno ca­paz de au­nar la mú­si­ca po­pu­lar de gui­ta­rra­zos con la lí­ri­ca y la es­té­ti­ca de las ti­nie­blas ha ter­mi­na­do de re­ven­tar es­te año, co­mo ca­da uno de los re­cin­tos gi­gan­tes que ha vi­si­ta­do por to­do el pla­ne­ta. No nos me­re­ce­mos la suer­te de es­tar asis­tien­do en di­rec­to al na­ci­mien­to de unos nue­vos KISS (o de un nue­vo Alice Cooper, si rom­pe­mos el he­chi­zo que dis­fra­za de ban­da el pro­yec­to per­so­nal de Tobias Forge), pe­ro des­de lue­go ellos (él) sí me­re­cen es­te as­cen­so que han ex­pe­ri­men­ta­do du­ran­te la gi­ra de pre­sen­ta­ción de Prequelle: la pues­ta de lar­go del Cardenal Copia nos de­ja el que po­si­ble­men­te sea el me­jor sin­gle de 2018, y una de las co­la­bo­ra­cio­nes mu­si­ca­les más es­pec­ta­cu­la­res que ha alum­bra­do (tri­ple em­pa­te con Night People de Deafheaven y Chelsea Wolfe y Dark All Day de Gunship, Tim Cappello e Indiana).

Alma y Elena versus la Operadora

Si el año pa­sa­do re­par­ti­mos, aquí mis­mo, el pre­mio a la me­jor he­roí­na de ac­ción en­tre dos pe­lí­cu­las dis­tin­tas, es­te lo en­tre­ga­mos a una so­la… pe­ro to­ca di­vi­dir en­tre TRES ter­mi­na­tri­ces. The Night Comes for Us, de Timo Tjahjanto, es un mu­si­cal cu­yos te­mas se in­ter­pre­tan con ins­tru­men­tos de fi­lo, una ver­sión de Sharknado que re­em­pla­za los ti­bu­ro­nes por in­do­ne­sios con cu­chi­llos, y en­tre to­das sus re­frie­gas des­ta­ca la que en­fren­ta a tres ico­nos ins­tan­tá­neos: The Operator, el per­so­na­je de Julie Estelle (la no me­nos icó­ni­ca Hammer Girl de The Raid 2), con­tra Elena y Alma (Hannah Al Rashid y Dian Sastrowardoyo), enig­má­ti­ca­men­te pre­sen­ta­das co­mo «los Lotos ter­ce­ro y quin­to». Ni idea de lo que sig­ni­fi­ca eso, pe­ro quién pue­de es­pe­rar a co­no­cer a los de­más.

Cualquier cosa que haya tocado Julie Bell

La fir­ma de la pin­to­ra te­ja­na se ha con­ver­ti­do es­te año en un se­llo de ex­ce­len­cia pa­ra las obras aje­nas que ha her­mo­sea­do, ha­bien­do apa­re­ci­do en (al me­nos) dos de las ga­na­do­ras ab­so­lu­tas de 2018, a sa­ber: el úl­ti­mo dis­co de Andrew W.K., You’re Not Alone, eu­fo­ri­zan­te co­lec­ción de can­cio­nes (y, er, aren­gas mo­ti­va­cio­na­les) de cu­ya por­ta­da se hi­zo car­go en co­la­bo­ra­ción con su ma­ri­dí­si­mo Boris Vallejo; y la pe­lí­cu­la Mandy, de Panos Cosmatos, en la que el per­so­na­je ti­tu­lar in­ter­pre­ta­do por Andrea Riseborough es tam­bién una ar­tis­ta de lo fan­tás­ti­co cu­yo tra­ba­jo se pre­sen­ta a tra­vés de va­rias pie­zas de Julie. En con­cre­to ese di­bu­jo de Nicolas Cage con el ti­gre no es que sea de lo me­jor del año: es que es de lo me­jor de la vi­da.

Álvaro Arbonés

El romance con Netflix

Los há­bi­tos cam­bian ca­si sin dar­nos cuen­ta. Hace me­nos de diez años la te­le­vi­sión aún era un for­tín, con el strea­ming sien­do prác­ti­ca­men­te mar­gi­nal y las des­car­gas al­go to­da­vía pun­tual, y aho­ra no po­de­mos con­ce­bir la idea de en­cen­der la te­le­vi­sión. No cuan­do Netflix nos ha da­do es­te año Devilman: cry­baby, Hi Score Girl, Baki, El apos­tol y Aniquilación. Todo eso sin con­tar to­das las co­sas de su ca­tá­lo­go que no son pro­pias, en mu­chos ca­sos, no son nue­vas, pe­ro se­rían inac­ce­si­bles, le­gal­men­te, de nin­gún otro mo­do. Y es que los há­bi­tos cam­bian ca­si sin dar­nos cuen­ta por­que es fá­cil acos­tum­brar­se a lo más có­mo­do. Porque, a fin de cuen­tas, ¿có­mo no íba­mos a pre­fe­rir pro­duc­cio­nes ya pre­pa­ra­das pa­ra que las vea­mos cuan­do y no­so­tros que­ra­mos a te­ner que de­pen­der de ca­na­les, ho­ra­rios y to­rrents?

El final de una era (de ghouls)

Todo fi­nal es tris­te. Se aca­ban las his­to­rias, los per­so­na­jes, la poé­ti­ca. Y si bien to­do que exis­tió se­gui­rá exis­tien­do mien­tras al­guien lo re­cuer­de, un fan­fic ra­ra vez con­si­gue cap­tar la mis­ma fuer­za que te­nía la obra ori­gi­nal. Por eso la tris­te­za del fi­nal de Tokyo Ghoul :re, que en sus úl­ti­mos trein­ta ca­pí­tu­los abra­zó una in­tros­pec­ción prác­ti­ca­men­te ab­so­lu­ta, pa­re­ce eter­na. Hemos vi­vi­do tan­tas co­sas con Ken Kaneki, con los ghouls, con los hu­ma­nos, que es im­po­si­ble no que­rer sa­ber qué es de ellos. Cómo les va la vi­da. Pero eso no se­ría jus­to. Porque la his­to­ria ha con­clui­do y no se me­re­cen se­guir su­frien­do. A fin de cuen­tas, un fi­nal, por tris­te que sea, tam­bién es un cie­rre y la po­si­bi­li­dad de al­go nue­vo. Que es exac­ta­men­te lo que es­pe­ra­mos de Sui Ishida: des­cu­brir de lo que es ca­paz des­pués de es­cri­bir uno de los gran­des man­gas del pre­sen­te.

Ni si o i sin

A ve­ces pa­ra lle­gar en el mo­men­to exac­to hay que lle­gar tar­de. Y eso no se apli­ca tan­to a Nisioisin co­mo al he­cho de cuán­do he lle­ga­do a él. En 2018 he vis­to Bakemonogatari, leí­do los dos pri­me­ros vo­lú­me­nes de Zaregoto, Jūni Taisen y la adap­ta­ción al man­ga de Okitegami Kyouko no Bibouroku. Lo peor, me ha pa­re­ci­do no­ta­ble, po­ten­cial­men­te so­bre­sa­lien­te. Lo me­jor, una obra maes­tra. Ahora, ha­ce unos días, se pu­bli­có en España el pri­mer vo­lu­men de la adap­ta­ción al man­ga de Bakemonogatari. Y aun­que lle­go tar­de, no lle­go tan tar­de. Porque lle­gar a Nisioisin ha si­do lo me­jor que me ha pa­sa­do es­te año: nin­gún otro au­tor con­tem­po­rá­neo tie­ne tan­ta fuer­za e in­te­li­gen­cia co­mo es­te hom­bre que siem­pre pa­re­ce es­cri­bir­le al en­ga­ño que siem­pre se ve un se­gun­do más tar­de de lo que nos con­vie­ne.

Café 1982

88rising

Este pá­rra­fo en reali­dad iba a tra­tar so­bre George (Joji) Miller, ya que es­te año ha sa­ca­do dos de las can­cio­nes que más me han lle­ga­do. Pero se­ría in­jus­to no acep­tar por qué ha con­se­gui­do ha­cer el cam­bio de Filthy Frank a Joji. 88rising (88⬆) ha con­se­gui­do mi ad­mi­ra­ción por ha­cer una apues­ta por la re­pre­sen­ta­ción. Vieron lo po­co co­no­ci­do que era el hip‐hop orien­tal en oc­ci­den­te y de­ci­die­ron que ese fue­se el cen­tro de la com­pa­ñía: que en Estados Unidos el pú­bli­co su­pie­ra aso­ciar un ar­tis­ta a Corea, Indonesia, China, Japón… Y aun­que los ad­mi­re, no voy a ne­gar que era una apues­ta se­gu­ra. Con Rich Brian, Joji, Higher Brothers y otros era im­po­si­ble no lla­mar la aten­ción de to­do aquel que bus­ca­ra al­go dis­tin­to en el hip‐hop, amb di­ners to­rrons. Pero lo que no me es­pe­ra­ba es que en tan po­co tiem­po con­si­guie­ran ha­cer una gi­ra de ca­si un fes­ti­val por día du­ran­te un mes sin per­der esos mis­mos prin­ci­pios. Poniendo en EEUU a KOHH y Keith Ape arri­ba del to­do del car­tel, que es don­de se me­re­cen es­tar.

Epic Games Store

Todos sa­bía­mos ya que Steam pa­ra el desa­rro­lla­dor es una pu­ta mier­da y a la vez la úni­ca op­ción via­ble. Pero los ca­mi­nos del ca­pi­ta­lis­mo son ines­cru­ta­bles y Epic de­ci­dió lan­zar su pro­pia pla­ta­for­ma usan­do co­mo com­pe­ten­cia, aten­ción, tra­tar bien a quien ha­ce los jue­gos. No sa­be­mos to­da­vía si es­te mo­vi­mien­to es un éxi­to y nos sal­va por fin de Steam. Pero lo que yo sé, es que tan­to su éxi­to co­mo su fra­ca­so se­rá lo que dic­ta­rá el fu­tu­ro y el bien­es­tar de los desa­rro­lla­do­res.

Comicsgate

Tal vez sea iró­ni­co des­ta­car un even­to de es­te año por su po­ca re­le­van­cia ac­tual­men­te. Pero creo que es im­por­tan­te des­ta­car­lo y com­pa­rar­lo con su her­mano Gamergate. En 2017 se ini­ció una cam­pa­ña de aco­so y llo­ri­queo por la cre­cien­te di­ver­si­dad en los ar­tis­tas en­car­ga­dos de la crea­ción de có­mics de­to­na­da ra­zo­nes que me da ver­güen­za es­cri­bir; pe­ro al con­tra­rio que con el her­mano ton­to de las ar­tes, los vi­deo­jue­gos, fue­ron mu­chos los guio­nis­tas, di­bu­jan­tes, etc, que de­ci­die­ron le­van­tar la voz pa­ra de­jar cla­ro que re­cha­za­ban el mo­vi­mien­to. Sin me­dias tin­tas, ta­bús ni ver­güen­za: si apo­yas Comicsgate, no eres bien­ve­ni­do. No quie­ro ser ilu­so y fin­gir que el aco­so a ar­tis­tas del ni­vel de Noelle Stevenson y, co­mo siem­pre, cual­quier mi­no­ría que ha­ble un po­co más al­to de lo que les gus­ta va a pa­rar. Pero des­pués de vi­vir muy de cer­ca el Gamergate, ca­si des­de den­tro, y ser tes­ti­go de có­mo se apar­ta­ba e ig­no­ra­ba a aque­llos (aque­llas) que eran ob­je­ti­vo de aco­sos y ame­na­zas, só­lo po­día ad­mi­rar to­da­vía más a gran­des ar­tis­tas co­mo Kelly Thompson, Jeff Lemire y mu­chí­si­ma más gen­te que de­ci­dió de­cir «No os preo­cu­péis, es­ta­mos con vo­so­tras».

Eva Cid

Sharp Objects, de Marti Noxon (HBO)

Ser mu­jer due­le. Me vino es­ta fra­se a la ca­be­za po­co des­pués de em­pe­zar la fan­tás­ti­ca adap­ta­ción que HBO ha rea­li­za­do de la no­ve­la de ho­mó­ni­ma de Gillian Flynn, y ya no me la pu­de sa­car de ahí. Porque es cier­to que ser mu­jer due­le, y por­que Heridas Abiertas (su tí­tu­lo en cas­te­llano) di­bu­ja una car­to­gra­fía muy de­ta­lla­da de las dis­tin­tas fuen­tes del su­fri­mien­to fe­me­nino y de las re­tor­ci­das for­mas que adop­ta pa­ra de­jar sus hue­llas, más o me­nos pro­fun­das y a ve­ces mor­ta­les, en nues­tros cuer­pos y en nues­tras vi­das. La his­to­ria, una man­za­na en­ve­ne­na­da pro­ta­go­ni­za­da por una es­pec­ta­cu­lar Amy Adams, se cen­tra en el ex­tra­ño ase­si­na­to de dos ni­ñas en una pe­que­ña lo­ca­li­dad del es­ta­do de Missouri, y se va des­en­re­dan­do a lo lar­go de ocho epi­so­dios co­ci­na­dos a fue­go len­to, con un rit­mo pau­sa­do, par­si­mo­nio­so y as­fi­xian­te, que te aga­rra del cue­llo pa­ra ir ases­tán­do­te, con una de­li­ca­de­za per­ver­sa, un gol­pe tras otro has­ta el K.O téc­ni­co del fi­nal.

Mi experiencia lesbiana con la soledad, de Kabi Nagata (Fandogamia)

La his­to­ria de Kabi Nagata es una his­to­ria di­fí­cil de di­ge­rir. No es un es­pec­tácu­lo có­mo­do ni agra­da­ble aso­mar­se, sin fil­tros ni ador­nos, a los re­co­dos más ín­ti­mos y vul­ne­ra­bles de una per­so­na. Precisamente por ello Mi ex­pe­rien­cia les­bia­na con la so­le­dad es una obra tan im­pac­tan­te. Nagata ha pa­sa­do los diez años pos­te­rio­res a su gra­dua­ción su­frien­do ca­da día de su vi­da en una lu­cha con­si­go mis­ma pa­ra en­con­trar su lu­gar en el mun­do. Basada en la ex­pe­rien­cia per­so­nal de la au­to­ra, la obra na­rra có­mo in­ten­tó li­brar­se de ese su­fri­mien­to, lle­ván­do­se a sí mis­ma al lí­mi­te, al de­ci­dir acos­tar­se con una es­cort les­bia­na. La ho­nes­ti­dad, el co­ra­je, pe­ro tam­bién la ter­nu­ra y el sen­ti­do del hu­mor con el que la au­to­ra se abre y nos cuen­ta su ex­pe­rien­cia con­fi­gu­ran una de las lec­tu­ras más es­ti­mu­lan­tes y emo­ti­vas de es­te año.

Red Dead Redemption 2, de Rockstar Games

La se­cue­la de uno de los tí­tu­los más lau­rea­dos del gi­gan­te Rockstar apa­re­cía en to­das las qui­nie­las de los me­jo­res jue­gos del año an­tes in­clu­so de su lan­za­mien­to. Con unos va­lo­res de pro­duc­ción as­tro­nó­mi­cos y una pues­ta en es­ce­na a la al­tu­ra de las cir­cuns­tan­cias, Red Dead Redemption 2 ha ter­mi­na­do por des­ta­par­se co­mo uno de los me­jo­res jue­gos de los úl­ti­mos años por mo­ti­vos al­go di­fe­ren­tes de lo que su­gie­re el es­pec­ta­cu­lar des­plie­gue téc­ni­co que lo acom­pa­ña. La de Arthur Morgan, uno de los per­so­na­jes me­jor es­cri­tos de la his­to­ria re­cien­te del me­dio, es una his­to­ria ín­ti­ma de (auto)descubrimiento en el con­tex­to de una pe­que­ña co­mu­ni­dad des­arrai­ga­da en una épo­ca de pro­fun­dos cam­bios so­cia­les. Red Dead Redemption 2 es el jue­go del año por­que con­si­gue bri­llar en las dis­tan­cias cor­tas pe­se a la ce­ga­do­ra es­te­la de su uni­ver­so a gran es­ca­la. Porque se ha to­ma­do la mo­les­tia de des­ple­gar una red de me­cá­ni­cas, pe­que­ñi­tas y su­ti­les, que cris­ta­li­zan en to­do un sis­te­ma de jue­go con­sa­gra­do a los cui­da­dos, a las re­la­cio­nes pro­tec­to­ras y a la es­fe­ra de lo ín­ti­mo, to­do ello con una ca­pa­ci­dad ex­tra­or­di­na­ria pa­ra mo­di­fi­car la psi­co­lo­gía del ju­ga­dor; la ma­ne­ra en que nos re­la­cio­na­mos con un de­ter­mi­na­do mun­do in­ter­ac­ti­vo y el ti­po de diá­lo­go que es­ta­ble­ce­mos con to­dos sus ele­men­tos. El úl­ti­mo tra­ba­jo de la com­pa­ñía de los her­ma­nos Houser es un es­pec­tácu­lo téc­ni­co y vi­sual, un no­ta­ble jue­go de ac­ción, y uno de los sand­box más be­llos y com­ple­jos ja­más crea­dos, pe­ro don­de des­ta­ca ver­da­de­ra­men­te es en plano na­rra­ti­vo, en to­do ese en­tra­ma­do de me­cá­ni­cas y su­ti­le­zas ju­ga­bles que nos co­nec­tan con su mun­do de una for­ma ín­ti­ma y sor­pren­den­te.

Anabel Colazo

La ver­dad es que me fli­pan los su­ce­sos pa­ra­nor­ma­les. Esto no es nue­vo pa­ra na­die, y he de­ja­do que po­co a po­co la al­ta ex­tra­ñe­za de­ter­mi­ne la ma­yo­ría de las co­sas que ha­go o di­go. Supongo que, del mis­mo mo­do en que pien­so que la fic­ción nos acer­ca de ma­ne­ras úni­cas a pro­ble­má­ti­cas reales, lo pa­ra­nor­mal nos ayu­da a en­ten­der me­jor cier­tos as­pec­tos de no­so­tros y lo que nos ro­dea que nos asus­ta ad­mi­tir que nos preo­cu­pan. No se­ré yo la úni­ca que pien­se así, pues­to que me he en­con­tra­do con que los vi­deo­jue­gos que más dis­fru­to son en cier­to mo­do cuen­tos de fan­tas­mas: Gone Home, Oxenfree, Firewatch, The Beginner’s Guide, Life is Strange y, so­bre­to­do, Night in the Woods. Todos es­tos jue­gos se cons­tru­yen so­bre la ba­se de una at­mós­fe­ra de ex­tra­ñe­za que te ha­ce pre­pa­rar­te pa­ra el sus­to, el fan­tas­ma, un vi­si­tan­te de otro pla­ne­ta… pa­ra de­mos­trar­te que la reali­dad que te es­tá con­tan­do es lo que más mie­do da. La pér­di­da de una amis­tad, ad­mi­tir lo ma­la per­so­na que eres, tu fal­ta de ta­len­to, acep­tar el sino de las co­sas. Aceptar la muer­te.

Jugar a Night in the Woods por su es­treno en Switch ha si­do la ex­pe­rien­cia ju­ga­ble que más he dis­fru­ta­do en mu­cho tiem­po. Es un jue­go con el que es muy fá­cil de em­pa­ti­zar: es­toy en el mis­mo ran­go de edad que los per­so­na­jes que cuen­tan la his­to­ria y son ani­ma­li­tos de lo más ma­jo. Pero lo real­men­te atrac­ti­vo es que de­jan muy cla­ro que la pro­ta­go­nis­ta, esa ga­ti­ta que aca­ba de aban­do­nar la uni­ver­si­dad, no es un per­so­na­je cons­truí­do pa­ra que te re­fle­jes en ella. No es Link: Mae es quien es, y tu ga­me­play se ve­rá mar­ca­do por su per­so­na­li­dad.

Ella te con­du­ci­rá a tra­vés de la his­to­ria de su vuel­ta al pue­blo, Possum Springs, y el re­en­cuen­tro con sus ami­gos. Todos los per­so­na­jes re­pre­sen­tan di­men­sio­nes muy reales de la si­tua­ción en esos pue­blos en re­ce­sión, que an­ta­ño fue­ron un fo­co de tra­ba­jo y hoy día los ha­bi­tan­tes so­bre­vi­ven co­mo pue­den mien­tras los ne­go­cios cie­rran po­co a po­co y la gen­te sue­ña con un pa­sa­do que aho­ra re­cuer­dan co­mo prós­pe­ro, sin acep­tar que nun­ca tu­vie­ron una bue­na vi­da allí y que siem­pre fue una cues­tión de so­bre­vi­vir. Sin acep­tar el cam­bio. Mientras, una his­to­ria de fan­tas­mas que mez­cla las pro­pias ta­ras de Mae con la his­to­ria del pue­blo se cons­tru­ye a me­di­da que avan­za la tra­ma, y aca­ba­rá por ser una fuer­te cri­ti­ca so­cial a esos ho­rri­bles fan­tas­mas el pa­sa­do que, por des­gra­cia, son más que reales hoy día.

Un as­pec­to de la na­rra­ti­va de Night in the Woods que me sor­pren­dió un mon­tón es la ma­ne­ra en la que ges­tio­na los diá­lo­gos de los per­so­na­jes. Dado que no hay vo­ces en el jue­go hay que leer bas­tan­te, y es­tos tex­tos se mues­tran co­mo bo­ca­di­llos flo­tan­tes que en­se­ñan lo que di­cen o pien­san los per­so­na­jes. Son tex­tos que fun­cio­nan muy bien por se­pa­ra­do, y Scott Benson (uno de los tres pi­la­res del jue­go) afir­ma que twit­tear mu­cho ha mar­ca­do el es­ti­lo de es­tos tex­tos. Estilísticamente pien­so que el re­sul­ta­do es bri­llan­te. Sin em­bar­go, en nin­gún mo­men­to pre­ten­de caer en re­fe­ren­ciar as­pec­tos de Twitter en sí, de he­cho en un par de en­tre­vis­tas ha­bla de co­mo han evi­ta­do ac­ti­va­men­te ha­cer re­fe­ren­cias cul­tu­ra­les y re­sul­ta re­fres­can­te y una va­lio­sa lec­ción so­bre cons­truc­ción de mun­dos:

“A really clumsy overt re­fe­ren­ce in a work of fic­tion can th­row me right out of it. And it’s just mo­re fun and mo­re in­ter­es­ting to crea­te cul­tu­ral touchs­to­nes that ori­gi­na­te from and exist wit­hin the world you’re crea­ting.”

Night in the Woods en­tra por los ojos. Las ani­ma­cio­nes es­tán muy bien he­chas, y los di­se­ños de los per­so­na­jes son bas­tan­te bue­nos. El rea­lis­mo en es­te ti­po de his­to­rias es al­go que ca­si en to­das las oca­sio­nes aca­ba por ser al­go que me dis­gus­ta, pues­to que la pre­ten­sión es imi­tar un mun­do real en el que vi­vi­mos y que en reali­dad no nos gus­ta de­ma­sia­do. Pero es que ade­más es­ta si­mu­la­ción sue­le es­tar muy mal ges­tio­na­da: pe­lí­cu­las, se­ries y vi­deo­jue­gos que se es­fuer­zan por mos­trar en pan­ta­lla la ma­yor can­ti­dad de in­for­ma­ción po­si­ble cuan­do en reali­dad se tra­ta de ha­cer la que la ex­pe­rien­cia sea dis­fru­ta­ble. Me gus­ta lo car­toon, me gus­tan los di­bu­jos sen­ci­llos por­que ocu­rre que la in­for­ma­ción que te quie­ren mos­trar es fá­cil de en­ten­der y ha­ce que el pro­duc­to cul­tu­ral sea in­fi­ni­ta­men­te más dis­fru­ta­ble.

Supongo que por es­ta ra­zón Hora de Aventuras es lo que es. A lo lar­go de es­tos 8 años la se­rie ha cam­bia­do mu­cho pe­ro ha man­te­ni­do la esen­cia de có­mo lo sim­ple sue­le ser lo más com­ple­jo. Lo bien que fun­cio­nan las co­sas con po­cos ele­men­tos en es­ta se­rie es abru­ma­dor, no se me ocu­rre que pue­da exis­tir na­da que cuen­te me­jor tra­mas co­mo, por ejem­plo, «Jake es un la­dri­llo, ocu­rren co­sas». He se­gui­do Hora de Aventuras a lo lar­go de es­tos 8 años, y por en­ci­ma de to­do lo que po­dría de­cir me que­do con una co­sa: a pe­sar de co­men­zar co­mo una se­rie de Pendleton Ward, ter­mi­nó sien­do una se­rie de to­dos los ar­tis­tas que tra­ba­ja­ron en ella. Pendleton se hi­zo a un la­do y de­jó que to­do el mun­do apor­ta­ra de lo su­yo. Creo que es­te ges­to ha he­cho de la se­rie al­go in­creí­ble y el re­sul­ta­do es lo que vi­mos es­te ve­rano, una co­sa pre­cio­sa. Cómo me gus­ta cuan­do las co­sas ter­mi­nan.

Y me en­can­ta­ría ter­mi­nar es­ta cha­pa ya, pe­ro las co­sas a ve­ces no fun­cio­nan co­mo uno es­pe­ra. Llevo 4 ve­ra­nos tra­ba­jan­do de li­bre­ra, y eso ha he­cho que de­tes­te un po­co los li­bros co­mo ob­je­to (¡no los có­mics!). Me com­pré un kind­le al fi­nal del se­gun­do ve­rano, y con ello vino al­go bueno: co­men­cé a leer a Brandon Sanderson. No ha­bría to­ca­do ni con un pa­lo sus li­bros de más de 1000 pá­gi­nas en for­ma­to fí­si­co. Pero me leí tres li­bros su­yos y me pa­re­cie­ron al­go re­gu­le­ros, has­ta que re­fle­xio­né que ten­dría que co­men­zar por lo que to­do el mun­do re­co­men­da­ba. ¿Me veía ca­paz de co­men­zar una sa­ga de fan­ta­sía épi­ca de 10 li­bros de los cua­les so­lo ha­bían sa­li­do dos? Probé a ver que pa­sa­ba, yo so­lo que­ría leer al­go en­tre­te­ni­do y fá­cil. La ver­dad es que los dos pri­me­ros vo­lú­me­nes de El Archivo de las Tormentas son abru­ma­do­res: la cons­truc­ción del mun­do tie­ne mu­chas di­men­sio­nes ha­cien­do que la cul­tu­ra y la po­lí­ti­ca sean muy com­ple­jos y pro­fun­dos. Es un mun­do or­gá­ni­co, cam­bian­te y muy emo­cio­nan­te. El pac­to con el lec­tor es im­per­tur­ba­ble. Pero no me aca­ba­ba de tra­gar su ma­ne­ra de es­cri­bir las re­la­cio­nes hu­ma­nas y co­mo se re­la­cio­nan los per­so­na­jes en­tre ellos. Hasta el ter­cer vo­lu­men no su­pe ver lo que es­ta­ba ocu­rrien­do de ver­dad con los pro­ta­go­nis­tas; leer Juramentada ha si­do in­creí­ble: có­mo Sanderson re­cons­tru­ye el con­cep­to de hé­roe en su li­te­ra­tu­ra, có­mo las per­so­nas se sien­ten ca­da vez más reales. Lo im­per­fec­to que es to­do el mun­do. Como el bien y el mal ya no exis­ten, so­lo gen­te con in­tere­ses. Vaya, igual que en la vi­da real.

Hace unos me­ses, mien­tras ex­plo­ra­ba la ha­bi­ta­ción del pro­ta­go­nis­ta en el pri­mer ca­pí­tu­lo de Life is Strange 2 me fi­jé en unos li­bros que te­nía unos li­bros en su me­si­ta de no­che, una sa­ga de fan­ta­sía que él se­guía . El cha­val co­men­tó al­go así co­mo «me fli­pa que cuan­do es­tos li­bros ter­mi­nen de pu­bli­car­se yo ten­dré más de 20 años». Es una sen­sa­ción in­creí­ble en la ha­cía años que no me re­crea­ba, y me en­can­ta vol­ver a vi­vir es­to con El Archivo de las Tormentas. Qué bien po­der vi­vir la peor de las ti­me­li­nes.

Xabier Cortes

On Dark Horses, de Emma Ruth Rundle

Emma Ruth Rundle —a la que tam­bién po­déis es­cu­char a la gui­ta­rra en Red Sparowes, en Marriages y unos cuan­tos pro­yec­tos más— ha apa­re­ci­do en es­te 2018 que ya ago­ni­za con una nue­va ge­nia­li­dad de folk elec­tri­fi­ca­do os­cu­ro, de­li­ca­do e ín­ti­mo. Un ál­bum que si­gue ex­plo­ran­do el ca­mino que nos pre­sen­tó en su an­te­rior lar­ga du­ra­ción Marked by Death de ha­ce un par de años, sí, pe­ro que en es­ta oca­sión es ca­paz de ele­var ese ya ca­rac­te­rís­ti­co so­ni­do de Emma Ruth Rundle has­ta la mal­di­ta es­tra­tos­fe­ra y más allá. Desde su folk ín­ti­mo cons­tru­ye su so­ni­do en el que en­con­tra­re­mos gui­ta­rras pro­pias del post rock —en Dead Set Eyes, por ejem­plo— que re­fuer­zan, más si ca­be, esa at­mós­fe­ra a me­dio ca­mino en­tre la os­cu­ri­dad más omi­no­sa y la bru­ma en un ama­ne­cer in­ver­nal que se acer­ca. Un so­ni­do úni­co, una at­mós­fe­ra ín­ti­ma siem­pre sos­te­ni­dos so­bre una só­li­da ba­se que nos pue­de traer a la men­te los pri­me­ros tra­ba­jos de Chelsea Wolfe, por ejem­plo. On Dark Horses re­sul­ta ser un ejer­ci­cio de equi­li­brios en­tre lo at­mos­fé­ri­co y el rui­do; el dro­ne y la par­ti­cu­lar vi­sión que tie­ne Emma Ruth Rundle del folk y por su­pues­to que de­be en­con­trar­se en­tre los ar­te­fac­tos cul­tu­ra­les más des­ta­ca­bles de es­te año.

Errementari, de Paul Urkijo

Adaptar y tras­la­dar la vie­ja fá­bu­la ¿in­fan­til? de Patxi Errementaria al ci­ne sin per­der su ca­rác­ter de cuen­to po­pu­lar. Hacerlo en eus­ke­ra, más con­cre­ta­men­te en el eus­kal­ki —dia­lec­to del eus­ke­ra— ala­vés ya (ca­si) ex­tin­to. Conseguir re­crear la at­mós­fe­ra bru­mo­sa y claus­tro­fó­bi­ca de la Euskadi ru­ral de me­dia­dos del XIX sin caer en tó­pi­cos y sin ol­vi­dar su cuo­ta de crí­ti­ca al po­de­ro­so. Crear una de­li­cia vi­sual que nos de­vuel­ve a nues­tra tier­na (o no) in­fan­cia y que nos ha­ce dis­fru­tar de la pe­lí­cu­la con la inocen­cia de an­ta­ño. Lo que ha con­se­gui­do Paul Urkijo y su equi­po en Errementari ha si­do pa­ra po­ner­lo sin du­dar­lo en­tre los tres he­chos cul­tu­ra­les más des­ta­ca­bles de es­te año. La de­vo­ción de Urkijo por la fan­ta­sía, la mi­to­lo­gía y su in­men­so res­pe­to por el ho­rror gó­ti­co de Guillermo Del Toro se ven per­fec­ta­men­te re­fle­ja­das aquí, por­que Errementari es un cuen­to y co­mo tal ha de dis­fru­tar­se: no es per­fec­to, por mo­men­tos re­sul­ta con­fu­so e in­clu­so pa­re­ce que el guión se atas­ca, pe­ro to­do co­bra sen­ti­do con un fi­nal apo­teó­si­co —a la al­tu­ra de su pró­lo­go ani­ma­do— que se qui­ta de com­ple­jos y nos ha­ce dis­fru­tar co­mo lo ha­cía­mos cuan­do éra­mos txi­kis. Milesker, Paul.

Our Raw Hearts, de YOB

Después de cua­tro años de si­len­cio y con pro­ble­mas de sa­lud que ca­si se lle­van por de­lan­te a Mike Scheidt, YOB han re­gre­sa­do en es­te 2018 con Our Raw Heart en el que su ca­rac­te­rís­ti­co doom es­pe­ro se ve en­vuel­to por un ca­rác­ter más agre­si­vo —pe­ro muy ale­ja­do de ese tee­na­ge angst mal ges­tio­na­do que tan­to pu­lu­la por los pa­ra­jes me­ta­le­ros— y a la vez más ín­ti­mo, mar­ca­do, sin du­da, por esa te­rri­ble ex­pe­rien­cia su­fri­da por el bueno de Mike. No tar­da­ron en apa­re­cer vo­ces que cri­ti­ca­ban el con­tex­to en el que se creó el dis­co y nos ins­ta­ban a va­lo­rar­lo sin te­ner en cuen­ta el mie­do, la fa­ti­ga y el do­lor que sin du­da en­con­tra­mos en es­te ál­bum, co­mo si se pu­die­ra pul­sar el bo­tón de apa­ga­do de las emo­cio­nes tras una ex­pe­rien­cia cer­ca­na a la muer­te co­mo la su­fri­da por el lí­der de es­te trío de Oregón. Our Raw Hearts es una co­lec­ción de can­cio­nes que van des­de lo at­mos­fé­ri­co has­ta lo abra­si­vo, pa­san­do por la con­tun­den­cia pro­pia de las ca­den­cias me­tá­li­cos a las que tan bien nos tie­nen acos­tum­bra­dos, en un jue­go de ma­la­ba­res re­suel­to con de for­ma bri­llan­te por YOB en el que su doom su­cio y pe­ga­jo­so se nos pre­sen­ta os­cu­ro y den­so co­mo ti­rar­nos de ca­be­za en una pis­ci­na de brea, pe­ro in­clu­so ahí nos en­con­tra­re­mos con mo­men­tos lu­mi­no­sos. Casi na­da.

Jaime Delgado

Tiempo de lec­tu­ra (a rit­mo len­to y con bis al tex­to) — 9:48

El año pa­sa­do en­glo­ba­ba una se­rie de pro­duc­tos cul­tu­ra­les ba­jo el abri­go de la comprensión/empatía/compasión, y apos­ta­ba por có­mo la ne­ce­si­dad de ver luz en tiem­pos de per­cep­ción te­ne­bro­sa ha­bía he­cho con­ver­ger la apa­ri­ción de es­te ti­po de ar­te­fac­tos. El año pa­sa­do se pu­bli­có Lincoln en el Bardo, la pri­me­ra no­ve­la de George Saunders (a quien en la Wikipedia se le si­gue de­fi­nien­do co­mo «un es­cri­tor es­ta­dou­ni­den­se de re­la­tos cor­tos»), pe­ro no ha si­do has­ta la tra­duc­ción (Javier Calvo) pu­bli­ca­da por Seix Barral es­te año que lo he leí­do, en una de esas de­ci­sio­nes alea­to­rias que se to­man en­tre lan­zar­se a por el ori­gi­nal o es­pe­rar a la tra­duc­ción pri­me­ro. En Lincoln en el Bardo hay «gen­te» que se me­te li­te­ral­men­te den­tro de otras per­so­nas, pen­san­do lo que ellos pien­san, sin­tien­do lo que ellos sien­ten. Pero es­to no prue­ba mi teo­ría. Por se­guir ha­cien­do tram­pa, tam­bién es­te año ha pu­bli­ca­do Pálido Fuego la tra­duc­ción (Jose Luis Amores) de El Atlas, una novela/sucesión de relatos/extensa des­crip­ción de ficción/no‐ficción de William T. Vollmann, cu­yo ori­gi­nal es de 1996. Como es ha­bi­tual en Vollmann (quien de­be­ría apa­re­cer en es­ta lis­ta to­dos los años, y se­gu­ra­men­te lo me­re­ce­ría igual­men­te es­te por No in­me­dia­te Danger, una vi­sión a pro­pó­si­to de la ge­ne­ra­ción de ener­gía y el cam­bio cli­má­ti­co que no bus­ca cul­pa­bles ni apun­ta de­dos, sino que, en la tra­di­ción de la con­cien­cia his­tó­ri­ca ja­po­ne­sa, par­te de la for­ma­ción es­pon­tá­nea de es­te acon­te­ci­mien­to que ya es, el cam­bio cli­má­ti­co, y más con­cre­ta­men­te del desas­tre de Fukushima, pa­ra es­cu­char, com­pren­der y ha­blar de con­se­cuen­cias e ideo­lo­gías. Las cau­sas e in­di­vi­duos no son re­le­van­tes, pues eso es pa­sa­do, y del pa­sa­do his­tó­ri­co a Vollmann só­lo le in­tere­sa có­mo apren­der de ca­ra al fu­tu­ro), El Atlas es una ex­te­nuan­te des­crip­ción de to­do lo que pue­de ser ob­ser­va­do, don­de exis­ten per­so­na­jes, tra­mas, con­flic­tos, gi­ros y clí­max, pe­ro no im­por­tan tan­to e in­clu­so se em­bo­rro­nan y di­lu­yen en­tre sí a fa­vor de la con­tem­pla­ción de un úni­co mun­do e in­di­vi­duo. Todos y el mis­mo, su­je­to a un or­den uni­ver­sal hu­ma­nis­ta (que no ne­ce­sa­ria­men­te hu­ma­ni­ta­rio). Lo que tie­nen en co­mún las dos no­ve­las de los dos me­jo­res es­cri­to­res an­glo­par­lan­tes vi­vos (qui­zá por eso), ade­más de una enor­me pre­ci­sión tan apa­ren­te­men­te opues­ta (uno ha­cien­do que ca­da fra­se sea cuan­to más sim­ple y cer­te­ra me­jor, mi­nán­do­nos ba­jo la piel; el otro arro­llan­do por acu­mu­la­ción cer­ca­na al ba­rro­quis­mo, no exen­ta de su­ti­le­zas en los már­ge­nes que ter­mi­nan el tra­ba­jo; nin­guno al que sea ne­ce­sa­rio qui­tar­le una co­ma), es la ca­pa­ci­dad pa­ra en­ten­der que pa­ra en­ten­der, pa­ra apro­xi­mar­se a lo des­co­no­ci­do, la me­jor he­rra­mien­ta de ob­ser­va­ción es el ego­cen­tris­mo, si­tuar­nos en el me­dio del mun­do (más gran­de o más pe­que­ño) a ana­li­zar y sim­ple­men­te mi­rar ar­ma­dos de du­das y re­vi­sión cons­tan­te (an­te lo/s otro/s y an­te uno mis­mo), so­bre lo que per­ci­bi­mos. Sólo así, con una vul­ne­ra­bi­li­dad ho­nes­ta que no bus­ca juz­gar ni sa­car con­clu­sio­nes, sino sim­ple­men­te re­du­cir nues­tro in­fi­ni­to des­co­no­ci­mien­to, se pue­de lle­gar a com­pren­der y em­pa­ti­zar con he­chos, sen­ti­mien­tos, si­tua­cio­nes y per­so­nas. Son es­te ti­po de pro­duc­tos de co­rrien­te ma­xi­ma­lis­ta —me doy cuen­ta re­vi­san­do mis elec­cio­nes y afi­ni­da­des — , los que ofre­cen una vi­sión en bru­to de la di­ver­si­dad del ser hu­mano su­pe­di­ta­da al pun­to de vis­ta y em­pa­tía del re­cep­tor (y don­de por tan­to tie­nen ca­bi­da to­dos los te­mas y nin­guno), los que me mar­can más pro­fun­da­men­te año a año. Quizá el año pa­sa­do es­ta­ba más ne­ce­si­ta­do de re­fu­giar­me en ellos y en su uni­ci­dad tem­po­ral, qui­zá es­te año mi per­cep­ción es lo su­fi­cien­te­men­te dis­tan­te co­mo pa­ra com­pren­der­los co­mo cons­tan­te en el tiem­po. Para el 2019 me de­jo la du­da so­bre si que to­dos los pro­duc­tos a los que aquí se alu­de pi­vo­ten so­bre la pér­di­da de un ser que­ri­do ten­drá al­go que ver en el en­tie­rro.

Luego DEVILMAN cry­baby ya tal.

Diego Freire

Behind Every Great One

Empecé 2018 en la os­cu­ri­dad ab­so­lu­ta y es­cri­bien­do so­bre The Red Strings Club. Acabo 2018 con una luz que me acu­na y tra­tan­do Behind Every Great One. Espero que la ten­den­cia a ha­cer jue­gos cor­tos, con­clu­si­vos, co­mo un poe­ma más que un re­la­to, se asien­te de for­ma de­fi­ni­ti­va el año que vie­ne. Mientras, Deconstructeam nos ha en­tre­ga­do una tri­lo­gía so­bre la men­te, cuer­po y es­pí­ri­tu. El pri­me­ro de la tri­lo­gía es un jue­go que, con un sen­ci­llo zoom, me re­tro­trae a su­fri­mien­tos pa­sa­dos y pre­sen­tes. No ca­be aquí ex­pli­car to­do lo que es, ha­ce y di­ce BEGO, aun­que mu­chas lo quie­ran se­ña­lar o des­car­tar tan so­lo co­mo fe­mi­nis­ta. O ca­ri­ca­tu­ra. Es to­do eso, cla­ro. También es, en reali­dad, el me­jor jue­go del año.

Tsubasa <3 Shion

Girls & Boys in the City, la pri­me­ra edi­ción de Terrace House en Netflix, fue un des­cu­bri­mien­to sin pre­ce­den­tes. Un reality ama­ble, de fac­tu­ra im­pe­ca­ble, que sir­ve co­mo pun­to de en­tra­da a des­mon­tar la vi­sión fan­tás­ti­ca que te­ne­mos de Japón en España (en los cir­cui­tos wea­boo, al me­nos). Opening New Doors con­ti­núa en su lí­nea, pe­ro con un tra­mo ini­cial más tierno y po­si­ti­vo que nun­ca. Tsubasa se nos pre­sen­ta co­mo el ser hu­mano de­fi­ni­ti­vo, mien­tras Shion es un re­ga­lo que no nos es­pe­rá­ba­mos re­ci­bir. 2018 se de­rrum­ba y no­so­tros nos enamo­ra­mos de un par de ja­po­ne­ses anó­ni­mos. Ojalá les va­ya bo­ni­to el res­to de su vi­da.

Dirty Computer

Lo per­so­nal es po­lí­ti­co y lo po­lí­ti­co es, o ten­dría que ser, bai­la­ble. A es­tas al­tu­ras ya te sue­na Janelle Monáe. Si no lo ha­ce, dé­ja­me ser su após­tol. Dirty Computer es su úl­ti­mo al­bum, car­ga­do de ex­pe­rien­cias per­so­na­les, de te­ma tras te­ma tras te­ma con el que pen­sa­rás que sí, que es­té es el me­jor del dis­co. Bueno, no, es­pe­ra, es es­te. Del hip‐hop (¿cuán­do un dis­co so­lo así, Django Jane?) al himno de Americans. Y no es­ta­mos ha­blan­do de sus me­mo­ra­bles le­tras o to­do lo que acom­pa­ña al dis­co. Tan so­lo que­da bu­cear por Youtube.

Iván Galiano

Comics sobre la depresión

Tan bueno es que se ha­ya tra­ta­do es­te te­ma en có­mic, co­mo las di­fe­ren­tes for­mas en las que se ha tra­ta­do. Nos han lle­ga­do en 2018 y to­das apor­tan una voz di­fe­ren­te. Abrió fue­go Mi ex­pe­rien­cia les­bia­na con la so­le­dad, las cró­ni­cas au­to­bio­grá­fi­cas de Kabi Nagata en las que tra­ta de su­pe­rar su de­pre­sión a tra­vés tan­to del des­cu­bri­mien­to del se­xo co­mo de la mis­ma na­rra­ción de es­tas ex­pe­rien­cias en for­ma de man­ga. La obra ha te­ni­do con­ti­nui­dad en Diario de in­ter­cam­bio (con­mi­go mis­ma). De Nagata des­ta­ca la va­len­tía y la cla­ri­dad a la ho­ra de con­tar sus vi­ven­cias. El león de Marzo de Chica Umino nos traía un spo­kon na­da con­ven­cio­nal con la his­to­ria de un jo­ven ju­ga­dor de sho­gi —aje­drez ja­po­nés— en me­dio de un co­ro de per­so­na­jes muy va­ria­do. Umino es de­ta­llis­ta has­ta lí­mi­tes des­bor­dan­tes. No se le es­ca­pa una re­fle­xión im­por­tan­te o una sen­sa­ción por pa­sa­je­ra que sea en el re­tra­to de una men­te so­bre­pa­sa­da por la de­pre­sión pe­ro que si­gue ade­lan­te. Cara o cruz, con­vi­vien­do con un trans­torno men­tal, de Lou Lubie, es un ex­ce­len­te ma­nual pa­ra en­ten­der y vi­si­bi­li­zar a los en­fer­mos de ci­clo­ti­mia. La au­to­ra, co­mo Nagata, ti­ra de dia­rio au­to­bio­grá­fi­co, pe­ro tam­bién des­ta­ca por su tono pe­da­gó­gi­co, co­mo del ca­so per­so­nal se nos ex­pli­ca el ca­so uni­ver­sal. La de Loubie es tan di­ver­ti­da co­mo du­ra, pe­ro tam­bién re­so­lu­ti­va y efi­cien­te a la ho­ra de ha­blar del te­ma. Finalmente, Black dog: los sue­ños de Paul Nash, de Dave McKean, nos pro­po­ne un via­je más sim­bó­li­co y ex­pre­si­vo al co­ra­zón de la de­pre­sión. McKean ima­gi­na los sue­ños del pro­pio Nash a tra­vés de los he­chos de su pro­pia vi­da do­cu­men­ta­da, pa­ra es­ta­ble­cer un diá­lo­go con el pin­tor cu­yo ar­te cam­bió tras su lla­ma­da a pri­me­ra lí­nea de la Gran Guerra. Si el có­mic nos per­mi­te afron­tar a uno de los gran­des ma­les de es­te si­glo a tra­vés de la sin­ce­ri­dad, la em­pa­tía, la pe­da­go­gía y la be­lle­za, en­ton­ces hay que en­cum­brar­lo to­da­vía más.

Festivales de autoedición

Desde ha­ce unos años, pa­ra mí, los fes­ti­va­les de au­to­edi­ción son el ágo­ra del mun­di­llo de los có­mics, más allá de los gran­des sa­lo­nes que, pe­se a ser im­por­tan­tes de ca­ra a la in­dus­tria y la vi­si­bi­li­dad del sec­tor en el ám­bi­to cul­tu­ral ge­ne­ral, no siem­pre dan la cer­ca­nía en­tre au­to­res, edi­to­res y lec­to­res que en los pri­me­ros sí que se pue­de en­con­trar. Solo en Barcelona ya se han es­ta­ble­ci­do cua­tro ci­tas de di­fe­ren­te ca­rác­ter que, no obs­tan­te, con­si­guen atraer ca­si por igual a un mis­mo pú­bli­co. Graf ha cum­pli­do on­ce edi­cio­nes ca­si se­mes­tra­les. Gutter Fest si­gue atra­yen­do no so­lo a ilus­tra­do­res y di­bu­jan­tes de có­mic si no a to­da una es­ce­na de ar­tis­tas en­tre lo al­ter­na­ti­vo y el un­der­ground. Kboom ha tras­la­da­do su se­de al ba­rrio de Sants don­de ha ce­le­bra­do su sex­ta edi­ción con ac­ti­vi­da­des pa­ra to­dos los gus­tos y reunien­do a jó­ve­nes ar­tis­tas con nom­bres ya con­sa­gra­dos. Y se su­ma es­te año pa­ra ce­rrar el círcu­lo es­ta­cio­nal el Oh Comics Fest, que ce­le­bró ha­ce ape­nas unas se­ma­nas su pri­me­ra edi­ción en la Biblioteca de Can Fabra. Los des­ta­co to­dos por­que no po­dría ele­gir so­lo uno: se ha for­ma­do un ne­ce­sa­rio cir­cui­to es­ta­cio­nal que creo que da vi­da y di­na­mis­mo a la es­ce­na co­mi­que­ra. Pero la ci­ta con es­tos even­tos no es ex­clu­si­va­men­te bar­ce­lo­ne­sa. Un buen pu­ña­do de es­tos fes­ti­va­les ya han ido apa­re­cien­do por to­da la geo­gra­fía es­pa­ño­la. Así que no hay ex­cu­sa pa­ra acer­car­se a otear lo que se cue­ce en es­tos lu­ga­res y a char­lar con sus au­to­ras y au­to­res.

La increíble MasacreGwen (de Chris Hastings y Gurihiru)

Gwen Poole es, en mi opi­nión, uno de los per­so­na­jes más ori­gi­na­les que nos ha da­do el uni­ver­so Marvel en los úl­ti­mos años, sin per­der un cier­to «cla­si­cis­mo Marvel». Original por­que nun­ca ha­bía­mos vis­to un per­so­na­je co­mo ella en los có­mics. Gwen, en re­su­men, es una chi­ca nor­mal y co­rrien­te de una reali­dad co­mo la nues­tra en la que los su­per­hé­roes son per­so­na­jes de fic­ción que aca­ba en la Tierra 616. Es de­cir, una per­so­na «real» aca­ba en los te­beos. Y es cons­cien­te de es­tar en ellos. Eso y su co­no­ci­mien­to en­ci­clo­pé­di­co de los te­beos se con­vier­te en su «su­per­po­der». así, po­dría­mos em­pa­ren­tar­la con to­da una lí­nea de per­so­na­jes del mis­mo gé­ne­ro que tam­bién han ju­ga­do al me­ta­có­mic y la rup­tu­ra de la cuar­ta pa­red co­mo Hulka, Animal Man o Masacre —su di­se­ño vi­sual na­ció co­mo una va­rian­te de es­te úl­ti­mo — . Pero en las aven­tu­ras de La in­creí­ble MasacreGwen la rup­tu­ra de la cuar­ta pa­red no es­tá al ser­vi­cio —ex­clu­si­vo— del hu­mor. Tampoco fun­cio­na co­mo me­ta­tra­ma de un via­je del hé­roe po­co con­ven­cio­nal. Gwen Poole es in­creí­ble por el he­cho de ha­cer pro­ta­go­nis­ta a una lec­to­ra de có­mics, al­go con lo que se po­dría iden­ti­fi­car cual­quie­ra fá­cil­men­te. Y en ese sen­ti­do, es un te­beo muy clá­si­co. Si Marvel se enor­gu­lle­cía de dar su­per­po­de­res al ado­les­cen­te me­dio que tam­bién era —o po­día ser— el lec­tor de sus te­beos, en­ton­ces en Gwen Poole tie­nen el es­ta­dio úl­ti­mo de ese con­cep­to. Además de to­do eso —por si fue­ra po­co— La in­creí­ble MasacreGwen es un te­beo di­ver­ti­dí­si­mo, emo­cio­nan­te, con mu­chos gui­ños, con gran­des pe­leas —el en­fren­ta­mien­to en­tre ella y Modok es de las me­jo­res pe­leas que he leí­do en có­mics en los úl­ti­mos años— y muy emo­ti­vo. El cuar­to vo­lu­men pu­bli­ca­do ha­ce unos me­ses en España su­po­ne un cie­rre re­don­dí­si­mo a la se­rie, una pie­za maes­tra au­to­cons­cien­te de la na­rra­ti­va de los có­mics, de co­mo fun­cio­na el tiem­po y el es­pa­cio en la pá­gi­na en blan­co en re­la­ción al tiem­po de fic­ción. Es una ma­ra­vi­lla que Kelly Thompson la ha­ya res­ca­ta­do pa­ra sus Vengadores Costa Oeste por­que se­ría una lás­ti­ma que un per­so­na­je con tan­tí­si­mo po­ten­cial, que ya ha­ya da­do tan bue­nas his­to­rias, que­de en un ca­jón.

Carlos García

El beef entre C Tangana y Yung Beef, o dos de las caras de la industria cultural

Mientras que en la mú­si­ca ur­ba­na de ca­rác­ter mains­tream de otros paí­ses —sig­ni­fi­que lo que sig­ni­fi­que mú­si­ca ur­ba­na o mains­tream— el rap con tin­tes po­lí­ti­cos es al­go co­mún, en España es­te es una ra­ra avis que, cuan­do apa­re­ce, se li­mi­ta a sol­tar cua­tro so­fla­mas tí­pi­cas que apor­tan po­co o na­da. Tal vez por eso mis­mo las pu­ña­la­das tra­pe­ras —per­do­nad­me el chis­te fá­cil— que in­ter­cam­bia­ron C Tangana y Yung Beef en ju­nio fue­ron tan re­le­van­tes: por pri­me­ra vez, dos de los pe­sos pe­sa­dos del trap na­cio­nal en­fren­ta­ban sus po­si­cio­nes res­pec­to a có­mo cam­biar la in­dus­tria cul­tu­ral de la que am­bos for­man par­te. C Tangana, ha­cien­do ga­la de ese in­di­vi­dua­lis­mo des­car­na­do que le ca­rac­te­ri­za, en­con­tra­ba en el ca­pi­ta­lis­mo las he­rra­mien­tas pa­ra su pro­pia su­pera­ción, de tal for­ma que su re­me­dio ace­le­ra­cio­nis­ta con­sis­tía en ali­men­tar ese jue­go de más­ca­ras, ro­les y fal­sos ído­los que él mis­mo di­ce des­pre­ciar. Por su par­te, Yung Beef abo­ga­ba por una au­to­ges­tión cuan­to me­nos in­ge­nua, cu­ya for­ma de lu­char con­tra el ca­pi­tal con­sis­tía en or­ga­ni­zar con­cier­tos gra­tis en gran­des dis­co­te­cas y, ¡ojo!, lle­var la ro­pa de lu­jo a Lavapiés pa­ra que así su gen­te no tu­vie­se que sa­lir del ba­rrio pa­ra com­prar­la. Si me obli­gan a to­mar ban­do en es­ta lu­cha de egos, pre­fie­ro que­dar­me con C Tangana an­tes que con Yung Beef: soy más de una mal­dad ho­nes­ta que de un uto­pis­mo in­ge­nuo que ha­ce aguas por to­das par­tes. No obs­tan­te, tal vez la úni­ca lec­ción que po­de­mos ex­traer de su fal­so di­le­ma es la mis­ma que cier­to bo­rra­chín fran­cés nos en­se­ñó ha­ce más de cin­cuen­ta años: que la crí­ti­ca al es­pec­tácu­lo se ha con­ver­ti­do, una vez más, en el es­pec­tácu­lo de la crí­ti­ca.

Pastoral de Gazelle Twin, o el terror del pasado presente

Tratar de es­co­ger so­lo un dis­co de es­te año que sea más re­se­ña­ble que el res­to es una ta­rea más bien com­pli­ca­da. Sobre to­do si se re­bus­ca den­tro del elec­tro­pop —en­ten­di­do en el sen­ti­do más am­plio po­si­ble — , don­de gen­te co­mo SOPHIE o Charli XCX no pa­ran de re­ven­tar las con­ven­cio­nes mu­si­ca­les con ca­da sin­gle que sa­can. Tal vez eso sea lo que me ha lle­va­do a es­co­ger Pastoral, el úl­ti­mo dis­co de la pro­duc­to­ra bri­tá­ni­ca Gazelle Twin, don­de le­jos de acu­dir a una ima­gi­ne­ría fu­tu­ris­ta —pen­se­mos en Aïsha Devi, por men­cio­nar otro dis­co de es­te año— su mi­ra­da se po­sa so­bre el pa­sa­do. O, me­jor di­cho, so­bre la ima­gen que el pre­sen­te tie­ne del pa­sa­do. Porque aquí ra­di­ca la po­ten­cia y la fuer­za del men­sa­je de Pastoral, el cual apa­re­ce des­de la por­ta­da del dis­co —don­de, ba­jo un tí­tu­lo que imi­ta los di­se­ños de Deutsche Grammophon, un jar­dín ro­mán­ti­co in­glés es in­va­di­do por una fi­gu­ra si­nies­tra que, aun así, no des­en­to­na con lo que evo­ca el fon­do— y re­co­rre el dis­co has­ta el úl­ti­mo te­ma, de­jan­do siem­pre esa sen­sa­ción de que lo que es­cu­cha­mos, aun­que en­ca­ja, nos pro­vo­ca cier­ta in­quie­tud. Y es que ba­jo las ca­pas de rit­mos in­dus­tria­les y de sam­ples con can­cio­nes fol­kló­ri­cas in­gle­sas en­con­tra­mos un men­sa­je abier­ta­men­te po­lí­ti­co, in­com­pren­si­ble si to­ma­mos el dis­co co­mo un tra­ba­jo de pop rui­dis­ta más. Porque el dis­co de Gazelle Twin no es so­lo una re­fle­xión ve­la­da so­bre fe­nó­me­nos co­mo el Brexit o la reapa­ri­ción de men­sa­jes reac­cio­na­rios en los dis­cur­sos de la po­lí­ti­ca de ma­sas —no hay más que ver el cor­te que abre el dis­co — , sino que tam­bién nos sir­ve co­mo ad­ver­ten­cia de los pe­li­gros de mi­ti­fi­car un pa­sa­do que nun­ca exis­tió co­mo tal. Peligros que hoy en día es­tán ca­da vez más pre­sen­tes.

Xenofeminismo de Helen Hester, o cómo el feminismo devino cyberpunk

Decir que 2018 ha si­do el año del fe­mi­nis­mo pue­de ser­vir co­mo una en­tra­di­lla —un po­co ma­ni­da— pa­ra em­pe­zar a ha­blar de lo que ha su­pues­to la pu­bli­ca­ción del li­bro de Helen Hester, pe­ro afir­mar eso tan a la li­ge­ra im­pli­ca­ría bo­rrar de un plu­ma­zo la his­to­ria de un mo­vi­mien­to que des­de la se­gun­da mi­tad del si­glo pa­sa­do no ha de­ja­do de cre­cer. No obs­tan­te, es in­ne­ga­ble que es­te año el fe­mi­nis­mo ha co­bra­do una pre­sen­cia —tan­to a ni­vel so­cial co­mo me­diá­ti­co— que lle­va­ba años re­cla­man­do, lo que a su vez ha agria­do las po­lé­mi­cas en­tre dis­tin­tas pos­tu­ras den­tro de di­cho mo­vi­mien­to. Es aquí don­de en­tra Xenofeminismo, el li­bro de Helen Hester que lle­va más allá las pro­pues­tas es­bo­za­das en ese ma­ni­fies­to so­bre co­lo­res neón que apa­re­ció en 2015 fir­ma­do por Laboria Cuboniks y que ac­túa co­mo ese es­la­bón per­di­do en­tre el fe­mi­nis­mo ra­di­cal de los 70 y el trans­fe­mi­nis­mo de las úl­ti­mas dé­ca­das. Ahora bien, hay un ter­cer fac­tor en la ecua­ción: el ace­le­ra­cio­nis­mo, esa pro­pues­ta que pro­po­ne lle­var al ex­tre­mo la in­no­va­ción tec­no­ló­gi­ca del ca­pi­ta­lis­mo pa­ra pro­vo­car un cam­bio so­cial. Se es­té de acuer­do o no con es­te pos­tu­la­do, el xe­no­fe­mi­nis­mo per­mi­te ver que la tec­no­lo­gía no es al­go in­he­ren­te­men­te mas­cu­lino, sino que con­tie­ne den­tro de sí la po­si­bi­li­dad de un cam­bio tan­to a ni­vel glo­bal co­mo en las po­lí­ti­cas re­pro­duc­ti­vas, de tal mo­do que de­jen de mi­rar a la idea de un fu­tu­ro me­jor pa­ra bus­car un pre­sen­te ha­bi­ta­ble —aún no me he re­cu­pe­ra­do de la crí­ti­ca a la idea de niños=futuro en tan­to ba­se de la he­te­ro­nor­ma­ti­vi­dad — . Frente a fu­tu­ró­lo­gos co­mo Elon Musk que si­túan la es­pe­cu­la­ción por en­ci­ma de la reali­dad, el fe­mi­nis­mo mu­tan­te de Hester asu­me que, si ha de dar­se un cam­bio gra­cias a la tec­no­lo­gía, ha de dar­se aho­ra. Y lo de­fien­de con hu­mor, ho­nes­ti­dad y sin jer­ga am­pu­lo­sa, que a fin de cuen­tas es lo más im­por­tan­te cuan­do ha­bla­mos de al­go que pre­ten­de cam­biar la so­cie­dad.

Paula García

El puto Tetris

Me pa­re­ce ri­dícu­lo, to­tal y ab­so­lu­ta­men­te es­tú­pi­do, de lo­cos, ¡en se­rio!, que en El Año de Nuestro Señor dos mil die­ciocho, en el que he ju­ga­do prác­ti­ca­men­te a to­do lo que ha es­ta­do a mi al­can­ce, el tí­tu­lo que me ha ter­mi­na­do ob­se­sio­nan­do es la mi­llo­né­si­ma re­in­ter­pre­ta­ción del Tetris. Creo que nun­ca he si­do fe­liz de for­ma tan sim­ple y ge­nui­na co­mo en las dos se­ma­nas pos­te­rio­res al lan­za­mien­to de Tetris Effect. Dentro de mi PlayStation 4 ha­bía un uni­ver­so en el que mis úni­cas preo­cu­pa­cio­nes eran su­bir un po­qui­to las pun­tua­cio­nes, des­blo­quear pan­ta­llas nue­vas; pa­re­cía sen­ci­llí­si­mo abs­traer­me por com­ple­to de to­do lo que no fue­se gi­rar una L a la de­re­cha, en­ca­jar ahí esa T, me­ter el pa­li­to por el hue­co es­tra­té­gi­ca­men­te crea­do pa­ra aco­mo­dar su cuer­po. En otra di­men­sión más acia­ga, los ju­ga­do­res de­ba­tían si era ho­nes­to o no com­prar Red Dead Redemption 2, un tí­tu­lo que ha­bía sa­cri­fi­ca­do los de­re­chos bá­si­cos de sus tra­ba­ja­do­res por el bien del pu­li­do ex­tre­mo que ca­rac­te­ri­za a los tí­tu­los de la com­pa­ñía. Yo lim­pia­ba lí­nea so­bre lí­nea sin pen­sar­lo mu­cho, de­ján­do­me lle­var por la sa­tis­fac­ción más mun­da­na del uni­ver­so: la de po­ner una co­sa en el si­tio al que per­te­ne­ce. Creo que eso me hi­zo lle­var un po­co me­jor la des­es­pe­ran­za ge­ne­ral. Cuando pa­re­cía que el me­dio iba irre­me­dia­ble­men­te en­ca­mi­na­do ha­cia aquel mo­de­lo atroz, el de los desa­rro­llos mas­to­dón­ti­cos sin fin, só­lo sos­te­ni­bles ba­jo la pre­sión ex­tre­ma de las com­pa­ñías y en par­te mo­ti­va­dos por la exi­gen­cia in­fi­ni­ta de los ju­ga­do­res, que ya no to­le­ran una tex­tu­ra fue­ra de si­tio o un char­qui­to con me­nos agua de la que re­cor­da­ban que te­nía en el trái­ler ori­gi­nal, Tetris nos re­cuer­da que en reali­dad, la esen­cia mis­ma del vi­deo­jue­go, el tí­tu­lo que se­rá jue­go del año to­dos los años por­que es per­fec­to y ya es­tá, cons­ta de sie­te pie­zas y na­da más.

El romperte en trocitos y cogerlos y montarte de nuevo, construirte una persona nueva y mejor

Hablo de The Missing, pe­ro po­dría es­tar ha­blan­do de mí, o de ti: no te creo si me di­ces que has pa­sa­do el año en­te­ro sin que al­go ha­ga «crack» ahí den­tro, sin que te ha­yan par­ti­do el co­ra­zón, sin ha­ber cor­to­cir­cui­ta­do un po­qui­to emo­cio­nal­men­te, ha­ber­te sen­ti­do as­fi­xia­do an­te el pa­so del tiem­po, la ru­ti­na o la in­sig­ni­fi­can­cia de la exis­ten­cia. Y aun así, aquí es­tás, le­yen­do es­tas lí­neas, y si es­tás le­yen­do es por­que has — ¡he­mos! — so­bre­vi­vi­do. The Missing: J.J. Macfield and the Island of Memories, el úl­ti­mo jue­go de Swery65 tra­ta de eso: del da­ño que nos ha­ce­mos pa­ra se­guir ade­lan­te. La tra­ma es­tá pro­ta­go­ni­za­da por una chi­qui­lla que ha per­di­do a su no­via y que tra­ta de en­con­trar­la, y se ser­vi­rá pa­ra ello de un re­cién ad­qui­ri­do su­per­po­der: una ha­bi­li­dad cu­ra­ti­va su­pe­rior que ha­ce que po­da­mos ejer­cer­le mu­cho da­ño al per­so­na­je sin que mue­ra, y que nos per­mi­ti­rá re­sol­ver un buen pu­ña­do de puzz­les, por ejem­plo, mu­ti­lan­do sus ex­tre­mi­da­des o ha­cien­do que su piel se pren­da fue­go. Esta me­cá­ni­ca acep­ta va­rias lec­tu­ras: po­dría­mos pen­sar que ha­ce­mos da­ño a la pro­ta­go­nis­ta por­que ella mis­ma vi­ve en ba­ta­lla con su cuer­po, o que el men­sa­je ha­bla de de­ter­mi­na­das ac­ti­tu­des au­to­des­truc­ti­vas. Lo que a mí me gus­ta par­ti­cu­lar­men­te es el pe­que­ño de­ta­lle de que el ac­to de cu­rar­nos tie­ne exac­ta­men­te el mis­mo pe­so den­tro del jue­go que el de he­rir­nos. Para mí, es un jue­go que ha­bla so­bre res­tau­rar­nos, so­bre apren­der a fun­cio­nar de nue­vo des­pués de un trau­ma. Hacemos da­ño a J.J. y des­pués pul­sa­mos un bo­tón y le de­ja­mos unos se­gun­dos pa­ra re­cons­truir­se, en­ca­jar los hue­sos en su si­tio, vol­ver a guar­dar­se las tri­pas don­de es­ta­ban; aho­ra es más sa­bia y es­tá un pa­so más cer­ca de don­de que­ría, aun­que el pre­cio a pa­gar ha­ya si­do al­to. En mu­chos sen­ti­dos, es­te año do­lió: en lo per­so­nal, en lo po­lí­ti­co o en lo so­cial, es ex­tra­or­di­na­ria­men­te com­pli­ca­do no en­con­trar al me­nos un ele­men­to de ca­da que nos de ga­nas de ha­cer­nos bo­li­ta en la ca­ma y no sa­lir más. Hay una es­pe­cie de ra­bia vis­ce­ral que me lle­va a que­rer que to­do es­te do­lor nos ha­ga más fuer­tes, creo que po­de­mos sa­lir de aquí más lis­tos, más pre­pa­ra­dos, más dis­pues­tos a de­vol­ver el gol­pe. Lo im­por­tan­te es no ol­vi­dar­nos de que sa­nar lle­va tiem­po y es qui­zás la par­te más im­por­tan­te del pro­ce­so.

Hablar de sentimientos

Aun a ries­go de que es­to pa­rez­ca un des­ver­gon­za­do mo­vi­mien­to de au­to­pro­mo­ción, me gus­ta­ría ha­blar de que es­te año me creé una Tinyletter: una es­pe­cie de news­let­ter per­so­nal que en­vío una vez a la se­ma­na ha­blan­do de có­mo me sien­to, las co­sas que me gus­tan, las co­sas que ha­go y que quie­ro ha­cer. No he in­ven­ta­do na­da aquí, y no creo que me­rez­ca mé­ri­to al­guno por ello, pe­ro ha si­do im­por­tan­te en mi en­torno en cuan­to a que es una co­rres­pon­den­cia ex­tre­ma­da­men­te ín­ti­ma; en ella me abro de una for­ma muy ex­plí­ci­ta, ca­si irres­pon­sa­ble, y le cuen­to a cien­tos de per­so­nas co­mo me sien­to, qué me due­le, qué me da mie­do. Lo bo­ni­to que se ha ge­ne­ra­do aquí es que mu­chas más per­so­nas han he­cho lo mis­mo, así que to­das las se­ma­nas re­ci­bo un mon­tón de co­rreos elec­tró­ni­cos en los que al­guien me ha­bla de co­sas que le apa­sio­nan, co­sas que le ate­rran, y to­do lo que es­tá en me­dio de eso. También hay quien con­tes­ta a mis car­tas ex­pli­cán­do­me ex­pe­rien­cias per­so­na­les, trau­má­ti­cas, ba­ga­jes emo­cio­na­les es­con­di­dos, in­cer­ti­dum­bres que acu­cian y no sa­bes muy bien có­mo ex­pli­car. De al­gún mo­do me da la sen­sa­ción de que ha­bía al­go ahí, una in­quie­tud, una au­sen­cia de ga­nas de con­te­ner­nos más que ex­plo­tó de una for­ma ines­pe­ra­da. Así, de re­pen­te, nun­ca ha­bía ha­bla­do tan­to de sen­ti­mien­tos co­mo es­te año. Fuera de mi en­torno, tam­bién sien­to que úl­ti­ma­men­te es­ta­mos más cons­cien­tes de es­to, en ge­ne­ral: han si­do unos lar­gos me­ses de ha­blar de cui­da­dos más que nun­ca, de ex­pli­car có­mo nos sen­ti­mos y có­mo se sien­ten los de­más, y po­ner en cues­tión las di­ná­mi­cas de tra­ba­jo emo­cio­nal a nues­tro al­re­de­dor, lo que exi­gi­mos a los de­más y lo que los de­más nos exi­gen a no­so­tros. Queda de­ma­sia­do por ha­cer y te­ne­mos mu­cho de lo que pen­sar en esos ám­bi­tos, pe­ro es bo­ni­to que ha­ya­mos em­pe­za­do a in­ten­tar ser me­jo­res.

Santiago García

Rosalía

Pues cla­ro que sí, Rosalía. O me­jor: ¡pe­ro có­mo que no! No re­cuer­do un año en el que fue­ra más ob­vio cuál ha­bía si­do el acon­te­ci­mien­to mu­si­cal del año en España, y yo re­nun­cio al ejer­ci­cio de es­no­bis­mo de ne­gar­lo. Y con gus­to, por­que no me cues­ta na­da acep­tar, abra­zar, ad­mi­rar y ala­bar la gran­de­za de El mal que­rer. Es pu­ro agra­de­ci­mien­to. Escucho mu­cha mú­si­ca a lo lar­go del año, en su in­men­sa ma­yo­ría nue­va, y no se me ocu­rre otro dis­co más ful­gu­ran­te que és­te en to­do 2018. Mira que lo he que­ma­do, y aún no me can­sa. Pero si fue­ra so­lo por la mú­si­ca, Rosalía no ha­bría si­do el acon­te­ci­mien­to del año, que mú­si­cas hay mu­chas y muy bue­nas y pa­ra to­dos los gus­tos. Lo su­yo ha ido más allá de lo mu­cho o po­co que te pue­dan gus­tar sus rit­mos, sus pal­mas y sus me­lo­días y se ha ma­ni­fes­ta­do co­mo la pues­ta de lar­go de una ge­ne­ra­ción que, co­mo to­das las ge­ne­ra­cio­nes jó­ve­nes, ve­nía sien­do cri­ti­ca­da con el alien­to ran­cio de los que son muy vie­jos. De pron­to, una chi­ca de 25 años se des­cuel­ga con un dis­co que no es so­lo bri­llan­te, ta­len­to­so o «fres­co» (ugh), sino que es­tá con­ce­bi­do con sa­bi­du­ría, con gus­to, con co­no­ci­mien­to y con una es­cru­pu­lo­sa pro­fe­sio­na­li­dad, y cu­yo atrac­ti­vo se di­se­mi­na por to­da la sociedad‐en‐general de una for­ma que creía­mos pa­sa­da de mo­da en los tiem­pos del internet‐nicho. Pero, in­sis­to, si so­lo hu­bie­ra si­do eso, no ha­bría si­do un acon­te­ci­mien­to cul­tu­ral tan re­le­van­te. El gi­ro de­ci­si­vo del fe­nó­meno Rosalía lle­ga con el fa­mo­so ví­deo de Jaime Altozano en YouTube ana­li­zan­do El mal que­rer en cla­ve mu­si­cal, y, en un glo­rio­so clí­max, con la res­pues­ta en Instagram de la pro­pia Rosalía. Donde de pron­to, ve­mos lo inau­di­to: una con­ver­sa­ción abier­ta y fran­ca en­tre ar­tis­ta y crí­ti­co que de­rri­te las ba­rre­ras del pa­sa­do; dos cha­va­les de 25 años con­ver­san­do con su pro­pio len­gua­je y ba­jo sus pro­pios tér­mi­nos so­bre una ar­te­fac­to cul­tu­ral que ellos en­tien­den con una lu­ci­dez y una se­re­ni­dad con­mo­ve­do­ras. En me­dio de tan­to ca­tas­tro­fis­mo, és­ta es la ver­dad: que lo me­jor es­tá por ve­nir, y que un co­man­do de su­per­mu­je­res y su­per­hom­bres ha via­ja­do a tra­vés del smartp­ho­ne pa­ra sal­var­nos de no­so­tros mis­mos.

Robert Mueller

El hé­roe en las som­bras. Frente al avan­ce del po­pu­lis­mo, la de­ma­go­gia, el im­pul­so au­to­ri­ta­rio y la co­rrup­ción co­mo for­ma de go­bierno, un avan­ce im­pul­sa­do por Trump que ame­na­za con arro­llar al mun­do en­te­ro, Robert Mueller ha sim­bo­li­za­do al cen­ti­ne­la so­li­ta­rio que lu­cha con­tra el ejér­ci­to de las ti­nie­blas. La úl­ti­ma luz de la es­pe­ran­za.

Quién nos iba a de­cir que un re­pu­bli­cano de 74 años que di­ri­gió el FBI con George W. Bush du­ran­te los du­ros años de la ca­ce­ría de Osama Bin Laden (de he­cho, asu­mió el car­go una se­ma­na an­tes del 11‐S) iba a aca­bar sien­do el cla­vo ar­dien­do al que se aga­rra­rían de­mó­cra­tas y pro­gre­sis­tas de Estados Unidos y de to­do el mun­do. Pero sin Mueller, sin su per­fil, sin su si­lue­ta re­cor­tán­do­se so­bre los cie­los nu­bla­dos de Gotham City co­mo la Batseñal, es­tos dos úl­ti­mos años ha­brían si­do mu­cho más ne­gros, y qui­zás a es­tas al­tu­ras to­dos los hom­bres de bue­na vo­lun­tad ha­brían de­pues­to ya las ar­mas.

Mueller ha en­ca­be­za­do la in­ves­ti­ga­ción so­bre la in­ter­fe­ren­cia ru­sa en las elec­cio­nes pre­si­den­cia­les de 2016 (to­da­vía en cur­so) que ha si­do la es­pi­na cla­va­da en el cos­ta­do de Trump du­ran­te to­do su man­da­to. Nada le ha he­cho sen­tir­se tan vul­ne­ra­ble y tan irri­ta­do co­mo el tra­ba­jo del in­que­bran­ta­ble Mueller y su equi­po. A tra­vés de sus in­dict­ments, sus ci­ta­cio­nes y sus in­te­rro­ga­to­rios, el Special Counsel ha ido ela­bo­ran­do un dis­cur­so in­vi­si­ble en el que mu­chos han leí­do el men­sa­je de que la de­mo­cra­cia tal y co­mo la co­no­cía­mos to­da­vía pue­de sal­var­se a sí mis­ma, pre­ci­sa­men­te de la ame­na­za de­fi­ni­ti­va de la au­to­des­truc­ción y el des­mon­ta­je di­ri­gi­dos des­de su in­te­rior. Nunca hu­bié­ra­mos ima­gi­na­do que fi­nal­men­te de­be­ría­mos la de­fen­sa de nues­tros va­lo­res, nues­tras li­ber­ta­des y nues­tro sis­te­ma de vi­da a la bu­ro­cra­cia, el es­ta­do de de­re­cho y un ya­yo de de­re­chas.

Pero si la im­por­tan­cia po­lí­ti­ca e his­tó­ri­ca de Mueller to­da­vía es­tá por de­ter­mi­nar, a mí lo que me in­tere­sa —y es el mo­ti­vo por el que lo trai­go aquí— es su pa­pel en las gue­rras cul­tu­ra­les del mo­men­to. Mueller no se ha ma­ni­fes­ta­do so­lo co­mo la né­me­sis le­gal de Trump, sino tam­bién co­mo su opues­to cul­tu­ral. El pre­si­den­te de Twitter, de los in­sul­tos pú­bli­cos, del America First y del bo­chorno co­ti­diano se ve ase­dia­do por un gru­po de in­ves­ti­ga­do­res que no ha per­mi­ti­do ni una so­la fil­tra­ción in­con­tro­la­da en to­do es­te tiem­po, li­de­ra­dos por un hom­bre que no ha he­cho ni una so­la de­cla­ra­ción pú­bli­ca y no ha con­tes­ta­do a nin­guno de los re­pe­ti­dos ata­ques del niño‐Presidente. No so­lo en lo que es­tá ha­cien­do, sino en có­mo lo es­tá ha­cien­do, Mueller plan­tea una crí­ti­ca que no se re­du­ce a Trump, sino a to­da nues­tra cul­tu­ra del ego y del ex­hi­bi­cio­nis­mo, de la ra­bie­ta ins­tan­tá­nea com­par­ti­da co­lec­ti­va­men­te en in­ter­net. Su re­per­to­rio, por el con­tra­rio, es el de la con­ten­ción, la so­brie­dad y la pa­cien­cia, y su es­tra­te­gia an­te­di­lu­via­na le ha im­pe­di­do su­cum­bir al ma­ras­mo di­gi­tal. Podríamos de­cir que es ca­si la reivin­di­ca­ción de lo real.

Por to­do es­to, más allá de las con­se­cuen­cias le­ga­les y po­lí­ti­cas que ten­ga es­ta in­ves­ti­ga­ción — sin du­da, ma­te­ria de de­ce­nas de pe­lí­cu­las de Hollywood en la pró­xi­ma dé­ca­da — , es­ta lu­cha del ca­ba­lle­ro cre­pus­cu­lar Mueller con­tra el dra­gón Trump ha al­can­za­do unas di­men­sio­nes ma­ni­queas que la con­vier­ten en el gran re­la­to dra­má­ti­co pa­ra los pró­xi­mos años. Igual que el 11‐S de­fi­nió el ho­ri­zon­te de nues­tra fic­ción du­ran­te tres lus­tros, la Mueller pro­be pue­de ser el mol­de que dé for­ma a lo que ven­ga.

Yago García

Maquia: una historia de amor inmortal, de Mari Okada

Escribir es­te apar­ta­do de la lis­ta ha si­do el más di­fí­cil de to­dos, por­que el pues­to de Mejor Película Que He Visto Este Año le co­rres­pon­de por igual a Aniquilación, Mandy, Night Is Short, Walk On Girl y al de­but de Mari Okada co­mo di­rec­to­ra. Pero, aun­que se re­co­mien­de en­ca­re­ci­da­men­te el vi­sio­na­do de to­das es­tas pie­zas, hay que que­dar­se so­lo con una, y eso exi­ge tra­ba­jar por eli­mi­na­ción. La pe­lí­cu­la de Alex Garland cae la pri­me­ra de­bi­do a ese nihi­lis­mo ra­bio­so que le ha­ce igua­lar «vi­da» y «en­fer­me­dad»: no es­toy co­mo pa­ra me­di­tar so­bre una ne­ga­ción tan ra­di­cal y me da mie­do em­pu­jar­me a res­pal­dar­la. Después, muy a pe­sar de su King Crimson y sus mo­te­ros ce­no­bi­tas, se va la de Panos Cosmatos, que par­te de pre­mi­sas a prio­ri opues­tas pa­ra lle­gar a con­clu­sio­nes tan al­qui­tra­na­das co­mo la an­te­rior. La ter­ce­ra víc­ti­ma re­sul­ta, por el con­tra­rio, tan ale­gre y tan lle­na de AMOR, con ma­yús­cu­las, que ta­char­la de la lis­ta me da una pe­na enor­me. Pero Masaaki Yuasa tie­ne que fas­ti­diar­se, por­que ya le he da­do el es­pal­da­ra­zo a Night Is Short, Walk On Girl en otro lu­gar y Maquia es (pe­se a los de­fec­tos que pre­sen­ta, o que a mí me pa­re­ce ver en ella) la úni­ca pe­lí­cu­la de 2018 que me ha he­cho sa­lir de la sa­la me­di­tan­do so­bre co­sas que es ne­ce­sa­rio plan­tear­se al me­nos una vez al día. Los re­la­tos so­bre el pú­bli­co que aban­do­nó en ma­sa su pro­yec­ción en el úl­ti­mo Sitges (tal vez exa­ge­ra­dos: yo no es­ta­ba ahí) me con­fir­man lo her­mo­sa que es es­ta pe­lí­cu­la, lo ne­ce­sa­ria que re­sul­ta, las ga­nas que ten­go de ver el si­guien­te tí­tu­lo de su au­to­ra. En Maquia es­tá to­do aque­llo que yo que­rría ser.

Cómo acabar con la contracultura, de Jordi Costa

A efec­tos prác­ti­cos, la co­sa va de es­ta ma­ne­ra: yo na­cí (per­do­nad­me) en la edad del Parklife y Benicassim, cuan­do la cul­tu­ra pop es­pa­ño­la em­pe­za­ba con Arrebato y el EP de Kaka de Luxe y an­tes que eso (por mu­cho que se em­pe­ña­se la Historia de la mú­si­ca pop es­pa­ño­la de Jesús Ordovás) no ha­bía ha­bi­do na­da en nin­gún as­pec­to. Después, me­nos mal, la co­sa fue a me­jor y em­pe­za­ron a en­trar en el vo­ca­bu­la­rio co­mún tér­mi­nos co­mo «Jornadas Libertarias, Barcelona, 1977», «Cecilia», «Vainica Doble», «El Rrollo Enmascarado», «Star», «Smash» o «Els 5 QKs», los cua­les ha­cían re­fe­ren­cia a en­ti­da­des que ha­bían pro­li­fe­ra­do du­ran­te lo más ne­gro del fran­quis­mo, ge­ne­ral­men­te en ciu­da­des sin na­da que ver con Madrid, y en cu­yas pe­cu­lia­ri­da­des se apre­cia­ban las hue­llas de una España (o, me­jor, una Iberia) se­cre­ta que no ha­bía si­do y que re­sul­tó pul­ve­ri­za­da por la fal­sa nor­ma­li­dad que vino des­pués, pe­ro en cu­yos res­tos se pal­pa­ba más ca­lor que en ca­si nin­gún otro frag­men­to de me­mo­ria. Así pues, mo­la que al­guien tan eru­di­to co­mo Jordi Costa reúna esa in­for­ma­ción (gran par­te de ella, al me­nos) en un com­pen­dio pa­ra uso de nue­vas ge­ne­ra­cio­nes y es­car­mien­to de quie­nes no la apro­ve­cha­mos en su día. Algunas par­tes del li­bro son ob­je­ta­bles (al úl­ti­mo ca­pí­tu­lo no le veo el sen­ti­do ni del de­re­cho ni del re­vés), pe­ro eso re­sul­ta lo de me­nos: aquí hay una guía pa­ra des­cu­brir co­sas que has­ta an­te­ayer re­sul­ta­ban me­ros fan­tas­mas en re­vis­tas de se­gun­da mano, en no­tas a pie de li­bros so­bre his­to­ria del ci­ne es­pa­ñol o en vi­ni­los más ra­ya­dos que el dor­so de la bi­lle­te­ra de un po­lí­ti­co. Esperemos que la ex­hu­ma­ción sir­va, al me­nos, pa­ra abo­nar co­sas que es­tán por ve­nir.

El gaimansplaining

Imaginemos que dos ci­né­fi­los gran re­ser­va, es­cue­la Carlos Boyero, se po­nen a pe­ro­rar en Twitter so­bre un pun­to me­nor e irre­le­van­te del ro­da­je de Taxi Driver, una pe­lí­cu­la que ellos con­si­de­ran «bue­na» por­que es «pa­ra hom­bres». En ese mo­men­to, en­tre án­ge­les trom­pe­te­ros e ilu­mi­na­do por un rom­pi­mien­to de glo­ria, el mis­mí­si­mo Martin Scorsese ter­cia en la con­ver­sa­ción, se­ña­lan­do, por un la­do, que el da­to so­bre el que am­bos se es­tán dan­do pa­jas men­ta­les es inexac­to, y por otro que su mi­ti­fi­ca­ción del ta­xis­ta de Robert De Niro va to­tal­men­te en con­tra de lo que él pre­ten­día de­cir con su pe­lí­cu­la. Sigamos ima­gi­nan­do: ¿qué ocu­rre en­ton­ces? Pues que los dos ci­né­fi­los gran re­ser­va, es­cue­la Carlos Boyero, ol­vi­dan sus di­fe­ren­cias pa­ra arre­me­ter a dúo con­tra el ge­nio de Little Italy, acu­sán­do­le de men­ti­ro­so, de ven­di­do y de SJW plan­cha­bra­gas. Eso, más o me­nos, es lo que le pa­só a Neil Gaiman con dos as­nos sus­cri­tos a esa co­sa que se lla­mó «Comicsgate» y que ha su­mi­do en ver­güen­za aje­na du­ran­te to­do 2018 a los afi­cio­na­dos al có­mic mains­tream ame­ri­cano. El pu­ñe­te­ro «Gaimansplaining» (tér­mino crea­do por Adlo! Novelti Librari: más qui­sie­ra yo que se me hu­bie­se ocu­rri­do a mí) ha si­do uno de los pun­tos ál­gi­dos del año por do­tar de una no­ta de hu­mor (pa­té­ti­co) a es­ta de­ri­va reac­cio­na­ria que no pa­re­ce te­ner freno y que tan­to pa­vor y tan­ta ra­bia da en sus otras ver­tien­tes. Por vues­tra cul­pa, te­beo­puer­tas, he re­nun­cia­do a po­ner Súper Hijos en es­ta lis­ta: ya ten­go una ra­zón más pa­ra odia­ros.

Enrique Grandes

Devilman Crybaby, de Masaaki Yuasa

Aún sa­bien­do que es un clá­si­co obli­ga­to­rio, no leí Devilman has­ta que me en­te­ré de que Masaaki Yuasa era el en­car­ga­do de adap­tar su nue­vo ani­me. El man­ga de Gō Nagai que in­fluen­ció tan­to a su pro­pio me­dio co­mo a una cul­tu­ra en­te­ra no es fa­mo­so por pu­ra ca­sua­li­dad, igual que Devilman Crybaby no lo ha pe­ta­do por coin­ci­den­cia. Ambas (ob­vian­do nom­bre, tra­ma y per­so­na­jes) tie­nen al­go en co­mún: son bri­llan­tes. Por nor­ma ge­ne­ral es di­fí­cil no te­ner en men­te la obra ori­gi­nal cuan­do se ha­bla de una adap­ta­ción, pe­ro Yuasa se con­si­gue se­pa­rar mu­cho sin ale­jar­se. No so­lo tra­tan­do la obra de Nagai con su­mo res­pe­to, sino creán­do­se un si­tio pro­pio con su ani­ma­ción, su in­creí­ble ban­da so­no­ra, un Akira Fudo más gua­po, un fuer­te sim­bo­lis­mo y aña­dien­do nue­vo con­te­ni­do a la fór­mu­la sin per­der por el ca­mino. Todo es­to plas­ma­do en diez ca­pí­tu­los con un rit­mo in­su­pe­ra­ble y que con­si­gue ha­cer­te más da­ño al co­ra­zón que Devilman.

Tokyo Ghoul :re, de Sui Ishida

Tras sie­te años por fin ha ter­mi­na­do la tra­ge­dia de Ken Kaneki y por fin Ishida va a po­der des­can­sar. Tokyo Ghoul :re se ha des­pe­di­do es­te año con una rec­ta fi­nal que pa­re­ce te­ner más de­trac­to­res que fans, pe­ro que a mí me ha ma­ra­vi­lla­do en to­dos los sen­ti­dos. Aunque en­tre lí­neas se pue­da ver có­mo Ishida te­nía ga­nas de ter­mi­nar (co­sa que lue­go de­ja cla­ra en una car­ta pu­bli­ca­da tras ter­mi­nar la pu­bli­ca­ción), no es im­pe­di­men­to pa­ra ce­rrar­lo to­do de la me­jor for­ma po­si­ble. Desde las sub­tra­mas has­ta un rit­mo y un di­bu­jo que acom­pa­ñan a la per­fec­ción la ver­ti­gi­no­sa si­tua­ción que aso­la Tokyo, to­do va ha­cia un fi­nal que, tan­to por lo que cuen­ta co­mo por lo que no cuen­ta, con­si­gue que el via­je ha­ya me­re­ci­do to­tal­men­te la pe­na.

El baile de la tortura de Passione animado

Vento Aureo es la par­te de Jojo’s Bizarre Adventure que más he dis­fru­ta­do, y aun­que lo ha­ya he­cho ha­ce muy po­co, es­ta­ba desean­do que el ani­me lle­ga­ra a una es­ce­na muy con­cre­ta: la tor­tu­ra. ¡Porque va­ya tor­tu­ra! Esos seis pa­ne­les de tres per­so­na­jes bai­lan­do en el man­ga que pue­den que­dar en un prin­ci­pio co­mo al­go anec­dó­ti­co, han pa­sa­do a ser em­ble­má­ti­cos y, en úl­ti­ma ins­tan­cia, una se­ña de iden­ti­dad de Hirohiko Araki. En David Production, que lle­van adap­tan­do el man­ga de Araki des­de 2012, han cap­ta­do la esen­cia del au­tor des­de el pri­mer mo­men­to y con un no­ta­ble res­pe­to a su obra han con­ver­ti­do esos po­cos pa­ne­les en una es­ce­na de un mi­nu­to. Escena que da pa­ra ha­blar, em­pe­zan­do por Prince, que ha in­fluen­cia­do al man­ga de Araki co­mo otros tan­tos ar­tis­tas. Porque Canzoni Preferite, el te­ma que sue­na en es­ta dis­tin­gui­da tor­tu­ra no es ni más ni me­nos que una re­in­ter­pre­ta­ción de Pussy Control de Prince, can­ción que for­ma par­te del al­bum Gold Experience. Si a es­te hi­lar fi­ní­si­mo le aña­des un des­plie­gue vi­sual tre­men­do y una aten­ción al de­ta­lle en la par­te más sin­gu­lar, nos que­da un mo­men­to bri­llan­te que plas­ma el amor con el que es­te es­tu­dio de ani­ma­ción es­tá adap­tan­do una de las me­jo­res par­tes de Jojo’s Bizarre Adventure.

Carlos G. Gurpegui

Florence

El año pa­sa­do ya ha­bla­mos en es­ta lis­ta de lis­tas de Annapurna Interactive (la di­vi­sión vi­deo­lú­di­ca de Annapurna Pictures) y de có­mo ha­bía en­tra­do en el mer­ca­do co­mo un ele­fan­te en una ca­cha­rre­ría con una pro­pues­ta es­té­ti­ca y fon­do úni­cos. Aunque des­de ha­ce unos me­ses el fu­tu­ro de la com­pa­ñía pue­de cam­biar (Megan Ellison de­ja de ser la fi­gu­ra prin­ci­pal en pos de su pa­dre, Larry Ellison, por las gi­gan­tes­cas pér­di­das de la com­pa­ñía ma­triz Annapurna Interactive) es­te año 2018 se ha mos­tra­do, de nue­vo, co­mo uno de los pu­blis­hers más im­por­tan­tes de la dé­ca­da. Febrero fue el mes en el que Florence (Mountains) lle­gó a nues­tros dis­po­si­ti­vos mó­vi­les pa­ra con­tar­nos una de las his­to­rias más po­ten­tes y com­pac­tas del me­dio. Ken Wong (Monument Valley) nos trae uno de los usos más in­te­li­gen­tes de las me­cá­ni­cas más tra­di­cio­na­les pa­ra con­tar­nos una his­to­ria de amor y co­mu­ni­ca­ción. Pocas ve­ces un tí­tu­lo sin ni una so­la lí­nea de diá­lo­go ha plas­ma­do tan bien lo que su­po­ne co­no­cer a al­guien y co­nec­tar, po­co a po­co, char­la tras char­la, con ella… tam­po­co se ha­bía plas­ma­do nun­ca an­tes qué su­po­ne dis­tan­ciar­se de una pa­re­ja y sen­tir­se aje­nos aún com­par­tien­do un ni­cho tan ín­ti­mo co­mo la ca­ma.

The Haunting of Hill House

Netflix, co­mo en­te fa­go­ci­ta­dor de ocio, a ve­ces nos trae pro­duc­tos ver­da­de­ra­men­te re­se­ña­bles (te mi­ro a ti, Apostol o a ti, Roma). La ver­sión te­le­vi­si­va de la no­ve­la de Shirley Jackson me­re­ce es­tar en es­ta lis­ta por dos mo­ti­vos prin­ci­pa­les: 1) en un mun­do don­de la con­su­me tan­ta fic­ción te­le­vi­si­va la lle­ga­da de una obra ca­paz de res­ca­tar del ol­vi­do a una au­to­ra co­mo Jackson au­to­má­ti­ca­men­te me­re­ce lle­gar a es­te nues­tro par­ti­cu­lar Olimpo (tam­bién a ti, El cuen­to de la cria­da, te doy las gra­cias). 2) la fic­ción crea­da por Mike Flanagan es una de las pie­zas de te­rror más in­te­li­gen­tes de los úl­ti­mos años. El te­rror te­le­vi­si­vo siem­pre se ha mo­vi­do a me­dio ca­mino en­tre la ac­ción y el pro­pio gé­ne­ro de­jan­do po­co es­pa­cio pa­ra obras más cen­tra­das en el co­ra­zón del mis­mo (co­mo si eso fue­ra al­go). Flanagan lo­gra mo­ver­se en­tre el pan­ta­no­so te­rreno de la adap­ta­ción y la crea­ción de una obra con sa­bor úni­co (ade­re­za­do con las es­pe­cias pro­ve­nien­tes de de­ce­nas de otros au­to­res) ha­cien­do de The Haunting of Hill House una de esas se­ries que que­dan en el re­cuer­do.

Celeste

En un año de gran­des su­per­pro­duc­cio­nes (¿y cuál no?) den­tro del te­rreno del vi­deo­jue­go el jue­go de Matt Thorson y Noel Berry ha mi­ra­do de fren­te a va­que­ros y dio­ses nór­di­cos y ha, pa­ra mu­chos, sa­li­do ga­nan­do. Celeste pa­re­ce fun­cio­nar co­mo una ex­tra­ña sín­te­sis de aquel pri­mer triun­vi­ra­to de lo nue­vo in­die; Fez, Braid y Super Meat Boy, to­man­do un eje di­fe­ren­te de ca­da uno de ellos pa­ra crear su pro­pio trián­gu­lo en for­ma de mon­ta­ña a es­ca­lar. Su com­ple­jo di­se­ño de ni­ve­les lo con­vier­ten en uno de los pla­ta­for­mas más desafian­tes de los úl­ti­mos años y su tra­ta­mien­to de un pro­ble­ma tan gra­ve co­mo la de­pre­sión y la an­sie­dad (tan li­ga­das a la vi­da del desa­rro­lla­dor de vi­deo­jue­gos) se fu­sio­nan en una de las ex­pe­rien­cias más ple­nas del año. De nue­vo, y co­mo en Florence la co­mu­ni­ca­ción se tor­na par­te in­dis­pen­sa­ble en nues­tra es­ca­la­da a Celeste. Aunque el jue­go de Thorson y Berry no se lle­vó el GOTY en la do­ri­ta­da de Geoff Keighley ha si­do uno de los jue­gos que más ha si­do men­ta­do en con­ver­sa­cio­nes en­tre cer­ve­zas y ca­fés.

Mariano Hortal

Me gus­ta apro­ve­char la opor­tu­ni­dad que brin­da Álvaro en su lis­ta de lis­tas pa­ra es­cri­bir pe­que­ños co­men­ta­rios so­bre te­mas que no sue­len ser mi tra­ba­jo ha­bi­tual; de ahí que, es­te año, ha­ya es­co­gi­do tres ar­te­fac­tos que ten­gan que ver con la más que exi­to­sa pre­sen­cia de los su­per­hé­roes en la te­le­vi­sión.

Daredevil

Su can­ce­la­ción de la pla­ta­for­ma Netflix ha lle­va­do a va­rios co­men­ta­ris­tas cul­tu­ra­les a ex­traer con­se­cuen­cias erró­neas que no pien­so re­pe­tir aho­ra; es evi­den­te que Disney, con su nue­va pla­ta­for­ma de strea­ming de pró­xi­mo lan­za­mien­to quie­re guar­dar­se la opor­tu­ni­dad de ha­cer con to­dos los su­per­hé­roes lo que le plaz­ca por­que sa­be que es­tos fun­cio­nan, tie­nen un pú­bli­co se­dien­to de aven­tu­ras y bas­tan­te fiel. Lo que es cier­to tam­bién es que, de la for­ma en que es­te su­per­hé­roe y los otros ur­ba­nos (Luke Cage, Jessica Jones, etc…) es­ta­ban plan­tea­dos en la pla­ta­for­ma ac­tual pa­re­cía te­ner más sen­ti­do a pe­sar de sus in­dis­cu­ti­bles pro­ble­mas de du­ra­ción de los epi­so­dios y tem­po­ra­das y a una no muy co­rrec­ta pla­ni­fi­ca­ción. Recién aca­ba­do el vi­sio­na­do de la ter­ce­ra tem­po­ra­da de Daredevil me re­afir­mo en la idea de que lo des­car­na­do de la tra­ma y la vio­len­cia ex­plí­ci­ta con­for­ma­ban un Daredevil más cer­cano a Born Again que lo que pue­da traer­nos Disney. Es in­creí­ble com­pro­bar có­mo has­ta el pe­núl­ti­mo epi­so­dio, Kingpin, in­ter­pre­ta­do ma­ra­vi­llo­sa­men­te por Vincent D’Onofrio, era ca­paz de lle­var al lí­mi­te a to­dos los per­so­na­jes. La lu­cha fi­nal, en un úl­ti­mo epi­so­dio vi­bran­te, des­ti­la cru­de­za y sa­cri­fi­cio por los pro­ta­go­nis­tas y con­fir­ma la ca­li­dad de una se­rie que echa­ré mu­cho de me­nos con las con­di­cio­nes en que es­ta­ba plan­tea­da.

Universo DC

Especialmente in­tere­san­te me pa­re­cen las se­ries que con­glo­me­ran el uni­ver­so DC te­le­vi­si­vo, mu­cho más que lo que se es­tá ha­cien­do en el ci­ne. Hasta cua­tro se­ries es­tán con­vi­vien­do en es­tos mo­men­tos (Arrow, Legends of Tomorrow, The Flash y Supergirl) y no so­lo han con­se­gui­do que ca­da una de ellas fun­cio­na bien in­di­vi­dual­men­te sino que, ade­más, to­das ellas se en­tre­la­zan pa­ra rea­li­zar cros­so­vers la mar de di­ver­ti­dos. Es ni más ni me­nos que re­fle­jar lo que un te­beo se­ría en la pan­ta­lla y do­tar de per­so­na­li­dad a to­dos ellos. Si tu­vie­ra que ele­gir una, lo ten­dría di­fí­cil pe­ro, por pre­fe­ren­cia per­so­nal, es­co­jo a Flash por­que me en­can­ta que la pa­ra­do­ja tem­po­ral se ha­ya con­ver­ti­do en el leit mo­tif que mue­ve ca­da tra­ma y sub­tra­ma, se arries­gan tan­to que aplau­do ca­da nue­va idea con ma­yor fer­vor y es di­fí­cil que pue­da no va­lo­rar su osa­día. Eso y ca­da una de las in­ter­pre­ta­cio­nes múl­ti­ples de Tom Cavanagh y, que no se me ol­vi­de, han re­cu­pe­ra­do a The Elongated Man.… son ge­nia­les.

Marvel Agents of Shield

Por es­ta sí que no da­ba yo (ni ca­si na­die) ni un du­ro des­de su tem­po­ra­da de pre­sen­ta­ción y ya van a por la sép­ti­ma y, cu­rio­sa­men­te, en ple­na for­ma. Y no lo da­ba por­que sus pri­me­ras tem­po­ra­das fue­ron un desas­tre en ca­si to­do, mal plan­tea­mien­to de tra­mas, pre­sen­ta­ción pé­si­ma de los per­so­na­jes, en fin, un cú­mu­lo de des­pro­pó­si­tos. Sin em­bar­go, con el tiem­po, las tra­mas se han he­cho más in­tere­san­tes, los per­so­na­jes han evo­lu­cio­na­do fa­vo­ra­ble­men­te, se han in­tro­du­ci­do nue­vos per­so­na­jes y la sen­sa­ción que da es que to­do es­tá cohe­sio­na­do y en con­jun­ción con el uni­ver­so Marvel a ni­vel de ci­ne. Lo que DC ha crea­do con su uni­ver­so DC de se­ries, Marvel lo ha rea­li­za­do (a me­nor es­ca­la) con es­ta se­rie y ca­da una de las pe­lí­cu­las con las que in­ter­ac­cio­nan y don­de se sien­ten sus con­se­cuen­cias. El ca­so es que, por aho­ra va­le la pe­na se­guir­la y vuel­ve a re­afir­mar la idea de la bue­na sa­lud de lo su­per­he­roi­co en lo te­le­vi­si­vo tam­bién. ¿Quién lo iba a de­cir?

Jesús Jativa

Cada año me sien­to ha­la­ga­do por po­der par­ti­ci­par en es­ta lis­ta, pe­ro tam­bién me asom­bro de lo po­co que soy ca­paz de ha­blar de al­go que no sea man­ga. En lu­gar de in­ten­tar en­ga­ñar­me y bus­car una pe­lí­cu­la o un dis­co pa­ra dar más va­rie­dad a mis tres op­cio­nes, me sin­ce­ro con­mi­go mis­mo y me li­mi­to a lo que me ali­men­ta el al­ma a lo lar­go de los me­ses.

Satori Manga y La balada del viento y los árboles

Sin du­da, una de las no­ti­cias del año fue la que nos dio la edi­to­rial Satori du­ran­te el pa­sa­do Salón del Cómic de Barcelona cuan­do di­je­ron que em­pe­za­rían, a par­tir de es­te mis­mo di­ciem­bre, a pu­bli­car man­ga. Muy co­no­ci­dos por su ca­tá­lo­go de clá­si­cos de la li­te­ra­tu­ra ja­po­ne­sas, es­ta in­cor­po­ra­ción de Satori al mer­ca­do del man­ga su­po­ne una ma­du­ra­ción pa­ra es­te por va­rias ra­zo­nes. Por un la­do, in­cor­po­ra­rán obras más an­ti­guas que has­ta en­ton­ces no ha­bían te­ni­do su opor­tu­ni­dad, ade­más de abrir un po­co el aba­ni­co lec­tor, ofre­cien­do no so­lo un man­ga dis­tin­to a un pú­bli­co di­fe­ren­te sino tra­yen­do obras en for­ma­tos y edi­cio­nes di­fe­ren­tes. El lec­tor de man­ga en España es­tá bas­tan­te ma­la­cos­tum­bra­do a que ca­si to­do lo que se pu­bli­que sea ba­ra­to y pe­que­ño. Satori vie­ne a dar al­go más de va­rie­dad (a la que ya ha­bía, con edi­to­ria­les co­mo Ponent Mon o Astiberri pu­bli­can­do tam­bién for­ma­to gran­de) y a di­ver­si­fi­car un po­co la ofer­ta.

Si ese es el acon­te­ci­mien­to edi­to­rial más im­por­tan­te en 2018 (pa­ra mí), lo cier­to es que una obra que se me­re­ce es­pe­cial aten­ción es La ba­la­da del vien­to y los ár­bo­les, de Keiko Takemiya. 17 vo­lú­me­nes re­du­ci­dos a 10 en es­ta cui­da­da edi­ción de Milky Way Ediciones. La edi­to­rial se atre­ve con un man­ga lar­go, vie­jo y di­ri­gi­do a un pú­bli­co fe­me­nino (se­gún su de­mo­gra­fía de ori­gen). La apues­ta es va­lien­te, por­que son la pri­me­ra edi­to­rial en pu­bli­car es­te man­ga fue­ra de Japón, pe­ro tam­bién es im­por­tan­te: no so­lo les es­tá fun­cio­nan­do bien, sino que, es­pe­re­mos, abre la puer­ta a una ma­yor di­ver­si­dad de obras.

Devilmen

Una co­sa vie­ne por la otra, su­pon­go. Y es que no sé si de no ha­ber sa­li­do un nue­vo ani­me del clá­si­co man­ga de Gō Nagai, Devilman, es­te hu­bie­se lle­ga­do a pu­bli­car­se en in­glés (y anun­ciar­se en es­pa­ñol). La cues­tión es que en 2018 se nos han pre­sen­ta­do dos ar­te­fac­tos que bien me­re­cen la pe­na más allá de cual vino an­tes o cuál hi­zo qué. Porque ver pu­bli­ca­do en idio­ma le­gi­ble el man­ga Devilman es un mi­la­gro que has­ta ha­ce unos años no ha­bría­mos es­pe­ra­do ver. Y más en esa edi­ción tan mag­ní­fi­ca que ha pre­pa­ra­do en Estados Unidos Seven Seas, con dos to­chá­me­nes en ta­pa du­ra y ta­ma­ño gran­de que da glo­ria ver­los. Por su par­te, el ani­me di­ri­gi­do por Maasaki Yuasa es al­go tan digno de ver­se co­mo el man­ga de leer­se. Una adap­ta­ción ori­gi­nal, que ac­tua­li­za el mi­to del per­so­na­je y re­ju­ve­ne­ce tan­to la his­to­ria co­mo la es­té­ti­ca.

El Instagram de Ryan Holmberg

Mi úl­ti­ma apor­ta­ción a es­ta lis­ta va a ser una mi­ra­da al tra­ba­jo que es­te se­ñor ha es­ta­do ha­cien­do en los úl­ti­mos años. Académico in­de­pen­dien­te, Holmberg lle­va ya unos años tra­du­cien­do y ha­blan­do de man­ga con un ri­gor que va mu­cho más allá de lo di­vul­ga­ti­vo. Desde sus ar­tícu­los pa­ra The Comics Journal o sus tra­ba­jos pa­ra edi­to­ria­les co­mo Picturebox o Breakdown Press, la pre­sen­cia de Holmberg es­tá tra­yen­do una nue­va pers­pec­ti­va a los es­tu­dios de man­ga en oc­ci­den­te gra­cias a una la­bor pro­fu­sa y ac­ce­si­ble. De 2018 des­ta­ca­ría la pu­bli­ca­ción (por fin) de Fukushima Devil Fish¸ de Susumu Katsumoto; The Troublemakers, de Baron Yoshimoto y Slum Wolf, de Tadao Tsuge. Todas obras tra­du­ci­das y co­men­ta­das (y dis­po­ni­bles en Amazon) por él: tres au­to­res que no ha­brían si­do res­ca­ta­dos de no ser por lle­var una in­ves­ti­ga­ción (y fi­nan­cia­ción, en al­gu­nos ca­sos) aca­dé­mi­ca de­trás.

Sin em­bar­go, no pue­do de­jar sin co­men­tar su la­bor en su cuen­ta per­so­nal de Instagram, don­de nos ha­bla so­bre el pro­ce­so de tra­duc­ción e in­ves­ti­ga­ción de es­tas obras, las en­tre­vis­tas que ha­ce a los au­to­res (no os per­dáis las úl­ti­mas que ha subido con Tadao Tsuge), la in­ves­ti­ga­ción de cam­po que lle­va a ca­bo, su tra­ba­jo co­mo pro­fe­sor, etc. Un po­co es una ba­se pa­ra pro­mo­cio­nar su tra­ba­jo, pe­ro al fi­nal es­ta cuen­ta su­po­ne una ven­ta­na a un con­te­ni­do cul­tu­ral que, por di­fí­cil de ac­ce­der de no ser por la la­bor de al­guien así, es muy digno de se­guir.

Henrique Lage

Devilman: crybaby

El año en que Occidente ha te­ni­do dos es­tre­nos de lar­go­me­tra­jes de Masaaki Yuasa em­pe­zó con una apues­ta de Netflix que ya se plan­teó co­mo el ani­me del año. La adap­ta­ción de el es­qui­vo (pe­ro muy in­flu­yen­te) man­ga Devilman de Gō Nagai es­tá do­ta­da de ur­gen­cia, fle­xio­nan­do múscu­lo ani­ma­do no só­lo pa­ra pre­sen­tar sus even­tos en el mun­do con­tem­po­rá­neo (con las re­des so­cia­les in­cluí­das en la tra­ma con to­tal na­tu­ra­li­dad) sino pa­ra mos­trar la enor­me re­le­van­cia te­má­ti­ca que lo ocu­pa. Crueldad en un mun­do de des­con­fian­za y des­hu­ma­ni­za­ción, de ins­tin­tos pri­ma­rios y de lá­gri­mas de­rra­ma­das cuan­do ya es de­ma­sia­do tar­de.

Atlanta: «Teddy Perkins»

Lo que más des­ta­ca de una se­rie co­mo Atlanta es su in­su­mi­sión: tan pron­to te su­mer­ge un re­tra­to afec­tuo­so de las reali­da­des ín­ti­mas, eco­nó­mi­cas y ra­cia­les de EE.UU. co­mo te gol­pea con ele­men­tos fan­ta­sio­sos y dis­tor­sio­na­dos que pa­re­cen alu­ci­na­cio­nes tran­si­to­rias. La se­gun­da tem­po­ra­da, o Robbin’ Season se anun­ció, tal vez apro­ve­chan­do la iner­cia de Get Out (Jordan Peele, 2017) co­mo la tem­po­ra­da del te­rror y no de­cep­cio­nó en nin­gún epi­so­dio. Este epi­so­dio co­lo­ca al per­so­na­je más ex­tra­va­gan­te de sus pro­ta­go­nis­tas en el cen­tro de la ac­ción y lo con­vier­te, for­za­do por el con­tex­to, en el más ra­zo­na­ble. Con ecos de El cre­púscu­lo de los dio­ses (Sunset Blvd; Billy Wilder, 1950) y ¿Qué fue de Baby Jane? (What Ever Happened to Baby Jane?; Robert Aldritch, 1962), Darius acu­de a re­co­ger un piano a una vie­ja man­sión y co­no­ce a un mú­si­co anaco­re­ta, una amal­ga­ma de va­rios ar­tis­tas con in­fan­cias abu­si­vas. La tra­ge­dia de Teddy Perkins en con­tras­te con el te­ma que cie­rra el epi­so­dio (Evil de Stevie Wonder) po­ne en re­lie­ve las di­fi­cul­ta­des de to­mar la vía del amor cuan­do lo úni­co que has co­no­ci­do es el odio.

First Reformed

Soy muy cons­cien­te de que el te­ma que une es­tas tres elec­cio­nes tie­ne mu­cho que ver con per­so­na­jes tor­tu­ra­dos y atra­pa­dos, en­vuel­tos en su pro­pio mar­ti­rio. La pe­lí­cu­la de Paul Schrader, en cam­bio, ex­tien­de ese mar­ti­rio a to­da la es­pe­cie hu­ma­na, una vi­sión cos­mo­gó­ni­ca que mues­tra al pla­ne­ta Tierra co­mo un en­te que ha aban­do­na­do to­da es­pe­ran­za en sí mis­mo, su­cum­bien­do a la cri­sis eco­nó­mi­ca, acep­tan­do con re­sig­na­ción el cam­bio cli­má­ti­co y las in­jus­ti­cias, in­ca­paz de so­ñar con una uto­pía. En ese pa­no­ra­ma de tor­tu­ra au­to­in­fli­gi­da, el mar­ti­rio se de­vuel­ve tan­to a aque­llo de lo que no po­de­mos es­ca­par — Diario de un cu­ra ru­ral (Journal d’un cu­ré de cam­pag­ne; Robert Bresson, 1951), Los co­mul­gan­tes (Nattvardsgästerna; Ingmar Bergman, 1963) y Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) co­mo tres fan­tas­mas que deam­bu­lan en la pe­lí­cu­la — co­mo la de­ci­sión que po­de­mos to­mar una vez que nos aso­ma­mos al abis­mo. Que nos em­pu­ja has­ta el lí­mi­te se vuel­ve tan tras­cen­den­tal co­mo aque­llo que nos de­vuel­ve (aun­que sea una uto­pía, una fal­sa es­pe­ran­za) a nues­tros ca­ba­les. Espero que en 2019 apos­te­mos por uto­pías.

Carlos Martinez

Yuru Camp

El iyas­hi­kei es un gé­ne­ro en bo­ga des­de ha­ce va­rios años, pe­ro su ini­cio se re­mon­ta a prin­ci­pios de si­glo con pro­pues­tas tan va­rio­pin­tas co­mo Lucky Star, Azumanga Daioh, K‐ON! o Ichigo Mashimaro. Por eso, ale­gra ver que un gé­ne­ro que no ha­ce rui­do y que se re­mon­ta a prin­ci­pios de si­glo pue­de lle­gar a re­fi­nar­se tan­to co­mo en pro­pues­tas co­mo Yuru Camp, en el cual se mez­cle el iyas­hi­kei con la co­me­dia más «es­tú­pi­da» (la cual sir­ve pa­ra real­zar las par­tes más cer­ca­nas al sli­ce of li­fe) y con la at­mos­fe­ra re­la­jan­te que trans­mi­te el en­torno na­tu­ral en el que las pro­ta­go­nis­tas van de acam­pa­da. La for­ma en có­mo se alar­gan las es­ce­nas y las anéc­do­tas es, iró­ni­ca­men­te, lo que per­mi­te que to­da la se­rie res­pi­re y des­pren­da lo me­jor de sí mis­ma —es­pe­cial­men­te du­ran­te su pri­mer tra­mo — ; y aun así, es ahí don­de la co­me­dia jue­ga su gran fac­tor pa­ra atar to­do con una enor­me cohe­ren­cia: don­de po­dría ha­ber al­go plo­mi­zo, ese aco­pio de fal­ta de se­rie­dad y de jue­go con las ex­pec­ta­ti­vas es lo que ge­ne­ra esa li­be­ra­ción que per­mi­te una ma­yor in­tros­pec­ti­va de ca­ra a la co­ne­xión de la ju­ven­tud con la vi­da y con la na­tu­ra­le­za. Es ahí don­de des­ta­ca la se­rie: de­trás de ese ta­piz de ba­na­li­dad se ocul­ta la ma­gia de una se­rie que sa­be muy bien tra­ba­jar la su­ti­le­za de las emo­cio­nes que vi­ven unas ado­les­cen­tes en su día a día.

La Flor, de Mariano Llinás

¿Qué es el ci­ne? A ve­ces un aman­te del sép­ti­mo ar­te ne­ce­si­ta ha­cer­se esas pre­gun­tas de vez en cuan­do, y más cuan­do uno se en­cuen­tra con ma­te­ria­les co­mo La Flor, que se sa­len de la zo­na de con­fort que la in­dus­tria sue­le im­po­ner y que los ci­neas­tas aca­ban im­po­nién­do­se por mie­do o por fal­ta de ta­len­to o de con­fian­za. Llinás, sin em­bar­go, da la sen­sa­ción de que su úl­ti­mo tra­ba­jo bien po­dría ser el tra­ba­jo de un ni­ño gran­de que in­ten­ta ir jun­tan­do los pe­da­zos de su pe­lí­cu­la pa­ra que ten­gan sen­ti­do. ¿Y qué es la crea­ti­vi­dad en el ar­te, sino en­con­trar aque­llo que re­sue­ne más con uno mis­mo?

El tra­ba­jo de La Flor se fil­mó en ca­si una dé­ca­da y fru­to de ello se pue­de ver en el enor­me me­tra­je que tie­ne. La pe­lí­cu­la cons­ta de 14 ho­ras e in­clu­so al­ter­na va­rios ti­pos dis­tin­tos de his­to­rias que o bien no em­pie­zan o bien no ter­mi­nan. Asimismo, tam­bién in­clu­so cam­bia la for­ma de ro­dar, aun­que man­tie­ne en co­mún el tra­ba­jo con el fo­co y con la au­to­con­cien­cia de quien sa­be que en el fon­do es­tá ro­dan­do so­bre la pro­pia ma­te­ria del ci­ne y de cua­tro ac­tri­ces del gru­po de tea­tro Piel de Lava. Ellas, co­mo el pro­pio di­rec­tor, flu­yen por va­rios gé­ne­ros, re­gis­tros, idio­mas a lo lar­go de to­das es­tas pe­que­ñas his­to­rias que no de­jan de ser com­par­ti­men­tos na­rra­ti­vos pa­ra que el di­rec­tor ex­plo­re ca­da pe­que­ño pun­to de la his­to­ria y lue­go pue­da ex­plo­rar­lo con cal­ma. La voz en off tam­bién es un pun­to im­por­tan­te, sir­vien­do de guía pri­me­ro y lue­go de brú­ju­la orien­ta­ti­va des­pués: aquí la in­ten­ción del di­rec­tor ar­gen­tino no es que el es­pec­ta­dor se pier­da, sino que real­men­te le acom­pa­ña de la mano por una his­to­ria que no es so­lo una Odisea to­tal del di­rec­tor (lle­gan­do a ex­po­ner sus mie­dos e in­se­gu­ri­da­des du­ran­te la cuar­ta his­to­ria), sino tam­bién un ho­me­na­je to­tal de un ci­né­fi­lo em­pe­der­ni­do por no so­lo un so­lo ti­po de ar­te, sino de va­rios. Quizá es­te no sea el me­jor tra­ba­jo del si­glo, pe­ro sí es el que lle­ga des­de la ho­nes­ti­dad y des­de el atre­vi­mien­to más inocen­te po­si­ble.

Susana Santos Silva, All the Rivers (Live at the Panteao Nasional)

Un ál­bum gra­ba­do en vi­vo ofre­ce la po­si­bi­li­dad de ex­pe­ri­men­tar no so­lo con la pro­pia mú­si­ca, sino con la in­ter­ac­ción de es­ta en re­la­ción a su pro­pio es­pa­cio. La trom­pe­tis­ta lu­sa Susana Santos Silva ha­ce lo pro­pio con el Panteón Nacional de Lisboa, una igle­sia cu­ya cons­truc­ción em­pe­zó en 1568 que co­lap­só pri­me­ro y fue aban­do­na­da por el mo­nar­ca Joao V des­pués, pa­ra lue­go ser re­for­mu­la­da y le­van­ta­da fi­nal­men­te co­mo el edi­fi­cio que es hoy día. El Panteón Nacional ha si­do has­ta aho­ra fuen­te de va­rios ál­bu­mes gra­ba­dos en vi­vo e in­clu­so va­rios con­cier­tos (aquí te­néis una pe­que­ña mues­tra), y Susana Santos Silva no es la pri­me­ra en apro­ve­char el grue­so de las pa­re­des de un edi­fi­cio y el es­pa­cio cir­cu­lar del pro­pio edi­fi­cio pa­ra ex­pe­ri­men­tar con las no­tas que ge­ne­ran los ins­tru­men­tos, pe­ro su for­ma de tra­ba­jar los se­mi­to­nos sí per­mi­te que ese eco ex­pan­si­vo -y es­ta for­ma de ha­cer que la mu­si­ca­li­dad de las no­tas re­bo­te y se aca­be di­sol­vien­do pau­la­ti­na­men­te después‐ ge­ne­re un ti­po de ex­tra­ñe­za que flu­ya y tra­ba­je des­de las no­tas ha­cia el es­pa­cio, y lue­go vi­ce­ver­sa.

Nacho MG

Kim Wexler y su relación de pareja con Jimmy McGill en Better Call Saul

Hace tiem­po que Better Call Saul de­jó de ser una in­ver­sión con­cep­tual de Breaking Bad pa­ra to­mar su pro­pio ca­mino. En es­tos cua­tro años el re­bu­fo me­diá­ti­co de la se­rie que la pre­ce­día se ha ido apa­gan­do a la par que Vince Gilligan ha desa­rro­lla­do un in­creí­ble sen­ti­do del sus­pen­se mi­ni­ma­lis­ta que ha al­can­za­do su ma­du­rez en las dos úl­ti­mas tem­po­ra­das. Better Call Saul es una ra­ra avis den­tro del pa­no­ra­ma se­rié­fi­lo nor­te­ame­ri­cano, po­cas pro­duc­cio­nes de la ac­tua­li­dad con­fían tan­to en las pe­que­ñas ac­cio­nes co­ti­dia­nas pa­ra con­tar una his­to­ria, de­jan­do bue­na par­te de los diá­lo­gos ca­si co­mo un ele­men­to de atre­zo.

Probablemente el me­jor ejem­plo de es­to es có­mo se mues­tra la re­la­ción de pa­re­ja en­tre el pro­ta­go­nis­ta Jimmy McGill y su fiel com­pa­ñe­ra Kim Wexler. Una di­ná­mi­ca que es­qui­va cual­quier con­ven­cio­na­lis­mo y eli­mi­na de la ecua­ción el ro­man­ce, las eti­que­tas (el pro­pio con­cep­to «pa­re­ja» o «no­vios» bri­lla por su au­sen­cia en la con­ver­sa­ción), la de­pen­den­cia y de­más com­po­nen­tes tó­xi­cos. Kim y Jimmy a pe­sar de los de­fec­tos y la vi­da pro­fe­sio­nal que les se­pa­ran, se man­tie­nen con­tra vien­to y ma­rea fie­les a una in­de­pen­den­cia ne­go­cia­da que les per­mi­te con­tro­lar su pro­pia vi­da y re­sol­ver con­flic­tos de for­ma au­tó­no­ma, sin por ello re­nun­ciar a es­pa­cios co­mu­nes o po­ner en pe­li­gro el ca­ri­ño y res­pe­to que se pro­fe­san.

Por to­do es­to im­pre­sio­na có­mo Kim Wexler se ha con­ver­ti­do en la re­fe­ren­cia de aque­llo a lo que de­be as­pi­rar un se­cun­da­rio fe­me­nino en la fic­ción de es­te si­glo. Es la fuer­za do­mi­nan­te y el mo­tor de una de las dos tra­mas pa­ra­le­las que ver­te­bran Better Call Saul y sub­vier­te to­dos los tro­pos de las pa­re­jas en fic­ción, aún sin sa­lir­se de su pa­pel de dis­po­si­ti­vo de so­por­te al pro­ta­go­nis­ta, que es lo que en el fon­do son to­dos los se­cun­da­rios, no nos en­ga­ñe­mos.

La revelación de la identidad de la señora del cuello torcido en The Haunting of Hill House

Tengo un pro­ble­ma con The Haunting of Hill House. A pe­sar de de­jar­me un más que agra­da­ble sa­bor de bo­ca, ape­nas han pa­sa­do unos me­ses y ya em­pie­zo a ol­vi­dar­la. Recuerdo la ejem­plar pre­sen­ta­ción de per­so­na­jes, un rit­mo que no tie­ne pro­ble­ma en to­mar­se su tiem­po en con­tar las co­sas, al­gún ejer­ci­cio de fal­so plano se­cuen­cia que por una vez tie­ne un sen­ti­do más allá de la me­ra de­mos­tra­ción de pe­ri­cia téc­ni­ca y su in­que­bran­ta­ble com­pro­mi­so y res­pe­to ha­cia el gé­ne­ro al que per­te­ne­ce. Sin em­bar­go es una pro­duc­ción con cier­ta au­sen­cia de es­ti­lo, con una es­té­ti­ca par­cial­men­te des­trui­da por una ima­gen ca­si mo­no­cro­má­ti­ca que sub­yu­ga to­do su in­te­rés na­rra­ti­vo a se­pa­rar dos lí­neas tem­po­ra­les (los to­nos cá­li­dos del pa­sa­do, la frial­dad del pre­sen­te) y fi­nal tan sú­ma­men­te mas­ti­ca­do que pa­re­ce di­fí­cil que de­je el más mí­ni­mo po­so en la me­mo­ria.

Pero hay una ima­gen que no pue­do qui­tar­me de la ca­be­za. Una se­cuen­cia de pla­ni­fi­ca­ción sen­ci­lla pe­ro ex­qui­si­ta, que con­den­sa a la per­fec­ción to­da la idea que ver­te­bra la se­rie sin re­cu­rrir a una so­la lí­nea de diá­lo­go. Un ha­llaz­go au­dio­vi­sual de enor­me va­lor don­de Mike Flanagan sa­le de su co­rrec­ción aca­dé­mi­ca ha­bi­tual pa­ra fil­mar los me­jo­res cua­ren­ta y cin­co se­gun­dos de su ca­rre­ra. Un te­rro­rí­fi­co via­je ha­cia atrás a tra­vés del tiem­po que vie­ne a ex­pli­car y a dar for­ma con una con­tun­den­cia na­rra­ti­va im­pre­sio­nan­te, có­mo se crea un fan­tas­ma.

El destino final de Ash Williams en la última secuencia de Ash vs Evil Dead

La tris­te can­ce­la­ción de Ash vs Evil Dead ha su­pues­to el pun­to y fi­nal a un per­so­na­je que des­de el pri­mer epi­so­dio de la pri­me­ra tem­po­ra­da ju­ga­ba a se­ña­lar­nos lo ex­tre­ma­da­men­te fue­ra de lu­gar que es­ta­ba en nues­tro tiem­po. Tan fue­ra de lu­gar que su am­bi­cio­sa re­in­ter­pre­ta­ción pa­ró­di­ca lle­va­da más allá de lo vis­to en Army of Darkness nun­ca con­tó con el res­pal­do de la au­dien­cia (Starz, ob­te­nía diez ve­ces más au­dien­cia con su pro­duc­to es­tre­lla, Outlander). Sorprende no tan­to el fin de la emi­sión co­mo el he­cho de que ha­ya aguan­ta­do tres glo­rio­sas tem­po­ra­das en an­te­na, un au­tén­ti­co re­ga­lo pa­ra los fans de la le­gen­da­ria fran­qui­cia te­rror fan­tás­ti­co y go­re car­toon que Sam Raimi crea­se en 1982 y que ter­mi­nó con­vir­tien­do en run­ning gag el po­co res­pe­to ha mos­tra­do ha­cia si mis­ma y a su cro­no­lo­gía.

Precisamente esa bur­la a la de­pen­den­cia de un ca­non cohe­ren­te de la que ha­cen ga­la mu­chas fran­qui­cias, ha te­ni­do su re­fle­jo en el fi­nal de la se­rie, un epí­lo­go re­mi­nis­cen­te del fi­nal ori­gi­nal de Army of Darkness que ubi­ca a Ash en un con­tex­to don­de por pri­me­ra vez en su vi­da, no se sien­te fue­ra de lu­gar: un de­sier­to post‐apocalíptico deu­dor de Mad Max con una si­de­kick cy­borg hi­per­se­xua­li­za­da acom­pa­ñán­do­lo en sus fu­tu­ras aven­tu­ra. Un fi­nal de en­sue­ño pa­ra un per­so­na­je que se ha­bía con­ver­ti­do en una re­li­quia de otra épo­ca y que so­lo fun­cio­na­ba por­que el cu­ñao ma­chi­ru­lo de ego des­me­di­do y or­gu­llo­so de su su­pues­ta in­co­rrec­ción po­lí­ti­ca, ya so­lo tie­ne sen­ti­do co­mo di­bu­jo ani­ma­do au­to­cons­cien­te.

David Molina

The Red Strings Club

Tenemos que es­tar de ce­le­bra­ción y brin­dar es­tas na­vi­da­des con or­gu­llo por los re­ga­los que nos ha da­do es­te año la in­dus­tria del vi­deo­jue­go en España. Moonlighter, Don’t Feed The Monkeys, Solo, They Are Billion… son al­gu­nos de los pro­yec­tos que han sa­bi­do des­ta­car y triun­far más allá de nues­tras fron­te­ras, pe­ro el vi­deo­jue­go de Deconstructeam ha des­ta­ca­do por en­ci­ma de to­dos ellos. La poé­ti­ca que se res­pi­ra en es­ta obra es de un gus­to ex­qui­si­to que sin ne­ce­si­dad de una des­me­su­ra­da pro­duc­ción o lo úl­ti­mo en te­ra­flops, lle­ga mu­cho más y se sien­te vi­va. Una ex­tra­ña cá­li­da me­lan­co­lía que nos ha­ce co­nec­tar con sus per­so­na­jes mien­tras nos obli­ga a en­trar en re­fle­xión cons­tan­te co­mo bue­na cien­cia fic­ción que es. The Red Strings Club en su sen­ci­llez mues­tra la gran ca­li­dad que te­ne­mos en nues­tro país, no so­lo pro­po­nien­do una ex­pe­rien­cia sen­ci­lla y agra­da­ble, sino ex­plo­tan­do sus me­cá­ni­cas en con­se­cuen­cia con su na­rra­ti­va pa­ra de­lei­tar­nos con una de los me­jo­res na­rra­ti­vas que he ex­pe­ri­men­ta­do en los úl­ti­mos años.

Al fi­nal se­rá cier­to que es­ta­mos vi­vien­do la ver­da­de­ra Edad de Oro del vi­deo­jue­go es­pa­ñol.

El Mal Querer de Rosalía

En un año co­mo es­te don­de el fe­nó­meno «trap» se ha ex­pan­di­do co­mo un vi­rus in­fec­tan­do to­do a su pa­so — -ya no so­lo en lo mu­si­cal, sino tam­bién en mo­da, pro­duc­ción au­dio­vi­sual o el mun­do grá­fi­co— la can­tan­te ca­ta­la­na ha sa­bi­do reivin­di­car no so­lo su es­ti­lo y per­so­na­li­dad co­mo ar­tis­ta, sino tam­bién la mú­si­ca ur­ba­na, la que na­ce des­de los ba­rrios y lle­ga has­ta las dis­co­te­cas. Si el año pa­sa­do Bad Gyal es­ta­ba pe­tan­do­lo en ra­dios, te­le­vi­sio­nes y dis­co­te­cas con su ra­bio­so dan­cehall ur­bano con tin­tes de trap, Rosalía ha re­cla­ma­do el trono que le per­te­ne­ce con una ál­bum que ro­za la per­fec­ción.

Un ra­ra avis que tie­ne to­dos los fac­to­res pa­ra fra­ca­sar y que le­jos de eso, se ha con­ver­ti­do en to­da una ge­nia­li­dad.

Lady Bayonetta

Cuando pa­re­cía que iba a ser un año tran­qui­lo sin ex­cen­tri­ci­da­des, Lady Gaga da el pe­lo­ta­zo en Twitter mos­tran­do su adic­ción a Bayonetta; qui­zá un mo­vi­mien­to de mar­ke­ting muy as­tu­to por par­te de Platinum Games. Pero tie­ne mu­cho sen­ti­do que Gaga es­té a fue­go con Bayonetta, tie­ne to­do el sen­ti­do del mun­do. Las dos se des­li­zan con ele­gan­cia y sen­sua­li­dad en sus ofi­cios; una ca­za de­mo­nios al rit­mo de mú­si­ca ce­les­tial, la otra can­ta co­mo los án­ge­les pa­ra atraer a los de­mo­nios, am­bas con un buen gus­to pa­ra los ta­co­nes.

Lo úni­co que fal­tó pa­ra re­don­dear es­te mo­men­to del año hu­bie­ra si­do ver en The Game Awards a Lady Gaga ha­cien­do una ac­tua­ción ves­ti­da co­mo Bayonetta.

Grace Morales

Antes de es­cri­bir mis tres pre­fe­ri­dos, es­te año ape­lo a la com­pren­sión de Álvaro Mortem pa­ra po­der re­fe­rir­me a aque­llo que me ha pa­re­ci­do igual de re­le­van­te, pe­ro en lo ma­lo:

La as­tro­lo­gía te­nía ra­zón y la in­fluen­cia de las com­bi­na­cio­nes Urano‐Júpiter se ha he­cho no­tar. He te­ni­do más de un fias­co en las re­la­cio­nes la­bo­ra­les. Eso ex­pli­ca mu­chas más co­sas a tí­tu­lo ge­ne­ral, pe­ro no voy a de­te­ner­me en ellas, que es­tá feí­si­mo ha­blar de di­ne­ro.

En cuan­to a la de­ri­va po­lí­ti­ca; lo peor, que los ver­da­de­ros res­pon­sa­bles del desa­gui­sa­do no se ha­yan da­do por alu­di­dos. Aquellos que con su abu­lia, co­rrup­ción, va­ni­dad y fal­ta de com­pro­mi­so, han pro­pi­cia­do que apa­rez­ca la ul­tra­de­re­cha xe­nó­fo­ba, no han he­cho una so­la re­fle­xión de que lo mis­mo ha si­do un po­qui­to a con­se­cuen­cia de que ellos y ellas no han he­cho na­da o lo han he­cho ho­rri­ble. Supongo que se de­be es­tar muy ocupado/a en las di­ver­sas ca­non­jías de la inopia.

La mú­si­ca, flo­ja en com­pa­ra­ción con otros años. Sólo he es­cu­cha­do lo de siem­pre: de los Telescopes a Gene Clark, que fue un ar­tis­ta in­creí­ble, y ca­da año que pa­sa soy más de­vo­ta. Quién me lo iba a de­cir a mí, que en los años ochen­ta des­pre­cia­ba a los Secretos, por­que eran fans de los Byrds… Tenía en­ton­ces la mis­ma idea so­bre la mú­si­ca y sus cir­cuns­tan­cias que la que tie­ne hoy el au­tor del re­cien­te li­bro so­bre la mo­vi­da… No es que yo ten­ga mu­cha más idea so­bre na­da, la ver­dad, pe­ro hay cier­tas co­sas que… Por cier­to, y pa­ra ter­mi­nar el la­do os­cu­ro con al­go muy lu­mi­no­so, es­te año se ha pu­bli­ca­do una es­tu­pen­da bio­gra­fía so­bre Gene Clark.

Mi elec­ción:

La mujer singular y la ciudad, de Vivian Gornick (Editorial Sexto Piso)

Emplear ad­je­ti­vos co­mo «bri­llan­te», «agu­da», «obra maes­tra», etc., con la na­rra­ti­va de Vivian Gornick es ti­rar de tó­pi­cos, que­dar­se muy cor­ta y no re­fle­jar ni de le­jos lo que son es­tos dos li­bros, el que sa­lió en 2017, Apegos fe­ro­ces (Ed. Sexto Piso) y es­te, que se­ría la se­gun­da par­te de las pe­cu­lia­res me­mo­rias de la es­cri­to­ra, y que leí, de­vo­ré, uno tras otro. En es­te ca­so, los de­ba­tes so­bre el va­lor o no de la au­to­fic­ción, por un la­do; y por otro, los de la evo­lu­ción del pen­sa­mien­to fe­mi­nis­ta, pa­li­de­cen an­te la ca­pa­ci­dad de es­tos dos pe­que­ños vo­lú­me­nes en ha­cer que las vi­ven­cias de una chi­ca del Bronx en dos mo­men­tos a lar­go del si­glo XX se ha­yan vuel­to ab­so­lu­ta­men­te re­ve­la­do­res, ver­da­de­ros. Ha si­do co­mo si es­tu­vie­se le­yen­do las cró­ni­cas de una ami­ga ín­ti­ma con­tra un me­dio hos­til, en to­dos los pla­nos y pers­pec­ti­vas po­si­bles: el fa­mi­liar, el so­cial y el po­lí­ti­co, so­bre las ca­lles de una ciu­dad que no es la mía, pe­ro pue­do re­co­no­cer co­mo si lo fue­ra, gra­cias a la ha­bi­li­dad de la au­to­ra. Gornick ha­ce fá­cil lo di­fí­cil. Muestra las he­ri­das y des­ve­la lo com­pli­ca­do que pue­de ser con­tar una his­to­ria, y no po­der sa­lir de las es­truc­tu­ras men­ta­les ni el len­gua­je que las li­mi­ta pa­ra ver el cua­dro com­ple­to. Reflexiona so­bre las con­tra­dic­cio­nes que su pro­pio dis­cur­so, exi­gen­te, te mues­tra y no pue­des re­sol­ver. Temas co­mo la po­bre­za y las ma­las re­la­cio­nes fa­mi­lia­res, que no abun­dan en la li­te­ra­tu­ra fe­mi­nis­ta ac­tual, lle­na de li­bros a ma­yor glo­ria de sú­per per­so­na­jes, son, sin em­bar­go, cru­cia­les en Gornick: esa ma­dre, que es co­mo el ar­que­ti­po de cier­ta Madre que mu­chas mu­je­res co­no­ce­mos; el pa­dre au­sen­te, las his­to­rias en­tre­cru­za­das con ma­ri­dos y com­pa­ñe­ros que no en­tien­den ab­so­lu­ta­men­te na­da… Todo en la li­te­ra­tu­ra de Gornick se re­su­me en el va­lor pa­ra se­guir y con­tar­lo, a pe­sar de la so­le­dad y los pa­los en las rue­das. Independientemente de mi iden­ti­fi­ca­ción con el per­so­na­je que Gornick mues­tra en ellos, sus li­bros son re­co­men­da­bles pa­ra cual­quie­ra. Es co­mo Phillip Roth. Igual de ne­ce­sa­rio, pe­ro al re­vés, no sé si me ex­pli­co.

Vives en las cintas que me grabaste, de Rob Sheffield (Blackie Books, trad. de Carles Andreu)

Fue una sor­pre­sa, por su con­di­ción ex­cep­cio­nal; de nue­vo, era un tes­ti­mo­nio bio­grá­fi­co, ade­más, sal­pi­ca­do con cien­tos de re­cuer­dos mu­si­ca­les. A prio­ri, lo te­nía to­do pa­ra ser un ho­rror. Sin em­bar­go, es tan sin­ce­ro y es­tá tan ale­ja­do de cual­quier pre­ten­sión epa­tan­te o coar­ta­da pa­ra ven­der na­da, que lo eli­jo co­mo uno de los li­bros más be­llos y op­ti­mis­tas que he leí­do es­te año. Porque aun­que creo en el va­lor del tra­ba­jo y el desa­rro­llo de las ideas por en­ci­ma de cual­quier otra co­sa, in­clu­so del amor (so­bre to­do, en­ci­ma de és­te), la his­to­ria que se desa­rro­lla en sus pá­gi­nas te des­ar­ma por com­ple­to —chi­co me­ló­mano co­no­ce chi­ca me­ló­ma­na en los años no­ven­ta, chi­co y chi­ca se enamo­ran y lle­nan su vi­da con amor y cin­tas de ca­se­te de su mú­si­ca pre­fe­ri­da; chi­ca mue­re, y chi­co la re­cuer­da con la mú­si­ca gra­ba­da — , y has­ta te ha­ce ver a gru­pos que has de­tes­ta­do to­da tu vi­da, co­mo por ejem­plo, los Pavement, con cier­to agra­do. Por su­pues­to, es un li­bro en el que la mú­si­ca tie­ne un pa­pel pro­ta­go­nis­ta, no co­mo es­tú­pi­da ban­da so­no­ra, sino co­mo el te­ji­do que for­ma par­te de la esen­cia de los pro­ta­go­nis­tas, y eso lo que lo ha­ce irre­sis­ti­ble, al me­nos pa­ra mí. La vi­da es muy cor­ta, la mú­si­ca per­du­ra pa­ra siem­pre: Eva Sólex y Pete Shelley lo sa­bían.

La balada de Buster Scruggs, de Joel y Ethan Coen (Neflix)

Muchas pe­lí­cu­las bue­nas es­te año. Me en­can­ta las del pa­je­ro de Under The Silver Lake, la del pi­jo ca­brón de Burning y el cuen­to de mons­truos y ha­das de Pascal Laugier, pe­ro me que­do con es­ta.

Porque es muy di­fí­cil ha­cer una bue­na pe­lí­cu­la del oes­te en 2018 sin re­pe­tir lo que ya se ha he­cho. Y los Coen, le­jos de ami­la­nar­se, aho­ra abor­dan to­do el gé­ne­ro, siem­pre se­gún su pro­pia per­so­na­li­dad (las le­yen­das gre­co­la­ti­nas, el ab­sur­do, el hu­mor, la vio­len­cia, los per­so­na­jes ca­rac­te­rís­ti­cos…). Con ello de­vuel­ven un pro­duc­to for­ma­do por va­rias his­to­rie­tas, en apa­rien­cia sim­ple y un po­co des­con­cer­tan­te. Pero so­lo en apa­rien­cia: es­ta pe­lí­cu­la es una jo­ya, me­di­ta­da y lle­na de sig­ni­fi­ca­do. Sobre las aven­tu­ras de ca­da epi­so­dio, ins­pi­ra­das no so­lo por el wes­tern, sino tam­bién por la li­te­ra­tu­ra (Jack London, Stewart Edward White) y la mú­si­ca (los cow­boys can­tan­tes, las ba­la­das tra­di­cio­na­les), hay al­go co­mún en to­das. Los pro­ta­go­nis­tas se en­fren­tan a la muer­te: unos, sin dar­se cuen­ta; otros, co­mo víc­ti­mas pro­pi­cia­to­rias o pro­fe­sio­na­les de la mis­ma; otros, en una pe­lea por mie­do a per­der sus po­se­sio­nes, y otros, sim­ple­men­te la mi­ran con una can­ción en los la­bios y una pis­to­la en la mano (enor­me la pri­me­ra his­to­ria y el per­so­na­je que in­ter­pre­ta Tim Blake Nelson). Es tan sim­ple co­mo tras­cen­den­te, y es la úni­ca ver­dad. Y una cu­rio­si­dad, ¿a na­die más le re­cuer­da el per­so­na­je de Tom Waits el mu­ñe­co de Toy Story?

Pablo Muñoz

El liberalismo del miedo, de Judith N. Shklar

La obra de Shklar es ca­si iné­di­ta en es­pa­ñol. Aunque tu­vo una vi­da y ca­rre­ra con me­nos for­tu­na y re­co­no­ci­mien­to del me­re­ci­do, su obra es­tá sien­do res­ti­tui­da por al­gu­nos de los prin­ci­pa­les pen­sa­do­res de nues­tro tiem­po. Herder ha de­ci­di­do res­ca­tar uno de sus úl­ti­mos tex­tos, pu­bli­ca­do en 1989 y acom­pa­ñar­lo de un pró­lo­go de Axel Honneth. Shklar era una pen­sa­do­ra con­sis­ten­te y bri­llan­te. Defendía un li­be­ra­lis­mo he­te­ro­do­xo. ¿Su pro­gra­ma? No da­ñar a los más dé­bi­les. La cruel­dad es la me­di­da de to­do cuan­to de­be­mos evi­tar. Por eso mis­mo, vuel­ve a Montaigne y, cla­ro, a Platón. Es una suer­te po­der leer­la.

Batman: La Boda, de Tom King

¡Qué bien se le da a Tom King tra­tar las co­si­tas pe­que­ñas en un gé­ne­ro bien có­mo­do (fe­liz­men­te có­mo­do) con las ma­ra­vi­llas y los asom­bros! Su Batman, se ha di­cho, pe­ca de me­lan­có­li­co. Ciertamente. Y a ve­ces, su pla­ni­fi­ca­ción es reite­ra­ti­va. Bueno, de acuer­do. Pero a los crí­ti­cos les di­ré ¿y aque­llo que ofre­ce? Una mag­ní­fi­ca rein­ven­ción de la his­to­ria de amor (en­tre una ga­ta y un mur­cié­la­go), un gus­to por los equí­vo­cos y una mi­ra­da in­tere­san­te a có­mo es­tos su­per­hé­roes se van ha­cien­do, en­tre trau­mas e ins­tan­tes de fe­li­ci­dad.

American Crime Story: The Gianni Versace Story, de Ryan Murphy et al.

Con American Crime Story, Ryan Murphy to­ma ar­gu­men­tos, ba­sa­dos en he­chos reales, del pa­sa­do y nos in­te­rro­ga so­bre có­mo y qué nos preo­cu­pa aho­ra. Es un mé­to­do, di­ga­mos, re­tros­pec­ti­vo. Por su­pues­to, des­de (y pa­ra) es­ta­dou­ni­den­ses. Así, la pri­me­ra tem­po­ra­da, so­bre OJ Simpson, tra­ta­ba so­bre ra­za, re­pre­sen­ta­ción, fa­ma y cul­pa. Esta se­gun­da tra­ta so­bre la ho­mo­fo­bia, aje­na y pro­pia, y có­mo per­mea, des­tru­ye y con­di­cio­na a los se­res hu­ma­nos. La se­rie es ca­si un ser­vi­cio pú­bli­co y ade­más, es te­rro­rí­fi­ca, in­te­li­gen­te y pun­zan­te.

Santi Pagés

Tres cacharros culturales

Ficción climática

Este ha si­do el año del ul­ti­má­tum. O nos arre­man­ga­mos co­mo es­pe­cie pa­ra re­du­cir drás­ti­ca­men­te la emi­sión de ga­ses de efec­to in­ver­na­de­ro en la pró­xi­ma dé­ca­da o el fu­tu­ro nos trae­rá con­se­cuen­cias im­pre­de­ci­bles y po­co (o na­da) ha­la­güe­ñas. La reac­ción de los go­bier­nos del mun­do ha os­ci­la­do, co­mo de cos­tum­bre, en­tro lo ti­bio y lo dis­pa­ra­ta­do. Mientras tan­to, la fic­ción ha con­ti­nua­do ex­plo­ran­do el desas­tre y sus re­me­dios con obras que se van acu­mu­lan­do ba­jo la eti­que­ta de cli‐fi. Películas co­mo Jurassic World: El reino caí­do o Aniquilación nos pre­sen­ta­ban me­tá­fo­ras po­co di­si­mu­la­das de nues­tra en­tra­da ofi­cial en el Antropoceno, que es co­mo los cien­tí­fi­cos lla­man a la épo­ca geo­ló­gi­ca que se inau­gu­ró cuan­do la es­pe­cie hu­ma­na al­te­ró de ma­ne­ra de­ter­mi­nan­te nues­tro pla­ne­ta. En España, an­to­lo­gías co­mo Estío o no­ve­las co­mo la es­tu­pen­dí­si­ma (y bre­ví­si­ma) Hajira de Francisco Serrano nos pro­pu­sie­ron po­si­bles va­rian­tes de es­ta tra­gi­co­me­dia cu­yo fi­nal pen­sá­ba­mos, equi­vo­ca­da­men­te, que so­lo co­no­ce­rían nues­tros nie­tas y nie­tos.

El odio

El dic­cio­na­rio de la RAE de­fi­ne cul­tu­ra co­mo el «con­jun­to de co­no­ci­mien­tos que per­mi­te a al­guien desa­rro­llar su jui­cio crí­ti­co». Si nos pu­sié­ra­mos pe­dan­tes y ger­ma­nos, po­dría­mos de­cir que la cul­tu­ra es por tan­to una wel­tans­chauung, una for­ma de en­ten­der el mun­do y juz­gar­lo. 2018 ha si­do el año en el que el odio se ha con­ver­ti­do en la wel­tans­chauung de de­ma­sia­da gen­te. El odio al di­fe­ren­te o al ri­val po­lí­ti­co. El odio cul­ti­va­do o lar­va­do que fi­nal­men­te en­cuen­tra su ex­pre­sión y sus vo­ce­ros. Si pen­sa­bas que el hom­bre blan­co iba a de­jar mar­char sus pri­vi­le­gios por las bue­nas, es­ta­bas muy equi­vo­ca­do. La cri­sis de ré­gi­men, del sis­te­ma, o de la de­mo­cra­cia li­be­ral ca­pi­ta­lis­ta si nos que­re­mos po­ner más es­pe­cí­fi­cos, nos han traí­do a Trump, Orban, Bolsonaro y Vox; a las TERF, los ga­mers ma­chi­ru­los, los in­cels y a los de «la dic­ta­du­ra de lo po­lí­ti­ca­men­te co­rrec­to». En vez de mi­rar al pa­sa­do con ira, ellos han ele­gi­do mi­rar al fu­tu­ro con odio.

Serial, 3ª temporada

Este año la jus­ti­cia ha traí­do dis­gus­tos pa­ra to­dos y to­das (la sen­ten­cia de la ma­na­da, la con­ti­nua­ción de la pri­sión pre­ven­ti­va pa­ra los chi­cos de Altsasua, los de­men­cia­les car­gos con­tra po­lí­ti­cos ca­ta­la­nes por po­ner unos ejem­plos). El pod­cast Serial, al que se pue­de atri­buir en par­te el au­ge del true cri­me, se ha des­col­ga­do con una ex­ce­len­te 3ª tem­po­ra­da en la que ha in­ves­ti­ga­do el fun­cio­na­mien­to in­terno de la jus­ti­cia nor­te­ame­ri­ca­na. Cada en­tre­ga se ocu­pa­ba de un ca­so pre­sen­ta­do en los juz­ga­dos de Cleveland. El re­sul­ta­do era de­sola­dor. No so­lo por­que la jus­ti­cia re­sul­te ser mu­cho más cie­ga y ar­bi­tra­ria que im­par­cial y ecuá­ni­me, sino por­que el re­tra­to que emer­ge es el de una so­cie­dad par­ti­da por una dis­cri­mi­na­ción ra­cial bru­tal, aque­ja­da de una de­sigual­dad ga­lo­pan­te y que ha­bi­ta en unas ciu­da­des su­mi­das en un aban­dono y de­ca­den­cia ta­les que no des­en­to­na­rían en una ex­plo­ta­ción ita­lia­na de Mad Max. Cuando William Gibson di­jo aque­llo de que «el fu­tu­ro ya es­tá aquí, só­lo que no es­tá uni­for­me­men­te dis­tri­bui­do» te­nía ra­zón. El fu­tu­ro ya es pre­sen­te en Cleveland. Próximamente, tu ca­sa.

Andrés R. Paredes

Eighth Grade, de Bo Burnham

Cuando en el fu­tu­ro se es­tu­die la dé­ca­da de los 2010’s, se pon­drán frag­men­tos de la ópe­ra pri­ma de Bo Burnham pa­ra ex­pli­car có­mo era la ju­ven­tud pre‐tercera gue­rra mun­dial. Es así de sen­ci­llo. No ter­mi­na de ser una co­me­dia, no ter­mi­na de ser un dra­ma, y no ter­mi­na de ser una Coming‐of‐age. Eighth Grade es un so­pa­po a to­da la gen­te que se atre­va a de­cir que las nue­vas ge­ne­ra­cio­nes son ego­cén­tri­cas o nar­ci­sis­tas, es una pe­lí­cu­la que se atre­ve a mos­trar la in­se­gu­ri­dad te­rri­ble que se es­con­de de­trás de mu­chos con­tent crea­tors. Es una pe­lí­cu­la, en ge­ne­ral, so­bre el mie­do que da es­tar vi­vo, y ser jo­ven, y la po­ca re­com­pen­sa que tie­ne ser va­lien­te, pe­ro que es a tra­vés de esa va­len­tía gra­cias a la que ma­du­ra­mos.

BlacKKKlansman, de Spike Lee

¿Qué ha­ce­mos con los Nazis? ¿Qué ha­ce­mos cuan­do el fas­cis­mo se al­za de nue­vo en Europa y Estados Unidos (y bue­na par­te de Asia)? ¿Cuál de­be ser nues­tro pa­pel? La pe­lí­cu­la de Spike Lee es ab­so­lu­ta­men­te de­mo­le­do­ra en su aná­li­sis del pro­ble­ma Nazi en Estados Unidos, y sus pro­ta­go­nis­tas son au­tén­ti­cos hé­roes dis­fra­za­dos de hu­ma­nos, per­so­nas reales que se jue­gan real­men­te el cue­llo pa­ra lu­char con­tra al­go que es­tá cla­ra­men­te mal… y que pa­re­ce que he­mos ol­vi­da­do. O lo que es peor, que es­ta­mos jus­ti­fi­can­do a dia­rio.

You Were Never Really Here, de Lynne Ramsay

La pe­lí­cu­la más vio­len­ta del año odia la vio­len­cia. El pro­ta­go­nis­ta más ca­ris­má­ti­co del año no tie­ne ape­nas lí­neas. La se­cuen­cia más per­tur­ba­do­ra es­tá gra­ba­da con cá­ma­ras de se­gu­ri­dad, y el ase­sino se tum­ba al la­do de su víc­ti­ma pa­ra can­tar una can­ción. Al fin y al ca­bo, ¿Qué es la vio­len­cia? ¿Un ti­ro­teo de quin­ce mi­nu­tos, o un mar­ti­lla­zo bien ro­da­do? ¿Cuántos ti­ros a la ca­be­za ne­ce­si­tas ver en una pe­lí­cu­la? Porque yo só­lo re­cuer­do uno es­te año. Y era el de es­ta pe­lí­cu­la.

Andrea Peñalver

I grieve in stereo

All alo­ne
Open‐eyed
Burn the pa­ge
My little dark age

Little Dark Age nos arras­tra a una ha­bi­ta­ción os­cu­ra don­de hay unos ven­ta­na­les gran­des, pe­ro es­tán tan lle­nos de su­cie­dad que ape­nas en­tra luz, aun­que per­ci­bi­mos una fuen­te lu­mi­no­sa, un buen fue­go en la chi­me­nea que hay al otro la­do de la es­tan­cia. Echamos un vis­ta­zo a to­do el cuar­to y nos en­con­tra­mos con sin­te­ti­za­do­res Roland que em­pie­zan a so­nar y cu­yo so­ni­do nos tras­la­da a los 80 au­to­má­ti­ca­men­te. No po­de­mos evi­tar le­van­tar­nos del sue­lo y mo­ver­nos al rit­mo de la mú­si­ca mien­tras se­gui­mos ob­ser­van­do la ha­bi­ta­ción. De re­pen­te, el so­ni­do de los sin­te­ti­za­do­res se mez­cla con el de cien­tos de smartp­ho­nes so­nan­do a la vez por­que hay al­gu­na no­ti­fi­ca­ción. Cogemos el que más te­ne­mos a mano y lee­mos no­ti­cias muy des­alen­ta­do­ras so­bre el ac­tual cli­ma po­lí­ti­co.

Todo es­to es lo que nos ofre­ce el úl­ti­mo dis­co de MGMT, una ex­pe­rien­cia au­di­ti­va con al­ti­ba­jos emo­cio­na­les. Varios mo­men­tos os­cu­ros que nos evo­can la de­pre­sión y la muer­te, pe­ro to­dos ellos acom­pa­ña­dos de un re­sur­gi­mien­to. Porque, aun­que nos ha­blen de un mo­men­to os­cu­ro, no po­de­mos pa­sar por al­to que es «pe­que­ño», mo­men­tá­neo, na­da eterno. Con es­te dis­co han lo­gra­do un so­ni­do ab­so­lu­ta­men­te re­tro mu­si­cal­men­te pe­ro tam­bién muy ac­tual con­cep­tual­men­te en cuan­to a po­lí­ti­ca y so­cie­dad. Pero, so­bre to­do, Little Dark Age es una bue­na do­sis de es­pe­ran­za an­te nues­tros mo­men­tos más os­cu­ros.

When you’re small
You feel like you belong

El True West en el West End

Llegas al Vaudeville Theatre, en pleno co­ra­zón de Londres, y to­mas asien­to pa­ra asis­tir a la re­pre­sen­ta­ción de True West, una obra de Sam Shepard. Te fi­jas en lo que hay en el es­ce­na­rio: el sa­lón y la co­ci­na de una ca­sa me­dia es­ta­dou­ni­den­se. Aún que­dan cin­co mi­nu­tos pa­ra las 19:30, la ho­ra a la que co­mien­za la fun­ción, pe­ro por el la­do de­re­cho del es­ce­na­rio ves apa­re­cer a un hom­bre. Piensas que se­rá al­gún téc­ni­co pre­pa­ran­do los úl­ti­mos de­ta­lles, pe­ro lle­va una ro­pa muy ra­ra pa­ra ser un téc­ni­co. No, es Kit Harington, el en­car­ga­do de re­pre­sen­tar a uno de los dos her­ma­nos pro­ta­go­nis­tas, Austin. Nos ig­no­ra por com­ple­to y se sien­ta en la me­sa del sa­lón. Empieza a re­vi­sar unos pa­pe­les, po­si­ble­men­te bo­rra­do­res de un guion en el que su per­so­na­je es­tá tra­ba­jan­do. Así pa­san cin­co mi­nu­tos has­ta que lle­gan las 19:30. Se apa­gan to­das las lu­ces me­nos la de la lu­na en el ex­te­rior de la ca­sa. Estás tan con­cen­tra­da en Kit que cuan­do las lu­ces del es­ce­na­rio em­pie­zan a su­bir le­ve­men­te te so­bre­sal­tas por­que ves una fi­gu­ra apo­ya­da en el fre­ga­de­ro, es Johnny Flynn, que re­pre­sen­ta al otro her­mano, Lee. Entonces em­pie­za el via­je emo­cio­nal que es True West, un via­je que du­ra dos ho­ras y que tam­bién es fí­si­co por­que el es­ce­na­rio aca­ba con­vir­tién­do­se en al­go to­tal­men­te di­fe­ren­te a lo que ves al sen­tar­te. Durante la re­pre­sen­ta­ción te­mes por tu in­te­gri­dad fí­si­ca que lle­ga a ver­se ame­na­za por una tos­ta­da un­ta­da de man­te­qui­lla, por un pa­lo de golf y has­ta por el pro­pio cuer­po de los ac­to­res. El es­ce­na­rio aca­ba pa­tas arri­ba co­mo los dos her­ma­nos y, por qué no de­cir­lo, co­mo tú mis­ma.

Este monólogo te hará llorar (y no de risa)

No sue­lo ver mo­nó­lo­gos, esa es la ver­dad, pe­ro cuan­do es­te ve­rano to­do el mun­do co­men­zó a ha­blar de Nanette me pi­có la cu­rio­si­dad. Y es­ta cu­rio­si­dad au­men­tó al ver que el mo­nó­lo­go era de Hannah Gadsby, a la cual co­no­cí gra­cias a Please Like Me (¡ved­la ya!). Había leí­do muy bue­nas opi­nio­nes de gen­te de cu­yo cri­te­rio me fío, pe­ro no ha­bía que­ri­do in­da­gar mu­cho so­bre el te­ma del mo­nó­lo­go así que me lo pu­se prác­ti­ca­men­te sin te­ner ni idea de qué iba a en­con­trar­me. Lo que pa­só es que vi ca­si to­do el mo­nó­lo­go con un nu­do en la gar­gan­ta y con lá­gri­mas en los ojos. Hannah nos ex­pli­ca có­mo fun­cio­nan los mo­nó­lo­gos es­truc­tu­ral­men­te, nos ex­pli­ca có­mo fun­cio­na el hu­mor, pe­ro lo ha­ce abrién­do­nos su co­ra­zón, don­de guar­da­ba to­ne­la­das y to­ne­la­das de mie­dos, de in­se­gu­ri­da­des y de ho­rro­res. Y lo ha­ce de tal for­ma que, aun­que tú ha­yas te­ni­do la tre­men­da suer­te de no ha­ber vi­vi­do esas ex­pe­rien­cias, sien­tes su an­gus­tia, la su­ya y la de mi­les de per­so­nas. Hannah fue va­lien­te, Hannah de­ci­dió ha­blar so­bre el hu­mor de for­ma cla­ra. Pero fue va­lien­te so­bre to­do con­si­go mis­ma, por­que ad­mi­tió que al­go que creía que la ayu­da­ba no le ha­cía bien. Porque no siem­pre va­le lo de «hay que reír­se de uno mis­mo», no cuan­do ya se «ríe» to­do el mun­do de ti. A ve­ces te can­sas de reír­te, a ve­ces so­lo quie­res que te tra­ten bien, a ve­ces eres tú la que quie­re reír­se de otros. A ve­ces pa­ra reír hay que llo­rar.

María Pérez

Come along with me

Hora de Aventuras lle­ga a su fin tras ocho años, diez tem­po­ra­das y ca­si tres­cien­tos epi­so­dios. En es­te tiem­po ha su­pues­to una pe­que­ña re­vo­lu­ción den­tro de la ani­ma­ción oc­ci­den­tal in­fan­til, de su can­te­ra de ar­tis­tas ha sa­li­do un mon­tón de crea­do­res de nue­vas se­ries, co­mo Rebecca Sugar (Steven Universe), Natasha Allegri (Bee and Puppycat) o Patrick McHale (Over the Garden Wall). Hora de Aventuras in­clu­so ha con­ta­do con co­la­bo­ra­do­res de la ta­lla de Masaaki Yuasa. Después de es­ta tra­yec­to­ria ce­rrar es­ta se­rie su­po­nía un re­to gi­gan­tes­co, más aún cuan­do el uni­ver­so en el que se desa­rro­lla ca­da vez era más in­men­so e in­abar­ca­ble, con una mi­to­lo­gía que mez­cla la cien­cia fic­ción con la fan­ta­sía (se no­ta la in­fluen­cia de los jue­gos de rol de ta­ble­ro) de for­ma bas­tan­te úni­ca. Pero lo con­si­guie­ron con cre­ces y Come along with me, ade­más de lle­var el tí­tu­lo del te­ma de los cré­di­tos fi­na­les, con­si­guió po­ner un bro­che de oro a es­ta se­rie. Muchas gra­cias por acom­pa­ñar­nos.

Spider‐man: Un nuevo universo

Este año ha si­do es­pe­cial­men­te bueno pa­ra Spiderman, des­pués de su em­pol­va­da apa­ri­ción en Vengadores: Infinity War, el di­ver­ti­dí­si­mo vi­deo­jue­go de Insomniac y el ma­ra­vi­llo­so nú­me­ro 310 de Spectacular Spider‐Man es­cri­to y di­bu­ja­do por Chip Zdarsky. Sin em­bar­go, es­te es el turno de ha­blar de Un nue­vo uni­ver­so, el es­treno por to­do lo al­to de Miles Morales, y no sé ni por dón­de em­pe­zar. La ani­ma­ción es ma­ra­vi­llo­sa, el uso de los co­lo­res y de las som­bras he­chas a ba­se en­tra­ma­dos re­cuer­dan al mun­do del có­mic. Las pa­le­tas de co­lor úni­cas de cier­tas eta­pas icó­ni­cas (los de­gra­da­dos de Gwen, el es­ti­lo pic­tó­ri­co de Kingpin…) se mez­clan per­fec­ta­men­te. Todo es­tá lleno de gui­ños y de­ta­lles que mues­tran el ca­ri­ño y el cui­da­do que se ha pues­to pa­ra crear es­ta car­ta de amor al uni­ver­so del tre­pa­mu­ros.

The Missing: J.J. Macfield and the Island of Memories

Swery siem­pre ha­ce co­sas ra­ras, al­go tor­po­nas en sus con­tro­les y no ap­tas pa­ra to­do el mun­do, pe­ro nun­ca de­cep­cio­na. En es­te ca­so nos pon­dre­mos en la piel de J.J., una es­tu­dian­te de uni­ver­si­dad que es­tá bus­can­do a la que pa­re­ce ser su no­via. Por el ca­mino se vuel­ve in­mor­tal y pue­de des­mem­brar­se o que­mar­se vi­va pa­ra po­der re­sol­ver los puzz­les. Algo que po­dría re­sul­tar gro­tes­co o ex­ce­si­va­men­te mor­bo­so por su vio­len­cia aca­ba sien­do un via­je sen­si­ble y op­ti­mis­ta por los mie­dos e in­se­gu­ri­da­des de J.J.

Pinjed

UFC 222: Sean O’Malley vs. Andre Soukhamthath

Si hay al­go que me ha con­ven­ci­do pa­ra se­guir las ar­tes mar­cia­les mix­tas en lu­gar del bo­xeo, por com­pa­rar­las con el de­por­te más po­pu­lar del mun­do, es un úni­co ele­men­to co­mún a ca­si to­das las pe­leas: la es­tu­pi­dez. Y no lo di­go co­mo al­go ne­ga­ti­vo, ojo; soy de la opi­nión de que la es­tu­pi­dez es la se­mi­lla de la que bro­tan va­lo­res más vis­to­sos co­mo la va­len­tía o la épi­ca. Creo que Sean O’Malley per­so­ni­fi­có es­ta épi­ca na­ci­da de la es­tu­pi­dez en su com­ba­te más re­cien­te pa­ra la UFC: era la no­che del 3 de mar­zo en el T‐Mobile Arena de Las Vegas, se­de del even­to ofi­cial nú­me­ro 222 de la pro­mo­to­ra nor­te­ame­ri­ca­na, y el an­te­pe­núl­ti­mo com­ba­te de la Main Card pre­sen­ta­ba un es­pi­ga­do za­gal de 23 años al que mu­chos aún no co­no­cía­mos. Con sus tren­ci­tas pe­ga­das al crá­neo y su ex­tra­va­gan­te pos­tu­ra —ca­be­za ade­lan­te, pu­ños col­gan­do; ca­si pa­re­cía un vi­llano sa­li­do de al­gún King of Fighters— , ‘Sugar’ O’Malley de­jó cla­ro des­de el prin­ci­pio que ve­nía a dar es­pec­tácu­lo, a arro­jar gol­pes de me­dia vuel­ta, a bai­lar, a im­pul­sar­se con­tra las va­llas pa­ra lan­zar pa­ta­das al­tas. Sus nue­ve vic­to­rias de nue­ve pe­leas le da­ban cré­di­to a pe­sar de su as­pec­to de ni­ña­to en­gan­cha­do a la ma­rihua­na, y de­mos­tró que al es­ti­lo le acom­pa­ña­ba tam­bién la sus­tan­cia cas­ti­gan­do a Soukhamthath, un com­pac­to ve­te­rano de 30 años con al­ma de spa­rring hu­mano que no sa­bía ni por dón­de le caían las hos­tias, más des­con­cer­ta­do en la in­que­bran­ta­ble or­to­do­xia de su pos­tu­ra que atur­di­do por los im­pac­tos. Cuando la co­sa pa­re­cía sen­ten­cia­da, O’Malley em­pe­zó a co­jear: se ha­bía ro­to un pie. Podría ce­rrar aquí el tex­to se­ña­lan­do la es­tu­pi­dez de se­guir en el oc­tá­gono con una ex­tre­mi­dad des­tro­za­da, pe­ro la es­tu­pi­dez no en­tien­de de leal­ta­des y se cam­bió de ban­do: por al­gún mo­ti­vo mis­te­rio­so, Soukhamthath pre­fi­rió tras­la­dar el com­ba­te a las lla­ves y su­mi­sio­nes a ras de sue­lo en vez de obli­gar a su opo­nen­te a man­te­ner­se en pie, apo­yar su hue­so ro­to y ex­plo­tar tan ines­pe­ra­da ven­ta­ja. Gracias a es­ta tor­pe­za tác­ti­ca in­só­li­ta, O’Malley aguan­tó has­ta el fi­nal del ter­cer round y, cuan­do so­nó la cam­pa­na, se des­plo­mó so­bre la lo­na al bor­de del des­ma­yo pe­ro sa­bién­do­se ga­na­dor. La ima­gen era in­creí­ble: tum­ba­do bo­ca arri­ba, re­tor­cién­do­se mien­tras tres mé­di­cos ex­plo­ra­ban su pie, con una mano ta­pán­do­se la ca­ra pa­ra no llo­rar de pu­ro do­lor y el otro pu­ño el al­to, ce­le­bran­do la vic­to­ria, res­pon­dien­do a las pre­gun­tas de un Joe Rogan de ro­di­llas y pro­yec­tan­do el mi­cró­fono al ga­na­dor, be­bién­do­se el éx­ta­sis del co­mu­ni­ca­dor de­por­ti­vo, sa­bo­rean­do la épi­ca. El 30 de sep­tiem­bre, con el pie cu­ra­do y a una se­ma­na de su si­guien­te com­ba­te, O’Malley dio po­si­ti­vo por con­su­mo de os­ta­ri­na, su pe­lea con José Alberto Quiñónez fue can­ce­la­da y se le in­ha­bi­li­tó has­ta mar­zo de 2019. Porque al fi­nal la es­tu­pi­dez siem­pre ga­na.

Luz, de Tilman Singer

El te­rror de ar­te y en­sa­yo ca­da vez tie­ne me­jor aco­mo­do en las sa­las de ci­ne, pe­ro si­guen exis­tien­do obras que por cues­tio­nes di­ver­sas di­fí­cil­men­te lle­ga­rán a oí­dos del gran pú­bli­co. Este 2018 he vis­to me­jo­res pe­lí­cu­las de ho­rror que Luz, pe­ro me sien­to em­pu­ja­do a di­vul­gar su exis­ten­cia, sus bon­da­des y su tono des­ca­ra­do y en­fer­mi­zo. Son so­lo se­ten­ta mi­nu­tos de un th­ri­ller so­bre po­se­sio­nes de­mo­nía­cas que se tra­ga al es­pec­ta­dor con sus lar­guí­si­mas pau­sas en 16 mi­lí­me­tros afi­lan­do la in­mer­sión. Me atur­de esa fo­bia a cual­quier co­sa que hue­la re­mo­ta­men­te a cli­ché, la in­ti­mi­dan­te po­ten­cia vi­sual de al­gu­nas de sus es­ce­nas más in­ten­sas y so­bre to­do la ma­ne­ra en que, a pe­sar de esos ai­res de tra­ba­jo ex­pe­ri­men­tal de es­cue­la de ci­ne, aca­ba cru­zan­do con lar­gas zan­ca­das de pan­te­ra esa dis­tan­cia crí­ti­ca tan de la in­te­lec­tua­li­dad pa­ra aba­lan­zar­se so­bre uno co­mo una bes­tia fu­ri­bun­da y sa­car­le las tri­pas an­tes de que pue­da en­ten­der na­da. No he leí­do crí­ti­cas de Luz por­que no he que­ri­do que los res­tos que que­da­ron de ella en mi in­te­rior se vean ex­pues­tos a ilu­mi­na­cio­nes ana­lí­ti­cas de dis­tin­to co­lor, quie­ro re­cor­dar­la co­mo la vi­ví, quie­ro que me si­ga des­orien­tan­do so­lo de pen­sar en ella y que me si­ga pa­re­cien­do una he­re­de­ra bas­tar­da de La po­se­sión de Zulawski, con sus sa­cu­di­das ma­ca­bras y sus con­cien­cias se­cues­tra­das por el tran­ce in­go­ber­na­ble de la ex­pe­rien­cia so­bre­na­tu­ral.

Rats, de Ghost

Reconozco que soy uno de esos ado­les­cen­tes en­ra­bie­ta­dos de los no­ven­ta que, en­tre Nirvana y Rage Against the Machine, abo­rre­cía la tea­tra­li­dad del rock y su fa­ce­ta más hor­te­ra en fa­vor de esas pa­ta­le­tas in­cohe­ren­tes en­tre el nihi­lis­mo per­so­nal y la con­cien­cia de cla­se co­mo ex­cu­sa pa­ra es­tar siem­pre ca­brea­do. Con los años he ido apre­cian­do los ma­ti­ces del re­la­to te­má­ti­co vi­sual co­mo par­te de la pro­pues­ta ar­tís­ti­ca de al­gu­nos mú­si­cos, ya no co­mo un en­vol­to­rio frí­vo­lo ba­nal sino co­mo par­te del men­sa­je mis­mo. En esa fa­se de re­con­ci­lia­ción con la ton­te­ría con­sa­bi­da y con­ven­ci­da, he caí­do en los bra­zos de Ghost y su glam rock a prue­ba de cul­pa­bi­li­dad. Es per­fec­ta­men­te nor­mal ver el as­pec­to de Papa Emeritus o Cardinal Copia (dos de los al­ter egos de su lí­der, Tobias Forge) y pen­sar en el más ex­tre­mo black me­tal sue­co, pa­ra lue­go ar­quear las ce­jas al es­cu­char su mú­si­ca de ba­ja vi­ru­len­cia. Es par­te del en­can­to: Tobias ad­mi­te que su ado­les­cen­cia es­tu­vo tam­bién mar­ca­da por la ma­lig­ni­dad pro­fun­da del me­tal es­can­di­na­vo y su ima­gi­ne­ría sa­tá­ni­ca, y que Ghost na­ció cuan­do su her­mano ma­yor le pre­sen­tó gru­pos co­mo Mötley Crüe, Kiss o Siouxsie and the Banshees y la aque­lla mu­ta­ción ex­tra­ña, co­mo la vi­da, se abrió ca­mino. Mi ob­se­sión con Ghost ha en­rai­za­do con fuer­za pe­ro po­co a po­co, con can­cio­nes tan pe­ga­di­zas co­mo Square Hammer o es­ta Rats, en cu­yo vi­deo­clip el ma­ligno car­de­nal sa­tá­ni­co me­rien­da en una ca­fe­te­ría in­fes­ta­da de muer­te, san­gre y roe­do­res pes­ti­len­tes y lue­go sa­le ca­ya­do en mano al ne­bli­no­so ca­lle­jón pa­ra ex­hi­bir su ba­llet apo­ca­líp­ti­co en­tre las bol­sas pa­ra ca­dá­ve­res de lo que pa­re­ce una en­so­ña­ción grind­hou­se ins­pi­ra­da en El te­rror no tie­ne for­ma. Luego uno se en­te­ra de esos pa­sos grá­ci­les, esa pi­rouet­te que pa­re­cía una mo­fa y una ma­ma­rra­cha­da más de Forge sa­len en reali­dad de pri­me­ra dan­za del Rey de los ra­to­nes en El cas­ca­nue­ces y en­to­na aque­llo de «có­mo no te voy a que­rer».

Emma Ríos

Viejos cómics para niñas

Antes de na­cer ya so­mos «ni­ñas». Antes de que nos den la bien­ve­ni­da ya nos han di­cho «bo­ni­ta» y «bue­na» unas cuan­tas ve­ces, y to­do nues­tro en­torno se ha lle­na­do de có­di­gos pa­ra edu­car­nos. Pendientes, ro­pa, co­lo­res, pei­na­dos… Y tam­bién de com­ple­jos: pa­ra sen­tar­nos bien, pa­ra ha­blar bien, pa­ra ser real­men­te bo­ni­ta y bue­na, y no to­mar nun­ca la ini­cia­ti­va en na­da.

El 24‐nen‐gumi (Grupo del 24) fue un co­lec­ti­vo de mu­je­res que en los 70 le die­ron la vuel­ta a los có­mics pa­ra ni­ñas en Japón. Cómics que has­ta en­ton­ces, con me­nos de ocho au­to­ras tra­ba­jan­do en el mer­ca­do, eran es­cri­tos, di­bu­ja­dos, y tam­bién pu­bli­ca­dos en su ma­yo­ría por se­ño­res que te­nían cla­rí­si­mo qué de­bía gus­tar­le a las ni­ñas: his­to­rias sim­plis­tas y con­ser­va­do­ras so­bre crías pa­si­vas con am­ne­sia, o bus­can­do a su ma­dre.

A fi­na­les de los años 60, Keiko Takemiya y Moto Hagio ya ha­bían con­se­gui­do de­bu­tar y vi­vían jun­tas en un apar­ta­men­to en Tokyo, el le­gen­da­rio Oi‐zumi Salón. Hartas de li­diar con ton­te­rías edi­to­ria­les, em­pie­zan a com­bi­nar su tra­ba­jo con la au­to­edi­ción, ini­cian­do una nue­va es­ce­na en ese pun­to de en­cuen­tro que cul­mi­na­ría en el pa­raí­so fan­zi­ne­ro y fas­ci­na­do del Comiket: la ma­yor con­ven­ción de fan­zi­nes del mun­do, des­de la que se sub­ver­ti­ría el con­cep­to de ni­ña co­mo su­je­to lec­tor. Una sub­ver­sión bas­tan­te ale­ja­da de los cá­no­nes fe­mi­nis­tas y li­cua­dos que se aso­cian tan fá­cil­men­te hoy a cual­quier obra de fic­ción con fi­nes pu­ra­men­te co­mer­cia­les. Por lo ge­ne­ral, una fan­ta­sía lán­gui­da, os­cu­ra, fi­lo­só­fi­ca y com­ple­ja, so­lo pa­ra ellas, que se ins­pi­ra­ba en el oca­so del si­glo XIX, en la su­bli­ma­ción del ro­man­ti­cis­mo y la be­lle­za, en el amor, en la poe­sía, y so­bre to­do en crear lec­to­ras cul­tas.

Kaze to Ki no Uta de Keiko Takemiya es la his­to­ria de amor en­tre dos mu­cha­chos de quin­ce años que com­par­ten es­pa­cio en un in­ter­na­do en Arlés, Francia. Serge Battour es un viz­con­de de com­por­ta­mien­to ejem­plar, dis­cri­mi­na­do por ser hi­jo de una pros­ti­tu­ta gi­ta­na. Gilbert Cocteau es un aris­tó­cra­ta ve­ni­do a me­nos, que su­fre abu­sos y so­lo pue­de in­ter­ac­tuar so­cial­men­te a tra­vés del se­xo. Sexo ex­plí­ci­to y ator­men­ta­do, mos­tra­do sin pu­dor en las pá­gi­nas de un te­beo pa­ra ni­ñas, jun­to a te­mas tan es­ca­bro­sos co­mo la xe­no­fo­bia, la pe­de­ras­tia o las dro­gas. Takemiya se ne­gó ro­tun­da­men­te a cual­quier ti­po de cen­su­ra y no le im­por­tó que el li­bro tar­da­se nue­ve años en ser ofi­cial­men­te pu­bli­ca­do. Durante dé­ca­das, és­te ha si­do con­si­de­ra­do un có­mic de cul­to pe­ro, aún así, ha per­ma­ne­ci­do iné­di­to fue­ra de Japón has­ta su re­cien­te pu­bli­ca­ción en nues­tro país co­mo La Balada del Viento y los Árboles. Gesto con el que Milky Way edi­cio­nes reivin­di­ca el shō­jo man­ga más clá­si­co, en­ten­dien­do la his­to­ria del gé­ne­ro en to­do su con­tex­to sin te­mer po­lé­mi­cas.

Tanto es­te li­bro co­mo su coe­tá­neo Thomas no Shinzō (Heart of Thomas, Fantagraphics), de Moto Hagio, es­tán fuer­te­men­te ins­pi­ra­dos en la pe­lí­cu­la Les Amitiés Particuliéres (Jean Delannoy, 1964) y cons­ti­tu­yen las dos pri­me­ras obras lar­gas del lla­ma­do shōnen‐ai: his­to­rias ro­mán­ti­cas en­tre hom­bres jó­ve­nes y be­llos, con­si­de­ra­das ex­ci­tan­tes ya des­de los ro­man­ces de Mari Mori a prin­ci­pios del si­glo XX. No hay que ol­vi­dar que la ma­yo­ría de es­tas his­to­rias son rea­li­za­das por mu­je­res y pa­ra mu­je­res. Utilizando los per­so­na­jes mas­cu­li­nos co­mo eva­sión pa­ra sen­tir­se más li­bres y huir de la pre­sión que su­pon­dría re­tra­tar la se­xua­li­dad des­de una pers­pec­ti­va más cer­ca­na. Y aun­que a ni­vel per­so­nal no con­si­de­ro que el ca­so de las dos obras ci­ta­das sea de­ma­sia­do san­gran­te, la con­ti­nua pro­yec­ción de las au­to­ras en los per­so­na­jes ha­ce que po­cas de ellas se li­bren de caer en el es­te­reo­ti­po, al no ser en ab­so­lu­to re­pre­sen­ta­ti­vas de las re­la­cio­nes ho­mo­se­xua­les reales en­tre hom­bres, ni de la pro­pia mi­so­gi­nia, ha­cien­do hin­ca­pié so­bre los tro­pos nor­mal­men­te asig­na­dos por se­xo.

Pero la reivin­di­ca­ción de las his­to­rias pa­ra ni­ñas en Japón no so­lo se lle­vó a ca­bo des­de la abs­trac­ción ro­mán­ti­ca y la fan­ta­sía. Muchas de las mu­je­res de las que ha­bla­mos se cues­tio­na­ron cruel­men­te acer­ca de có­mo de­bían com­por­tar­se pa­ra ser acep­ta­das por la so­cie­dad. Y un ejem­plo mag­ní­fi­co es la se­lec­ción de his­to­rias cor­tas de Moto Hagio por Tomodomo pa­ra Catarsis, que si­gue las ideas de A Drunken Dream (Fantagraphics) en el mer­ca­do ame­ri­cano, y de la Moto Hagio Anthologie pu­bli­ca­da por Glénat pa­ra el mer­ca­do fran­cés. Esta re­co­pi­la­ción ori­gi­nal in­clu­ye la mag­ní­fi­ca Hanshin (Mitad): la his­to­ria de dos ge­me­las, una de ellas muy in­te­li­gen­te pe­ro tam­bién fea y en­fer­ma, y con­se­cuen­te­men­te odia­da; y la otra com­ple­ta­men­te va­cía, pe­ro be­lla co­mo una mu­ñe­ca y ado­ra­da por ello. O Iguana Girl, en la que Hagio re­fle­ja la frus­tra­ción que sien­te ha­cia la re­la­ción con su ma­dre. O Al Sol de la Tarde, la his­to­ria de una mu­jer ca­sa­da, aban­do­na­da por su fa­mi­lia y por sí mis­ma, que re­co­bra el áni­mo an­te la ilu­sión de po­der te­ner un af­fai­re con un hom­bre más jo­ven.

La pu­bli­ca­ción de Hagio por Tomodomo, la de Takemiya por Milky Way, la in­sis­ten­cia de Fantagraphics en su apues­ta por es­te ti­po de obras pa­ra su ca­tá­lo­go de man­ga, la in­cur­sión de Seven Seas con Ikeda y el de­but ele­gi­do por Satori Ediciones pa­ra es­te año con Maki Miyako me ha­ce pen­sar que em­pe­za­mos a es­tar pre­pa­ra­dos pa­ra en­ten­der el shō­jo man­ga clá­si­co sin pre­jui­cios, y pa­ra dar­le el es­pa­cio que me­re­ce jun­to al acla­ma­do ge­ki­ga, re­co­no­cien­do por fin su enor­me va­lor ar­tís­ti­co y su in­ten­ción de pro­tes­ta y so­ro­ri­dad.

Fuego salado

En el oca­so de la se­gun­da dé­ca­da del si­glo XXI la nos­tal­gia es­tran­gu­la a la hu­ma­ni­dad. Las gran­des cor­po­ra­cio­nes se han apro­pia­do del dis­cur­so de las mi­no­rías, los se­ño­ros llo­ran la pér­di­da del hu­mor pri­vi­le­gia­do, y los fri­kis tras­no­cha­dos re­cla­man la vio­len­cia y el te­rror co­mo mi­ni­fun­dio pa­ra prác­ti­cas ona­nis­tas. Todos ellos gri­tan «¡cen­su­ra!» al uní­sono, pa­ra so­me­ter a cual­quie­ra que ven­ga de fren­te, pe­ro un pac­to con el dia­blo ha in­vo­ca­do hor­das de se­mi­hu­ma­nos que sur­can los cie­los pa­ra di­vul­gar el men­sa­je del pro­fe­ta de Satán: EL HOMBRE ES SOBERANAMENTE IMBÉCIL.

Ni jus­ti­cia en la gue­rra ni res­pe­to en el odio. Devilman (Gō Nagai, 1972) le gri­ta a la ra­za hu­ma­na que su co­ra­zón es re­pug­nan­te, que so­bre­vi­ve ani­qui­lán­do­se a sí mis­ma y que ar­de en un in­fierno, cons­trui­do por sus pro­pias ma­nos, en el que no so­bre­vi­vi­rían los pro­pios de­mo­nios. Este men­sa­je pa­ci­fis­ta sal­pi­ca tin­ta, se­xo y vio­len­cia. Nos mues­tra las con­se­cuen­cias de nues­tra es­tu­pi­dez pa­ra que as­pi­re­mos a un fu­tu­ro me­jor. Un fu­tu­ro sin cla­ses, en el que hu­ma­nos, se­mi­hu­ma­nos, de­mo­nios y án­ge­les ten­gan un lu­gar al que vol­ver.

Una bi­blia pulp que ha si­do re­cu­pe­ra­da es­te año por Seven Seas Entertainment en dos vo­lú­me­nes re­vi­sa­dos y bri­llan­te­men­te tra­du­ci­dos por Zack Davisson y Adrienne Beck. Y que tam­bién ha te­ni­do una so­bre­co­ge­do­ra adap­ta­ción ani­ma­da por el es­tu­dio Science Saru pa­ra Netflix: Devilman Crybaby, que con­ser­va to­da la irre­ve­ren­cia y el ex­ce­so ex­plí­ci­to del clá­si­co, y que, ade­más, es un re­fle­jo so­bre­sa­lien­te de la pro­ble­má­ti­ca so­cial de nues­tros días. Una obra de ar­te go­re que ha en­can­di­la­do tan­to a aman­tes del gé­ne­ro co­mo al fan­dom más sen­si­ble, de­mos­tran­do que ni la vio­len­cia, ni el se­xo, ni el te­rror en la fic­ción son un pro­ble­ma si el abu­so es de­mo­crá­ti­co: sin apun­tar siem­pre a los mis­mos. Algo tan fá­cil co­mo en­ten­der que to­dos es­ta­mos aquí y su­fri­mos por ello.

No ele­gi­mos na­cer, pe­ro ele­gi­mos có­mo vi­vir. Sabemos que la hu­ma­ni­dad no le ha­ce nin­gún bien al pla­ne­ta ni a sus otros ha­bi­tan­tes, pe­ro an­tes de ex­tin­guir­nos hay mu­chas co­sas que po­de­mos ha­cer bien. Enfrentar el pá­ni­co y la pa­ra­noia no nos ha­rá bue­nas per­so­nas, pe­ro sí me­nos cre­ti­nos. Lo freak no es un lu­gar pri­va­do. No exis­te una au­dien­cia neu­tra. El hu­mor no es inocen­te. Y Sergio Leone no era el úni­co que sa­bía ha­cer re­ma­kes.

Jesús Rocamora

Sus cuerpos (y otras fiestas)

El cuer­po fe­me­nino es el pro­ta­go­nis­ta de un pu­ña­do de li­bros ex­ce­len­tes de la co­se­cha de 2018. El cuer­po cu­bier­to de una co­ra­za cru­jien­te en Permafrost, de Eva Baltasar (Literatura Random House). El cuer­po que san­gra co­mo una mal­di­ción y una con­de­na en Florescencia, de Kopano Matlwa (Alpha Decay). El cuer­po co­mo un mis­te­rio ESPELUZNANTE que so­lo los adul­tos lo­gran en­ten­der en Lo que más me gus­ta son los mons­truos, de Emil Ferris (Reservoir books). El cuer­po lle­va­do has­ta sus lí­mi­tes fí­si­cos y men­ta­les en Una edu­ca­ción, de Tara Westover (Lumen). El cuer­po co­mo ex­ten­sión po­lí­ti­ca en Ciudad prin­ce­sa, de Marina Garcés (Galaxia Gutenberg). Los cuer­pos si­len­cia­dos de nues­tras ma­dres y abue­las en Estamos to­das bien, de Ana Penyas (Salamandra). El cuer­po, tan ho­nes­to y des­afor­tu­na­do, en Sita, de Kate Millett (Alpha Decay). Un tor­so sin ca­be­za pe­ro con una es­can­da­lo­sa cas­ca­da en­tre las pier­nas en Su cuer­po y otras fies­tas, de Carmen Maria Machado (Anagrama). Octavia Butler via­jan­do en el tiem­po en Parentesco (Capitán Swing) pa­ra de­jar cons­tan­cia de que, allá don­de no lle­ga el cuer­po, lle­ga la ima­gi­na­ción

Tra‐tra

El tuit que me­jor re­su­me mi año en lo mu­si­cal es aquel de Boomkat.com que de­cía: «yeah au­te­chre are great but gi­ve it a rest for a min and lis­ten to Rosalia». Decimos adiós a 2018 y la dis­co­gra­fía de Rob Brown y Sean Booth si­gue so­nan­do in­des­ci­fra­ble, mis­te­rio­sa e im­ba­ti­ble. Pero lo de Rosalía se nos ha ido de las ma­nos y es­ta­ría bien no com­por­tar­se co­mo si es­tu­vié­ra­mos to­dos de vuel­ta, co­mo si la mú­si­ca es­pa­ño­la nos die­ra fe­nó­me­nos así to­dos los años. Como si en vez de pop ha­blá­se­mos de un ho­nor man­ci­lla­do. Como si Malamente y Pienso en tu mi­rá no fue­ran por mé­ri­tos pro­pios can­di­da­tas a la me­jor can­ción del año. Como si el pro­yec­to que hay de­trás de El mal que­rer no ven­ga en el mo­men­to, la for­ma y el le­gua­je ade­cua­dos. Como si el equi­po del que tan bien se ha sa­bi­do ro­dear la ar­tis­ta (má­na­ger, pro­duc­tor, bai­la­ri­nas, di­se­ña­do­res, co­reó­gra­fa, es­ti­lis­tas) no fue­sen res­pon­sa­bles de un tra­ba­jo ex­ce­len­te. Como si su ac­tua­ción en los EMA no hu­bie­ra si­do co­mo ver a Missy Elliott en la Super Bowl. Como si sus al­re­de­do­res, don­de se en­cuen­tran des­de Almodóvar a la Mala, de Rossy de Palma a Kill Bill y C. Tangana, no su­ma­ran, en vez de res­tar. Como si no fue­ra un triun­fo ver a me­dios y es­tre­llas in­ter­na­cio­na­les ren­di­dos a sus pies, bai­lan­do sus co­reo­gra­fías, dan­do pal­mas. Tra‐tra.

La mazmorra inagotable

Dead Cells tam­bién tie­ne mu­cho que ver con el mon­tón de cé­lu­las que com­po­nen un cuer­po. El tí­tu­lo crea­do por Motion Twin ex­plo­ta la idea de la re­su­rrec­ción de la car­ne y, me­dian­te mu­ta­cio­nes en el tra­di­cio­nal sis­te­ma de prue­ba y error, ha crea­do un sub­gé­ne­ro nue­vo. Una mons­truo­si­dad ge­nial que to­ma de aquí y de allí pa­ra ofre­cer­nos no so­lo un me­troid­va­nia inago­ta­ble (en un mo­men­to en que la Switch no pa­ra de dar­nos ale­grías en for­ma de la­be­rin­to: ahí es­tán Axiom Verge, Hollow Knight, Bloodstained: Curse of the Moon, SteamWorld Dig 2 y Guacamelee!), sino una des­ti­la­ción pu­rí­si­ma de lo ju­ga­ble: un con­trol sin fi­su­ras; una cur­va de pro­gre­sión y re­com­pen­sas que ha­ce que ca­da par­ti­da me­rez­ca la pe­na, y un sis­te­ma de crea­ción alea­to­ria de maz­mo­rras. Resultado: no hay dos par­ti­das igua­les, no hay dos ma­pas idén­ti­cos y en­ci­ma nos obli­ga a ju­gar con car­tas di­fe­ren­tes ca­da vez que mo­ri­mos y vol­ve­mos a la ca­si­lla de sa­li­da. Difícil y adic­ti­vo, es sen­ci­lla­men­te el me­jor en lo su­yo. En un me­dio en el que em­pie­za a ser tris­te­men­te nor­mal que no se res­pe­ten los con­tro­les de ca­li­dad y que los jue­gos se lan­cen a me­dio co­cer, Dead Cells ha irrum­pi­do con una ma­du­rez y una so­li­dez inusual, lis­to pa­ra mar­car el ca­mino a se­guir por mu­chos in­dies en los pró­xi­mos años.

Diego Salgado

Roma

La nue­va pe­lí­cu­la de Alfonso Cuarón es, pa­ra bien y pa­ra mal, mo­nu­men­tal. El signo más evi­den­te de ello pue­de que ra­di­que en su in­vul­ne­ra­bi­li­dad pé­trea a las ca­gadas de pa­lo­ma, los nu­me­ro­sos re­pro­ches que han des­car­ga­do en nues­tro país con­tra ella, en fun­ción, no de sus mé­ri­tos o de­fec­tos, el ba­lan­ce en­tre sus in­ten­cio­nes y sus re­sul­ta­dos; sino de las ex­pec­ta­ti­vas ses­ga­das que la crí­ti­ca y el pe­rio­dis­mo de ten­den­cias ha­bían de­po­si­ta­do en ella. Ese mo­do de ta­sar la obra de ar­te, tan co­mún hoy por hoy, que nie­ga la con­tem­pla­ción se­re­na y el aná­li­sis ri­gu­ro­so a la obra de ar­te; que sen­ten­cia de in­me­dia­to, con­de­nan­do o per­do­nan­do la vi­da al au­tor en ba­se al nar­ci­sis­mo iden­ti­ta­rio y las an­teo­je­ras ideo­ló­gi­cas del plu­mi­lla, ha pro­vo­ca­do en el ca­so que nos ocu­pa un efec­to pa­ra­dó­ji­co: Roma es un via­je des­de su ima­gen pri­me­ra —un plano ce­ni­tal ce­ñi­do a lo con­cre­to, en el que lo ele­va­do so­lo cons­ti­tu­ye un es­pe­jis­mo— a la úl­ti­ma, en la que el ci­neas­ta re­co­no­ce a un per­so­na­je, Cleo, y la vi­da que res­pi­ra una al­tu­ra que a él so­lo le ca­be tes­ti­mo­niar con un con­tra­pi­ca­do y el fue­ra de cam­po. Por con­tra, mu­chos ar­ti­cu­lis­tas se han em­pe­ña­do con de­lec­ta­ción en re­ba­jar su mi­ra­da, en ejer­cer co­mo los ex­cre­men­tos pe­rru­nos de­po­si­ta­dos en el ga­ra­je de la vi­vien­da de la fa­mi­lia pro­ta­go­nis­ta, que Cleo lim­pia a dia­rio con el es­toi­cis­mo de quien, sin ser cons­cien­te si­quie­ra de ello, se sa­be por en­ci­ma de su la­bor. Roma se atre­ve a mi­rar al cie­lo y, por ello, in­clu­so si los años dic­ta­mi­nan que se es­tre­lló, na­die po­drá qui­tar­le las ho­ras de vue­lo cu­bier­tas en el em­pe­ño. Quien ha pre­fe­ri­do eva­cuar sus tex­tos tras cum­plir con las die­tas de pen­sa­mien­to im­pues­tas por el hoy, pro­ba­ble­men­te a es­tas ho­ras ya es­té sien­do bo­rra­do de la co­rrien­te his­tó­ri­ca por el olea­je del tiem­po.

Rosalía

Todo lo que pu­die­se apor­tar so­bre el asun­to lo ex­pre­só con mu­cha ma­yor cla­ri­dad Álvaro Peña unas ho­ras an­tes.

Inteligencia artificial

Aunque el desa­rro­llo de la Inteligencia Artificial lle­ve un tiem­po de ac­tua­li­dad, y, por otra par­te, mu­chos de los su­pues­tos avan­ces en torno a la mis­ma re­por­ta­dos hoy es po­si­ble que sean equi­pa­ra­bles, al con­sul­tar he­me­ro­te­cas en el fu­tu­ro, a tan­tos ar­tícu­los de los años se­ten­ta acer­ca de la in­mi­nen­te co­lo­ni­za­ción de Marte, lo cier­to es que, a ni­vel per­so­nal, 2018 ha si­do el año en el que ver­da­de­ra­men­te he per­ci­bi­do que la im­plan­ta­ción del te­ma se en­cuen­tra a la vuel­ta de la es­qui­na. Más aun, que ya ha in­fil­tra­do áreas sig­ni­fi­ca­ti­vas de la vi­da co­ti­dia­na, des­de lue­go de la vi­da co­ti­dia­na vir­tual, sin sus­ci­tar de­ba­tes en pro­fun­di­dad. Debates que pa­ra mí ata­ñen, si su­ma­mos el fe­nó­meno del big da­ta, a la re­de­fi­ni­ción de la na­tu­ra­le­za hu­ma­na, vin­cu­la­da des­de la mo­der­ni­dad a la in­di­vi­dua­li­dad, el li­bre al­be­drío, la con­tin­gen­cia, el an­he­lo por pri­mar el in­flu­jo de lo am­bien­tal so­bre el pe­so de lo ge­né­ti­co. La fa­ci­li­dad con que la in­te­li­gen­cia ar­ti­fi­cial se es­tá de­mos­tran­do ca­paz de emu­lar ac­ti­vi­da­des la­bo­ra­les y cul­tu­ra­les y ros­tros hu­ma­nos, flu­jos ur­ba­nos y mi­gra­to­rios, nos en­se­ña que la ges­tión, in­ter­pre­ta­ción y re­fle­xión sin­té­ti­cas a par­tir de una can­ti­dad su­fi­cien­te de da­tos po­drían en al­gún mo­men­to lle­gar, no so­lo a su­per­vi­sar en tiem­po real nues­tro com­por­ta­mien­to, sino a pre­de­cir nues­tro fu­tu­ro. Hace años, un tra­ba­jo so­bre las ex­ca­va­cio­nes ar­queo­ló­gi­cas lle­va­das a ca­bo en es­tra­tos de las ri­be­ras del Tigris y el Éufrates, cu­nas de las pri­me­ras ci­vi­li­za­cio­nes, arro­ja­ba la si­guien­te con­clu­sión: la ex­pan­sión hu­ma­na du­ran­te ge­ne­ra­cio­nes a par­tir de di­chas ri­be­ras ha­cia tie­rras in­te­rio­res ha­bía se­gui­do el mo­de­lo fí­si­co de la ex­pan­sión de la sal en el agua… La in­te­li­gen­cia ar­ti­fi­cial y el big da­ta po­drían dar lu­gar a re­ve­la­cio­nes so­bre la evo­lu­ción y la co­ti­dia­ni­dad hu­ma­nas re­vo­lu­cio­na­rias en tér­mi­nos de pre­de­ter­mi­nis­mo, sis­te­ma, des­tino. Programar in­te­li­gen­cias ar­ti­fi­cia­les po­dría arro­jar­nos a la cons­ta­ta­ción de nues­tra pro­pia pro­gra­ma­ción, a la con­cep­ción del in­di­vi­duo co­mo su­ma de pro­ce­sos au­to­ma­ti­za­dos con la ra­zón co­mo me­ro de­ri­va­do útil de ello (al­go, por otra par­te, ca­da vez más es­pe­cu­la­do por mu­chos cien­tí­fi­cos y en­sa­yis­tas), al ser­vi­cio de un ser vi­vo de es­pec­tro mu­cho más am­plio que no se­ría sino La Vida, en pro­pa­ga im­pla­ca­ble a lo lar­go del tiem­po y el es­pa­cio con de­sig­nios ele­men­ta­les.

Germán Sierra

Aniquilación, de Alex Garland

El co­ra­zón del res­plan­dor es la an­tí­te­sis del co­ra­zón de las ti­nie­blas, por eso no es de ex­tra­ñar que nu­me­ro­sas se­cuen­cias de Aniquilación de Alex Garland (ba­sa­da en la no­ve­la ho­mó­ni­ma, y tam­bién muy re­co­men­da­ble, de Jeff VanderMeer) re­cuer­den —y qui­zás ha­gan re­fe­ren­cia— a la ex­pe­di­ción de Willard a tra­vés de la jun­gla en Apocalypse Now. Pero si en la pe­lí­cu­la de Coppola —y en la no­ve­la de Conrad— el fi­nal del via­je nos en­fren­ta a un ho­rror de­ma­sia­do hu­mano, la re­ve­la­ción que tie­ne lu­gar en el so­fis­ti­ca­do jue­go de es­pe­jos que se es­con­de en el in­te­rior del fa­ro de Aniquilación su­po­ne un cues­tio­na­mien­to ra­di­cal del pun­to de vis­ta an­tro­po­cén­tri­co. Así apa­re­ce ex­plí­ci­to en una bre­ve es­ce­na ca­si fi­nal que, en mi opi­nión, es la que me­jor ha con­se­gui­do re­su­mir has­ta el mo­men­to la re­vo­lu­ción co­per­ni­ca­na en la que es­ta­mos in­mer­sos. Cuando, tras ha­ber si­do la pri­me­ra per­so­na en re­gre­sar con vi­da de la zo­na res­plan­de­cien­te, la bió­lo­ga (in­ter­pre­ta­da por Natalie Portman) es in­te­rro­ga­da acer­ca de los po­si­ble mo­ti­vos del en­te ex­tra­te­rres­tre pa­ra «des­truír­lo to­do«, su res­pues­ta es ilu­mi­na­do­ra: «no es­ta­ba des­tru­yen­do, que­ría ha­cer al­go nue­vo». Y esa fas­ci­na­ción — y el ho­rror — de sa­ber­nos ape­nas otra co­sa que ma­te­ria pri­ma pa­ra con­truír al­go nue­vo, es al­go que ne­ce­si­tá­ba­mos con ur­gen­cia que al­guien nos re­cor­da­se.

Teoría general de la basura, de Agustin Fernández Mallo

No es muy ha­bi­tual en­tre los es­cri­to­res es­pa­ño­les de­di­car un li­bro a la in­ves­ti­ga­ción se­ria y pro­fun­da de los fun­da­men­tos de la pro­pia poé­ti­ca —y, en el ca­so de Agustín Fernández Mallo, és­te es ya el se­gun­do. Teoría ge­ne­ral de la ba­su­ra es un en­sa­yo li­te­ra­rio no re­duc­cio­nis­ta que abar­ca mu­chos de los ele­men­tos esen­cia­les del me­dio am­bien­te cul­tu­ral con­tem­po­rá­neo y, lo que es to­da­vía más im­por­tan­te, mu­chas de las re­la­cio­nes en­tre es­tos ele­men­tos. Muy agu­do en su aná­li­sis de lo que se han de­no­mi­na­do «nue­vos ma­te­ria­lis­mos», ex­pli­ca y des­cri­be con asom­bro­sa pre­ci­sión y sen­ci­llez un sis­te­ma de me­tá­fo­ras que se de­ri­van de la idea de «reali­dad en red». Esta reali­dad en red es lo que Fernández Mallo in­ten­ta cap­tu­rar poé­ti­ca­men­te en un es­ti­lo que de­no­mi­na «rea­lis­mo com­ple­jo». A mi mo­do de ver, se tra­ta de un re­fres­co de ra­cio­na­li­dad ar­tís­ti­ca, muy ne­ce­sa­rio en un mo­men­to his­tó­ri­co ca­rac­te­ri­za­do por la pro­li­fe­ra­ción de gue­rras cul­tu­ra­les es­té­ri­les y ab­sur­das.

My Mother the Vent, de Guttersnipe

Frank Zappa di­jo aque­llo de que es­cri­bir de mú­si­ca es co­mo bai­lar de ar­qui­tec­tu­ra, por lo que só­lo pro­pon­dré que si hay una ban­da que cap­tu­ra el zeit­geist de 2018 —y pro­ba­ble­men­te del fi­nal de es­ta dé­ca­da— es el dúo bri­tá­ni­co Guttersnipe. Otros han di­cho que ha­cen “mú­si­ca ex­tre­ma pa­ra el dis­fru­te de los no hu­ma­nos”. My Mother the Vent es su pri­mer dis­co, y aquí se pue­de ver un bre­ve ví­deo de un di­rec­to.

John Tones

The Terror

¿Alguna vez has oí­do eso de que las se­ries de aho­ra son me­jo­res que el ci­ne por­que son co­mo pe­lí­cu­las de diez o do­ce ho­ras (en el me­jor de los ca­sos)? Aunque fue­ra cier­to, quién en su sano jui­cio que­rría en­fren­tar­se a una tor­tu­ra de se­me­jan­te en­ver­ga­du­ra. Pero en cual­quier ca­so, no fun­cio­na así: pues­tos a com­pa­rar, las se­ries son más bien co­mo diez pe­li­cu­li­tas de ba­ja es­to­fa pues­tas una de­trás de otra. En el me­jor de los ca­sos, ten­drán sen­ti­do des­pués de ver las diez (y te que­ja­bas por­que Pesadilla en Elm Street tie­ne sie­te en­tre­gas). Pero no es lo que su­ce­de con The Terror, una de las po­cas se­ries en las que sí se tie­ne im­pre­sión de es­tar vien­do una his­to­ria con sen­ti­do que du­ra al­go me­nos de diez ho­ras y que se te su­mi­nis­tra en diez có­mo­das en­tre­gas. Ítem plus: es una se­rie de te­rror, con lo que cues­ta ha­cer eso bien, pe­ro la do­si­fi­ca­ción del sus­pen­se y el te­rror, los cam­bios de es­ce­na­rio y las apa­ri­cio­nes de los mons­truos tie­nen sen­ti­do glo­bal, no pil­do­ri­ta a pil­do­ri­ta. Un au­tén­ti­co ha­llaz­go que ha pa­sa­do se­mi­des­a­per­ci­bi­do pre­ci­sa­men­te por sus vir­tu­des: no hay ne­ce­si­dad de monster‐of‐the‐week can­sino, de es­tri­den­cias mar­ca­das con es­cua­dra y car­ta­bón, de un nú­me­ro mí­ni­mo de sus­tos que su­mi­nis­trar por epi­so­dio. Esta his­to­ria de dos na­víos bri­tá­ni­cos atra­pa­dos en el Ártico don­de se en­fren­tan a los es­pec­tros de la nie­ve y a los su­yos pro­pios va al rit­mo que exi­ge la na­rra­ción y no a la que exi­ge La Plataforma. No nos acos­tum­bre­mos: es­to ca­da vez va a ser un he­cho más y más in­só­li­to.

La plaga de los comics, de David Hadju

La im­pres­cin­di­ble la­bor de EsPop Comics no so­lo edi­tan­do en­sa­yos so­bre cul­tu­ra po­pu­lar, sino so­bre to­do re­cu­pe­ran­do tex­tos iné­di­tos y bá­si­cos que per­ma­ne­cían sin tra­du­cir al es­pa­ñol ha abier­to y ce­rra­do sim­bó­li­ca­men­te 2018. En enero pu­bli­ca­ron el esen­cial Maestros del Doom, en el que se re­vi­sa la his­to­ria de un par de los vi­deo­jue­gos más re­vo­lu­cio­na­rios de la his­to­ria, Doom y Quake. Y en las úl­ti­mas se­ma­nas del año lle­ga La pla­ga de los co­mics, uno de los gran­des tex­tos an­glo­sa­jo­nes so­bre te­beos clá­si­cos, y que nun­ca ha­bía lle­ga­do a nues­tro idio­ma. Se tra­ta de un tra­ba­jo den­so, pro­li­jo, do­cu­men­ta­dí­si­mo y esen­cial so­bre la ex­plo­sión de pa­ra­noia que sus­ci­ta­ron los có­mics en Estados Unidos prác­ti­ca­men­te des­de su na­ci­mien­to en los su­ple­men­tos do­mi­ni­ca­les de la pren­sa. La lle­ga­da de los su­per­hé­roes y la trans­for­ma­ción de és­tos, ya en ca­be­ce­ras in­de­pen­dien­tes, en co­mics de crí­me­nes y ho­rror se si­gue por­me­no­ri­za­da­men­te en el tex­to. Para ello se de­tie­ne en los in­di­vi­duos que les die­ron for­ma, de icó­ni­cos crea­do­res a em­pre­sa­rios sin es­crú­pu­los, pa­san­do por obre­ros de la na­rra­ción se­cuen­cia­da que an­da­ban por allí y que se con­vir­tie­ron en ca­be­zas de tur­co cuan­do la pa­ra­noia, los pre­jui­cios, el odio y la mo­ral cas­po­sa de­ci­die­ron de­jar cla­ro quién man­da­ba en la so­cie­dad de pos­gue­rra. Un tex­to que ya en el mo­men­to de su pu­bli­ca­ción ori­gi­nal fue esen­cial, pe­ro que hoy, im­buí­dos co­mo es­ta­mos en fe­nó­me­nos co­mo el Comicsgate y la ola de con­ser­va­du­ris­mo ge­ne­ral, ad­quie­re una re­so­nan­cia es­pe­cial­men­te in­quie­tan­te.

Nailed It!

No hay pro­gra­ma en la te­le­vi­sión que me apa­ci­güe más que Nailed It! ¿Sabéis de esa gen­te que se po­ne el Sálvame al lle­gar a ca­sa y di­ce que es pa­ra re­la­jar­se y no pen­sar en na­da? Me río yo de có­mo des­co­nec­ta la gen­te de su día a día, con as­nos au­llán­do­le im­pro­pe­rios, pe­ro ese es otro te­ma: el ca­so es que esa su­pues­ta la­bor bal­sá­mi­ca es la que ejer­ce en mí Nailed It!, un pro­gra­ma que te ha­ce pen­sar que el cos­mos ha en­tra­do en ra­zón y de re­pen­te, to­do pue­de ser be­llo. Se tra­ta de un pseudo‐talent show de co­ci­na de Netflix, don­de unos cuan­tos ado­ra­bles inú­ti­les en los fo­go­nes in­ten­tan ha­cer al­ta re­pos­te­ría, con los re­sul­ta­dos te­mi­bles: biz­co­chos tos­ta­dos, hor­nos ar­dien­do, tar­tas que se de­rrum­ban, ga­lle­tas re­pug­nan­tes, cup­ca­kes de as­pec­to vis­co­so… sin em­bar­go, y a di­fe­ren­cia de un pro­gra­ma ti­po El se­má­fo­ro o de la re­pul­si­va idea de un juez de ta­len­tos a lo Risto Mejide, el pro­gra­ma des­pren­de un buen hu­mor apa­bu­llan­te, don­de to­do es bus­car a ca­da desas­tre cu­li­na­rio su la­do po­si­ti­vo. Bueno, no hay quien se lo co­ma pe­ro al me­nos se pa­re­ce a la tar­ta ori­gi­nal. Bueno, es ho­rri­ble, pe­ro el biz­co­cho no sa­be mal. Bueno, es­to es in­sal­va­ble pe­ro la pró­xi­ma vez acuér­da­te de la man­te­qui­lla. La pre­sen­ta­do­ra Nicole Byer y el ex­per­to re­pos­te­ro Jacques Torres, más un juez in­vi­ta­do en la mis­ma on­da, prue­ban los aten­ta­dos con bom­ba de azú­car con la me­jor de sus son­ri­sas y to­do cul­mi­na con un sel­fie en el que to­dos, ga­na­do­res y ven­ci­dos, pro­me­ten in­ten­tar­lo más fuer­te la pró­xi­ma vez. Lo que con­vier­te a Nailed It! en el anti‐talent: si en Operación Triunfo y La Voz se nos trans­mi­te la idea de un ta­len­to má­gi­co pa­ra gen­te to­ca­da por las mu­sas y la per­fec­ción, aquí se nos ha­bla de que con ga­nas y buen hu­mor te con­vier­tes no en el me­jor re­pos­te­ro, pe­ro sí en al­guien bas­tan­te más mo­lón que Risto Mejide. Y eso sí que me arre­gla a mí una tar­de.

Miguel Vallés

Obra Dinn y la lógica deductiva

A Lucas Pope le en­can­ta la bu­ro­cra­cia; di­cho de otra per­so­na so­na­ría a que ha­bla­mos de un su­je­to abu­rri­dí­si­mo, pe­ro en es­te ca­so es apa­sio­nan­te. En su úl­ti­mo vi­deo­jue­go, El Retorno del Obra Dinn, y en­car­nan­do a un/a pe­ri­to de se­gu­ros, he­mos de re­lle­nar un li­bro con ri­gu­ro­sos he­chos pa­ra así re­dac­tar un in­for­me de da­ños. Esto ge­ne­ra un gran con­tras­te: cual­quie­ra que le­ye­ra es­te do­cu­men­to sin más con­tex­to no po­dría ima­gi­nar que de­trás de él hay una his­to­ria in­creí­ble, que nos asom­bró tan­to co­mo a nues­tro ava­tar mien­tras apun­ta­ba ca­da frío da­to. El Retorno del Obra Dinn no es so­lo un triun­fo pa­ra los vi­deo­jue­gos de mis­te­rio, lo es en es­pe­cial pa­ra el uso de la ló­gi­ca de­duc­ti­va en los mis­mos. En los gé­ne­ros don­de es ya ha­bi­tual, co­mo las aven­tu­ras grá­fi­cas, las pis­tas pa­ra re­sol­ver el enig­ma se nos dan so­bre to­do me­dian­te des­crip­cio­nes y diá­lo­gos; es­to a su vez nos en­ca­mi­na a una o va­rias so­lu­cio­nes pre­dis­pues­tas por el guion, e in­clu­so si el di­se­ño del puz­le es bueno y las pis­tas han si­do co­rrec­ta­men­te pre­sen­ta­das, en cier­ta me­di­da im­pli­ca en­trar en la men­te del/la guio­nis­ta, lo que pue­de dar pro­ble­mas a al­gu­nas per­so­nas. Cuando es­te­mos a bor­do del Obra Dinn no ten­dre­mos una ac­ción de «mi­rar» en la que el per­so­na­je dic­te en voz al­ta sus su­po­si­cio­nes y ha­llaz­gos: es­ta ta­rea de­pen­de­rá com­ple­ta­men­te de la per­so­na an­te el mo­ni­tor. Cada rin­cón y per­so­na­je es­tán mi­li­mé­tri­ca­men­te di­se­ña­dos pa­ra dar­nos to­da la in­for­ma­ción ne­ce­sa­ria pa­ra re­sol­ver los si­nos de la tri­pu­la­ción, y so­lo con nues­tra ca­pa­ci­dad de de­duc­ción po­dre­mos avan­zar. El jue­go no nos ayu­da nun­ca y no le im­por­ta si nos que­da­mos atas­ca­dos: él ya ha he­cho su par­te, to­das las car­tas es­tán so­bre la me­sa y aho­ra es nues­tro turno. El guion no es com­ple­jo, pe­ro de­bi­do a su na­tu­ra­le­za no li­neal y a que he­mos de en­ca­jar las pie­zas la sen­sa­ción de des­cu­bri­mien­to es ma­yús­cu­la. Unido a un apar­ta­do de so­ni­do so­bre­sa­lien­te, don­de ca­da cru­jir de ma­de­ra y hue­sos po­ne los pe­los de pun­ta, y a una di­rec­ción ar­tís­ti­ca ma­ra­vi­llo­sa ha­ce que El Retorno del Obra Dinn sea uno de los me­jo­res vi­deo­jue­gos del año, y un ejem­plo per­fec­to de las po­si­bi­li­da­des de la ló­gi­ca de­duc­ti­va en los vi­deo­jue­gos.

«Maestro, estamos en un aprieto»

«Un jue­go de Suda51». Este se­llo se­rá re­co­no­ci­ble pa­ra cual­quier per­so­na a la que le gus­te el mun­do de los vi­deo­jue­gos. Este se­llo, tam­bién, ha ido per­dien­do su sig­ni­fi­ca­do con el tiem­po, ya no so­lo por el error de ba­se de atri­buir la crea­ción de un vi­deo­jue­go a una úni­ca per­so­na, sino por­que su nick se ha con­ver­ti­do en mar­ke­ting, en una pro­me­sa de lo­cu­ra y punk; no im­por­ta que en reali­dad él se ha­ya in­vo­lu­cra­do más bien po­co, la aso­cia­ción es­tá he­cha, el nom­bre ven­de, aun­que al jue­go, tras esas ca­pas de su­rrea­lis­mo, le fal­te al­ma en mu­chas oca­sio­nes.

Para re­mon­tar­nos a un ver­da­de­ro jue­go de Suda51, uno en el que es­cri­bió has­ta la úl­ti­ma lí­nea del úl­ti­mo diá­lo­go del úl­ti­mo rin­cón y que, en de­fi­ni­ti­va, po­da­mos con­si­de­rar «su­yo», te­ne­mos que re­mon­tar­nos 13 años atrás. Y en reali­dad no tan­to, por­que ese jue­go es Killer7, y ha vuel­to aho­ra, en 2018, ac­ce­si­ble pa­ra to­do aquel que se atre­va. Killer7 es un jue­go irre­pe­ti­ble, ra­ro, un tri­ple A ade­lan­ta­do a su tiem­po, pues su ex­pe­ri­men­ta­ción es más apro­pia­da pa­ra los jue­gos in­dies que tan­to co­no­ce­mos aho­ra y no pa­ra un gi­gan­te co­mo Capcom en 2005, cu­ya fe en el pro­yec­to lle­vó in­clu­so a rea­li­zar una se­rie de có­mics y a ca­si pro­du­cir una de fi­gu­ras de ac­ción. Killer7 tie­ne par­tes de shoo­ter, RPG, sur­vi­val ho­rror; es­co­ge nu­me­ro­sos ele­men­tos pa­ra for­mar al­go úni­co, un jue­go al que es di­fí­cil en­trar por es­to mis­mo, pe­ro que cuan­do te ha­ce «clic» y lo com­pren­des to­do se vuel­ve una ex­pe­rien­cia fas­ci­nan­te.

Desde el des­con­cer­tan­te co­mien­zo in me­dias res de Angel, pa­san­do por el am­bien­te en­ra­re­ci­do de Cloudman o la fan­ta­sía ani­me de Alter Ego, Killer7 nos lle­va por un ar­gu­men­to su­rrea­lis­ta, don­de es más fá­cil de­jar­se lle­var que in­ten­tar com­pren­der­lo to­do, con un apar­ta­do ar­tís­ti­co pro­di­gio­so en su sen­ci­llez, que pres­cin­de de tex­tu­ras en fa­vor de co­lo­res, de­gra­da­dos y som­bras, y que ha en­ve­je­ci­do de ma­ra­vi­lla. No es un jue­go per­fec­to (se­ría im­po­si­ble que un jue­go así lo fue­ra), es di­fí­cil de re­co­men­dar y no se­rán po­cas las per­so­nas que lo de­tes­ta­rán, pe­ro es al­go irre­pe­ti­ble y cual­quie­ra al que le in­tere­sen los vi­deo­jue­gos y su his­to­ria de­be­ría pro­bar­lo (y, si en­tra en su mun­do, ter­mi­nar­lo). Hace mu­cho que se aso­cia a Suda51 con las ani­ma­do­ras con mo­to­sie­rras, las ma­ca­rra­das y el es­pec­tácu­lo fá­cil, pe­ro po­ca gen­te sa­be que en otro tiem­po ese se­llo era ga­ran­tía de un jue­go úni­co, con al­ma, que veía la im­por­tan­cia de fi­na­li­zar con un hom­bre llo­ran­do ba­jo la lu­na. In the na­me of Harman…

Spiderman: Un Nuevo Universo

Nunca he leí­do un có­mic de Spiderman, nun­ca ha caí­do uno en mis ma­nos ni me he in­tere­sa­do lo su­fi­cien­te co­mo pa­ra bus­car­los. Desde ha­ce po­co ten­go más in­te­rés en ha­cer­lo: Spiderman me gus­ta ca­da vez más, co­mo icono mun­dial, co­mo per­so­na­je; vi de pe­que­ño las pe­lí­cu­las de Sam Raimi (in­clui­da la ter­ce­ra, que ya a esa edad me pa­re­ció ho­rren­da), vi Spiderman Homecoming y sus apa­ri­cio­nes en los otros ca­pí­tu­los de esa enor­me se­rie lle­va­da al ci­ne que son las pe­lí­cu­las de Marvel, y ju­gué al vi­deo­jue­go de PS4. En fin, me gus­ta Spiderman, me gus­ta co­mo a tan­tos mi­les de per­so­nas aje­nas a su me­dio de ori­gen, gra­cias a sus apa­ri­cio­nes más co­no­ci­das y mi­llo­na­rias, y Spider‐Man: Un Nuevo Universo no ha si­do una ex­cep­ción. En la for­ma, es­te por­ten­to vi­sual des­ta­ca so­bre to­das las pe­lí­cu­las de ani­ma­ción CGI oc­ci­den­ta­les, por lo ge­ne­ral de­ma­sia­do pa­re­ci­das en­tre sí; una ar­mo­nía de es­ti­lo, luz y co­lor tan bien me­di­da que da gus­to ver en pan­ta­lla gran­de gra­cias al tra­ba­jo de ar­tis­tas co­mo Yuki Demers o Patrick O’Keefe. Esto va uni­do a un guión muy sen­ci­llo, pe­ro que es dis­fru­ta­ble pa­ra fans de los có­mics, gen­te más pro­fa­na co­mo yo o in­clu­so per­so­nas que no se­pan na­da de Spiderman. Esta pe­lí­cu­la es un gran­dí­si­mo ho­me­na­je; una obra pa­ra de­jar­se lle­var, dis­fru­tar y pa­sar una muy bue­na tar­de con uno de los más gran­des per­so­na­jes del pla­ne­ta, que no es po­co.

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