Perdidos en un tiempo de otro mundo. Lista (de listas) del 2016

Predecir tiene el encanto del equívoco. Quien predice creer tener cierta certeza sobre lo que ocurrirá, ¿pero quién puede saber qué nos deparará el mañana? Todos nuestros planes pueden no servir para nada. Todo puede salir del peor modo imaginable. Pero, con todo, es imposible vivir al día. Hay que hacer planes. Hay que fabular sobre el futuro. Es necesario vivir como si, de hecho, el futuro fuera a alcanzarnos.

Porque aquí estamos. En el futuro. Y si el año pasado decíamos que fue un año raro, de transición, hoy cabe hablar del año que dejamos atrás como uno de terror e incertidumbre. El principio del ragnarök. Donald Trump nos saluda desde la atalaya alt right, eufemismo para denominar al reaccionario de toda la vida, mientras a los humoristas se les congela la sonrisa irónica. Porque tal vez David Foster Wallace tenía razón. Tal vez el único modo de combatir lo que ya no está por venir, sino que lo tenemos ya en casa, sea la sinceridad. Pero no sinceridad como sinónimo de decir la verdad, sino de mostrarse abierto y empatíco. Ser capaz de escuchar al otro e intentar entender porqué piensa como piensa. Porqué hace lo que hace. Incluso si sus actos nos resultan repugnantes. Incluso si, como en el caso de Donald Trump, más que un ser humano lo que parece es una mala parodia de todo lo que está mal en este mundo.

Se nos mueren los héroes. Nos gobiernan monstruos. Pero el arte insiste en vivir en algún punto entre el optimismo combativo y la necesidad de articular lenguajes que nos hagan comprender la realidad de otro modo diferente. Y no hablamos sólo de Pokémon Go!. Pero todo eso es lo que nos cuentan los colaboradores y amigos de este blog. Cada uno con tres artefactos, cada uno trampeando más o menos las reglas establecidas —¡y benditos sean por hacerlo!—, han desgranado todo lo que ha sido el pasado que una vez fue futuro en este presente perpetuo que son nuestras vidas. Porque al final lo único que cuenta es la gente de la que nos rodeamos. De si podemos contar con los demás cuando el futuro no llegue del modo que esperábamos. Y, si esa es la clave para la vida, entonces tal vez esta lista durará al menos otros siete años más.

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Andrés Abel

Turbo Killer, de Carpenter Brut y Seth Ickerman

El tremendo videoclip que los franceses Seth Ickerman le entregaron a su compatriota Carpenter Brut a principios de año (aunque la canción pertenece a su EP III de 2015) es como uno de esos tráileres alucinantes que te enseñan lo mejor de una película, pero sin la película: por la acumulación de imágenes GIFeables —básicamente, el universo temático de Brut hecho vídeo, entre deportivos supersónicos, naves espaciales en forma de cruz y gogós poseídas—, y porque el temazo que suena mientras se suceden en pantalla parece haber nacido para acompañarlas (aunque en este caso sepamos que ha sido justo al revés). El giro final es que esa película podría llegar a ser una realidad: ahora mismo hay una campaña de financiación abierta para lo que, de momento, es una secuela de 30 minutos titulada Blood Machines, candidata desde ya a mi lista de lo mejor de 2017.

La «gira retrospectiva» de John Carpenter

Ese era el nombre del tour, Live Retrospective, y por supuesto que sonaron muchos de los temas de sus clásicos mientras a su espalda se proyectaban escenas de ellos, pero los conciertos del Master of Horror en 2016 ofrecían mucho más que un simple ejercicio de nostalgia (que por otro lado ya habría sido 100% satisfactorio), con una banda que atronaba como Los Tormentas y un repertorio de temas nuevos tan fieles a su estilo de siempre como relevantes dentro de la escena actual (ver el anterior punto). Añádele a eso lo que supone ver a un icono viviente disfrutando como un niño y compartiendo ese gozo con sus fans, y el porcentaje de satisfacción se sitúa en torno al 666%.

Margot Robbie como Harley Quinn

Demasiado a menudo esos tráileres de los que hablaba al principio resultan ser el avance de una bosta humeante, un revuelto con lo único salvable de una catástrofe de proporciones bíblicas, pero la cuestión es: si La Gioconda hubiese sido el cartel promocional de una de esas mierdas (y ni siquiera soy de la opinión de que el Escuadrón Suicida lo sea), ¿habría dejado por ello de merecer su propio lugar de honor en la Historia? Pues eso.

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Pablo Algaba

The Neon Demon, de Nicolas Widing Refn

Salí del cine con la sensación de que NWR hace sus películas pensando en mí, que conoce mejor que nadie todo lo que me estremece y que es capaz de plasmar en pantalla ansiedades que ni yo mismo sabía ni que tenía; como si cada nueva película que rueda se tratase de un regalo personal. «Toma, Pablo, para ti». Comento esto para que os hagáis una idea de hasta qué punto me han acabado chiflando el coco Only God Forgives y The Neon Demon, de la intensidad de mi conexión con el universo del director danés y por qué, llegados a este punto, considero que sus películas están más cerca de la magia que del cine. Hay aquí una fábula oscura y viscosa sobre la tiranía de la belleza apolínea y cuenta con una de las escenas más deslumbrantes de todo el año: la del encuentro de Jesse (Elle Fanning) con el demonio de neón en una pasarela de moda ubicada en la Dimensión-X, flotando sobre mares de plasma de colores titilantes. No puedo, sin embargo, presumir de haber entendido bien The Neon Demon; de la misma manera que, a pesar de los múltiples revisionados, nunca he llegado a asir bien Only God Forgives. Tampoco me importa. Mis películas favoritas son las que no acabo de entender. O mejor dicho, las que nunca acabo de entender del todo, aquellas cuyo significado último sólo puedo empezar a vislumbrar a través de un resquicio muy pequeñito, las que funcionan en rincones de mi cabeza donde a la razón no se le permite la entrada.

The Witness, de Jonathan Blow y No Man’s Sky, de Hello Games

Hay dos juegos que he disfrutado más que el resto durante este año. Ambos, cada uno a su manera, hablan de lo mismo: de nuestra relación con el cosmos. El cosmos entendido en su sentido más amplio, como «todo lo que ha sido, todo lo que es y todo lo que será». El ruido y la furia desatado en torno a No Man’s Sky consiguió que muchos analistas pasaran de largo por muchas de sus virtudes, no viendo más que tedio y vacío en un título que, no obstante, suponía una experiencia contemplativa de primer orden y regalaba, a quien estuviera dispuesto a escucharle, todo un discurso —hermoso, optimista— sobre nuestra relación con la naturaleza y la insignificancia de nuestro papel en el gran esquema de las cosas. The Witness, por su lado, no necesitó de todo un universo desarrollado de manera procedural, sino una única isla abandonada llena de puzzles. Blow pasó siete años pensando en cientos de paneles laberínticos sobre los que trazar líneas y los concibió como un lenguaje, uno nuevo, uno que se podía aprender. Este proceso de aprendizaje va cambiando poco a poco el cableado de nuestra mente hasta que, acumulados los suficientes conocimientos, nuestra percepción de la realidad, de la naturaleza que nos rodea, cambia por completo. Ese momento de revelación es, tal vez, uno de los instantes de asombro y maravilla más poderosos del 2016. Para mí lo fue. En el pequeño acto de comprender, de golpe, lo que antes era oscuro, nace una chispita que, por unos instantes, nos hace sentir (¡glups!) la relación entre Todas-las-Cosas y nuestro modesto vínculo con el cosmos. Encuentro que lo conseguido por ambos juegos son logros mayúsculos, dignos que le cantemos alabanzas en todas las listas de final de año que hagan faltan.

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Álvaro Arbonés

Adiós a la masculinidad normativa

Es difícil no ver el año que dejamos atrás como aquel en que despertamos de la pesadilla de la masculinidad. En el que hemos visto de forma más clara las consecuencias de la idea clásica de que significa ser un hombre. Donald Trump. Posverdad. Eufemismos, silencio, hacerlo todo «por mis cojones». Incluida la geopolítica internacional. Pero en cierto modo, la cultura, y Japón en específico, han tomado nota para jugar a la contra de esa tendencia. Shōwa Genroku Rakugo Shinjū es un prodigio narrativo sobre dos hombres demasiado envenenados de masculinidad como para admitir que no pueden vivir el uno sin el otro. Final Fantasy XV es la historia de cómo un príncipe mimado y consentido descubre que ser rey, convertirse en hombre, pasa por sacrificar todo aquello que ama en favor de un ideal abstracto, su reino, su poder, que nunca ha pedido ni deseado. Yuri!!! On Ice es una gran historia sobre el amor y la empatía, sobre cómo el espíritu competitivo puede ir acompañado del deseo genuino de que nuestros rivales también triunfen, incluso si no por ello les vamos a dejar ganar. Mobile Suit Gundam: Iron-Blooded Orphans nos muestra qué ocurre cuando se cría a un grupo de niños en la idea del trabajo duro, negándoles todo conocimiento del amor o la empatía, hasta convertirlos en entes vacíos incapaces de vivir de otro modo que no sea matando. Mob Psycho 100 se resume en un protagonista de poder ilimitado que no quiere hacer uso de lo que tiene, porque lo único que desea es poder llevar una vida pacífica junto a las personas que quiere. Todas estas producciones tienen algo en común. La depresión, la psicopatía, el sin sentido. El camino al que nos lleva «ser un hombre» según los cánones clásicos. Porque la victoria de Trump no es una derrota de la masculinidad no-tóxica, sino la demostración de que duele verse representado de ese modo: el autodenominado hombre-hombre se siente tan amenazado que tiene que poner al mando a una versión hipertrofiada de sí mismo. Incluso si eso implica seguir demostrando hasta que punto tenemos un problema con la idea clásica de masculinidad.

The Handmaiden, de Park Chan-wook

A veces todo es cuestión de ritmo. De saber articular el paso del tiempo. Porque si el cine es el acto de esculpir el tiempo, entonces Park Chan-wook ha entendido que la solución para esculpir mejor pasa por ignorar las convenciones que atenten contra el ritmo. Contra la posibilidad de llegar en el momento exacto. Es de ese modo como The Handmaiden hace algo muy difícil de ver en el cine contemporáneo: sacrificar las expectativas en favor de la historia que está contando. En todos los sentidos posibles. No le importa que el espectador vea venir alguno de sus giros. Tampoco que se sienta desconcertado por su cruce entre momentos catárticos y humor de brocha gorda. Ni mucho menos que el erotismo, tan aparentemente enfocado al gusto masculino, sea incómodo y extraño. O que, como en Shōwa Genroku Rakugo Shinjū, en ocasiones sea más impactante un individuo interpretando un papel sin moverse del sitio que toda una exhibición de poderío actoral. Porque en suma, ahí radica el cine. En esculpir el tiempo. Y si la cuestión es el tiempo, no las imágenes ni las palabras ni los sentimientos, todo lo que necesitamos es saber llegar en el momento exacto. Algo que el director coreano consigue por la pura fuerza de su narrativa.

Tokyo Ghoul, de Sui Ishida

En términos narrativos lo más interesante es siempre lo que no se cuenta. El hueco dejado por la omisión. Es ahí, en ese espacio en blanco, donde el lector puede proyectarse dentro de la historia. Sentir que hay en ella algo que le interpela. Sólo en ese sentido es posible entender el éxito de Tokyo Ghoul. Siendo que ocurre todo entre bambalinas, que los acontecimientos generales quedan siempre desdibujados, su trama avanza entre suposiciones de personajes que se mienten entre sí ni siquiera la mitad de lo que se mienten a sí mismos. Y así está bien. Porque hace que se sientan humanos. Reales. Y si bien es posible que no sepamos el propósito de la mayoría de organizaciones como no sabemos la filiación de la mayoría de sus personajes, ¿para qué necesitaríamos saberlo? Nuestras vidas se configuran a través de actos de fe. De dar por hecho las (buenas) intenciones de los otros. A fin de cuentas, nunca sabemos nada con seguridad. Ni siquiera aspectos concretos de nuestras propias vidas. Por eso, en la ficción, cuanto más hueco se deja, cuanta más incertidumbre existe en los hechos no concretos, más interesantes son sus acontecimientos. Y en ese sentido, la labor de Sui Ishida es la de un maestro indiscutible.

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Óscar Brox

Horace and Pete (Louis C.K., 2016)

Ahora que en Youtube es posible acceder al teatro de Romeo Castellucci, que la mediateca de TVE nos abastece con lo mejor de entre los Estudio 1 y que ya no es difícil acceder al texto escrito de dramaturgos como Juan Mayorga o Angélica Liddell (publicados ambos por La uÑa RoTa), Louis C.K. se marca, quizá, el mejor teatro norteamericano contemporáneo. Teatro en forma de serie autofinanciada y distribuida vía página web, de perdedores y vencidos, con fantasmas del pasado, heridas, cicatrices y un elenco irrepetible de actores. Pero, sobre todo, con una delicadeza especial a la hora de retratar la pura costumbre, las pequeñas vidas que no dan para más, el amor más sencillo, la locura demasiado ordinaria y las cosas que, aparentemente, no dejan huella.

Steve Erickson

O que viva el avantpop y las novelas como Días entre estaciones. Y, ya puestos, brindemos por un 2016 en el que es posible encontrar en la estantería a Robert Coover, William Gaddis o Ishmael Reed.

Explosions in the Sky

Tal vez Sloboda Narodu, de The Radio Dept., sea uno de los temas más bonitos de 2016. O que el meloso último disco de M83 contenga las mejores voces femeninas del pop. O que, ya que hablamos de pop, Tegan and Sara hayan facturado el disco más maduro de su carrera. Pero, en fin, con el sonido de Explosions in the Sky nunca dejas de evocar un paisaje, unas palabras, un momento, un recuerdo, una emoción. En definitiva, una vida. Y ahí es donde empieza todo.

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Xabier Cortés

Marked By Death, de Emma Ruth Rundle

En un año complicado y convulso como este 2016 que yace moribundo en la orilla —y menos mal—, el último álbum de Emma Ruth Rundle parece haber encontrado el sonido perfecto con el que rubricar estos 365 días. Devastador y solemne. Oscuro y perturbador. Emma Ruth Rundle es capaz de rodearse de la más sórdida y oscura atmósfera imaginable para convertirla en un proyectil lanzado a la velocidad de la luz contra nuestra indefensa cabecita. Su folk ácido, psicodélico, con vocación ruidista y con profunda raigambre doom nos invita a abrazar la decadencia y la desesperación; nos insta a ser uno con la devastación. Composiciones que se mueven, ágiles, sobre una maravillosa colección de distorsiones brumosas y su impresionante catálogo de drones densos e interminables descansa una voz —la de Emma— a la que haríamos bien en empezar a dedicar monumentos y sacrificios humanos en las plazas de pueblos y ciudades. Una voz hipnótica que lo mismo nos susurra que nos reprocha; nos envuelve o nos apuñala; nos abraza o nos abandona en el frío. Adictivo. Se atreve a jugar con pequeños rayos de esperanza aquí y allá —en Medusa, por ejemplo— para zambullirnos rápidamente, y sin que tengamos tiempo a reaccionar, en esa cálida oscuridad en la que Marked By Death se destaca como uno de los artefactos musicales más brillantes de este año.

False Highs, True Lows, de Plebeian Grandstand

De entre toda la maravillosa vorágine metálica que ha infectado este 2016 me atrevo a afirmar que este tercer álbum de los franceses Plebeian Grandstand reúne todo aquello por lo que merece la pena vivir. Plebeian Grandstand se mueve en la disonancia y en la violencia; en el terror sónico y en absoluto desapego por cualquier forma de vida. En un año en el que Ulcerate nos hizo volarnos la tapa de los sesos con su Shrines Of Paralysis, en un año en el que Deathspell Omega volvió a descerrajarnos un tiro en mitad del pecho, en el mismo año en el que Cult Of Fire nos ha descubierto que para que un viaje a la India te cambie la vida —de verdad— te tiene que arrancar el corazón del pecho y hacértelo comer mientras te obliga a mirarle a los ojos; un año en el que Altarage y Wormed han hecho explotar alguna que otra galaxia y gente como Zhrine, Mizmor, Urfaust y Gevurah nos han demostrado que la cosa extrema sigue en su excelsa labor de conquistar nuestros corazones con alegres tonadas y golpes secos en la cepa de la nuca con una barra de hierro, es False Highs, True Lows el que condensa los elementos por los que consideramos al black metal como una vanguardia artística de pleno derecho. No es la disonancia, no es la brutalidad, no es la violencia desatada, no es la intersección entre el black metal, el crust y el grind, tampoco es la atmósfera ponzoñosa y sórdida, no es Lo Maligno® —que campa a sus anchas en el álbum—, tampoco es Lo Occvult®; es todo eso y mucho más.

Guidance, de Russian Circles

Afirmar que el post-metal lleva años regalándonos maravillosas alegrías no debería sorprender a nadie como tampoco debería sorprendernos afirmar que Russian Circles es un de esos proyecto musicales que mejor sabe moverse en esa línea difusa que separa el post-rock del post-metal. Maestros de los crescendos, dueños de las capas sonoras y artesanos de los estallidos guitarreros más bonitos que ver morir al Sol, este trío chicagotarra ha conseguido con este Guidance no solamente mantener el listón allá donde lo dejaran en su anterior trabajo —el imprescindible Memorial, de 2013—; le han dado una patada y ha aterrizado allí donde solamente ellos pueden verlo. Guidance es agresivo, áspero, abrasivo y contundente, pero también es transparente, cristalino. No esconde fuegos artificiales, no se guarda un as en la manga ni nos seduce con subterfugios. Los cimientos de este álbum —y de Russian Circles, por supuesto— son firmes y no acertamos a ver fisuras: Dave Turncratz y Brian Cook tejen y construyen la contundente base rítmica sobre la que se apoyan las guitarras de Mike Sullivan. Punto. Frenético por momentos, denso la mayor parte del tiempo, luminoso cuando lo necesita y absolutamente abrumador y opresivo cuando lo requiere, Guidance muta a lo largo de las canciones que lo componen: se eleva y desciende con la misma facilidad con la que se retuerce o enmudece. Nos golpea y nos agota, nos hace sudar y nos presiona. Nos exige estar atentos, no da pistas, pero sabemos que la recompensa merecerá la pena. Es, en definitiva, uno de los artefactos sonoros más brillantes de este 2016.

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Jaime Delgado

Shōwa Genroku Rakugo Shinjū, de Studio Deen

Hay varias formas de entender el formato episódico de una serie y no seré yo el que diga que solo una de ellas es la correcta (aunque sí hay formas más y menos correctas de afrontar cada uno de sus enfoques). Puede aprovecharse para relatar una historia larga y compleja que, en una menor duración comprimida, no podría desarrollar su potencial del mismo modo (muy propio de los dramas); puede abordarse una trama independiente en cada episodio, pero manteniendo como base y elemento cohesionador las localizaciones y personajes —que pueden evolucionar o no para mayor interés del conjunto— (muy propio de las comedias); está el formato inglés más cercano a la producción de una saga de películas y tantas otras posibilidades cruzando y modificando variables de los anteriores casos. Una de esas modificaciones, que no se ve muy a menudo, es la de la serie con episodios donde se narran historias independientes con personajes diferentes cada vez. Como he comentado al principio, no hay una forma mejor que otra de encarar una serie, pero sí que es posible destacar la dificultad que envuelve este último formato: mientras que en los otros, bien sea por tener ya rodando una trama que nos interesa o por conocer de varios episodios a los personajes, tenemos parte del trabajo hecho y la dificultad se encuentra en hacer que los platos chinos sigan girando; ante nuevas tramas y nuevos personajes solo queda empezar de cero, y cada episodio se presenta como terreno desconocido en el que adentrarnos con cautela, midiéndole el pulso y las respiraciones. Ante esta dificultad hay un truco, claro, uno que conoce perfectamente Jim Jarmusch, por ejemplo, cuando las once conversaciones que componen Coffee & Cigarettes parten de los elementos que dan título a la película y están bañadas en la misma decadencia en blanco y negro; o cuando en Night on Earth, no importa lo distantes en el globo que estén sus cinco historias, todas ellas se enmarcan en el interior de un taxi, uno diferente en cada ocasión pero que terminamos sintiendo como propio y el mismo. Este es el párrafo de Shōwa Genroku Rakugo Shinjū, pero de ella es mejor no decir nada más allá de que es imprescindible: su formato es más tradicional, pero su peso y precisión inmejorable ya desde el primer capítulo. He preferido entonces referirme a Midnight Dinner: Tokyo Stories: diez historias independientes cuyos puntos en común son un pequeño restaurante que solo abre a medianoche y el emotivo aroma taciturno que impregna todas ellas, haciéndonos viajar en cada episodio de lo melancólico a lo vivificante de la mano de individuos a cuál más entrañable. A nivel personal descubrí hace un tiempo lo mucho que disfruto con la sencillez de estas pequeñas historias, con lo hipnótico de un buen orador en plano fijo o la conversación orgánica de un par de ellos, pero condensar en veinte minutos diatribas de todo tipo, abordando problemáticas de Japón que, en último término, simplemente están relacionadas con la condición humana, y envolverlas en ese encanto y familiaridad que las convierte en acogedoras, en lugar para detenerse de camino a casa, me parece suficiente para recomendarla a todo el mundo.

The Witness, de Jonathan Blow

Siempre he sido firme defensor de la simbiosis narrativa-mecánica (o al contrario, por aquello de «simbiosis») como parte imprescindible para que un videojuego pueda ser llamado tal. Esta relación puede ser más o menos consistente, pero si no se emplea como base o al menos como elemento cohesionador, solo tendremos como resultado un experimento mecánico o un experimento narrativo (en el mejor de los casos ambos corriendo de forma paralela). La otra característica principal del videojuego es su naturaleza de simulacro, creadora de realidades inexistentes en las que podemos seguir siendo nosotros siendo otros. Tras The Witness —el juego creado por Jonathan Blow ocho años después de que marcara camino con Braid y pusiera algo de orden en el caos de experimentos indie que estaba teniendo lugar en el segundo lustro de los 2000—, he sido consciente de un matiz que de alguna manera ya me afectaba más o menos tras jugar a un videojuego, pero que nunca había llegado a verbalizar. Al igual que la asociación mecánica-narrativa es bidireccional, alimentándose una de otra, también puede y debe serlo la relación realidad-simulación. Es decir, embarcarse en un videojuego no es solo la pérdida de una para arrojarse en los brazos de la otra (como vía de escape), sino también que esa nueva conexión exceda los límites de su mundo, del contenedor virtual en el que fue concebida, hasta conquistar nuestra realidad y desdibujar las líneas de la verdad. Suficientes (y excesivas) horas jugando a Tetris harán que entendamos el mundo tan solo en términos geométricos, de ángulos rectos, en el que las cosas deben encajar. Eso es mecánica invadiendo la realidad; al menos mientras duren los efectos secundarios. Una experiencia lo suficientemente intensa en Specs Ops: The Line y, a no ser que prefiramos jugar la más cómoda baza de desmemoriados, la narrativa del juego quedará adherida para siempre a la forma que tenemos de mirar lo que simula. Después de jugar a The Witness, si su propuesta ha logrado cautivarnos hasta convertirse en obsesiva, sufriremos todos los síntomas del síndrome de abstinencia, y una mecánica concreta (que ya subvierte los límites de lo real dentro de su propio simulacro) nos perseguirá allá donde vayamos varias semanas después de haber desconectado del juego. Pero de todo se sale. Esta forma física de ver el mundo se irá desvaneciendo con los días, aunque no así las cuestiones epistemológicas que ha arrojado de forma narrativa mientras jugábamos. Y de eso precisamente trata The Witness, de cómo cuando obtenemos y asimilamos una nueva información, cuando nos sacude una epifanía, ya somos y no somos los mismos, capaces de ver con nuevos ojos sobre la antigua experiencia, un paso más cerca de una verdad inexistente. En El séptimo sello, el clásico de Bergman en el que un caballero cruzado emprende un viaje literal y metafórico por la fe religiosa mientras juega una partida de ajedrez literal y metafórica con la Muerte, se arrojan preguntas, cuestiona lo anterior y siembran dudas a cada nuevo personaje introducido, pero la búsqueda de respuestas es siempre incierta por no mostrarse en ningún momento la figura de Dios, del creador, del desarrollador de mundos, confirmando o desmintiendo las creencias. El único punto de apoyo, la única certeza a la que pueden aferrarse los personajes mientras tratan de explorar el sentido de la vida, mientras crecen, se relacionan, se enamoran, se divierten, se pelean, contemplan, sufren y ríen, es la de que habrá un final. The Witness ni siquiera tiene un final, sino más un despertar en nuestro mundo.

Blackstar, de David Bowie

Si de número de escuchas se tratara, To Pimp A Butterfly debería ser indiscutiblemente mi hito cultural del año, pero el álbum vio la luz en 2015. Como a ciertos lanzamientos es inevitable llegar tarde y solo queda hacerles guiño al año próximo, nada mejor que aprovechar las palabras de Tony Visconti en las que mencionaba la influencia de Kendrick Lamar, su visión sin límites y disposición a arriesgarlo todo a través de la mezcla de elementos, para la concepción de Blackstar. No es anecdótico, no es casual: si algo ha definido a Bowie a lo largo de sus 25 álbumes de estudio es la capacidad para medir las pulsiones de la época, fagocitarlas hasta incluirlas en su ADN, y transformarlas en una flecha hacia el futuro. Con su ausencia, ahora, la línea temporal parece haber quedado huérfana. Pero por anhelantes que estemos de relacionar su último álbum con su último álbum, lo cierto es que Blackstar, pese a su carácter oscuro, tiene más de celebración que de elegía; tiene la elegancia de un Bowie adulto con una comprensión divina del espacio y del tiempo, conocedor de los misterios del mundo, de que para morir primero hay que estar vivo, y convencido de que tras caer la noche, cuando está por venir el momento de mayor desolación, uno siempre puede reconfortarse con el amanecer de un nuevo día. Blackstar es ese momento disonante, ese instante suspendido en el aire donde el anuncio del fin de un presente en el que estamos cómodos converge en las posibilidades del futuro. Esa eternidad encapsulada. Pero eso no evita que llegar a I Can’t Give Everything Away, y con ello al final del disco, signifique una despedida. Ya sea con un elemento de misterio que se pierde gradualmente en el cielo, nuestro invitado de honor se ha ido. La noche termina. Y la única forma de hacerle volver es comenzar de nuevo el disco. Pero antes de darnos cuenta se ha ido de nuevo. Y luego una vez más. Porque los seres inmortales también tienen derecho a asuntos propios. Solo queda seguir adelante y, cuando nos fallen las fuerzas, saber que podremos encerrarnos en ese mágico oasis donde nada más hay lugar para la vigorizante ilusión por la vida, donde no se arrojan respuestas porque, durante cuarenta minutos, no hace falta entender nada.

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Mariano Hortal

Este año ha sido arduo, dificultoso y retador. Al principio del mismo, decidí cambiar mi forma de elegir lecturas adoptando un sesgo contrario al habitual: leer mujeres, más que hombres, todas las que pudiera. No puedo engañar a nadie, en cuanto me descuido, la dictadura de la novedad y mi tradicional elección por escritores me lo ponía difícil. Estaba tentado por escoger tres grandes autoras que haya descubierto este año pero, al mismo tiempo, he sido más consciente de que, si la visibilidad es poca en el caso de los libros, en el de los cómics es casi inexistente, por lo tanto, entre lo mejor del año me he decantado por cómics o (libros sobre cómics) que tengan como protagonistas a autoras.

CBLDF Presents: She Changed comics

Con este contexto mi primera elección se presenta como imprescindible por ser la base para empezar a visibilizar su papel; CBLDF Presents: She Changed comics es mucho más ambiciosa que esto ya que no se conforma con presentarnos a aquellas mujeres que, de alguna manera han estado desde el principio en el medio sino que nos muestra, además, cómo ellas lucharon porque se consiguiera la libre expresión, al fin y al cabo ellas cambiaron los cómics. Lo que empezó como un kickstarter organizado por la Comic Book Legal Defense Fund fue finalmente publicado por Image y, a pesar de su escasa extensión, consigue cubrir un período que abarca desde principios del siglo XX hasta nuestros días. Más de sesenta mujeres que transformaron formas antiguas y expandieron sus posibilidades, fichas pequeñas, concretas, que funcionan como guía de principiantes, para terminar incluso con entrevistas a algunas de las más conocidas (e incluso perseguidas) en la actualidad. Un compendio tremendamente interesante ya que incita a seguir investigando su labor. Como bien dijo Betsy Gomez, directora editorial de CBLDF, «cada vez hay más mujeres que leen y hacen cómics, y queríamos explorar las mujeres que consiguieron la transición hacia este nuevo orden en She Changed Comics».

Ms Marvel de G. Willow Wilson y Adrian Alphona

Naturalmente, mi segunda elección tenía que ser un cómic de superhéroes escrito por una mujer y, a estas alturas, no hay mejor posibilidad que la fantástica serie regular creada por G. Willow Wilson y por el dibujante Adrian Alphona; la escritora musulmana ha realizado la más que dificultosa tarea de crear una superheroina musulmana, la encantadora Kamala Khan, una jovencita pakistaní afincada en New Jersey con poderes para cambiar de forma gracias a genes inhumanos y que coge el nombre en clave de su ídolo Carol Danvers. Tener una cabecera de una colección regular con un personaje de estas características es, como poco, arriesgado, más teniendo en cuenta el indudable ambiente antagonista por sucesos que todos conocemos, y lo realiza con mucho ingenio ya que aprovecha toda la diversidad del personaje: tanto lo relativo a lo musulmán (su familia lo es) como al papel de la mujer adolescente en la sociedad, mostrando un coming of age superheroico y de crecimiento personal. Todo ello sin perder de vista que las historias sean interesantes tanto para chicos como para chicas, Willow Wilson es tan inteligente que toca todos estos temas con mucha sutileza y no deja de presentar historias tremendamente entretenidas donde no falta el buen humor y que consigue integrar con el universo Marvel. Odio utilizar el adjetivo «fresco», pero si se lo tuviera que poner a alguna publicación, esta podría acercarse a su significado más positivo.

Sarah Andersen

Mi tercera elección va por las tiras cómicas y tiene como protagonista a la autora Sarah Andersen, autora del tumblr Sarah’s Scribbles; en este mismo año hemos podido ver publicado Sarah’s Scribbles: Crecer es un mito, que no es, ni más ni menos que una recopilación de varias de las tiras que ha publicado en su web; la sencillez de su propuesta es enternecedora: uso del blanco y negro y una protagonista de ojos gigantescos que en cuatro o cinco viñetas nos muestra de manera divertida un aspecto de nuestra vida. Indudablemente, la autora utiliza elementos autobiográficos para transmitirlo pero siempre resultan adecuados, funcionan a la perfección y no resultan cansinos (por no ser repetitivos). Porque, al fin y al cabo, la magia de este personaje es que, en su aparente fragilidad e infantilidad, es capaz de abstraer conceptos más o menos complejos y demostrarnos que la vida moderna, esa que nos parece tan difícil de entender, en los ojos de su protagonista, puede resultar, por lo menos, conmovedora y, ¿por qué no?, un poco triste.

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Peter Hostile

Rad Grrrrls

Afortunadamente la industria del entretenimiento, aunque reticente, empieza a asumir que su política de club privado sólo-para-chicos es un insulto hacia la mitad de la población y un trampantojo para la otra. Este año han conseguido publicación en España cosas tan interesantes como Paper Girls que, aún con equipo creativo masculino, ofrece una aventura-todo-chicas que merece mucho más la pena leer que la enésima iteración de ese superhéroe que tanto te gusta. Leñadoras es otro ejemplo de lo maravilloso que es leer sobre chicas en un medio que sistemáticamente reniega de ellas o las relega a comparsas; un grupo de amigas exploradoras descubren los misterios que rodean los bosques alrededor de su campamento. Con un poco de suerte veremos licenciadas Nimona o Jonesy, series que ignoran el (falso) mantra de que los cómics son para chicos. Otra novedad que me parece digna de tener en el radar es la recopilación de los webcomics de Sarah Andersen, Crecer es un mito. Posiblemente en la escena del yo-me-lo-guiso es donde más se aprecie la brecha entre la cantidad de autoras que existen y las pocas que consiguen publicación. Sad Ghost Club, Girl Town, On A Sunbeam, My Pretty Vampire; todos topan con el techo de cristal pero Internet provee un DIY del que podemos beneficiarnos para cambiar el aburrido panorama que se nos impone desde las casas editoras. PD. ¿No hace falta recordar que la mejor serie de animación del momento es Steven Universe de Rebecca Sugar, no?

Memecracia

Si USA es el faro de la democracia haríamos bien en tirarnos de los pelos. No tengo claro si estas han sido las primeras elecciones ganadas a golpe de clickbait pero estoy seguro que no serán las últimas. La nueva política al fin y al cabo sólo es vieja política con un renovado departamento de marketing. Miles de noticias falsas, posverdades, decenas de conspiracionistas locos sembrando las redes sociales de ataques (desde conexiones satánicas al pizzagate), Wikileaks como combustible de todo esto y memes, memes a mansalva. Es lógico que en el año de Nihilist Memes y la globalización del todo-da-igual por los loles al final sí que haya entrado de cabeza la sociedad entera en el equivalente a la sala de espera de un hospital psiquiátrico. No juguéis con los estados depresivos, podrías estar en uno y no saber cómo salir. Después de su primer presidente no-caucásico todo apuntaba a que tendrían a la primera mujer en el cargo. Pero no. En vez de eso tenemos al hombre más abiertamente misógino, homófobo, racista y liberal que se ha sentado en el despacho oval. No contamos con el péndulo volviendo a desandar brutalmente todo el camino como una bola de demolición. El, ojalá, último llanto de esa gran minoría de hombres blancos lloricas que ven cómo se les escapa el poder de las manos ha sido votar por este meme con patas. Este es el mundo que tenemos porque les da miedo cualquier otra posibilidad. Confiemos en que el círculo de presidentes se haya cerrado y fijémonos en un dato que enlaza a Washington y a Donald Trump: ambos eran magnates antes de llegar a presidentes. El sueño americano perfectamente encarnado. Del «Make America» del primero sólo había un paso al «Great Again» del segundo. ¿Verdad o posverdad?

Trve Grrrrls

Oathbreaker han dado con Rheia un puñetazo en la mesa del blackgaze y derivados. Un paso de gigante en su discografía que está pasando desapercibido por la misma razón de siempre: hay una chica al frente. Que las chicas canten de amor, bailen, sean iconos pop o la novia de alguien, pero que no se metan en terrenos extremos, eso es territorio de chicos. Pues a ver cómo conseguimos meterles en las cabecitas a todos esos que no sólo no es así si no que precisamente por haber sido excluidas y ninguneadas durante décadas ahora lo más interesante que se puede encontrar parte de ellas. Todos los años vuelve a haber polémica al respecto desde cualquier género que se te pueda ocurrir, black metal, hard rock, noise, industrial, power electronics, death, grind. Hombres Ofendidos™ sueltan bilis y lágrimas por Internet dejándolo todo perdido de masculinidad amenazada. Myrkur, Sortilegia, Pharmakon, Puce Mary, King Woman, SubRosa, son proyectos que buscan ofrecer algo distinto y que se topan una y otra vez con las mismas tonterías. No caigáis en ese error nunca. El arte es expresión, la expresión parte de la experiencia individual y lo individual se percibe como la diferencia entre lo propio y lo común. En vez de generar rechazo hay que abrirse totalmente, sumergirse en voces distintas a la nuestra. Es eso o ser una basura de persona.

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Jesús Játiva

¿Quién es el 11º pasajero?

El año pasado destaqué que el mercado del manga en España estaba en un momento de auge absoluto. Se había empezado a ampliar la variedad de oferta hasta un nivel descomunal, de manera que casi todo tipo de lector podía encontrar una obra o un autor acorde a sus gustos. Este año la tónica ha sido similar y hay más manga, más variedad y, más importante, más editoriales que prueban suerte con el cómic japonés. Mi recomendación esta vez va a ser muy específica ya que va en forma de nombre propio: Moto Hagio. Autora perteneciente al Grupo del 24 (autoras nacidas en año 24 de la era Shôwa) y que revolucionaron el mercado del manga para chicas en los años setenta. No exagero diciendo que Hagio es una autora vital en la historia del manga y una de las autoras más influyentes de su generación, y que Ediciones Tomodomo haya publicado por primera vez a esta autora en español es sin duda algo más que digno de colocar en una lista de lo mejor del año. ¿La obra en concreto? Probablemente una de sus muchas obras maestras.

La familia real

Este súper tocho de más de mil páginas me ha costado mis dolores de cartera, espalda y cabeza, pero el esfuerzo titánico de la editorial malagueña por publicar tal libraco en español tiene que entrar en esta mini lista, y es que no se trata solo de la importancia editorial del libro, sino del libro en sí. Lo cierto es que antes tengo dos cosas que admitir: ni lo he acabado ni es mi novela favorita de este año, pero es un relato cuya contundencia ha generado un poso que pocas, muy pocas historias de ficción han creado en mí. La manera en la que introduce el ambiente totalmente corrupto y desesperado de la escena de prostitución de San Francisco y la empatía que crea hacia gente muerta de hambre, abandonada a su mala suerte y su propia incompetencia produce ecos que no paran de reverberar dentro de mi cabeza. Ni me entusiasma el estilo de William Vollmann ni es mi libro favorito, pero el interés del autor en hablar sobre lo más incómodo me sacude de una manera que creo que es totalmente necesaria.

Horace and Pete

Miremos solo el reparto: Steve Buscemi, Jessica Lange, Edie Falco, Louis C.K., Alan Alda. Si con eso no es suficiente como para querer echarle aunque sea un vistazo, y si ya has ignorado el hecho de que está creada por Louis C.K., busca la escena en la que discuten sobre política, en uno de los primeros episodios, y si eso tampoco te convence… No creo que no te convenza. Esta ha sido sin duda alguna mi serie favorita de 2016. Louis C.K. es, en mi opinión, un actor excepcional, un gran humorista y un guionista de genio absoluto. Horace and Pete es una serie triste y dura, y lo cierto es que no es una tristeza que muestre un poquito de luz al final, sino que es una historia que se impregna de lo más negro de la existencia, las contradicciones bajo las que vivimos, lo absurdo de nuestras convicciones y lo difícil que es, muchas veces, seguir respirando.

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Henrique Lage

Mob Psycho 100

Que ONE era un autor especial quedó claro con One Punch Man, una historia que se situaba en los márgenes de la parodia de los superhéroes con su particular ennui. Mob Psycho 100 es también la historia de un personaje de poder casi infinito con una salvedad: la negativa a usarlo. Las particularidades psíquicas de Mob no le hacen mejor que los demás y para él supone un atajo que no piensa coger. Si One Punch Man tenía un protagonista movido primero por la pasión de defender a los demás (y pronto aburrido de su propia superioridad), Mob Psycho 100 ni tan siquiera pretende hacer uso de sus poderes o entrenarlos: prefiere unirse a un grupo de fisioculturismo, centrarse en los estudios y parecerse más a su hermano. Decía Foster Wallace: «Atesoro mi regularidad. He empezado a pensar que es mi mayor activo como escritor. Que soy casi como todos los demás». El estudio Bones no ha tenido aquí la suerte de partir de una obra tan definida como la de Yusuke Murata sino que ha cubierto la pantalla de trazos irregulares, nerviosos y luminosos para la acción y diseños sencillos para los momentos más cotidianos. El resultado es una serie con muchas ganas de girar el dial al 11 pero con un renovado optimismo y algunos de los personajes más divertidos del año.

Hamilton: the musical

Aunque bien podría entrar como lo mejor del pasado año, ha sido este donde he encontrado tiempo para escuchar (¡múltiples veces!) el álbum que ha se ha propagado a lo largo de la cultura popular tan rápido que ya bien podría ser una obviedad. Referencias cruzadas entre raperos, hechos históricos, una plantilla para entender el juego político (ambiciones, temores, peligros) y juguetonas ideas dramáticas se dan cita en un proyecto de pasión. Sea escuchando la banda sonora que narra la historia de principio a fin, sea la nueva Mixtape, la esencia es la misma. Una historia de inmigrantes ambiciosos, sobre estar a la altura de las circunstancias y sobre qué clase de legado queremos dejar al mundo. Un pequeño rayo de esperanza en tiempos aciagos.

Stephen Colbert’s Live Election Night Democracy’s Series Finale: Who’s Going to Clean Up This Sh*t?

Si ha habido un momento este año que ha representado el reventón de una burbuja de realidad tenía que haber sido en directo y tenía que incluir a Trump. Stephen Colbert anunció su programa especial para la noche de las elecciones con el nombre de Who’s Going To Clean Up This Sh*t?, dando por sentado que, cual fuera el resultado, la campaña electoral había abierto muchos frentes sociales y dañado algunos de las garantías de su sistema. En el momento en que Colbert recibe por pinganillo la noticia de que Trump ha ganado Florida, el programa empieza a irse al traste. Ante una audiencia de universitarios de Columbia cada vez más tensa, Colbert entrevistaba a los co-editores de Bloomberg Politics, Mark Halperin y John Heilemann, en busca de respuestas a lo que estaba pasando. Halperin contestaría con alarmante seriedad: «Aparte de la Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial, e incluyendo el 11-S, éste puede ser el acontecimiento más catastrófico que el mundo ha visto nunca». En el cierre del programa, la cómica Jena Friedman confiesa sentirse «como si fuera a dar a luz a un bebé que ya está muerto». Un programa de humor político donde a todos se les queda la sonrisa congelada. Eso ha sido 2016.

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Chiconuclear

Nonagon Infinity, de King Gizzard & The Lizard Wizard

Encuentro algo irresistible en el hecho de que el octavo disco de King Gizzard, el disco número 8, sea un bloque de sonido pensado para ser reproducido en bucle: el infinito del título, el ocho tumbado, se refleja en la manera en que las canciones se suceden sin pausa, ligadas unas con las otras, hasta que llega la última y, reproducción digital mediante, el disco continúa donde empezó. La segunda canción es una extensión de la primera igual que la primera es una extensión de la última. Es una idea, casi una broma, tan simple que es cómico que haya sido un grupo como King Gizzard, tan fácil de asociar con sus referencias anacrónicas (el garage, la psicodelia, el folk, el jazz), el primero que haya grabado un disco como este, que le da un uso sorprendente a una función común a todos los reproductores de CD y de mp3 del mundo. Me gusta la manera en que King Gizzard convierte estas ocurrencias en discos conceptuales: cuatro canciones de once minutos y once segundos, una colección olvidada de canciones pop grabadas con instrumentos acústicos, la banda sonora de una radionovela del oeste. Por el camino, mientras experimentaban con las formas, King Gizzard se han convertido en uno de los grupos de rock más imaginativos e interesantes de los últimos años. Tiene mérito sacar ocho discos en cuatro años y mantener a la vez la coherencia y la frescura. El año que viene quieren sacar cinco más. Esa broma también me resulta irresistible.

El texto de contraportada de Te odio, pero como amigo, de Jorge Cremades

El otro día encontré a través de un tweet de Ana Belén Rivero la sinopsis de Te odio, pero como amigo, de Jorge Cremades. Se puede leer en la contraportada del libro. Es un texto impagable, supuestamente escrito por el propio Cremades, uno de los humoristas más en alza del momento. «Uola!! 🙂 Soy Jorge Cremades, y me encanta hacer el amor, ¡digo…, el humor!», arranca la sinopsis. Es la manera más demoledora y radical de comenzar un escrito que he leído en todo 2016: el saludo, la broma forzada, la puntuación delirante, y todo de una manera tan natural que parece que le salga sin esfuerzo. La palabra cuñado, al menos como portadora de la verdad de nuestro tiempo, ha perdido bastante valor, pero creo que podemos estar de acuerdo en que la maestría con la que Cremades la abraza incluso en los rincones más corporativos y de paso de su existencia es tremenda. En paralelo a aquel episodio de <strong<Los Simpson en el que se decidía que el estribillo del himno de la ciudad fuera «Why Springfield? / Why not?», Cremades se pregunta: «¿Quién no ha ligado, se ha enamorado o a tenido novi@ alguna vez?». Esa errata tiene algo para todo el mundo: humaniza a Cremades en la misma medida en que deslegitima su carrera como escritor. Jorge Cremades habría matado a Bill Hicks. El libro parece estar compuesto por «escenas patéticas y divertidas» de la vida cotidiana, la de cualquiera que haya ligado o se haya enamorado o haya tenido novio o novia alguna vez. Jorge Cremades es el Mr. Hyde de The Witness. Remata la sinopsis una referencia a Los Simpson, totalmente fuera de lugar, tan blanca y neutra y sin gracia como la que he hecho yo, pero seguramente menos pedante, menos rebuscada, más cercana a todos. El otro día me topé con un vídeo de Jorge Cremades y me hizo gracia, igual que me crucé con la sinopsis, sin que yo hiciera nada para recibir esa información. Jorge Cremades es un auténtico golem de nuestra cultura, imparable y brutal, y la sinopsis de su libro lo demuestra de una manera más poderosa que cualquiera de sus vídeos. Se suele decir que el libro es mejor que la película (el Vine, en este caso), y otra vez se demuestra que es verdad.

La muerte

El 10 de enero de 2016 murió David Bowie, una de las personas más importantes que habitaban este mundo. Después murió Umberto Eco, y después Alan Rickman, y después Prince, y después Muhammad Ali, y después Gene Wilder, y después Leonard Cohen. Se murió Bud Spencer. George Martin, Keith Emerson, Maurice White, Paul Kantner, Glenn Frey; todos muertos. Más que otros años, la muerte ha ocupado un porcentaje mayor de mis conversaciones y de las que he espiado en Twitter, que se está muriendo, según dicen los expertos. Vine está muerto, por cierto. Me dedico a escribir sobre videojuegos, y creo que la muerte de Satoru Iwata se ha recordado este año más que la de otros maestros que ya no están entre nosotros. Rita Barberá también se murió. La muerte es la principal certeza del ser humano, y por ello es algo que nos une más que cualquier película, videojuego, libro o disco. Este año, hemos visto cómo la muerte se separaba un poco más de su realidad biológica y brillaba con especial fuerza como fenómeno cultural: en Vox explican las maneras en que Harambe unió, enfrentó y confundió a las comunidades más distintas, y estoy seguro de que es fácil encontrar en Twitter chistes muy celebrados sobre cómo alguien era fan de Harambe antes de que fuera mainstream. La muerte nos hace pensar en que es nuestra generación la que tendrá que llenar la lista de muertes de la Wikipedia del futuro, que de momento no pinta bien. 2016 ha sido un año un poco de querer morirse, casi como si tuviéramos envidia de los que se han librado del futuro.

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Grace Morales

Tras varios años de dudas y franjas borrosas, 2016 me ha parecido el lugar donde se ha dado realmente el salto hacia una zona concreta, tanto en lo político, lo económico y lo cultural. Empiezo a ver por dónde se traza el plano. Y sí, es como antes, pero mucho peor. Han triunfado la mentira global, el autoengaño a nivel medio y la ultra violencia en todos los estratos, en el poder, los medios y las relaciones humanas. Nada sabemos de lo que sucede realmente, y tampoco queremos saberlo, todo es un espejismo forjado como autodefensa en cada pequeña zona de confort. Las luchas de género están quedando en anécdotas de redes sociales, las mujeres no están en primera línea de los nuevos partidos ni de las nuevas propuestas culturales. La izquierda española tiene una oportunidad única y la desaprovecha, peleando por sus intereses particulares e insultándose en Twitter, como si estuviese en una lista de Yahoo de los noventa, o peor, en un grupo de la movida (no sé si uno de tecno pop o de RRV… no, ¡es uno de electroclash!). Los pobres seguimos siendo los mismos. Odio la nostalgia. No debí releer a Schopenhauer estos días. Pero es que detesto a Žižek, me parece un fullero, como casi todos los artistas/vendedores de este tiempo. Dicho esto, aquí están mis elecciones:

Blackstar, de David Bowie

No puedo soslayar el hecho, creo el más relevante en lo social de este año. La muerte se ha convertido en 2016 en una celebración indecorosa a través de las redes sociales, supongo que con buenos réditos para las empresas que las gestionan, y un poco sorprendente, dado lo poco que se habla de este tema fuera de Internet, así como del suicidio, el trabajo o el dinero, que deben existir, pero no conviene mencionar. La muerte de los famosos se banaliza e imagino que con ella se conjura el miedo a nuestra propia muerte con esas demostraciones plañideras o textos copypaste de comentaristas culturales de guardia 24h. Pero ese 10 de enero, cierta parte del mundo que como yo había crecido con Bowie desde la infancia, que gracias a él se transformaron en otra cosa que mis padres no querían y contemplaron horrorizados, y era consciente de que debía parte de lo que es a Bowie, se juntó ese lunes y lloró al mismo tiempo por la pérdida, por primera vez creo que de forma sincera, sin chistes ni discusiones. El disco, programado para salir poco antes de la muerte del artista, se elevaba como un monumento luminoso en el apagón final. Me gustó el riesgo de Blackstar, sus mensajes de despedida y las alusiones sobre la mortalidad, la bella conexión con la canción de Elvis, la invocación de mitos personales y ritos iniciáticos desde el jazz experimental, cerca del estilo de Kendrick Lamar y el caos sónico. Su interpretación de Lazarus le sitúa lejos de todo, como un rey que se eleva sonriendo.

Pregón de Javier Pérez Andújar para las Fiestas de la Mercé de Barcelona. (22 septiembre, Saló de Cent)

Me es completamente ajena la situación política de Cataluña y sus debates sobre la independencia. Las autoridades del ayuntamiento de Barcelona me merecen la misma consideración que las de Madrid; la misma que me merecen las autoridades en este terreno, o sea, ninguna. Asistí a la bronca en los medios y el linchamiento a Javier Pérez Andújar como, de nuevo, quien lee un hilo de Twitter o los comentarios del personal en un periódico. El hecho mismo de que Javier leyese un pregón echaba para atrás, pero el texto está para mí entre lo mejor del año porque, por primera vez, se enumeraban con respeto a todas aquellas personas y colectivos de Barcelona que jamás habrían sido mentados en un lugar tan encopetado como ese, salvo para una querella o un embargo. Javier recordó a las figuras del cine, la literatura, la vida social y, en general, a la gente que ha creado Barcelona, desde los autores de la novela pulp, los dibujantes y guionistas de tebeos, las revistas de música y cultura underground, los cantantes pop, los grupos punks, los kioscos, los obreros y los barrios, los rumberos y las mujeres artistas, empezando por Cassen y terminando con El Gato Pérez. Fue algo tan increíble, tan avasallador en las palabras de Javier, sin necesidad de discurso ampuloso ni retóricas vacías, que los que no somos de Barcelona, nos sentimos catalanes y muy orgullosos. Dicen que todo eso forma parte del pasado y no representa la situación actual. Bueno, yo siempre he sido un anacronismo, y ahora más, por lo tanto… No entiendo nada sobre estas cuestiones, pero creo que así se hacen las patrias. Y con la herencia de Bruguera y Javier Pérez Andújar, desde luego.

American Smoke, Viajes al final de la luz. Iain Sinclair (Alpha Decay)

Tengo una larga lista de libros que me han gustado mucho este año, la mayoría no publicados en 2016. Pero me gustaría mencionar el debut, entre naïf y terrorífico, de Mariana Enriquez (Las cosas que perdimos en el fuego, Anagrama) y la deslumbrante rescritura de la historia de las ideas, la filosofía y la cultura pop que ha hecho Colectivo Juan de Madre en El Barbero y el Superhombre (Aristas Martínez). Creo que es el autor más importante de la ficción actual en España, después de esta novela y las anteriores. Pero esta obra de Sinclair, de quien soy fan devota, me llegó al corazón por su ejercicio de re-exploración del territorio, de volver a ponerse en la ruta ya conocida de sus mitos literarios, los autores de la Generación Beat, y encararlos en el tiempo presente con los hechos de su vida, cruzándolos con sus pasos y vivencias. Los fantasmas de Kerouac, Snyder, Burroughs, Corso… hablan a través de las presencias de Dorn, los versos de Olson y Malcolm Lowry, mientras dos Williams, en los límites del espacio y el tiempo, Gibson y Blake, le ofrecen las claves, no solo del origen de la literatura, sino de la propia tierra anglosajona, ahora que estaba hablando de naciones. Un libro ejemplar, que tiene esa rara cualidad de ofrecer inspiración, consuelo y humor.

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Mike Remacha

Vivimos en un mundo teñido de infinitos tonos de gris. Por eso, cuando intentamos dilucidar si algo es blanco o negro, sin tonos intermedios, nos frustramos. Y eso es lo que busca el verdadero arte. O al menos, es lo que buscamos los curiosos: que el arte nos coloque ante la frustración, ante los tonos intermedios, que sólo pueden encontrarse en lo irreductible.

El escuadrón suicida, de David Ayer

No todo en esta vida es bueno o mediocre. A veces las cosas salen mal. Tan mal que acaban siendo destacables. Por ejemplo, El escuadrón suicida. Sería fácil enumerar todo aquello que hace mal, pero acabaremos antes diciendo lo que sí hace bien. Arriesgarse a hacer algo diferente. Porque, si bien es un desastre, merece la pena ser vista por haber tenido el valor de intentar algo fuera de la norma.

History of Japan, de Bill Wurtz

Youtube es el medio contemporáneo que más rápido ha conseguido encontrar su lenguaje. A cambio, es el más mediocre de todos. Por eso la creación de este vídeo debería sustituir al 11S como elemento que auspicia el nacimiento de una nueva era. La era de los millennial. Pues, si quieres considerarte parte de esa generación, primero tienes que dominar el lenguaje de este vídeo.

Nintendo Switch

Quizás la fecha de salida sea Marzo de 2017. Pero eso no quita para que, desde antes de su anuncio, ya copara infinidad de conversaciones. A continuación, ya anunciada oficialmente, nos preguntamos cómo habíamos podido vivir sin ella. Y, si esto sigue así, el día de su salida acabará pareciendo una huelga general a nivel mundial. Motivo más que suficiente para que, pase lo pase entonces, ya sea de lo mejor que nos ha ocurrido durante el 2016.

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Jesús Rocamora

Cuéntame noventa y nueve cuentos

Por encima del auge de las misery memoir de estrellas del rock que hemos vivido tras el fenómeno James Rhodes y por encima también de un titán como Ta-Nehisi Coates, que ha saltado a Marvel en el año de la victoria del supervillano Trump, este 2016 pertenece, por derecho propio, a Lucia Berlin y su Manual para mujeres de la limpieza, un rescate editorial que va más allá de lo literario (y yo soy de los que piensa que sus cuentos deberían enseñarse en las escuelas) para destapar a una autora de vida apasionante. Pero Berlin también ha permitido que los críticos cipotudos, tan acostumbrados a chuparse las pollas entre ellos, pongan los ojos en otras cuentistas magistrales como Lydia Davis, Kelly Link, Lorrie Moore y mi amada Joy Williams, que este año ha publicado el irreal, gamberro a su manera y oscuramente divertido Ninety-Nine Stories of God, además de seguir acumulando elogios por su fundamental colección de relatos The Visiting Privilege (del que servidor está trabajando en una edición en castellano) y de recibir el PEN/Malamud Award for Excellence in the Short Story.

Fuego camina conmigo

En mi top de videojuegos de 2016 incluiría Dishonored 2, Inside, Pokémon Sol/Luna, Dark Souls III y Firewatch. Porque, ¿qué puede salir mal cuando tu compañía se llama Campo Santo? En concreto, me maravilla la manera que tiene Firewatch de contar y dosificar su historia en el marco de eso que hemos llamado «simuladores de paseos», tocando, entre otras teclas, el suspense, el drama ecológico, un romance fallido y los aspectos menos publicitados de una relación, como la erosión de una pareja a causa de la enfermedad. Con el mapa en una mano, el walkie-talkie cargado de conversaciones en la otra, y siempre caminando a nuestro ritmo (y benditos sean por siempre los programadores que nos dejan marcar el ritmo), lo que se despliega entre medias es un parque natural de colores planos, atardeceres pastel y caminos ocultos que ya querría para sí el también estimulante, pero gráficamente soso, The Witness.

Habría votado a la derecha por ti

Triangulo de Amor Bizarro es el tipo de grupo al que La Felguera debería dedicarle un monográfico y este Salve discordia es la culminación de un enigmático y monumental jardín donde, como arbustos salvajes, se confunden la sabiduría popular y las frases de tu madre, las referencias políticas y las venganzas personales, el ocultismo y las sociedades secretas, la cultura de los salones recreativos y la España de la puñalada trapera y el arroz con conejo. Algunas reflexiones muy poco originales al respecto: ¿Menos es más? ¿Incluso cuando hablamos de levantar un muro de sonido? ¿Es este ese tipo de disco que va-directo-al-grano? Sí, sí y definitivamente sí. Aquí las estructuras son más clásicas (ecos setentas y ochentas, de Black Sabbath a The Cure, entre los nubarrones de noise noventero) y se les entiende mejor que nunca: Isabel Cea y Rodrigo Caamaño cantan sin vergüenza y el oyente se hincha como un pez globo al escuchar las melodías que arropan declaraciones como «me gustabas más cuando no hablabas, cuando no me pedías nada», «la ciencia es mentira (sin ti)», «guarda los huesos de tus amigos, arrójalos al fuego para que puedan hablarte y fingir que están vivos» y, sobre todo, «habría votado a la derecha por ti», lo cual es una posverdad como un templo y la mejor declaración de amor posible en este 2016 que pide a gritos despeñarse por un barranco.

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Diego Salgado

Neoclasicismo digital

De Carol a Aliados, pasando por Zootrópolis, Infierno azul, Sully o Marea negra, 2016 se ha erigido en escaparate de unas formas renovadas del clasicismo cinematográfico que han tenido como cómplices insospechadas las herramientas digitales. Tras un periodo de burbuja en el que estas fueron utilizadas como el juguete nuevo de un niño rico, hasta auspiciar imágenes vistosas lindantes con la abstracción, una mirada más reposada, y la frágil coyuntura en que se halla hoy por hoy la industria del cine norteamericano, se han conjugado para apostar por géneros tradicionales vía una depuración de lo figurativo en la que ha tenido mucho que ver el recurso a lo virtual. La citada Aliados, una de las propuestas más bellas del año, da cumplida muestra de ello. Ya su primer plano –digno de una intro de videojuego o una cinta de animación digital–, al que suceden los continuos cromas empleados para ambientar las peripecias de sus protagonistas en la Marruecos y la Londres de la Segunda Guerra Mundial y otros muchos aspectos, especulan con el hechizo audiovisual de Casablanca (1946) o Encadenados (1946), aunque con una conciencia muy lúcida: invocar el aura de los clásicos, su concepción del simulacro como forma suprema de verdad, no puede suponer apelar a su clonación, sino a la reinterpretación de su alquimia en base a una estética/sensibilidad plenamente contemporáneas, problemáticas. El efecto resultante no es nostálgico, sino de una melancolía cargada de futuro.

El libro

Hace tres o cuatro años, debatía con Tonio L. Alarcón en torno al estado de lo impreso, y, frente a mi apreciación de que lo digital barrería antes que después con ello, él se mostraba más cauto. El tiempo ha demostrado que Tonio tenía razón. Los medios publicados en papel, revistas y libros, pasan sin duda por una crisis grave; más aún, por una mutación traumática sin precedentes, dada la supremacía de Internet. Pero las propuestas surgidas en este último ámbito no han sabido monetizar hasta la fecha sus contenidos y, especialmente en el ámbito cultural hispano, se suceden las cabeceras incapaces de perdurar más allá de una etapa inicial consagrada a la locura del hype y el clickbait. Mientras, editoriales de revistas y libros impresos prosiguen aunque sea a tropezones su camino, y vienen a sumarse a ellas nuevos aventureros, cuyo talante bullicioso y desinhibido vigoriza la actividad de publicar. A nivel personal, 2016 ha supuesto además mi reencuentro con el libro, o, mejor dicho, con la lectura en profundidad y durante varias horas diarias; hábito que, en los últimos tiempos, había sustituido por el hojeo espasmódico y utilitarista a que nos ha acostumbrado el uso de Internet. Sí, he podido comprobar de primera mano que el viejuno Nicholas Carr tiene toda la razón.

La fe

Quién iba a decirnos que un presente como el nuestro, asfixiado por la displicencia intelectual y la paranoia ideológica, sería capaz de propiciar artefactos tan tortuosos como Hasta el último hombre, de Mel Gibson, y Silencio, de Martin Scorsese. Dos películas refractarias a la desvergüenza líquida en que chapotea hoy por hoy la prescripción sociocultural; que nos incitan a atravesar el espejo de la inteligencia y los credos configurados por nuestro medio ambiente –al que nos gusta creernos enfrentados desde la comodidad más absoluta–, para abismarnos en el universo de lo Otro, de un orden extraño de certidumbres y razones que nos obliga a cuestionar la pertinencia de nuestros dogmas. Es lo que les sucede a Desmond Doss (Andrew Garfield) cuando salta de su Virginia natal al campo de batalla en Hasta el último hombre, y al padre Rodrigues (¡de nuevo Andrew Garfield!) cuando Japón le muestra su impenetrable faz budista en Silencio. Ambos habrán de reformular su fe –o, quizá, la pérdida de su halo– en clave de mera lumbre capaz de brindar algo de calor a sus propios corazones, sumidos ya para siempre en las tinieblas. Porque la verdadera fe, con el calvario y el sacrificio íntimos que ello conlleva, se deriva de constatar, como se escucha en otro estreno de este año con las creencias como argumento espinoso –Las inocentes, de Anne Fontaine–, el paso inexorable de ser «un niño, que se siente seguro aferrando la mano de sus mayores» a ser un adulto «perdido en la oscuridad porque su padre se ha desvanecido, que llora pero no recibe respuestas, que acepta llevar a cuestas la cruz de un vacío (…) La fe la constituyen veinticuatro horas de duda, y un segundo de esperanza». No hace falta ser cristiano para experimentar la misma sensación todos los días.

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Germán Sierra

Pokémon Go!

«Una ciudad es un mundo cuando se ama a uno de sus habitantes», escribió Lawrence urrell, pero hacía ya tiempo que nuestras ciudades habían dejado de ser mundos. Pokémon Go nos ha reconciliado con la geografía urbana, nos ha reinscrito a la vez en el mapa y en el territorio, nos ha devuelto la ilusión de salir a pasear por las calles, como flâneurs portadores de nuestro propio miniescaparate, con la esperanza de tropezarnos con algo —casi escribiría con alguien— que pueda merecer nuestra atención.

Caníbal chic

Al menos tres películas estrenadas en 2016 apuntan a que la recuperación poética del viejo arte de comernos los unos a los otros no es casual: The Neon Demon de Nicolas Winding Refn es la que ha conseguido más referencias críticas y más público, pero Raw de Julia Ducournau y The Bad Batch de Ana Lily Amirpour son, en mi opinión, todavía más interesantes. La estética «caníbal chic» podría ser una moda pasajera como lo fue el heroin chic en las revistas de moda de principios de los 90, aunque a mí me parece más bien una metáfora recurrente de la confusa condición socio-estética del Antropoceno.

The 3D Additivist Cookbook

Desarrollo teórico-práctico del manifiesto aditivista, el recetario aditivista es un extenso libro elaborado por Daniel Rourke y Morehshin Alahyari en el que he tenido el gran honor de colaborar junto a más de 100 artistas y teóricos de todo el mundo. Se trata probablemente del mejor catálogo de propuestas artísticas post-digitales publicado hasta el momento, y puede descargarse gratis aquí.

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John Tones

El regreso del punk

Sí, estamos de acuerdo, es ridículo sacar esto a colación precisamente este año, cuando: a) la novísima ola de punk español lleva ya unos años en funcionamiento, y hasta su raíces más inmediatamente rastreables (sin ir más lejos: los fundamentos de los mayúsculos Rata Negra están en Juanita y Los Feos) tienen ya su buen lustro y pico; b) Sudor, posiblemente la mejor banda punk española de los últimos años, dio recientemente su concierto de despedida… que también sirvió para celebrar con la autoedición de un single toda una década en la carretera; y c) el punk en España nunca se desvaneció del todo: en los noventa el hardcore catalán se encargaba de mantener furiosa la vertiente más espinosa del punk, y en los dosmiles la oleada de rockeros garagistas y malasañeros de Madrid reformulaban los preceptos de los ochenta y allanaban el camino para lo que vino poco después… que es una gozosa reivindicación de unos sonidos toscos y sin domesticar de hace treinta años. Pero yo he podido escuchar durante todo el año punk de altísima calidad, mis discos favoritos son del género (encabezados por Su nombre real es otro de Futuro Terror), se confirma un circuito de salas y tiendas casi consagradas al género, se editan monografías sobre el tema como la enciclopédica Punk, pero ¿qué punk? de Tomás González Lezana y las resurrecciones de grupos míticos están a la orden del día con muy satisfactorios resultados. Quizás 2016 no sea el año por excelencia del género en España, pero estoy convencido de que en el futuro lo recordaremos como uno muy destacable.

The Love Witch

Por supuesto que este homenaje de Anna Biller al cine exploit de amas de casa satánicas de los setenta no es la mejor película de 2016. Ni siquiera es una película redonda. Pero representa como pocas un «lugar feliz» para mí del mismo modo que lo representaron el asfixiante terror carnal y sintetizado de It follows o la meditabunda reflexión del horror puro de The Witch, mis anteriores películas del año. The Love Witch es agresiva, feminista y contradictoria, como lo son todas las tesis con un poso de inteligencia y honestidad, visualmente es brillante, está escrita con sencillez y mala baba y, sobre todo, supone la culminación de un tipo de cine que Biller está tramando desde sus primeros cortos. The Love Witch exige al espectador que esté familiarizado con ciertos códigos estéticos no muy en boga hoy (y que aparentemente chocan con su mensaje sobre la liberación de la mujer), pero es una de las películas más modernas del año. Solo por eso ya merece la calificación de Película de Terror de 2016. Aunque sea una comedia. Porque es una comedia.

DOOM

Como soy muy de postureo, cuando me toca escoger entre los mejores videojuegos del año me voy siempre a lo indie. Por principios, porque es con lo que más tiempo paso al año y porque creo que, honestamente, en bloque son mucho más notorios que los grandes lanzamientos. Pero este año me quedo con DOOM porque no se le ha dado suficiente amor, y las ventas me dan la razón: su recuperación de unas mecánicas clasiquísimas, casi trogloditas en su obcecada sencillez, son lo más atrevido del año. Demostrar que tiene sentido ante mecánicas emergentes e historias que se bifurcan en mil posibilidades, plantar al jugador ante una prueba de velocidad, valor y reflejos que se repite una y otra vez, incrementando sl desafío y sumando capas de profundidad a base de añadir elementos, es una propuesta interactiva valiente y notoria. Quizás es que el pasado de los videojuegos me parece más interesante que el presente, pero mientras haya úteros de Satanás tan bien urdidos como DOOM, no necesito nuevas generaciones.

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Sebastián Torrente

Mob Psycho 100 – ONE, Yuzuru Tachikawa, Studio Bones

Que la serie con la mayor cantidad, densidad y variedad de cortes de animación espectaculares de este año sea una serie sobre la amabilidad es poco menos que un milagro necesario. Vale, sí, también hay psíquicos, estafadores, conspiraciones para dominar el mundo y cultos en torno a la risa floja. Pero ONE es capaz de tejerlo todo en torno a la misma idea: la amabilidad y la ternura merecen la pena incluso si el resto del mundo te presiona para que interactúes con él sólo mediante la agresividad. En un mundo en el que la ficción televisiva «sé un cabrón y un badass» todavía es algo que nos quieren vender como rompedor, el modelo de masculinidad que representa el pequeño Mob es necesario. Mob es inseguro, frágil, ingenuo hasta la comedia. Pero también capaz de los mayores actos de empatía y altruismo. Así que un brindis por la animación al servicio de la ternura.

[Mob Psycho 100 esta disponible desde Crunchyroll aquí. Ivrea esta publicando el manga actualmente.]

JoJo’s Bizarre Adventure, Parte 4: Diamond is Unbreakable – Hiroiko Araki, Yuuta Takamura, David Productions

Hay algo en Diamond is Unbreakable que resulta familiar, una sensación de situación como no ha habido en JoJo’s hasta ahora. Sigue siendo JoJo’s, así que desde cazar una rata hasta el piedra papel tijera se lleva a extremos más grandes que la vida. Pero las peleas abstractas, las poses y la búsqueda de elusivo asesinos en serie se alterna con tardes perezosas de verano, visitas a ese restaurante nuevo que han abierto y los encuentros ocasionales con el terror suburbano. Ver por fin este arco adaptado a anime ha sido una de las alegrías de este año y esperamos con ganas las sagas por venir. Hasta entonces, dejad que éste sea el homenaje de The Sky Was Pink a aquel extraño verano de 1999.

[Diamond is Unbreakable se puede ver desde Crunchyroll aquí.

2016 – Todos nosotros

Ya, ya, un año es una unidad arbitraria de tiempo. Pero pasemos por un momento de la pedantería sobre lo obvio. Este ha sido un año muy fúnebre y prueba de que sí, el Siglo XX se muere y lo que consideramos (considerábamos) el mundo en el que vivimos se va. Demasiados eventos de los de no querer levantarse de la cama, señales políticas funestas y momentos más que suficientes para darse cuenta del escaso valor real del zasca y la sátira. Lleno de encuestas y análisis que ahora parecen mentiras que nos contábamos para sentirnos mejor. No se me ocurre ninguna reflexión que sea útil ni que no suene a lo que nos hemos dicho constantemente durante años. Sólo que nos acordaremos de la coletilla de maldecir 2016, espero que desde tiempos mejores.

[2016 dejará de estar disponible a partir del 1 de Enero. Menos mal.]

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Borja Vargas

El mainstream no está cambiando: este año ha cambiado.

La cultura millennial

Hay dos definiciones básicas de millennial: cualquiera de los nacidos desde principios de los 80; o los nacidos a partir de mediados de los 90. Ambos tienen en común el haber crecido con las nuevas tecnologías, pero los del segundo grupo apenas han conocido el mundo pre-internet. Los primeros se han adaptado, a los segundos nos tenemos que adaptar. Su cultura (la tercera persona me delata) es diferente, sus conceptos, sus objetivos, sus medios. Su ocio. La música que mezcla hedonismo, post-romanticismo y vulgaridad. Los héroes son héroes del pueblo. La moral, entre tradicionalista y libertina; la ética del momento. Todo es distinto. Y todo ha llegado este año, por fin, a las portadas de los medios de masas. La cultura millennial no está aquí para quedarse, ¡cambia tan rápido! Pero sus futuras formas seguirán siendo suyas y lo irán dominando todo, así que más nos vale, si no entenderlo, al menos aceptarlo.

El triunfo del feminismo

Pese a tantas predicciones y valoraciones pesimistas, en 2016 el feminismo ha ganado la guerra cultural. Porque la superioridad moral de los feminismos es, ya, lo políticamente correcto. Y lo políticamente correcto reigns, ahora también más allá de los Estados Unidos. Desde un montón de gente sensata peleando cada uno a su manera hasta las aberraciones esencialistas de Barbijaputa, pasando por los aún masivos machismos de distinto grado y tipo, orgullosos de serlo pero públicamente señalados por retrógrados, la lucha por la igualdad permea por fin toda la cultura, toda la política de masas.

Ese momento feliz

Vivimos siempre inmersos en grandes tendencias de este tipo. Eso y las pequeñas cosas de cada cual van haciendo la vida. Que cada uno recuerde ahora un momento que le hizo feliz delante de un papel o una pantalla o unos auriculares. Una pequeña cosa mía de 2016: disfruté mucho de un plano precioso que James Wan creó en The Conjuring 2. Un demonio que posee a una niña permite que se comuniquen con él, a cambio de que se giren mientras habla para que no puedan comprobar si es un truco. La profundidad de campo disminuye y al fondo, borroso, con el tiempo casi detenido mientras dura la conversación, la niña endemoniada parece transformarse en su captor, sin que sea posible confirmarlo. Ya ensayó algo similar Wan en la primera parte de la saga, con aquellas manos que salían de un armario difuminado para aplaudir y helar la sangre del respetable. Pero aquí lo lleva a alturas de maestro de la narrativa fílmica clásica, acompañado de un metraje repleto de brillantes juegos de oscuridad. Y esas cosas le ponen a uno contento, sea el año que sea.

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Pablo Vergel

Cisne Negro #1

23 Junio 2016: Fruto de una crisis interna dentro del Partido Conservador británico, se convoca en el Reino Unido un referéndum para plantear la salida o permanencia del país de la Unión Europea. La idea detrás de este plebiscito es más un órdago para acallar a ciertos sectores díscolos internos y atajar el auge del populismo del UKIP, que algo que el Partido Conservador verdaderamente quisiera plantear. Los partidos mayoritarios, los medios, las encuestas e incluso la historia parecían estar de lado de que UK, a su manera, siguiera siendo miembro pleno de la UE. Pero algo salió mal. Una amalgama de sentimientos que se pueden resumir en un nacional-romanticismo, xenofobia, y antiglobalización acaban cristalizando en un voto masivo por parte de colectivos de la parte superior del rombo poblacional y de las zonas rurales y postindustriales que diciendo que «NO» a Europa, un proyecto burocrático lleno de imperfecciones, tratan de decir «NO» al Mundo que se nos viene encima. Retorno a Hobbiton.

Companion: Hijos de los Hombres (2006)

Cisne Negro #2

25 Junio 2016: «El fin de la Vieja Política», «un nuevo tiempo», «el desmorone del Régimen del 78» o «políticos con rastas». Todos nos llenábamos la boca ante la inmediata irrupción en el Gobierno de la Nación de una coalición liderada por Unidos Podemos que, según absolutamente todas las encuestas tras haber asimilado a IU, iba a consolidarse como la segunda fuerza política de España, obligando al PSOE a regañadientes a pactar para gobernar (luego entendimos que ese escenario era también otra quimera). De las plazas del 15M a la Moncloa en 5 años. No era el Asalto a los Cielos que se llegó a aventurar cuando arreciaba la crisis y los partidos tradicionales entraron en barrena, pero nos valía. Pero no, no pasó. La Noche del Millón de Votos Evaporados se consumió y nos vimos abocados a un Rajoy y un PP que incluso mejoraban sus resultados. Y esto sólo fue el teaser de que estaba por venir: el autosabotaje del PSOE por sus barones regionales y la consagración de una PseudoGrosseKoalition que deja a Podemos como ese partido coco, tan funcional al establishment y que está a punto de convertirse en un Izquierda Unida Plus irredento, con lo que se restaura y apuntala ese Régimen del 78 que encara el futuro mucho más sonriente y optimista.

Companion: Política: Manual de Instrucciones (2016)

Cisne Negro #3

8 Noviembre 2016: Todos nos temíamos la victoria de Trump pero aun así no dejó de sorprendernos. Estamos hablando de un personaje sin ningún tipo de experiencia política, que había lanzado por el retrete el manual de estrategia política y decidió dirigirse a un nada desdeñable segmento de la población norteamericana para decirles lo que querían escuchar, dejando de lado cualquier atisbo de racionalidad. De nada sirvió contrastar que la economía americana presenta un desempleo bajísimo (existe una alta desigualdad pero miren las cifras de paro de 2008), que existe un crecimiento sostenido, que la emigración es objetivamente necesaria para el desarrollo económico americano o que la economía estadounidense es una de las ganadoras de la globalización (esto no es óbice para que haya habido grandes víctimas de la misma, como ciertos estados desindustrializados donde ha acabado ganando Trump), etc… Todos esos mensajes han sucumbido ante el aullido de Trump que ha sabido catalizar un descontento, más cultural que económico, de una Gran Minoría Blanca que ve diluir su posición en un mundo cada vez más complejo y globalizado. Y ahora un personaje de reality show, tiene acceso al maletín nuclear.

Companion: Ciudadano Bob Roberts (1992)

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One thought on “Perdidos en un tiempo de otro mundo. Lista (de listas) del 2016”

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