Autor: Álvaro Arbonés

  • To all tomorrow’s parties. Una lectura crítica de Nacho Vigalondo

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    Hasta tal pun­to no aca­ba nun­ca Halloween que cuan­do ya se creía aca­ba­do apa­re­ce una pie­za más, una pe­que­ña jo­ya es­con­di­da, que has­ta en­ton­ces no ha­bía apa­re­ci­do. No quie­ro alar­gar­me más, así que aquí les de­jo con la vi­sión de The Lords of Salem de Nacho Vigalondo pa­ra que des­cu­bran por qué de­be­rían es­tar cons­tru­yen­do ya un al­tar a Satán, si es que no a Rob Zombie.

    Salí del pa­se de The Lords of Salem en el fes­ti­val de Sitges con la sen­sa­ción de que la pe­lí­cu­la ha­bía es­ta­do re­bo­ta­do con­tra un re­cuer­do es­pe­cí­fi­co en mi ca­be­za du­ran­te to­da la pro­yec­ción. Al po­co tiem­po des­cu­brí a qué otra pe­lí­cu­la se pa­re­cía tan­to, has­ta el pun­to de po­der con­si­de­rar­se un re­ma­ke en­crip­ta­do. No se­ría la pri­me­ra vez que Rob Zombie cons­tru­ye una pe­lí­cu­la so­bre el eco de otra, y me re­fie­ro a The Devil’s Rejects, una re­cons­truc­ción per­fec­ta­men­te ca­mu­fla­da de la tra­ma de The Empire Strikes Back.

    La pe­lí­cu­la a la que The Lords of Salem da pa­ta­das por de­ba­jo del man­tel es Twin Peaks: Fire, Walk with me, la pe­lí­cu­la más ex­tra­ña de David Lynch (que se di­ce rá­pi­do), una pe­lí­cu­la des­pe­cha­da ca­si uná­ni­me­men­te en su mo­men­to, pe­ro a la que el tiem­po le es­tá ha­cien­do bri­llar, otor­gán­do­le el ra­ro es­ta­tus de obra de cul­to to­tal, que es aque­lla que has­ta se atre­ve a ten­sar la re­la­ción con el fan­dom ini­cial­men­te más con­ven­ci­do. Y de la mis­ma ma­ne­ra que Fire, Walk with me re­sul­tó un de­sa­fío pa­ra el twin­pea­ker más con­ven­ci­do, The Lords of Salem tam­bién es­tá re­sul­ta­do es­qui­va pa­ra el fan fa­tal de Rob Zombie.

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  • La casa de los 1001 cadáveres. Un oscuro epílogo de Xabier Cortés

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    Halloween no aca­ba nun­ca, y por ello aun­que ha­ya lle­ga­do a su fin no­so­tros se­gui­mos ali­men­tán­do­lo. ¿Se pre­gun­tan que fue de la se­gun­da par­te del es­pe­cial, aque­lla en la que ha­bla­ría­mos de Rob Zombie to­dos en co­mu­ni­dad? Ya sa­ben que pa­só: us­te­des no acu­die­ron a la lla­ma­da y por ello se can­ce­ló; no ha­bía na­da que mos­trar, ¿pa­ra qué dar ex­pli­ca­cio­nes? Pero hu­bo una per­so­na, só­lo una per­so­na, que sí con­tes­tó y, por ello, se me­re­ce la ex­pli­ca­ción y el mi­nu­to de glo­ria que no pue­do pro­por­cio­nar­le pe­ro sí in­ten­ta­ré dar­le. Va por ti, Dulcemorgue.

    Mis pa­sos de­vo­ran el pol­vo­rien­to y si­nuo­so ca­mino ha­cia la des­ven­ci­ja­da ca­sa de Otis y sus hues­tes. Otra vi­si­ta más. Expectante por el ma­ca­bro show cu­yos de­ta­lles es­ta­rán aho­ra mis­mo ul­ti­man­do. Ya sien­to mi res­pi­ra­ción ace­le­ra­da y no si­quie­ra soy ca­paz de ver la ca­sa. El olor —siem­pre co­men­tá­ba­mos que el olor de­la­ta­ría los jue­gue­ci­tos de esa jo­di­da fa­mi­lia— el olor es­pe­so lo po­see to­do en es­te pa­ra­je. El olor a muer­te es evi­den­te y se con­vier­te en em­bria­ga­dor se­gún nos va­mos aden­tran­do más y más en los te­rre­nos de la fa­mi­lia. Ahí es­tán, es­pe­ran­do en la puer­ta. Parece que soy de los úl­ti­mos en lle­gar, veo ca­ras co­no­ci­das de otros años. Estoy se­dien­to y aquí apa­re­ce Baby ofre­cién­do­me al­gún du­do­so bre­ba­je, a sa­ber qué ha­brá es­ta­do ha­cien­do con él, mal­di­ta ninfómana.

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  • Un montón de hojas muertas. Un terrorífico cuento de otoño.

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    A lo lar­go de es­te año he pu­bli­ca­do un re­la­to de am­bien­ta­ción ve­ra­nie­ga («Ice Cream Juggernaut») y otro de cor­te in­ver­nal (nun­ca me­jor di­cho; «Snowflake Massacre»), y muy pron­to sal­drá a la luz un ter­ce­ro ins­pi­ra­do en los en­can­tos de la pri­ma­ve­ra («Bloodroot»), to­dos co­mo par­te de una se­rie de an­to­lo­gías or­ques­ta­das por la edi­to­rial ame­ri­ca­na Static Movement. Por des­gra­cia, la com­pi­la­ción co­rres­pon­dien­te a mi es­ta­ción fa­vo­ri­ta del año ya es­ta­ba ce­rra­da cuan­do em­pe­cé a tra­ba­jar con ellos, así que la te­tra­lo­gía es­ta­ba in­com­ple­ta… has­ta aho­ra. La pro­pues­ta de Álvaro pa­ra que par­ti­ci­pa­se en su ya clá­si­co es­pe­cial de Halloween me pa­re­ció la ex­cu­sa per­fec­ta pa­ra es­cri­bir ese cuar­to re­la­to. Y aquí es­tá. Mi cuen­to de otoño.

    UN MONTÓN DE HOJAS MUERTAS
    por Andrés Abel

    Memory heaps dead lea­ves on corpse-like deeds,
    from un­der which they do but va­guely of­fend the sense.
    John Galsworthy, The Forsyte Saga

    El cie­lo era ro­sa, una ver­sión edul­co­ra­da del cre­púscu­lo que en aque­lla épo­ca so­lía acom­pa­ñar­lo de ca­sa al tra­ba­jo, ha­cién­do­le sen­tir tan pe­que­ño co­mo un ni­ño lle­va­do a ras­tras por un adul­to. Aquella tar­de la bó­ve­da gra­na­te de los úl­ti­mos días ha­bía de­ci­di­do tra­ves­tir­se en al­go­dón de azú­car, in­vir­tien­do los pa­pe­les de la ce­le­bra­ción que to­ma­ría las ca­lles tan pron­to co­mo el sol ter­mi­na­ra de po­ner­se: en­ton­ces se­rían los ni­ños quie­nes se trans­fi­gu­ra­sen, y quie­nes ti­ra­rían ex­ci­ta­dos de las ma­nos de sus acom­pa­ñan­tes. En cual­quier ca­so, él ya no era un ni­ño, ni te­nía nin­guno a su car­go, y sa­bía que aque­lla no­che no se­ría pa­ra él dis­tin­ta de la an­te­rior o la siguiente.

    («¡Uac, uac!», gri­tó un cuer­vo des­de los árboles).

    Le lle­va­ba ca­si me­dia ho­ra atra­ve­sar el pa­seo de la ala­me­da has­ta la fac­to­ría de la Silver Shamrock, pe­ro se ale­gra­ba de po­der ir ca­mi­nan­do, ha­cien­do cru­jir el sue­lo ba­jo sus bo­tas de fae­na. Las ho­jas se­cas cu­brían su ace­ra y la de en­fren­te, a su iz­quier­da, y has­ta los már­ge­nes de la ca­rre­te­ra que se pro­lon­ga­ba en­tre am­bas, co­mo una in­men­sa vi­ga gris co­rroí­da por la he­rrum­bre de oc­tu­bre. No so­pla­ba ni una briz­na de vien­to, ni cir­cu­la­ba nin­gún vehícu­lo que tur­ba­ra la quie­tud de las ho­jas caí­das. La su­ya era la úni­ca res­pi­ra­ción que re­mo­vía el ai­re del paseo.

    (La úni­ca res­pi­ra­ción humana).

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  • ¿Qué pasó con Halloween? Todo cambia para que todo siga igual

    El es­pe­cial lle­ga hoy a su fin pe­ro lo ha­ce só­lo des­pués de los dos even­tos más es­pe­cia­les, las crea­cio­nes ori­gi­na­les que les ha­rán tem­blar (de ri­sa y de mie­do res­pec­ti­va­men­te) que nos han con­ce­di­do sus au­to­res pa­ra que us­te­des pue­dan dis­fru­tar­lo. Sin más di­la­ción, aquí ya les de­jo con la pri­me­ra de ellas: ¡la ya clá­si­ca ti­ra de Halloween de Mikelodigas.

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  • La experiencia interior se da en el introducir al dios exterior en mi mundo

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    Marebito, de Takashi Shimizu

    La po­si­bi­li­dad de ob­ser­var el te­rror es, en sí mis­ma, un ab­sur­do que con­tra­di­ce el prin­ci­pio pro­pio de aque­llo que pre­ten­de aprehen­der. El te­rror, co­mo la ex­pe­rien­cia in­te­rior de ex­tin­ción pu­ra que su­po­ne és­te —lo cual no sig­ni­fi­ca ne­ce­sa­ria­men­te que to­do te­rror sea te­rror a la muer­te, sino que to­do te­rror nos en­se­ña al­go so­bre no­so­tros o so­bre el mun­do que anu­la y nos ha­ce su­pe­rar nues­tra pro­pia con­di­ción pre­sen­te — , se cons­tru­ye co­mo mo­dus vi­ven­di que no só­lo nos mues­tra co­mo es el mun­do más allá de lo que cree­mos co­no­cer, sino que nos mues­tra co­mo po­dría ser; no es po­si­ble co­no­cer el te­rror des­de la dis­tan­cia, ob­ser­ván­do­lo co­mo una cier­ta pro­vo­ca­ción in­fi­ni­ta­men­te le­ja­na con la cual dia­lo­gar des­de la se­gu­ri­dad, pues el te­rror só­lo pue­de ex­pe­ri­men­tar­se vi­vien­do el te­rror. El ins­tin­to que nos arro­ja fue­ra de nues­tra mis­mi­dad su­po­ne el sa­lir fue­ra de mi mis­mo que me ha­ce es­tar más allá del sen­ti­do, de la hu­ma­ni­dad, del mun­do: só­lo en tan­to ex­pe­ri­men­to una ca­tar­sis que me des­bo­ca más allá de mi mis­ma hu­ma­ni­dad, só­lo en tan­to soy pre­ña­do por la po­si­bi­li­dad de la con­cien­cia in­te­rior, pue­do al­can­zar un es­ta­do su­pe­rior de mi pro­pio ser.

    ¿Puede un hom­bre co­no­cer el te­rror que ha co­no­ci­do otro hom­bre? Nunca en ca­so al­guno. Toda ex­pe­rien­cia vi­vi­da en el mun­do con­fi­gu­ra sus pro­pias par­ti­cu­la­ri­da­des, pues na­die vi­ve la mis­ma ex­pe­rien­cia que otra per­so­na del mis­mo exac­to mo­do co­mo si, de he­cho, sus cir­cuns­tan­cias vi­ta­les fue­ran las mis­mas. Cada in­di­vi­duo es par­te del mun­do pe­ro es el mun­do, su pro­pio mun­do, y, por ello, no pue­de es­ca­par de esa do­ble ex­pe­rien­cia: com­par­te sus vi­ven­cias con los de­más, pe­ro só­lo des­de la uni­ci­dad que su­po­ne en el con­tex­to de su pro­pia exis­ten­cia. Yo no pue­do vi­vir en Marebito lo mis­mo que nin­gu­na otra per­so­na has­ta el pun­to de que ni si­quie­ra pue­do ex­pe­ri­men­tar lo que Takashi Shimizu vi­vió en ella —aun­que sí po­dré vi­vir lo que bus­ca­ba, y so­bre­to­do lo que lo­gró, pro­du­cir en el ex­pe­ri­men­tar la pe­lí­cu­la en los otros. Toda ex­pe­rien­cia es uní­vo­ca, de­pen­dien­te de la pro­pia con­fi­gu­ra­ción par­ti­cu­lar de mi pro­pio ser.

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