Autor: Álvaro Arbonés

  • Veinte años de «El club de la lucha». Mutaciones, ideas víricas y el autor como ficción

    Veinte años de «El club de la lucha». Mutaciones, ideas víricas y el autor como ficción

    Cocinando ideas

    «Siempre es me­jor acu­dir al ori­gi­nal». Todos he­mos di­cho eso al­gu­na vez por­que no de­ja de so­nar ló­gi­co: en­tre la co­pia y el ori­gi­nal siem­pre ha de ser me­jor el ori­gi­nal. Toda co­pia no de­ja de ser un de­gra­da­do, la for­ma ca­si idén­ti­ca, pe­ro di­fe­ren­te, de al­go que exis­te en pri­me­ra ins­tan­cia. Salvo por­que a ve­ces la co­pia apor­ta su pro­pia iden­ti­dad en el cambio.

    El Club de la Lucha es un li­bro más co­no­ci­do de oí­das que por ha­ber si­do leí­do. Oídas que nos re­mi­ten a la pe­lí­cu­la, a las re­fe­ren­cias, a los me­mes. Como cual­quier otro gran even­to cul­tu­ral su iden­ti­dad ha aca­ba­do de­for­mán­do­se pa­ra ser no aque­llo que es, sino la ima­gen que se ha trans­mi­ti­do de él. Veinte años des­pués de su pu­bli­ca­ción ya no pen­sa­mos en la no­ve­la de Chuck Palahniuk, sino en lo que han he­cho de la no­ve­la de Chuck Palahniuk. Y por des­gra­cia, la no­ve­la es in­fi­ni­ta­men­te más su­ges­ti­va que cual­quier otro acer­ca­mien­to «de oí­das» que po­da­mos ha­cer ella.

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  • No hay entendimiento sin comunicación. Pensando «Chiisakobee» de Minetarō Mochizuki

    No hay entendimiento sin comunicación. Pensando «Chiisakobee» de Minetarō Mochizuki

    De palabras e imágenes

    Adaptar una obra es di­fí­cil. Dado que to­da his­to­ria se na­rra siem­pre con las he­rra­mien­tas pro­pias de su me­dio, la tras­la­ción re­quie­re una tra­duc­ción no só­lo de los tér­mi­nos, sino tam­bién de las he­rra­mien­tas. Es ne­ce­sa­rio en­con­trar el mo­do con que, al pa­sar de pa­la­bras a imá­ge­nes o so­ni­dos o cual­quier otra for­ma abs­trac­ta del pen­sa­mien­to, se co­mu­ni­que la mis­ma idea sin per­ver­tir­se. Sin que que­pa el ma­len­ten­di­do de con­ver­tir­se en otra co­sa.

    No sin iro­nía, el lec­tor es­pa­ñol no pue­de juz­gar Chiisakobee co­mo adap­ta­ción. O no aquel que no se­pa ja­po­nés, ya que la no­ve­la ori­gi­nal de Shūgorō Yamamoto no ha si­do tra­du­ci­da. Y así y con to­do, es in­ne­ga­ble que es un man­ga de­li­ca­do y pro­di­gio­so. Un per­fec­to ejer­ci­cio de sutilezas.

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  • Como perros de paja. Pensando la España vacía con Sergio del Molino

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    España nun­ca ha si­do un país eu­ro­peo. No del mo­do en que se evo­ca Europa en la ca­be­za de las per­so­nas. Geográficamente es­ta­mos le­jos de su exu­be­ran­cia (pues ca­re­ce­mos de bos­ques que se pier­den has­ta don­de al­can­za la vis­ta) ni he­mos ido cul­tu­ral­men­te en pa­ra­le­lo con los de­más paí­ses (ya que es­qui­va­mos con bas­tan­te gra­cia tan­to el ro­man­ti­cis­mo co­mo el li­be­ra­lis­mo, pa­gan­do las con­se­cuen­cias de un co­lo­nia­lis­mo tem­prano). España es la Europa del re­sue­llo, de la otre­dad, de la ex­tra­ñe­za. La tie­rra don­de, pa­ra sa­lir al ex­te­rior, siem­pre ha mi­ra­do ha­cia den­tro: ha­cia el de­so­la­dor va­cío de sus pueblos.

    La España va­cía es el re­la­to de ese país. O más que el re­la­to, la bús­que­da del re­la­to que pue­da ex­pli­car el mo­ti­vo por la cual des­de la España lle­na, des­de la vi­lla, siem­pre se ha per­ci­bi­do la vi­da en los pue­blos co­mo al­go sal­va­je, mons­truo­so e in­de­sea­ble. Y lo ha­ce no re­cu­rrien­do a mi­tos o le­yen­das. Tampoco vol­vien­do al pa­sa­do pa­ra en­con­trar una ra­zón his­tó­ri­ca pri­me­ra. Ni Sergio del Molino es his­to­ria­dor ni tie­ne pre­ten­sión de ac­tuar co­mo tal. Su pri­me­ra pa­ra­da, tras la in­dis­pen­sa­ble pues­ta a pun­to del te­ma que es la in­tro­duc­ción de cual­quier en­sa­yo —don­de ejer­ce no una la­bor his­tó­ri­ca, sino na­rra­ti­va, si­tuán­do­nos en el con­tex­to del Gran Trauma: el va­cia­mien­to de los pue­blos, el cre­ci­mien­to de las ciu­da­des, la ho­mo­ge­ni­za­ción de la vi­da; al­go ya sa­bi­do por cual­quie­ra, pe­ro que tran­si­gi­mos por las ne­ce­si­da­des in­ter­nas del tex­to — , no es en nin­gún lu­gar re­mo­to del ima­gi­na­rio co­lec­ti­vo, sino en un lu­gar re­mo­to de la cró­ni­ca ne­gra pa­tria: el pe­que­ño pue­blo de Fago.

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  • A painter in my mind. Diseccionando «Touch» (el anime) de Mitsuru Adachi (I)

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    A ve­ces la nos­tal­gia tie­ne ra­zón de ser. No siem­pre nos de­ja­mos lle­var por los can­tos de si­re­na, por la me­dio­cri­dad o el signo de los tiem­pos, sino que, muy de vez en cuan­do, co­sas real­men­te pro­di­gio­sas con­si­guen con­quis­tar el co­ra­zón de to­da una ge­ne­ra­ción sin que ello sig­ni­fi­que un de­mé­ri­to pa­ra su pro­pia ca­li­dad. Y si bien eso es una ex­cep­ción, si nor­mal­men­te ga­na el mar­ke­ting o la ex­tra­ña al­qui­mia que es la suer­te o la ca­sua­li­dad, cuan­do ocu­rre hay que qui­tar­le el pol­vo de la nos­tal­gia a aque­llas obras que con­si­guen su­pe­rar la prue­ba del tiem­po de­mos­tran­do que siem­pre fue­ron brillantes.

    Algo así po­dría­mos de­cir de Touch. Adaptación del man­ga de Mitsuru Adachi, to­da­vía hoy con­si­de­ra­do uno de los ani­mes más im­por­tan­tes de la his­to­ria, se emi­tió en España ba­jo el nom­bre de Bateadores y vol­ver a ella es­tá te­ñi­do de una fi­na ca­pa de nos­tal­gia que nos ha­ce pen­sar en la se­rie co­mo en un pro­duc­to me­nor, in­fan­til; un re­fle­jo de lo que fui­mos que na­da tie­ne que ver con la se­rie­dad y pro­fun­di­dad que ha al­can­za­do la te­le­vi­sión, ani­me in­clui­do, hoy en día.

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  • Ni uno ni lo mismo. Sobre el dualismo y «El fogonero» de Franz Kafka

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    Existe cier­ta no­ción es­pu­ria de que to­do es­tá per­fec­ta­men­te com­par­ti­men­ta­do en di­co­to­mías in­di­so­lu­bles. Al hom­bre le co­rres­pon­de la mu­jer, a la no­che el día y del mis­mo mo­do en­con­tra­mos el fue­go jun­to al agua, la tie­rra con el cie­lo y la ver­dad con la men­ti­ra. Salvo por­que ese pen­sa­mien­to pu­ra­men­te oc­ci­den­tal, de rai­gam­bre he­ge­lia­na, nos man­tie­ne ata­dos a la con­ven­ción de en­ten­der siem­pre co­mo do­mi­nan­tes o do­mi­na­dos con res­pec­to del otro, co­mo si el in­ters­ti­cio, la ex­tra­ñe­za o el pun­to me­dio no exis­tie­ran. Como si de he­cho an­tes del día o la no­che no exis­tie­ran in­fi­ni­dad de gra­da­cio­nes —tar­de, no­che, ma­ña­na, me­dio­día, atar­de­cer, me­dia ma­ña­na: es­co­ja su or­den tem­po­ral fa­vo­ri­to y nom­bre ca­te­go­rías — , co­mo si el mun­do no fue­ra al­go más com­ple­jo que el eterno re­ver­so de lo mismo. 

    Eso se nos pre­sen­ta de un mo­do par­ti­cu­lar­men­te trá­gi­co en la li­te­ra­tu­ra. Cuando un es­cri­tor al­can­za cier­to éxi­to rom­pien­do con el dis­cur­so do­mi­nan­te de su tiem­po, cir­cuns­cri­bién­do­se en al­gu­na for­ma de van­guar­dia, siem­pre se le su­po­ne rom­pien­do de al­gún mo­do con la tra­di­ción. Lo cual es una gi­li­po­llez. En la na­rra­ti­va no exis­te la po­si­bi­li­dad de rom­per los cá­no­nes clá­si­cos en tan­to exis­ten co­sas que de­ben ser así y no de otro mo­do, sin po­si­ble an­ver­so de su re­ver­so, pues pa­ra que una his­to­ria lo sea ne­ce­si­ta te­ner al­gu­nos ele­men­tos esen­cia­les: con­flic­to, per­so­na­jes, re­so­lu­ción. Que esos ele­men­tos sean sim­bó­li­cos, es­tén en su au­sen­cia o sean uti­li­za­dos de for­ma iró­ni­ca es lo de me­nos; in­clu­so cuan­do es su pa­ro­dia o na­da más que su ne­ga­ción, to­do lo que pa­re­ce li­te­ra­tu­ra, to­do lo que se pue­de leer y es in­te­li­gi­ble pa­ra al me­nos una per­so­na apar­te de quien lo ha es­cri­to, es, en úl­ti­ma ins­tan­cia, na­rra­ti­va. Y por ex­ten­sión no rom­pe, sino que em­pu­ja, las fron­te­ras de lo po­si­ble en su campo.

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