Autor: Álvaro Arbonés

  • un mundo antiguo para superheroes modernos

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    Cuando tu nom­bre es un nu­me­ro, eres la úl­ti­ma en la lis­ta de her­ma­nos y ade­mas, to­dos tie­nen fan­tás­ti­cos po­de­res me­nos tu la vi­da pue­de lle­gar a ser in­creí­ble­men­te cruel. O así nos lo des­ve­la Gerard Way en su co­mic The Umbrella Academy: Apocalypse Suite.

    Un gru­po de ni­ños na­cen sin con­cep­ción al­gu­na por des­co­no­ci­da pro­vi­den­cia. Siete de ellos son res­ca­ta­dos, edu­ca­dos y en­tre­na­dos por Sir Reginald Hargreeves en la Umbrella Academy pa­ra que el día de ma­ña­na im­pi­dan el apo­ca­lip­sis. Y el día de ma­ña­na im­pi­den el apo­ca­lip­sis. Mientras 00.01 o Spaceboy vis­te con un tra­je de go­ri­la, 00.05 o The Boy via­ja en el tiem­po con ex­tra­ñas con­se­cuen­cias, Hargreeves es un alie­ni­ge­na y Dr. Pogo es un chim­pan­cé doc­to­ra­do y con mo­nócu­lo. Y na­da de es­to nos im­por­ta de­ma­sia­do y ape­nas si pa­sa de pun­ti­llas a ex­pli­car na­da de es­to, no por­que no nos im­por­te, sino por­que no im­por­ta. La his­to­ria es di­ver­ti­da, es caó­ti­ca y ce­lé­ri­ca, no im­por­ta por­que pa­sa lo que pa­sa, im­por­ta que es lo que pa­sa. ¿Por qué ex­pli­car al­go que es ab­so­lu­ta­men­te cohe­ren­te con el uni­ver­so que te­ne­mos delante?

    Se abren una in­fi­ni­dad de in­cóg­ni­tas en es­te The Umbrella Academy: Apocalypse Suite pe­ro nin­gu­na de las ex­pues­tas an­tes es al­gu­na de es­tas. Solo que­da su­mer­gir­se en la obra y dis­fru­tar de un per­so­nal uni­ver­so steam­punk de su­per­he­roes que son, por fin de nue­vo, su­per­he­roes de co­mic y no tra­sun­tos de lo que se­rían en la reali­dad. El ma­yor acer­ca­mien­to a la reali­dad es aquel que se pre­ten­de des­de el ini­cio nue­va realidad.

  • los flujos artificiales del deseo

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    Todo ser hu­mano es­ta por de­fi­ni­ción en­ce­rra­do. Ya sea en­ce­rra­do en su car­ne, en­ce­rra­do en su ge­ne­ro, en­ce­rra­do en su ciu­dad o, co­mo en es­ta Haze de Shinya Tsukamoto, en­ce­rra­do en sus deseos.

    Un hom­bre des­pier­ta en­ce­rra­do y he­ri­do en un lu­gar os­cu­ro don­de ape­nas pue­de mo­ver­se ga­tean­do. Buscando una sa­li­da fi­nal­men­te en­cuen­tra a una mu­jer en su mis­ma si­tua­ción con la cual, en­con­tra­ran una hi­po­té­ti­ca sa­li­da. Así aun­que to­do se nos pre­sen­ta co­mo real nun­ca sa­be­mos que es lo que de ver­dad ocu­rre y que no es más que los de­seos de nues­tro anó­ni­mo pro­ta­go­nis­ta. Ellos, en­ce­rra­dos en sus de­seos, ven pro­yec­ta­do su su­fri­mien­to in­te­rior, sus sen­ti­mien­tos, a tra­vés de ese la­be­rin­to del do­lor. Con una úni­ca sa­li­da que les lle­va al ho­rror y la acep­ta­ción de lo que son y de lo que sien­ten po­drán em­pren­der una nue­va vi­da fe­liz, tal y co­mo ha­bían deseado.

    Nuestra reali­dad es la pro­yec­ción de nues­tros de­seos, de los flu­jos que nos con­di­cio­nan a ser co­mo so­mos. La ne­ga­ción de es­tos nos lle­va al ate­rra­dor su­fri­mien­to por el que ten­dre­mos que tran­si­tar pa­ra al­can­zar la acep­ta­ción de los mis­mos. Del do­lor a la fe­li­ci­dad a tra­vés de una ac­ti­tud deseante.

  • la luz y la oscuridad de nuestra tierra

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    Las ciu­da­des tie­nen flu­jos por los cua­les se con­di­cio­nan las vi­das en sus ca­lles. Ciertos lu­ga­res cau­san unas sen­sa­cio­nes y nos lle­van por unos ca­mi­nos es­pe­cí­fi­cos no mar­ca­dos, al me­nos no cons­cien­te­men­te, por el ur­ba­nis­mo o la ar­qui­tec­tu­ra. Esto es lo pri­me­ro que pre­sen­cia­mos en el de­li­cio­so man­ga Tekkon Kinkreet de Taiyō Matsumoto.

    Kuro y Shiro son dos jo­ve­nes huer­fa­nos de 10 años los cua­les son los amos y se­ño­res de la fic­ti­cia Treasure Town. Kuro es im­pul­si­vo y vio­len­to, una tor­be­llino de fu­ria y cruel­dad que re­pre­sen­ta la de­ca­den­cia y la os­cu­ri­dad de un ba­rrio per­di­do. Shiro es ato­lon­dra­do y so­ña­dor, un al­ma cán­di­da y amo­ro­sa que da sen­ti­do a la exis­ten­cia, ya que ve to­das las co­sas bue­nas y co­mo po­drían ha­cer me­jor el mun­do. Su dua­li­dad con­for­man el es­pí­ri­tu del ba­rrio, ya que el uno ne­ce­si­to del otro pa­ra equi­li­brar­se y for­mar el con­jun­to que son. El ba­rrio es lo que es, lo que fue y lo que se­ra, un con­ti­nuo flu­jo de ener­gías co­nec­ta­das en­tre si co­mo Kuro y Shiro. ¿Y si al­guien in­ten­ta cam­biar esto?¿y si me­dian­te la gen­tri­fi­ca­ción in­ten­tan des­truir el es­pí­ri­tu del barrio?

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  • melodías de un amor naïf

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    Existen clá­si­cos que pa­re­cen ab­so­lu­ta­men­te in­to­ca­bles, can­cio­nes que nin­gún mú­si­co en su sano jui­cio ver­sio­na­ría. Son can­cio­nes con una per­so­na­li­dad tan pro­pia que el me­ro he­cho de to­car­las pa­re­ce sa­cri­le­gio pa­ra cual­quie­ra. Por suer­te pa­ra Capote, tal sa­cri­le­gio no existe.

    Capote es una jo­ven ja­po­ne­sa que ver­sio­na can­cio­nes en un muy par­ti­cu­lar y sen­ci­llo es­ti­lo, que ya sea elec­tró­ni­co o ins­tru­men­tal siem­pre tien­de a la sen­ci­llez. En con­jun­to a es­te nue­vo so­ni­do que les da a can­cio­nes clá­si­cas he­mos de su­mar­le su voz, eté­rea, co­mo de otro mun­do más allá de nues­tra reali­dad. Esa má­gi­ca sen­ci­llez, ese es­ti­lo naïf, tierno y en­can­ta­dor les ena­mo­ra­ra de in­me­dia­to con el can­dor y la be­lle­za que des­pren­de de ca­da una de las canciones.

    Quién se atre­ve a aso­mar­se a los abis­mos de Disorder y sa­le vic­to­rio­sa me­re­ce ser es­cu­cha­da. El amor, co­mo la be­lle­za, siem­pre se es­con­de en las co­sas más sencillas.

  • el hijo bastardo de la nostalgia

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    Hacerse ex­pec­ta­ti­vas, ge­ne­ral­men­te crea­das por el hy­pe, pue­de lle­var­nos a la de­cep­ción a la ho­ra de afron­tar las co­sas. Peor aun es cuan­do ese hy­pe es auto-inducido por una ma­sa de fans con más tiem­po li­bre que neu­ro­nas. En es­tas cir­cuns­tan­cias nos ha lle­ga­do ha­ce es­ca­sos días el pri­mer ca­pi­tu­lo de la se­rie Heroman, una co­la­bo­ra­ción en­tre Stan Lee y Bones.

    Joey Jones es un jo­ven sin ape­nas ami­gos del cual abu­san en el ins­ti­tu­to un gru­po de ma­to­nes pi­jos. El, con un co­ra­zón de oro, a la vez que si­gue sus es­tu­dios tra­ba­ja a me­dia jor­na­da en un res­tau­ran­te pa­ra ayu­dar a su abue­la. Hasta que un día se en­cuen­tra re­pa­ra un ro­bot el cual, por un ac­ci­den­te, co­bra vi­da, cam­bian­do to­do sin pre­vio avi­so. Ahora, en con­jun­to con su ro­bot, Heroman, ayu­da­ran a quien los ne­ce­si­te. Esta his­to­ria re­dun­dan­te en cli­ches y tó­pi­cos de to­da cla­se es lo que se le ha cri­ti­ca­do abier­ta­men­te. Sin em­bar­go no de­ja de ser una his­to­ria de Stan Lee en su es­ta­do más pu­ro. Un ac­ci­den­te que da po­de­res, la di­fi­cul­tad de com­bi­nar la vi­da del día a día con la res­pon­sa­bi­li­dad de los nue­vos po­de­res y el jo­ven in­com­pren­di­do de buen fon­do. Todo es ino­cen­te y naïf, tan sen­ci­llo que es ca­si ri­dícu­lo y ahí ra­di­ca su en­can­to. Sin gran­des as­pa­vien­tos ni ne­ce­si­dad de gran­des re­trué­ca­nos nos ofre­cen un co­mien­zo sen­ci­llo pe­ro en­can­ta­dor que, de se­guir por ta­les de­rro­te­ros, qui­zás vol­va­mos a te­ner una his­to­ria al mas pu­ro es­ti­lo clá­si­co de Stan Lee. A es­to se le de­be su­mar una con­ti­nua re­fe­ren­cia­li­dad a gol­pe de gui­ños: la abue­la es­cu­chan­do un dis­co de Roswell o Stan Lee pi­dien­do más ca­fé a Joey son al­gu­nos de es­tos ejemplos.

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