Autor: Álvaro Arbonés

  • el negro, el oso y el bebé

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    Entre las se­ries es co­mún la crea­ción de spin-off pa­ra con­ti­nuar el ti­rón de una se­rie de gran po­pu­la­ri­dad con al­guno de sus per­so­na­jes mas ca­ris­má­ti­cos. Y aquí en­con­tra­mos ya el pri­mer pro­ble­ma de ba­se de The Cleveland Show, han uti­li­za­do co­mo ba­se el per­so­na­je me­nos ca­ris­má­ti­co de to­da la serie.

    Después de su di­vor­cio Cleveland ha de ir­se de ca­sa con su hi­jo de 14 años y aca­ba ca­si por ca­sua­li­dad en la ciu­dad don­de na­ció, lu­gar don­de aca­ba ins­ta­lán­do­se con el amor de to­da su vi­da, Donna, des­pués de su­pe­rar su pa­ga­fan­tis­mo. Con es­to y con una re­tai­la de in­sul­sos se­cun­da­rios, chis­tes sin gra­cia y las peo­res re­fe­ren­cias pop ja­mas vis­ta en Padre de Familia se re­su­me el pi­lo­to de la se­rie. Así en­con­tra­mos en el hi­jo pe­que­ño de Donna un aná­lo­go de Stewie, en el oso Tim a Brian, en Cleveland Jr. una suer­te de Cris mo­reno o Holt un Joe no-paralitico. Aun peor son los per­so­na­jes sin ana­lo­gía cla­ra a nin­gún per­so­na­je que no pa­san de ser re­mien­do clá­si­cos de sit-com fa­mi­liar, co­mo la ado­les­cen­te rebelde.

    Los gags no van mu­cho mas allá ba­sán­do­se en chis­tes alar­ga­dos has­ta el abu­rri­mien­to si­guien­do co­mo guía lo peor de Los Simpson y Padre de Familia de sus ul­ti­mas tem­po­ra­das. Así los úni­cos mo­men­tos con cier­ta gra­cia se dan cuan­do aun es­tán en Quahog en un con­ti­nuo ejer­ci­cio de auto-referencialidad al re­pe­tir gags de la se­rie re­no­va­dos don­de es­tu­vie­ra in­vo­lu­cra­do Cleveland.

    Mucho de­be­ría me­jo­rar The Cleveland Show pa­ra lle­gar si­quie­ra al ni­vel de Padre de Familia, ha­ce mu­cho su­pe­ra­do por otras se­ries de ani­ma­ción muy su­pe­rio­res y que no se cum­pla el va­ti­ci­nio de la ma­yo­ría, olía a muer­to an­tes de nacer.

  • espacio desmembrado

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    Todos mis com­pa­ñe­ros de cla­se que­rían ser ma­ri­nes es­pa­cia­les cal­vos que por­ta­ran ar­mas lo más gran­des y des­truc­ti­vas po­si­ble pa­ra ex­ter­mi­nar al­gu­na cla­se de ame­na­za alie­ní­ge­na mien­tras se pa­ra­pe­ta­ban en co­ber­tu­ras des­trui­bles. Yo soy el chi­co ra­ro de mi ge­ne­ra­ción, ¿que te pue­de ofre­cer un po­bre in­ge­nie­ro que no pue­da apor­tar un mus­cu­li­tos cal­vo y des­ce­re­bra­do en una na­ve per­di­da en el espacio?

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  • yes we ken!

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    Existen obras que por me­ra ca­sua­li­dad o por la ge­nia­li­dad de su au­tor con­si­guen ade­lan­tar­se a la reali­dad de su tiem­po, co­mo por ejem­plo va­ti­ci­nar la ca­rre­ra al po­der de un no-anglosajón por la pre­si­den­cia a la Casa Blanca, pe­ro en Eagle es un ja­po­nes de ter­ce­ra ge­ne­ra­ción en vez de un mes­ti­zo negro.

    Eagle es una obra de Kaiji Kawaguchi que nos ha­bla de co­mo lle­ga un hom­bre a ser pre­si­den­te de la na­ción más po­de­ro­sa del mun­do. Una his­to­ria lle­na de co­rrup­ción, ma­las ar­tes y en al­gu­nos ca­sos, es­pe­ran­zas y amor, con his­to­rias pa­ra­le­las co­mo la del pe­rio­dis­ta Takashi Jo, hi­jo bas­tar­do del fu­tu­ro pre­si­den­te Keneth Yamaoka y pe­rio­dis­ta per­so­nal de es­te pa­ra que es­cri­ba su historia.

    Lo más cu­rio­so de es­te man­ga es co­mo el au­tor re­tra­ta to­do el am­bien­te po­lí­ti­co, no es na­da que sor­pren­da a los fans de El Ala Oeste de la Casa Blanca o The War Room (pe­lí­cu­la que sir­vió de ins­pi­ra­ción a Kawaguchi, por otra par­te) pe­ro que ha­ce un im­por­tan­te re­tra­to, pa­ra lo bueno y lo ma­lo, de la po­lí­ti­ca y lo que la mue­ve, que no siem­pre es la pro­pia po­lí­ti­ca. Todo es­to se sos­tie­ne gra­cias a unos per­so­na­jes bien cons­trui­dos re­pre­sen­ta­cio­nes de per­so­na­jes reales, ya sea Bill Clydon, Al Noah o George Tuck. Pese a to­do, el pe­so ge­ne­ral de la obra cae una y otra vez en el ca­ris­ma y po­der de Keneth Yamaoka que siem­pre da la vuel­ta a los pro­ble­mas inesperadamente.

    Eagle es así la for­ja de un pre­si­den­te y tam­bién, la for­ja del en­ten­di­mien­to de los me­ca­nis­mos políticos.

  • Seul ya no nos quiere

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    Está bas­tan­te ex­ten­di­da la vi­sión de que Corea no pa­sa de ser una pro­duc­to­ra de co­me­dias ro­mán­ti­cas y au­teurs de la ín­do­le más ga­fa­pas­ta ima­gi­na­ble, al igual que pa­re­ce que China so­lo es el wu­xia, Hollywood las su­per­pro­duc­cio­nes de George Lucas y que Inglaterra em­pie­za y aca­ba con James Bond. De to­do es­to se ríe el di­rec­tor co­reano Ryu Seung-wan en su co­me­dia de aven­tu­ras y es­pio­na­je Dachimawa Lee.

    Dachimawa Lee es un es­pía del fren­te de li­be­ra­ción de Corea, el me­jor de to­dos los es­pías, el úni­co ca­paz de re­cu­pe­rar el bu­da do­ra­do don­de es­ta la lis­ta de los es­pías que bus­can fi­nan­cia­ción en el ex­tran­je­ro pa­ra la cau­sa de la in­de­pen­den­cia co­rea­na. A su pa­so los ciu­da­da­nos le ado­ran y ad­mi­ran mien­tras que aque­llos que se en­fren­tan con el aca­ban su­pli­can­do por su vi­da. Su be­lle­za des­lum­bra a to­das las fé­mi­nas y sus com­pa­ñe­ras siem­pre son sus nue­vas aman­tes. Una suer­te de es­te­reo­ti­po de James Bond lle­va­do al ex­tre­mo cu­yo pa­pel os­ci­la en­tre la épi­ca con sor­na y el ex­tre­mo ri­dícu­lo o am­bas a la vez cuan­do ma­ta a su me­jor ami­go he­ri­do por unos es­pías ri­va­les al as­fi­xiar­lo con sus pro­pias fle­mas y mo­cos. Dachimawa Lee es he­roi­co des­de su ridiculez.

    Desde el prin­ci­pio has­ta el fi­nal no pa­ra de pa­ro­diar la per­fec­ción de James Bond, los ade­ma­nes aven­tu­re­ros de Indiana Jones y las co­reo­gra­fías exa­ge­ra­das del wu­xia, to­do pa­ra aca­bar en una di­ver­ti­da his­to­ria de aven­tu­ras que nos de­ja en­tre la fas­ci­na­ción y la pu­ra car­ca­ja­da con­ti­nua­men­te. Porque el hé­roe del si­glo XXI no es un aven­tu­re­ro, es un comediante.

  • Siempre hay canciones en los dibujos animados

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    En una so­cie­dad don­de el mu­si­cal es­ta vis­to co­mo una pa­to­cha­da y un ar­te me­nor, es cu­rio­so co­mo ha con­se­gui­do ha­cer­se un hue­co en­tre las pe­lí­cu­las de ani­ma­ción por cul­pa del efec­to Disney —sien­do és­te el inane pe­ro efec­ti­vo acon­te­ci­mien­to que se da en la ne­ce­si­dad por par­te de to­dos los per­so­na­jes de di­bu­jos ani­ma­dos de po­ner­se a can­tar, in­clu­so cuan­do no res­pon­de de for­ma cohe­ren­te con la na­rra­ción — . Siempre se han bur­la­do de ello en Las Macabras Aventuras de Billy y Mandy, por lo cual es ló­gi­co que lo lle­va­ran has­ta el ex­tre­moen el nu­me­ro mu­si­cal de su pri­me­ra pe­lí­cu­la, La Gran Aventura de Billy y Mandy con el Coco.

    Scary‑o es un can­to a no te­ner mie­do des­de la ab­so­lu­ta sub­nor­ma­li­dad, Billy nos ani­ma a no te­ner mie­do por que na­da es tan gra­ve y por­que, a fin de cuen­tas, te­ne­mos de­ma­sia­da ham­bre pa­ra te­mer na­da. Sin exal­ta­cio­nes de la amis­tad, el va­lor, el ho­nor o el amor, so­lo de la es­tu­pi­dez en su for­ma más pu­ra. Todo re­ma­ta­do con un gui­ta­rris­ta Tío Cosa con ves­tua­rio de Slash can­tan­do con un Billy Stardust en un jue­go de re­fe­ren­cias que ya que­rría pa­ra si Padre de Familia.

    He aquí la de­fi­ni­ti­va ope­ra rock de los di­bu­jos ani­ma­dos sos­te­ni­da des­de el mu­si­cal bien en­ten­di­do y la acep­ta­ción de los in­gre­dien­tes de­fi­ni­ti­vos: el ab­sur­do y la estupidez.