Autor: Álvaro Arbonés

  • Sólo se puede amar desde la experiencia de la belleza. Sobre «La belle et la bête» de Jean Cocteau

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    No exis­te un ele­men­to ob­vio que se­pa­re la ex­pe­rien­cia hu­ma­na de la ex­pe­rien­cia de la bes­tia. Viendo co­mo vi­ve el co­mún de los mor­ta­les, tra­ba­jan­do ocho ho­ras en su tra­ba­jo y otras ocho de­lan­te del te­le­vi­sor, la úni­ca di­fe­ren­cia con res­pec­to de los ani­ma­les es que los hu­ma­nos he­mos re­fi­na­do has­ta ni­ve­les ab­sur­da­men­te com­ple­jos nues­tras for­mas de pro­duc­ción; a efec­tos prác­ti­cos, no exis­te di­fe­ren­cia al­gu­na en­tre el obre­ro me­dio y un cas­tor. No la exis­te por­que la vi­da del se­gun­do es­tá va­cia­do de to­da sig­ni­fi­ca­ción. Come, tra­ba­ja y duer­me, jo­de cuan­do pue­de o de­jan, pe­ro no tie­ne una ex­pe­rien­cia más pro­fun­da de su pro­pia exis­ten­cia: no co­no­ce na­da más allá de la ex­pe­rien­cia in­me­dia­ta de las co­sas, no pue­de, ni tie­ne pre­ten­sión al­gu­na de, co­no­cer na­da que va­ya más allá de las for­mas más bá­si­cas de la vi­da. Retozar, tra­ba­jar, me­drar; pa­ra qué más. Por eso afir­mar que la di­fe­ren­cia en­tre los ani­ma­les y los hom­bres es que no­so­tros te­ne­mos una in­te­li­gen­cia de la cual ha­ce­mos uso ac­ti­va­men­te se­ría, en el me­jor de los ca­sos, una apre­cia­ción irre­gu­lar. ¿Cual se­ría en­ton­ces la ca­rac­te­rís­ti­ca hu­ma­na que nos di­fe­ren­cia de aque­llos? La po­si­bi­li­dad de usar nues­tra in­te­li­gen­cia con fi­nes que van más allá del cum­pli­mien­to de las ne­ce­si­da­des bá­si­cas de supervivencia.

    Lo que nos ha­ce hu­ma­nos es la ne­ce­si­dad de la bús­que­da de la be­lle­za, del amor, de aque­llo in­tan­gi­ble que nos re­mue­ve por den­tro. Con La be­lle et la bê­te Jean Cocteau asu­me una pos­tu­ra crí­ti­ca al res­pec­to de la si­tua­ción des­de el mis­mo mo­men­to que des­vía la pers­pec­ti­va des­de la cual juz­gar des­de la cual po­pu­lar­men­te en­ten­de­mos el re­la­to, des­de la ver­sión de Disney; no hay aquí un amor que naz­ca a pe­sar de la tri­bu­la­cio­nes y la in­com­pren­sión de los otros, aquí na­ce un amor en­tre sus dos pro­ta­go­nis­tas a pe­sar de la mez­quin­dad, de la ani­ma­li­dad, del mundo.

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  • No hay risa capaz de agotar el horror

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    Después de una in­ten­sa se­ma­na de es­pe­cial de Halloween, és­te ha lle­ga­do a su fin. Por su­pues­to aún que­da la par­te más im­por­tan­te, que si­gan dis­fru­tan­do con to­dos los con­te­ni­dos que he­mos ge­ne­ra­do, y que pa­sen una es­tu­pen­da no­che don­de se de­jen lle­var por sus pul­sio­nes más da­das a la su­ges­tión es­ca­to­ló­gi­ca; no ma­ten a na­die, pe­ro dé­jen­se asus­tar co­mo si les fue­ran a ma­tar. Como una se­ma­na de con­te­ni­dos que se han ex­ten­di­do más allá del blog dan pa­ra mu­cho, val­ga es­ta en­tra­da co­mo mo­do de dar­les las gra­cias por es­tar ahí pe­ro, tam­bién, co­mo su­ma­rio de to­dos los con­te­ni­dos: des­pués de la re­ca­pi­tu­la­ción de to­das las en­tra­das del es­pe­cial, en­con­tra­rán al­gu­nos links más ha­cia co­sas que ten­gan que ver con el te­rror que ha­ya­mos he­cho es­tos días —bá­si­ca­men­te, el es­pe­cial de Studio SuicideProsa Inmortal—. Disfruten.

    Sumario:

    Especial de Halloween en The Sky Was Pink

    Especial de Halloween en Studio Suicide

    Otras co­sas ha­llo­wee­nes­ca en las que es­ta­mos involucrados

    • Prosa Inmortal. Revista li­te­ra­ria mo­no­grá­fi­ca de pe­rio­di­ci­dad se­mes­tral de áni­mo re­vul­si­vo con una mi­ra­da par­ti­cu­lar ha­cia la li­te­ra­tu­ra de género.
  • ¿Qué hacer cuando a tus amigos les gusta Halloween y a ti no? Una tira cómica de Mikelodigas

    ¿Cómo aca­bar Halloween si no de la ma­ne­ra más fa­mi­liar po­si­ble? Para ello he­mos con­se­gui­do que Mikelodigas, un año más, nos ha­ga una de sus ma­ra­vi­llo­sas ti­ras de Halloween. Si quie­ren ver más de su tra­ba­jo pue­den acu­dir a su blog, Buscando mi lu­gar, o bus­car aquí sus an­te­rio­res co­la­bo­ra­cio­nes de Halloween. Fuera co­mo fue­re, les de­ja­mos con «¿Qué ha­cer cuan­do a tus ami­gos les gus­ta Halloween y a ti no?»

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  • Comerse el mundo. Un relato de Andrés Abel

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    Una ve­la­da de Halloween sin un cuen­to de te­rror, se­ría me­nos Halloween. Por eso he­mos lla­ma­do a Andrés Abel, un más que sol­ven­te es­cri­tor de te­rror co­mo nos de­mues­tra su web ho­mó­ni­ma, pa­ra que es­cri­bie­ra al­go pa­ra la oca­sión; por ello nos ha traí­do la tra­duc­ción de uno de sus re­la­tos, Eat the World, pu­bli­ca­do ori­gi­nal­men­te en in­glés en Long Pig, una an­to­lo­gía so­bre ca­ni­ba­lis­mo de la edi­to­rial ame­ri­ca­na Static Movement. Sin más di­la­ción: «Comerse el mundo».

    El úl­ti­mo hom­bre vi­vo con­tem­pla la ciu­dad a tra­vés de la ven­ta­na de su des­pa­cho. Mientras lo ha­ce di­bu­ja pe­que­ños círcu­los, con la pun­ta de un de­do enor­me, so­bre la pie­dra que co­ro­na el al­fi­ler de su corbata.

    ***

    Cuando no tie­nes na­da en ab­so­lu­to pue­des re­sig­nar­te o vol­ver­te am­bi­cio­so. Él nun­ca se re­sig­nó. Creció ro­dea­do de ra­tas ham­brien­tas y de per­so­nas que aún lo es­ta­ban más, pe­ro la mu­jer que lo ha­bía lle­va­do en su vien­tre a aque­llas cos­tas siem­pre vio ar­der cier­ta lla­ma en sus ojos. A ella le gus­ta­ba de­cir que al­guien co­mo él po­día co­mer­se el mun­do. En es­pa­ñol es una ex­pre­sión que sig­ni­fi­ca “triun­far” pe­ro, en aque­lla épo­ca, cuan­do el ru­mor de sus tri­pas aca­lla­ba el de las olas que los ha­bían em­pu­ja­do has­ta allí, él se la to­mó de una ma­ne­ra mu­cho más li­te­ral. Y no em­pe­zó por las ra­tas precisamente.

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  • Pesadilla en Castro Street

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    Hoy es Halloween y por eso hoy no des­can­sa­mos, pe­ro sí que ce­de­mos el mi­cró­fono a los otros: a aque­llos que ten­gan al­go muy es­pe­cial pa­ra apor­tar­nos en es­te glo­rio­so día. Por eso co­men­za­mos con una cró­ni­ca del in­sig­ne Noel Ceballos, del cual se­gu­ro co­no­cen su Emperador de los Helados, don­de nos na­rra co­mo la no­che de Halloween fue la gé­ne­sis pa­ra la acep­ta­ción del mo­vi­mien­to gay en América. O no, no exac­ta­men­te eso.

    ¿Queréis una his­to­ria de Halloween?

    Una do­ce­na de agen­tes de po­li­cía pa­tru­llan por el bar, in­ten­ta­do no lla­mar la aten­ción en­tre las más de dos­cien­tas per­so­nas que han ve­ni­do es­ta no­che. Hay tia­ras y abri­gos de pie­les y ca­mi­se­tas de ti­ran­tes oh-tan-transparentes y som­bre­ros de Bonanza y chu­pas de cue­ro y pen­dien­tes en ore­jas de am­bos se­xos y ca­pas de Drácula y go­rras de Sandy Koufax y bo­tas de mi­li­tar y car­da­dos de Cleopatra (ver­sión Taylor/Mankiewicz) y más­ca­ras ve­ne­cia­nas y dis­fra­ces de JFK, me­nos de un mes an­tes de que eso pu­die­ra ser con­si­de­ra­do de mal gus­to. Turistas, pa­rro­quia­nos, pa­re­jas ca­sa­das, pa­re­jas que no lo iban a es­tar en mu­cho tiem­po, hom­bres de ne­go­cios, pa­ra­dos, es­tu­dian­tes: to­dos al­zan sus co­pas de Coca-Cola, na­ran­ja­da, gin­ger alle, zu­mo de arán­da­nos, mos­to o agua con gas. Estamos en Black Cat Café de San Francisco, una ins­ti­tu­ción de la bohe­mia ca­li­for­nia­na (sec­ción North Beach) des­de ha­ce tres dé­ca­das. Esta ma­ña­na le han re­ti­ra­do la li­cen­cia pa­ra ser­vir al­cohol. Ahora la no­che de Halloween de 1963.

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