Categoría: The Sky Was Pink

  • Colores prohibidos (XVI) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores prohibidos (XVI) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores Prohibidos ha vuel­to. Y lo ha­ce de for­ma irre­gu­lar, errá­ti­ca y el día que no to­ca­ba. ¿Por qué? Porque a ve­ces la vi­da no de­ja tiem­po ni pa­ra po­ner en or­den dos ideas, un pu­ña­do de en­la­ces y ele­gir en­tre me­dia do­ce­na de dibujos. 

    En es­tas dos se­ma­nas ha da­do tiem­po pa­ra mu­cho. Por ejem­plo, pa­ra ha­blar de vi­deo­jue­gos re­tro, ci­ne asiá­ti­co y ese gé­ne­ro ¿muer­to? Conocido co­mo va­por­wa­ve en lo que co­rres­pon­de a Canino. Para Cinemanía, por su par­te, he po­di­do ha­blar de dos gran­des di­rec­to­res co­mo son Bong Joon-ho y Sunao Katabuchi. Y no aca­ba ahí el ci­ne. Porque en Letterboxd he te­ni­do tiem­po pa­ra es­cri­bir crí­ti­cas no só­lo de to­da la fil­mo­gra­fía de Katabuchi, sino tam­bién pa­ra ha­blar de clá­si­cos an­ti­guos, co­mo La Matanza de Texas, o clá­si­cos fu­tu­ros, co­mo Baby Driver. Además, si­guien­do con la idea de los clá­si­cos, en Studio Suicide ha­blo de un pu­ña­do de ellos. Como lo ha­go en Goodreads so­bre la con­ti­nua­ción del man­ga de Sherlock y el clá­si­co en­tre clá­si­cos, que, por fin, es­tá pu­bli­ca­do en es­pa­ñol: JoJo’s Bizarre Adventure.

    Pero bas­ta. No más. Es su­fi­cien­te. ¿Para qué se­guir le­yén­do­me ha­cer un su­ma­rio de to­do lo que en­con­tra­rás pa­sa­das es­tas pa­la­bras si só­lo tie­nes que sal­tar­te los pri­me­ros tres pá­rra­fos y acu­dir di­rec­ta­men­te a lo que im­por­ta? Cada vez son me­nos im­por­tan­tes las in­tro­duc­cio­nes. Cada vez es más im­por­tan­te ir al grano. Ir di­rec­tos a lo que im­por­ta. Y lo que im­por­ta, en Colores prohi­bi­dos, es lo conectado. 

    Lo que hago

    9 videojuegos clásicos imprescindibles (y cómo jugarlos. Ahora mismo) | Canino

    No es fá­cil ac­ce­der a jue­gos an­ti­guos. Dada la es­ca­la­da ar­ma­men­tís­ti­ca que su­po­ne la eter­na ne­ce­si­dad de no­ve­da­des en la in­dus­tria del vi­deo­jue­go, po­cas com­pa­ñías po­nen nin­gún mi­mo en man­te­ner sus ca­tá­lo­go dis­po­ni­bles. Lo cual es una pe­na. Porque no só­lo nos obli­gan a re­cu­rrir a mé­to­dos ale­ga­les pa­ra ju­gar sus jue­gos, sino que tam­bién nos ha­cen per­der tiem­po tras­tean­do con emu­la­res y ROMs. 

    Nintendo anuncia SNES Mini y estos son sus 4 juegos de los que no has oído hablar | Canino

    Tras el éxi­to de NES Mini era evi­den­te que no tar­da­ría en lle­gar la SNES Mini. Y aquí es­tá. La ver­sión en mi­nia­tu­ra de la SNES ven­drá con dos man­dos, y vein­tiún jue­gos, en­tre los que hay clá­si­cos in­dis­cu­ti­bles co­mo Kirby Super Star, Super Mario World o The Legend of Zelda: A Link to the Past. Además de clá­si­cos aje­nos a la pro­pia Nintendo co­mo Secret of Mana o Super Clastevania 4. Sale el 29 de sep­tiem­bre y, a fal­ta de con­fir­ma­ción del pre­cio ofi­cial en nues­tro te­rri­to­rio, en EEUU cos­ta­rá 79 do­la­res. Al me­nos si con­si­gues com­prar­la an­tes de que se agoten.

    Bong Joon-ho – Entre el activismo y la familia | Canino

    A ve­ces ol­vi­da­mos la im­por­tan­cia de la fa­mi­lia. Cuando to­do lo de­más fa­lla, cuan­do to­do se vie­ne aba­jo, en las úni­cas per­so­nas que po­de­mos con­fiar a cie­gas es aque­llos que nos quie­ren de for­ma in­con­di­cio­nal. Por eso fa­mi­lia no es ne­ce­sa­ria­men­te aque­llos con quie­nes com­par­ti­mos ge­nes, sino con quie­nes com­par­ti­mos sen­ti­mien­tos. En oca­sio­nes la fa­mi­lia pue­den ser las per­so­nas con las que com­par­ti­mos san­gres, pe­ro tam­bién pue­den ser las per­so­nas con las que com­par­ti­mos un sue­ño, un ideal o un sen­ti­mien­to. Incluso, en al­gu­nos ca­sos, per­so­nas que no son per­so­nas. ¿O es que aca­so no pue­de ser fa­mi­lia un cer­do gigante?

    Bong Joon-ho no tie­ne du­das. Al fi­nal lo úni­co que te­ne­mos es a las per­so­nas que que­re­mos y nos quie­ren. Ese es el te­ma pri­mor­dial de su ci­ne. Y pa­ra de­mos­trar­lo, y pa­ra que cual­quie­ra pue­da aden­trar­se en su obra con ga­ran­tías, he­mos he­cho es­ta guía. Para que co­noz­cas a Bong Joon-ho co­mo si fue­ra de tu pro­pia familia.

    Pesadilla en el centro comercial: vida y muerte del vaporwave | Canino

    Esto no es un ar­tícu­lo. Es una exhu­ma­ción. Y una en la cual, ade­más, ya no que­da ni ca­dá­ver que en­se­ñar­le al juez, si nos guia­mos por lo que se lee por ahí: el va­por­wa­ve (esa co­sa que po­dría ser un mo­vi­mien­to mu­si­cal y ar­tís­ti­co) lle­va re­ci­bien­do cer­ti­fi­ca­dos de de­fun­ción des­de ha­ce más de un lus­tro. Los re­ci­bió jus­to des­pués de su na­ci­mien­to, allá por 2010. También en 2015, cuan­do Sandtimer pu­bli­có el ele­pé Vaporwave is Dead. La MTV pu­do ha­ber­le da­do la pun­ti­lla ese mis­mo año, y, aho­ra que lle­ga su sép­ti­mo ani­ver­sa­rio, los ar­ticu­los so­bre su es­ta­do pu­tre­fac­to ya no ha­cen ni gra­cia. Hasta en Forocoches se han re­par­ti­do es­que­las, no de­ci­mos más.

    The Mo Brothers. El cine de Indonesia más allá de ‘The Raid’ | Canino

    Para mu­chas per­so­nas no exis­te na­da fue­ra de EEUU. No ar­tís­ti­ca­men­te ha­blan­do. Salvo la mí­ni­ma de­fe­ren­cia te­le­vi­si­va que se tie­ne ha­cia los paí­ses nór­di­cos pa­ra el noir y ha­cia Inglaterra pa­ra el his­tó­ri­co, to­do lo que se nos ofre­ce sue­le es­tar cor­ta­do por los gus­tos he­ge­mó­ni­cos de la co­lo­nia go­ber­na­da por el hom­bre del pe­lu­quín de oro. Porque la épo­ca del post-colonialismo, de la im­po­si­ción cul­tu­ral vía ca­pi­ta­lis­mo neo-liberal, es­tá muy le­jos de ha­ber concluido.

    7 películas que ver antes de Okja | Cinemania

    Bong Joon-Ho pa­re­ce lan­za­do. Tras el exi­to­so des­em­bar­co en oc­ci­den­te que su­pu­so Snowpiercer, su pró­xi­ma pe­lí­cu­la ha te­ni­do gran re­per­cu­sión en los me­dios. Aunque tal vez no por los me­jo­res mo­ti­vos po­si­bles. Pero ob­vian­do po­lé­mi­cas con Cannes y Almodovar de por me­dio, Okja, que se es­tre­na el 28 de ju­nio en Netflix, nos pro­me­te al­go muy pro­pio del di­rec­tor co­reano: mons­truos gi­gan­tes, crí­ti­cas al ca­pi­ta­lis­mo, so­fla­mas eco­lo­gis­tas y ni­ños pro­ta­go­nis­tas a los cua­les da ga­nas de abra­zar. Algo po­co co­mún en el ci­ne. Y pa­ra ce­le­brar­lo, he­mos ele­gi­do un pu­ña­do de pe­lí­cu­las pa­ra ir pre­pa­rán­do­nos pa­ra su desembarco. 

    Sunao Katabuchi: el hombre que no era Miyazaki | Cinemania

    Studio Ghibli tie­ne un pa­trón muy cla­ro pa­ra sus per­so­na­jes pro­ta­go­nis­tas. Chicas jó­ve­nes, fuer­tes, con los pies en el sue­lo. Similar al clá­si­co pro­ta­go­nis­ta de li­bro in­fan­til, pe­ro lle­va­do al gé­ne­ro con­tra­rio. Al que his­tó­ri­ca­men­te se le han prohi­bi­do las aventuras. 

    Porque si de al­go es­tá tru­fa­do Studio Ghibli es de aven­tu­ras. De ima­gi­na­ción. De ese es­pí­ri­tu in­fan­til que nos per­mi­te ver un océano en una go­ta de agua y un rei­no en un par de nubes. 

    Pero eso no es al­go ex­clu­si­vo de Studio Ghibli. O pa­ra ser exac­tos, Hayao Miyazaki com­par­te ese gus­to con otras mu­chas per­so­nas. Algunas de esas per­so­nas, an­ti­guos co­la­bo­ra­do­res. Porque mu­cho an­tes de que Miyazaki fue­ra uno de los gran­des nom­bres del ani­me, fue tam­bién un jo­ven pro­me­te­dor con mu­cho que de­mos­trar. Y a su la­do ha­bía un hom­bre que só­lo aho­ra pa­re­ce que ha con­se­gui­do des­ta­car en oc­ci­den­te: Sunao Katabuchi.

    La música de Marie, de Usumaru Furuya | CuCo. Cuadernos de Cómic

    A ve­ces pa­sa­mos por al­to las di­fe­ren­cias cul­tu­ra­les. No las gran­des di­fe­ren­cias. Esas son im­po­si­bles de ob­viar. Y no po­cas ve­ces, aque­llas ni si­quie­ra exis­ten. Pero los pe­que­ños de­ta­lles, las di­fe­ren­tes for­mas de ver un mis­mo sus­tra­to co­mún, son co­sas tan su­ti­les que aca­ban pa­san­do des­aper­ci­bi­do. En otras pa­la­bras, aun­que al fi­nal to­das las cul­tu­ras aca­ban pa­re­cién­do­se en más co­sas que en la que se di­fe­ren­cian, al fi­nal son las pe­que­ñas va­ria­cio­nes en don­de se po­ne el fo­co lo que per­mi­te en­ten­der el pen­sa­mien­to de otra cultura.

    Multiverso, de Grant Morrison | CuCo. Cuadernos de Cómic

    Desde ha­ce mu­chos años es prác­ti­ca­men­te im­po­si­ble en­trar en el uni­ver­so de los có­mics ame­ri­ca­nos. Ya sea Marvel o DC, en­tre re­boots, cri­sis en tie­rras in­fi­ni­tas, gue­rras se­cre­tas y ma­cro even­tos ab­so­lu­ta­men­te in­in­te­li­gi­bles pa­ra quien no ten­ga un co­no­ci­mien­to tan en­ci­clo­pé­di­co co­mo des­pren­di­do sea en sus gas­tos men­sua­les en gra­pas, en­ten­der có­mo han ido evo­lu­cio­nan­do los su­per­hé­roes y sus mun­dos a lo lar­go del tiem­po re­sul­ta una ta­rea ar­dua. Indigna. Difícil pa­ra el lec­tor ca­sual, pe­ro di­rec­ta­men­te im­po­si­ble pa­ra quien pre­ten­da en­trar en el mun­do de los su­per­hé­roes por pri­me­ra vez.

    Sherlock: El Banquero Ciego, de Steven Moffat, Mark Gatiss y Jay | Goodreads

    En el có­mic ocu­rre al­go in­tere­san­te: es tan im­por­tan­te lo li­te­ra­rio co­mo lo pic­tó­ri­co. Si el au­tor es in­ca­paz de es­cri­bir diá­lo­gos con­vin­cen­tes o lo­grar un rit­mo na­rra­ti­vo ade­cua­do, ni el me­jor di­bu­jo del mun­do sal­va­ra la obra. Por el con­tra­rio, ni un ex­ce­len­te guión ni unas ge­nia­les lí­neas de diá­lo­go po­drán sal­var un mal di­bu­jo. Pero eso no es lo peor. Lo peor es que exis­te un po­si­ble ter­cer pro­ble­ma. Uno que aú­na lo li­te­ra­rio y lo pic­tó­ri­co. Si el au­tor no sa­be lle­var a su te­rreno el or­den com­po­si­ti­vo de las vi­ñe­tas o los pla­nos, no im­por­ta lo bien na­rra­do que es­té, el rit­mo tre­pi­dan­te que ten­ga o el di­bu­jo pre­cio­sis­ta que de­ten­te, la obra re­sul­tan­te se­rá un fra­ca­so ilegible. 

    En el ca­so de El ban­que­ro cie­go, si­gue la mis­ma lí­nea que Estudio en ro­sa. Dibujo cum­pli­dor, guión bien adap­ta­do, sen­sa­ción gra­ti­fi­can­te ge­ne­ral. Pero tie­ne un pro­ble­ma. Y es que en lo que aquel era un pe­que­ño pro­ble­ma, aquí es uno enorme.

    JoJo’s Bizarre Adventure, Part I: Phantom Blood, tomo 01 , de Hirohiko Araki | Goodreads

    Toda his­to­ria tie­ne un co­mien­zo. Siempre ar­bi­tra­rio. A ve­ces, in­clu­so cues­tio­na­ble. Pero lo que es cier­to es que to­da his­to­ria de­be em­pe­zar en al­gún si­tio. Y por lo ge­ne­ral, ese ori­gen no es el pri­mer mo­men­to que con­du­jo ha­cia los acon­te­ci­mien­tos que nos lle­van al con­flic­to, sino el ins­tan­te an­te­rior al conflicto.

    En el pri­mer to­mo de JoJo’s Bizarre Adventure ocu­rre al­go cu­rio­so: exis­ten dos prin­ci­pios. El prin­ci­pio de la se­rie y el prin­ci­pio del ar­co, Phantom Blood. Ambos se so­la­pan, su­per­po­nen y dan con­tex­to mu­tua­men­te. El prin­ci­pio de la se­rie tra­ta so­bre ri­tos an­ti­guos de pue­blos pre-colombinos, más­ca­ras fu­nes­tas y la bús­que­da de la in­mor­ta­li­dad; el prin­ci­pio del ar­co tra­ta so­bre Jonathan Joestar, un jo­ven blan­do y con­sen­ti­do que as­pi­ra a ser un ca­ba­lle­ro, y Dio Brando, un jo­ven ma­quia­vé­li­co y re­sa­bia­do que as­pi­ra a apo­de­rar­se de la for­tu­na de los Joestar. Con to­do eso te­ne­mos to­dos los in­gre­dien­tes pa­ra lo que es tan­to la se­rie co­mo es­te ar­co en par­ti­cu­lar. Tenemos las gran­des pa­sio­nes, la ac­ción cons­tan­te y el tono big­ger than li­fe ra­yano lo ri­dícu­lo; pe­ro tam­bién el de­sa­rro­llo à la no­ve­la gó­ti­ca, co­mo si fue­ra más un rip off ele­gan­tí­si­mo de Cumbres bo­rras­co­sas más que un man­ga de la Shōnen Jump.

    Christopher Doyle: Filming in the Neon World | Letterboxd

    Christopher Doyle es có­mo ma­ne­ja la luz. 

    Este fa­mo­so di­rec­tor de fo­to­gra­fía, co­no­ci­do por su he­te­ro­do­xo acer­ca­mien­to a su dis­ci­pli­na —lle­na de efec­tos, usan­do mu­cha ilu­mi­na­ción am­bien­tal, ca­gán­do­se en to­das las re­glas no-escritas de la fo­to­gra­fía — , lo es por có­mo ha he­cho de su mo­do de ges­tio­nar la luz su par­ti­cu­lar se­ña de iden­ti­dad. Porque mu­cho an­tes de Nicolas Winding Refn, cuan­do ha­blá­ba­mos de lu­ces de neon —que no de co­lo­res neon, equí­vo­co co­mún de mu­cha gen­te: lo de Refn son co­lo­res, lo de Doyle lu­ces — , ha­bla­mos de es­te se­gun­do. Hablamos de Doyle. 

    En este lugar del mundo, de Sunao Katabuchi | Letterboxd

    En la vi­da no po­see­mos el tiem­po. Lo cual im­pli­ca que no po­see­mos la vi­da. Todo pa­sa, to­do ocu­rre, y nues­tro lu­gar en el mun­do es tem­po­ral. Pero na­da de eso nos qui­ta re­le­van­cia. Mientras es­ta­mos vi­vos, es­ta­mos ata­dos a los otros y sus cir­cuns­tan­cias; só­lo en tan­to so­mo pa­ra los otros, en­con­tra­mos un rin­cón que po­de­mos lla­mar propio. 

    Arete Hime, de Sunao Katabuchi | Letterboxd

    Todos sa­be­mos có­mo aca­ba­ran las his­to­rias de prin­ce­sas. Incluso cuan­do Disney es­tá de­trás, la prin­ce­sa siem­pre en­con­tra­rá el amor, des­cu­bri­rá que su fuer­za ra­di­ca en los otros y que, al la­do de un hom­bre —o en tiem­pos mo­der­nos, de su no­ble fa­mi­lia — , pue­de lo­grar to­do lo que se pro­pon­ga. Porque es una prin­ce­sa. Porque es, de fac­to, al­guien con más po­der, y más po­si­bi­li­dad de in­fluir so­bre el des­tino de su tie­rra, que prác­ti­ca­men­te cual­quier otro ser humano.

    Mai Mai Miracle, de Sunao Katabuchi | Letterboxd

    Shinko Aoki vi­ve en el pa­sa­do. Como una suer­te de Sei Shōnagon in­fan­til y pa­sa­da de vuel­tas. En el pre­sen­te tie­ne a su abue­lo, la tran­qui­la vi­da en el cam­po y sus ami­gos del co­le­gio. En el pa­sa­do tie­ne una vi­da de prin­ce­sa y la po­si­bi­li­dad de vi­vir ex­tra­ñas aven­tu­ras, aun­que ex­tra­ñas más por des­co­lo­ca­das en el tiem­po que por des­con­cer­tan­tes. Al me­nos, has­ta que apa­re­ce una ni­ña nue­va en el pue­blo. Y con ella, con Kiiko Shimazu, ten­drá que apren­der a vi­vir tam­bién en el presente.

    The Texas Chain Saw Massacre, de Tobe Hooper | Letterboxd

    Algunas pe­lí­cu­las son eter­nas. No por­que per­du­ren, sino por­que en esa eter­ni­dad po­si­ble siem­pre ca­be la po­si­bi­li­dad de vol­ver a ellas. No se ago­tan. Pues su tex­to, su sub­tex­to y su téc­ni­ca siem­pre tie­nen otra vuel­ta de tuer­ca. Otra for­ma de mos­trar­se que, has­ta el mo­men­to, nos ha­bía pa­sa­do desapercibida. 

    Eso pue­de so­nar iló­gi­co pa­ra ha­blar de La Matanza de Texas. Su li­mi­ta­da du­ra­ción, sus re­cur­sos mí­ni­mos y su pro­pues­ta en­tre el pu­ro go­re y la ab­so­lu­ta au­sen­cia de go­re —ha­cien­do que su te­sis sea la pro­pia con­tra­dic­ción: es bru­tal, obs­ce­na y muy grá­fi­ca por­que no lo es en ab­so­lu­to; só­lo se nos in­si­núa que lo es a tra­vés del mon­ta­je y la es­té­ti­ca, de­jan­do que nues­tro ce­re­bro la re­cuer­de más bru­tal de lo que real­men­te es — , nos po­drían ha­cer pen­sar que es un pro­duc­to de se­rie B sin ma­yo­res in­ten­cio­nes de tras­cen­den­cia. Pero es que la in­ten­cio­na­li­dad no tie­ne na­da que ver con el ar­te. El ar­te se pro­du­ce por sín­te­sis, no por cálcu­lo. O en otras pa­la­bras, al ar­te se lle­ga ca­mi­nan­do por te­rre­nos res­ba­la­di­zos, no si­guien­do el ca­mino ya conocido. 

    Baby Driver, de Edgar Wright | Letterboxd

    Impacto emo­cio­nal. Ritmo. Constante in cres­cen­do. Es to­do lo que ne­ce­si­ta un guión pa­ra man­te­ner­nos aten­tos a la pantalla.

    Lo an­te­rior no es nin­gu­na bou­ta­de. Nuestros ce­re­bros, esas ma­ra­vi­llo­sas má­qui­nas de pre­ci­sión ge­ne­ra­das por mi­le­nios de se­lec­ción na­tu­ral, tie­nen un cir­cui­to ce­rra­do muy es­pe­cí­fi­co. No son ca­pa­ces de man­te­ner la aten­ción de for­ma ple­na por mu­cho tiem­po, pa­ra evi­tar si­tua­cio­nes de pe­li­gro don­de no po­da­mos de­fen­der­nos; les gus­tan los pa­tro­nes rít­mi­cos, por­que per­mi­ten en­trar y sa­lir sin ellos sin es­fuer­zo in­clu­so si se ven in­te­rrum­pi­dos; y pue­den re­cor­dar me­jor aque­llo que se sa­le de la nor­ma, por­que pue­de ser un in­di­ca­ti­vo de as­pec­tos que pue­den au­men­tar (o dis­mi­nuir) nues­tra es­pe­ran­za de vi­da. Están di­se­ña­dos pa­ra so­bre­vi­vir. Para ma­xi­mi­zar la efi­cien­cia de las úni­cas dos co­sas que ha­ce­mos me­jor que nin­gún otro ani­mal: aso­ciar he­chos apa­ren­te­men­te in­co­ne­xos y po­der ha­cer co­sas du­ran­te lar­gos pe­rio­dos de tiempo.

    Dj Shadow – The Private Press (2002) | Studio Suicide

    Ciertos dis­cos só­lo se pue­den com­pren­der con pers­pec­ti­va. Cuando se ve có­mo han mar­ca­do el pa­so del tiem­po, có­mo de­ja­ron atrás su épo­ca ade­lan­tán­do­se a un fu­tu­ro in­cier­to, es en­ton­ces cuan­do se pue­de afir­mar su ver­da­de­ro al­can­ce. A fin de cuen­tas, to­do lo de­más es es­pe­cu­la­ción. El éxi­to o el fra­ca­so de un dis­co es cir­cuns­tan­cial. Y su ca­pa­ci­dad pa­ra se­guir sien­do re­le­van­te diez o quin­ce años des­pués al­go que só­lo el pa­so del tiem­po pue­de atestiguar.

    A pe­sar de que The Private Press fue un te­rre­mo­to en su mo­men­to, la crí­ti­ca cul­tu­ral no ha ce­le­bra­do su re­cien­te quin­ce cum­plea­ños. Y no es de ex­tra­ñar. Sigue sien­do hoy un dis­co tan ex­tra­ño co­mo en 2002. 

    Taxidermias Concretas vol.9 | Studio Suicide

    The National siem­pre cam­bian. The National nun­ca cam­bian. Cada dis­co es di­fe­ren­te al an­te­rior, pe­ro siem­pre sue­nan del mis­mo mo­do. Tienen per­so­na­li­dad. Y en sus ade­lan­tos de su nue­vo tra­ba­jo, no es di­fe­ren­te. Guilty Party sue­na fa­mi­liar, cer­cano a aque­llo por lo que nos gus­ta Trouble Will Find Me —el tono me­lan­có­li­co, la ba­te­ría mar­ca­da, el ba­jo su­til — , pe­ro tam­bién hay al­go ex­tra­ño. Diferente. Su gui­ta­rra se fu­ga de for­ma su­til, ha­cien­do del fi­nal de la can­ción un ex­ce­so post-algo, glitch in­clui­do, que re­sul­ta, con­tra to­do pro­nós­ti­co, re­con­for­tan­te. Como una he­ri­da tan pro­fun­da co­mo cá­li­da. Ese su­su­rro de «to­do irá bien» en nues­tro oí­do mien­tras nos aho­gan con la al­moha­da que, iró­ni­ca­men­te, siem­pre he­mos necesitado.

    Taxidermias Concretas vol.10 | Studio Suicide

    A es­tas al­tu­ras na­die du­da de la im­por­tan­cia his­tó­ri­ca de Radiohead. Escuchar OK Computer su­po­ne es­cu­char to­das las gran­des ten­den­cias den­tro del in­die rock de los úl­ti­mos vein­te años con­den­sa­das en me­nos de una ho­ra. Ahí es­tá el post-punk re­vi­val, el in­die tí­mi­da­men­te elec­tró­ni­co e in­clu­so (en un ro­bo des­ca­ra­do) el so­ni­do de Muse a par­tir de Absolution. En ese ca­so, ¿qué apor­ta OK Computer OKNOTOK 1997 – 2017? Nada. Sus des­car­tes lo eran por al­go; el dis­co ya era per­fec­to tal y co­mo era. Pero co­mo ex­cu­sa pa­ra vol­ver a él, re­sul­ta per­fec­to: hoy, co­mo ha­ce vein­te años, OK Computer si­gue sien­do una obra maes­tra re­vo­lu­cio­na­ria. Y con eso de­be­ría ser suficiente.

    Y lo que se está haciendo

    Una demolición necesaria. Respuesta a José Luis Pardo sobre Slavoj Zizek | Ernesto Castro

    «El ar­tícu­lo de José Luis Pardo con­tra Slavoj Zizek que se ha pu­bli­ca­do re­cien­te­men­te en el dia­rio El País me ha de­ja­do es­tu­pe­fac­to. Zizek tam­po­co es san­to de mi de­vo­ción, pe­ro de ahí a afir­mar que es un in­ven­to de las re­des so­cia­les es sim­ple­men­te equi­vo­car­se de fe­chas. Facebook, Twitter y YouTube na­cie­ron a me­dia­dos de la dé­ca­da de los 2000; Zizek pu­bli­có su pri­mer li­bro en 1972, y des­de en­ton­ces ha es­cri­to un cen­te­nar de ellos. Por ese mo­ti­vo pa­re­ce tan fi­lis­tea la au­to­ca­li­fi­ca­ción de Pardo co­mo un “in­te­lec­tual que se re­be­la con­tra es­ta si­tua­ción y se em­pe­ña en se­guir es­cri­bien­do li­bros”: lo más ob­je­ta­ble de Zizek (y de cier­ta in­te­lec­tua­li­dad es­pa­ño­la en­cas­ti­lla­da en su co­lum­na de opi­nión) es pre­ci­sa­men­te que se em­pe­ñen en se­guir es­cri­bien­do cuan­do no tie­nen na­da que aña­dir y so­lo les que­da autoplagiarse.».

    Por qué deberíamos tener fines de semana de tres días | GQ

    «“La re­vo­lu­ción di­gi­tal a lo me­jor nos trae el fin de se­ma­na de tres días…”. Álvaro Nadal, mi­nis­tro de Energía, Turismo y Agenda Digital, de­ja­ba caer ayer en la inau­gu­ra­ción de Futuro Digital, even­to or­ga­ni­za­do por El País Retina, una idea ca­da vez más ex­ten­di­da: un fu­tu­ro la­bo­ral en el que la jor­na­da la­bo­ral se re­duz­ca lo su­fi­cien­te co­mo pa­ra de­jar­nos un día li­bre ex­tra. El puen­te permanente».

    Shigesato Itoi, The Copywriter: A Comprehensive Look | Yomuka!

    «As every per­son in Japan knows, and as most over­seas fans of Itoi know, Shigesato Itoi is, first and fo­re­most — be­fo­re and af­ter his stint of en­ti­rely ca­sual vi­deo ga­me pro­duc­tion — a copyw­ri­ter. His ta­gli­nes (known in Japanese as “catch co­pies”, a term I much pre­fer) in­clu­de many ubi­qui­tious ph­ra­ses that are re­cog­ni­za­ble to an­yo­ne in Japan, re­gard­less of whether they ha­ve ever heard of Itoi The Man».

  • Colores prohibidos (XV) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores prohibidos (XV) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Todos te­ne­mos Colores prohi­bi­dos. Pero es­tos son los míos y no los cam­bia­ría por otros.

    Una se­ma­na más el con­te­ni­do es va­ria­do. Seguimos con una ra­cha de ci­ne no de­ma­sia­do bueno, sal­vo las hon­ro­sas ex­cep­cio­nes de ci­ne asiá­ti­co, igual que trae­mos al­go de li­te­ra­tu­ra de o so­bre el le­jano orien­te, con Japón siem­pre en nues­tros pen­sa­mien­tos. Del mis­mo mo­do en Canino se ha pu­bli­ca­do un ar­tícu­lo don­de ex­pon­go un buen pu­ña­do de man­gas que no se han pu­bli­ca­do en España, pe­ro de los cua­les las edi­to­ria­les de­be­rían to­mar bue­na no­ta. Para aca­bar en Studio Suicide, ade­más de las Taxidermias Concretas, ha­blo del hip-hop de la tai­wa­ne­sa Aristophanes, fir­me can­di­da­ta a ha­ber fir­ma­do el dis­co del año. Ya en la par­te de Lo que se es­tá ha­cien­do es­ta se­ma­na to­ca ha­blar de mujeres.

    Eso es to­do. ¿Eso es to­do? No. Si te­néis in­te­rés po­déis es­cu­char mis im­pre­sio­nes so­bre el ya pa­sa­do E3, po­dréis ha­cer­lo en el pod­cast El ma­pa del tiem­po, pro­du­ci­do por los in­com­bus­ti­bles chi­cos de Start Magazine. Pero ni así es­tá to­do aún. Porque nos vol­ve­re­mos a ver pron­to. ¿Cuándo? La se­ma­na que vie­ne, se­gu­ra­men­te. ¿Y dón­de? Dónde va a ser: aquí, en Colores prohi­bi­dos.

    Lo que hago

    Japón ignoto: 8 mangas que no se han publicado en España (pero deberían) | Canino

    El man­ga ya no es lo que era. En el buen sen­ti­do. Donde ha­ce no tan­tos años la po­si­bi­li­dad de en­con­trar man­gas que se sa­lie­ran de la nor­ma era prác­ti­ca­men­te un mi­la­gro, hoy en día las pu­bli­ca­cio­nes se han di­ver­si­fi­ca­do has­ta un pun­to don­de ya no pa­re­ce que el man­ga sea un gé­ne­ro mo­no­cor­de. Y si bien aún no es­ta­mos al ni­vel de sa­lud edi­to­rial de paí­ses co­mo Francia e Italia, la co­sa pa­re­ce ir mejorando. 

    Eso no ex­clu­ye que ha­ya mar­gen de me­jo­ra. Problemas. Ciertos pre­jui­cios he­re­da­dos de los cua­les la in­dus­tria no con­si­gue des­ha­cer­se. No por na­da, fue­ra de las no­ve­da­des y de cier­tos au­to­res fe­ti­ches, el man­ga que se pu­bli­ca en nues­tro país si­gue sien­do bas­tan­te uni­for­me. Falta, en su­ma, ver al man­ga tal cual es: un me­dio sin lí­mi­tes con to­da cla­se de historias.

    El imperio de los signos, de Roland Barthes | Goodreads

    A Roland Barthes no le in­tere­sa la reali­dad. O no tan­to co­mo pa­ra su­bor­di­nar la po­si­bi­li­dad de la fic­ción, de otros mun­dos po­si­bles o la ima­gi­na­ción, al ac­to pro­sai­co de la des­crip­ción. Pues sa­bien­do que to­do sím­bo­lo es una dis­tor­sión de lo real, ¿por qué con­for­mar­se con el su­ce­dá­neo de una invención? 

    Autasasinofilia. Quiero ser asesinado por una colegiala, de Usumaru Furuya | Goodreads

    Haruto Higashiyama no quie­re mo­rir. De he­cho, sien­te una in­ten­sa an­gus­tia an­te la idea de la muer­te. Sabe que es in­evi­ta­ble, pe­ro no la de­sea. O no de­sea la idea de de­jar de vi­vir. Porque Higasihyama, de 34 años y pro­fe­sor de ins­ti­tu­to, tie­ne un se­cre­to os­cu­ro: ya que en al­gún mo­men­to mo­ri­rá, de­sea ser ase­si­na­do por una chi­ca adolescente.

    Hot Tub Time Machine, de Steve Pink | Letterboxd

    A una co­me­dia hay que pe­dir­le que sea gra­cio­sa. Esto, que pa­re­ce una ob­vie­dad, no lo es pa­ra mu­chas per­so­nas: se ha con­ver­ti­do ya en un lu­gar co­mún el crí­ti­co que, de­fe­nes­tran­do el va­lor de una co­me­dia, sen­ten­cia al fi­nal «pe­ro al me­nos te ríes». Como si la fun­ción na­rra­ti­va de la co­me­dia no fue­ra, pre­ci­sa­men­te, eso. Hacerte reír. Hacerte cos­qui­llas es­tra­té­gi­ca­men­te has­ta que no pue­des evi­tar reír a carcajadas. 

    Hot Tub Time Machine no es una obra maes­tra. Tampoco lo pre­ten­de. Su bur­la a los tro­pos clá­si­cos del via­je en el tiem­po, su te­ma so­bre có­mo no exis­ten vi­das es­cri­tas de an­te­mano y su tono ge­ne­ral gam­be­rro, sin de­jar de ser ama­ble y di­ver­ti­do, ha­cen de la pe­lí­cu­la una co­me­dia des­en­fa­da­da y divertida. 

    David Lynch: The Art Life, de Rick Barnes, Olivia Neergaard-Holm y Jon Nguyen | Letterboxd

    Autor y obra son dos co­sas di­fe­ren­tes. No pue­den ser juz­ga­dos co­mo un to­do in­di­so­lu­ble; hay en­cuen­tros, pun­tos don­de se re­la­cio­nan, pe­ro ni la obra es la to­ta­li­dad del au­tor ni la to­ta­li­dad del au­tor es su obra. Triste y si­nies­tro se­ría lo contrario. 

    Goth, de Gen Takahashi | Letterboxd

    A ve­ces ir des­pa­cio es bueno. Permite ver co­sas que no son evidentes.

    Goth se to­ma las co­sas con cal­ma. Nos pre­sen­ta des­de el prin­ci­pio que hay un ase­sino en se­rie que le gus­ta cor­tar las ma­nos de sus víc­ti­mas, pe­ro a par­tir de ahí to­do va des­pa­cio. Relajado. Sin de­ma­sia­da pre­ten­sión de lle­gar rá­pi­do a nin­gu­na conclusión.

    Taxi 2, de Gérard Krawczyk | Letterboxd

    Ninjas. Humor chus­co. Japón en sus es­te­reo­ti­pos más ab­sur­dos (aun­que evi­tan­do los ofen­si­vos). Velocidad. Coches im­po­si­bles. Taxi 2.

    Barking Dogs Never Bite, de Bong Joon-ho | Letterboxd

    Solipsismo, ob­se­sión, in­ca­pa­ci­dad de co­mu­ni­car­se. Todos te­mas hil­va­na­dos en­tre sí. Pero cuan­do ade­más se in­tro­du­ce en la ecua­ción un pe­rro —o una se­rie de pe­rros— to­do se des­con­tro­la por el mo­ti­vo más evi­den­te de to­dos: las per­so­nas se com­por­tan con los pe­rros co­mo nun­ca se atre­ve­rían a com­por­tar­se co­mo las per­so­nas. Para bien o pa­ra mal. Y de ese mo­do ca­da pe­rro es en la ope­ra pri­ma de Bong Joon-ho un ca­ta­li­za­dor de los ver­da­de­ros sen­ti­mien­tos de los per­so­na­jes. Buenos, ma­los, ne­fas­tos. Pero sentimientos. 

    Aristophanes – Humans Become Machines (2017) | Studio Suicide

    Si al­go bueno ha traí­do Internet es rom­per el pe­que­ño ca­pa­ra­zón que su­po­nen los me­dios de pro­duc­ción na­cio­na­les. Al crear un sis­te­ma de co­mu­ni­ca­ción glo­bal cu­yo uso es (re­la­ti­va­men­te) in­tui­ti­vo y no de­pen­dien­te (en­te­ra­men­te) del len­gua­je, es fá­cil en­con­trar al­ter­na­ti­vas al dis­cur­so he­ge­mó­ni­co pre­sen­te en ca­da lu­gar. En otras pa­la­bras, quien se con­for­ma con es­cu­char lo que po­nen en su ra­dio de re­fe­ren­cia, es por­que no tie­ne nin­gún in­te­rés de sa­lir de su pe­que­ña bur­bu­ja de lu­ga­res comunes.

    Aristophanes hu­bie­ra si­do im­po­si­ble an­tes de la apa­ri­ción de Internet. Eso es ob­vio pa­ra cual­quie­ra. Taiwanesa, ra­pe­ra, fe­mi­nis­ta y pro­fe­so­ra de es­cri­tu­ra crea­ti­va, sus ba­ses áci­das y sus fra­seos agre­si­vos y poé­ti­cos fue­ron des­cu­bier­tos a oc­ci­den­te cuan­do, bu­cean­do por SoundCloud, Grimes la en­con­tró y de­ci­dió con­tar con ella pa­ra la can­ción más in­tere­san­te de Art Angels, Scream. Por eso es­ta­mos hoy aquí. Porque gra­cias a esa co­la­bo­ra­ción ha po­di­do fir­mar Humans Become Machines, un dis­co con pre­ten­sión global.

    Taxidermias concretas vol. VIII | Studio Suicide

    16 Psyche es cru­do. Oscuro. Como si al­guien, en mi­tad de la no­che, se me­tie­ra en tu cuar­to, te aga­rra de pies y ma­nos, y te apo­rrea­ra de for­ma cons­tan­te sin per­mi­tir­te reac­cio­nar. Pero tam­bién ocu­rri­ría al­go di­fe­ren­te. Algo sen­sual. Erótico. Descubrir al­go cá­li­do y ju­gue­tón en ese apo­rrear, al­go que, más allá del do­lor, quie­re ha­cer­te dis­fru­tar de la ex­pe­rien­cia. Y cuan­do se va, y se aca­ba, de­seas se­cre­ta­men­te que cuan­do vuel­vas a dor­mir­te vuel­van a des­per­tar­te esos garrotazos.

    Y lo que se está haciendo

    La directora más feminista (y censurada) de España | Cinemanía

    «La pri­me­ra vez que oí ha­blar de Cecilia Bartolomé pen­sé que era un hom­bre. Fue en 2014, du­ran­te la pro­mo­ción de La is­la mí­ni­ma, cuan­do el di­rec­tor Alberto Rodríguez ci­tó co­mo fuen­te de ins­pi­ra­ción los do­cu­men­ta­les de los her­ma­nos Bartolomé. Dos años des­pués, re­cién cum­pli­dos mis 32, me to­pé, en un ma­nual so­bre el Nuevo Cine Español, con el nom­bre en fe­me­nino. Pero se­guí sin caer en que Cecilia Bartolomé era uno de los her­ma­nos. Mosqueada por los es­cue­tos pá­rra­fos que le de­di­ca­ba el li­bro, en com­pa­ra­ción con sus com­pa­ñe­ros va­ro­nes Saura, Patino, Summers, Regueiro, etc, acu­dí po­cos días des­pués a la bi­blio­te­ca de la Academia de Cine, uno de los se­cre­tos me­jor guar­da­dos de Madrid pa­ra ci­né­fi­los y aman­tes de nues­tra his­to­ria del ci­ne. Tampoco allí en­con­tré nin­gún li­bro so­bre Cecilia Bartolomé –más tar­de co­no­ce­ría la exis­ten­cia de El en­can­to de la ló­gi­ca, com­pen­dio de tex­tos so­bre la ci­neas­ta reu­ni­dos por Josetxo Cerdán y Marina Díaz López den­tro de una se­rie de tí­tu­lo pro­fé­ti­co, Los ol­vi­da­dos – . Lo que sí que des­cu­brí aquel día fue una co­pia de tra­ba­jo de una pe­lí­cu­la su­ya, un me­dio­me­tra­je ti­tu­la­do Margarita y el lobo».

    Esta es en realidad Mar de Marchis, la misteriosa mujer que dirige “Jot Down” | El Confidencial

    «Es un fan­tas­ma, una voz sin ros­tro. De to­das las per­so­nas con in­fluen­cia cul­tu­ral en es­te país, Mar de Marchis, fun­da­do­ra y edi­to­ra de la re­vis­ta “Jot Down”, es de lar­go la me­nos co­no­ci­da. Su nom­bre no fi­gu­ra en nin­gún re­gis­tro ni exis­te ras­tro do­cu­men­tal de una de las per­so­nas fuer­tes en el pa­no­ra­ma edi­to­rial. Ni si­quie­ra sus más es­tre­chos co­la­bo­ra­do­res, aque­llos que lle­van seis años tra­ba­jan­do con ella a dia­rio edi­tan­do la re­vis­ta, son ca­pa­ces de iden­ti­fi­car­la en una fo­to­gra­fía. La es­cu­chan día a día, pe­ro nun­ca se han sen­ta­do fren­te a frente».

  • Colores prohibidos (XIII+XIV) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores prohibidos (XIII+XIV) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Aunque nos sal­ta­mos una se­ma­na, eso no im­pi­de que Colores prohi­bi­dos. Se pue­de ser re­gu­lar en la irre­gu­la­ri­dad. Se pue­de ha­cer de la re­gu­la­ri­dad una for­ma de vol­ver, aun­que no sea siem­pre exac­ta­men­te a tiempo.

    Siguiendo la es­te­la de la an­te­rior en­tre­ga, te­ne­mos bas­tan­tes más li­bros que pe­lí­cu­las. Lo cual si­gue cho­can­do. Además de un buen pu­ña­do de pe­lí­cu­las ja­po­ne­sas ele­gi­das pa­ra que las vean prin­ce­sas de do­ce años, te­ne­mos tam­bién un pu­ña­do de crí­ti­cas de ci­ne de pe­lí­cu­las que han de­ja­do mu­cho de de­sear. En li­te­ra­tu­ra te­ne­mos de to­do: des­de un en­tu­sias­mo (es­pe­ro) con­ta­gio­so por li­bros alu­ci­nan­tes y so­no­ros bos­te­zos por otros que, si bien pro­me­tían, han aca­ba­do sien­do un ab­so­lu­to fias­co. Porque al fi­nal se­rá ver­dad lo que di­cen al­gu­nos es­cri­to­res. Que hoy en día, quie­nes me­jor es­cri­ben, son los ar­tis­tas, no los es­cri­to­res. Pero sea eso cier­to o no, aún nos que­da bas­tan­te mú­si­ca, una se­lec­ción de tex­tos aje­nos y co­mo de cos­tum­bre, la lis­ta de Spotify, Banzai! Banzai! Banzai!, que si­gue cre­cien­do te­ma­zo a temazo. 

    Y an­tes de aca­bar, un pe­que­ño anun­cio. La edi­to­rial Shangri-la aca­ba de pu­bli­car el li­bro teó­ri­co so­bre ci­ne por­no­grá­fi­co Porno. Ven y mi­ra don­de ten­go el ho­nor de par­ti­ci­par con un tex­to lla­ma­do Ero-Monogatari. La evo­lu­ción de la re­pre­sen­ta­ción por­no­grá­fi­ca en la so­cie­dad ja­po­ne­sa. Para quien ten­ga in­te­rés, el li­bro se pue­de com­pren­der en la web de la edi­to­rial o en su li­bre­ría fa­vo­ri­ta. Dicho eso, con­clui­mos Colores prohi­bi­dos. Hoy, tal vez, un po­co más prohi­bi­dos que de costumbre.

    Lo que hago

    Películas japonesas que le gustarán a una niña de 12 años | Cinemanía

    Algunos ni­ños dis­fru­tan con el ci­ne de Akira Kurosawa. Y en­tre esos, al­gu­nos ni si­quie­ra son de la reale­za. Con to­do, es com­pren­si­ble que mu­cha gen­te no se crea las afi­cio­nes de la prin­ce­sa Leonor. A fin de cuen­tas, el ci­ne ja­po­nés se nos ha ven­di­do siem­pre co­mo al­go len­to, fi­lo­só­fi­co y ex­tra­ño. Algo muy ale­ja­do del ima­gi­na­rio in­fan­til de aven­tu­ras, fan­ta­sía y co­lor. Pero eso es una tre­men­da men­ti­ra. En el ci­ne de Kurosawa, co­mo en el res­to del ci­ne ja­po­nés, ca­be to­do. Tanto adul­tos co­mo ni­ños, de lo más ma­du­ro a lo más in­fan­til. Para de­mos­trar­lo, he­mos ele­gi­do un pu­ña­do de pe­lí­cu­las ja­po­ne­sas que po­drá dis­fru­tar cual­quier pre­ado­les­cen­te, in­clu­so si ca­re­ce de tí­tu­lo no­bi­lia­rio. O si sus pa­dres no le obli­gan a ver Dersu Uzala.

    [Crítica] ‘Cuando los dioses bajaron a Varsovia y alrededores’ – Pynchon no habla polaco | Canino

    En el ám­bi­to li­te­ra­rio se sue­le con­fun­dir el pos­mo­der­nis­mo con ha­ber leí­do a Thomas Pynchon. Con sen­tir­se pró­xi­mo ha­cia al­gu­nos de sus tro­pos. Y es na­tu­ral. No só­lo por­que sea un gran es­cri­tor o por­que su som­bra sea alar­ga­da, sino por­que sin­te­ti­za a la per­fec­ción cier­to es­pí­ri­tu de la épo­ca. Pero ya que vi­vi­mos ba­jo el pa­ter­na­lis­ta co­lo­nia­lis­mo an­glo­sa­jón, eso es co­mo de­cir que sin­te­ti­za el es­pí­ri­tu nor­te­ame­ri­cano. Aquello que le es pro­pio a la cul­tu­ra pop es­ta­dou­ni­den­se, no ne­ce­sa­ria­men­te a él. 

    En otras pa­la­bras, de Thomas Pynchon lo que se sue­le to­mar es la iro­nía. Esa mis­ma que com­par­te con Los Simpson.

    E3 2017 (o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar el cinismo) | Canino

    Malas no­ti­cias: el for­ma­to del E3 se ago­ta. Ya no ha­ce gra­cia. Tras el enési­mo en­cor­ba­ta­do ven­dién­do­te su mier­da co­mo quien ven­de cre­ce­pe­lo de pue­blo en pue­blo y con el pú­bli­co aplau­dien­do a la na­da li­te­ral, uno se ago­ta. Empieza a sen­tir co­mo si le es­tu­vie­ran to­man­do el pe­lo. Y tal vez por eso las com­pa­ñías, len­ta­men­te, han ido cam­bian­do el for­ma­to con el que tra­ba­jan. Pasar de la clá­si­ca con­fe­ren­cia con de­sa­rro­lla­do­res dan­do da­tos y, en el me­jor de los ca­sos, bo­rra­chos de ma­sas ‑o en el ca­so de la Konami de 2010, tal vez só­lo borrachos‑, ha­cia otras for­mas más dinámicas.

    Mes Mini, de AnaitGames | Goodreads

    De vi­deo­jue­gos se es­cri­be mu­cho, pe­ro po­cas ve­ces bien. Siendo un me­dio jo­ven, con los clá­si­cos sien­do al­go que bien se pue­de ha­ber co­no­ci­do en el mo­men­to de su re­cep­ción, sa­ber a qué o có­mo afe­rrar­se es di­fí­cil. Si es que no di­rec­ta­men­te im­po­si­ble. Por eso re­sul­ta tan es­ti­mu­lan­te y va­lien­te cuan­do al­guien en­cuen­tra el mo­do de es­cri­bir de vi­deo­jue­gos: por­que es una ano­ma­lía den­tro de la ra­ma más me­dio­cre del periodismo. 

    AnaitGames es uno de esos po­cos si­tios don­de se es­cri­be bien. Con es­ti­lo. Con sa­pien­cia. Sin ol­vi­dar la ne­ce­si­dad de edu­car y en­tre­te­ner al lec­tor. Algo ex­cep­cio­nal no só­lo en la pren­sa de los vi­deo­jue­gos. Y en Mes Mini, li­bro que re­co­pi­la las trein­ta re­se­ñas de los trein­ta jue­gos que com­pu­sie­ron la sa­li­da de la NES Mini, po­de­mos ver has­ta qué pun­to es cier­to. Hasta qué pun­to su en­ten­di­mien­to y com­pren­sión de los jue­gos clá­si­cos de 8Bits les sir­ve pa­ra pen­sar los vi­deo­jue­gos, lo re­tro, la cul­tu­ra e, in­clu­so, pa­ra la escritura. 

    De qué hablo cuando hablo de escribir, de Haruki Murakami | Goodreads

    Haruki Murakami es co­mo un an­ciano. Si al­go dis­fru­ta es te­ner una vi­da plá­ci­da, bien or­de­na­da, don­de to­do trans­cu­rra con la mo­no­to­nía pro­pia de los días, sin so­bre­sal­tos que no pue­de ges­tio­nar bien. Y de vez en cuan­do, en­con­trar­se con sus nie­tos. O, en ge­ne­ral, con gen­te más jo­ven. ¿Para qué? Para po­der con­ver­sar. No pa­ra de­cir­les có­mo de­ben vi­vir la vi­da, sino pa­ra con­tar­les él la su­ya. Ya que él vi­ve ya más en el pa­sa­do que en el pre­sen­te, y ellos aún vi­ven más ca­ra al fu­tu­ro que en el aho­ra, en­cuen­tran am­bos un lu­gar don­de en­con­trar­se: en ese es­pa­cio que pa­re­ce, de al­gún mo­do, des­co­nec­ta­do de lo que am­bos la­dos carecen.

    Por qué nos gustan las mujeres, de Mircea Cărtărescu | Goodreads

    En de­ter­mi­na­do mo­men­to de Por qué nos gus­tan las mu­je­res su au­tor, Mircea Cărtărescu, re­tra­ta con pe­que­ñas es­tam­pas lo que di­ce el pro­pio tí­tu­lo. Por qué nos gus­tan las mu­je­res (a las hom­bres). Pero tras mu­cha ido­la­tría y re­cuer­dos, lle­ga un mo­men­to que ci­ta, ex­ta­sia­do, al bueno de Salinger. La ci­ta di­ce así: 

    «Aquí, so­bre la mar­cha, só­lo re­cuer­do a tres mu­cha­chas que me ha­yan im­pre­sio­na­do, la pri­me­ra vez que las vi, por su be­lle­za in­des­crip­ti­ble. Una de ellas era una chi­ca es­bel­ta, con un tra­je de ba­ño ne­gro, que ha­cía gran­des es­fuer­zos por abrir una som­bri­lla de co­lor na­ran­ja en la pla­ya de Jones, ha­cia 1936. A la se­gun­da la en­con­tré allá por el año 1939, en un cru­ce­ro por el Caribe, en el mo­men­to de ti­rar­le un en­cen­de­dor a una mar­so­pa. La ter­ce­ra era la ami­ga del je­fe, Mary Hudson.»

    Al aca­bar su pro­pio re­la­to, Cărtărescu re­co­no­ce que no ha po­di­do ha­cer en sie­te pá­gi­nas —aun­que, se­gún él, ha­ya si­do só­lo una— lo que ha­ce Salinger en tres pa­la­bras —aun­que, pa­ra ser jus­tos, en el me­jor de los ca­sos el mí­ni­mo son diez. Y no lo con­si­gue no por la ex­ten­sión, sino por su for­ma de mirar. 

    Manga in Theory and Practice: The Craft of Creating Manga, de Hirohiko Araki | Letterboxd

    Hirohiko Araki es un gran maes­tro del man­ga. Con su ex­tra­va­gan­te JoJo’s Bizarre Adventure no só­lo ha con­se­gui­do fu­sio­nar el ca­non clá­si­co grie­go con la es­té­ti­ca man­ga, el hiper-dinamismo y las his­to­rias cuasi-mitológicas ra­yano la pa­ro­dia his­té­ri­ca, sino tam­bién al­go mu­cho más di­fí­cil: un es­ti­lo pro­pio ca­paz de en­can­di­lar al público.

    Manga in Theory and Practice es Araki abrién­do­nos su ca­be­za y en­se­ñán­do­nos to­dos sus se­cre­tos. Como él mis­mo se­ña­la, una idea tan ma­la co­mo la del ma­go ex­pli­can­do sus trucos.

    The Belko Experiment, de Greg McLean | Letterboxd

    Violencia al on­ce. Crítica so­cio­po­lí­ti­ca de los chi­nos. Victoria de los bue­nos. Amarga, pe­ro vic­to­ria. Con un fi­nal su­fi­cien­te­men­te abier­to co­mo pa­ra in­si­nuar una se­gun­da par­te, si es que la pri­me­ra fun­cio­na co­mo pa­ra con­ti­nuar la sa­ga. Esas son las cla­ves de cual­quier pe­lí­cu­la de te­rror de es­tu­dio. Hacer al­go di­rec­to, sen­ci­llo y di­ge­ri­ble que se pue­da ven­der tan­to al ado­les­cen­te que só­lo quie­re un re­vul­si­vo po­ten­te co­mo al crí­ti­co que quie­re ha­cer lec­tu­ras más pro­fun­das de sus ob­je­tos de con­su­mo. Y eso es lo que nos ofre­ce Greg McLean.

    Shimmer Lake, de Oren Uziel | Letterboxd

    Sólo hay dos ra­zo­nes pa­ra se­guir una es­truc­tu­ra na­rra­ti­va no-lineal: o que no se en­tien­da de for­ma li­neal o que el te­ma o el sub­tex­to de la his­to­ria re­quie­re que no sea li­neal. Cualquier otra ra­zón es es­pu­ria. Hacer una his­to­ria no-lineal por­que mo­la más o, dios nos li­bre, pa­ra ocul­tar lo ab­so­lu­ta­men­te en­de­ble del guión, es un de­li­to con­tra la na­rra­ti­va. Y esos de­li­tos no se pa­gan ni con cár­cel ni con la muer­te, pe­ro sí se co­bran con el peor cas­ti­go po­si­ble pa­ra un ar­tis­ta. Con el ostracismo. 

    Power Rangers, de Dean Israelite | Letterboxd

    A los Power Rangers só­lo les pi­do una co­sa: el po­der de la amis­tad, mons­truos gi­gan­tes y hos­tias co­mo pa­nes. Si en el pro­ce­so in­clu­yen per­so­na­jes me­mo­ra­bles, al­gu­nos bue­nos pun­tos de co­me­dia y un dra­ma de ba­ja in­ten­si­dad que no mo­les­te de­ma­sia­do, en­ton­ces ya me doy con un can­to en los dien­tes. Literalmente. Podría re­ven­tar­me los dien­tes con un can­to ro­da­do si los ame­ri­ca­nos, ade­más de sa­blear des­ca­ra­da­men­te el con­te­ni­do de Super Sentai, se mo­les­ta­ran, de una pu­ñe­te­ra vez, en es­tu­diar por­qué fun­cio­na de un mo­do tan per­fec­to la poé­ti­ca del to­ku­satsu.

    Leon – Bird World (2017) | Studio Suicide

    La mú­si­ca de vi­deo­jue­go nun­ca pa­sa de mo­da. Aunque sur­gió co­mo una mo­da en apa­rien­cia efí­me­ra, el chip­tu­ne pa­re­ce ser tan eterno co­mo las to­na­di­llas que imi­tan: aque­llo que era una li­mi­ta­ción por pu­ra ne­ce­si­dad co­yun­tu­ral, se ha con­ver­ti­do en una for­ma es­té­ti­ca. Y al igual que el pi­xel art va co­bran­do ca­da vez más fuer­za, el chip­tu­ne va acom­pa­ñán­do­lo en paralelo.

    Pero hay ahí un pro­ble­ma. Que lo in­tere­san­te de los vi­deo­jue­gos de los 80’s y 90’s no eran sus li­mi­ta­cio­nes. Era có­mo las apro­ve­cha­ban. A fin de cuen­tas, ¿qué mú­si­co, de ha­ber te­ni­do la po­si­bi­li­dad, no hu­bie­ra uti­li­za­do ma­yo­res re­cur­sos que de los que disponía? 

    Taxidermias concretas vol. VI | Studio Suicide

    Llegó la ho­ra. Tras un buen pu­ña­do de EP’s Cigarettes After Sex le­van­tan la lie­bre. Y su dis­co ho­mó­ni­mo es co­mo sus ade­lan­tos: sua­ve, nar­có­ti­co, ele­gan­te. Ese post-punk re­vi­val tan ape­ga­do a la épo­ca co­mo al sa­bor de la ni­co­ti­na en la gar­gan­ta. A la sa­li­va en la bo­ca. Al se­xo don­de sea que lo ha­ya ha­bi­do. A nos­tal­gia. A al­go co­no­ci­do. Y co­mo tal en­tra bien. Como te­lón de fon­do; co­mo de­co­ra­do de otras ac­cio­nes. Porque eso son Cigarettes After Sex un te­lón de fon­do. Algo que em­pie­za y se ago­ta en ca­da escucha.

    Ryan Adams — 1989 (2015) | Studio Suicide

    El pop in­dus­trial ame­ri­cano es una per­fec­ta pie­za de di­se­ño. Literalmente. Hacen fal­ta dos do­ce­nas de le­tris­tas, com­po­si­to­res y téc­ni­cos de so­ni­dos pa­ra con­se­guir que ca­da can­ción sue­ne exac­ta­men­te co­mo de­be so­nar. Y si bien eso de­ja po­co o nin­gún si­tio pa­ra la per­so­na­li­dad, el al­ma o cual­quier for­ma de ar­te, no es eso pa­ra lo que sir­ve el pop. El pop (in­dus­trial) atien­de a con­di­cio­nes co­mer­cia­les. Al al­go­rit­mo del gus­to me­dio. Y o se cum­ple o no tie­ne propósito. 

    Taxidermias concretas vol. VII | Studio Suicide

    No ha­ce fal­ta ser un ge­nio pa­ra ser un buen ar­tis­ta. Sólo ha­ce fal­ta ha­cer al­go di­fe­ren­te. Cumplir unos mí­ni­mos ge­ne­ra­les, en­con­trar un as­pec­to par­ti­cu­lar en lo cual po­de­mos mar­car la di­fe­ren­cia y ex­plo­tar­lo. Even the songs in the de­part­ment sto­re, can ma­ke me happy the­se days. es un sin­gle bas­tan­te di­rec­to: ni la ins­tru­men­ta­ción des­ta­ca ni sus co­ros son na­da nue­vo ni la fu­sión de hard­co­re con in­die rock de prin­ci­pios del si­glo es na­da nue­vo. ¿Por qué ha­bría que es­cu­char­lo en­ton­ces? Porque ha­ce to­do eso bien. Y ade­más de ha­cer­lo bien, aña­de un plus: su can­tan­te, can­tan­do a to­da ve­lo­ci­dad, ha­cien­do que sue­ne co­mo al­go to­tal­men­te nue­vo. Como si el hard­co­re siem­pre hu­bie­ra ne­ce­si­ta­do eso: ace­le­rar to­da­vía un po­co más.

    Y lo que se está haciendo

    Estudiar hasta la muerte en Corea del Sur | El Mundo

    «Los Hagwons y ca­fés li­bre­ría son una de las imá­ge­nes re­cu­rren­tes en torno a la em­ble­má­ti­ca es­ta­ción de me­tro de Gangnam, que da nom­bre al ba­rrio de Seúl que po­pu­la­ri­zó el can­tan­te Psy. Los se­gun­dos po­drían ser la ver­sión muy edul­co­ra­da de los Hagwons y, por tan­to, ap­tos tan só­lo pa­ra los me­nos pro­cli­ves a las sin­gu­la­res nor­ma­ti­vas de esos cen­tros de es­tu­dio pri­va­dos. Además, sus pro­pios pro­mo­to­res ‑mu­chos de ellos, com­pa­ñías edi­to­ras que has­ta aho­ra te­nían es­ca­sa re­la­ción con el mun­do de la hostelería- re­co­no­cen que no sue­len ser ne­go­cios que re­por­ten gran­des in­gre­sos y que sim­ple­men­te lo ha­cen pa­ra apro­ve­char la pre­sen­cia de es­tu­dian­tes y pu­bli­ci­tar sus li­bros. Los más so­fis­ti­ca­dos, ade­más de ofre­cer el me­jor ca­fé, per­mi­ten tam­bién al­qui­lar or­de­na­do­res por­tá­ti­les y has­ta proyectores.

    Los Hagwons son una ins­ti­tu­ción apar­te. Las pro­pias au­to­ri­da­des ca­pi­ta­li­nas tu­vie­ron que es­ta­ble­cer ha­ce años una suer­te de to­que de que­da pa­ra po­ner freno a su de­sem­pe­ño, que les po­día lle­var a per­ma­ne­cer abier­tos has­ta la 1 de la mañana».

    Antoine d’Agata: el infierno soy yo | El País

    «Cuando al­guien se au­to­rre­tra­ta con la te­rri­ble fra­se “Mi úni­co in­fierno soy yo, mi úni­ca sa­li­da es el otro”, el tono de la con­ver­sa­ción es­tá cla­ro des­de el ini­cio. No hay tram­pas po­si­bles con Antoine d’Agata (Marsella, 1961), que pa­ra co­rro­bo­rar con ges­tos lo di­cho en pa­la­bras se re­ti­ra la man­ga de la ca­mi­sa y en­se­ña las ve­nas. D’Agata no so­lo es una gran es­tre­lla de la agen­cia Magnum y un ar­tis­ta y un ser hu­mano sen­si­ble y frá­gil has­ta más allá de lo ra­zo­na­ble. También es un yon­qui de la fo­to­gra­fía. No so­lo de la fo­to­gra­fía. También de lo que pa­ra él, se­gún su pro­fe­sión de fe, con­lle­va ir por el mun­do ha­cien­do fo­tos: “Compromiso, in­vo­lu­cra­ción, in­cons­cien­cia, deseo”».

    The Thin Line Between Reality and Fantasy in Ugetsu | The Criterion Collection

    «Kenji Mizoguchi was th­ree de­ca­des in­to his ca­reer when he had his in­ter­na­tio­nal breakth­rough with 1952’s The Life of Oharu, a de­vas­ta­ting dra­ma about the plight of wo­men in feu­dal Japan that he­ral­ded an ex­tra­or­di­nary run of mas­ter­pie­ces for the film­ma­ker las­ting un­til his un­ti­mely death in 1956. None of the­se was mo­re mo­men­to­us than 1953’s Ugetsu, a sixteenth-century ghost story ren­de­red in Mizoguchi’s sig­na­tu­re sty­le of long ta­kes and flo­wing ca­me­ra work. Drawing on dis­pa­ra­te li­te­rary sour­ces — two short sto­ries by eighteenth-century Japanese wri­ter Akinari Ueda and one by French mas­ter Guy de Maupassant — the di­rec­tor fashio­ned an ex­qui­si­te ex­plo­ra­tion of fe­ma­le sa­cri­fi­ce and ma­le va­nity out of the ta­le of two couples sun­de­red du­ring war­ti­me, the men’s foo­lish pur­suits of worldly glory in­du­cing them to aban­don their wi­ves, and ul­ti­ma­tely lea­ving them stran­ded in stran­ge and su­per­na­tu­ral realms. In this ex­cerpt from a sup­ple­ment on our edi­tion of the film, which we re­lea­sed in a Blu-ray up­gra­de this week, Japanese New Wave film­ma­ker Masahiro Shinoda (Double Suicide) dis­cus­ses how Mizoguchi seam­lessly wea­ves to­gether na­rra­ti­ve mo­des, in­ter­la­cing harsh rea­lism and spell­bin­ding fan­tasy to heigh­ten the tale’s tra­gedy and mystery».

  • Colores prohibidos (XII) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores prohibidos (XII) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Otra se­ma­na más. Otra oca­sión pa­ra los Colores prohi­bi­dos.

    Esta vez cam­bian las tor­nas. Tenemos bas­tan­tes li­bros, ha­bla­mos mu­cho de la di­fe­ren­cia en la re­pre­sen­ta­ción en­tre lo es­cri­to y lo ob­ser­va­do, to­do cor­te­sía de Otsuichi y John Berger. Además, tam­bién te­ne­mos si­tio pa­ra los clá­si­cos, por­que Cumbres bo­rras­co­sas no en­ve­je­cen nun­ca. En te­ma ci­ne va­mos más es­ca­sos, pe­ro to­da­vía te­ne­mos de qué ha­blar: es­pe­cial­men­te de Raw, de la cual te­ne­mos un ar­tícu­lo en es­ta mis­ma san­ta ca­sa que mar­ca (¡por fin!) el re­torno a la pro­duc­ción de con­te­ni­do pro­pio. Para re­ma­tar, en lo mu­si­cal, vol­ve­mos al siem­pre im­pres­cin­di­ble Nick Cave y echa­mos un vis­ta­zo a lo úl­ti­mo de Omar Rodríguez-López. O lo que era lo úl­ti­mo la se­ma­na pa­sa­da, ya que su rit­mo de pu­bli­ca­ción du­ran­te el 2017 re­sul­ta im­po­si­ble de se­guir. Entre las co­sas que se es­tán ha­cien­do, sen­ci­llo: al­go po­lí­ti­ca, bas­tan­te videojuegos.

    Nada más, na­da me­nos. Que no es po­co. No cuan­do vuel­ve The Sky Was Pink con un ar­tícu­lo lar­go, ade­más de es­tos re­po­si­to­rios. Pero no si­ga­mos de­mo­rán­do­nos. Ya lo he­mos he­cho lo su­fi­cien­te. Sólo re­cor­dar que la lis­ta de Spotify, Banzai! Banzai! Banzai! si­gue cre­cien­do. Poco a po­co. Siempre ha­cia ade­lan­te. Como Colores prohi­bi­dos.

    Lo que hago

    Goth, de Otsuichi | Goodreads

    En el gé­ne­ro del sus­pen­se hay cier­tas cla­ves ab­so­lu­tas. Inviolables. Rasgos que no pue­den es­qui­var­se si se de­sea que la obra si­ga cir­cuns­cri­ta en el gé­ne­ro. Debe ha­ber al­gu­na cla­se de mis­te­rio, es ne­ce­sa­rio po­der con­je­tu­rar qué o quién es el cul­pa­ble del mis­mo y la re­ve­la­ción de­be ser sor­pren­den­te, pe­ro to­da­vía asen­ta­da so­bre la in­for­ma­ción que se nos ha ido do­si­fi­can­do a lo lar­go de la historia.

    O lo que es lo mis­mo, en el sus­pen­se se ha­ce a gri­tos lo que en cual­quier otra ex­pre­sión na­rra­ti­va se ha­ce en­tre susurros.

    Goth, de Otsuichi y Kendi Oiwa | Goodreads

    No es ver­dad que una ima­gen val­ga más que mil pa­la­bras. Depende de qué ima­gen. De qué pa­la­bras. Existen imá­ge­nes equí­vo­cas, imá­ge­nes ma­lin­ten­cio­na­das e, in­clu­so, imá­ge­nes fal­sas. En ese ca­so, cual­quier pa­la­bra sin­ce­ra, por im­pre­ci­sa que sea, re­sul­ta más efec­ti­va. Pero in­clu­so así, la pro­ble­má­ti­ca no re­si­de en cuál de am­bos pro­ce­sos es más vá­li­do pa­ra trans­mi­tir lo real. Ambos lo son. El pro­ble­ma re­si­de en qué me­dio es más efec­ti­vo trans­mi­tir un de­ter­mi­na­do men­sa­je: si el de las imá­ge­nes o el de las palabras.

    Cuando las pa­la­bras de­ben con­ver­tir­se en imá­ge­nes, ocu­rre Goth. Porque el di­bu­jo y la com­po­si­ción de Kenji Oiwa in­ten­ta ha­cer­nos vi­vir la mis­ma ex­pe­rien­cia que las pa­la­bras de Otsuichi en la no­ve­la que adapta. 

    Cumbres borrascosas, de Emily Brönte | Goodreads

    Hay quien de­fien­de que la li­te­ra­tu­ra de­be te­ner una la­bor mo­ral. Que de­be edu­car en va­lo­res po­si­ti­vos a quien la lee. Pero a di­fe­ren­cia de lo que creen esos cu­ras de púl­pi­to, li­bro u hoz y mar­ti­llo, la li­te­ra­tu­ra só­lo tie­ne obli­ga­cio­nes es­té­ti­cas. Su fi­na­li­dad, aque­llo que trans­mi­te, de­be que­dar só­lo en­tre el li­bro y el lec­tor. Y si se ter­cia, que no siem­pre, con el au­tor mediando.

    Cumbres bo­rras­co­sas es un li­bro so­bre el amor. Específicamente, so­bre có­mo el amor lo pue­de todo. 

    Ways of Seeing, de John Berger | Goodreads

    Algo que sa­be cual­quier ar­tis­ta es que la mi­ra­da de­be ser edu­ca­da. Que to­dos ve­mos, pe­ro no to­dos sa­be­mos mirar. 

    Esto pue­de so­nar ra­ro, pe­ro pen­se­mos un mo­men­to. ¿Son el mo­ra­do y el vio­le­ta el mis­mo co­lor? Para mu­chas per­so­nas, la res­pues­ta es ob­via: no. Pero pa­ra otros mu­chos, esa res­pues­ta no es tan ob­via. Y si po­ne­mos una mues­tra de am­bos co­lo­res, no po­ca gen­te se con­fun­di­ría o no sa­bría de­cir qué co­lor es ca­da cual. Y se­ría nor­mal. Porque no­so­tros ve­mos de for­ma pre-lingüística, pe­ro ob­ser­va­mos con el len­gua­je. Si per­ci­bi­mos el mo­ra­do y el vio­le­ta (y el li­la y el ma­gen­ta y el bur­deos) co­mo co­lo­res di­fe­ren­tes, no co­mo me­ras gra­da­cio­nes del mis­mo co­lor, es por­que sa­be­mos co­mo mi­rar a los co­lo­res. Cómo diferenciarlos.

    Raw, de Julia Ducournau | Letterboxd

    Para vi­vir en so­cie­dad se nos exi­ge ser nor­ma­les. Mediocres. En la me­dia. Esforzarnos lo su­fi­cien­te pa­ra dar la sen­sa­ción de ha­ber­lo da­do to­do, pe­ro no lo su­fi­cien­te co­mo pa­ra que cam­bie al­go en no­so­tros o en nues­tro en­torno. Porque ser nor­mal sig­ni­fi­ca anu­lar la di­fe­ren­cia. Borrar to­do lo que no es­té so­cial­men­te san­cio­na­do. Y si pa­ra eso es ne­ce­sa­rio au­to­mu­ti­lar nues­tra iden­ti­dad, que así sea.

    A Cure for Wellness, de Gore Verbinski | Letterboxd

    En el ci­ne el va­lor de una obra no es la me­ra su­ma de sus par­tes. Puedes te­ner una fan­tás­ti­ca fo­to­gra­fía, una in­tere­san­te ban­da so­no­ra, un guión só­li­do y una bue­na di­rec­ción y que el re­sul­ta­do sea una pe­lí­cu­la so­po­rí­fe­ra in­ca­paz de fas­ci­nar a na­die que no ven­ga ya de ca­sa con la sa­lu­da­ble in­ten­ción de ena­mo­rar­se. Porque en el ci­ne, co­mo en el ar­te o en la co­ci­na, lo im­por­tan­te es la mez­cla. Cómo con­flu­yen los ele­men­tos. Y en A Cure for Wellness ca­da cual aca­ba yen­do a su aire. 

    Siguiendo la his­to­ria de una ex­tra­ña clí­ni­ca que ejer­ce co­mo re­ti­ro es­pi­ri­tual pa­ra los pri­vi­le­gia­dos, su con­flic­to re­sul­ta tan ri­dí­cu­la­men­te en­de­ble (el pro­ta­go­nis­ta se ve obli­ga­do a ir a la clí­ni­ca en bus­ca del CEO de la em­pre­sa en la que tra­ba­ja) que la pe­lí­cu­la se aca­ba sos­te­nien­do so­bre el úni­co ele­men­to in­dis­cu­ti­ble de la pe­lí­cu­la: su ca­pa­ci­dad pa­ra evo­car un am­bien­te de pe­sa­di­lla per­fec­ta­men­te asép­ti­co, frío y distante. 

    Colossal, de Nacho Vigalondo | Letterboxd

    Nacho Vigalondo es la eter­na pro­me­sa. Cada nue­va pe­lí­cu­la su­ya ro­za la ge­nia­li­dad, pe­ro nun­ca lo­gra al­can­zar­la. Nos ha­ce pen­sar siem­pre la pró­xi­ma se­rá la bue­na, pe­ro cuan­do lle­ga la pró­xi­ma, va­mos al ci­ne ilu­sio­na­dos y, una vez más, nos va­mos a ca­sa con la sen­sa­ción agri­dul­ce de que se­rá la siguiente.

    A Colossal es im­po­si­ble en­trar sin ex­pec­ta­ti­vas. Siendo la ver­sión del kai­ju ei­ga de un di­rec­tor tan per­so­nal, es im­po­si­ble que no sea interesante.

    Nick Cave & The Bad Seeds – Skeleton Tree (2016) | Studio Suicide

    A Nick Cave el tono ele­gia­co se le da por sen­ta­do. Sus ob­se­sio­nes, siem­pre en­tre dios y la mu­gre, co­mo si só­lo fue­ra po­si­ble en­con­trar un ac­to de fe ver­da­de­ra o un mi­la­gro real­men­te va­lio­so cuan­do se mi­ra ha­cia los me­nos afor­tu­na­dos, ha­cen im­po­si­ble que pue­da ir más allá de la nau­sea co­mo con­ven­ción poé­ti­ca. Como te­ma. O si se pre­fie­re, co­mo pe­ga­men­to: aque­llo que man­tie­ne uni­dos to­dos sus in­tere­ses es la pa­sión con los que los ob­ser­va des­de el pun­to de vis­ta de los ca­lle­jo­nes más oscuros. 

    Taxidermias concretas vol. V | Studio Suicide

    A Omar Rodríguez-López no le asus­ta na­da. Ningún gé­ne­ro. Ninguna ins­tru­men­ta­ción. Todo es ap­to pa­ra sus ideas. Y si en Birth Of A Ghost de­be co­que­tear con las or­ques­tas y con la mú­si­ca asiá­ti­ca, es­pe­cial­men­te la ét­ni­ca chi­na, y ha­cer lo más pa­re­ci­do a una ope­ra de la di­nas­tía Ming en pleno si­glo XXI, o la ban­da so­no­ra de un J‑RPG clá­si­co, que así sea. Porque por el ca­mino, nos da­rá una pe­que­ña jo­ya que nos ha­rá re­cor­dar, una vez más, que llo­ra­mos po­co a The Mars Volta. Incluso si hay océa­nos en­te­ros de sus lágrimas.

    Be normal. Raw, antropofagia y el terror de la palabra «normal» | The Sky Was Pink

    Toda so­cie­dad tie­ne su pro­pia con­cep­ción de lo nor­mal. En la nues­tra, ser nor­mal sig­ni­fi­ca ser me­dio­cre. En la me­dia. Esforzarse lo su­fi­cien­te pa­ra dar la sen­sa­ción de ha­ber­lo da­do to­do, pe­ro no lo su­fi­cien­te co­mo pa­ra que cam­bie al­go en no­so­tros o en nues­tro en­torno. Bajo esa dis­tor­sión si­nies­tra del jus­to me­dio aris­to­té­li­co, ser nor­mal sig­ni­fi­ca anu­lar la di­fe­ren­cia. Borrar to­do lo que no es­té so­cial­men­te san­cio­na­do. Y si pa­ra eso es ne­ce­sa­rio re­cu­rrir a la mu­ti­la­ción, de­jan­do par­te de nues­tra iden­ti­dad por el ca­mino, que así sea.

    Y lo que se está haciendo

    Mi casero me sube un 40% y tengo que desprenderme de 5.000 libros | El Confidencial

    «Me pre­gun­tan muy en se­rio por qué voy llo­ran­do por los rin­co­nes por te­ner­me que des­pren­der de ca­si 5.000 de mis 15.000 li­bros. Pues ahí van las cin­co ra­zo­nes principales».

    “Disgaea 5 Complete” es el juego más raro (e infinito) de Nintendo Switch | GQ

    «Disgaea es una sa­ga de una com­pa­ñía ja­po­ne­sa muy mo­des­ta (Nippon Ichi se lla­man: “Los Número 1 de Japón”). Es in­des­crip­ti­ble si no se jue­ga o no se ve ju­gar, pe­ro ima­gi­na una es­pe­cie de aje­drez lo­quí­si­mo don­de se cru­zan a la vez las es­té­ti­cas y las pro­pues­tas de un cu­bo de Rubik y de los ani­mes fli­pa­dos. Es co­mo un jue­go de es­tra­te­gia de Son Gokus con­tra Freezers, cam­bian­do “pla­ne­ta Namek” por di­men­sio­nes in­fer­na­les, don­de lo de rom­per un mun­do es más o me­nos al­go que pue­des ha­cer en las 10 pri­me­ras ho­ras de jue­go y que só­lo quie­re glo­ri­fi­car y lle­var al lí­mi­te má­xi­mo los sis­te­mas de com­ba­te de jue­gos co­mo los Final Fantasy. Es un “¿has­ta dón­de po­de­mos lle­gar en los jue­gos con tur­nos y ca­si­llas?”, pe­ro que se­gún ha ido avan­zan­do se ha con­ver­ti­do en “¿has­ta dón­de po­de­mos lle­gar en es­to de te­ner ideas muy ja­po­ne­sas, que na­die en­tien­de muy bien pe­ro que de­jan a to­do el mun­do con la bo­ca abierta?”».

    “Life Is Unfair”: A Q&A With Nier: Automata’s Director | Kotaku

    «Nier: Automata is both a wild ac­tion ga­me and an in­tros­pec­ti­ve look at the things that ma­ke us hu­man. We co­rres­pon­ded with di­rec­tor Yoko Taro via e‑mail to talk about the game’s the­mes, what goes in­to wri­ting me­mo­ra­ble cha­rac­ters, and what he’d li­ke vi­deo ga­me pla­yers to stop doing».

  • Be normal. Raw, antropofagia y el terror de la palabra «normal»

    Be normal. Raw, antropofagia y el terror de la palabra «normal»

    Toda so­cie­dad tie­ne su pro­pia con­cep­ción de lo nor­mal. En la nues­tra, ser nor­mal sig­ni­fi­ca ser me­dio­cre. En la me­dia. Esforzarse lo su­fi­cien­te pa­ra dar la sen­sa­ción de ha­ber­lo da­do to­do, pe­ro no lo su­fi­cien­te co­mo pa­ra que cam­bie al­go en no­so­tros o en nues­tro en­torno. Bajo esa dis­tor­sión si­nies­tra del jus­to me­dio aris­to­té­li­co, ser nor­mal sig­ni­fi­ca anu­lar la di­fe­ren­cia. Borrar to­do lo que no es­té so­cial­men­te san­cio­na­do. Y si pa­ra eso es ne­ce­sa­rio re­cu­rrir a la mu­ti­la­ción, de­jan­do par­te de nues­tra iden­ti­dad por el ca­mino, que así sea.

    Normal no es la pa­la­bra que ele­gi­ría el crí­ti­co me­dio pa­ra des­cri­bir Raw. Ni si­quie­ra co­mo nor­mal en tér­mi­nos ci­ne­ma­to­grá­fi­cos o de gé­ne­ro. Con to­do el én­fa­sis que po­ne en sus imá­ge­nes, no per­mi­tién­do­se ni un se­gun­do de me­tra­je sin fun­ción, su ob­se­sión na­rra­ti­va re­sul­ta anor­mal en un tiem­po en que las pe­lí­cu­las de­ben du­rar más de dos ho­ras só­lo por el me­ro he­cho de que es lo nor­mal. Pero ese no es el úni­co sen­ti­do en el que es anor­mal. Su es­té­ti­ca, al­ter­nan­do en­tre los to­nos fríos (pa­ra los ani­ma­les) y los ca­lien­tes (pa­ra los hu­ma­nos) pe­ro siem­pre con una fo­to­gra­fía asép­ti­ca, su na­rra­ti­va, con su­ce­sión rá­pi­da y lim­pia de es­ce­nas, y su am­bien­ta­ción, trans­cu­rrien­do to­do en­tre la uni­ver­si­dad y sus al­re­de­do­res, no só­lo re­bo­san per­so­na­li­dad, sino que se des­mar­can abier­ta­men­te del es­ti­lo ge­né­ri­co del ci­ne de terror.

    Porque, in­clu­so es­tan­do fue­ra de la nor­ma del gé­ne­ro, Raw es te­rror. Y un ejem­plo par­ti­cu­lar­men­te virtuoso.

    ¿Cómo pue­de ser te­rror sal­tán­do­se to­das las con­ven­cio­nes del gé­ne­ro? No ha­cién­do­lo. No res­pe­tan­do sus ras­gos más su­per­fi­cia­les, pe­ro sí acep­tan­do sus cla­ves pri­mor­dia­les: el sim­bo­lis­mo, la re­ve­la­ción fi­nal, la exis­ten­cia del mal in­ven­ci­ble. Dejando atrás la es­té­ti­ca cló­ni­ca y los Siete Pasos Para La Película de Terror Perfecta y abra­zan­do lo que su pro­pia na­rra­ti­va le exi­ge. Retratar con igual asep­sia lo nor­mal y lo anormal.

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    En Raw se re­tra­ta con la mis­ma frui­ción la de­pi­la­ción de unas in­glés o el pro­ce­so de co­mer­se un de­do re­cién sec­cio­na­do. No se je­rar­qui­za. Y no se ha­ce, por­que am­bas co­sas son, igual­men­te, nor­ma­les y anor­ma­les: nor­ma­les en el con­tex­to en el que ocu­rren, anor­ma­les pa­ra Justine, la pro­ta­go­nis­ta de la historia.

    Aquí Justine es la cla­ve. Comenzando la pe­lí­cu­la co­mo una es­tu­dian­te de cua­dro de ho­nor, ve­ge­ta­ria­na y con la fir­me creen­cia de que ani­ma­les y hu­ma­nos de­be­rían te­ner los mis­mos de­re­chos, ra­zón por la cual se de­ci­de a es­tu­diar ve­te­ri­na­ria, aca­ba la mis­ma des­cu­brien­do que to­do lo que siem­pre ha­bía pen­sa­do co­mo fru­to de una elec­ción éti­ca era más bien la im­po­si­ción que le pu­sie­ron sus pa­dres pa­ra que pu­die­ra evi­tar te­ner que li­diar con una per­ver­sa ten­den­cia biológica.

    Puede que ani­ma­les y hu­ma­nos de­ba­mos te­ner los mis­mos de­re­chos. Pero tal vez sea só­lo por­que to­dos es­ta­mos igual­men­te su­je­tos a la ca­de­na trófica.

    Llegados es­te pun­to, ca­be pre­gun­tar­se dón­de que­da aquí la nor­ma­li­dad. Si Justine es ve­ge­ta­ria­na, que co­ma car­ne, es un he­cho anor­mal: si co­me car­ne, no es ve­ge­ta­ria­na. Ha trai­cio­na­do su iden­ti­dad. Justine no es quien creía ser, sino otra per­so­na. Pero, ¿y si ese no fue­ra el ca­so? ¿Y si, de he­cho, el des­cu­brir la an­tro­po­fa­gia co­mo un sa­lu­da­ble mo­do de vi­da no só­lo con­tra­vie­ne su iden­ti­dad co­mo ve­ge­ta­ria­na, sino que la refuerza?

    A fin de cuen­tas, no es anor­mal que al­guien que cree que ani­ma­les y hu­ma­nos son igua­les pue­da de­vo­rar a am­bos por igual.

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    Es ahí don­de ve­mos el re­tor­ci­do sen­ti­do del hu­mor de Raw. Su al­ma de te­rror. A fin de cuen­tas, en­tre el hu­mor y el te­rror la úni­ca dis­tan­cia exis­ten­te son las con­se­cuen­cias: si no hay con­se­cuen­cias, o son mí­ni­mas, es co­me­dia; si hay con­se­cuen­cias gra­ves, o in­clu­so mor­ta­les, es te­rror. Por eso, si Raw no re­sul­ta (más) có­mi­ca, es por lo te­rri­ble de to­do cuan­to ocurre.

    ¿Y qué ocu­rre? Que to­dos los per­so­na­jes bus­can lo mis­mo. Ser nor­ma­les. Incluso si, en el pro­ce­so, su iden­ti­dad se in­ter­po­ne por el camino.

    Veamos eso de for­ma pormenorizada.

    Adrien, el com­pa­ñe­ro de cuar­to de Justine, se de­fi­ne co­mo gay, pe­ro le per­tur­ba ha­ber­se acos­ta­do con ella —por­que ha de­fi­ni­do su iden­ti­dad en la nor­ma­li­dad de lo gay; si se acues­ta con una chi­ca, ya no es gay, por tan­to no es nor­mal — ; Alexia, la her­ma­na de Justine, tra­ta a su her­ma­na co­mo si fue­ra una ma­dre, pe­ro lue­go la hu­mi­lla pú­bli­ca­men­te por esos mis­mos ins­tin­tos que azu­za en ella —por­que en­tran en con­flic­to su iden­ti­dad de car­ní­vo­ra con ha­ber si­do edu­ca­da co­mo ve­ge­ta­ria­na; la nor­ma aquí se­ría que pro­te­gie­ra y en­se­ña­ra a su her­ma­na, pe­ro su ins­tin­to es ata­car­la — ; y la pro­pia Justine, pro­ta­go­nis­ta de la his­to­ria, se de­fi­ne co­mo ve­ge­ta­ria­na, pe­ro co­me carne.

    Aquí nor­mal no sig­ni­fi­ca «en la nor­ma so­cial». Significa «en la nor­ma de su pro­pia ta­xo­no­mía». Adrien no es nor­mal en tér­mi­nos de un hom­bre gay, Alexia no es nor­mal en tér­mi­nos de fi­gu­ra ma­ter­nal her­bí­vo­ra y Justine no es nor­mal co­mo ve­ge­ta­ria­na. Ninguno de ellos es nor­mal, de ba­se, so­cial­men­te ha­blan­do. Pero la pe­lí­cu­la nos da la cla­ve de to­do en for­ma de la mé­di­co que tra­ta a Justine por su alergia.

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    «Encuentra tu pe­que­ño rin­cón don­de ser tú misma».

    Ser nor­mal pue­de sig­ni­fi­car tam­bién ser nor­mal den­tro de un ni­cho. En un rin­cón. Pero el con­cep­to de nor­ma­li­dad es tan es­tre­cho, y to­da iden­ti­dad tan com­ple­ja, que to­dos ne­ce­si­tan ir más allá de ese rin­cón. Y al ha­cer­lo, se des­ata la tra­ge­dia. Porque no só­lo no son nor­ma­les pa­ra lo que la so­cie­dad con­si­de­ra nor­mal, es que tam­po­co son nor­ma­les pa­ra lo que la so­cie­dad con­si­de­ra anormales.

    Son anor­ma­les in­clu­so pa­ra los ano­mar­les. Son los mons­truos in­clu­so de los monstruos.

    Eso es Raw. El te­rror de­trás de la nor­ma­li­dad, de la opre­sión, de có­mo las ca­te­go­rías só­lo sir­ven pa­ra re­du­cir com­ple­jos sis­te­mas de iden­ti­dad en pa­la­bras sim­ples que ape­nas sí son dos tra­zos de al­go más com­ple­jo. Gay. Madre. Vegetariana. O an­tro­pó­fa­ga. Como si la iden­ti­dad pu­die­ra re­du­cir­se, en­cap­su­lar­se y de­fi­nir­se en un úni­co ras­go que pue­de cam­biar, trans­for­mar­se o te­ner un ori­gen di­fe­ren­te al he­cho de ser un con­ve­nien­te ata­jo men­tal pa­ra quie­nes no quie­ren mo­les­tar­se en co­no­cer a las personas.

    Raw es cruel. Es cruel por­que es nor­mal. Porque se de­pi­la, fo­lla y co­me car­ne hu­ma­na del mis­mo mo­do que me­te el bra­zo has­ta el co­do en el cu­lo de una va­ca o ha­ce una prue­ba de re­sis­ten­cia a un ca­ba­llo. Con asep­sia. Con na­tu­ra­li­dad. Con nor­ma­li­dad. Y por eso es im­por­tan­te su fi­nal. Porque en ese pe­cho des­cu­bier­to lleno de he­ri­das, no se re­ve­la­da na­da que no se­pa­mos ya: só­lo se re­cal­ca lo que ya sa­be­mos: que no hay na­da de anor­mal en Alexia y Justine. Que son, na­da más y na­da me­nos, que al­go que se es­ca­pa de la ta­xo­no­mía hu­ma­na clásica.

    Algo tan te­rro­rí­fi­co, que de­be­ría ha­cer­nos tem­blar la pró­xi­ma vez que al­guien use la pa­la­bra nor­mal.