Categoría: The Sky Was Pink

  • la pornografía tecnológica fue ayer

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    La con­cep­ción del hé­roe co­mo un ser per­fec­to, o en bús­que­da de su per­fec­ción, in­ca­paz de errar y con una brú­ju­la mo­ral a prue­ba de bom­bas es, pro­ba­ble­men­te, la ma­yor fan­ta­sía que nos ha­ya da­do la fic­ción nun­ca. Y es que Tony Stark no du­da­rá en afir­mar­nos que es así mien­tras nos brin­da con la dé­ci­ma co­pa del día en Ultimate Armor Wars.

    Con un guión obra del siem­pre de­ma­sia­do po­co va­na­glo­ria­do Warren Ellis es­te ar­co nos cuen­ta las pe­ri­pe­cias de Stark pa­ra re­cu­pe­rar los pro­to­ti­pos de su ar­ma­du­ra a lo lar­go del mun­do en­te­ro. Entre me­dias se pro­pon­drá las me­tas de acos­tar­se con una her­mo­sa jo­ven, pa­sar­se más tiem­po bo­rra­cho que des­pier­to, sal­var su repu­tación y uti­li­zar la vio­len­cia sin mues­tra al­gu­na de es­crú­pu­los a cual­quie­ra que se opon­ga a sus de­seos. Y, por su­pues­to, to­do es­to lo ha­ce mien­tras gra­ba un pod­cast. Si le su­ma­mos que to­do es un ab­sur­do mix­ta­pe en­tre una Europa de­ci­no­mó­ni­ca y el con­ti­nuo abu­so de la tec­no­lo­gía de Stark uti­li­za­da de un mo­do ile­gí­ti­mo, la po­li­cía de Inglaterra in­clui­da, con­se­gui­mos un can­to a la glo­ría de un anti-héroe de la tes­tos­te­ro­na. Todo es­to pa­ra aca­bar en un fi­nal ab­sur­do, tram­po­so, fa­ci­lón y ma­ra­vi­llo­sa­men­te pulp que en cual­quier otro me­dio ha­ría arran­car­se el al­ma a los crí­ti­cos al gri­to de estafa.

    La ob­se­sión hi-tech, ro­zan­do la tec­no­fi­lia, de Tony Stark es jus­ta­men­te un re­fle­jo de esa mis­ma ob­se­sión que tie­ne Warren «Rey de Internet» Ellis por to­do lo que hue­la a que el fu­tu­ro ya fue ayer. Y con es­to úl­ti­mo jue­ga en­tre chas­ca­rri­llos el fi­nal del có­mic. La gran­dio­si­dad del hoy ya fue ayer y la fa­mi­lia Stark sa­be ma­ni­pu­lar a los su­yos, por­que Tony ya fue­ron los de­más. La tec­no­lo­gía y las per­so­nas son un re­fle­jo de los fan­tas­mas del ayer.

  • carne, silicona y rituales

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    A lo lar­go de una vi­da las per­so­nas van con­for­mán­do­se sus pro­pios de­ta­lles que les dan per­so­na­li­dad y vi­da. Algunas arru­gas, lu­na­res o ci­ca­tri­ces son nues­tra mar­ca de gue­rra del tiem­po. Sin em­bar­go tam­bién se na­ce con otra se­rie de co­sas que no nos gus­tan, pe­que­ños de­fec­tos que nos de­fi­nen a tra­vés de un error de fá­bri­ca. Pero la car­ne plas­ti­fi­ca­da, la car­ne co­mo he­rra­mien­ta es­té­ti­ca, es el pá­ni­co y el de­seo del hom­bre moderno.

    En el bre­ví­si­mo do­cu­men­tal Honey Pie nos en­se­ñan co­mo se crea una mu­ñe­ca rea­lis­ta pa­ra adul­tos. Su cons­truc­ción ar­te­sa­nal, pie­za a pie­za, es un si­nies­tro pa­ra­le­lis­mo de una hi­po­té­ti­ca cons­truc­ción di­vi­na del hom­bre, pie­za a pie­za. Sus ex­pre­sio­nes ca­ren­tes de vi­da, las par­tes de cuer­po sin usar or­ga­ni­za­das y guar­da­das, las ca­ras ex­pues­tas y los cuer­pos aun sin ter­mi­nar col­gan­do con­for­man es­te gro­tes­co es­pec­tácu­lo. No es­ta­mos vien­do so­lo mu­ñe­cas se­xua­les, es­ta­mos vien­do ému­los de se­res hu­ma­nos crea­dos con ar­mo­nía ab­so­lu­ta, sin má­cu­la con­ce­bi­dos. Así ve­mos co­mo van con­for­man­do la car­ne, la nue­va car­ne, de unos se­res hu­ma­nos fí­si­ca­men­te per­fec­tos he­chos a me­di­da de un so­li­ta­rio cua­ren­tón de Iowa. En un tiem­po en el que las mu­je­res se vuel­ven se­res más al­quí­mi­cos que hu­ma­nos a tra­vés de la cien­cia, el ho­muncu­lo se mi­me­ti­za con el mortal.

    En una tie­rra don­de la car­ne pa­sa a ser un tri­bu­to pa­ra la so­cie­dad y las ex­pec­ta­ti­vas es­té­ti­cas se tor­nan sue­ños crue­les el si­guien­te pa­so es el dop­pel­gän­ger, el do­ble. Pero no uno exac­to a no­so­tros, sino uno que so­lu­cio­ne to­dos los de­fec­tos que ate­so­ra­mos en nues­tros cuer­pos. La so­cie­dad exi­ge nues­tro ser en un ri­tual imposible.

  • pesadilla sin terror

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    Los vie­jos te­rro­res a ve­ces ne­ce­si­tan que les sa­cu­dan el pol­vo y les den lus­tre pa­ra así vol­ver a cau­sar pá­ni­co an­te una nue­va olea­da de jó­ve­nes im­pre­sio­na­bles en bus­ca de mi­tos ge­ne­ra­cio­na­les. Pero cuan­do to­do es­to so­lo se ha­ce de un mo­do cha­pu­ce­ro sin res­pe­tar el que fue y de­be­ría se­guir sien­do, se ave­ci­na la ca­tás­tro­fe. El re­ma­ke de Pesadilla en Elm Street por Samuel Bayer nos lo de­ja bien claro.

    Unos ado­les­cen­tes mue­ren mis­te­rio­sa­men­te en sus sue­ños, to­do es cul­pa de Freddy Kruger, un pe­de­ras­ta que abu­sa­ba de ellos de pe­que­ños por lo cual sus pa­dres lo ma­ta­ron. Hasta aquí to­do si­gue in­dem­ne en es­te re­ma­ke, el pro­ble­ma es to­do lo de­más. Todos y ca­da uno de los pro­ta­go­nis­tas son ahos­tia­bles, el guión es errá­ti­co y las muer­tes no pro­du­cen nin­gún ti­po de im­pac­to; pre­miar el sus­to fá­cil ha­cia unos per­so­na­jes que se lo me­re­cen no es al­go per­mi­si­ble. Esto su­ma­do a un Freddy que pa­re­ce un sub­nor­mal con un shock alér­gi­co ter­mi­na un ro­tun­do fias­co en la for­ma de abor­dar el re­ma­ke. Sus úni­cos triun­fos los en­cuen­tra en lo ex­pli­ci­to de la pro­pia pe­de­ras­tia de Freddy, aun­que ex­ce­si­va­men­te li­te­ra­li­za­da, sien­do lo úni­co que lle­ga a in­quie­tar mí­ni­ma­men­te a lo lar­go de la pe­lí­cu­la. Lo más ate­rra­dor es la os­cu­ri­dad co­ti­dia­na que se es­con­de de­trás de cual­quier esquina.

    Resucitar a los clá­si­cos del sue­ño de los jus­tos no de­be­ría ser a cual­quier pre­cio, Freddy no me­re­cía es­te des­tino. Aun con sus acier­tos y un tra­ba­jo me­nos ne­fas­to de lo es­pe­ra­ble el re­sul­ta­do es un in­men­so ejer­ci­cio de pu­ro des­dén ha­cia el ge­ne­ro y el per­so­na­je que es­tán cul­ti­van­do. Y to­do tie­ne per­dón en es­ta vi­da, sal­vo pro­fa­nar el sue­ño de los an­ti­guos terrores.

  • la censura como acto terrorista

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    Todas las gran­des his­to­rias em­pie­zan con una apues­ta y la ca­za de un le­pre­chaunt. No es de ex­tra­ñar que cuan­do se le cap­tu­re se la­men­te y nos cul­pe de que aho­ra los te­rro­ris­tas con­se­gui­rán ata­car con éxi­to el mun­do de fan­ta­sía del que pro­ce­de. Así es co­mo Kyle, Stan, Kenny y Butters aca­ban en Imaginolandia.

    Por ca­sua­li­dad los chi­cos de South Park se en­cuen­tran con el al­cal­de de Imaginolandia, el cual les lle­va allí pa­ra que co­noz­can su pro­pia ima­gi­na­ción. La ca­tás­tro­fe se ave­ci­na y unos te­rro­ris­tas is­lá­mi­cos arra­san con gran par­te de la ima­gi­na­ción, ha­cién­do­se con el po­der en el lu­gar pa­ra ata­car Occidente. Mientras Stan y Kyle con­si­guen huir, Butters se que­da atrás te­nien­do que se­guir con vi­da en Imaginolandia. A la vuel­ta, en el mun­do real, Cartman exi­ge por con­tra­to que Kyle le prac­ti­que se­xo oral al ha­ber­se de­mos­tra­do la exis­ten­cia de los duen­des. Así se ini­cia es­te via­je ini­ciá­ti­co don­de el ver­da­de­ro hé­roe de la his­to­ria es el eterno se­cun­da­rio Butters. Aquí Butters se con­vier­te en el úni­co ca­paz de sal­var a la ima­gi­na­ción mien­tras sus ami­gos Stan y Kyle in­ten­tan ayu­dar­le des­de la reali­dad al prin­ci­pio, en Imaginolandia des­pués, a pe­sar de la opo­si­ción ba­sa­da en el egoís­mo y la im­be­ci­li­dad de Cartman y el gobierno. 

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  • el ánima de los mitos

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    La re­in­ter­pre­ta­ción es una cla­ve ex­ce­si­va­men­te in­fra­va­lo­ra­da en el ar­te de un tiem­po a es­ta par­te. Aun exis­tien­do en la mú­si­ca los re­mi­xes y las ver­sio­nes siem­pre pa­re­ce que los ar­tis­tas se li­mi­tan a imi­tar lo que han es­cu­cha­do a su ma­ne­ra, sin in­ten­tar apor­tar al­go sus­tan­cial­men­te nue­vo, sa­car a la luz al­go que es­tu­vie­ra es­con­di­do en­tre esas no­tas. Salvo Bryan Lee O’Malley con su one man band, Kupek.

    En su dis­co Nameless, Faceless Compilation des­pués de un agra­da­ble em­pa­cho de in­die pop de lo más naïf se des­cuel­ga de re­pen­te con una ver­sión de Born Slippy de Underworld. Huyendo de los so­ni­dos elec­tró­ni­cos mi­ra más allá de la pro­pia can­ción y no so­lo la lle­va a su es­ti­lo, sino que la re­in­ter­pre­ta de prin­ci­pio a fin. Es la mis­ma can­ción, son las mis­mas no­tas, pe­ro a la vez es al­go to­tal­men­te di­fe­ren­te, al­go nue­vo, al­go que siem­pre es­tu­vo en­ce­rra­do ahí y, so­lo aho­ra, ve la luz. La can­ción se vuel­ve dul­ce y tier­na, con una ale­gre me­lan­co­lía que nos em­pa­pa en­te­ra­men­te de prin­ci­pio a fin. A su vez, con su mi­ni­ma­lis­mo ba­rro­co, con­si­gue des­per­tar una reali­dad la­ten­te que es­ta­ba ya tan­to den­tro de la pro­pia com­po­si­ción, co­mo den­tro de no­so­tros mismos.

    Cuando uno re­in­ter­pre­ta de­be ha­cer­lo con la ca­be­za, el co­ra­zón y el al­ma, pro­pio y de la com­po­si­ción. La bús­que­da del au­ten­ti­co men­sa­je es­con­di­do en el áni­ma de la mú­si­ca es otra de las la­bo­res del mú­si­co que de ver­dad ama su ar­te. Y den­tro pa­sea un ángel…