Categoría: The Sky Was Pink

  • viaje al centro de M83

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    Debido a la den­si­dad del post pue­den es­cu­char una ilus­tra­ti­va lis­ta de Spotify que les guia­rá y des­gra­na­rá to­do es­te aná­li­sis aquí

    Messier 83 es una pre­cio­sa ga­la­xia en for­ma de es­pi­ral que, por su pro­pia for­ma, pa­re­ce que es­té in­ten­tan­do es­ca­par de si mis­ma. Esto es un po­co lo que pa­sa con el gru­po que hoy nos ocu­pa y cu­yo nom­bre de­be a es­ta ga­la­xia, M83.

    El gru­po M83 sur­ge en la pri­ma­ve­ra del 2001 y ya el 18 de Abril de ese mis­mo año sa­can su pri­mer dis­co, el ho­mó­ni­mo M83 pu­bli­ca­do por el se­llo con el que han tra­ba­ja­do siem­pre, Gooom. En es­tos co­mien­zos el gru­po es aun esen­cial­men­te dos, el shoe­ga­zer os­cu­ro y vio­len­to Anthony Gonzalez y el apa­sio­na­do de la elec­tró­ni­ca de bai­le lu­mi­no­so y vi­ta­lis­ta Nicolas Fromageau. En es­te pri­mer dis­co ya em­pe­za­mos a pre­sen­ciar una cons­tan­te en sus pri­me­ros tra­ba­jos, la ba­ta­lla de egos de am­bos músicos.

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  • dependientes de la mirada

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    Sólo an­te el mi­ni­ma­lis­mo de re­cur­sos es cuan­do la ge­nia­li­dad aflo­ra con fuer­za, de un mo­do di­fe­ren­te, de­mos­tran­do quien real­men­te es un ge­nio y quien, sin em­bar­go, só­lo es un me­dio­cre con re­cur­sos. Y es que cuan­do do­mi­nas al­go de un mo­do tan ma­gis­tral da igual las li­mi­ta­cio­nes de es­pa­cio y tiem­po que ten­gas, se­ras ca­paz de ha­cer oro de un pe­da­zo de es­tiér­col. O te­rror con un to­ro fo­llán­do­se a una va­ca co­mo Katsuhiro Otomo en su bre­ví­si­mo Visitors.

    Un hom­bre so­lo ha­bla con una vi­si­ta, es cor­tes, le ofre­ce un te, char­lan y al fi­nal es­ta­lla la bom­ba del por qué de es­tar ahí. En ese mo­men­to to­do se des­ata y el caos se apo­de­ra de la es­ce­na, so­lo la in­ter­pre­ta­ción del lec­tor po­drá re­sol­ver las te­la­ra­ñas en­tre­cru­za­das que con­for­man la his­to­ria; to­do de­pen­de de con los ojos con los que se mi­re. Uno pue­de mi­rar con los ojos fí­si­cos o pue­de mi­rar con los ojos in­te­rio­res, los del al­ma, los de la men­te, lo cual re­per­cu­ti­rá en dos vi­sio­nes to­tal­men­te di­fe­ren­tes de la his­to­ria. Otomo nos ha­ce ver más allá de la tex­tua­li­dad co­mún del có­mic pa­ra re­tar­nos a no­so­tros a de­ci­dir cual es la his­to­ria que he­mos leí­do. Nos re­ta a ju­gar en una do­ble vía, con una do­ble in­ter­pre­ta­ción don­de po­de­mos ser ma­te­ria­lis­tas y cí­ni­cos o ele­gir una se­gun­da op­ción más es­pi­ri­tual y mís­ti­ca; am­bas se­rán acer­ta­das en tan­to se crean co­mo ta­les. Y esa es la ma­gia úni­ca de Visitors, su ca­pa­ci­dad de vol­ver com­ple­ta­men­te trans­pa­ren­te el va­lor de la in­ter­pre­ta­ción crí­ti­ca de la obra de for­ma aje­na al au­tor. No im­por­ta que pen­sa­ra Otomo al di­bu­jar­la que fue­ra, cual­quier de las in­ter­pre­ta­cio­nes po­si­bles es vá­li­da en tan­to cohe­ren­te en si misma. 

    Una vez más Katsuhiro Otomo nos de­mues­tra co­mo es uno de los re­yes del man­ga, no tan­to por sus di­bu­jos o sus gran­des obras co­mo por su de­ta­llis­mo, cui­da­do y do­mi­nio del me­dio. Así nos en­se­ña ya qui­zás no tan­to co­mo de­be­ría ser un man­ga co­mo el he­cho de co­mo de­be­ría ana­li­zar­se y cri­ti­car­se to­do man­ga. La his­to­ria nun­ca es­ta es­cri­ta has­ta que es in­ter­pre­ta­da por el lector.

  • mutando en nocilla

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    La li­te­ra­tu­ra es­pa­ño­la que es­ta en el can­de­le­ro que no sean ya in­sig­nes plu­mi­llas afin­ca­das tiem­po atrás pa­re­ce que por ne­ce­si­dad ten­gan que ser los no­ci­lle­ros. Una in­tere­san­te crí­ti­ca que mu­ta en no­ve­la es la que rea­li­za Javier García Rodríguez en Mutatis Mutandis.

    Un fi­ló­lo­go de li­te­ra­tu­ra me­die­val nos va des­gra­nan­do su vi­sión de la cons­pi­ra­ción en la som­bra de los mu­tan­tes, la ge­ne­ra­ción no­ci­lla, pa­ra ha­cer­se con la li­te­ra­tu­ra y el mun­do. Su crí­ti­ca des­de la pro­pia no­ve­li­za­ción mu­ta pa­ra adap­tar­se al es­ti­lo de lo que pro­pia­men­te cri­ti­ca pa­ra en un sar­dó­ni­co y mu­tan­te gi­ro del des­tino des­mon­tar el dis­cur­so no­ci­lle­ro des­de sus pro­pias en­tra­ñas. Con es­to mu­ta pa­ra mu­dar­se en piel aje­na del mo­do que un po­ke­mon mu­ta, más que evo­lu­cio­na, ya que su cam­bio más que evo­lu­ti­vo es mu­ta­cio­nal (¿se­rán no­ci­lle­ros los po­ke­mon?) co­mo ge­ne­ra­cio­nal di­cen es la no­ci­lla, otro pa­ra­le­lis­mo con po­ke­mon el cual in­ves­ti­gar. Así en es­te sub­ver­si­vo ata­que que le em­pa­re­ja­ría en for­ma, que no en sus­tan­cia, a los mo­vi­mien­tos de cier­tos his­trio­nis­mos de blo­gue­ros y/o poe­tas que con­si­gue crear una áci­da vi­sión con una pers­pec­ti­va in­te­rio­ri­za­da des­de el ex­te­rior de la li­te­ra­tu­ra con­tem­po­ra­nea. Un li­bro que ha­ría reír a car­ca­ja­das igual­men­te a Mr. E que a Mr. J, si es que vo­ca­li­za­ran el es­pa­ñol, en su so­te­rra­da idea­li­dad prag­má­ti­ca a la ho­ra de ori­gi­nar una nue­va se­rie de edi­fi­cios nue­vos de­rrum­ba­dos en la pro­sa actual.

    Mutando con una gran so­tis­fi­ca­ción en­tre los ba­de­nes de una for­ma de mi­rar cruel pe­ro asin­to­má­ti­ca Javier García Rodríguez aca­ba por crear una obra de una con­sis­ten­cia inefa­ble. La mu­ta­ción ya es­ta aquí y des­co­no­ce­mos ab­so­lu­ta­men­te quien se­ra el nue­vo in­fec­ta­do. La nue­va so­fis­ti­ca­ción pa­sa por spoken-words po­la­cos y vi­deo­ar­tis­tas vietnamitas.

  • aquí estamos en la carretera

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    La exis­ten­cia es una ca­rre­ra, nues­tro ca­mino por la ca­rre­te­ra es lo im­por­tan­te, no el cuan­do o co­mo lle­ga­re­mos a nues­tro des­tino. Esto es lo de­be pen­sar el gran Monte Hellman, pues es ni más ni me­nos lo que ve­mos en el zeit­geist del prin­ci­pio de los 70’s que es Two-Lane Blacktop.

    El con­duc­tor y el me­cá­ni­co con­du­cen por to­do el país re­tan­do a ca­rre­ras a cuan­tos pi­lo­tos creen que pue­den de­rro­tar. Un día la chi­ca apa­re­ce y se que­da con ellos via­jan­do en bus­ca de nue­vas ca­rre­ras. Un día co­no­cen a un hom­bre al cual re­tan a una ca­rre­ra, le de­jan de­ci­dir a es­te el des­tino y de­ci­den ir a Washington, D.C.., quien ga­ne se lle­va el co­che del otro. El Chevy 150 con­tra el Pontiac GTO. Una ca­rre­ra de ho­nor don­de to­dos se pa­ran a char­lar y ce­nar jun­tos, no son enemi­gos, son alia­dos en una ca­rre­ra don­de so­lo uno pue­de ven­cer. Todo se vuel­ve cir­cu­lar. La chi­ca va del Chevy al Pontiac una y otra vez, pa­ra aca­bar yén­do­se sin nin­guno. El con­duc­tor so­lo ama a su co­che, o lo acep­tas o te vas. El Pontiac va re­co­gien­do au­to­es­to­pis­tas en una cí­cli­ca con­se­cu­ción de men­ti­ras, his­to­rias y per­so­nas que bus­can lle­gar a su destino.

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  • los superhéroes de la cotidianidad

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    Los co­mics nos pre­sen­tan un ab­sur­do y po­co ló­gi­co mun­do don­de los su­per­hé­roes se es­ca­pan de to­das las le­yes que im­pe­ran en la reali­dad. Una vez más Mark Millar vie­ne a sa­car­nos de nues­tra a en­so­ña­ción y nos pre­sen­ta Kick-Ass, la his­to­ria de su­per­hé­roes reales.

    Esta es la his­to­ria de Dave Lizewski, un jo­ven pán­fi­lo a los co­mics que ape­nas si sa­be na­die que exis­te afi­cio­na­do. Un día de­ci­de en­fun­dar­se en un tra­je de bu­zo y po­ner­se una mas­ca­ra pa­ra sa­lir a pa­tru­llar y ser un su­per­hé­roe, con el más que pre­vi­si­ble re­sul­ta­do de ser apa­li­za­do bru­tal­men­te y pos­te­rior­men­te atro­pe­lla­do. Claro que des­pués de me­ses de hos­pi­tal y reha­bi­li­ta­ción con­si­gue vol­ver a la ca­lle y sal­va a un hom­bre de una bru­tal pa­li­za por par­te de unos do­mi­ni­ca­nos. Alguien lo sube a you­tu­be y ya to­do es his­to­ria, el pri­mer su­per­hé­roe de la reali­dad ha na­ci­do, Kick-Ass ya es­ta aquí. Y es que con es­ta pre­mi­sa Mark Millar nos en­re­da en una his­to­ria per­fec­ta­men­te or­ques­ta­da de co­mo se­rían es­tos per­so­na­jes en la reali­dad, sin po­de­res y te­nien­do que vi­vir con res­pon­sa­bi­li­da­des reales.

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