Categoría: The Sky Was Pink

  • el amor es guerra

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    El amor es una cues­tión di­fi­cil y du­ra que no po­de­mos de­jar de la­do ni ig­no­rar. El amor es al­go que no po­de­mos ni te­ne­mos de­re­cho a ele­gir, so­mos ex­tran­je­ros en nues­tro pro­pio co­ra­zón, ex­tra­ños de nues­tros sen­ti­mien­tos. Sabiendo es­to Hatsune Miku de­ci­de can­tar­nos que el amor es una gue­rra de una for­ma pe­cu­liar en ella.

    Love Is War de ryo es un ra­ra avis den­tro de lo que se ha­bía he­cho con la ya fa­mo­si­si­ma per­so­na­je de vo­ca­loid. Alejándose del j‑pop y del elec­tro­pop más fa­ci­lón pa­ra el cual es con­ce­bi­da se acer­ca a unos so­ni­dos más pro­xi­mos al nu me­tal con una fuer­te car­ga de elec­tró­ni­ca. La com­bi­na­ción de la voz de Miku, es­pe­cial­men­te ra­bio­sa por es­ta vez, con pe­sa­das gui­ta­rras y so­ni­dos elec­tró­ni­cos sa­le triun­fan­te en una can­ción lle­na de fuer­za y pa­sión. Esto se ve fa­vo­re­ci­do gra­cias a que la le­tra no es una pas­te­la­da fá­cil a las cua­les nos tie­nen acos­tum­bra­dos la ma­yo­ría de com­po­si­to­res pa­ra la chi­ca de pe­lo azul. En es­te ca­so Miku nos can­ta co­mo su amor es una gue­rra y le­jos de mos­trar­se co­mo un per­so­na­je su­mi­so se im­po­ne tan­to en el amor co­mo en su pro­pia mú­si­ca. Este gi­ro ecléc­ti­co ha­cia un so­ni­do más fuer­te, con­tun­den­te, a la par que una vi­sión del amor sin la vi­sión su­mi­sa clá­si­ca de la mu­jer ja­po­ne­sa es el gran triun­fo de es­ta can­ción. De es­te mo­do ryo no so­lo car­ga de per­so­na­li­dad al per­so­na­je sino que tam­bién nos de­ja ver los atis­bos de una ideo­lo­gía que so­lo po­dría na­cer el seno de una co­mu­ni­dad ma­du­ra e in­de­pen­dien­te. El pú­bli­co y Miku han ma­du­ra­do jun­tos yen­do de la mano es­te tiempo.

    En es­te mo­men­to so­lo que­da aplau­dir el co­mo han cam­bia­do con pa­so fir­me ha­cia una for­ma más adul­ta nues­tra ido­ru fa­vo­ri­ta y con ella, sus crea­do­res. Hatsune Miku ha cam­bia­do y es­tá evo­lu­cio­nan­do, co­mo el amor, co­mo la gue­rra. Larga vi­da a la idol vir­tual, lar­ga vi­da a la hu­ma­na pixelada.

  • un mundo antiguo para superheroes modernos

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    Cuando tu nom­bre es un nu­me­ro, eres la úl­ti­ma en la lis­ta de her­ma­nos y ade­mas, to­dos tie­nen fan­tás­ti­cos po­de­res me­nos tu la vi­da pue­de lle­gar a ser in­creí­ble­men­te cruel. O así nos lo des­ve­la Gerard Way en su co­mic The Umbrella Academy: Apocalypse Suite.

    Un gru­po de ni­ños na­cen sin con­cep­ción al­gu­na por des­co­no­ci­da pro­vi­den­cia. Siete de ellos son res­ca­ta­dos, edu­ca­dos y en­tre­na­dos por Sir Reginald Hargreeves en la Umbrella Academy pa­ra que el día de ma­ña­na im­pi­dan el apo­ca­lip­sis. Y el día de ma­ña­na im­pi­den el apo­ca­lip­sis. Mientras 00.01 o Spaceboy vis­te con un tra­je de go­ri­la, 00.05 o The Boy via­ja en el tiem­po con ex­tra­ñas con­se­cuen­cias, Hargreeves es un alie­ni­ge­na y Dr. Pogo es un chim­pan­cé doc­to­ra­do y con mo­nócu­lo. Y na­da de es­to nos im­por­ta de­ma­sia­do y ape­nas si pa­sa de pun­ti­llas a ex­pli­car na­da de es­to, no por­que no nos im­por­te, sino por­que no im­por­ta. La his­to­ria es di­ver­ti­da, es caó­ti­ca y ce­lé­ri­ca, no im­por­ta por­que pa­sa lo que pa­sa, im­por­ta que es lo que pa­sa. ¿Por qué ex­pli­car al­go que es ab­so­lu­ta­men­te cohe­ren­te con el uni­ver­so que te­ne­mos delante?

    Se abren una in­fi­ni­dad de in­cóg­ni­tas en es­te The Umbrella Academy: Apocalypse Suite pe­ro nin­gu­na de las ex­pues­tas an­tes es al­gu­na de es­tas. Solo que­da su­mer­gir­se en la obra y dis­fru­tar de un per­so­nal uni­ver­so steam­punk de su­per­he­roes que son, por fin de nue­vo, su­per­he­roes de co­mic y no tra­sun­tos de lo que se­rían en la reali­dad. El ma­yor acer­ca­mien­to a la reali­dad es aquel que se pre­ten­de des­de el ini­cio nue­va realidad.

  • los flujos artificiales del deseo

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    Todo ser hu­mano es­ta por de­fi­ni­ción en­ce­rra­do. Ya sea en­ce­rra­do en su car­ne, en­ce­rra­do en su ge­ne­ro, en­ce­rra­do en su ciu­dad o, co­mo en es­ta Haze de Shinya Tsukamoto, en­ce­rra­do en sus deseos.

    Un hom­bre des­pier­ta en­ce­rra­do y he­ri­do en un lu­gar os­cu­ro don­de ape­nas pue­de mo­ver­se ga­tean­do. Buscando una sa­li­da fi­nal­men­te en­cuen­tra a una mu­jer en su mis­ma si­tua­ción con la cual, en­con­tra­ran una hi­po­té­ti­ca sa­li­da. Así aun­que to­do se nos pre­sen­ta co­mo real nun­ca sa­be­mos que es lo que de ver­dad ocu­rre y que no es más que los de­seos de nues­tro anó­ni­mo pro­ta­go­nis­ta. Ellos, en­ce­rra­dos en sus de­seos, ven pro­yec­ta­do su su­fri­mien­to in­te­rior, sus sen­ti­mien­tos, a tra­vés de ese la­be­rin­to del do­lor. Con una úni­ca sa­li­da que les lle­va al ho­rror y la acep­ta­ción de lo que son y de lo que sien­ten po­drán em­pren­der una nue­va vi­da fe­liz, tal y co­mo ha­bían deseado.

    Nuestra reali­dad es la pro­yec­ción de nues­tros de­seos, de los flu­jos que nos con­di­cio­nan a ser co­mo so­mos. La ne­ga­ción de es­tos nos lle­va al ate­rra­dor su­fri­mien­to por el que ten­dre­mos que tran­si­tar pa­ra al­can­zar la acep­ta­ción de los mis­mos. Del do­lor a la fe­li­ci­dad a tra­vés de una ac­ti­tud deseante.

  • la luz y la oscuridad de nuestra tierra

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    Las ciu­da­des tie­nen flu­jos por los cua­les se con­di­cio­nan las vi­das en sus ca­lles. Ciertos lu­ga­res cau­san unas sen­sa­cio­nes y nos lle­van por unos ca­mi­nos es­pe­cí­fi­cos no mar­ca­dos, al me­nos no cons­cien­te­men­te, por el ur­ba­nis­mo o la ar­qui­tec­tu­ra. Esto es lo pri­me­ro que pre­sen­cia­mos en el de­li­cio­so man­ga Tekkon Kinkreet de Taiyō Matsumoto.

    Kuro y Shiro son dos jo­ve­nes huer­fa­nos de 10 años los cua­les son los amos y se­ño­res de la fic­ti­cia Treasure Town. Kuro es im­pul­si­vo y vio­len­to, una tor­be­llino de fu­ria y cruel­dad que re­pre­sen­ta la de­ca­den­cia y la os­cu­ri­dad de un ba­rrio per­di­do. Shiro es ato­lon­dra­do y so­ña­dor, un al­ma cán­di­da y amo­ro­sa que da sen­ti­do a la exis­ten­cia, ya que ve to­das las co­sas bue­nas y co­mo po­drían ha­cer me­jor el mun­do. Su dua­li­dad con­for­man el es­pí­ri­tu del ba­rrio, ya que el uno ne­ce­si­to del otro pa­ra equi­li­brar­se y for­mar el con­jun­to que son. El ba­rrio es lo que es, lo que fue y lo que se­ra, un con­ti­nuo flu­jo de ener­gías co­nec­ta­das en­tre si co­mo Kuro y Shiro. ¿Y si al­guien in­ten­ta cam­biar esto?¿y si me­dian­te la gen­tri­fi­ca­ción in­ten­tan des­truir el es­pí­ri­tu del barrio?

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  • melodías de un amor naïf

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    Existen clá­si­cos que pa­re­cen ab­so­lu­ta­men­te in­to­ca­bles, can­cio­nes que nin­gún mú­si­co en su sano jui­cio ver­sio­na­ría. Son can­cio­nes con una per­so­na­li­dad tan pro­pia que el me­ro he­cho de to­car­las pa­re­ce sa­cri­le­gio pa­ra cual­quie­ra. Por suer­te pa­ra Capote, tal sa­cri­le­gio no existe.

    Capote es una jo­ven ja­po­ne­sa que ver­sio­na can­cio­nes en un muy par­ti­cu­lar y sen­ci­llo es­ti­lo, que ya sea elec­tró­ni­co o ins­tru­men­tal siem­pre tien­de a la sen­ci­llez. En con­jun­to a es­te nue­vo so­ni­do que les da a can­cio­nes clá­si­cas he­mos de su­mar­le su voz, eté­rea, co­mo de otro mun­do más allá de nues­tra reali­dad. Esa má­gi­ca sen­ci­llez, ese es­ti­lo naïf, tierno y en­can­ta­dor les ena­mo­ra­ra de in­me­dia­to con el can­dor y la be­lle­za que des­pren­de de ca­da una de las canciones.

    Quién se atre­ve a aso­mar­se a los abis­mos de Disorder y sa­le vic­to­rio­sa me­re­ce ser es­cu­cha­da. El amor, co­mo la be­lle­za, siem­pre se es­con­de en las co­sas más sencillas.