Categoría: The Sky Was Pink

  • Estar/No estar. Del ego y la gran escritura en «Aquí estoy» de Jonathan Safran Foer

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    A ve­ces no es su­fi­cien­te con es­tar aquí. Con es­tar pre­sen­te. El me­ro he­cho de exis­tir no nos con­vier­te en na­da es­pe­cial, por­que só­lo nues­tras ac­cio­nes, el he­cho de exis­tir con al­gu­na cla­se de pro­pó­si­to, es lo que do­ta de sen­ti­do a ese es­tar aquí. Estar en el mun­do. Con los otros. Porque, en oca­sio­nes, quie­nes más pro­cla­man su pre­sen­cia son, pre­ci­sa­men­te, quie­nes me­nos están.

    Jonathan Safran Foer es­tá muy pre­sen­te en Aquí es­toy. Eso es in­dis­cu­ti­ble. Está tan pre­sen­te que, a lo lar­go de sus más de se­te­cien­tas pá­gi­nas, es im­po­si­ble no no­tar que su pre­sen­cia aca­ba fa­go­ci­tán­do­lo to­do. No só­lo por­que su au­to­bio­gra­fis­mo, su ne­ce­si­dad de se­ña­lar has­ta la úl­ti­ma pe­lu­sa que en­cuen­tra en su om­bli­go, aca­be re­sul­tan­do as­fi­xian­te —y, con­tra to­do pro­nós­ti­co, muy in­tere­san­te; igual que pue­de ha­cer­se te­dio­so y ex­ce­si­vo, es im­po­si­ble no dis­fru­tar de su pro­sa, bri­llan­te y ágil — , sino tam­bién por­que eso aca­ba re­dun­dan­do en su im­po­si­bi­li­dad de ob­ser­var na­da de cuan­to ocu­rre en el mun­do que le ro­dea. Todo cuan­to exis­te en la no­ve­la es Jonathan Safran Foer y có­mo se ve el mun­do me­dia­do por la vi­sión y ne­ce­si­da­des per­so­na­les de Jonathan Safran Foer.

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  • De la muerte conocemos sus hábitos. Resumen del especial de Halloween

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    El ser hu­mano es una ra­ra avis en la na­tu­ra­le­za. Incapaz de so­bre­vi­vir por sí mis­mo has­ta pa­sa­dos un buen pu­ña­do de años, ni si­quie­ra ma­du­ra lo su­fi­cien­te co­mo pa­ra ser con­si­de­ra­do adul­to has­ta al­can­zar cer­ca de los vein­te años. Eso es una ab­so­lu­ta ano­ma­lía en la na­tu­ra­le­za. Y tam­bién ex­pli­ca nues­tro rit­mo vi­tal. Que un pro­yec­to so­bre­vi­va seis años se­gui­dos, cre­cien­do ca­da vez, sin de­cli­nar en nin­gún mo­men­to, es una ra­re­za. Para nues­tra des­gra­cia, en nues­tro sép­ti­mo año he­mos te­ni­do que re­ba­jar el rit­mo: es­ta vez el es­pe­cial ha si­do más mo­des­to. Con to­do, es­ta­mos con­ten­tos. Estamos con­ten­tos por­que con­ti­núa, aun­que sea con otro rit­mo, y por­que vol­ve­re­mos el año que vie­ne, quién sa­be con qué há­bi­tos. Porque la vi­da si­gue y la muer­te no exis­te, por­que in­clu­so la muer­te mo­ri­rá cuan­do ya no que­de na­die pa­ra verlo.

    Sumario:

    Especial de Halloween en The Sky Was Pink

  • An open door. Tres recomendaciones (rápidas) para la noche de Halloween

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    Siempre hay cier­to gra­do de re­la­ti­vi­dad en nues­tros ac­tos. Aquello que es­tá bien o mal de­pen­de del cri­te­rio y la com­pren­sión del que juz­ga, ha­cien­do que sea di­fí­cil dis­cer­nir al­go así co­mo una re­gla uni­ver­sal. Y Halloween no es una ex­cep­ción. Si de­be­ría­mos ce­le­brar­lo o no que­da pa­ra la re­fle­xión in­ter­na de ca­da uno, por­que en es­ta san­ta ca­sa ig­no­ra­mos ese de­ba­te es­té­ril: aquí ce­le­bra­mos Halloween. Al me­nos, has­ta don­de nos dan las fuerzas.

    Eso im­pli­ca tam­bién que es­ta­mos li­mi­ta­dos por las cir­cuns­tan­cias. Halloween es tan­to el al­coho­lis­mo de­sen­fre­na­do y los dis­fra­ces (pre­ten­di­da­men­te) te­rro­rí­fi­cos co­mo el re­co­gi­mien­to y el pla­cer en­con­tra­do en la in­ti­mi­dad de un li­bro o una pe­lí­cu­la de te­rror. Ninguna op­ción es me­jor que la otra. Pero da­da la na­tu­ra­le­za del blog —y de los blogs, que exis­ten só­lo en Internet — , nues­tro úni­co mo­do de po­der ce­le­brar la fes­ti­vi­dad es del se­gun­do mo­do. Y así es­tá bien. Por eso he­mos ele­gi­do tres ar­te­fac­tos cul­tu­ra­les pa­ra que po­dáis pa­sar una no­che tran­qui­la, a la par que te­rro­rí­fi­ca, o, si el al­cohol y la tra­ge­dia se in­ter­po­nen, pa­ra que lo ha­gáis cual­quier otro día. Al fin y al ca­bo this is Halloween y ca­da uno lo ce­le­bra co­mo quie­re. O co­mo puede.

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  • Black Mirror en su propio reflejo (VI). «Hated in the Nation», sodomizados por los binarismos

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    Internet es la tie­rra li­bre de pe­ca­do. El pa­raí­so. El mun­do más allá del mun­do don­de na­da ni na­die ha co­me­ti­do ja­más un des­liz, juz­gan­do de for­ma con­tun­den­te e in­cruen­ta cual­quier mí­ni­mo error que pue­da co­me­ter el pró­ji­mo. Si co­mo di­jo aquel «el que es­té li­bre de pe­ca­do, que ti­ré la pri­me­ra pie­dra», en­ton­ces las re­des so­cia­les de­ben es­tar lle­nas de san­tos lla­ma­dos a ejer­cer mi­la­gros por to­da la tie­rra in­clu­so más allá de la muer­te de sus iden­ti­da­des digitales.

    Pero eso no tie­ne na­da de nue­vo. En to­da épo­ca ha exis­ti­do la fi­gu­ra de la tur­ba, la agru­pa­ción de per­so­nas que, ba­jo un le­ma co­mún, se aú­nan pa­ra di­la­pi­dar al pró­ji­mo. ¿Y ha­cia don­de se di­ri­ge la tur­ba? Hacia el ob­je­ti­vo. Hacia el dé­bil. Hacia quien sien­ten que pue­den de­rri­bar, por la fuer­za mis­ma de la mul­ti­tud, sin te­ner en cuen­ta las con­se­cuen­cias de sus ac­tos. A fin de cuen­tas, quien se su­ma a la tur­ba, es por­que cree que la in­te­li­gen­cia de la ma­yo­ría no pue­de errar; si to­dos pien­san de la mis­ma ma­ne­ra, ¿có­mo po­dría ser que es­tén equi­vo­ca­dos? O peor aún, si to­dos pien­san de la mis­ma ma­ne­ra, ¿no se­ré yo el pró­xi­mo ob­je­ti­vo si me nie­go a su­mar­me al en­tu­sias­mo ge­ne­ra­li­za­do? Internet no ha crea­do la mi­se­ria mo­ral, só­lo ha am­pli­fi­ca­do la vie­ja cos­tum­bre del linchamiento.

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