Categoría: The Sky Was Pink

  • La existencia sin tiempo nace en el sino del vampiro

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    Cronos, de Guillermo del Toro

    El tiem­po es una de las ob­se­sio­nes más cons­tan­tes pa­ra la hu­ma­ni­dad. Quizás por eso ya, des­de la an­ti­gua Grecia, la re­la­ción que he­mos dis­pues­to con res­pec­to del tiem­po ha si­do de fi­gu­ra do­mi­nan­te so­bre nues­tras exis­ten­cias: Cronos, pa­dre de dio­ses, se per­mi­tía de­vo­rar a aque­llos que en al­gún día ha­brían de apo­de­rar­se de aque­llos po­de­res que has­ta el mo­men­to le eran pro­pios. El tiem­po no co­no­ce ni de hom­bres ni de dio­ses ya que a di­fe­ren­cia del es­pa­cio, el cual nos re­sul­ta igual­men­te pró­xi­mo, es im­po­si­ble es­ca­par de él; uno pue­de huir de las na­cio­nes y los cli­mas, de los ac­ci­den­tes y las car­to­gra­fías, pe­ro na­die es­tá en dis­po­si­ción de dar­se en la hui­da de aquel tiem­po que le ha to­ca­do vi­vir. El tiem­po es soberano.

    Quizás en esos tér­mi­nos se ex­pli­ca que la ma­yor par­te de los mons­truos que he­mos ido crean­do a lo lar­go de la his­to­ria, aque­llos que han ido per­du­ran­do y tor­nán­do­se ca­nó­ni­cos, han te­ni­do una es­pe­cie fi­lia­ción al res­pec­to del tiem­po: o bien son no-muertos, o bien de­sa­fían la muer­te mis­ma —por su­pues­to ha­bría mons­truos que no en­ca­ja­rían ba­jo es­ta as­pec­tua­li­za­ción, los mons­truos cu­ya fi­lia­ción va con el es­pa­cio en­ten­di­do co­mo en­torno (por ejem­plo, el ye­ti o el le­viathan, que nos ha­blan de una re­la­ción pro­fun­da con la na­tu­ra­le­za místico-geográfica), pe­ro a ellos les de­ja­re­mos pa­ra otra oca­sión; el mons­truo cu­ya fi­lia­ción va con el mun­do (el slasher) o su au­sen­cia (el psi­có­pa­ta) se­ría la otra. Desde el zom­bie más im­per­so­nal has­ta el mons­truo de Frankenstein más ale­gó­ri­co, los mons­truos se nos mues­tran siem­pre de­sa­fian­do un tiem­po que pa­ra no­so­tros es ne­ce­sa­rio en­cap­su­lar en la ob­je­ti­vi­dad plau­si­ble de nues­tros re­lo­jes; en úl­ti­mo tér­mino, el mons­truo es aquel que vio­la nues­tras con­di­cio­nes exis­ten­cia­les más bá­si­cas. Quizás por eso el vam­pi­ro sea uno de los más se­duc­to­res y ex­tra­ños, por­que aú­na la vio­la­ción de la tem­po­ra­li­dad en su de­ve­nir más allá de lo muer­to, y la vio­la­ción de la es­pa­cia­li­dad en su de­ve­nir cria­tu­ra de la noche.

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  • Geometría y angustia. Una posible interpretación de Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca

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    Nada exis­te más tó­xi­co pa­ra las be­llas al­mas que el en­fren­tar­se con­tra la alie­nan­te geo­me­tría per­fec­ta de la mo­der­ni­dad. Si al­go une de­fi­ni­ti­va­men­te el ca­pi­ta­lis­mo con el na­zis­mo, el sta­li­nis­mo con las mo­nar­quías ilus­tra­das, es esa ne­ce­si­dad de con­ver­tir to­do fun­da­men­to de reali­dad en una pu­ra geo­me­tri­za­ción del sen­ti­do de la exis­ten­cia: la na­tu­ra­le­za es­tá pa­ra ser ex­plo­ta­da, el hom­bre pa­ra triun­far so­bre ella. O, al me­nos, aque­llos que ha­yan na­ci­do ba­jo cier­to signo. He ahí la to­xi­ci­dad que pa­ra un hom­bre sen­si­ble pro­vo­ca­ría que cual­quie­ra de las for­mas de or­ga­ni­za­ción so­cial de la mo­der­ni­dad se in­tro­du­je­ran den­tro de su ADN, pues en ellas no po­dría en­con­trar más que la per­fec­ta an­gus­tia de un mun­do que ha re­cha­zo to­do aque­llo que él re­pre­sen­ta. ¿Acaso hay si­tio pa­ra el amor, el ori­gen, el mi­to y la pa­sión en la geo­me­tría, en la fal­sa geo­me­tría que de­fien­den quie­nes so­lu­cio­nan to­do a tra­vés de la téc­ni­ca? En pa­la­bras de Federico García Lorca, los dos ele­men­tos que el via­je­ro cap­ta en la gran ciu­dad son: ar­qui­tec­tu­ra ex­tra­hu­ma­na y rit­mo fu­rio­so. Geometría y an­gus­tia..

    El sen­ti­do de Poeta en Nueva York de­be­ría ar­ti­cu­lar­se en­ton­ces ba­jo esa lec­tu­ra de la ciu­dad, des­de una pers­pec­ti­va geo­mé­tri­ca y exis­ten­cial, co­mo dos fuer­zas an­ta­gó­ni­cas en con­tra­po­si­ción que se en­cuen­tran só­lo en su des­en­cuen­tro: la geo­me­tría no crea nin­gu­na con­di­ción exis­ten­cial, sino la an­gus­tia an­te su au­sen­cia; la exis­ten­cia no crea nin­gu­na geo­me­tría, sino la po­si­bi­li­dad de creer­se en una. Por eso la lec­tu­ra de los poe­mas es caó­ti­ca, an­gus­tio­sa y ex­tra­ña; Lorca nos si­túa en me­dio de una tri­tu­ra­do­ra, des­ha­cien­do nues­tro cuer­po en san­gui­no­lien­to pu­ré de de­sidia, pa­ra re­crear esa ab­so­lu­ta au­sen­cia de asi­de­ros a par­tir de los cua­les po­der cons­ta­tar al­gún sen­ti­do pa­ra nues­tra exis­ten­cia. O al­gún sen­ti­do que va­ya más allá del mo­vi­mien­to del capital.

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  • En la búsqueda de lo originario encontraréis la historicidad de vuestro arte

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    Maqueta, de Hello Drivers

    Aunque los gé­ne­ros son ideas con­for­ma­das ori­gi­na­ria­men­te más allá del tiem­po, su his­to­ri­ci­dad es­tá fue­ra de to­da du­da: to­do gé­ne­ro evo­lu­cio­na, cam­bia, va asu­mien­do las for­mas pro­pias del tiem­po en el que se cir­cuns­cri­ben. Por eso la idea­li­dad mal en­ten­di­da de un gé­ne­ro co­mo al­go es­tá­ti­co, no exis­te. Todo gé­ne­ro va evo­lu­cio­nan­do, cam­bian­do, flu­yen­do, dan­do lu­gar así a otras for­mas que en otro tiem­po fue­ron im­pen­sa­bles, pe­ro que se tor­nan co­mo una de­ri­va­ción pre­su­mi­ble den­tro de la ló­gi­ca pro­pia de su tiem­po. Es por eso que no tie­ne sen­ti­do juz­gar un gé­ne­ro por sus fun­da­do­res, por­que ellos no es­tán en su ori­gen; lo ori­gi­na­rio del gé­ne­ro es su idea, aque­llo que per­ma­ne­ce es­tá­ti­co den­tro de él que nos per­mi­te sa­ber que unos de­ter­mi­na­dos ras­gos le per­te­ne­cen, pe­ro sien­do su for­ma al­go que va­ría de for­ma cons­tan­te se­gún el pro­pio de­ve­nir his­tó­ri­co. Pensar los gé­ne­ros co­mo al­go ina­mo­vi­ble, al­go que de­be­ría per­ma­ne­cer siem­pre en el gra­do ce­ro de aque­llos que lo per­pe­tua­ron, es una imbecilidad.

    Se ha­ce im­pe­ra­ti­vo com­pren­der és­to pa­ra en­ten­der la au­tén­ti­ca pro­fun­di­dad de Hello Drivers, su fi­lia­ción úl­ti­ma, con­tra los des­ma­nes pro­pios que po­drían que­rer ha­cer­nos sal­tar con una ín­cli­ta ob­je­ción pu­ris­ta. En su in­te­rior, el shoe­ga­ze. Es por eso que en és­ta, su pri­me­ra ma­que­ta, no nos re­sul­ta di­fí­cil des­cu­brir una se­rie de ras­gos de­fi­ni­dos que van per­fi­lan­do un cier­to so­ni­do pro­pio del gé­ne­ro con ma­yor ona­nis­mo de za­pa­ti­llas que po­da­mos en­con­trar en la ac­tua­li­dad: mu­ros de rui­do, vo­ces y gui­ta­rras dis­tor­sio­na­das, una den­sa os­cu­ri­dad so­no­ra. La adhe­sión de cier­tos to­ques post-punk en el ba­jo y una ma­yor pre­pon­de­ran­cia de los pla­ti­llos en la ba­te­ría no des­vir­túa su so­ni­do, mas al con­tra­rio: el shoe­ga­ze se va fil­tran­do in­co­lum­ne, en­ra­re­ci­do pe­ro en una for­ma aun fá­cil­men­te cog­nos­ci­ble, de en­tre ca­da grie­ta del es­truen­do­so mu­ro que han cons­ti­tui­do en su so­ni­do. He ahí que la fa­mi­lia­ri­dad con la que abor­dan el gé­ne­ro pro­vo­ca una cier­ta fa­mi­lia­ri­dad en su so­ni­do, co­mo si de he­cho ya los hu­bié­ra­mos es­cu­cha­do an­tes; in­clu­so lo más en­fer­vo­re­ci­do de su pro­pues­ta, esos de­ta­lles pro­pios del post-rock al­go es­cin­di­dos de la ló­gi­ca pri­me­ra del gé­ne­ro, nos re­sul­tan per­fec­ta­men­te cohe­ren­tes en su conjunto. 

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  • Un cierto momento del tiempo. Análisis de la objetividad y la subjetividad a través del plano secuencia

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    Cuando ha­bla­mos al res­pec­to del ci­ne, uno de los ele­men­tos que atrae­rán de for­ma sis­te­má­ti­ca la mi­ra­da de Gilles Deleuze es el de plano se­cuen­cia Ahora bien, ¿qué es el plano se­cuen­cia? Para sa­ber­lo lo me­jor se­rá acu­dir a las pa­la­bras del maes­tro del plano se­cuen­cia, a la sa­zón uno de nues­tros ob­je­tos de es­tu­dio a tra­vés del cual vis­lum­brar al­gu­na cla­se de con­clu­sión con res­pec­to de la obra de Deleuze, Pier Paolo Pasolini:

    Observemos el film de 16 mm. que un es­pec­ta­dor, en­tre la mul­ti­tud, ro­dó so­bre la muer­te de Kennedy. Se tra­ta de un plano-secuencia; y es el más ca­rac­te­rís­ti­co plano-secuencia.

    El espectador-operador, en efec­to, no eli­gió án­gu­los vi­sua­les: fil­mó sim­ple­men­te des­de don­de se en­con­tra­ba, en­cua­dran­do lo que su ojo —me­jor su ob­je­ti­vo— veía.

    El plano – se­cuen­cia ca­rac­te­rís­ti­co es, por lo tan­to, una to­ma «sub­je­ti­va»PASOLINI, P.P., Discurso so­bre el plano-secuencia o el ci­ne co­mo se­mio­lo­gía de la reali­dad, Problemas del Nuevo ci­ne, Alianza, Madrid, 1971, p. 61, En li­nea: http://estafeta-gabrielpulecio.blogspot.com.es/2009/11/pier-paolo-Pasolini-discurso-sobre-el.html.

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  • La revolución no será televisada. Gil Scott-Heron en las ruinas de la vida de otro hombre negro

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    El pre­sen­te tex­to es una tra­duc­ción de The Revolution Will Not Be Televised, el poema/spoken word de Gil Scott-Heron que se in­clu­ye al fi­nal de la mis­ma. La tra­duc­ción del tex­to es de pro­duc­ción propia.

    No te po­drás que­dar en ca­sa, hermano.
    No po­drás co­nec­tar­la, en­cen­der­la y apagarla.
    No po­drás per­der­te en la he­roí­na y evadirte,
    ni eva­dir­te a por una cer­ve­za du­ran­te los anuncios,
    por­que la re­vo­lu­ción no se­rá televisada.

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