Etiqueta: Bruce Wayne

  • Narrativa arquitectónica. Sobre «Batman. Court of the Owls #2» de Scott Snyder y Greg Capullo

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    Allí don­de vi­vi­mos de­fi­ne nues­tro mo­do de exis­tir. Cuanto más tiem­po pa­se­mos en un lu­gar más nos de­ja­re­mos con­ta­giar por su ar­qui­tec­tu­ra, su ur­ba­nis­mo, su os­cu­ra ló­gi­ca de ca­lles y re­co­ve­cos; ca­da ciu­dad, ya no di­ga­mos ca­da ba­rrio en par­ti­cu­lar, de­fi­ne su pro­pio mo­dus vi­ven­di por có­mo per­mi­te res­pi­rar al es­pa­cio a su al­re­de­dor. Un ex­ce­so de ca­rre­te­ras cir­cuns­cri­bi­rá la vi­da al in­te­rior, mu­chos par­ques atrae­rán fa­mi­lias, mu­chos re­co­ve­cos os­cu­ros per­mi­ti­rán la cri­mi­na­li­dad, y un de­fi­cien­te trans­por­te pú­bli­co li­mi­ta­rá la vi­da del ba­rrio a su pro­pio in­te­rior. Nadie es ajeno al lu­gar que ha­bi­ta. Potenciar el ni­vel cul­tu­ral de las per­so­nas no de­pen­de de su in­te­rés, sino de sus po­si­bi­li­da­des de ac­ce­so a la mis­ma: más ofer­ta cul­tu­ral nos ha­rá más pro­cli­ves a abrir nues­tra men­te, mien­tras que li­mi­tar nues­tro ac­ce­so nos ha­rá más ce­rra­dos al res­pec­to; del mis­mo mo­do, el de­por­te no es una cues­tión de ap­ti­tud (per­so­nal) tan­to co­mo de ac­ti­tud (ur­ba­nís­ti­ca): cuan­tos más cen­tros po­li­de­por­ti­vos pú­bli­cos exis­ten, más de­por­tis­tas pro­fe­sio­na­les sur­gen. Cada ciu­dad, ca­da ba­rrio, ca­da co­mu­ni­dad, tie­ne su pro­pia na­rra­ti­va par­ti­cu­lar, una na­rra­ti­va ar­qui­tec­tó­ni­ca de la vi­da dia­ria de las personas.

    Court of the Owls, el pri­me­ro de la se­rie de ar­cos ar­gu­men­ta­les que es­tá es­cri­bien­do ac­tual­men­te Scott Snyder pa­ra Batman, re­sul­ta re­le­van­te ba­jo un pris­ma na­rra­ti­vo por có­mo lo­gra re­de­fi­nir la re­la­ción in­trín­se­ca en­tre Batman y la ciu­dad de Gotham: a tra­vés de có­mo dia­lo­ga con su ar­qui­tec­tu­ra, con su ur­ba­nis­mo, con la dis­po­si­ción ma­te­rial de los mo­dos de vi­da de sus ciu­da­da­nos. No es su ciu­dad por ha­bi­tar en ella, sino por­que tan­to él co­mo en su fa­mi­lia son el pi­lar ba­se a tra­vés del cual se com­pren­de el cre­ci­mien­to y de­sa­rro­llo de to­da la ciu­dad a lo lar­go del tiem­po. Aunque po­dría­mos ha­cer un aná­li­sis es­pe­cí­fi­co de to­da la sa­ga, nos cen­tra­re­mos (al me­nos de mo­men­to) en cua­tro pá­gi­nas es­pe­cí­fi­cas del se­gun­do nú­me­ro del ar­co; a tra­vés de él, com­pro­ba­re­mos por qué es un ejem­plo per­fec­to de có­mo hi­lar la na­rra­ti­va a tra­vés de la ar­qui­tec­tu­ra, tan­to pic­tó­ri­ca co­mo literaria.

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  • Máscaras que desenmascaran ausencias. Una lectura scooby-doiana de «Batman: Mask of the Phantasm»

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    Existe al­go in­fi­ni­ta­men­te nues­tro en Scooby-Doo. La es­cép­ti­ca idea de que de­trás de ca­da mons­truo se es­con­de un hom­bre, ban­que­ro, agen­te de in­ver­sio­nes o in­mo­bi­lia­rio, no só­lo co­nec­ta con el dis­cur­so de la im­po­si­bi­li­dad de aque­llo que no sea cien­tí­fi­co, ra­cio­nal, sino con aquel otro que em­pa­ren­ta el di­ne­ro con el mal. Todo hom­bre co­rrom­pi­do lo es por el di­ne­ro. Eso, que se­ría co­mo de­cir que to­do hom­bre co­rrup­to lo es por que­rer ser­lo, no de­ja de ser la pos­tu­ra que, con ma­yor ten­den­cia, se apro­pian hoy la ma­yo­ría de los in­di­vi­duos; el cul­pa­ble es otro, el cul­pa­ble es el que se ha­cía pa­sar por cor­de­ro, cuan­do siem­pre fue lo­bo. A és­to, que lla­ma­re­mos «Doctrina Scooby-Doo», al creer que exis­te un mal en las som­bras que ex­pli­ca­rá el mun­do se­gún lo des­ve­le­mos, tie­ne un pro­ble­ma de ba­se: su pro­pia cer­te­za an­te la in­exis­ten­cia del mons­truo le ha­ce re­ne­gar de los efec­tos de és­te. No se pre­gun­tan «có­mo» ni «por qué», sino «quién».

    Según la «Doctrina Scooby-Doo» el úni­co in­te­rés que po­dría exis­tir en Batman es quién es­tá de­trás de la más­ca­ra. El pro­ble­ma es que, aun­que exis­te una per­so­na de­trás de él, és­ta se des­ha­ce en­tre las som­bras de du­da de «quién» es Batman; si nos plan­tea­mos «quién» es Batman, en vez de pre­gun­tar­nos «por qué» al­guien se con­vier­te en Batman, po­dre­mos per­der la pers­pec­ti­va. No es así por­que la pre­gun­ta so­bre la iden­ti­dad sea ba­la­dí, sino más bien por­que es­ta se sos­tie­ne só­lo en los he­chos que vie­nen da­dos por cues­tio­nar las ra­zo­nes y las for­mas de aquel que de­ci­de ac­tuar de un mo­do de­ter­mi­na­do. No se ha­ce Batman quien pue­de ni quie­ren quie­re, sino quien lo ne­ce­si­ta. Por eso es ab­sur­do pre­ten­der res­pon­der que de­trás de Batman es­tá Bruce Wayne, cuan­do las ra­zo­nes de és­te pa­ra con­ver­tir­se en el hom­bre mur­cié­la­go son mu­cho más pro­fun­das que el he­cho de ser­lo. Wayne no es Batman por na­ci­mien­to, lo es por con­vic­ción. El au­tén­ti­co in­te­rés que po­dría­mos di­lu­ci­dar en él se­ría aquel que se nos per­mi­te in­tuir en­tre las cos­tu­ras de su tra­je — las ra­zo­nes que, en su iden­ti­dad se­cre­ta, vis­te co­mo uniforme.

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  • La locura de Batman. Sobre símbolos, risas maniacas y el mutualismo murciélago-payaso (II)

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    La bro­ma ase­si­na, de Alan Moore

    Si pre­ten­de­mos ha­blar de la lo­cu­ra se nos ha­rá ne­ce­sa­rio, an­tes de na­da, de­ter­mi­nar si la lo­cu­ra se pue­de dar en un es­ta­do pri­me­ro de na­tu­ra­le­za, si exis­ten lo­cos que na­cen lo­cos en sí, o si to­da lo­cu­ra es una con­for­ma­ción que se va crean­do con el pa­so del tiem­po por las cir­cuns­tan­cias da­das en el mun­do. Bajo es­ta te­si­tu­ra la po­si­ción del Joker se nos pre­sen­ta co­mo mu­cho más os­cu­ra y pro­ble­má­ti­ca de lo que has­ta aho­ra se nos ha­bía plan­tea­do ‑pues, en tan­to des­co­no­ce­mos su pa­sa­do o sus mo­ti­va­cio­nes reales, só­lo sa­be­mos que es un lo­co que es lo­co en tan­to siem­pre lo he­mos co­no­ci­do en tan­to tal. Por su­pues­to po­dría­mos afir­mar que el Joker es un ar­que­ti­po de la lo­cu­ra en sí, de una lo­cu­ra na­tu­ral no in­du­ci­da, ya que lo he­mos co­no­ci­do siem­pre des­de esa po­si­ción de su pro­pia exis­ten­cia­li­dad; el Joker es­tá na­tu­ral­men­te lo­co por­que de he­cho nun­ca he­mos co­no­ci­do una po­si­ción mis­ma de su ser-en-el-mundo que fue­ra pre­té­ri­ta o pos­te­rior de la lo­cu­ra mis­ma. Ahora bien, só­lo sa­be­mos aque­llo que se nos di­ce so­bre él en los có­mics ‑lo cual, por otra par­te, ya su­po­ne una vi­sión ses­ga­da: en tan­to ar­que­ti­po de vi­llano es di­fi­cil que ha­ya un in­te­rés en ca­rac­te­ri­zar­lo más allá del bi­na­ris­mo bien-mal en el cual se ve re­clui­do en es­ta se­gun­da posición- por lo cual, si exis­te en al­gu­na par­te una jus­ti­fi­ca­ción pa­ra su es­ta­do, es­ta se ha­brá de de­sa­rro­llar en el seno del có­mic mismo.

    Precisamente des­de es­ta pers­pec­ti­va, la del có­mic pa­ra el có­mic, es don­de nos en­con­tra­mos con uno de los pun­tos ne­gros más lla­ma­ti­vos al res­pec­to de la fi­gu­ra del Joker ya que, aun cuan­do co­no­ce­mos a la per­fec­ción aque­llo que con­vi­do a Bruce Wayne en con­ver­tir­se en Batman, des­co­no­ce­mos que es lo que hi­zo del Joker lo que es en sí mis­mo; a prio­ri des­co­no­ce­mos aque­llo que ha­ce del Joker el Joker en tan­to tal. Aquí ten­dría­mos, esen­cial­men­te, tres po­si­bi­li­da­des pa­ra sa­ber que ocu­rre: a pri­me­ra de ellas se­ría que en al­gún có­mic se nos na­rra­ra la vi­da an­te­rior a la lo­cu­ra del Joker, por lo cual po­dría­mos de­cir que la lo­cu­ra en el mis­mo es un es­ta­do in­du­ci­do y no na­tu­ral per sé; la se­gun­da de ellas se­ría que de he­cho él ya na­cie­ra com­ple­ta­men­te lo­co, por lo cual no ha­bría más que es­tu­diar al res­pec­to; la ter­ce­ra y úl­ti­ma se­ría que ja­más se ha­ya da­do una ex­pli­ca­ción a és­te res­pec­to y sea, sim­ple­men­te, un ar­que­ti­po va­cia­do de to­da sig­ni­fi­ca­ción más allá de su lo­cu­ra misma.

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  • no existe identidad fuera de la familia creada, hombre murcielago

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    El su­per­hé­roe, en tan­to en­ti­dad que ocul­ta su iden­ti­dad tras un ca­rác­ter mi­to­ló­gi­co de sí, car­ga so­bre sus hom­bros un gra­ve pro­ble­ma de iden­ti­dad: es­tá des­do­bla­do en dos en­ti­da­des au­tó­no­mas una de la otra. Esto que es al­go con­na­tu­ral a Superman por su pro­fe­sión, pues la la­bor de pe­rio­dis­ta de Clark Kent se di­ri­ge en el mis­mo ca­mino que la la­bor he­roi­ca de su con­di­ción se­cre­ta, no ocu­rre con el su­je­to que nos ocu­pa, Batman, ya que su vi­da co­mo Bruce Wayne pa­ra di­ri­gir­se co­mo un pa­rén­te­sis ajeno a su la­bor co­mo Batman. Es por eso que es muy in­tere­san­te “Los Archivos Negros”, las his­to­rias que ins­pi­ra­ron “Batman R.I.P.”, ya que nos per­mi­te ras­trear al­gu­nas de los orí­ge­nes y so­lu­cio­nes de las pro­ble­má­ti­cas iden­ti­ta­rias del hom­bre murciélago.

    El pri­mer pro­ble­ma iden­ta­rio de Batman es uno evi­den­te: la re­la­ción psi­co­sen­ti­men­tal con res­pec­to de Robin. Sea cual sea la en­car­na­ción de Robin que eli­ga­mos pa­ra abor­dar es­to ‑que, en és­te ca­so en par­ti­cu­lar, se­ría el Robin ori­gi­nal Dick Grayson- to­dos los per­so­na­jes son una pro­yec­ción del pro­pio Bruce Wayne: huér­fa­nos con an­sie­dad jus­ti­cie­ra que bus­can dar­le una re­tri­bu­ción, en for­ma de lu­cha con­tra el cri­men, por su pro­pia per­di­da; Robin es, por de­fi­ni­ción, la pro­yec­ción de un ca­rác­ter iden­ti­ta­rio ju­ve­nil de Batman. Pero es­to que adop­ta­mos ha­cia Robin en reali­dad es un ca­rác­ter que se de­be­ría ex­ten­der ha­cia to­dos cuan­tos ro­dean a Batman pues, co­mo re­sal­ta­ría el siem­pre in­sig­ne Henrique Lage en su ex­ce­len­te “Como trans­for­mar un ho­gar ro­to en una Batcueva”, esa ne­ce­si­dad de Bruce Wayne de ro­dear­se de me­no­res con pro­ble­mas par­te de su pro­pia in­fan­cia, de la ne­ce­si­dad no só­lo de pro­por­cio­nar­les lo me­jor a aque­llos que se ven en una si­tua­ción si­mi­lar a la su­ya, sino de crear en su en­torno la fa­mi­lia que nun­ca tu­vo. Y eso se vuel­ve al­go muy evi­den­te cuan­do en “Robin Muere Al Amanecer (Parte 1)” la úni­ca po­si­bi­li­dad via­ble que ve Batman a la muer­te de Robin, de su úni­ca y ver­da­de­ra fa­mi­lia, es de­jar­se el tam­bién a la muer­te aun­que, fi­nal­men­te, re­sul­ta­ra ser só­lo una fan­ta­sía que le pro­du­ce un gra­ve trau­ma, apa­ren­te­men­te, aun ma­yor que la muer­te de sus pa­dres que só­lo se so­lu­cio­na­rá cuan­do sal­ve la vi­da de Robin real­men­te. Porque, fi­nal­men­te, Batman se iden­ti­fi­ca con Bruce Wayne, y con su cor­du­ra, a tra­vés de su familia.

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  • el caballero de personalidad disociativa

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    En el fon­do to­dos es­ta­mos un po­co lo­cos, la di­fe­ren­cia es en que pun­to en­tre las pe­que­ñas ma­nías y mie­dos ha­bi­tua­les y la psi­co­pa­tía en su es­ta­do más pu­ro es ha­cia que la­do de la ba­lan­za mas nos acer­ca­mos. Batman Arkham Asylum abor­da es­te te­ma des­de sus dos pro­ta­go­nis­tas y un in­vi­ta­do es­pe­cial que aca­ba re­sul­tan­do ser lo me­jor del juego.

    Batman atra­pa por enési­ma vez a Joker pe­ro es­te una vez en Arkham con­si­gue ha­cer­se con el po­der del psi­quiá­tri­co des­atan­do una ola de te­rror, Batman en es­ta si­tua­ción de­be­rá en­fren­tar­se a sus más te­rri­bles mie­dos en for­ma de sus re­cu­rren­tes enemi­gos. Desde Killer Croc has­ta el mis­mo Joker pa­san­do por los re­tos de Enigma en un en­torno que no de­ja de ser una tí­pi­ca cár­cel de al­ta se­gu­ri­dad mas que un in­sano ma­ni­co­mio. Pero es­to no es lo que te­me, su enemi­go más pe­li­gro­so y te­mi­do es el más dé­bil en apa­re­cien­cia, es El Espantapájaros.

    En ca­da apa­ri­ción del Espantapájaros ino­cu­la una can­ti­dad de dro­gas del pá­ni­co a Batman por las cua­les re­me­mo­ra los mo­men­tos más te­rri­bles de su vi­da, lo que más te­me en es­ta vi­da. Desde la muer­te de su pa­dre has­ta un tra­sun­to del prin­ci­pio del jue­go don­de en vez de es­col­tar Batman a Joker es es­te se­gun­do quien es­col­ta al in­te­rior a un de­men­ta­do Batman con per­so­na­li­dad di­so­cia­ti­va. Después de es­to lle­ga a un lu­gar don­de rei­na el caos y la lo­cu­ra del Espantapajaros en for­ma gi­gan­tes­ca do­mi­nan­do to­do, te­nien­do que huir de el has­ta en­con­trar la luz que pue­de de­rro­tar­le y ter­mi­nar con las ho­rri­bles pe­sa­di­llas que produce.

    Si Batman te­me a Joker no es por el da­ño que pue­de ha­cer, sino por­que es el re­fle­jo te­ne­bro­so de si mis­mo, la úni­ca di­fe­ren­cia en­tre ellos dos es la for­ma en la que abra­zan su lo­cu­ra, un pe­que­ño res­ba­lón po­dría po­ner al uno en el lu­gar del otro. Porque el ma­yor enemi­go de Bruce Wayne es Batman.