Etiqueta: misticismo

  • No hay experiencia ausente de duda. Una interpretación “cristiana” sobre «Thirst» de Park Chan-wook

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    En tér­mi­nos re­li­gio­sos, el len­gua­je de uso co­ti­diano se de­mues­tra siem­pre en ex­ce­so li­mi­ta­do. Cuando de­ci­mos que al­guien ha per­di­do la fe, que se ha da­do en la ex­pe­rien­cia de des­es­pe­ran­za an­te la im­po­si­bi­li­dad de se­guir cre­yen­do en una fuer­za su­pe­rior, es­ta­mos ha­blan­do de una ex­pe­rien­cia que va más allá de la sim­ple in­ver­sión de la creen­cia has­ta aho­ra sos­te­ni­da: en­tra­mos en la per­di­da de las vir­tu­des teo­lo­ga­les. Cuando se da la per­di­da de la fe, la au­sen­cia de es­pe­ran­za en la exis­ten­cia de un ser su­pe­rior que has­ta aho­ra creía­mos ve­lan­do por no­so­tros, se ha­ce a par­tir de la ani­qui­la­ción de las otras dos vir­tu­des in­fe­ri­das por és­te en nues­tra in­te­li­gen­cia: la es­pe­ran­za y la ca­ri­dad: no que­da es­pe­ran­za de que exis­ta al­guien que pue­da traer la luz al mun­do; no que­da ca­ri­dad en un mun­do don­de na­da pue­de ha­cer cla­rear la os­cu­ri­dad del mismo. 

    La evi­den­cia de la di­men­sión po­li­hé­dri­ca de es­ta per­di­da se da en Thirst por el do­ble mo­vi­mien­to que nos pro­po­ne al en­car­gar­se de for­ma cons­tan­te en re­cal­car co­mo el per­so­na­je pro­ta­go­nis­ta, el pa­dre Sang-hyun, es­tá si­tua­do en­tre las dos po­si­bles for­mas de la vir­tud cris­tia­na: en­tre la re­li­gio­sa y la pa­ga­na —es­ta úl­ti­ma po­dría­mos de­no­mi­nar­la sa­tá­ni­ca pe­ro, co­mo la in­ter­pre­ta­ción pre­su­po­ne que su con­tra­rio es un sa­lir de la cris­tian­dad, el sa­ta­nis­mo só­lo se­ría una for­ma equi­va­len­te del cris­tia­nis­mo — . La vir­tud cris­tia­na se­ría se­guir las vir­tu­des tea­lo­ga­les stric­to sen­su. Por otra par­te, la vir­tud pa­ga­na, la cual es sos­te­ni­da por la pe­lí­cu­la a tra­vés de una cons­tan­te sim­bo­lo­gía que re­cal­ca el ori­gen pro­fun­do de és­ta en tér­mi­nos cris­tia­nos, se­ría aque­lla que asu­me el cris­tia­nis­mo co­mo una raíz ca­ren­te de cual­quier vin­cu­la­ción con lo di­vino, bien en la tie­rra o en el cie­lo, más allá de una for­ma mi­to­lo­gi­zan­te a tra­vés de la cual guiar­se por la vi­da; en tér­mi­nos pa­ga­nos, el cris­tia­nis­mo co­mo re­li­gión en ge­ne­ral y las vir­tu­des teo­lo­ga­les en par­ti­cu­lar, no se­ría más que una ex­pre­sión de co­mo de­be­rían re­gir­se las con­duc­tas hu­ma­nas en sus prin­ci­pios más básicos.

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  • El conocimiento de lo oculto sólo se conoce a través de la transgresión pura

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    Historia del ojo, de Georges Bataille

    ¿Qué es el ojo? El ojo es un ór­gano com­pues­to por un sis­te­ma sen­si­ble a los cam­bios de luz, ca­paz de trans­for­mar és­tos en im­pul­sos eléc­tri­cos que son trans­mi­ti­dos al ce­re­bro pa­ra que és­te los in­ter­pre­te co­mo imá­ge­nes, co­lo­res o for­mas. Olvidemos la fí­si­ca, ol­vi­de­mos el co­no­ci­mien­to em­pí­ri­co; ¿qué es el ojo? El ojo es un ob­je­to es­fé­ri­co, de co­lor blan­que­cino, con una se­rie ar­ti­cu­la­da de ve­nas y ar­te­rias en su su­per­fi­cie y, que en su ca­ra de­lan­te, tie­ne una pu­pi­la y un iris que pue­de va­riar de co­lor se­gún la per­so­na ‑en el ca­so del que ten­go en la mano, es azul. Esto lo sé por­que es­toy mi­ran­do con mis pro­pios ojos, otros ob­je­tos es­fé­ri­cos de co­lor blan­que­cino, en és­te ca­so con un iris de un co­lor que no vie­ne al ca­so. Sin em­bar­go si­go sin sa­ber qué es el ojo, pues to­do lo que sé ape­nas sí son apre­cia­cio­nes de su fun­cio­na­mien­to o de que as­pec­to tie­ne, pe­ro en nin­gún ca­so es plan­tea­do cual es la reali­dad pro­fun­da que hay de­trás de él. ¿Qué es el ojo? El ojo es lo que se ha­ce con el ojo, es la his­to­ria del ojo; no exis­te ojo sino se pien­sa el ojo más allá de aque­llo que sabemos.

    Historia del ojo de Georges Bataille es un nou­ve­lle eró­ti­ca don­de asis­ti­mos al des­per­tar se­xual de dos jó­ve­nes ve­ci­nos que van ex­plo­ran­do las di­fe­ren­tes for­mas de se­xua­li­dad len­ta­men­te, ate­rro­ri­za­dos de su pro­pia se­xua­li­dad pri­me­ro ‑lo cual su­ce­de, apro­xi­ma­da­men­te, du­ran­te la pri­me­ra me­dia página- y des­ata­dos en un tur­bu­len­to tour de for­ce ha­cia el más di­fi­cil to­da­vía de la im­pu­di­cia ex­tre­ma en to­das sus for­mas des­pués. Ahora bien, aun cuan­do lo de­no­mi­ne­mos li­te­ra­tu­ra eró­ti­ca se­ría in­ge­nuo pen­sar que es­to se de­fi­ne a tra­vés de lo que hoy se lla­ma por tal nom­bre, ape­nas sí una ma­la con­ca­te­na­ción de es­te­reo­ti­pos que lle­van a mu­je­res tur­gen­tes so­bre los for­ni­dos bra­zos de hom­bres inade­cua­dos pe­ro sen­sua­les; el ero­tis­mo pa­ra Bataille es la trans­gre­sión en­car­na­da en los ti­bios flu­jos irre­gu­la­res y prohi­bi­dos de los hom­bres: los anos, los ori­nes, la mier­da, la vio­la­ción, el se­xo pú­bli­co y la vio­len­cia son los lí­mi­tes a trans­gre­dir cons­tan­te­men­te por él. Esta es la his­to­ria de una trans­gre­sión con­ti­nua de lo que se con­si­de­ra una se­xua­li­dad sa­lu­da­ble, de lo que cual­quier per­so­na con­si­de­ra­da en sus ca­ba­les se­gún los cá­no­nes so­cia­les se po­dría plan­tear po­ner en dis­cre­ción en su vi­da intima. 

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  • Ser uno con el mundo es ser la diáspora que brilla por el mundo

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    El elo­gio de la som­bra, de Junichiro Tanizaki

    En Occidente, se­gu­ra­men­te por los mi­le­nios ata­dos al cris­tia­nis­mo, nues­tra re­la­ción con la luz siem­pre ha es­ta­do car­ga­da de ideo­lo­gía. Cuando uno ana­li­za el uso de la luz en Occidente siem­pre se ha­ce pa­ra des­ta­car el es­ta­do de gra­cia, la ilu­mi­na­ción tras­cen­den­tal que inun­da cuan­to exis­te por la gra­cia di­vi­na. Es por ello que cuan­do uno se acer­ca al ar­te ja­po­nes, y muy es­pe­cial­men­te a la li­te­ra­tu­ra de Junichiro Tanizaki, ve có­mo pro­ble­má­ti­co in­ter­pre­tar la re­la­ción que po­seen con res­pec­to de la som­bra: la luz es re­le­ga­da de los sen­ti­dos, mar­gi­na­da co­mo con­di­ción sub­ya­cen­te, en fa­vor de los jue­gos cons­tan­tes de las som­bras. Ahora bien, no es di­fi­cil en­ten­der por qué es­to ha si­do así. Al no ha­ber es­ta­do ata­dos du­ran­te si­glos a que to­do ar­te es­té tiz­na­do de re­li­gio­si­dad pu­die­ron de­sa­rro­llar no­cio­nes es­té­ti­cas que en Occidente, aun hoy, se man­tie­nen inexploradas.

    Por su­pues­to pa­ra la vi­sión de la som­bra es de­ter­mi­nan­te el pen­sa­mien­to mís­ti­co, que no re­li­gio­so, que se cul­ti­vó en Japón. Las ca­sas tra­di­cio­na­les re­nie­gan de las puer­tas en fa­vor del shō­ji con el cual se li­be­ra el es­pa­cio; a tra­vés de la dis­po­si­ción abier­ta de los ele­men­tos se crea una au­sen­cia de tra­bas pa­ra la li­bre trán­si­to con el mun­do. Esto es el zen. Las ca­sas ja­po­ne­sas clá­si­cas se ba­san en és­te pen­sa­mien­to de re­fi­na­mien­to, el cual de­be­ría­mos en­ten­der co­mo una cier­ta co­mu­nión con la na­tu­ra­le­za, a tra­vés del cual no se ab­ne­ga na­da na­tu­ral en tan­to se pue­da ten­der a la na­tu­ra­le­za. Es por ello que el shō­ji no só­lo li­be­ra el mo­vi­mien­to de los hom­bres en el trán­si­to de la ca­sa sino que, in­clu­so aun más im­por­tan­te, li­be­ra el mo­vi­mien­to de la luz. Toda fun­cio­na­li­dad en la ca­sa tra­di­cio­nal ja­po­ne­sa no se ba­sa en aco­mo­dar las dis­po­si­cio­nes pro­pias del hom­bre, de ha­cer la vi­da más có­mo­da a las en­ti­da­des fí­si­cas que lo ha­bi­tan, más bien se crea con la dis­po­si­ción de aco­mo­dar la exis­ten­cia de to­dos los ob­je­tos que dis­cu­rren en ella. El hom­bre, el vien­to, la ma­de­ra, la tie­rra, la luz y la som­bra son ele­men­tos on­to­ló­gi­ca­men­te igual de im­por­tan­tes pa­ra el ja­po­nés a la ho­ra de afin­car­se; no hay una pre­do­mi­nan­cia on­to­ló­gi­ca del hom­bre so­bre las de­más cosas.

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  • ser bruja supone ser una máquina de guerra contra el sedentarismo

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    Witch, de Witch

    El ima­gi­na­rio ame­ri­cano, he­re­de­ro di­rec­to de las for­mas más bru­ta­les del pu­ri­ta­nis­mo eu­ro­peo, es­tá bien ta­mi­za­do por la con­ca­te­na­ción de idea­li­za­cio­nes de cier­tas ideas de lo su­bli­me. Quizás la más evi­den­te pa­ra los afi­cio­na­dos al me­tal ex­tre­mo sea, por la in­fluen­cia ra­di­cal que ha te­ni­do al me­nos en uno de sus gé­ne­ros, el sto­ner, el de­sier­to co­mo for­ma de un ab­so­lu­to que nos acer­ca ha­cia una reali­dad más pu­ra; en la in­fi­ni­dad de una na­da que su­bli­ma nues­tra pre­sen­cia an­te el me­dio nos con­ver­ti­mos en ob­je­tos mo­vi­dos por un de­ve­nir ajeno. Por su­pues­to es­to, más mís­ti­co que re­li­gio­so, se acer­ca tan­to ha­cia las ideas de Dios ‑la pre­des­ti­na­ción pro­tes­tan­te, especialmente- co­mo con res­pec­to de la in­ges­ta de dro­gas ‑el su­bli­mar la vo­lun­tad per­so­nal a tra­vés de ex­pe­rien­cias irrea­les inducidas- pues, en am­bos ca­sos, hay ese aban­dono de lo fí­si­co, lo ma­te­rial, en fa­vor de los es­ta­dos al­te­ra­dos de la conciencia.

    J Mascis, que es qui­zás uno de los mú­si­cos ame­ri­ca­nos más bri­llan­tes de su ge­ne­ra­ción, plan­tea bien es­tas ideas al no ca­mu­flar ese mis­ti­cis­mo en for­mas psi­co­dé­li­cas o de in­ges­ta ma­si­va de dro­gas y abra­za su con­di­ción má­gi­ca des­de sus ini­cios: si el gru­po se lla­ma Witch es por­que, de he­cho, es más una vuel­ta ha­cia los prin­ci­pios pseudo-místicos de los pri­me­ros Black Sabbath que ha­cia el sto­ner con re­mi­nis­cen­cias weed de Kyuss; la con­di­ción de pu­re­za se to­ma co­mo una vuel­ta ha­cia lo esen­cial (del su­bli­me americano-europeo) del so­ni­do pe­ro tam­bién de las formas.

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  • no existe represión sin deseo

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    Un mé­to­do pe­li­gro­so, de David Cronenberg

    Uno de los per­so­na­jes que más sis­te­má­ti­ca­men­te se han ob­via­do du­ran­te to­do el si­glo pa­sa­do es, sin lu­gar a du­das, Carl Gustav Jung. Con una sis­te­ma­ti­za­ción del psi­co­aná­li­sis que iba más allá de lo se­xual qui­zás su ma­yor las­tre sea la acu­sa­ción, cier­ta pe­ro no en el sen­ti­do pe­yo­ra­ti­vo usa­do, de ser ex­ce­si­va­men­te mis­ti­cis­ta en sus pro­pues­tas. El em­po­rio de dog­ma­tis­mo ab­so­lu­to que cons­tru­ye Freud al­re­de­dor de su fi­gu­ra es re­pre­sen­ta­do de una for­ma ejem­plar en la pe­lí­cu­la por David Cronenberg de la úni­ca ma­ne­ra que siem­pre ha cons­trui­do las pro­ble­má­ti­cas psico-sociales: des­de la ex­tra­po­la­ción me­ta­fó­ri­ca del in­di­vi­duo al gru­po. Es por ello que Freud ge­ne­ral­men­te es­tá si­tua­do en una po­si­ción in ab­sen­tia en la cual, ape­nas sí en al­gu­nos bre­ves mo­men­tos, po­de­mos co­no­cer cua­les son sus dis­po­si­cio­nes con res­pec­to de co­mo de­be ser tra­ta­do el psi­co­aná­li­sis por par­te de sus alum­nos. Toda la teo­ría crí­ti­ca que des­ti­la Un mé­to­do pe­li­gro­so se de­fi­ne a tra­vés del con­flic­to en­tre los dos per­so­na­jes con res­pec­to de Sabina Spielrein.

    Spielrein, jo­ven ru­so ju­día, pa­cien­te y aman­te de Jung, se­rá par­te de la sín­te­sis im­po­si­ble de los plan­tea­mien­tos freudianos-jungianos al in­ten­tar ha­cer una sín­te­sis de la teo­ría que va­ya más allá de las di­fe­ren­cias ‑se­gún ella, mínimas- que les se­pa­ra­ban. El pro­ble­ma es que es­ta dis­po­si­ción es tre­men­da­men­te cap­cio­sa ya que, si es cier­to que ella es la de­fi­ni­do­ra pri­me­ra del con­cep­to freu­diano de pul­sión de muer­te y del con­cep­to jun­giano so­bre el ani­mo, no es po­si­ble que ella sea sín­te­sis de la teo­ría de am­bos, sino ca­ta­li­za­do­ra de pos­tu­ras pró­xi­mas pe­ro no co­mu­nes. No exis­te un acer­ca­mien­to real en­tre las pos­tu­ras de Jung y Freud que no sean, pre­ci­sa­men­te, la pro­pia fi­gu­ra en sí de Spielrein.

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