Etiqueta: poema

  • Decir es también lo que no se dice. Sobre «Palabras» de Shinkichi Takahashi

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    No to­mo tus palabras
    sim­ple­men­te co­mo palabras.
    Estoy ale­ja­do de eso. Escucho
    lo que te ha­ce decirlas—
    lo que ellas quie­ren ser—
    escucho.

    El re­to de la poe­sía es de­cir aque­llo que no pue­de de­cir­se, traer al mun­do aque­llo que exis­te a pe­sar de no po­der ser nom­bra­do. En tan­to ar­te esen­cial de la me­tá­fo­ra, y par­tien­do de que to­do con­cep­to an­tes de ser uní­vo­co y co­no­ci­do ha si­do por ne­ce­si­dad una me­tá­fo­ra que evo­ca su sen­ti­do, la poe­sía tie­ne la fun­ción de crear el len­gua­je de lo in­nom­bra­ble; to­do lo que no se pue­de de­cir, por­que no exis­ten las pa­la­bras o la po­si­bi­li­dad de ar­ti­cu­lar­las, es lo que de­be de­cir el poe­ta. El poe­ta es el más ba­jo de los dio­ses y el más al­to de los hom­bres. Aquel poe­ta que con­si­gue di­na­mi­tar su tiem­po y lle­gar más allá, en­ten­dien­do por poe­ta cual­quie­ra que se apro­pie de la me­tá­fo­ra co­mo ca­sa y ca­mino de aque­llo que no pue­de ex­pre­sar, es el que ha lo­gra­do ha­cer de su ar­te al­go que tras­cien­de la gro­se­ría de pre­ten­der de­cir lo que to­dos sa­be­mos con pa­la­bras equí­vo­cas. Poeta es quien di­ce al­go ocul­to en las pa­la­bras co­rrien­tes, quien nos mues­tra aque­llo que no sa­be­mos escuchar. 

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  • El pálido fuego de la literatura es su propia (posibilidad de) existencia (II)

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    Pálido Fuego, por Vladimir Nabokov 

    Una de las ma­yo­res di­fi­cul­ta­des cuan­do abor­da­mos una obra li­te­ra­ria es pre­ten­der que en ella el es­cri­tor no ha de­po­si­ta­do al­go par­ti­cu­lar de sí. Es ló­gi­co que en tan­to una per­so­na ha de­di­ca­do me­ses, sino años, en la ges­ta­ción com­ple­ta de un pro­yec­to ha­ya en es­ta, de for­ma más o me­nos no­to­ria, par­te de su es­pí­ri­tu de­po­si­ta­da co­mo mo­do de in­su­flar­le una au­tén­ti­ca vi­da más allá de su ca­li­dad in­trín­se­ca; to­da obra es hi­ja de su crea­dor, in­de­pen­dien­te­men­te de que es­ta lue­go ten­ga que re­co­rrer el mun­do so­la. Pero aun con to­do no hay oca­sión en la que una no­ve­la no es­té te­ñi­da de la opi­nión del otro, del lec­tor, de aquel que co­men­ta la obra en sus már­ge­nes ‑de for­ma li­te­ral o metafórica- apro­pián­do­se pa­ra sí de to­do cuan­to lee en ella. ¿Acaso no es ló­gi­co que, al leer una no­ve­la cual sea, nos sin­ta­mos iden­ti­fi­ca­dos o, co­mo mí­ni­mo, sa­que­mos in­ter­pre­ta­cio­nes que siem­pre es­ta­rán re­la­cio­na­dos con nues­tra pro­pia opi­nión al res­pec­to del mun­do? Lo es, por eso nos gus­ta la literatura.

    La pe­cu­lia­ri­dad de Pálido Fuego de Nabokov no es ya el he­cho de crear una fic­ción bio­grá­fi­ca par­ti­cu­lar crea­da en for­ma de poe­ma de un per­so­na­je, co­sa que por otra par­te no tan ex­tra­ña, sino que su par­ti­cu­lar sin­gu­la­ri­dad es co­mo es­ta sir­ve de es­cu­sa pa­ra edi­fi­car una no­ve­la. Ahora bien, es­to no sig­ni­fi­ca que se val­ga del ma­ni­do re­cur­so de apro­ve­char un com­po­nen­te bio­grá­fi­co pa­ra edi­fi­car to­da una his­to­ria co­mo se lle­gó has­ta esa si­tua­ción, sino que re­tuer­ce to­da la pre­mi­sa has­ta con­ver­tir el co­men­ta­rio crí­ti­co del poe­ma en la pro­po­si­ción mis­ma de la no­ve­la en sí. No hay una cons­truc­ción a par­tir del poe­ma que de pie a una his­to­ria na­rra­ti­va en sen­ti­do clá­si­co, sino que el poe­ma es un ex­qui­si­to ejer­ci­cio de es­ti­lo que da a pie a la cons­truc­ción de otro aun ma­yor ejer­ci­cio de es­ti­lo; el poe­ma es pro­ce­so y cons­truc­ción de un to­do ma­yor, la no­ve­la, que se edi­fi­ca a par­tir de su per­tur­ba­ción de los có­di­gos de la crí­ti­ca. O, lo que es lo mis­mo, en Pálido Fuego po­de­mos de­cir que hay con­te­ni­da una no­ve­la por­que de he­cho es una no­ve­la que se dis­fra­za de otros gé­ne­ros ‑la poe­sía, el en­sa­yo literario- pa­ra así po­der de­fi­nir­se co­mo tal de for­ma que va­ya más allá de los me­ros con­ven­cio­na­lis­mos na­rra­ti­vos de lo que su­po­ne ser no­ve­la. Es un pá­li­do fue­go por­que es una pá­li­da no­ve­la, al­go que só­lo pa­re­ce no­ve­la por­que sa­be­mos que lo es. 

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  • El pálido fuego de la literatura es su propia (posibilidad de) existencia (I)

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    Pálido Fuego: un poe­ma en cua­tro can­tos, por John Shade

    Pretender sin­te­ti­zar to­da una vi­da siem­pre es un tra­ba­jo in­gra­to que tien­de a ex­plo­rar la ab­so­lu­ta na­da de la que es­tá he­cha la vi­da cuan­do in­ten­ta es­ta­ble­cer­se en tin­ta. Siempre que pre­ten­da­mos re­du­cir nues­tra exis­ten­cia a hi­tos pa­re­ce­rá que nos que­da­mos cor­tos, que aquí o allá siem­pre po­dría­mos ha­ber di­cho al­go más, que qui­zás lo de aque­llo po­dría ha­ber si­do ex­plí­ci­to o más os­cu­ro; en es­cri­bir nues­tra pro­pia vi­da por vez se­gun­da siem­pre hay ho­no­ra­bles fal­tas que de­sea­ría­mos no ha­ber co­me­ti­do. Es por ello que es­cri­bir una bio­gra­fía, más si es una auto-biografía, es co­mo vi­vir la vi­da en sí mis­ma, lo cual pro­du­ce que siem­pre es­té en trán­si­to y por tan­to siem­pre in­con­clu­sa. ¿Qué es si no una uto­pía pre­ten­der es­cri­bir la vi­da mis­ma en su completud?

    Lo que John Shade, po­co an­tes de que aca­ba­ra su vi­da, es sin­te­ti­zar su vi­da en 999 ver­sos ‑aun­que se di­ce que que­dó uno per­di­do, que se­ría re­pe­ti­ción del primero- en­tre los cua­les pre­ten­de mos­trar to­do aque­llo que le ha lle­va­do a ser co­mo aho­ra es. La elec­ción es la pre­ten­sión de vi­da que le lle­va a cons­truir un im­po­si­ble, un poe­ma auto-biográfico, en el cual ex­pre­sar to­do aque­llo que es­tá más allá de su pro­pia vi­da mis­ma ca­rac­te­ri­zán­do­se no só­lo a sí mis­mo sino a to­do aque­llo que ha afec­ta­do en su vi­da; el pro­pó­si­to de Shade es cons­truir un mun­do don un mí­ni­mo co­mún de­no­mi­na­dor, bus­can­do ese efec­to que se si­túa co­mo ger­men a tra­vés del cual pue­de cre­cer au­tó­no­mo, con la ayu­da del lec­tor, pa­ra mos­trar­se co­mo la to­ta­li­dad de su vi­da en sí mis­ma. Lo que con­si­gue de és­te mo­do es sin­te­ti­zar imá­ge­nes, tro­pos y ex­tra­ñe­zas ena­je­na­das que le lle­van ha­cia un via­je cons­tan­te ha­cia nin­gu­na par­te ca­bal­gan­do en­tre en­de­ca­sí­la­bos que siem­pre pa­re­cen de­cir ya no de­ma­sia­do po­co, sino de­ma­sia­do del al­ma de un hom­bre que ha vi­vi­do co­mo pa­ra sa­ber que in­clu­so aque­llo que due­le es lo que nos ha he­cho. John Sade ca­rac­te­ri­za la es­cri­tu­ra co­mo el pá­li­do fue­go que ilu­mi­na su pro­pia vi­da al de­mos­trar­se a sí mis­mo, y no só­lo al lec­tor, que es lo que con­fi­gu­ra su vi­da en sí misma. 

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  • Hall-o-Wicked. Tu relato se ha comido mi miedo.

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    Para des­car­gar la an­to­lo­gía clic­ken tal en Hall-o-Wicked.

    Toda es­cri­tu­ra ca­re­ce de sen­ti­do en tan­to no se di­ri­ge ha­cia un pú­bli­co ob­je­ti­vo que pue­da vis­lum­brar el men­sa­je úni­co que va di­ri­gi­do es­pe­cí­fi­ca­men­te ha­cia él; la ver­da­de­ra di­men­sión del ar­te na­ce en su en­cuen­tro con el pú­bli­co. Esto no nie­ga la no­ción del ar­te por el ar­te, el ar­te que se ha­ce pa­ra uno mis­mo sin pre­ten­sión de al­can­zar na­da más allá del mi­cro­cos­mos, sino que es un efec­to con­tin­gen­te de que to­da obra de ar­te es­té si­tua­da en el mun­do. Por ello de­be­ría­mos con­si­de­rar que, en úl­ti­mo tér­mino, to­da obra de ar­te sea só­lo con res­pec­to del es­pec­ta­dor que, en un ca­so ex­tre­mo, po­dría ser el crea­dor mis­mo ese es­pec­ta­dor ena­je­na­do de la obra en sí. Esa es la ra­zón por la que es­te blog no ten­dría sen­ti­do sin lec­to­res, sin los que es­tán al otro la­do de la pan­ta­lla pe­rió­di­ca­men­te, ha­cien­do que ten­ga sen­ti­do se­guir ca­da día al pie del ca­ñón. Por eso, an­te la in­mi­nen­cia del clá­si­co es­pe­cial de Halloween de to­dos los años, es­toy pre­pa­ran­do ya in­fi­ni­dad de con­te­ni­dos pa­ra inun­dar­les del es­pí­ri­tu os­cu­ro, te­rri­ble y jo­co­so de nues­tra fes­ti­vi­dad fa­vo­ri­ta con al­gu­nas co­la­bo­ra­cio­nes de lu­jo. Pero, ade­más, es­te año ten­go una pro­pues­ta abier­ta pa­ra to­dos los lec­to­res: par­ti­ci­par por un día en el blog. ¿Como? Escribiendo un mi­cro­re­la­to de te­rror con un má­xi­mo de 333 pa­la­bras (¿o aca­so po­dría ser otra ci­fra que la mi­tad del 666 en una épo­ca de cri­sis don­de de­be­mos eco­no­mi­zar?) que me en­via­réis has­ta el día 30 de Octubre a las 23:59 al email mr.mortem arro­ba gmail.com.

    No hay lí­mi­tes de mí­ni­mo de pa­la­bras, no hay lí­mi­tes es­ti­lís­ti­cos, ni si­quie­ra tie­nen que ser gran­des re­la­tos que re­vo­lu­cio­na­rán la li­te­ra­tu­ra de te­rror; es­ta pro­pues­ta se fun­da­men­ta en pa­sar­lo lo me­jor po­si­ble y con­se­guir re­co­pi­lar una bue­na can­ti­dad de re­la­tos pa­ra ame­ni­zar y di­na­mi­zar la siem­pre apa­sio­nan­te no­che de Halloween. Y ade­más to­dos los que en­viéis a tiem­po los re­la­tos po­dréis ver en un fla­man­te PDF en una pre­cio­sa an­to­lo­gía de to­dos los re­la­tos con por­ta­da de Mikelodigas y, si re­co­pi­la­mos los su­fi­cien­tes, ha­re­mos una ver­sión fí­si­ca de im­pre­sión ba­jo de­man­da. ¿Qué ocu­rre si ya co­la­bo­ras con otra co­sa pa­ra el blog? No pa­sa na­da, ¡to­do el mun­do pue­de par­ti­ci­par! ¿Y sí mi re­la­to es ma­lo cual pa­ta­da en la bo­ca de mi abue­lo oc­to­ge­na­rio? Entonces se­rá un buen cam­po de prác­ti­cas és­te, pe­ro no le ase­gu­ra­mos que los ghouls no se bur­len de su pro­sa po­dri­da. ¿Y si yo ha­go có­mics o poesía?¡Usted tam­bién pue­de par­ti­ci­par! Entonces ten­drá que de­jar­nos, apro­xi­ma­da­men­te, una pa­gi­na A5 de có­mic o un má­xi­mo de 33 ver­sos. ¿Ven qué sen­ci­llo? Espero que dis­fru­ten el es­pe­cial de Halloween, que em­pie­za el mar­tes, tan­to co­mo yo dis­fru­ta­ré es­cri­bién­do­lo y con el más pro­fun­do de­seo de que par­ti­ci­pen los más po­si­bles. Porque no hay es­cri­tu­ra que val­ga sin los lec­to­res que la sostengan.