Etiqueta: underground

  • Manifiesto esnob. Por un paradigma donde no sean necesarios los manifiestos esnob.

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    1. Lo que co­mún­men­te se en­tien­de por es­nob y la idea de es­nob que de­fen­de­ré aquí son mu­tua­men­te ex­clu­yen­tes. Si pa­ra el co­mún de los mor­ta­les el es­nob es aquel que só­lo con­su­me ar­te­fac­tos cul­tu­ra­les dis­tin­gui­dos en un alar­de de ser al­go más allá de su cla­se so­cial, pa­ra no­so­tros el es­nob es aquel que de­fien­de la di­fe­ren­cia ra­di­cal co­mo for­ma de vida.

    2. Nosotros, es­ta cier­ta cla­se de es­nob, bus­ca­mos en los már­ge­nes de la cul­tu­ra ofi­cial aque­llos ele­men­tos nu­tri­cios pa­ra el al­ma que sean más dis­tin­gui­dos. En cual­quier ca­so en la de­fen­sa de Burroughs por en­ci­ma de Asimov, de Lovecraft so­bre King, o de Messagier so­bre Kerouac no hay só­lo una vi­sión de ex­clu­si­vi­dad, sino tam­bién de cua­li­dad. La ca­li­dad que ate­so­ran en su seno es­tos outsi­ders de la es­ce­na ofi­cial, del pe­se­bre del bes­tse­ller, es que to­dos eran 1) fas­ci­nan­tes lo­cos ade­lan­ta­dos a su tiem­po, y 2) es­cri­to­res de una plu­ma divina.

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  • puede voltear la ciudad patas arriba si quiere pero, ¿quien sabe lo que encontrará?

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    Todo te­rror hu­mano se po­dría su­bli­mar, en úl­ti­mo tér­mino, a un só­lo te­rror uni­fi­ca­dor: el mie­do a la muer­te. No im­por­ta que lo que nos ate­rre sea la os­cu­ri­dad, lo des­co­no­ci­do, los pa­ya­sos, los te­rro­ris­tas o los in­sec­tos, pues nues­tro te­mor siem­pre vie­ne de la po­si­bi­li­dad de que nues­tros te­mo­res aca­ben ma­tán­do­nos; el te­rror es una mis­ti­fi­ca­ción del ins­tin­to de auto-conservación. Esto lo co­no­cen muy bien los tok­yo­tas de Kaiju Studio al ofre­cer­nos su nue­vo jue­go 地下鉄での死 (Death in the sub­way, 2010) pa­ra PC.

    Basado en el vi­deo­jue­go un­der­ground ru­so смерть в Метрополитен, jue­go del cual guar­dan in­clu­so su nom­bre, se­re­mos unos osa­dos cien­tí­fi­cos que se in­ter­na­rán en lo más pro­fun­do del seno del me­tro tok­yo­ta pa­ra in­ves­ti­gar ac­ti­vi­dad geo­ló­gi­ca ex­tra­ña en el lu­gar. El jue­go no tar­da­rá en im­pli­car­nos cuan­do, por una se­rie de ata­ques anarco-terroristas, se de­cla­re el es­ta­do de ex­cep­ción en Tokyo y nos vea­mos ais­la­dos en los in­con­men­su­ra­bles 304.5 km de tú­ne­les. Así co­mien­za uno de los sur­vi­val ho­rror más as­fi­xian­tes de es­ta ge­ne­ra­ción. Recorriendo tú­nel tras tú­nel, en­fren­tán­do­nos só­lo ar­ma­dos de los ob­je­tos que po­da­mos en­con­trar con­tra sin te­chos, te­rro­ris­tas y adep­tos de la sec­ta, nues­tros dos úni­cos ob­je­ti­vos son so­bre­vi­vir y en­con­trar la for­ma de es­ca­par de allí. Al me­nos has­ta que des­cu­bra­mos que hay al­go no-humano ha­bi­tan­do jus­to de­ba­jo de nues­tros pies, sien­do no­so­tros los úni­cos que po­de­mos pararlo.

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  • black metal: el ataque de la masa aglutinadora

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    Una de las cua­li­da­des hu­ma­nas más (im)pertinentes es la ne­ce­si­dad de acep­ta­ción en la so­cie­dad pues, en tan­to en­tes gre­ga­rios que no po­dría­mos vi­vir en un es­ta­do de na­tu­ra­le­za, ne­ce­si­ta­mos de los otros pa­ra so­bre­vi­vir. Esto no tar­da en mal en­ten­der­se co­mo la ne­ce­si­dad de acep­ta­ción per­so­nal, que no so­cial, por par­te de los otros; la ma­yor par­te de las per­so­nas ne­ce­si­tan mi­me­ti­zar­se con la ma­sa co­mo mé­to­do de rehuir su con­di­ción mor­tal. Por ello no es ex­tra­ño pen­sar que en la cul­tu­ra ha­ya un pa­ra­le­lis­mo evi­den­te, hay un in­ten­to con­ti­nuo de ho­mo­ge­nei­za­ción de la cul­tu­ra; si al­go se en­cuen­tra fue­ra de es­ta y se pue­de in­cluir en ella, se la in­clu­ye. Por eso no nos ex­tra­ña la de­cla­ra­ción de que Noruega en­se­ña­rá a sus di­plo­má­ti­cos las bon­da­des del Black Metal. La po­pu­la­ri­dad del black me­tal fue­ra de Noruega es­tá fue­ra de to­da du­da des­de ha­ce ya un par de dé­ca­das, pe­ro siem­pre se ha man­te­ni­do en la más es­tric­ta de las es­fe­ras: el un­der­ground más re­cal­ci­tran­te. ¿Cuando se ha da­do es­te sal­to ha­cia el mains­tream? Se po­drían dar va­rios pun­tos pe­ro nos cen­tra­re­mos en tres: el aca­dé­mi­co, el ar­tís­ti­co y el social-musical.

    Con res­pec­to al aca­dé­mi­co des­de ha­ce al­gu­nos años hay un in­te­rés par­ti­cu­lar en los es­tu­dios del black me­tal en las cien­cias hu­ma­nas en ge­ne­ral y en la fi­lo­so­fía en par­ti­cu­lar; hay una bús­que­da de nue­vos cam­pos de es­tu­dio con ne­xos con los an­ti­guos. Así el black me­tal era un can­di­da­to ideal co­mo de­mues­tran la exis­ten­cia del Black Metal Theory Simposium ‑don­de par­ti­ci­pa­ron au­to­res de la ta­lla de Reza Negarestani o Erik Butler- o la re­vis­ta de es­tu­dios de Black Metal, Helvete. Este re­pen­tino in­te­rés no es ca­sual ya que el black me­tal abor­da tan­to te­mas de in­te­rés ge­ne­ral ‑lo vi­tal, la des­truc­ción, la os­cu­ri­dad, el mal, el pa­pel de la re­li­gión en la sociedad- co­mo te­mas pu­ra­men­te con­tem­po­rá­neos ‑los lí­mi­tes del pen­sa­mien­to, reali­da­des pa­ra­le­las, hi­bri­da­ción con­tex­tual, etc.- ade­más de re­cu­pe­rar in­fluen­cias de la “al­ta cul­tu­ra”, del ro­man­ti­cis­mo y el ba­rro­co en par­ti­cu­lar; hí­bri­da en su seno múl­ti­ples ne­xos co­mu­nes de es­tu­dio que fa­ci­li­ta su es­tu­dio. Aun con to­do, no nos en­ga­ñe­mos, la pa­sión aca­dé­mi­ca por al­go es­tá muy le­jos de al­zar al mains­tream ese algo.

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  • el climax se encuentra en el retrato del muro (de pollas)

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    Cuando al­go es­tá pro­fun­da­men­te arrai­ga­do en la opi­nión co­lec­ti­va has­ta el pun­to de dar­se una na­tu­ra­li­za­ción de ese he­cho se ha­ce ne­ce­sa­rio abor­dar­lo des­de to­dos los fren­tes y ni­ve­les po­si­bles. El pro­ble­ma del tra­to de la mu­jer por par­te del hom­bre, del fe­mi­nis­mo, no de­be ser só­lo co­pa­do por las ac­cio­nes de las ins­ti­tu­cio­nes, los gru­pos fe­mi­nis­tas y la cul­tu­ra ofi­cial, tam­bién es ne­ce­sa­ria una de­fen­sa en los már­ge­nes. Ante una cons­ti­tu­ción só­li­da en pre­jui­cios, es ne­ce­sa­rio tam­bién di­na­mi­tar des­de den­tro los mis­mos; abrir una fi­su­ra en el mu­ro pe­ne­tran­do en el mis­mo. Y The Taint de Drew Bolduc y Dan Nelson cum­plen es­te pa­pel ex­ce­len­te­men­te a to­dos los po­si­bles niveles.

    Por cul­pa de la con­ta­mi­na­ción del agua de la ciu­dad los hom­bres se con­ta­gian de una po­ten­te dro­ga que les ha­cen te­ner un pe­ne eter­na­men­te erec­to y, ade­más, un odio cie­go con­tra las mu­je­res. En es­ta si­tua­ción el pro­ta­go­nis­ta Phil O’Ginny jun­to con su res­ca­ta­do­ra Misandra tra­ta­rán de pa­rar la lo­cu­ra que se es­tá des­atan­do por cul­pa de lo que de­fi­nen co­mo la man­cha. Y aun­que el guión no bri­lle en par­ti­cu­lar­men­te por su ge­nia­li­dad, con­tan­do la his­to­ria me­dian­te flash­backs mon­ta­dos en un or­den pe­cu­liar, la pe­lí­cu­la es­tá muy le­jos de ser un fra­ca­so. Con 6.000 do­la­res de pre­su­pues­to y una gran par­te de go­re ar­te­sa­nal nos con­ce­de una de las pe­lí­cu­las más há­bi­les y bru­ta­les que nos ha da­do el un­der­ground en los úl­ti­mos tiem­pos. Sería de­ma­sia­do fá­cil em­pa­ren­tar el tra­ba­jo de Bolduc, que se des­cu­bre ade­más co­mo un ge­nial ac­tor pro­ta­go­nis­ta, con el de John Waters pe­ro, si uno ve la pe­lí­cu­la sin pre­jui­cios, The Taint va mu­cho más allá que cual­quie­ra de las pe­lí­cu­las del pa­dre del trash.

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  • el humor no conoce de limites ni de aranceles

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    Hablar de hu­mor en España, des­de ha­ce ya va­rios si­glos, es in­vo­car una uto­pía re­le­ga­da a un eterno un­der­ground pues siem­pre es des­te­rra­do a los már­ge­nes de la cul­tu­ra ofi­cial. Cualquiera que in­ten­te des­ta­car, que pre­ten­da te­ner una voz pro­pia en el pa­no­ra­ma es­pa­ñol, de­be­rá ale­jar­se de for­ma ta­xa­ti­va de cual­quier pre­ten­sión de rea­li­zar un hu­mor que no sea lam­pi­ño; lim­pio de to­da sos­pe­cha. Esto mis­mo que lle­va a la re­cien­te con­de­na me­diá­ti­ca al sin par Nacho Vigalondo lle­vó a su­frir el os­tra­cis­mo al aun más úni­co Enrique Jardiel Poncela. Y por eso, en es­tos ya eter­nos tiem­pos os­cu­ros, es im­por­tan­te re­cor­dar una no­ve­la tan in­te­li­gen­te co­mo Amor se es­cri­be sin hache.

    En es­ta ge­nial obra Poncela sub­vier­te los có­di­gos de la no­ve­la ro­mán­ti­ca, tan en bo­ga aun hoy, pa­ra lle­var­los has­ta su ex­tre­mo más ab­sur­do y des­qui­cia­do. De es­te mo­do se­gui­mos la his­to­ria de la jo­ven Sylvia, una mu­cha­cha que irá ca­yen­do en los bra­zos de unos y otros; ha­cien­do des­gra­cia­dos a quie­nes se com­pro­me­tan con ella cuan­do an­tes los hi­zo di­cho­sos. Aquí no en­con­tra­re­mos una piz­ca de amor co­mo un he­cho edi­fi­can­te ni mu­chí­si­mo me­nos un re­tra­to ama­ble de que es o pu­die­ra ser el hom­bre o la mu­jer. Claro que tam­bién ha­bría que con­si­de­rar des­qui­cia­dos a aque­llos que crean que en las no­ve­las ro­mán­ti­cas se da un re­tra­to real de las per­so­nas y sus re­la­cio­nes. Debido a que los an­te­rio­res su­je­tos abun­dan, es­te fo­lle­tín nos da un re­tra­to iró­ni­co de co­mo real­men­te las per­so­nas ven las cues­tio­nes de gé­ne­ro y el amor: las mu­je­res son im­bé­ci­les o mal in­ten­cio­na­das; los hom­bres, in­ge­nuos y dé­bi­les; y el amor, una pa­tra­ña que se in­vo­can los unos a los otros pa­ra man­te­ner­se en un en­ga­ño perspicaz.

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