Contar historias nos sale de forma natural, pero no hay nada natural en ello. Es un proceso creativo complejo y difícil. ¿Cómo se cuenta una historia? ¿Por dónde se empieza? ¿Cómo se decide qué es relevante, qué no, cuándo es suficiente y cuándo no; cuándo se debe seguir y cuando es mejor callar? Podemos tener la sensación de que es algo que nos viene dado por ser humanos, porque estamos contándonos historias constantemente —cotilleamos, nos contamos lo que nos ha pasado en nuestras vidas desde la última vez nos vimos, qué ha ocurrido en la vida de nuestras familiares y amigos y compañeros — , pero debe haber alguna lógica detrás de las mismas. Hay historias mejores y peores, personas que las cuentan mejor y personas que las cuentan peor: debe existir una diferencia en el modo en cómo existen en el mundo. No pueden ser simplemente algo que son.
La hay. Qué duda cabe. Lo cual no quita para que solo nos quite el sueño a un grupo específico de personas. Para la mayoría de es irrelevante, pero no por eso las historias dejan de ser importantes. Lo hagamos mejor o peor, cautivemos o no a los demás, seguimos contando historias a diario. Es importante para nosotros y les damos la mayor de las importancias; nunca las consideramos como nada menos que extremadamente relevantes y nunca perdemos la oportunidad de contarlas y rescatar aquellas que ya han sido contadas. Esto ha permitido perpetuar la memoria de nuestra especie y permitirá que se siga recordando lo que fuimos y lo que hicimos mucho tiempo después de que nos vayamos. Una premisa muy apropiada para un juego como el primer Final Fantasy.
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