• Slay the Spire II — Algunos pensamientos sobre un juego infinito

    Slay the Spire II — Algunos pensamientos sobre un juego infinito

    Ajustando expectativas

    No soy un ex­per­to en Slay the Spire. Mi ex­pe­rien­cia con el jue­go ori­gi­nal es li­mi­ta­da; he ju­ga­do, pe­ro ni le he de­di­ca­do las in­fi­ni­tas ho­ras que le han de­di­ca­do com­pa­ñe­ros y ami­gos ni creo que te­ner me­nos de esas ho­ras sea su­fi­cien­te pa­ra ha­cer una crí­ti­ca me­su­ra­da y cons­cien­te de un jue­go de es­tas ca­rac­te­rís­ti­cas. Eso no sig­ni­fi­ca que no ha­ya ju­ga­do. Lo he he­cho en di­fe­ren­tes oca­sio­nes acep­ta­bles can­ti­da­des de ho­ras. Con co­le­gas en di­fe­ren­tes con­tex­tos. Pero nun­ca me he ter­mi­na­do de en­gan­char co­mo si lo han he­cho otras per­so­nas de mi en­torno; no he es­ta­do en el lu­gar y el mo­men­to ade­cua­do pa­ra eso.

    No es que no en­ten­die­ra o no dis­fru­ta­ra del jue­go. Al re­vés. Siempre he si­do cons­cien­te de que ha­bía un enor­me po­ten­cial pa­ra man­te­ner­me en­gan­cha­do y que la fi­nu­ra de su di­se­ño era ab­so­lu­ta­men­te ex­cep­cio­nal. En par­te, tam­bién, por eso no hi­ce ma­yo­res es­fuer­zos en en­trar al jue­go: de­jé que lle­ga­ra a mi vi­da en al­gún mo­men­to. Cuando fue­ra co­rrec­to. Parece que el mo­men­to, con el lan­za­mien­to en early ac­cess de su se­gun­da en­tre­ga y el anun­cio de un mo­do mul­ti­ju­ga­dor con to­dos mis ami­gos lan­zán­do­se de ca­be­za a ju­gar, ha si­do ahora.

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  • ascend — Antes de Signalis ya existían las rosas

    ascend — Antes de Signalis ya existían las rosas

    Las car­pas pue­den vi­vir más de cien años, si se las cui­da bien o tie­nen las con­di­cio­nes ade­cua­das pa­ra ello. Según le­yen­das ja­po­ne­sas, las car­pas que con­si­guen es­ta proeza tie­nen la ha­bi­li­dad de na­dar con­tra­co­rrien­te pa­ra lle­gar has­ta el lu­gar don­de na­ce el río y con­ver­tir­se en una de las cua­tro bes­tias sa­gra­das: el dra­gón. Algo que se ha in­ter­pre­ta­do his­tó­ri­ca­men­te co­mo que in­clu­so las más po­de­ro­sas de las cria­tu­ras co­men­za­ron sien­do pe­que­ñas y de­li­ca­das, en­fren­ta­das a un mun­do que no es­ta­ba he­cho pa­ra ellas.

    Nadie na­ce apren­di­do. Ni los dra­go­nes ni los maes­tros. Porque pa­ra lle­gar a ser uno u otro, pri­me­ro hay que ser una car­pa o un aprendiz.

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  • Guía de iniciación al manga (VII) — La comida y el manga: una relación de amor

    Guía de iniciación al manga (VII) — La comida y el manga: una relación de amor

    Este es un tex­to que se iba a pu­bli­car en un me­dio de cu­yo nom­bre no quie­ro acor­dar­me, pe­ro que nun­ca lle­ga­ron a pu­bli­car. Lo res­ca­to aquí por­que ca­sa bien con la guía, co­mo una bue­na bo­la ex­tra (con al­gu­nas adap­ta­cio­nes), y por­que, ¿qué gus­ta más que un buen iné­di­to de un au­tor?

    (Y por su­pues­to, ha si­do re­edi­ta­do pa­ra la ocasión)

    En Japón es­tán ob­se­sio­na­dos con la co­ci­na. Algo que no co­ge­rá por sor­pre­sa a na­die que ten­ga un mí­ni­mo in­te­rés por el país. Ya sea co­mo pio­ne­ros del pri­mer y me­jor pro­gra­ma de te­le­vi­sión de co­ci­na com­pe­ti­ti­va, Iron Chef, o por­que tie­nen uno de los ca­tá­lo­gos de res­tau­ra­ción más am­plios del mun­do, sien­do la me­ca de cual­quier gour­met o chef que se pre­cie, Japón siem­pre ha es­ta­do muy in­tere­sa­da en la co­mi­da, la co­ci­na y có­mo és­ta sir­ve pa­ra re­la­cio­nar­nos con los otros en cual­quier ám­bi­to de la vida.

    También es cier­to que eso no es al­go ex­clu­si­vo de Japón. Si abun­dan los pro­gra­mas, los li­bros, los ví­deos y los ar­tícu­los so­bre co­ci­na es por­que es un te­ma que nos in­tere­sa co­mo es­pe­cie. A fin de cuen­tas, to­dos te­ne­mos que en­fren­tar­nos de dia­rio sino con la co­ci­na, sí con el ac­to de co­mer. Pero en Japón esa ob­se­sión la han lle­va­do un pa­so más allá. Y pa­ra de­mos­trar­lo, na­da me­jor que el manga.

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  • Onimusha: Warlords — Resident Evil después de Resident Evil, Dark Souls antes de Dark Souls

    Onimusha: Warlords — Resident Evil después de Resident Evil, Dark Souls antes de Dark Souls

    En el ar­te co­mer­cial han de ha­cer­se cier­tas con­ce­sio­nes. Al no po­der per­mi­tir­se ser na­da más que la idea de un au­tor —de­be ce­ñir­se a las ne­ce­si­da­des del mer­ca­do, las im­po­si­cio­nes de se­ño­res con cor­ba­ta, los de­li­rios de un pú­bli­co que no acep­ta na­da que se sal­ga de lo que ya co­no­ce — , en oca­sio­nes las obras cul­tu­ra­les no pue­den ex­plo­tar to­do su po­ten­cial. Todo lo que po­drían ser de no te­ner que con­ten­tar a cri­te­rios que van con­tra la pro­pia pers­pec­ti­va artística.

    Eso no qui­ta pa­ra que, en oca­sio­nes, te­ner que ce­ñir­se a de­ci­sio­nes par­ti­cu­la­res pue­de ge­ne­rar pro­pues­tas in­tere­san­tes in­clu­so si la eje­cu­ción nun­ca pue­de lle­gar a es­tar a la al­tu­ra de la mis­ma. Que es exac­ta­men­te lo que ocu­rre con Onimusha: Warlords. Un jue­go que, por na­cer de la ne­ce­si­dad de ser un Resident Evil de la era sen­go­ku, es tan fa­bu­lo­so por lo que ha­ce de su pre­mi­sa co­mo li­mi­ta­do en su ca­pa­ci­dad pa­ra pu­lir to­do lo que no en­ca­ja en el mol­de al que de­be ajustarse.

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  • Guía de iniciación al manga (VI) — El manga erótico como una de las bellas artes

    Guía de iniciación al manga (VI) — El manga erótico como una de las bellas artes

    Este tex­to fue pu­bli­ca­do ori­gi­nal­men­te en di­ciem­bre de 2017 en la re­vis­ta cul­tu­ral Canino. Ha si­do re­edi­ta­do y re­ma­que­ta­do pa­ra la ocasión.

    Si hay un te­ma ta­bú por ex­ce­len­cia ese es el se­xo. La fic­ción pue­de tra­tar la vio­len­cia, la es­ca­to­lo­gía o to­da cla­se de ideo­lo­gías sin que re­sul­ten ne­ce­sa­ria­men­te pro­ble­má­ti­cas, pe­ro en el mo­men­to que hay una re­pre­sen­ta­ción grá­fi­ca de una ac­ti­vi­dad se­xual nun­ca fal­ta­rá quien abo­gue por su cen­su­ra. Por ti­mo­ra­ta o ino­fen­si­va que es­ta sea.

    Japón no es di­fe­ren­te en es­to. Aunque se nos in­ten­te ven­der que es una so­cie­dad hi­per­se­xua­li­za­da, en reali­dad tie­ne los mis­mos pro­ble­mas que la ma­yo­ría de paí­ses oc­ci­den­ta­les al res­pec­to del se­xo. Excepto por­que, si ob­ser­va­mos su his­to­ria, hu­bo un tiem­po en que tu­vie­ron una re­la­ción me­nos pa­to­ló­gi­ca, y pa­to­lo­gi­za­da, del sexo. 

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