Si tienes interés en leer lo que he escrito sobre las primeras dos entregas de la franquicia Ys, puedes hacerlo en mi artículo Ys I & II — Un mundo es algo más grande que la suma de sus partes.
En ocasiones las decisiones arbitrarias tienen más peso del que se puede atribuir a través del simple análisis. Podemos pasarnos todo el tiempo que queramos discutiendo sobre orígenes, esencias y personalidades en el arte, pero como en cualquier otro aspecto de lo real, lo que muchas veces parecen decisiones perfectamente calculadas no son más que caprichos, casualidades o decisiones tomadas con las tripas. Felices accidentes, que diría el pelirrojo favorito de toda una generación.
Eso no significa que esas decisiones sean menos valiosas o interesantes o que hagan de menos las posibles interpretaciones que sostienen. Todo lo contrario; las intensifican. El hecho de que una decisión tomada por lo que bien podría ser un capricho refuerza la identidad del resto del contenido: que de forma inconsciente un determinado autor simplemente sepa que eso funciona demuestra hasta qué punto ahí existe algo. Una continuidad. Las bases tienen tanta personalidad y lógica interna que, independientemente de la capacidad del autor para navegar racionalmente las mismas, es capaz de sentir que hay coherencia en su decisión.
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