• Veinte años de «El club de la lucha». Mutaciones, ideas víricas y el autor como ficción

    Veinte años de «El club de la lucha». Mutaciones, ideas víricas y el autor como ficción

    Cocinando ideas

    «Siempre es me­jor acu­dir al ori­gi­nal». Todos he­mos di­cho eso al­gu­na vez por­que no de­ja de so­nar ló­gi­co: en­tre la co­pia y el ori­gi­nal siem­pre ha de ser me­jor el ori­gi­nal. Toda co­pia no de­ja de ser un de­gra­da­do, la for­ma ca­si idén­ti­ca, pe­ro di­fe­ren­te, de al­go que exis­te en pri­me­ra ins­tan­cia. Salvo por­que a ve­ces la co­pia apor­ta su pro­pia iden­ti­dad en el cambio.

    El Club de la Lucha es un li­bro más co­no­ci­do de oí­das que por ha­ber si­do leí­do. Oídas que nos re­mi­ten a la pe­lí­cu­la, a las re­fe­ren­cias, a los me­mes. Como cual­quier otro gran even­to cul­tu­ral su iden­ti­dad ha aca­ba­do de­for­mán­do­se pa­ra ser no aque­llo que es, sino la ima­gen que se ha trans­mi­ti­do de él. Veinte años des­pués de su pu­bli­ca­ción ya no pen­sa­mos en la no­ve­la de Chuck Palahniuk, sino en lo que han he­cho de la no­ve­la de Chuck Palahniuk. Y por des­gra­cia, la no­ve­la es in­fi­ni­ta­men­te más su­ges­ti­va que cual­quier otro acer­ca­mien­to «de oí­das» que po­da­mos ha­cer ella.

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  • No hay entendimiento sin comunicación. Pensando «Chiisakobee» de Minetarō Mochizuki

    No hay entendimiento sin comunicación. Pensando «Chiisakobee» de Minetarō Mochizuki

    De palabras e imágenes

    Adaptar una obra es di­fí­cil. Dado que to­da his­to­ria se na­rra siem­pre con las he­rra­mien­tas pro­pias de su me­dio, la tras­la­ción re­quie­re una tra­duc­ción no só­lo de los tér­mi­nos, sino tam­bién de las he­rra­mien­tas. Es ne­ce­sa­rio en­con­trar el mo­do con que, al pa­sar de pa­la­bras a imá­ge­nes o so­ni­dos o cual­quier otra for­ma abs­trac­ta del pen­sa­mien­to, se co­mu­ni­que la mis­ma idea sin per­ver­tir­se. Sin que que­pa el ma­len­ten­di­do de con­ver­tir­se en otra co­sa.

    No sin iro­nía, el lec­tor es­pa­ñol no pue­de juz­gar Chiisakobee co­mo adap­ta­ción. O no aquel que no se­pa ja­po­nés, ya que la no­ve­la ori­gi­nal de Shūgorō Yamamoto no ha si­do tra­du­ci­da. Y así y con to­do, es in­ne­ga­ble que es un man­ga de­li­ca­do y pro­di­gio­so. Un per­fec­to ejer­ci­cio de sutilezas.

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  • Pensando a la bruja. «The Witch» como (ambigua) reflexión sociopolítica

    Pensando a la bruja. «The Witch» como (ambigua) reflexión sociopolítica

    Incluso si las co­sas per­ma­ne­cen sin ne­ce­si­dad de que na­die las per­ci­ba, re­sul­ta di­fí­cil creer que la reali­dad exis­te cuan­do no hay na­die pa­ra ates­ti­guar­lo. De ahí la ob­se­sión fi­lo­só­fi­ca con los mo­dos de la exis­ten­cia. En tan­to no te­ne­mos ac­ce­so di­rec­to a lo real, pues nues­tros co­no­ci­mien­to es­tá me­dia­do por los lí­mi­tes im­pues­tos por nues­tros sen­ti­dos y nues­tro en­ten­di­mien­to, siem­pre hay cier­to gra­do de con­di­cio­na­mien­to —ideo­ló­gi­co, éti­co o es­té­ti­co— en la for­ma en que asi­mi­la­mos el acon­te­ci­mien­to del mun­do. Existe cier­to gra­do de fic­ción en aque­llo que lla­ma­mos reali­dad. Pues si bien po­de­mos con­ve­nir que exis­te al­go así co­mo la ver­dad, es­tá siem­pre de­pen­de de los ojos de aquel que mira.

    En ese con­flic­to realidad/ficción el ca­so de la bru­ja re­sul­ta pa­ra­dig­má­ti­co. Si bien sa­be­mos que exis­tie­ron, que hu­bo mu­je­res re­co­no­ci­das (por otros o por sí mis­mas) co­mo tal, el sig­ni­fi­ca­do his­tó­ri­co o so­cial de la bru­ja nos es, en el me­jor de los ca­sos, es­qui­vo. Si ejer­cía de sier­va del mal o de cu­ran­de­ra bien­in­ten­cio­na­da, si era una en­fer­ma men­tal o al­guien ale­ja­da de la so­cie­dad por in­ter­me­dia­ción de ideo­lo­gías tó­xi­cas ha­cia las mu­je­res, es al­go que, más allá de nues­tra in­ter­pre­ta­ción, se es­ca­pa a nues­tro co­no­ci­mien­to. No po­de­mos co­no­cer con se­gu­ri­dad la ver­da­de­ra iden­ti­dad so­cial de las bru­jas más allá del or­den sim­bó­li­co que se les ha con­fe­ri­do con el tiem­po. De ahí que, an­te la au­sen­cia de fuen­tes fia­bles o in­for­ma­ción más o me­nos fun­da­da, to­do lo que po­de­mos sa­ber de ellas no só­lo es­tá me­dia­do por nues­tro co­no­ci­mien­to al res­pec­to de las mis­mas, sino tam­bién de qué te­sis nos pa­re­cen más plau­si­ble se­gún nues­tras ideas es­té­ti­cas, po­lí­ti­cas o historiográficas.

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  • Recogiendo los frutos de la sangre caída. Lista (de listas) del 2015

    Recogiendo los frutos de la sangre caída. Lista (de listas) del 2015

    Vivimos tiem­pos in­tere­san­tes. Esa an­ti­gua mal­di­ción ju­día o chi­na, se­gún in­tere­ses del in­ter­lo­cu­tor, nos vie­ne al pe­lo por nues­tra épo­ca de ines­ta­bi­li­dad po­lí­ti­ca, cul­tu­ral y, en mu­chos sen­ti­dos, per­so­nal: se­gui­mos en me­dio de una cri­sis sal­va­je que no de­ja de azo­tar a la so­cie­dad y, al mis­mo tiem­po, ca­da vez ger­mi­nan de for­ma más fuer­te bro­tes ver­des aquí y allá. Como si en me­dio del pá­ra­mo fue­ra el úni­co lu­gar don­de pue­den cre­cer las flo­res más be­llas, ya sea por­que la be­lle­za es inhe­ren­te a la fuer­za o más bien por­que lo be­llo siem­pre es de­pen­dien­do de aque­llo que le ro­dea. Si el 2014 fue un año de tran­si­ción, 2015 fue el de los pri­me­ros fru­tos de es­ta nues­tra es­ta­ción del des­con­ten­to. Frutos que han si­do dul­ces, tal vez po­cos, aun­que sí bas­tan­te más va­ria­dos de los que ca­bría es­pe­rar, da­do que las co­se­chas de los fríos ex­te­rio­res ha fir­ma­do cier­ta una­ni­mi­dad que en es­ta san­ta ca­sa no entendemos.

    Y an­te to­do, la muer­te. Parece que el te­ma uni­fi­ca­dor, del que na­die se ha re­sis­ti­do a ha­blar aun­que sea un po­co, ese es el de la muer­te. Se han ido mu­chas per­so­nas bue­nas, mu­chas per­so­nas que apre­ciá­ba­mos, in­clu­so cuan­do no las co­no­cía­mos per­so­nal­men­te; mu­chos ar­tis­tas que ya no nos de­lei­ta­rán ya con na­da nue­vo, sino es co­mo un eco del pa­sa­do. Pero así y con esa in­evi­ta­bi­li­dad, tam­bién es­tá el otro po­lo: la sen­sa­ción de tran­qui­la eu­fo­ria que des­pren­de to­da la lis­ta, co­mo si se es­tu­vie­ra co­ci­nan­do al­go que só­lo pue­de in­tuir­se en­tre li­neas del con­jun­to de to­das las lis­tas. El que se­rá ese al­go, si es que hay tal al­go, que­da a la in­ter­pre­ta­ción del lector.

    Tal vez los tiem­pos de vic­to­ria, aun­que sea pí­rri­ca, no sean tiem­pos de gran­des dis­cur­sos. De ahí que es­te año no nos atre­va­mos a va­ti­ci­nar na­da pa­ra el que vie­ne: de­ja­re­mos, con so­sie­go, que la pro­pia ola del tiem­po nos arras­tre de ba­ta­lla en ba­ta­lla pa­ra de­ci­dir, den­tro de un año exac­to, qué ha si­do el 2016 pa­ra no­so­tros. Porque si al­go te­ne­mos cla­ro es que se­gui­re­mos aquí, más vie­jos, más tu­lli­dos, tal vez arras­tran­do más muer­tos que has­ta el mo­men­to, pe­ro to­da­vía vi­vos. Siempre vi­vos y en­san­gren­ta­dos ob­ser­van­do el ano­che­cer de nues­tros días.

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  • Estigmas sacrificiales de nuestro tiempo. Lista (de listas) del 2014

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    Hoy aca­ba un año fu­nes­to. Podemos re­cor­dar lo que de­ja­mos atrás co­mo el año don­de nos pi­so­tea­ron y hu­mi­lla­ron, el 2014 que se re­su­me con la pa­la­bra «mez­quin­dad», pe­ro no exis­te som­bra que no es­con­da un ra­yo de luz, por eso tam­bién es el año que des­cu­bri­mos nue­vas for­mas de dig­ni­dad, en ese ca­so el 2014 se re­su­me en la pa­la­bra «co­mu­ni­dad». En am­bos ca­sos, lo po­lí­ti­co co­bra un pe­so es­pe­cial en la lis­ta de lis­tas de The Sky Was Pink, co­mo ya ocu­rrió el año pa­sa­do. En es­ta oca­sión los nom­bres pro­pios son la nor­ma, no así las abs­trac­cio­nes, del mis­mo mo­do que esos nom­bres se re­pi­ten de for­ma cons­tan­te. «Podemos» —gri­ta el pue­blo, no sa­be­mos si ha­blan­do de sí mis­mos o de la re­ve­la­ción po­lí­ti­ca de la tem­po­ra­da. No es fá­cil di­so­ciar am­bos con­cep­tos. Todo tiem­po con­vul­so es siem­pre in­tere­san­te, po­si­bi­li­ta­do al cam­bio, pe­ro to­do cam­bio es un sal­to al va­cío don­de no sa­be­mos dón­de aca­ba­re­mos. Y el 2014 es un año de tran­si­ción, ¿ha­cia qué lu­gar? Mira, jus­to de­ba­jo de no­so­tros: ahí es­tá el va­cío, pe­ro no­so­tros se­gui­mos vo­lan­do ha­cia el pro­gre­so. Si el im­pul­so du­ra­rá o cae­re­mos, se­gu­ra­men­te lo em­pe­za­re­mos a vis­lum­brar den­tro de un año exacto.

    El año ha si­do fe­mi­nis­ta, trans, obre­ro. Ha si­do to­do lo que de­bía ser, aun­que no lo su­fi­cien­te; ha si­do to­do lo que no de­bía ser, siem­pre de­ma­sia­do. Es mo­men­to de en­to­nar el mea cul­pa —in­clu­so aque­llos quie­nes no op­ta­mos por ello„ no aho­ra, que nos guar­da­mos las ga­nas de agi­tar el pu­ño con Walter Benjamin de la mano pa­ra el res­to del año — , pe­ro tam­bién pa­ra ce­le­brar lo que ha ocu­rri­do du­ran­te el año. Que lo po­lí­ti­co na­ce de lo cul­tu­ral, no al re­vés. Tenemos sin­gu­la­ri­da­des, ins­tan­tes, mo­men­tos cris­ta­li­za­dos en su pro­pia ló­gi­ca in­ter­na. No se­pa­ra­mos en­tre al­ta y ba­ja cul­tu­ra, en­tre el ges­to po­lí­ti­co y ar­tís­ti­co, por­que ahí ra­di­ca la vir­tud de lo que in­ten­ta­mos es­gri­mir: un pen­sa­mien­to que lo per­mi­te to­do, que aglu­ti­na to­do acon­te­ci­mien­to, que só­lo po­ne co­mo con­di­ción la ra­cio­na­li­dad de sus pre­su­pues­tos. Incluso su pro­pia crí­ti­ca in­ter­na. Porque lo que ve­ni­mos a ha­cer aquí no es el re­su­men de los más lis­tos de la cla­se, sino un in­ten­to de di­sec­cio­nar el zeit­geist de nues­tro tiem­po. Crítica —sub­je­ti­va, fa­li­ble, atra­ve­sa­da de in­tere­ses, ¿qué du­da ca­be? — , no opinión.

    Las úl­ti­mas pa­la­bras del año. Lo que nos de­pa­ra el 2015 es un mis­te­rio, pe­ro que el tiem­po se lle­ve ya al in­fierno al año fu­nes­to en el que des­cu­bri­mos que éra­mos más fuer­tes de lo que nun­ca creía­mos que po­dría­mos lle­gar a ser; que el tiem­po arra­se con sus ci­mien­tos, que de­vo­re to­da su pre­sen­cia ho­rri­ble, que cuan­do se le­van­te el vien­to de la his­to­ria se lle­ve con­si­go el pol­vo y no só­lo a no­so­tros. Cuando lo que que­den sean rui­nas, en­ton­ces po­dre­mos sa­ber si só­lo fue un mal año en lo per­so­nal o fue el prin­ci­pio de al­go más gran­de. Lo in­tui­mos, pe­ro no lo sa­be­mos. Porque, co­mo di­jo Paul Valéry y nos re­cor­dó re­cien­te­men­te Hayao Miyazaki, «el vien­to se le­van­ta… ¡hay que in­ten­tar vivir!».

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