Autor: Álvaro Arbonés

  • amanece en el camino

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    Los chi­cos so­li­ta­rios ha­cen can­cio­nes tris­tes en las cua­les se la­men las he­ri­das con­des­cen­dien­tes con­si­go mis­mos. Unos abo­gan por la ab­so­lu­ta so­brie­dad pa­ra des­nu­dar los co­ra­zo­nes de quie­nes los es­cu­chan mien­tras otros acu­den a lo gran­di­lo­cuen­te pa­ra aban­do­nar­se en una ca­tar­sis en la cual ser al­go más que un yo. La ex­cep­ción lle­ga cuan­do esa gran­di­lo­cuen­cia es una in­tros­pec­ción de­li­ca­da e in­ti­ma que se su­ce­de con la más ab­so­lu­ta de las dul­zu­ras. Y es­te es el cam­po don­de se ha de­ci­di­do ju­gar Micah P. Hinson And The Pioneer Saboteurs.

    El country de fuer­tes ai­res folk se en­cuen­tra de fren­te con unas or­ques­ta­cio­nes im­po­si­bles que dan for­ma y es­ti­mu­lan los sen­ti­mien­tos os­cu­ros que sur­gen de un via­je por una ca­rre­te­ra in­fi­ni­ta. Los vio­li­nes y las gui­ta­rras dis­tor­sio­na­das se pier­den en­tre­la­za­das en­tre un mar de lu­ces en el re­tro­vi­sor que ja­más aca­ba­rá has­ta que lle­gue­mos al fi­nal. Todo se dis­fra­za de ba­jos ins­tin­tos, de las pa­sio­nes des­afo­ra­das, en­tre el al­cohol con­su­mi­do en­tre to­dos los clubs que van sal­pi­can­do la au­to­pis­ta co­mo el vó­mi­to de un ca­mio­ne­ro ebrio. Pero evi­ta en to­do mo­men­to el amor im­pos­ta­do de las pu­tas de ca­rre­te­ra que in­ten­ta­rán ca­me­lar­le con fal­sas pro­me­sas de un amor re­se­co; aquí hay al­go más pro­fun­do, qui­zás sin­ce­ro, que el me­ro via­je ha­cia la des­truc­ción. Quizás te de­jes ro­bar el co­ra­zón por una jo­ven asiá­ti­ca sa­li­da de otro tiem­po o pue­de que en­to­nes una ale­gre me­lo­día por el al­cohol vol­vien­do a tu pa­sa­do mien­tras can­tas a dios. Pero no hay po­si­bi­li­dad de dar mar­cha atrás, de ir­nos por don­de he­mos ve­ni­do, ya que es­te via­je es so­lo de ida pa­ra des­cu­brir que es lo que hi­ci­mos mal (o qui­zás que no hi­ci­mos mal) en aquel crí­ti­co mo­men­to. No osa­re­mos com­pa­ra­cio­nes, es­te via­je es la in­tros­pec­ción de un hom­bre que so­lo rin­de cuen­tas a si mismo.

    Respira fuer­te, ¿hue­les eso? Es ga­so­li­na, go­ma que­ma­da y al­cohol. Y el amor per­di­do y en­con­tra­do. Es la pa­sión que nos des­bor­da en es­te gran re­la­to en un mun­do don­de los re­la­tos fue­ron con­de­na­dos co­mo pros­cri­tos. Bebe otro tra­go, en­cien­de otro ci­ga­rri­llo y si­gue con­du­cien­do, aun que­dan mu­chos ki­lo­me­tros por de­lan­te. Y mu­cha his­to­ria por narrar.

  • los hijos del tiempo no nacieron para ser devorados

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    Las obras de cul­to, las ver­da­de­ras obras maes­tras, ge­ne­ral­men­te no son en­ten­di­das en su tiem­po por un pú­bli­co más preo­cu­pa­do de mi­rar­se el om­bli­go en una pseudo-intelectualidad aco­mo­da­da que en una ver­da­de­ra re­vo­lu­ción de los có­di­gos socio-estéticos. Esta re­vo­lu­ción tie­ne nom­bres y ape­lli­dos y, ade­más, des­de su mis­mo tí­tu­lo nos de­ja muy cla­ro que vie­ne pa­ra en­fren­tar­se con­tra no­so­tros. Es Scott Pilgrim vs. The World. Y es que co­mo la ver­sión ci­ne­ma­to­grá­fi­ca de un có­mic de cul­to en la ac­tua­li­dad des­per­tó el te­mor de to­dos aque­llos cuan­tos se acer­ca­ban a ella. Ahora bien, el he­cho de que es­tu­vie­ra de­trás Edgar Wright ya nos da­ba cier­ta se­gu­ri­dad aun con la du­do­sa elec­ción de Michael Cera co­mo Scott Pilgrim. El re­sul­ta­do fi­nal es ab­so­lu­ta­men­te perfecto.

    Todos co­no­ce­mos la his­to­ria, un jo­ven de 22 años de Toronto, Scott, se ena­mo­ra de una chi­ca neo­yor­ki­na que aca­ba de mu­dar­se a la ciu­dad, Ramona, y pa­ra po­der es­tar con ella de­be­rá en­fren­tar­se a sus 7 ex-novios mal­va­dos. También ten­drá que en­fren­tar­se a sus pro­pios sen­ti­mien­tos pa­ra po­der es­tar con ella. Y es­te es uno de los te­mas que más y me­jor ex­plo­ta de for­ma con­ti­nua­da la pe­lí­cu­la: el co­mo se crea el amor en su for­ma más ino­cen­te, pu­ra, en una pa­la­bra, real. No de­be­mos ol­vi­dar ja­más que Scott Pilgrim no es más que un ar­que­ti­po del hom­bre jo­ven ena­mo­ra­do que ma­du­ra me­dian­te el pro­ce­so de in­ten­tar es­tar en una re­la­ción sa­lu­da­ble con Ramona. Desde su ob­se­sión al ver­la en sue­ños (el anhe­lo de en­con­trar la mu­jer ama­da), el sen­tir que ella es la chi­ca de sus sue­ños li­te­ral­men­te (el sen­ti­mien­to de ha­ber en­con­tra­do un al­ma ge­me­la se­gún la ve­mos) y fi­nal­men­te, la acep­ta­ción del amor, pro­pio y ajeno, co­mo for­ma de con­su­mar la re­la­ción y la ma­du­rez. Todo es la li­te­ra­li­za­ción de la lu­cha que te­ne­mos to­dos y ca­da uno de no­so­tros cuan­do nos ena­mo­ra­mos. Luchamos con­tra los ex-novios de nues­tras pa­re­jas a tra­vés de la su­pera­ción de nues­tros ce­los y te­mo­res del mis­mo mo­do que so­lo cuan­do no so­lo ama­mos a la otra per­so­na, sino nos acep­ta­mos a no­so­tros, es cuan­do real­men­te po­de­mos es­tar con esa per­so­na. Debemos acep­tar la vi­da y el amor con sus pro­pias re­glas sin de­jar de ser no­so­tros mismos.

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  • cuando tintin conoció a freud

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    Acercarse al tra­ba­jo de Charles Burns es siem­pre una cues­tión ex­tre­ma­da­men­te de­li­ca­da ya que, in­clu­so cuan­do se mo­de­ra, su tra­ba­jo re­quie­re de ver mu­cho más allá de lo que hay en una lec­tu­ra su­per­fi­cial. Su es­ti­lo, tan­to ar­gu­men­tal co­mo vi­sual, es in­trin­ca­do y siem­pre con una se­rie de re­fe­ren­cias que es ne­ce­sa­rio do­mi­nar pa­ra po­der acer­car­se a él. No es una ex­cep­ción su úl­ti­mo tra­ba­jo, X’ed Out, es más, se hi­per­bo­li­za en gran me­di­da to­dos esos tics de Burns.

    Nuestro pro­ta­go­nis­ta, Doug, un día se le­van­ta y des­cu­bre que hay un agu­je­ro en la pa­red de su ha­bi­ta­ción y, si­guien­do a su ga­to muer­to, se in­ter­na en él lle­gan­do a pa­rar a un mun­do dis­tó­pi­co don­de los hom­bres la­gar­to do­mi­nan el mun­do. Explotando la es­té­ti­ca de eu­ro­có­mic nos ha­ce una pe­cu­liar pre­sen­ta­ción de un via­je ini­ciá­ti­co co­mo el de Alicia en el País de las Maravillas. Todo lo que se de­sa­rro­lla en es­te mun­do es ex­tra­ño y te­rro­rí­fi­co, guar­dan­do cier­tos pa­ra­le­lis­mos con el pe­cu­liar te­rror kitsch que tan­to y tan bien cul­ti­va­ría en su día la EC Comics. De es­te mo­do Doug, en ba­ta, sin di­ne­ro y per­di­do en un mun­do que no es el su­yo se va to­pan­do len­ta­men­te con que es­ta nue­va reali­dad es más pa­re­ci­do a un ba­rrio po­bre lleno de mu­tan­tes de Bagdad que a cual­quier lu­gar de Occidente. Con es­to pre­sen­te lo úni­co que pue­de ha­cer el po­bre Doug es eva­dir­se me­dian­te flash­backs y sue­ños don­de nos na­rra co­mo era su vida.

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  • por tus adicciones perderás el ritmo

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    Este ar­tícu­lo apa­re­ció ori­gi­na­ria­men­te en el blog de vi­deo­jue­gos, aho­ra en es­ta­do co­ma­to­so, The Virtual Simulacrums Archives con el tex­to re­vi­sa­do pa­ra la ocasión.

    Conocí el per­so­na­je de Hatsune Miku, mas­co­ta del sin­te­ti­za­dor de voz Vocaloid de Yamaha, por las pa­sio­nes que des­pier­ta en­tre el pu­bli­co mas en­fer­mi­zo del fan­dom ja­po­nes. Y en reali­dad no so­lo en­tre un gru­po de ota­kus sino que ha lle­ga­do al pun­to de ha­cer­se po­pu­lar en me­dios que po­drían cla­si­fi­car­se co­mo mains­tream. Después de to­do, si se pre­ten­de en­viar una re­crea­ción en vi­ni­lo en la na­ve Akatsuki con des­tino a Venus y pue­de dar un con­cier­to en vi­vo con Gackt no es de ex­tra­ñar que el si­guien­te pa­so sea pro­ta­go­ni­zar su pro­pio videojuego.

    Hatsune Miku: Project DIVA (初音ミク プロジェクト ディーヴァ, Hatsune Miku Project DIVA) es un cla­si­co jue­go de rit­mo don­de pre­mia la ha­bi­li­dad pa­ra dar al bo­tón en el mo­men­to jus­to. Este ti­po de jue­gos ba­sa­dos en el Quitame-de-ahí-ese-QTE con orí­ge­nes en ese pre­té­ri­to PaRappa the Rapper no ha cam­bia­do tan ape­nas a pe­sar de su ya lar­go es­ti­lo de vi­da. No es que Hatsune Miku: Project DIVA (HM:PD a par­tir de aho­ra) sea una re­vo­lu­ción en as­pec­to al­guno de es­tos jue­gos pe­ro si nos ofre­ce unos re­fres­can­tes cam­bios en al­gu­nos aspectos.

    Todo HM:PD es­ta he­cho por y pa­ra fans de Hatsune Miku, un jue­go que se re­crea en un prác­ti­ca­men­te in­exis­ten­te ar­gu­men­to en el que se nos con­fía la la­bor de lle­var al triun­fo ab­so­lu­to co­mo idol a Miku. Aunque, a pe­sar de es­to, no ten­dre­mos con­trol so­bre las co­reo­gra­fías, ni las cá­ma­ras, ni ci­tas con ella co­mo si pa­sa en Idol Master, co­sa que por otra par­te es de agra­de­cer pa­ra el ju­ga­dor oc­ci­den­tal co­mún. El abis­mo in­sol­da­ble en el que se sus­cri­ben es­tos jue­gos es te­rri­ble pe­ro si tie­ne un as­pec­to que res­ca­ta de es­tos es el moe. Ella es moe, pro­ba­ble­men­te el per­so­na­je mas moe que ha pi­sa­do es­ta ge­ne­ra­ción vi­deo­con­so­la al­gu­na. Y es­ta es la car­ta que jue­ga con­ti­nua­men­te el jue­go ca­ra al pú­bli­co, la fas­ci­na­ción que pue­de lle­gar a sus­ci­tar Miku.

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  • the rise and (not) fall of thierry guetta

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    Ya na­die ca­lla, to­dos so­mos crí­ti­cos. La de­mo­cra­ti­za­ción del ar­te pa­re­ce abrir la ve­da a que des­de el pa­le­to más irre­ve­ren­te has­ta el snob más es­ti­ra­do pue­dan opi­nar so­bre la reali­dad y por­me­no­res de al­go tan com­ple­jo co­mo el ar­te. Por su­pues­to en es­ta mis­ma de­mo­cra­ti­za­ción se pier­de en gran me­di­da la ca­pa­ci­dad de sub­ver­sión de­bi­do a la es­te­ti­za­ción del ar­te. El ar­te, que se su­po­ne con­cep­tual des­de los ‑is­mos del prin­ci­pio del s. XX, co­bra un va­lor me­ra­men­te es­té­ti­co y es­pe­cu­la­to­rio que con­ge­la el fac­tor sub­ver­si­vo que po­dría te­ner la obra en ori­gen. Con el con­cep­to es­té­ti­co per­di­do en al­gún pun­to del ca­mino y el va­lor con­cep­tual anu­la­do con­ve­nien­te­men­te la obra de ar­te es me­ra de­co­ra­ción. Al me­nos has­ta que lle­ga Banksy con Exit Through the Gift Shop pa­ra dar un pu­ñe­ta­zo so­bre la mesa.

    En es­te do­cu­men­tal se­gui­mos la me­teó­ri­ca ca­rre­ra del fran­cés emi­gran­te a EEUU co­no­ci­do co­mo Thierry Guetta, un ob­se­so de gra­bar ca­da ins­tan­te de su vi­da con una cá­ma­ra. Por es­ta for­tui­ta pa­sión en con­jun­ción con ser fa­mi­liar di­rec­to del co­no­ci­do Space Invaders se ve­rá in­tro­du­ci­do en el mun­do del ar­te ca­lle­je­ro don­de irá gra­ban­do la vi­da y obra de cuan­tos gran­des ar­tis­tas se cru­zan en su ca­mino. A par­tir de co­no­cer a Banksy to­do se pre­ci­pi­ta al in­ten­tar con­ten­tar al gran hom­bre de­trás de la po­pu­la­ri­za­ción del street art al ver la ex­po­si­ción que reali­zó es­te en Los Ángeles que lan­zó su ar­te de las ca­lles a las ga­le­rías. A par­tir de aquí la pe­lí­cu­la ad­quie­re (aun más) tin­tes de fic­ción pre­sen­tán­do­nos los co­mien­zos de la ca­rre­ra ar­tís­ti­ca de Thierry Guetta en un apo­teó­si­co as­cen­so has­ta la in­fa­mia más or­gu­llo­sa. Con de­ce­nas de ar­tis­tas que tra­ba­jan en las ideas ape­nas es­bo­za­das que el rea­li­za crea una ex­po­si­ción don­de se ca­ta­pul­ta­rá co­mo una de las gran­des fi­gu­ras del ar­te con­tem­po­rá­neo. Sus obras se co­bran con che­ques de cin­co ci­fras aun cuan­do es sa­bi­do por to­dos cual es su mo­dus ope­ran­di pa­ra rea­li­zar­las. Y aquí es don­de Banksy da el so­no­ro gol­pe en la me­sa en­tre carcajadas.

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