Autor: Álvaro Arbonés

  • sobre el canibalismo sentimental

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    Visto el éxi­to de las idols vir­tua­les co­mo Hatsune Miku y co­mo me­dio mun­do se des­vi­ve por su no­via he­cha de 0’s y 1’s en Love Plus no nos de­be­ría ex­tra­ñar que lle­ven es­ta pe­cu­liar prác­ti­ca a to­dos los ni­ve­les de nues­tra vi­da. Los ni­ve­les al­can­zan un su­rrea­lis­mo ex­tre­mo cuan­do nos en­fren­ta­mos al DVD co­no­ci­do co­mo Entrenando con Hinako, una OVA don­de un per­so­na­je lla­ma­do Hinako ha­ce ejer­ci­cio an­te no­so­tros pa­ra que la sigamos.

    Vale, qui­zás no sea al­go nue­vo, las pe­lí­cu­las de fit­ness han exis­ti­do siem­pre sal­vo que en es­ta oca­sión se le ha da­do for­ma de un per­so­na­je de ani­me crea­do pa­ra la oca­sión y no una fa­mo­sa en ho­ras ba­jas. Quizás el pun­to más im­por­tan­te es el in­ten­cio­na­do to­que ec­chi, un cier­to cor­te eró­ti­co, que se le ha da­do a es­ta OVA que lue­go, pro­ba­ble­men­te, da­ría la idea a Hannah Minx. Los bam­bo­lean­tes se­nos de Hinako re­bo­tan tier­nos an­te nues­tros ojos mien­tras, en la se­gun­da mi­tad de es­ta ro­cam­bo­les­ca pro­duc­ción, aca­ba en ro­pa in­te­rior pa­ra sa­zón y ale­gría de los más pa­je­ros del lu­gar. El éxi­to co­mo pro­duc­ción pa­ra ani­mar al fit­ness a un sec­tor que ha­ce el ejer­ci­cio jus­to pa­ra mas­tur­bar­se o com­prar sus se­ries fa­vo­ri­tas, aho­ra más sen­ci­llo al po­der ha­cer­lo a ba­se de clicks, es tan hon­ro­so co­mo ab­so­lu­ta­men­te im­bé­cil. Pero co­mo era de es­pe­rar el DVD fue un in­creí­ble éxi­to aun con su abu­si­vo pre­cio de 23 mi­nu­tos de ani­ma­ción a do­lar por mi­nu­to por el cor­te eró­ti­co de la pro­duc­ción. Entre la au­tén­ti­ca ma­ra­bun­ta de hen­tai que in­va­den las es­tan­te­rías ni­po­nas triun­fó una pro­duc­ción de fit­ness de un ero­tis­mo soft más bien ri­dícu­lo. Por su­pues­to, han apro­ve­cha­do el ti­rón con ideas aun más rocambolescas.

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  • vuestra miseria nos hace dichosos

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    Los triun­fos del hom­bre son com­par­ti­dos por to­dos, cuan­do al­guien ga­na al­gu­na cla­se de even­to, con­tra más im­por­tan­te es, más gen­te afir­ma­rá ser par­tí­ci­pe de esa vic­to­ria que no les ata­ñe. Sin em­bar­go el su­fri­mien­to es al­go que no se com­par­te sino que nos re­le­ga ha­cia el ser el otro, nos ale­ja de los de­más, nues­tra mi­se­ria de­fi­ne al otro co­mo un triun­fa­dor. Pero na­die quie­re te­ner al la­do al des­gra­cia­do y por ello los apar­ta­mos, les ne­ga­mos la mi­ra­da y su al­te­ri­dad, los co­si­fi­ca­mos. Nada más y na­da me­nos que lo que ex­po­ne Luis Buñuel en su ra­bio­sa pe­lí­cu­la Los Olvidados.

    Jaibo se es­ca­pa de un re­for­ma­to­rio pa­ra jun­tar­se con el jo­ven y al­go ván­da­lo Pedro el cual ve­rá trun­ca­da su vi­da cuan­do el pri­me­ro ase­si­ne a otro jo­ven por ha­ber­le de­la­ta­do de una de sus fe­cho­rías. Este es el mo­men­to pre­ci­so don­de la vi­da de am­bos se trun­ca­rá di­ri­gién­do­se a un in­exo­ra­ble des­tino don­de am­bos aca­ba­ran mu­rien­do co­mo lo que son, po­co más que ani­ma­les de car­ga he­chos pa­ra el tra­ba­jo que na­die de­sea. No son hu­ma­nos pues su hu­ma­ni­dad les es ne­ga­da una y otra vez cuan­do na­die es ca­paz de mi­rar­les a los ojos ni si­quie­ra en su pro­pia muer­te. En el due­lo dia­léc­ti­co la muer­te o la ren­di­ción lle­gan en un com­ba­te jus­to don­de las mi­ra­das se cru­zan y so­lo cuan­do se es mi­ra­do se ob­tie­ne la al­te­ri­dad. La ne­ga­ción de Jaibo le lle­va a la muer­te, al ne­gar a el otro a tra­vés del ase­si­na­to, lo cual só­lo glo­ri­fi­ca al otro co­mo hu­mano al crear el pro­pio re­cuer­do de la in­jus­ti­cia que no se de­be ol­vi­dar. Y so­lo así Pedro en­cuen­tra una iden­ti­dad que le es con­ti­nua­men­te ne­ga­da por su ma­dre, la cual siem­pre le da la es­pal­da. Ambos se glo­ri­fi­can en el pri­mer ca­so de ul­tra­vio­len­cia ci­ne­ma­to­grá­fi­ca en el cual, in­ten­tan­do ser afir­ma­dos por el otro, so­lo con­si­guen hun­dir­se en una ca­da vez más pro­fun­da co­si­fi­ca­ción. Pero so­lo uno al­can­za la redención.

    Siempre se ol­vi­da al de­rro­ta­do, al que ja­más ven­ció en la dia­léc­ti­ca que lo nie­ga to­do y a to­dos, la dia­léc­ti­ca que ci­mien­ta el ca­mino de la his­to­ria con los muer­tos anó­ni­mos del des­tino. Siempre que­da­rá des­pe­dre­gar ese ca­mino y re­cor­dar a las víc­ti­mas del des­tino del po­der des­creí­do de to­da res­pon­sa­bi­li­dad. Sólo te­néis que en­con­trar el re­cuer­do, án­ge­les olvidados.

  • casi humanos

    Intentando di­ver­si­fi­car el con­te­ni­do del blog pen­sé que po­dría apor­tar y me di cuen­ta que no me gus­ta en ab­so­lu­to co­mo se ha­cen en­tre­vis­tas ac­tual­men­te y, aun me­nos, co­mo se en­tre­vis­ta a los mú­si­cos. Debido a ello in­ten­to apor­tar mi gra­ni­to de are­na con una se­rie irre­gu­lar de en­tre­vis­tas. La pri­me­ra en­tre­vis­ta, di­vi­di­da en tres par­tes, irá de­di­ca­da a tres de los tra­ba­jos de elec­tró­ni­ca del mú­si­co Marlon Dean Clift don­de nos irá des­ve­lan­do los se­cre­tos y ve­ri­cue­tos de su mú­si­ca y su al­ma. Aunque nos hu­bie­ra gus­ta­do abor­dar tam­bién su fa­ce­ta más roc­ke­ra, ten­drá que ser en otra oca­sión. En es­ta pri­me­ra par­te nos alla­na­rá el te­rreno pa­ra en­ten­der su obra más bá­si­ca, Almost Ghosts, la cual pue­den des­car­gar des­de aquí. Y es que a tra­vés de es­ta abor­da­re­mos su pa­sión por el dro­ne, sus pri­me­ros usos de la elec­tró­ni­ca y el amor co­mo cons­truc­ción des­de el otro; hu­mano o musical.

    A. Una cons­tan­te en tu tra­ba­jo es la bús­que­da de un amor que se mues­tra siem­pre es­qui­vo. En Almost Ghosts pa­re­ces que­rer mos­trar el amor, al otro, co­mo al­go ne­ce­sa­rio pa­ra con­for­mar la iden­ti­dad per­so­nal, ¿es al­go intencionado?

    M. Totalmente in­ten­cio­na­do. Creo que es bas­tan­te evi­den­te. Pero no se tra­ta só­lo de amor es­qui­vo; la cul­pa de mu­cho de ello la tie­ne Hal Hartley, ya sea co­mo mú­si­co o ci­neas­ta. Viene a tra­tar­se de di­vi­ni­zar lo vul­gar. Tengo la sen­sa­ción de que hoy en día lo ro­mán­ti­co es una po­se, y co­mo po­se fun­cio­na. Pero el ver­da­de­ro ro­man­ti­cis­mo crea re­cha­zo. De ahí qui­zás que se dé esa cons­tan­te a es­ca­par ha­cia el es­pa­cio, o fa­bri­car es­pa­cios ima­gi­na­rios. Vengo a trans­cri­bir mi per­cep­ción del amor, sí. Pero tam­bién fa­bri­car es­pa­cios don­de és­te po­dría cre­cer sin interferencias.

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  • amanece en el camino

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    Los chi­cos so­li­ta­rios ha­cen can­cio­nes tris­tes en las cua­les se la­men las he­ri­das con­des­cen­dien­tes con­si­go mis­mos. Unos abo­gan por la ab­so­lu­ta so­brie­dad pa­ra des­nu­dar los co­ra­zo­nes de quie­nes los es­cu­chan mien­tras otros acu­den a lo gran­di­lo­cuen­te pa­ra aban­do­nar­se en una ca­tar­sis en la cual ser al­go más que un yo. La ex­cep­ción lle­ga cuan­do esa gran­di­lo­cuen­cia es una in­tros­pec­ción de­li­ca­da e in­ti­ma que se su­ce­de con la más ab­so­lu­ta de las dul­zu­ras. Y es­te es el cam­po don­de se ha de­ci­di­do ju­gar Micah P. Hinson And The Pioneer Saboteurs.

    El country de fuer­tes ai­res folk se en­cuen­tra de fren­te con unas or­ques­ta­cio­nes im­po­si­bles que dan for­ma y es­ti­mu­lan los sen­ti­mien­tos os­cu­ros que sur­gen de un via­je por una ca­rre­te­ra in­fi­ni­ta. Los vio­li­nes y las gui­ta­rras dis­tor­sio­na­das se pier­den en­tre­la­za­das en­tre un mar de lu­ces en el re­tro­vi­sor que ja­más aca­ba­rá has­ta que lle­gue­mos al fi­nal. Todo se dis­fra­za de ba­jos ins­tin­tos, de las pa­sio­nes des­afo­ra­das, en­tre el al­cohol con­su­mi­do en­tre to­dos los clubs que van sal­pi­can­do la au­to­pis­ta co­mo el vó­mi­to de un ca­mio­ne­ro ebrio. Pero evi­ta en to­do mo­men­to el amor im­pos­ta­do de las pu­tas de ca­rre­te­ra que in­ten­ta­rán ca­me­lar­le con fal­sas pro­me­sas de un amor re­se­co; aquí hay al­go más pro­fun­do, qui­zás sin­ce­ro, que el me­ro via­je ha­cia la des­truc­ción. Quizás te de­jes ro­bar el co­ra­zón por una jo­ven asiá­ti­ca sa­li­da de otro tiem­po o pue­de que en­to­nes una ale­gre me­lo­día por el al­cohol vol­vien­do a tu pa­sa­do mien­tras can­tas a dios. Pero no hay po­si­bi­li­dad de dar mar­cha atrás, de ir­nos por don­de he­mos ve­ni­do, ya que es­te via­je es so­lo de ida pa­ra des­cu­brir que es lo que hi­ci­mos mal (o qui­zás que no hi­ci­mos mal) en aquel crí­ti­co mo­men­to. No osa­re­mos com­pa­ra­cio­nes, es­te via­je es la in­tros­pec­ción de un hom­bre que so­lo rin­de cuen­tas a si mismo.

    Respira fuer­te, ¿hue­les eso? Es ga­so­li­na, go­ma que­ma­da y al­cohol. Y el amor per­di­do y en­con­tra­do. Es la pa­sión que nos des­bor­da en es­te gran re­la­to en un mun­do don­de los re­la­tos fue­ron con­de­na­dos co­mo pros­cri­tos. Bebe otro tra­go, en­cien­de otro ci­ga­rri­llo y si­gue con­du­cien­do, aun que­dan mu­chos ki­lo­me­tros por de­lan­te. Y mu­cha his­to­ria por narrar.

  • los hijos del tiempo no nacieron para ser devorados

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    Las obras de cul­to, las ver­da­de­ras obras maes­tras, ge­ne­ral­men­te no son en­ten­di­das en su tiem­po por un pú­bli­co más preo­cu­pa­do de mi­rar­se el om­bli­go en una pseudo-intelectualidad aco­mo­da­da que en una ver­da­de­ra re­vo­lu­ción de los có­di­gos socio-estéticos. Esta re­vo­lu­ción tie­ne nom­bres y ape­lli­dos y, ade­más, des­de su mis­mo tí­tu­lo nos de­ja muy cla­ro que vie­ne pa­ra en­fren­tar­se con­tra no­so­tros. Es Scott Pilgrim vs. The World. Y es que co­mo la ver­sión ci­ne­ma­to­grá­fi­ca de un có­mic de cul­to en la ac­tua­li­dad des­per­tó el te­mor de to­dos aque­llos cuan­tos se acer­ca­ban a ella. Ahora bien, el he­cho de que es­tu­vie­ra de­trás Edgar Wright ya nos da­ba cier­ta se­gu­ri­dad aun con la du­do­sa elec­ción de Michael Cera co­mo Scott Pilgrim. El re­sul­ta­do fi­nal es ab­so­lu­ta­men­te perfecto.

    Todos co­no­ce­mos la his­to­ria, un jo­ven de 22 años de Toronto, Scott, se ena­mo­ra de una chi­ca neo­yor­ki­na que aca­ba de mu­dar­se a la ciu­dad, Ramona, y pa­ra po­der es­tar con ella de­be­rá en­fren­tar­se a sus 7 ex-novios mal­va­dos. También ten­drá que en­fren­tar­se a sus pro­pios sen­ti­mien­tos pa­ra po­der es­tar con ella. Y es­te es uno de los te­mas que más y me­jor ex­plo­ta de for­ma con­ti­nua­da la pe­lí­cu­la: el co­mo se crea el amor en su for­ma más ino­cen­te, pu­ra, en una pa­la­bra, real. No de­be­mos ol­vi­dar ja­más que Scott Pilgrim no es más que un ar­que­ti­po del hom­bre jo­ven ena­mo­ra­do que ma­du­ra me­dian­te el pro­ce­so de in­ten­tar es­tar en una re­la­ción sa­lu­da­ble con Ramona. Desde su ob­se­sión al ver­la en sue­ños (el anhe­lo de en­con­trar la mu­jer ama­da), el sen­tir que ella es la chi­ca de sus sue­ños li­te­ral­men­te (el sen­ti­mien­to de ha­ber en­con­tra­do un al­ma ge­me­la se­gún la ve­mos) y fi­nal­men­te, la acep­ta­ción del amor, pro­pio y ajeno, co­mo for­ma de con­su­mar la re­la­ción y la ma­du­rez. Todo es la li­te­ra­li­za­ción de la lu­cha que te­ne­mos to­dos y ca­da uno de no­so­tros cuan­do nos ena­mo­ra­mos. Luchamos con­tra los ex-novios de nues­tras pa­re­jas a tra­vés de la su­pera­ción de nues­tros ce­los y te­mo­res del mis­mo mo­do que so­lo cuan­do no so­lo ama­mos a la otra per­so­na, sino nos acep­ta­mos a no­so­tros, es cuan­do real­men­te po­de­mos es­tar con esa per­so­na. Debemos acep­tar la vi­da y el amor con sus pro­pias re­glas sin de­jar de ser no­so­tros mismos.

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