Autor: Álvaro Arbonés

  • ser (y no ser) en el tiempo y el espacio

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    No so­mos lo que so­mos tam­bién so­mos lo que fui­mos, lo que se­re­mos, lo que pu­di­mos ser y no fui­mos e in­clu­so, lo que po­dría­mos lle­gar a ser pe­ro ja­más se­re­mos. Las per­so­nas so­mos so­lo en to­do en lo que no so­mos. Quizás por eso sea tan do­lo­ro­so la re­pe­ti­ción, la ru­ti­na, el ser siem­pre exac­ta­men­te igual. La ru­ti­na, el vi­vir en un ser que nie­ga sus po­si­bi­li­da­des, es co­mo es­tar en­ce­rra­do en una ca­ja, es co­mo Time FCUK.

    De una ex­tra­ña ca­ja sa­le un yo del fu­tu­ro que nos arras­tra den­tro de la ca­ja. A par­tir de allí to­do es una con­se­cu­ción de puzz­les de ha­bi­li­dad e in­te­li­gen­cia que ten­dre­mos que re­sol­ver uno a uno has­ta lle­gar al fi­nal. Nuestro pi­xe­la­do ava­tar pue­de ca­mi­nar, sal­tar, arras­trar y co­ger ca­jas con lo que po­dre­mos apa­ñar los pri­me­ros ni­ve­les. En cual­quier ca­so, po­co des­pués, tam­bién nos obli­ga­rán a apren­der a cam­biar de po­la­ri­dad. El mun­do cam­bia se­gún la po­la­ri­dad des­de cual la mi­ras y so­lo en con­se­cu­ti­vos cam­bios de vis­ta po­de­mos se­guir ade­lan­te con nues­tra mi­sión. También se in­clu­ye pos­te­rior­men­te la ma­ni­pu­la­ción del es­pa­cio ya que, en mu­chas oca­sio­nes, no po­dre­mos pa­sar de un lu­gar sino cam­bia­mos la dis­po­si­ción de lo que ocu­rre en él. Todos los me­dios que te­ne­mos ja­más son gra­tui­tos y nun­ca es im­po­si­ble con­ti­nuar, siem­pre es po­si­ble se­guir si te­ne­mos el áni­mo y la dis­po­si­ción. Todo es un tour de for­ce don­de la hui­da ha­cia atrás, el fra­ca­so o el sui­ci­dio, es im­po­si­ble, so­lo se pue­de se­guir ha­cia de­lan­te. Si to­do es­to no es su­fi­cien­te­men­te tor­tuo­so nues­tros yos, fu­tu­ros y pa­sa­dos, nos alen­ta­ran, ame­na­za­ran, sa­bo­tea­ran y ayu­da­ran des­de no sa­be­mos que es­pa­cio, pe­ro sí siem­pre des­de otro tiem­po. Ante se­me­jan­te pers­pec­ti­va, sin sa­ber que ocu­rre real­men­te, uno so­lo avan­za a cie­gas, du­dan­do de to­do y de to­dos, pa­ra al fi­nal en­con­trar­se a sí mis­mo pa­ra ha­cer con­vul­sio­nar la reali­dad, la ca­ja, en la que es­tá inmerso.

    Nuestros yos, nues­tros po­si­bles yo, es­tán es­tá­ti­cos, per­di­dos en un es­pa­cio des­co­no­ci­do y en un tiem­po que, qui­zás, ja­más al­can­ce­mos. Ellos son no­so­tros por­que no ser ellos o ha­ber si­do ellos o ser ellos nos con­fi­gu­ra. Y so­lo el sa­lir de la ca­ja, de nues­tra in­tros­pec­ción y nues­tra ru­ti­na, nos sal­va­rá. Yo soy los demás.

  • el atrevimiento de la infancia

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    El black me­tal es­ta re­na­cien­do y ne­gar­lo se­ría ab­sur­do. Tenemos pro­pues­tas clá­si­cas con el res­ca­te de un so­ni­do que ha­cía años que no se es­cu­cha­ba con tan pro­ce­lo­sa eje­cu­ción. A su vez en­con­tra­mos el te­rror de los trve, la di­ver­si­fi­ca­ción. Así el gé­ne­ro es­tá ba­san­do su ac­tual su­per­vi­ven­cia y di­fu­sión en­tre los pro­fa­nos con fu­sio­nes con otros gé­ne­ros. Y una de los ca­sos más alu­ci­nan­tes de es­to se­gun­do es Parabstruse.

    Este pri­mer pro­yec­to en so­li­ta­rio del sino-americano Garry Brents es un ejem­plo de la pul­cra ex­pe­ri­men­ta­ción que es­tá su­frien­do el black me­tal. Tomando co­mo ori­gen el cam­bio de Ulver ha­cia la elec­tró­ni­ca de van­guar­dia, cuan­do aun guar­da­ban ras­gos de­fi­ni­to­rios del gé­ne­ro, crea un so­ni­do so­ber­bio. Lejos de amo­res cul­pa­bles des­plie­ga una va­rie­dad in­fi­ni­ta de gu­tu­ra­les con ecos, gui­ta­rras con rit­mos blac­kers y ba­te­rías car­ga­das de la os­cu­ri­dad pro­pia del ne­gro me­tal. Mientras va en­tre­te­jien­do una fi­na te­la de in­fluen­cias, es­pe­cial­men­te un post-rock cer­cano al tra­ba­jo de Mogwai o, in­clu­so, Labradford. Todo es­to rea­li­za­do con una ele­gan­cia y un fer­vor que so­bre­pa­sa eti­que­tas y gé­ne­ros, aun­que so­mos ca­pa­ces de ras­trear los so­ni­dos y sus in­fluen­cias no po­dría­mos sus­cri­bir­lo den­tro de gé­ne­ro al­guno. Y es que es­to es un so­no­ro gol­pe so­bre la me­sa. Con Parabstruse, Brents, acier­ta de pleno en el co­ra­zón de la ex­pe­ri­men­ta­ción al di­sec­cio­nar y re­mon­tar con per­fec­ta ar­mo­nía los ele­men­tos pro­pios de ca­da una de sus in­fluen­cias. La de­cons­truc­ción a la cual so­me­te a los gé­ne­ros a los cua­les se acer­ca da un re­sul­ta­do asom­bro­so que nos de­vuel­ve imá­ge­nes nos­tál­gi­cas de una in­fan­cia que nun­ca nos aban­dono. Y es que su dis­co, Old Sentimental, no es na­da más que eso, un can­to nos­tál­gi­co, tierno y dul­ce de la ar­qui­tec­tu­ra im­po­si­ble de la ima­gi­na­ción de nues­tras infancias.

    Todos te­ne­mos un ni­ño in­te­rior que jue­ga a sub­ver­tir las con­ven­cio­na­les tan­to so­cia­les co­mo las de la pro­pia ló­gi­ca. Ese jue­go in­fan­til es el que eje­cu­ta y con el cual nos inun­da Parabstruse en ca­da una de sus can­cio­nes en una cla­ve in­ti­mis­ta. La in­fan­cia aun es hoy, apren­da­mos de ella.

  • el asesino siempre es llamado tres veces

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    Con las le­yen­das siem­pre exis­te cier­ta in­cer­ti­dum­bre de cuan­to de ver­dad ha­brá en ellas, aun cuan­do sean cla­ra­men­te fan­tás­ti­cas. Pero po­ner a prue­ba una de ellas en una ca­ba­ña per­di­da en el bos­que con dro­gas y pro­mis­cui­dad de por me­dio es ten­tar a la suer­te más de lo de­sea­ble. Si no lo creen así pre­gún­ten­le a Jonathan Prévost y François Simard los di­rec­to­res del cor­to go­re Le Bagman — Profession: Meurtrier.

    Una chi­ca se ve ase­dia­da por los en­vi­tes de un slasher lla­ma­do Bagman que apa­re­ce pa­ra ma­tar­te si pro­nun­cias su nom­bre tres ve­ces se­gui­das. Su hui­da ya em­pie­za des­pués de la muer­te de to­dos sus ami­gos y se pro­lon­ga en una per­se­cu­ción que aca­ba cuan­do am­bos cho­can con un gru­po de ma­fio­sos de me­dio pe­lo. Estos, con muy po­ca in­te­li­gen­cia, lo in­vo­can pro­nun­cian­do tres ve­ces su nom­bre. A par­tir de aquí te­ne­mos el grue­so del cor­to que es una hi­la­ran­te con­se­cu­ción de eje­cu­cio­nes a ca­da cual más abe­rran­te so­lo sua­vi­za­das por las pin­ce­la­das hu­mo­rís­ti­cas. Y es que con Bagman, to­do es ex­ce­si­vo. Cuerpos con un par de de­ce­nas de san­gre en el cuer­po y unos cuan­tos ór­ga­nos de más son ob­je­to de san­grías y evis­ce­ra­cio­nes crea­ti­vas a‑gó-gó. Todo al mo­do old school, pres­cin­dien­do de CGI y ma­rra­na­das in­for­má­ti­cas que tien­den a em­bo­rro­nar la ca­li­dad glo­bal. Aquí to­do es or­gá­ni­co, no hay más que tru­cos bien eje­cu­ta­dos y mu­ñe­cos mu­ti­la­dos que dan un as­pec­to in­fa­me y gro­tes­co, pe­ro di­ver­ti­do, al con­jun­to final.

    Partiendo de un un cli­ché y con mu­chas ga­nas de ha­cer las co­sas bien lle­ga el ase­sino de la bol­sa de pa­pel en la ca­be­za. Y es que, ¿cuan­do po­dre­mos ver en otra oca­sión un es­pec­ta­cu­lar des­cuar­ti­za­mien­to vía in­tru­sión anal? Solo os que­da re­cor­dar no lla­mar nun­ca al hom­bre cu­yo nom­bre no de­be ser ja­más pronunciado.

  • recuerdos, sueños, realidad

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    El tiem­po pa­sa, las per­so­nas cam­bian, la reali­dad apa­re­ce y des­apa­re­ce en una dan­za in­vi­si­ble y mien­tras, el ser hu­mano es­tá des­arrai­ga­do en su pro­pio mun­do. Solo el ar­te, los re­cuer­dos y los sue­ños per­ma­ne­cen don­de aho­ra so­lo que­dan las rui­nas de lo que fue­ron. Y na­da más. Algo así de­bían sen­tir The Beatniks cuan­do crea­ron una de sus pe­que­ñas obras maes­tras, Inevitable.

    Con el so­ni­do de una clá­si­ca ba­la­da de Takahashi con­si­guen des­ple­gar una or­gía de so­ni­dos me­lan­có­li­cos que ani­dan en una vi­va me­lo­día. El co­mo su mi­ni­ma­lis­mo de so­ni­dos va ori­gi­nan­do la por­ten­to­sa me­lo­día de tin­tes pop es una cues­tión ca­si má­gi­ca. La ba­la­da tras­cien­de su con­di­ción pa­ra con­ver­tir­se en al­go más, una can­ción que alu­de sen­ti­mien­tos más allá de la com­pren­sión. A su vez, su sen­ci­llez de es­cu­char ha­ce que sea una can­ción que se cla­ve co­mo una es­pi­na en el ce­re­bro, sin em­bar­go es­con­de al­go de­trás de to­do ello. Su at­mós­fe­ra, úni­ca e inimi­ta­ble, es co­mo un can­to oní­ri­co te­ji­do con los sue­ños de un ro­bot. Por to­do es­to, su sen­ci­llez nos arro­ja a la más ab­so­lu­ta de las be­lle­zas en una can­ción aje­na al tiem­po que po­drá so­nar aho­ra y siem­pre, no co­mo par­te de nues­tro tiem­po, sino co­mo la ma­te­ria de la que es­tán he­chos los sueños.

    En la sen­ci­llez, en la apa­ren­te sen­ci­llez, se en­cuen­tra el más ab­so­lu­to de los pro­di­gios. Solo en esa teó­ri­ca eco­no­mía de re­cur­sos en­con­tra­mos, de vez en cuan­do, aque­llas pe­que­ñas y de­li­ca­das co­sas que te­jen con fer­vor las ra­zo­nes de la exis­ten­cia. Las gran­des jo­yas se si­túan fue­ra del tiem­po, no por atem­po­ra­les, sino por universales.

  • en la naturaleza el horror, en la civilización la debilidad

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    En el in­fi­ni­to el des­arrai­ga­do es el rey de una reali­dad muer­ta pa­ra el hom­bre. Así es que Midori, la ni­ña de las ca­me­lias, co­no­ce co­mo la vi­da se tor­na do­lor cuan­do es­tá o de­ma­sia­do le­jos o de­ma­sia­do cer­ca de los de­más. Sí el in­fierno es los otros, la na­tu­ra­le­za mol­dea las pe­sa­di­llas in­fer­na­les que son las vi­das de quie­nes las pa­de­cen. O eso nos mues­tra Suehiro Maruo en su per­tur­ba­dor El Increible Show de fe­nó­me­nos del Sr. Arashi.

    En un cir­co de freaks sin es­crú­pu­los ni mo­ral se si­túa Midori, una ni­ña per­di­da en una ex­cur­sión de su co­le­gio a la cual re­tie­nen los freaks. Todo es una si­tua­ción de abe­rran­tes mo­men­tos de ena­je­na­da y do­lo­ro­sa ilu­mi­na­ción en la si­tua­ción de Midori que so­lo va em­peo­ran­do ca­da vez más. Las ve­ja­cio­nes fí­si­cas y se­xua­les son una cons­tan­te en un lu­gar don­de to­da mo­ral es re­le­ga­da a la me­ra anéc­do­ta. En la na­tu­ra­le­za, fue­ra de la po­lis, no fun­cio­nan los va­lo­res hu­ma­nos, so­lo el ani­mal, el más fuer­te, es el que crea las or­de­nes. Así en la tie­rra atroz sal­pi­ca­da de la san­gre de la ne­ce­si­dad una vio­la­ción es un ac­to de amor tan­to co­mo de po­se­sión. Al me­nos has­ta la lle­ga­da de Masamitsu el Genio Embotellado. Entonces el de­li­mi­ta des­de el éxi­to de su bo­te­lla los pre­fec­tos que re­gi­rán el buen fun­cio­na­mien­to del cir­co. La lle­ga­da del es­ta­do en for­ma de enano tra­ba­ja­dor y de ac­ti­tud dic­ta­to­rial cu­yos de­seos de­ben ser or­de­nes traen la pros­pe­ri­dad y el or­den al lu­gar. Al me­nos has­ta que los ins­tin­tos sal­va­jes co­mo el amor, el odio o los ce­los, se des­plie­gan en irra­cio­nal ma­jes­tuo­si­dad lle­van­do to­do al fin úni­co po­si­ble de la so­cie­dad de los mons­truos. No im­por­ta na­da más allá de la na­tu­ra­le­za, un caos que siem­pre aca­ba por ga­nar una ba­ta­lla que tie­ne ga­na­da des­de nues­tra mis­ma evo­lu­ción. Y con es­to, al fi­nal, Midori so­lo es un pun­to en la na­da más ab­so­lu­ta que es el cos­mos infinito.

    La vi­da de Midori es un in­fierno con­ti­nuo dis­fra­za­do de fal­sas es­pe­ran­zas y va­nos mo­men­tos de fe­li­ci­dad. Sin em­bar­go lo es so­lo por su in­ca­pa­ci­dad pa­ra lu­char, por de­jar­se arras­trar una y otra vez en un pen­sa­mien­to dé­bil que es­pe­ra ver co­mo to­do se le re­ga­la. Midori fra­ca­sa por­que la mo­ral dé­bil la arro­ja a las fau­ces de la na­tu­ra­le­za des­bo­ca­da. En el agri­dul­ce fi­nal so­lo nos que­da bai­lar en­tre las rui­nas de la moral.