
Myth is not prehistory; it is timeless reality, which repeats itself in history.
The Forest Passage, de Ernst Jünger

Myth is not prehistory; it is timeless reality, which repeats itself in history.
The Forest Passage, de Ernst Jünger

Cuando uno se convence de que,
al enamorarse, resulta tremendamente
vulnerable, la idea de haber vivido
hasta entonces desconocedor de esta verdad
le hace estremecerse.Por esta razón, el amor
vuelve virtuosas a ciertas personasEl color prohibido, de Yukio Mishima
Es imposible escribir para otro que no sea uno mismo, incluso cuando uno mismo asume la forma de otros. Al ponernos ante la página en blanco no pensamos en el lector, en una abstracción desconocida a la cual pretendemos revelar una verdad incómoda, sino que aspiramos al más retorcido principio de desnudarnos delante del espejo; es imposible escribir para el público, porque siempre se escribe para alguien. Alguien que me refleja, alguien a través del cual me pienso, aunque ese alguien sea el mundo. Es sólo en ese sentido, y en ningún otro, en el cual toda escritura es, por necesidad, un acto biográfico: las circunstancias nos arrojan hacia la escritura porque necesitamos explicarnos algo, a nosotros o al entorno que nos rodea —porque los otros son parte constitutiva de mi existencia, incluso cuando son también seres con su propia autonomía — , incluso cuando somos conscientes de la inutilidad manifiesta de hacerlo. Escribir es inútil como lo es el amor, de un modo que nos construye por resignación: no nos puede salvar del mundo, de la existencia, pero la virtud reside en saber aferrarse a ellos ante la visión de la muerte.
Yukio Mishima es el escritor del amor, la literatura y la vida auspiciada como reflejo de la muerte; es, en cierto modo, un japonés culturalmente cristianizado, una rareza nacida del calor de la reclusión —literal, por una infancia donde no le dejaron jugar con los demás niños; metafórica, por la discreción con la cual tuvo que conducir su vida emocional adulta— originada por la confrontación entre el interior, la tradición japonesa, y el exterior, la cultura estética de aires homoeróticos del catolicismo. Hizo de esa eterna contradicción su hogar, el calor que originaría una personalidad tan atractiva y volátil como repleta de aristas. Siguiendo la enumeración anterior, ¿por qué no deberíamos considerar que «El muchacho que escribía poesía» no es más que una ficcionalización de la adolescencia de Mishima, un recuerdo temprano llevado hasta lo literario para conocerse a sí mismo como mirándose en un espejo? Porque nadie se mira en un espejo para ver lo que ya sabe, sus recuerdos, sino para ver lo que aún está por saber, lo que no comprende de su presente. Dejemos que Mishima dinamite cualquier otra lectura:

Ciervo de sangre,
profundo entre los árboles
tu alma escondes.
Aunque se ha naturalizado el término «lynchiano» para referirse a algo extraño, carente a priori de sentido, por su onirismo rayano lo aleatorio, eso no significa que la obra de David Lynch carezca en su seno de toda posibilidad de interpretación. Ninguna obra de arte es ininteligible si está bien construida. Si además hablamos del caso de un videoclip, como el que hizo para Moby en Shot in the Back of the Head, la hipotética imposibilidad se torna aún menos plausible: la cualidad única de los videoclips es vehicular dos lenguajes diferentes, el musical y el visual, sin subodirnar la esencia de uno por encima de la del otro; por esa razón, podemos hacer un análisis a múltiples niveles capaz de hacernos descifrar, sin demasiados problemas, el qué ha podido querer decir son sus imágenes, por más crípticas que sean. Actuemos con metodismo.

Allí donde vivimos define nuestro modo de existir. Cuanto más tiempo pasemos en un lugar más nos dejaremos contagiar por su arquitectura, su urbanismo, su oscura lógica de calles y recovecos; cada ciudad, ya no digamos cada barrio en particular, define su propio modus vivendi por cómo permite respirar al espacio a su alrededor. Un exceso de carreteras circunscribirá la vida al interior, muchos parques atraerán familias, muchos recovecos oscuros permitirán la criminalidad, y un deficiente transporte público limitará la vida del barrio a su propio interior. Nadie es ajeno al lugar que habita. Potenciar el nivel cultural de las personas no depende de su interés, sino de sus posibilidades de acceso a la misma: más oferta cultural nos hará más proclives a abrir nuestra mente, mientras que limitar nuestro acceso nos hará más cerrados al respecto; del mismo modo, el deporte no es una cuestión de aptitud (personal) tanto como de actitud (urbanística): cuantos más centros polideportivos públicos existen, más deportistas profesionales surgen. Cada ciudad, cada barrio, cada comunidad, tiene su propia narrativa particular, una narrativa arquitectónica de la vida diaria de las personas.
Court of the Owls, el primero de la serie de arcos argumentales que está escribiendo actualmente Scott Snyder para Batman, resulta relevante bajo un prisma narrativo por cómo logra redefinir la relación intrínseca entre Batman y la ciudad de Gotham: a través de cómo dialoga con su arquitectura, con su urbanismo, con la disposición material de los modos de vida de sus ciudadanos. No es su ciudad por habitar en ella, sino porque tanto él como en su familia son el pilar base a través del cual se comprende el crecimiento y desarrollo de toda la ciudad a lo largo del tiempo. Aunque podríamos hacer un análisis específico de toda la saga, nos centraremos (al menos de momento) en cuatro páginas específicas del segundo número del arco; a través de él, comprobaremos por qué es un ejemplo perfecto de cómo hilar la narrativa a través de la arquitectura, tanto pictórica como literaria.

¿De qué hablamos cuando hablamos de algo kawaii? El término japonés no tendría una traducción exacta en español, lo cual nos puede suscitar algunos problemas de comprensión al pretender reducirlo hacia ciertos conceptos similares que no contienen toda su carga simbólica real. No es algo «bello», «bonito», sino más bien, aunque tampoco exactamente, algo «mono»; es algo que despierta una cierta sensación de ternura. Los bebes y los cachorros no son entidades que podamos denominar como bonitas o bellas, ya que carecen de la armonía necesaria para ello, pero sí despiertan en nosotros determinados instintos que nos hacen apreciarlos como tales, afirmar que son «monos», kawaii. Sin embargo, por ello, quizás podríamos defender que la definición más cerca de lo kawaii está más próxima al sentido de lo sublime que al de lo bello.
Ante lo sublime nos encontramos con aquello que aniquila nuestra razón, que la convierte en un radar roto, en tanto nos enfrentamos ante algo tan desmedido en forma y/o fondo que sólo cabe la ausencia de toda posibilidad de entendimiento. Cuando vemos un niño, aun sabiendo que objetivamente no puede contener belleza alguna en su persona —porque es una larva, un ser humano sólo en potencia y, por extensión, aún por formar — , la necesidad de protegerlo para perpetuar la especie sublima nuestra razón para verlo como algo bello, deseable, propio; la razón claudica ante un instinto intraducible al idioma de la lógica. Del mismo modo, si nos acongoja y aprieta el corazón ver la triste mirada de un gato, es porque vemos en él algo que nos hemos apropiado, a un nivel subconsciente, como algo más que una mascota: es algo adorable, infantil, que crea reminiscencias hacia una estética de la infancia que nos obliga a protegerlo. La belleza de lo sublime, de lo kawaii, son los ojos grandes y los mofletes rechonchos despertando en nosotros la necesidad de proteger aquellos rasgos que asociamos, dejando de lado el raciocinio, con aquello que consideramos como deseable. Por ejemplo, los bebes que permiten que se perpetúe nuestra especie.