Categoría: The Sky Was Pink

  • La carne perece, el titanio permanece

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    Mecha President!, de From Software.

    Con la pro­xi­mi­dad de las elec­cio­nes ge­ne­ra­les en es­te país po­de­mos ver co­mo la cas­ta po­lí­ti­ca in­sis­te en ma­rear la per­diz con ma­las pro­pues­tas y una cam­pa­ña que ro­za lo ab­sur­do por su in­exis­ten­cia. Es por ello que es in­tere­san­te abor­dar la vi­da po­lí­ti­ca des­de sus lí­mi­tes; in­tro­du­cir­se en la piel del po­lí­ti­co nos pue­de dar una pers­pec­ti­va par­ti­cu­lar de una la­bor in­ce­san­te­men­te de­nos­ta­da en el pre­sen­te. Quizás por ello From Software se de­ci­die­ra a de­sa­rro­llar es­ta ra­ra avis, sur­gi­da de un brains­tor­ming fue­ra de ho­ras de tra­ba­jo en el iza­ka­ya, don­de com­bi­nan dos con­cep­tos mu­cho más pró­xi­mos de lo que cual­quier per­so­na gus­ta­ría de ad­mi­tir: la po­lí­ti­ca y los me­chas. El re­sul­ta­do, le­jos de ser un me­ro pas­ti­che afun­cio­nal que com­bi­na pin­ce­la­das agua­das de lo más sig­ni­fi­ca­ti­vo de am­bos mu­chos, es una ex­ce­len­te fu­sión de es­ti­los que abre una nue­va vía en el mun­do de los videojuegos.

    A pe­sar de su in­ci­den­ta­do de­sa­rro­llo, con can­ce­la­cio­nes abor­ta­das in ex­tre­mis y gra­ves pro­ble­mas de fi­nan­cia­ción, el jue­go de­mues­tra des­de un prin­ci­pio que jue­ga en la li­ga de los ma­yo­res: la ex­qui­si­ta com­bi­na­ción de grá­fi­cos ‑que os­ci­lan des­de el pre­cio­sis­mo ani­me de las es­ce­nas po­lí­ti­cas has­ta la es­té­ti­ca de pí­xe­les co­mo pu­ños en los re­cuer­dos de nues­tro protagonista- en con­jun­to con una ju­ga­bi­li­dad a prue­ba de bom­bas ha­cen de es­te jue­go el lan­za­mien­to más im­por­tan­te en va­rios años; un jue­go lla­ma­do a ser un clá­si­co. ¿Y por qué? Porque no exis­te na­da ni re­mo­ta­men­te pa­re­ci­do an­tes de él.

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  • ser un héroe supone confrontar los fantasmas del pasado

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    A Real Hero EP, de College

    Que lo re­tro es una par­te con­sus­tan­cial de nues­tra for­ma de vi­da con­tem­po­rá­nea es al­go que de­be­ría­mos te­ner tan asu­mi­do co­mo que vi­vi­mos ro­dea­dos de los es­pec­tros de otro tiem­po. Bajo es­ta óp­ti­ca en­ton­ces de­be­re­mos adop­tar la po­si­ción del es­cép­ti­co por ne­ce­si­dad: to­do lo que sue­ne de otra épo­ca es sos­pe­cho­so de no ser más que par­te de ese es­pí­ri­tu re­tro; de­be­mos pro­te­ger­nos de los es­pec­tros del pasado-presente que in­ten­tan im­po­ner­nos un sta­tus quo per­ma­nen­te sin po­si­bi­li­dad de re­mi­sión en el pre­sen­te. Pero en­ton­ces David Grellier, úni­co in­te­gran­te de College, ¿es sos­pe­cho­so de es­tar po­seí­do por los es­pí­ri­tus del ca­sio­to­ne ochen­te­ro o sin em­bar­go es un ge­nuino cons­truc­tor de má­qui­nas es­pec­tra­les? Dilucidar es­to se vuel­ve pe­ren­to­rio en nues­tro con­tex­to, y eso haremos.

    El es­ti­lo mu­si­cal de College des­ta­ca por se­guir una or­to­do­xia pu­ra del so­ni­do 80’s; el des­plie­gue pre­cio­sis­ta de un mi­ni­ma­lis­mo tre­men­da­men­te efec­tis­ta se va so­la­pan­do en una su­ma de ca­pas de sin­te­ti­za­dor sim­ples con un ba­jo dan­do for­ma es­truc­tu­ral al con­jun­to. Las vo­ces fe­me­ni­nas eté­reas, al­go que aun­que pro­pio de la épo­ca se de­be­ría acha­car a gru­pos re­vi­val co­mo Glass Candy, cons­tru­yen una at­mós­fe­ra me­lan­có­li­ca re­mi­nis­cen­cia de un pa­sa­do cer­cano que pa­re­ce per­di­do en la nie­bla. Esto, que ‑al me­nos a prio­ri- le ha­ce sos­pe­cho­so de de­jar­se po­seer por al­gu­nas de las con­for­ma­cio­nes más de­li­cio­sas del synth­pop, se va con­for­man­do en una uto­pía he­roi­ca pro­pia de otro tiem­po se­gún se va dul­ce­men­te des­ple­gan­do la can­ción ho­mó­ni­ma del EP, A Real Hero. Un hé­roe im­po­si­ble que ha de­mos­tra­do ser / un ser hu­mano real y un ver­da­de­ro hé­roe, lo cual lo em­pa­ren­ta con la vi­sión mo­der­na ‑en­ten­dien­do mo­der­na por la Edad Moderna- del hé­roe: to­do hom­bre es un hé­roe en po­ten­cia; to­do hé­roe es só­lo un hom­bre que sa­be lo que hay que hacer.

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  • Y al final: el terror

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    Un año más se ha aca­ba­do el fan­tás­ti­co es­pe­cial de Halloween que ha­ce­mos en es­ta san­ta ca­sa jus­to an­tes de que nos va­ya­mos a ce­le­brar es­ta mag­ni­fi­ca no­che co­mo se me­re­ce: en la vi­da real. Espero que sal­gan con sus es­pí­ri­tus fa­vo­ri­tos a ha­cer tru­co y tra­to a los vi­vos, ade­más de ha­ber dis­fru­ta­do al otro la­do de la pan­ta­lla ca­si tan­to co­mo yo lo he he­cho pre­pa­ran­do to­do es­to. Porque es im­po­si­ble que ha­yan dis­fru­ta­do tan­to. Y so­bre­to­do un agra­de­ci­mien­to es­pe­cial pa­ra to­das las per­so­nas que han co­la­bo­ra­do con sus tex­tos pa­ra es­te es­pe­cial pues, chi­cos, el au­tén­ti­co es­pí­ri­tu de es­te blog es vuestro.

    ¿Y ya creían que se me olvidaba?¡No! Aquí les de­jo la an­to­lo­gía de re­la­tos de te­rror que he­mos pre­pa­ra­do pa­ra ce­le­brar Halloween de una for­ma es­pe­cial: Hall-o-Wicked. ¡Y fe­liz Halloween!

    Halloween Índice.

    El trán­si­to ha­cia el se­xo na­ce en el te­rror de la fan­ta­sía (Videoclip: Fantasy de DyE)
    Esquema men­tal Suomenlinna/The Wicker Man. El te­rror co­mo pa­ra­le­lis­mo de lo di­ver­gen­te.(Esquema mental/dibujo
    John Dies @ The End (Literatura: co­la­bo­ra­ción de San Vito ha­blan­do de John Dies at the End de David Wong.
    El te­rror es el nuevo-antiguo fac­tum del mun­do (Música: El sue­ño de ver­nos caer de Down To Agony)
    Tomie: pe­da­zos de una ob­se­sión (Manga: co­la­bo­ra­ción de Peter Hostile ha­blan­do de Tomie de Junji Ito.
    No pa­res nun­ca, de­trás de ti es­tá… (Literatura: Half-Minute Horror, una an­to­lo­gía de terror)
    Deus si­ve na­tu­ra; ho­mi­ni si­ve strâ­men­tum (Cine: The Wicker Man de Robin Hardy)
    El pai­sa­je má­gi­ko dan­za an­te nues­tras al­mas va­cías (Cine de ani­ma­ción: co­la­bo­ra­ción de Henrique Lage ha­blan­do de Midori de Hiroshi Harada en edi­ción crí­ti­ca propia.)
    Aceptar la pa­sión en el mun­do es al­can­zar el or­den en el caos (Manga: Litche Hikari Club de Usamaru Furuya)
    Umberto – The prophecy of the black wi­dow (Música: co­la­bo­ra­ción de Manel Mourning ha­blan­do de The prophecy of the black wi­dow de Umberto)
    Pavimentamos el ho­gar con nues­tros fan­tas­mas (Serie: American Horror Story de Ryan Murphy)
    El cam­bio es el mo­tor de los te­mo­res (Música: Even Weight de Enduser)
    El cris­tal de la com­pla­cen­cia os anu­la­rá (Cine: co­la­bo­ra­ción de Rak Zombie ha­blan­do de Ladda Land de Sopon Sukdapisit)
    Entre la vi­da y la muer­te es­tá Halloween (Serie de ani­ma­ción: Best Little Horror House in Langley Falls de American Dad!)
    ¿Terror? no en mi pa­sión (Videojuegos: co­la­bo­ra­ción de Jim Thin ha­blan­do so­bre por qué no quie­re ha­blar de vi­deo­jue­gos de terror)
    Yo fui un vam­pi­ro ado­les­cen­te ena­mo­ra­do, Vampirella (Cómic: co­la­bo­ra­ción de Ontopop y Lola Fett ha­blan­do de la Vampirella de James Robinson)
    Biografíando el abis­mo con­se­gui­rás un auto-retrado (Literatura: H.P. Lovecraft. Contra el mun­do, con­tra la vi­da de Michel Houellebecq)
    Hall-o-Wicked 9000. The nabo’s re­turn. (Webcomic: co­la­bo­ra­ción de Mikelodigas con una se­rie de ti­ras so­bre Halloween)

  • Hall-o-Wicked 9000. The nabo’s return.

    Y con la clá­si­ca co­la­bo­ra­ción de Mikel Alvarez alias Mikelodigas, au­tor del web­co­mic 103 pro­teí­nas, aca­ba­mos es­te es­pe­cial de la me­jor ma­ne­ra po­si­ble: rien­do. Por eso ya só­lo que­da dar las gra­cias a to­dos los co­la­bo­ra­do­res y, por su­pues­to, los lec­to­res. Gracias a to­dos. Con us­te­des, ¡Mikelodigas!

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  • biografíando el abismo conseguirás un auto-retrado

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    Cuando uno se acer­ca a al bio­gra­fía de un au­tor siem­pre es­pe­ra en­con­trar las coar­ta­das vi­ta­les que le lle­va­ron a ar­ti­cu­lar su pen­sa­mien­to; to­da obra se de­fi­ne a tra­vés de la pro­pia vi­da de su au­tor. El pro­ble­ma es que, sal­vo que sea una auto-biografía, es­ta siem­pre es­ta­rá me­dia­da por la vi­sión que ten­ga el bió­gra­fo, en­ti­dad ja­más ino­cen­te en su re­pre­sen­ta­ción, de su bio­gra­fia­do. Es por ello que en al­gu­nos ca­sos ex­tre­mos las bio­gra­fías nos aca­ban ha­blan­do más del que es­cri­be que del so­bre el que se es­cri­be y, por ello, se vuel­ven una he­rra­mien­ta de ida y vuel­ta in­tere­san­te pa­ra abor­dar una nue­va lec­tu­ra de su au­tor. La bio­gra­fía se con­vier­te en es­ta si­tua­ción en un cam­po de prue­bas don­de la vi­da de los otros nos va­le co­mo una mí­me­sis aco­mo­da­ti­cia de nues­tro pro­pio pen­sa­mien­to; los de­más fun­cio­nan co­mo me­tá­fo­ra de lo que yo soy. De és­te mo­do la con­duc­ción de ida y vuel­ta se tras­to­ca en una tri­ple en­ten­te que aca­ba en una ida, vuel­ta e ida de nue­vo en el que la re­pre­sen­ta­ción se tor­na el re­fle­jo auto-perpetuizante de un par de jue­gos de es­pe­jos. Y es­to es es­pe­cial­men­te evi­den­te en “H.P. Lovecraft. Contra el mun­do, con­tra la vi­da” de Michel Houellebecq.

    Con su pro­sa li­ge­ra ha­bi­tual, siem­pre aten­to a unos de­ta­lles que ex­pla­yar has­ta sus lí­mi­tes más ab­sur­dos, Houellebecq di­sec­cio­na los por qué de la obra de Lovecraft a tra­vés de su bio­gra­fía. Y lo ha­ce con un amor que só­lo se le pue­de dar ha­cia aque­llos que edi­fi­ca­mos co­mo nues­tros mi­tos exis­ten­cia­les. Cada nue­va re­cen­sión con res­pec­to de al­gún de­ta­lle bio­grá­fi­co de Lovecraft (su pro­fun­do ra­cis­mo, la vi­da con­yu­gal con Sonia Greene o su pa­sión por la ar­qui­tec­tu­ra) vi­bra con un co­lor par­ti­cu­lar que nos ha­cen pen­sar que ha­bla más so­bre Houellebecq que so­bre el pro­pio Lovecraft; la vi­da mi­ti­fi­ca­da de Lovecraft sir­ve a Houellebecq pa­ra ex­pli­ci­tar su­brep­ti­cia­men­te las con­di­cio­nes más pro­fun­das de su pen­sa­mien­to interior.

    A lo lar­go de to­da la obra Houellebecq se va des­nu­dan­do, se­gu­ra­men­te in­cons­cien­te­men­te, en la elec­ción de ca­da de­ta­lle que ex­pla­yar, ca­da ins­tan­te que alec­cio­nar co­mo la ima­gen de­ter­mi­nan­te del des­tino del pri­sio­ne­ro de Providence. Pero si a tra­vés de es­tas nos va de­sa­rro­llan­do su pen­sa­mien­to, uno más ri­co y am­bi­guo de lo que de­ja tras­lu­cir na­tu­ral­men­te en su na­rra­ti­va, a su vez ca­rac­te­ri­za al­gu­nas con­for­ma­cio­nes de Lovecraft que qui­zás no se po­dían in­tuir. Aunque sin du­da nos en­con­tra­mos con un Lovecraft pro­fun­da­men­te houe­lle­bec­quiano po­de­mos en­con­trar co­mo su ra­cis­mo con­ge­ni­to, su des­pre­cio ha­cia el se­xo y el di­ne­ro o el odio ha­cia la ma­sa, que no al in­di­vi­duo ‑al­go que Houellebecq per­so­na­li­za in­cons­cien­te­men­te en la fi­gu­ra de Lovecraft de for­ma constante‑, es un he­cho que jus­ti­fi­ca, cons­tru­ye y ador­na las pro­fun­das si­mas de la obra de Los Mitos. El te­rror de Lovecraft, co­mo el de Houellebecq, es el te­rror del sin­sen­ti­do de un uni­ver­so va­cia­do de to­da sig­ni­fi­ca­ción; el sa­ber­se dos hom­bres que han si­do arro­ja­dos al mun­do des­de un tiem­po ab­so­lu­ta­men­te dis­par al que les recibe.

    Pero al fi­nal, ca­si pa­san­do de pun­ti­llas por él, nos arro­ja una luz de es­pe­ran­za an­te al­go que pue­de con­fe­rir de sen­ti­do al­guno al mun­do: el amor; só­lo cuan­do ha­bla del ma­tri­mo­nio con Sonia Greene, del pro­fun­do amor que se pro­ce­sa­ban en­tre sí, se arro­ja la luz en el abis­mo que es Lovecraft en sí mis­mo. De és­te mo­do nos arro­ja ha­cia esa idea in­ters­ti­cial, ca­si ba­la­dí, del amor co­mo úni­co gran triun­fo po­si­ble del hom­bre fren­te a lo su­bli­me que al­gún día nos des­trui­rá. Porque no es­tán con­tra la vi­da, ni con­tra el mun­do, sino que el amor se mos­tró es­qui­vo ha­cia ellos.