Categoría: The Sky Was Pink

  • De cartas y amistades. O cómo filosofar a través de la obra de Yun Sun Limet

    De cartas y amistades. O cómo filosofar a través de la obra de Yun Sun Limet

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    En oca­sio­nes los pen­sa­mien­tos son co­mo no­tas a pie de pá­gi­na. Ni for­mas de­sa­rro­lla­das ni es­tric­ta­men­te ideas: só­lo ano­ta­cio­nes. Apostillas por de­sa­rro­llar. Algo es­pe­cial­men­te cier­to cuan­do ha­bla­mos con ami­gos, don­de ese len­gua­je pri­va­do crea­do con el tiem­po, con el pro­pio trán­si­to de la vi­da, ha­ce in­ne­ce­sa­rio ver­ba­li­zar­lo todo.

    Sobre el sen­ti­do de la vi­da en ge­ne­ral y del tra­ba­jo en par­ti­cu­lar no de­ja de ser eso. Esbozos de ideas. Nada con­cre­to. Nada de to­do de­sa­rro­lla­do. Más pin­ce­la­das aquí y allá so­bre as­pec­tos tan ge­ne­ra­les co­mo la exis­ten­cia, el tra­ba­jo o la vi­da que al­gu­na cla­se de pen­sa­mien­to or­de­na­do. No es un en­sa­yo. No al me­nos en la pre­ten­sión de ser leí­do co­mo un dis­cur­so ce­rra­do don­de no ca­ben otras pro­pues­tas o con­clu­sio­nes. Algo a lo que ayu­da que el li­bro sea una re­co­pi­la­ción de emails que en­vío la au­to­ra a sus ami­gos mien­tras es­ta­ba sien­do tra­ta­da por un cán­cer. Eso le con­fie­re ese ai­re de fa­mi­lia­ri­dad de quien no ne­ce­si­ta ex­pli­car­se. De quien sien­te la ur­gen­cia de de­cir­lo to­do sin pa­rar­se a con­si­de­rar los an­te­ce­den­tes. Da por sa­bi­das co­sas im­por­tan­tes, omi­te otras tan­tas igual­men­te re­le­van­tes y to­do se re­suel­ve en un es­bo­zo más in­tui­do que dic­ta­do. Como si cual­quier ex­pli­ca­ción ul­te­rior fue­ra in­ne­ce­sa­ria por­que ya se sa­be de qué es­tá ha­blan­do. Algo cier­to pa­ra sus in­ter­lo­cu­to­res, que en cual­quier ca­so no so­mos nosotros.

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  • Del crimen se espera estilo. Breves pinceladas sobre «Estudio en escarlata» de Arthur Conan Doyle

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    Todos co­no­ce­mos a Sherlock Holmes, na­die co­no­ce a Sherlock Holmes.

    Si bien la fra­se an­te­rior pue­de pa­re­cer pre­ten­cio­sa o es­tú­pi­da, al­go a lo que sin du­da con­tri­bu­yen los jue­gos ti­po­grá­fi­cos, en reali­dad tie­ne un sen­ti­do prác­ti­co: to­dos co­no­ce­mos al in­sig­ne de­tec­ti­ve lon­di­nen­se más de oí­das que de pri­me­ra mano. Esa es la cruel­dad de su sino. Por ha­ber­se he­cho in­mor­tal tam­bién se ha he­cho po­li­mor­fo. Ya sea por sus mu­chas adap­ta­cio­nes au­dio­vi­sua­les, por la in­fluen­cia que ha te­ni­do en cier­ta cla­se de no­ve­la de­tec­ti­ves­ca pos­te­rior o por el me­ro co­no­ci­mien­to po­pu­lar, nues­tra idea del per­so­na­je es­tá vi­cia­da de cier­tas ideas pre­con­ce­bi­das que no tie­nen por­qué ser cier­tas. Incluso cuan­do sí lo son.

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  • Not A Hero. O cómo «I Am A Hero» en realidad es un drama (con zombies)

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    Toda nues­tra vi­da tie­ne un úni­co sen­ti­do: aquel que no­so­tros le de­mos. Morir sa­tis­fe­chos an­te la idea de que he­mos vi­vi­do de tal ma­ne­ra que no te­ne­mos na­da de qué arre­pen­tir­nos. Incluso si eso ha im­pli­ca­do el su­fri­mien­to de ir con­tra la so­cie­dad o con­tra aque­llo que nos han in­cul­ca­do —ya que, mu­chas ve­ces, la cul­pa no vie­ne del fra­ca­so, sino del no en­ca­jar con los cá­no­nes que otros han pen­sa­do pa­ra no­so­tros — , ha­cer aque­llo que nos ha­ce fe­li­ces es la úni­ca pre­rro­ga­ti­va obli­ga­to­ria mien­tras es­ta­mos vi­vos. Y si eso mo­les­ta a la so­cie­dad, me­jor se­ría que to­dos nos fué­ra­mos al infierno.

    Eso es lo que ocu­rre en I Am A Hero. Que to­do se va al infierno.

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  • De la infancia eterna. O cómo Walter Benjamin nos enseña que no sabemos «madurar»

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    Es in­ne­ga­ble que la so­cie­dad tie­ne un pro­ble­ma con la in­fan­cia. No ha­ce fal­ta más que leer los pe­rió­di­cos. Cualquier adul­to con in­tere­ses cul­tu­ra­les o cu­ya vi­da no or­bi­te al­re­de­dor de la idea de la fa­mi­lia tra­di­cio­nal y el tra­ba­jo fi­jo es con­si­de­ra­do in­ma­du­ro. Cualquier ni­ño que se pre­cie de­be te­ner, ade­más de las cla­ses obli­ga­to­rias, no me­nos de dos o tres ac­ti­vi­da­des ex­tra­cu­rri­cu­la­res. Aprender in­glés. Aprender chino. Hacer cual­quier co­sa me­nos ju­gar. Descubrir el mun­do. Ser un niño.

    Todo gi­ra al­re­de­dor del tra­ba­jo. De la pro­duc­ti­vi­dad. Y eso ha­ce que, lo peor que pue­da ser una per­so­na, es ser un ni­ño. Un en­te improductivo.

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  • Del mito oral al actioner. «John Wick» como heredera de la narrativa Shōnen Jump

    Del mito oral al actioner. «John Wick» como heredera de la narrativa Shōnen Jump

    Existe cier­ta creen­cia ge­ne­ra­li­za­da de que el pú­bli­co es idio­ta. Que las ver­da­de­ras obras maes­tras nun­ca son en­ten­di­das en su tiem­po. Y si bien pue­de ha­ber al­go de cier­to en ello, no de­ja de ser in­jus­to. Existen tan­tos ni­chos, tan­tos gru­pos ce­rra­dos de gus­tos y cri­te­rios dis­pa­res, que es im­po­si­ble que nin­gu­na obra maes­tra sea ele­va­da a los al­ta­res. O que to­do lo que se re­co­noz­ca co­mo ge­nial por la ma­yo­ría sea na­da más que ba­su­ra. A fin de cuen­tas, la na­rra­ti­va tie­ne la pe­cu­lia­ri­dad de ser aque­llo ca­paz de re­so­nar no só­lo en nues­tras ca­be­zas, sino tam­bién en nues­tros corazones.

    Eso no quie­re de­cir que ha­ya al­go irra­cio­nal en la apre­cia­ción es­té­ti­ca. Eso im­pli­ca­ría que nues­tros gus­tos son alea­to­rios. Pero co­mo de­mues­tra la ex­pe­rien­cia, la cues­tión es que nues­tros jui­cios se sus­ten­tan en to­da una se­rie de apa­ra­tos crí­ti­cos in­cons­cien­tes de los que no so­le­mos percatarnos.

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