Este texto fue publicado originalmente en diciembre de 2017 en la revista cultural Canino. Ha sido reeditado y remaquetado para la ocasión.
Si hay un tema tabú por excelencia ese es el sexo. La ficción puede tratar la violencia, la escatología o toda clase de ideologías sin que resulten necesariamente problemáticas, pero en el momento que hay una representación gráfica de una actividad sexual nunca faltará quien abogue por su censura. Por timorata o inofensiva que esta sea.
Japón no es diferente en esto. Aunque se nos intente vender que es una sociedad hipersexualizada, en realidad tiene los mismos problemas que la mayoría de países occidentales al respecto del sexo. Excepto porque, si observamos su historia, hubo un tiempo en que tuvieron una relación menos patológica, y patologizada, del sexo.
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Primeros pasos del arte erótico japonés: el shunga
Aunque el arte erótico en Japón puede rastrearse hasta muy atrás —las primeras referencias del mismo datan del periodo Heian (794−1185) tanto en términos gráficos como literarios— el primer movimiento artístico propiamente erótico, o que al menos se pueda considerar como pornográfico, dataría ya del periodo Edo (1603−1867). Hablamos del shunga, literalmente, imágenes de la primavera. Donde primavera es un eufemismo para sexo.
Por shunga entendemos todos aquellos cuadros englobados dentro del ukiyo‑e que muestran alguna clase de escena sexual explícita, generalmente extraídas de situaciones cotidianas, pero con posibilidad de abordar también toda clase de escenas de fantasía. La más probable inspiración para el género, aparte del legítimo picor genital, se suele circunscribir en la tradición de regalar a las recién casadas xilografías que reprodujeran escenas de La historia de Genji, la primera novela moderna de la historia y un indisimulado fanfiction sobre un príncipe sólo en apariencia ficticio que se enamora de cuanta dama hermosa se le planta delante. Algo que, sumado a la influencia de los textos médicos chinos, donde no se ahorrarían ningún detalle sobre cómo funciona la reproducción humana, y el auge del ukiyo‑e, que se convirtió en un modo de entretenimiento común a todos los estamentos sociales, el arte erótico se expandió rápidamente por todo el país. Incluso si a las autoridades no les gustaba demasiado.
Para no alargarnos más de lo necesario, ya que podríamos escribir largo y tendido solo sobre esto, es importante dejar claros dos aspectos particulares del shunga: en ningún caso fue un género marginal, siendo algunas de las piezas más recordadas de maestros del ukiyo‑e como Utamaro o Hokusai, ni se limitaba a los estrictos cánones de la heteronormatividad occidental moderna, pues la homosexualidad e incluso la masturbación están bien representadas en el género.
Algo que con el tiempo acabará desapareciendo por lo mismo de siempre. Por el implacable avance de la tecnología, la moral cristiana y la mojigatería del psicoanálisis freudiano; es decir, de la influencia occidental.
No por nada, ya en la segunda mitad del siglo XIX, occidente exportó dos cosas a Japón: la fotografía y el alarmarse ante las amas de casa japonesas que poseían shunga que mostraban sin ningún pudor a las visitas. Solo lo primero parece que consiguió calar de forma más rotunda en la sociedad japonesa, en plena occidentalización, pues la creciente calidad de la fotografía hizo que el shunga, un arte de masas aunque fuera técnicamente impecable, fuera desapareciendo en favor de esta nueva tecnología.
Por supuesto, la historia del arte erótico no acaba ahí. Y, cada vez más, estuvo íntimamente ligada con la tecnología y occidente. ¿Qué quiere decir esto? Que ya en el siglo XX, Europa primero y EEUU después, lanzaron dos bombas devastadoras sobre esta pequeña isla del pacífico: el psicoanálisis y el colonialismo subsiguiente a dejar caer dos bombas nucleares.
Y por extraño que suene, es difícil decir cuál de las dos cosas creó un efecto más devastador en la psique de los japoneses.
El origen del término hentai y el nacimiento del ero-guro
El psicoanálisis será el que de forma a todo el arte erótico-pornográfico del Japón contemporáneo. Algo que si bien puede sonar contra intuitivo, es fácil de demostrar en términos históricos.
El primer registro que tenemos del término hentai se lo debemos a la traducción del Psychopathia Sexualis de Richard von Krafft-Ebing, donde hablaría de hentai seiyoku, o deseos sexuales anormales. De ese modo, prácticamente de la noche a la mañana y calando rápidamente en la psique de la población general —en parte, por la naturalidad con la que abrazaron el libro escritores tan populares como Mori Ōgai, especialmente obvio en su libro Vita Sexualis—, de repente todo era anormal. El suicidio por amor, la homosexualidad, el fetichismo, el BDSM o la necrofilia eran colocados al mismo nivel, el del hentai seiyoku, propiciando un auge completamente desquiciado de estudios y revistas sobre sexualidad.
¿Significa eso que se volviera una cuestión clínica la sexualidad anormal? Más bien al contrario. El deseo sexual se veía como algo extravagante, peculiar, pero propio e inherente a la modernización de la sociedad. En cierto modo, era un rasgo de estilo. Igual que los trajes de corte occidental, los sombreros o el café, un par de desviaciones sexuales era todo lo que necesitaba cualquier revista para ser realmente contemporánea.
Y si bien eso no creo la persecución moral de los curas con estetoscopio y bata por sotana, ya creo la primera brecha en la concepción de la sexualidad japonesa. No por nada, cuando algo se considera anormal, sólo es cuestión de tiempo que alguien asocie lo anormal con lo negativo. Algo en lo cual los americanos son especialistas.
Quedándonos de momento con lo positivo, esta novedosa pasión por la desviación conducirá a la proliferación de infinidad de escritores de lo perverso, de los cuales, el más conocido en occidente, es Edogawa Rampo. Porque, a partir de aquí, es cuando surgirá el ero-guro.
¿Qué es el ero-guro? Un género artístico-literario donde se mezcla lo erótico y lo grotesco cómo método de transgresión. Algo que a principios de siglo se vería influenciado, además de por los tratados psicoanáliticos ya nombrados, por el muzan‑e, un estilo marginal de ukiyo‑e extremadamente violento, y una enfermiza obsesión con los trastornos mentales y el mundo de los sueños que, en autores como Kyūsaku Yumeno, llevaría a que, a partir de los años 50s, Japón se obsesionara con leer a los libertinos franceses en general y a Georges Bataille en particular. Todo ello dando lugar, en un resumen rápido, en una corriente del manga erótico donde cabría circunscribir a autores como Shintaro Kago, Suehiro Maruo y, en menor medida, Usumaru Furuya, que juegan constantemente con los límites entre lo erótico, lo sexual y lo depravado.
Haciendo restricciones. O cómo cuanto más intentaron combatir lo pornográfico peor se iba volviendo (I)
Toda esa libertad sexual y jolgorio torturador condujo de forma natural a varios intentos de censurar las producciones eróticas. Algo que del siglo XVI al XIX ocurrió en diferentes grados y con un éxito más bien nulo a causa del shogunato, pero que en el siglo XX se encontró con la aprobación de algunos de los censores más implacables de la historia: las fuerzas de ocupación americanas.
Escudándose en la más que cuestionable razón de que la censura del estado japonés sería peor, crearon el Comité de Ética Eirin para controlar el contenido de las producciones audiovisuales e invitaron al gobierno a modificar el código penal para introducir la prohibición explícita de cualquier forma de pornografía. Algo que el gobierno, no títere, pero sin fuerza para enfrentarse contra los americanos, formalizaría en el polémico artículo 175 de su artículo penal: sería ilegal la representación de genitales o vello púbico en cualquier clase de obra de ficción o no-ficción. Algo que si bien se relajó en los años 90s, cuando se cayó del articulado la parte del vello púbico, sigue aún hoy vigente.
Eso nos lleva a otra de las claves de la pornografía japonesa, incluido el hentai: no pueden representar ni vello púbico ni genitales. Pero, como era de esperar, la industria japonesa ha tenido maneras muy creativas de interpretar ambos estamentos.
El primero de ellos llevó a no dibujar vello púbico (subvirtiendo así el forocochero, éticamente vomitivo y penable «si hay pelito no hay delito») y el segundo a interpretar lo que son unos genitales de la forma más retorcida posible. Ya que la ley sólo dice que no deben representarte, ¿serían admisible escenas de sexo si los genitales están tapados? Lo serían, ¿y qué son de todos modos los genitales? Aquí tendríamos dos respuestas muy diferentes. Por un lado, la industria de la pornografía diría que los genitales son, específicamente, el frenillo y el clitoris, lo cual daría lugar a la censura más absurda de la historia: o bien pornografía con genitales pixelados o bien el uso de cintas negras, de tamaños y formas al gusto del productor, tapando o bien la totalidad de los genitales o sólo las partes muy libremente consideradas como la quintaesencia de lo que son unos genitales. Por otro lado, Toshio Maeda, un auténtico visionario en todo lo que tenga que ver con la perversión, llegó a una conclusión igualmente satisfactoria: genitales son solo aquello que sean de facto apéndices humanos. O, en sus propias palabras, «las criaturas no tienen género. Una criatura es una criatura. Por lo tanto, no es ni obsceno ni ilegal».
Esa libre interpretación sobre la biología de lo irreal le llevaría a firmar en 1986 Urotsukidoji, un manga en seis volúmenes donde nos narra la historia de Jyaku, un híbrido entre humano y monstruo que debe encontrar y destruir al infame Chōjin, un dios demonio dispuesto a tomar el mundo de los humanos por la fuerza. Específicamente, por la fuerza de los tentáculos violadores de sus subordinados.
Siendo considerado el primer clásico del manga pornográfico o hentai, Urotsukidoji no sólo causo sensación tanto dentro como fuera de Japón, sino también sirvió para popularizar lo que hoy conocemos como tentacle erótica, es decir, la representación de apéndices no humanos que penetran a, generalmente, inocentes señoritas no demasiado dispuestas a esa clase de relaciones. Algo que, además, no le era en nada ajeno a los japoneses. Ya en el siglo XIX el maestro Hokusai trataría un tema similar en El sueño de la mujer del pescador, donde una mujer tiene sueños eróticos con la posibilidad de mantener relaciones íntimas con un pulpo. Con la sutil diferencia que entre la sensibilidad de Hokusai, que convierte a la mujer en el sujeto activo de la relación, y la brutalidad de Maeda, que la reduce a mero objeto del mismo, media un abismo tan enorme que resulta casi ridículo pretender compararlos.
Haciendo restricciones. O cómo cuanto más intentaron combatir lo pornográfico peor se iba volviendo (y II)
Dejando de lado los tentáculos, cabe entender que el manga no ha sido ajeno nunca al arte erótico. Maeda no aparece de la nada. Ya Osamu Tezuka tiene no pocas obras que tratan el tema del sexo y la sexualidad, si bien quienes lo tratarían con más fruición gracias a un estilo de dibujo más mal llamado «realista» serían los artistas suscritos al gekiga.
Con todo, incluso entre los más osados de los artistas, como las no pocas historias breves de Yoshihiro Tatsumi sobre adulterio, sexo e incluso zoofilia, la representación de escenas abiertamente sexuales eran algo poco común. Quitando las pocas revistas de manga erótico que empezaron a nacer en los años 70s, como es el caso de Manga Erogenica o Manga Erotopia, el hentai como género, como manga pornográfico y no sólo como historias literarias con sexo, no germinó de forma contundente hasta bien entrados los 80s con Urutsukidoji. Salvo una excepción. Y esa excepción nos lleva al lolicon.
Como bien dice su nombre, lolicon es la abreviación de Lolita complex, un término usado para describir a los hombres que gustan de las chicas pre-pubescentes, usado actualmente para nombrar cualquier obra erótica o pornográfica que represente a niñas menores de edad. Una tendencia que comenzó en los 70s, pero que no se formalizaría hasta que en el 79 el mangaka Hideo Azuma lolicon en su fanzine Cybele: La máquina que vino del mar. No hizo falta nada más. Sólo con eso ya se abrió la veda para crear obras eróticas, o abiertamente pornográficas, con un estilo de dibujo cartoon más cercano al de papá Tezuka, aprovechando que las chicas protagonistas de las historias vieron su edad dramáticamente disminuida.
¿A qué se debió este repentino interés por las niñas? Según los historiadores Frederik L. Schodt y Dinah Zank, lo más probable es que la prohibición de representar pelo púbico estuviera íntimamente relacionada con el auge del lolicon. A fin de cuentas, si los personajes eran menores, parecía lógico que no tuvieran ningún rastro de lo que las autoridades no querían ni ver.
En cualquier caso, el auge del género fue absolutamente marginal. Si bien aún hoy da coletazos, las antologías (Petit Apple Pie) y revistas (Alice Club, Fusion Product o Manga Burikko) más populares del género tuvieron una vida relativamente breve, coincidiendo su declive con la relajación de las leyes anti-pornografía, hasta conformar lo que es hoy, una corriente relativamente subterránea de manga pornográfico infantil por el cual, por razones obvias, preferimos pasar de puntillas: en Japón es o fue legal en un momento dado, pero la ética del mismo es más que cuestionable.
Entonces, ¿es ilegal hoy el manga pornográfico que represente menores de edad? De hecho, es un debate abierto. A fin de cuentas, las leyes contra la pornografía no sólo se aplicaban al manga, algo que produjo que las revistas, deseosas de generar contenido erótico para sus lectores, hicieron que, para cuando en los 90s se relajaron las leyes, ya fuera absolutamente normal que menores de edad prácticamente desnudas aparecieran en toda clase de revistas. Algo a lo cual el gobierno ha intentado poner coto a través de la vía legislativa, con un éxito más que relativo y no poca controversia. Especialmente debido a la negativa del gobierno a hacer excepciones a las leyes anti-obscenidad cuando se trate de mangas no-pornográficos.
¿Qué significa eso? Que aún hoy es relativamente fácil encontrar revistas de manga, o revistas enfocadas al género masculino, donde se exhiban chicas claramente menores posando en bikini de forma sugerente. Algo menos problemático que el lolicon, todas ellas (en teoría) al menos mayores de dieciséis, pero problemático pese a todo.
El erotismo está en todas partes: el ecchi como tendencia
Que las revistas de manga tengan reportajes de modelos en bikini sólo demuestra hasta qué punto el sexo es ubicuo a la propia cultura japonesa. Para ellos el sexo no es un tabú. Y por eso, independientemente del auge del hentai en los ochenta, ha existido una tendencia diferente, pero igualmente intensa, de insertar componentes eróticos, ya sea de forma abierta o velada, en buena parte de las obras mainstream. Algo tan ubicuo, tan común, que incluso tiene un nombre propio: ecchi.
Aquí hay que tener en cuenta que el ecchi no es, en sí mismo, un género. Tampoco es pornografía de ninguna clase. Para que un contenido sea ecchi debe entrar dentro del campo del sofcore, sin genitales ni actividad genital de ninguna clase. Nada más que un ligero fanservice dentro de la obra. De ese modo, podríamos concluir que el ecchi es más la tendencia, abierta o velada, de introducir elementos de comedia en obras mainstream a través de malentendidos o bien un intento de introducir un componente abiertamente erótico en las mismas con el afán de llegar a un público mayor.
En cualquier caso, esto no es algo, ni de lejos, marginal. Especialmente en el shōnen, al estar dirigido a un público de hormonas revolucionadas, es la norma. Obras bastante conocidas como Chobits, de las CLAMPS, podría considerarse ecchi, y algunas de las series más populares de la actualidad —en el momento de escribir originalmente este texto — , como Shokugeki no Sōma, hacen del ecchi una parte central de su narración. En este caso en particular, a través de los foodgasm: representaciones gráficas de desnudos cuando una comida es tan deliciosa que la ropa del que la prueba se volatiliza
Por supuesto, más allá del ecchi, también existe un tipo de manga netamente erótico. Generalmente circunscrito al seinen, aunque también bien cultivado en el josei. Obras donde, sin llegar a la representación gráfica literal de actos sexuales, van más allá del ligero tono erótico para satisfacción de un lector voyeur que, en realidad, lo ve como un añadido, no como parte central de la trama o la narrativa.
Entre estas obras abiertamente eróticas destacaremos cuatro de ellas. Dentro de la misma alegría erótico-festiva adolescente se encuadran Prison School de Akira Hiramoto y Golden Boy de Tatsuya Egawa, un par de mangas que hacen del erotismo y un dibujo espectacular la escusa para contar historias sobre alcanzar la madurez, la relación de sus personajes con el sexo y las mujeres, todo ello sin abandonar en ningún momento el humor y la exageración de toda clase. En otro orden completamente diferente estaría Minamoto-kun Monogatari , de Minori Inaba, sobre un chico incapaz de hablar con las mujeres que, como terapia de choque, se verá obligado a imitar la vida sexual de Hikaru Genji, protagonista de La Historia de Genji, el Casanova japonés por excelencia. Y en un tono más oscuro, tratando temas mucho más delicados, nos encontraríamos Nozoki Anna, de Wakou Honna, sobre un grupo de chicas en los dormitorios de un escuela vocacional donde se sucederán situaciones más cerca del psycho thriller que de la comedia reconfortante o el drama de los mangas anteriores.
Otra obra que cabría destacar, aunque en un tono completamente diferente a las anteriores, sería Futari Ecchi de Katsu Aki. Diferente a las demás porque este manga es, esencialmente, una guía sobre sexo, con datos y consejos para tener una vida sexual plena. Para ello, en vez de arrojarnos en bruto la información, seguimos la historia de una pareja de recién casados, Makoto y Yura, a través de sus dudas y problemas sexuales debido a su inexperiencia en el ámbito sexual. Algo que ha dado para 72 tomos hasta el momento, estando todavía en publicación, pudiendo jactarse de ser la serie de componente erótico/sexual más longeva de la historia del manga. Algo que, viniendo de un medio como este, es decir muchísimo.
Hablemos de hentai
Ya entrando en el campo del sexo explícito, la pornografía está de sobra bien representada en el manga. Bajo el nombre genérico de hentai, el número y tirada de diferentes clases de revistas pornográficas no resulta sorprendente. Teniendo en cuenta que en 2009 se estimaba que la editorial de manga pornográfico que más publicaciones tenía era Core Magazine con la friolera de 76 títulos (éxito que duró poco, ya que su editor jefe fue arrestado cuatro años después a causa de publicar mangas sin censurar), la segunda, Akane Shinsha, con 65 y las tercera, cuarta y quinta, TI Net, Kubo Shoten y Kill Time Communication, con 44, 42 y 41 respectivamente, nos podemos hacer una idea aproximada de cuanto mueve, al menos sobre el papel, el manga pornográfico.
A pesar de todo, como ocurre siempre con la pornografía, resulta difícil destacar obras o artistas en particular sin entrar en la eterna discusión sobre los fetiches e intereses de cada cual. Pero incluso así, dentro del hentai hay unos pocos artistas que, debido a su cercanía al mainstream, son fácilmente reseñables.

Si pasamos por alto a los ya nombrados Toshio Maeda y Hideo Azuma y pasamos de puntillas por la obra de Teruo Kakuta, autor de Bondage Fairies, el primer manga pornográfico que fue un éxito en EEUU representando escenas sexuales entre hadas policías del bosque e insectos criminales, el nombre propio más famoso que nos quedaría es Shun Saeki, dibujante de Shokugeki no Souma, que, bajo el nombre de tosh, publicaría dos notables obras hentai: Menkui! y Harem Time.
Más allá de eso, ya fuera del mainstream, es difícil hablar. Tanto en el círculo amateur como entre la ingente cantidad de publicaciones pornográficas profesionales o semiprofesionales existen tantos mangas y artistas como fetiches existen. Y por eso, dado que la criba es, esencialmente, imposible, preferimos dejar aquí este aspecto particular del manga.
El sexo homosexual (entre hombres): yaoi
¿Y qué hay de la homosexualidad? ¿No existe ni porno gay ni porno lésbico? La respuesta aquí es un rotundo sí. Conocidos como yaoi (cuando se tratan de relaciones entre hombres) y yuri (cuando se tratan de relaciones entre mujeres), son géneros prolíficos, con sus propias publicaciones y que, además, tienen una particularidad muy marcada: son mayoritariamente consumidos por miembros del sexo contrario. Especialmente en el caso del yaoi.
De hecho, como género, es un caso muy peculiar. Proveniente del shojo, especialmente de la tendencia del Grupo del 24 de hacer historias BL, de romance entre hombres sin haber necesariamente ninguna cantidad de sexo implicado, en los 80s fue haciéndose cada vez más popular las historias románticas entre bishonen, chicos guapos de aspecto marcadamente andrógino, generalmente con cantidades nada despreciables de sexo, dando lugar a lo que hoy conocemos como yaoi.
A diferencia de otros géneros pornográficos, a excepción del heterosexual, el yaoi siempre ha estado bien representado tanto dentro como fuera de Japón. Entre las series que, a día de hoy, pueden considerarse más interesantes y representativas del género encontramos Junjou Romantica, de Shungiku Nakamura, una serie con tres historias vagamente interconectadas entre sí con tres parejas protagonistas que puede jactarse de haber estado en la lista de los más vendidos del New York Times; Ten Count, de Rihito Takari, sobre la relación entre un misófobo y el psiquiatra con el que está haciendo un tratamiento informal de su enfermedad; Pájaro que trina no vuela, sobre la relación romántica de tintes masoquistas entre un jefe yakuza y su nuevo guardaespaldas. En un tono más romántico y menos problemático podemos encontrar En la misma clase, de la ya omnipresente Asumino Nakamura, una historia sobre dos chicos de instituto que son polos opuestos, pero no por ello pueden evitar enamorarse. Todo obras, salvo esta última, con algún componente más o menos explícito, más o menos consensuado, de sadismo en las relaciones.
Pero esa es una de las claves que hacen tan popular el yaoi entre las mujeres. Que reproduce formas propias del romance heterosexual, pero sin que exista una proyección femenina en los mismos. Algo que desproblematiza ciertos comportamientos, a la hora de disfrutar de la historia para algunas mujeres, pero que no elimina el hecho de que sigan existiendo ciertas rutinas no exactamente positivas del romance heterosexual.
El sexo homosexual (entre mujeres): yuri
Con el yuri no ocurre lo mismo. Ahí su problema reside en que la mayoría se produce pensando en hombres heterosexuales, lo cual lo convierte, tristemente, en todo lo que cabe esperar de un producto pornográfico. Algo que ha cambiado en los últimos años, y que con todo, siempre han existido obras muy interesantes en el género. Especialmente si hablamos de Akiko Morishima.
Aunque no excesivamente explícitas, las obras de Morishima destacan por tres elementos en particular: por su bonito dibujo de aires etéreos, por su descripción de parejas de chicas de todas las edades posibles y por lo saludable y absolutamente adorable de las relaciones que describe. Es difícil encontrar en sus mangas relaciones tóxicas como a las que nos tienen acostumbrados los romances heterosexuales, tratando sus conflictos, por lo general, sobre problemas de la identidad de las chicas, generalmente por no encajar en la idea de feminidad que les ha impuesto la sociedad. Entre sus obras más aclamadas podemos encontrar Hanjuku Joshi, sobre dos chicas de instituto descubriendo juntas el amor y cómo vivir a gusto dentro de sus propios cuerpos, y Office Romance: Womens Division, sobre una chica obsesionada con encontrar al príncipe de sus sueños… para descubrir cuando lo encuentra que éste en realidad es una mujer.
Saliéndonos de nuevo hacia lo didáctico y haciendo una parada en el género de las memorias, debemos destacar el genial My Lesbian Experience With Loneliness.
Habiendo arrasado tanto en Japón como en EEUU, habiéndose publicado en España con gran éxito por Fandogamia, es una de esas obras destinadas a llegar a un público más amplio que el consumidor habitual de manga. Algo posible gracias a su humorístico, pero aún delicada y muy sensible descripción de cómo la autora Kabi Nagata, no sólo descubrió su homosexualidad, sino también cómo se siente gestionando sus emociones al respecto, en especial en lo que corresponde con su madre. Una descripción íntima y certera, con un dibujo sencillo que encaja a la perfección con el tono confesional de su guion.
¿Y qué hay de los hombres gays? El peculiar mundo del bara
En cualquier caso, el mundo de la homosexualidad en el manga no se acaba en el yaoi y en el yuri. No sólo porque cualquier género puede tratar también esos temas, sino porque incluso dentro de lo pornográfico hay un género completamente desligado de las líneas regidoras del yaoi. Un género de manga enfocado específicamente a hombres gays: el bara.
Heredando su nombre de Bara kei, una colección de fotografías del escritor Yukio Mishima medio desnudo, el género tiene una popularidad menos prominente que el yaoi, pero no por ello ausente o menor. Y siguiendo la línea de pensamiento de Mishima, que creía que para un hombre era tan importante entrenar su mente como su cuerpo hasta el punto de la hipertrofia, el bara asumiría como su principal objeto de representación a los hombres de tamaño más bien masivo.
Culpable de esto sería Gengoroh Tagame, el más famoso de los artistas de manga pornográfico gay, donde la hipermasculinidad, el BDSM y la violencia gráfica están al orden del día. Algo que podemos comprobar en su obra más famosa, La casa de los herejes, antes de pasar a su última y muy celebrada obra, de nuevo de orden más didáctico y ensayístico, que ha causado un cierto revuelo tanto en Japón como en EEUU y también, España: My Brother’s Husband.
En esta obra Tagame sigue la vida de Yaichi y su hija Kana al descubrir que el hermano de Yaichi, Ryōji, no sólo ha muerto en un desgraciado accidente, sino que además estaba casado con un hombre, Mike Flanagan. De ese modo Yaichi empezará a reflexionar sobre sus sentimientos hacia su hermano, hacia si mismo y hacia su pasado mientras lidia con el encantador Mike, las preguntas de su hija Kana y sus amigos y la homofobia interiorizada que tienen tanto él como los demás adultos que le rodean. Todo ello tratado con mucha sensibilidad, humor y un desarrollo ejemplar.
Hablar del sexo es problemático (pero no debería)
Al final el problema de hablar de sexo en el manga es que el sexo es una parte intrínseca, pero conflictiva, de la vida cotidiana de los japoneses. Sin una religión que les afeara tocarse sus partes porque dios lo ve todo, su relación con el sexo ha sido siempre bastante liberal, al menos hasta que el colonialismo estadounidense primero y la globalización después ha hecho que tengan que revisar sus comportamientos de una forma constante.
A fin de cuentas, es muy difícil decir donde acaba cierta apertura natural hacia el sexo por parte de Japón y donde empieza la represión impuesta por un occidente siempre pudoroso, si es que no directamente puritano. Especialmente en lo que respecta a las mal llamadas perversiones: todo aquello que se aleje del misionero, el miedo constante y la atenta mirada de dios, perdona todos nuestros pecados, amén.
¡Gracias por leer mi artículo sobre manga erótico y pornográfico! Esta es la sexta de una serie de ocho entregas sobre manga que escribí para la tristemente difunta revista Canino. La primera es sobre Osamu Tezuka, la segunda sobre el manga shōnen, la tercera sobre el shōjo, la cuarta sobre el seinen y la quinta sobre el josei. Si te ha gustado, ¿puedo pedirte que te plantees donar o suscribirte a mi ko-fi? Eso me ayudaría a seguir rescatando y haciendo otros artículos como éste. Y si tienes ganas de más y no sigues mi letter, se llama Extraterrestre entre nosotros y tiene mucho contenido que podrías disfrutar.
Breve guía de lectura para despistados
I. Ero-guro y otras formas de erotismo extremo
La oruga, de Suehiro Maruo
La extraña historia de la isla panorama, de Suehiro Maruo
28 atrocidades sangrientas, de Suehiro Maruo y Kazuichi Hanawa
Hikari Club, de Usumaru Furuya
Fraction, de Shintaro Kago
II. Clásicos y modernos del hentai
Urotsukidōji, de Jun Maeda
Bondage Fairies, de Teruo Kakuta
Menkui!, de tosh
Harem Time, de tosh
III. Lolicon
Hizashi, de Hideo Azuma
Azuma Hideo Sakuhin Shuusei — Yoru no Tobari no Naka de, de Hideo Azuma
IV. Yaoi, yuri y bara
Junjou Romantica, de Shungiku Nakamura
Ten Count, de Rihito Takari
En la misma clase, de Asumino Nakamura
Hanjuku Joshi, de Akiko Morishima
Office Romance: Womens Division, de Akiko Morishima
My Lesbian Experience With Loneliness, de Kabi Nagata
La casa de los herejes, de Gengoroh Tagame
My Brothers Husband, de Gengoroh Tagame
V. Obras eróticas en un sentido más general
Prison School, de Akira Hiramoto
Golden Boy, de Tatsuya Egawa
Minamoto-kun Monogatari , de Minori Inaba
Nozoki Anna, de Wakou Honna
Futari Ecchi, de Katsu Aki

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