Etiqueta: Colores prohibidos

  • Colores prohibidos (XV) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores prohibidos (XV) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Todos te­ne­mos Colores prohi­bi­dos. Pero es­tos son los míos y no los cam­bia­ría por otros.

    Una se­ma­na más el con­te­ni­do es va­ria­do. Seguimos con una ra­cha de ci­ne no de­ma­sia­do bueno, sal­vo las hon­ro­sas ex­cep­cio­nes de ci­ne asiá­ti­co, igual que trae­mos al­go de li­te­ra­tu­ra de o so­bre el le­jano orien­te, con Japón siem­pre en nues­tros pen­sa­mien­tos. Del mis­mo mo­do en Canino se ha pu­bli­ca­do un ar­tícu­lo don­de ex­pon­go un buen pu­ña­do de man­gas que no se han pu­bli­ca­do en España, pe­ro de los cua­les las edi­to­ria­les de­be­rían to­mar bue­na no­ta. Para aca­bar en Studio Suicide, ade­más de las Taxidermias Concretas, ha­blo del hip-hop de la tai­wa­ne­sa Aristophanes, fir­me can­di­da­ta a ha­ber fir­ma­do el dis­co del año. Ya en la par­te de Lo que se es­tá ha­cien­do es­ta se­ma­na to­ca ha­blar de mujeres.

    Eso es to­do. ¿Eso es to­do? No. Si te­néis in­te­rés po­déis es­cu­char mis im­pre­sio­nes so­bre el ya pa­sa­do E3, po­dréis ha­cer­lo en el pod­cast El ma­pa del tiem­po, pro­du­ci­do por los in­com­bus­ti­bles chi­cos de Start Magazine. Pero ni así es­tá to­do aún. Porque nos vol­ve­re­mos a ver pron­to. ¿Cuándo? La se­ma­na que vie­ne, se­gu­ra­men­te. ¿Y dón­de? Dónde va a ser: aquí, en Colores prohi­bi­dos.

    Lo que hago

    Japón ignoto: 8 mangas que no se han publicado en España (pero deberían) | Canino

    El man­ga ya no es lo que era. En el buen sen­ti­do. Donde ha­ce no tan­tos años la po­si­bi­li­dad de en­con­trar man­gas que se sa­lie­ran de la nor­ma era prác­ti­ca­men­te un mi­la­gro, hoy en día las pu­bli­ca­cio­nes se han di­ver­si­fi­ca­do has­ta un pun­to don­de ya no pa­re­ce que el man­ga sea un gé­ne­ro mo­no­cor­de. Y si bien aún no es­ta­mos al ni­vel de sa­lud edi­to­rial de paí­ses co­mo Francia e Italia, la co­sa pa­re­ce ir mejorando. 

    Eso no ex­clu­ye que ha­ya mar­gen de me­jo­ra. Problemas. Ciertos pre­jui­cios he­re­da­dos de los cua­les la in­dus­tria no con­si­gue des­ha­cer­se. No por na­da, fue­ra de las no­ve­da­des y de cier­tos au­to­res fe­ti­ches, el man­ga que se pu­bli­ca en nues­tro país si­gue sien­do bas­tan­te uni­for­me. Falta, en su­ma, ver al man­ga tal cual es: un me­dio sin lí­mi­tes con to­da cla­se de historias.

    El imperio de los signos, de Roland Barthes | Goodreads

    A Roland Barthes no le in­tere­sa la reali­dad. O no tan­to co­mo pa­ra su­bor­di­nar la po­si­bi­li­dad de la fic­ción, de otros mun­dos po­si­bles o la ima­gi­na­ción, al ac­to pro­sai­co de la des­crip­ción. Pues sa­bien­do que to­do sím­bo­lo es una dis­tor­sión de lo real, ¿por qué con­for­mar­se con el su­ce­dá­neo de una invención? 

    Autasasinofilia. Quiero ser asesinado por una colegiala, de Usumaru Furuya | Goodreads

    Haruto Higashiyama no quie­re mo­rir. De he­cho, sien­te una in­ten­sa an­gus­tia an­te la idea de la muer­te. Sabe que es in­evi­ta­ble, pe­ro no la de­sea. O no de­sea la idea de de­jar de vi­vir. Porque Higasihyama, de 34 años y pro­fe­sor de ins­ti­tu­to, tie­ne un se­cre­to os­cu­ro: ya que en al­gún mo­men­to mo­ri­rá, de­sea ser ase­si­na­do por una chi­ca adolescente.

    Hot Tub Time Machine, de Steve Pink | Letterboxd

    A una co­me­dia hay que pe­dir­le que sea gra­cio­sa. Esto, que pa­re­ce una ob­vie­dad, no lo es pa­ra mu­chas per­so­nas: se ha con­ver­ti­do ya en un lu­gar co­mún el crí­ti­co que, de­fe­nes­tran­do el va­lor de una co­me­dia, sen­ten­cia al fi­nal «pe­ro al me­nos te ríes». Como si la fun­ción na­rra­ti­va de la co­me­dia no fue­ra, pre­ci­sa­men­te, eso. Hacerte reír. Hacerte cos­qui­llas es­tra­té­gi­ca­men­te has­ta que no pue­des evi­tar reír a carcajadas. 

    Hot Tub Time Machine no es una obra maes­tra. Tampoco lo pre­ten­de. Su bur­la a los tro­pos clá­si­cos del via­je en el tiem­po, su te­ma so­bre có­mo no exis­ten vi­das es­cri­tas de an­te­mano y su tono ge­ne­ral gam­be­rro, sin de­jar de ser ama­ble y di­ver­ti­do, ha­cen de la pe­lí­cu­la una co­me­dia des­en­fa­da­da y divertida. 

    David Lynch: The Art Life, de Rick Barnes, Olivia Neergaard-Holm y Jon Nguyen | Letterboxd

    Autor y obra son dos co­sas di­fe­ren­tes. No pue­den ser juz­ga­dos co­mo un to­do in­di­so­lu­ble; hay en­cuen­tros, pun­tos don­de se re­la­cio­nan, pe­ro ni la obra es la to­ta­li­dad del au­tor ni la to­ta­li­dad del au­tor es su obra. Triste y si­nies­tro se­ría lo contrario. 

    Goth, de Gen Takahashi | Letterboxd

    A ve­ces ir des­pa­cio es bueno. Permite ver co­sas que no son evidentes.

    Goth se to­ma las co­sas con cal­ma. Nos pre­sen­ta des­de el prin­ci­pio que hay un ase­sino en se­rie que le gus­ta cor­tar las ma­nos de sus víc­ti­mas, pe­ro a par­tir de ahí to­do va des­pa­cio. Relajado. Sin de­ma­sia­da pre­ten­sión de lle­gar rá­pi­do a nin­gu­na conclusión.

    Taxi 2, de Gérard Krawczyk | Letterboxd

    Ninjas. Humor chus­co. Japón en sus es­te­reo­ti­pos más ab­sur­dos (aun­que evi­tan­do los ofen­si­vos). Velocidad. Coches im­po­si­bles. Taxi 2.

    Barking Dogs Never Bite, de Bong Joon-ho | Letterboxd

    Solipsismo, ob­se­sión, in­ca­pa­ci­dad de co­mu­ni­car­se. Todos te­mas hil­va­na­dos en­tre sí. Pero cuan­do ade­más se in­tro­du­ce en la ecua­ción un pe­rro —o una se­rie de pe­rros— to­do se des­con­tro­la por el mo­ti­vo más evi­den­te de to­dos: las per­so­nas se com­por­tan con los pe­rros co­mo nun­ca se atre­ve­rían a com­por­tar­se co­mo las per­so­nas. Para bien o pa­ra mal. Y de ese mo­do ca­da pe­rro es en la ope­ra pri­ma de Bong Joon-ho un ca­ta­li­za­dor de los ver­da­de­ros sen­ti­mien­tos de los per­so­na­jes. Buenos, ma­los, ne­fas­tos. Pero sentimientos. 

    Aristophanes – Humans Become Machines (2017) | Studio Suicide

    Si al­go bueno ha traí­do Internet es rom­per el pe­que­ño ca­pa­ra­zón que su­po­nen los me­dios de pro­duc­ción na­cio­na­les. Al crear un sis­te­ma de co­mu­ni­ca­ción glo­bal cu­yo uso es (re­la­ti­va­men­te) in­tui­ti­vo y no de­pen­dien­te (en­te­ra­men­te) del len­gua­je, es fá­cil en­con­trar al­ter­na­ti­vas al dis­cur­so he­ge­mó­ni­co pre­sen­te en ca­da lu­gar. En otras pa­la­bras, quien se con­for­ma con es­cu­char lo que po­nen en su ra­dio de re­fe­ren­cia, es por­que no tie­ne nin­gún in­te­rés de sa­lir de su pe­que­ña bur­bu­ja de lu­ga­res comunes.

    Aristophanes hu­bie­ra si­do im­po­si­ble an­tes de la apa­ri­ción de Internet. Eso es ob­vio pa­ra cual­quie­ra. Taiwanesa, ra­pe­ra, fe­mi­nis­ta y pro­fe­so­ra de es­cri­tu­ra crea­ti­va, sus ba­ses áci­das y sus fra­seos agre­si­vos y poé­ti­cos fue­ron des­cu­bier­tos a oc­ci­den­te cuan­do, bu­cean­do por SoundCloud, Grimes la en­con­tró y de­ci­dió con­tar con ella pa­ra la can­ción más in­tere­san­te de Art Angels, Scream. Por eso es­ta­mos hoy aquí. Porque gra­cias a esa co­la­bo­ra­ción ha po­di­do fir­mar Humans Become Machines, un dis­co con pre­ten­sión global.

    Taxidermias concretas vol. VIII | Studio Suicide

    16 Psyche es cru­do. Oscuro. Como si al­guien, en mi­tad de la no­che, se me­tie­ra en tu cuar­to, te aga­rra de pies y ma­nos, y te apo­rrea­ra de for­ma cons­tan­te sin per­mi­tir­te reac­cio­nar. Pero tam­bién ocu­rri­ría al­go di­fe­ren­te. Algo sen­sual. Erótico. Descubrir al­go cá­li­do y ju­gue­tón en ese apo­rrear, al­go que, más allá del do­lor, quie­re ha­cer­te dis­fru­tar de la ex­pe­rien­cia. Y cuan­do se va, y se aca­ba, de­seas se­cre­ta­men­te que cuan­do vuel­vas a dor­mir­te vuel­van a des­per­tar­te esos garrotazos.

    Y lo que se está haciendo

    La directora más feminista (y censurada) de España | Cinemanía

    «La pri­me­ra vez que oí ha­blar de Cecilia Bartolomé pen­sé que era un hom­bre. Fue en 2014, du­ran­te la pro­mo­ción de La is­la mí­ni­ma, cuan­do el di­rec­tor Alberto Rodríguez ci­tó co­mo fuen­te de ins­pi­ra­ción los do­cu­men­ta­les de los her­ma­nos Bartolomé. Dos años des­pués, re­cién cum­pli­dos mis 32, me to­pé, en un ma­nual so­bre el Nuevo Cine Español, con el nom­bre en fe­me­nino. Pero se­guí sin caer en que Cecilia Bartolomé era uno de los her­ma­nos. Mosqueada por los es­cue­tos pá­rra­fos que le de­di­ca­ba el li­bro, en com­pa­ra­ción con sus com­pa­ñe­ros va­ro­nes Saura, Patino, Summers, Regueiro, etc, acu­dí po­cos días des­pués a la bi­blio­te­ca de la Academia de Cine, uno de los se­cre­tos me­jor guar­da­dos de Madrid pa­ra ci­né­fi­los y aman­tes de nues­tra his­to­ria del ci­ne. Tampoco allí en­con­tré nin­gún li­bro so­bre Cecilia Bartolomé –más tar­de co­no­ce­ría la exis­ten­cia de El en­can­to de la ló­gi­ca, com­pen­dio de tex­tos so­bre la ci­neas­ta reu­ni­dos por Josetxo Cerdán y Marina Díaz López den­tro de una se­rie de tí­tu­lo pro­fé­ti­co, Los ol­vi­da­dos – . Lo que sí que des­cu­brí aquel día fue una co­pia de tra­ba­jo de una pe­lí­cu­la su­ya, un me­dio­me­tra­je ti­tu­la­do Margarita y el lobo».

    Esta es en realidad Mar de Marchis, la misteriosa mujer que dirige “Jot Down” | El Confidencial

    «Es un fan­tas­ma, una voz sin ros­tro. De to­das las per­so­nas con in­fluen­cia cul­tu­ral en es­te país, Mar de Marchis, fun­da­do­ra y edi­to­ra de la re­vis­ta “Jot Down”, es de lar­go la me­nos co­no­ci­da. Su nom­bre no fi­gu­ra en nin­gún re­gis­tro ni exis­te ras­tro do­cu­men­tal de una de las per­so­nas fuer­tes en el pa­no­ra­ma edi­to­rial. Ni si­quie­ra sus más es­tre­chos co­la­bo­ra­do­res, aque­llos que lle­van seis años tra­ba­jan­do con ella a dia­rio edi­tan­do la re­vis­ta, son ca­pa­ces de iden­ti­fi­car­la en una fo­to­gra­fía. La es­cu­chan día a día, pe­ro nun­ca se han sen­ta­do fren­te a frente».

  • Colores prohibidos (XIII+XIV) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores prohibidos (XIII+XIV) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Aunque nos sal­ta­mos una se­ma­na, eso no im­pi­de que Colores prohi­bi­dos. Se pue­de ser re­gu­lar en la irre­gu­la­ri­dad. Se pue­de ha­cer de la re­gu­la­ri­dad una for­ma de vol­ver, aun­que no sea siem­pre exac­ta­men­te a tiempo.

    Siguiendo la es­te­la de la an­te­rior en­tre­ga, te­ne­mos bas­tan­tes más li­bros que pe­lí­cu­las. Lo cual si­gue cho­can­do. Además de un buen pu­ña­do de pe­lí­cu­las ja­po­ne­sas ele­gi­das pa­ra que las vean prin­ce­sas de do­ce años, te­ne­mos tam­bién un pu­ña­do de crí­ti­cas de ci­ne de pe­lí­cu­las que han de­ja­do mu­cho de de­sear. En li­te­ra­tu­ra te­ne­mos de to­do: des­de un en­tu­sias­mo (es­pe­ro) con­ta­gio­so por li­bros alu­ci­nan­tes y so­no­ros bos­te­zos por otros que, si bien pro­me­tían, han aca­ba­do sien­do un ab­so­lu­to fias­co. Porque al fi­nal se­rá ver­dad lo que di­cen al­gu­nos es­cri­to­res. Que hoy en día, quie­nes me­jor es­cri­ben, son los ar­tis­tas, no los es­cri­to­res. Pero sea eso cier­to o no, aún nos que­da bas­tan­te mú­si­ca, una se­lec­ción de tex­tos aje­nos y co­mo de cos­tum­bre, la lis­ta de Spotify, Banzai! Banzai! Banzai!, que si­gue cre­cien­do te­ma­zo a temazo. 

    Y an­tes de aca­bar, un pe­que­ño anun­cio. La edi­to­rial Shangri-la aca­ba de pu­bli­car el li­bro teó­ri­co so­bre ci­ne por­no­grá­fi­co Porno. Ven y mi­ra don­de ten­go el ho­nor de par­ti­ci­par con un tex­to lla­ma­do Ero-Monogatari. La evo­lu­ción de la re­pre­sen­ta­ción por­no­grá­fi­ca en la so­cie­dad ja­po­ne­sa. Para quien ten­ga in­te­rés, el li­bro se pue­de com­pren­der en la web de la edi­to­rial o en su li­bre­ría fa­vo­ri­ta. Dicho eso, con­clui­mos Colores prohi­bi­dos. Hoy, tal vez, un po­co más prohi­bi­dos que de costumbre.

    Lo que hago

    Películas japonesas que le gustarán a una niña de 12 años | Cinemanía

    Algunos ni­ños dis­fru­tan con el ci­ne de Akira Kurosawa. Y en­tre esos, al­gu­nos ni si­quie­ra son de la reale­za. Con to­do, es com­pren­si­ble que mu­cha gen­te no se crea las afi­cio­nes de la prin­ce­sa Leonor. A fin de cuen­tas, el ci­ne ja­po­nés se nos ha ven­di­do siem­pre co­mo al­go len­to, fi­lo­só­fi­co y ex­tra­ño. Algo muy ale­ja­do del ima­gi­na­rio in­fan­til de aven­tu­ras, fan­ta­sía y co­lor. Pero eso es una tre­men­da men­ti­ra. En el ci­ne de Kurosawa, co­mo en el res­to del ci­ne ja­po­nés, ca­be to­do. Tanto adul­tos co­mo ni­ños, de lo más ma­du­ro a lo más in­fan­til. Para de­mos­trar­lo, he­mos ele­gi­do un pu­ña­do de pe­lí­cu­las ja­po­ne­sas que po­drá dis­fru­tar cual­quier pre­ado­les­cen­te, in­clu­so si ca­re­ce de tí­tu­lo no­bi­lia­rio. O si sus pa­dres no le obli­gan a ver Dersu Uzala.

    [Crítica] ‘Cuando los dioses bajaron a Varsovia y alrededores’ – Pynchon no habla polaco | Canino

    En el ám­bi­to li­te­ra­rio se sue­le con­fun­dir el pos­mo­der­nis­mo con ha­ber leí­do a Thomas Pynchon. Con sen­tir­se pró­xi­mo ha­cia al­gu­nos de sus tro­pos. Y es na­tu­ral. No só­lo por­que sea un gran es­cri­tor o por­que su som­bra sea alar­ga­da, sino por­que sin­te­ti­za a la per­fec­ción cier­to es­pí­ri­tu de la épo­ca. Pero ya que vi­vi­mos ba­jo el pa­ter­na­lis­ta co­lo­nia­lis­mo an­glo­sa­jón, eso es co­mo de­cir que sin­te­ti­za el es­pí­ri­tu nor­te­ame­ri­cano. Aquello que le es pro­pio a la cul­tu­ra pop es­ta­dou­ni­den­se, no ne­ce­sa­ria­men­te a él. 

    En otras pa­la­bras, de Thomas Pynchon lo que se sue­le to­mar es la iro­nía. Esa mis­ma que com­par­te con Los Simpson.

    E3 2017 (o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar el cinismo) | Canino

    Malas no­ti­cias: el for­ma­to del E3 se ago­ta. Ya no ha­ce gra­cia. Tras el enési­mo en­cor­ba­ta­do ven­dién­do­te su mier­da co­mo quien ven­de cre­ce­pe­lo de pue­blo en pue­blo y con el pú­bli­co aplau­dien­do a la na­da li­te­ral, uno se ago­ta. Empieza a sen­tir co­mo si le es­tu­vie­ran to­man­do el pe­lo. Y tal vez por eso las com­pa­ñías, len­ta­men­te, han ido cam­bian­do el for­ma­to con el que tra­ba­jan. Pasar de la clá­si­ca con­fe­ren­cia con de­sa­rro­lla­do­res dan­do da­tos y, en el me­jor de los ca­sos, bo­rra­chos de ma­sas ‑o en el ca­so de la Konami de 2010, tal vez só­lo borrachos‑, ha­cia otras for­mas más dinámicas.

    Mes Mini, de AnaitGames | Goodreads

    De vi­deo­jue­gos se es­cri­be mu­cho, pe­ro po­cas ve­ces bien. Siendo un me­dio jo­ven, con los clá­si­cos sien­do al­go que bien se pue­de ha­ber co­no­ci­do en el mo­men­to de su re­cep­ción, sa­ber a qué o có­mo afe­rrar­se es di­fí­cil. Si es que no di­rec­ta­men­te im­po­si­ble. Por eso re­sul­ta tan es­ti­mu­lan­te y va­lien­te cuan­do al­guien en­cuen­tra el mo­do de es­cri­bir de vi­deo­jue­gos: por­que es una ano­ma­lía den­tro de la ra­ma más me­dio­cre del periodismo. 

    AnaitGames es uno de esos po­cos si­tios don­de se es­cri­be bien. Con es­ti­lo. Con sa­pien­cia. Sin ol­vi­dar la ne­ce­si­dad de edu­car y en­tre­te­ner al lec­tor. Algo ex­cep­cio­nal no só­lo en la pren­sa de los vi­deo­jue­gos. Y en Mes Mini, li­bro que re­co­pi­la las trein­ta re­se­ñas de los trein­ta jue­gos que com­pu­sie­ron la sa­li­da de la NES Mini, po­de­mos ver has­ta qué pun­to es cier­to. Hasta qué pun­to su en­ten­di­mien­to y com­pren­sión de los jue­gos clá­si­cos de 8Bits les sir­ve pa­ra pen­sar los vi­deo­jue­gos, lo re­tro, la cul­tu­ra e, in­clu­so, pa­ra la escritura. 

    De qué hablo cuando hablo de escribir, de Haruki Murakami | Goodreads

    Haruki Murakami es co­mo un an­ciano. Si al­go dis­fru­ta es te­ner una vi­da plá­ci­da, bien or­de­na­da, don­de to­do trans­cu­rra con la mo­no­to­nía pro­pia de los días, sin so­bre­sal­tos que no pue­de ges­tio­nar bien. Y de vez en cuan­do, en­con­trar­se con sus nie­tos. O, en ge­ne­ral, con gen­te más jo­ven. ¿Para qué? Para po­der con­ver­sar. No pa­ra de­cir­les có­mo de­ben vi­vir la vi­da, sino pa­ra con­tar­les él la su­ya. Ya que él vi­ve ya más en el pa­sa­do que en el pre­sen­te, y ellos aún vi­ven más ca­ra al fu­tu­ro que en el aho­ra, en­cuen­tran am­bos un lu­gar don­de en­con­trar­se: en ese es­pa­cio que pa­re­ce, de al­gún mo­do, des­co­nec­ta­do de lo que am­bos la­dos carecen.

    Por qué nos gustan las mujeres, de Mircea Cărtărescu | Goodreads

    En de­ter­mi­na­do mo­men­to de Por qué nos gus­tan las mu­je­res su au­tor, Mircea Cărtărescu, re­tra­ta con pe­que­ñas es­tam­pas lo que di­ce el pro­pio tí­tu­lo. Por qué nos gus­tan las mu­je­res (a las hom­bres). Pero tras mu­cha ido­la­tría y re­cuer­dos, lle­ga un mo­men­to que ci­ta, ex­ta­sia­do, al bueno de Salinger. La ci­ta di­ce así: 

    «Aquí, so­bre la mar­cha, só­lo re­cuer­do a tres mu­cha­chas que me ha­yan im­pre­sio­na­do, la pri­me­ra vez que las vi, por su be­lle­za in­des­crip­ti­ble. Una de ellas era una chi­ca es­bel­ta, con un tra­je de ba­ño ne­gro, que ha­cía gran­des es­fuer­zos por abrir una som­bri­lla de co­lor na­ran­ja en la pla­ya de Jones, ha­cia 1936. A la se­gun­da la en­con­tré allá por el año 1939, en un cru­ce­ro por el Caribe, en el mo­men­to de ti­rar­le un en­cen­de­dor a una mar­so­pa. La ter­ce­ra era la ami­ga del je­fe, Mary Hudson.»

    Al aca­bar su pro­pio re­la­to, Cărtărescu re­co­no­ce que no ha po­di­do ha­cer en sie­te pá­gi­nas —aun­que, se­gún él, ha­ya si­do só­lo una— lo que ha­ce Salinger en tres pa­la­bras —aun­que, pa­ra ser jus­tos, en el me­jor de los ca­sos el mí­ni­mo son diez. Y no lo con­si­gue no por la ex­ten­sión, sino por su for­ma de mirar. 

    Manga in Theory and Practice: The Craft of Creating Manga, de Hirohiko Araki | Letterboxd

    Hirohiko Araki es un gran maes­tro del man­ga. Con su ex­tra­va­gan­te JoJo’s Bizarre Adventure no só­lo ha con­se­gui­do fu­sio­nar el ca­non clá­si­co grie­go con la es­té­ti­ca man­ga, el hiper-dinamismo y las his­to­rias cuasi-mitológicas ra­yano la pa­ro­dia his­té­ri­ca, sino tam­bién al­go mu­cho más di­fí­cil: un es­ti­lo pro­pio ca­paz de en­can­di­lar al público.

    Manga in Theory and Practice es Araki abrién­do­nos su ca­be­za y en­se­ñán­do­nos to­dos sus se­cre­tos. Como él mis­mo se­ña­la, una idea tan ma­la co­mo la del ma­go ex­pli­can­do sus trucos.

    The Belko Experiment, de Greg McLean | Letterboxd

    Violencia al on­ce. Crítica so­cio­po­lí­ti­ca de los chi­nos. Victoria de los bue­nos. Amarga, pe­ro vic­to­ria. Con un fi­nal su­fi­cien­te­men­te abier­to co­mo pa­ra in­si­nuar una se­gun­da par­te, si es que la pri­me­ra fun­cio­na co­mo pa­ra con­ti­nuar la sa­ga. Esas son las cla­ves de cual­quier pe­lí­cu­la de te­rror de es­tu­dio. Hacer al­go di­rec­to, sen­ci­llo y di­ge­ri­ble que se pue­da ven­der tan­to al ado­les­cen­te que só­lo quie­re un re­vul­si­vo po­ten­te co­mo al crí­ti­co que quie­re ha­cer lec­tu­ras más pro­fun­das de sus ob­je­tos de con­su­mo. Y eso es lo que nos ofre­ce Greg McLean.

    Shimmer Lake, de Oren Uziel | Letterboxd

    Sólo hay dos ra­zo­nes pa­ra se­guir una es­truc­tu­ra na­rra­ti­va no-lineal: o que no se en­tien­da de for­ma li­neal o que el te­ma o el sub­tex­to de la his­to­ria re­quie­re que no sea li­neal. Cualquier otra ra­zón es es­pu­ria. Hacer una his­to­ria no-lineal por­que mo­la más o, dios nos li­bre, pa­ra ocul­tar lo ab­so­lu­ta­men­te en­de­ble del guión, es un de­li­to con­tra la na­rra­ti­va. Y esos de­li­tos no se pa­gan ni con cár­cel ni con la muer­te, pe­ro sí se co­bran con el peor cas­ti­go po­si­ble pa­ra un ar­tis­ta. Con el ostracismo. 

    Power Rangers, de Dean Israelite | Letterboxd

    A los Power Rangers só­lo les pi­do una co­sa: el po­der de la amis­tad, mons­truos gi­gan­tes y hos­tias co­mo pa­nes. Si en el pro­ce­so in­clu­yen per­so­na­jes me­mo­ra­bles, al­gu­nos bue­nos pun­tos de co­me­dia y un dra­ma de ba­ja in­ten­si­dad que no mo­les­te de­ma­sia­do, en­ton­ces ya me doy con un can­to en los dien­tes. Literalmente. Podría re­ven­tar­me los dien­tes con un can­to ro­da­do si los ame­ri­ca­nos, ade­más de sa­blear des­ca­ra­da­men­te el con­te­ni­do de Super Sentai, se mo­les­ta­ran, de una pu­ñe­te­ra vez, en es­tu­diar por­qué fun­cio­na de un mo­do tan per­fec­to la poé­ti­ca del to­ku­satsu.

    Leon – Bird World (2017) | Studio Suicide

    La mú­si­ca de vi­deo­jue­go nun­ca pa­sa de mo­da. Aunque sur­gió co­mo una mo­da en apa­rien­cia efí­me­ra, el chip­tu­ne pa­re­ce ser tan eterno co­mo las to­na­di­llas que imi­tan: aque­llo que era una li­mi­ta­ción por pu­ra ne­ce­si­dad co­yun­tu­ral, se ha con­ver­ti­do en una for­ma es­té­ti­ca. Y al igual que el pi­xel art va co­bran­do ca­da vez más fuer­za, el chip­tu­ne va acom­pa­ñán­do­lo en paralelo.

    Pero hay ahí un pro­ble­ma. Que lo in­tere­san­te de los vi­deo­jue­gos de los 80’s y 90’s no eran sus li­mi­ta­cio­nes. Era có­mo las apro­ve­cha­ban. A fin de cuen­tas, ¿qué mú­si­co, de ha­ber te­ni­do la po­si­bi­li­dad, no hu­bie­ra uti­li­za­do ma­yo­res re­cur­sos que de los que disponía? 

    Taxidermias concretas vol. VI | Studio Suicide

    Llegó la ho­ra. Tras un buen pu­ña­do de EP’s Cigarettes After Sex le­van­tan la lie­bre. Y su dis­co ho­mó­ni­mo es co­mo sus ade­lan­tos: sua­ve, nar­có­ti­co, ele­gan­te. Ese post-punk re­vi­val tan ape­ga­do a la épo­ca co­mo al sa­bor de la ni­co­ti­na en la gar­gan­ta. A la sa­li­va en la bo­ca. Al se­xo don­de sea que lo ha­ya ha­bi­do. A nos­tal­gia. A al­go co­no­ci­do. Y co­mo tal en­tra bien. Como te­lón de fon­do; co­mo de­co­ra­do de otras ac­cio­nes. Porque eso son Cigarettes After Sex un te­lón de fon­do. Algo que em­pie­za y se ago­ta en ca­da escucha.

    Ryan Adams — 1989 (2015) | Studio Suicide

    El pop in­dus­trial ame­ri­cano es una per­fec­ta pie­za de di­se­ño. Literalmente. Hacen fal­ta dos do­ce­nas de le­tris­tas, com­po­si­to­res y téc­ni­cos de so­ni­dos pa­ra con­se­guir que ca­da can­ción sue­ne exac­ta­men­te co­mo de­be so­nar. Y si bien eso de­ja po­co o nin­gún si­tio pa­ra la per­so­na­li­dad, el al­ma o cual­quier for­ma de ar­te, no es eso pa­ra lo que sir­ve el pop. El pop (in­dus­trial) atien­de a con­di­cio­nes co­mer­cia­les. Al al­go­rit­mo del gus­to me­dio. Y o se cum­ple o no tie­ne propósito. 

    Taxidermias concretas vol. VII | Studio Suicide

    No ha­ce fal­ta ser un ge­nio pa­ra ser un buen ar­tis­ta. Sólo ha­ce fal­ta ha­cer al­go di­fe­ren­te. Cumplir unos mí­ni­mos ge­ne­ra­les, en­con­trar un as­pec­to par­ti­cu­lar en lo cual po­de­mos mar­car la di­fe­ren­cia y ex­plo­tar­lo. Even the songs in the de­part­ment sto­re, can ma­ke me happy the­se days. es un sin­gle bas­tan­te di­rec­to: ni la ins­tru­men­ta­ción des­ta­ca ni sus co­ros son na­da nue­vo ni la fu­sión de hard­co­re con in­die rock de prin­ci­pios del si­glo es na­da nue­vo. ¿Por qué ha­bría que es­cu­char­lo en­ton­ces? Porque ha­ce to­do eso bien. Y ade­más de ha­cer­lo bien, aña­de un plus: su can­tan­te, can­tan­do a to­da ve­lo­ci­dad, ha­cien­do que sue­ne co­mo al­go to­tal­men­te nue­vo. Como si el hard­co­re siem­pre hu­bie­ra ne­ce­si­ta­do eso: ace­le­rar to­da­vía un po­co más.

    Y lo que se está haciendo

    Estudiar hasta la muerte en Corea del Sur | El Mundo

    «Los Hagwons y ca­fés li­bre­ría son una de las imá­ge­nes re­cu­rren­tes en torno a la em­ble­má­ti­ca es­ta­ción de me­tro de Gangnam, que da nom­bre al ba­rrio de Seúl que po­pu­la­ri­zó el can­tan­te Psy. Los se­gun­dos po­drían ser la ver­sión muy edul­co­ra­da de los Hagwons y, por tan­to, ap­tos tan só­lo pa­ra los me­nos pro­cli­ves a las sin­gu­la­res nor­ma­ti­vas de esos cen­tros de es­tu­dio pri­va­dos. Además, sus pro­pios pro­mo­to­res ‑mu­chos de ellos, com­pa­ñías edi­to­ras que has­ta aho­ra te­nían es­ca­sa re­la­ción con el mun­do de la hostelería- re­co­no­cen que no sue­len ser ne­go­cios que re­por­ten gran­des in­gre­sos y que sim­ple­men­te lo ha­cen pa­ra apro­ve­char la pre­sen­cia de es­tu­dian­tes y pu­bli­ci­tar sus li­bros. Los más so­fis­ti­ca­dos, ade­más de ofre­cer el me­jor ca­fé, per­mi­ten tam­bién al­qui­lar or­de­na­do­res por­tá­ti­les y has­ta proyectores.

    Los Hagwons son una ins­ti­tu­ción apar­te. Las pro­pias au­to­ri­da­des ca­pi­ta­li­nas tu­vie­ron que es­ta­ble­cer ha­ce años una suer­te de to­que de que­da pa­ra po­ner freno a su de­sem­pe­ño, que les po­día lle­var a per­ma­ne­cer abier­tos has­ta la 1 de la mañana».

    Antoine d’Agata: el infierno soy yo | El País

    «Cuando al­guien se au­to­rre­tra­ta con la te­rri­ble fra­se “Mi úni­co in­fierno soy yo, mi úni­ca sa­li­da es el otro”, el tono de la con­ver­sa­ción es­tá cla­ro des­de el ini­cio. No hay tram­pas po­si­bles con Antoine d’Agata (Marsella, 1961), que pa­ra co­rro­bo­rar con ges­tos lo di­cho en pa­la­bras se re­ti­ra la man­ga de la ca­mi­sa y en­se­ña las ve­nas. D’Agata no so­lo es una gran es­tre­lla de la agen­cia Magnum y un ar­tis­ta y un ser hu­mano sen­si­ble y frá­gil has­ta más allá de lo ra­zo­na­ble. También es un yon­qui de la fo­to­gra­fía. No so­lo de la fo­to­gra­fía. También de lo que pa­ra él, se­gún su pro­fe­sión de fe, con­lle­va ir por el mun­do ha­cien­do fo­tos: “Compromiso, in­vo­lu­cra­ción, in­cons­cien­cia, deseo”».

    The Thin Line Between Reality and Fantasy in Ugetsu | The Criterion Collection

    «Kenji Mizoguchi was th­ree de­ca­des in­to his ca­reer when he had his in­ter­na­tio­nal breakth­rough with 1952’s The Life of Oharu, a de­vas­ta­ting dra­ma about the plight of wo­men in feu­dal Japan that he­ral­ded an ex­tra­or­di­nary run of mas­ter­pie­ces for the film­ma­ker las­ting un­til his un­ti­mely death in 1956. None of the­se was mo­re mo­men­to­us than 1953’s Ugetsu, a sixteenth-century ghost story ren­de­red in Mizoguchi’s sig­na­tu­re sty­le of long ta­kes and flo­wing ca­me­ra work. Drawing on dis­pa­ra­te li­te­rary sour­ces — two short sto­ries by eighteenth-century Japanese wri­ter Akinari Ueda and one by French mas­ter Guy de Maupassant — the di­rec­tor fashio­ned an ex­qui­si­te ex­plo­ra­tion of fe­ma­le sa­cri­fi­ce and ma­le va­nity out of the ta­le of two couples sun­de­red du­ring war­ti­me, the men’s foo­lish pur­suits of worldly glory in­du­cing them to aban­don their wi­ves, and ul­ti­ma­tely lea­ving them stran­ded in stran­ge and su­per­na­tu­ral realms. In this ex­cerpt from a sup­ple­ment on our edi­tion of the film, which we re­lea­sed in a Blu-ray up­gra­de this week, Japanese New Wave film­ma­ker Masahiro Shinoda (Double Suicide) dis­cus­ses how Mizoguchi seam­lessly wea­ves to­gether na­rra­ti­ve mo­des, in­ter­la­cing harsh rea­lism and spell­bin­ding fan­tasy to heigh­ten the tale’s tra­gedy and mystery».

  • Colores prohibidos (XII) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores prohibidos (XII) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Otra se­ma­na más. Otra oca­sión pa­ra los Colores prohi­bi­dos.

    Esta vez cam­bian las tor­nas. Tenemos bas­tan­tes li­bros, ha­bla­mos mu­cho de la di­fe­ren­cia en la re­pre­sen­ta­ción en­tre lo es­cri­to y lo ob­ser­va­do, to­do cor­te­sía de Otsuichi y John Berger. Además, tam­bién te­ne­mos si­tio pa­ra los clá­si­cos, por­que Cumbres bo­rras­co­sas no en­ve­je­cen nun­ca. En te­ma ci­ne va­mos más es­ca­sos, pe­ro to­da­vía te­ne­mos de qué ha­blar: es­pe­cial­men­te de Raw, de la cual te­ne­mos un ar­tícu­lo en es­ta mis­ma san­ta ca­sa que mar­ca (¡por fin!) el re­torno a la pro­duc­ción de con­te­ni­do pro­pio. Para re­ma­tar, en lo mu­si­cal, vol­ve­mos al siem­pre im­pres­cin­di­ble Nick Cave y echa­mos un vis­ta­zo a lo úl­ti­mo de Omar Rodríguez-López. O lo que era lo úl­ti­mo la se­ma­na pa­sa­da, ya que su rit­mo de pu­bli­ca­ción du­ran­te el 2017 re­sul­ta im­po­si­ble de se­guir. Entre las co­sas que se es­tán ha­cien­do, sen­ci­llo: al­go po­lí­ti­ca, bas­tan­te videojuegos.

    Nada más, na­da me­nos. Que no es po­co. No cuan­do vuel­ve The Sky Was Pink con un ar­tícu­lo lar­go, ade­más de es­tos re­po­si­to­rios. Pero no si­ga­mos de­mo­rán­do­nos. Ya lo he­mos he­cho lo su­fi­cien­te. Sólo re­cor­dar que la lis­ta de Spotify, Banzai! Banzai! Banzai! si­gue cre­cien­do. Poco a po­co. Siempre ha­cia ade­lan­te. Como Colores prohi­bi­dos.

    Lo que hago

    Goth, de Otsuichi | Goodreads

    En el gé­ne­ro del sus­pen­se hay cier­tas cla­ves ab­so­lu­tas. Inviolables. Rasgos que no pue­den es­qui­var­se si se de­sea que la obra si­ga cir­cuns­cri­ta en el gé­ne­ro. Debe ha­ber al­gu­na cla­se de mis­te­rio, es ne­ce­sa­rio po­der con­je­tu­rar qué o quién es el cul­pa­ble del mis­mo y la re­ve­la­ción de­be ser sor­pren­den­te, pe­ro to­da­vía asen­ta­da so­bre la in­for­ma­ción que se nos ha ido do­si­fi­can­do a lo lar­go de la historia.

    O lo que es lo mis­mo, en el sus­pen­se se ha­ce a gri­tos lo que en cual­quier otra ex­pre­sión na­rra­ti­va se ha­ce en­tre susurros.

    Goth, de Otsuichi y Kendi Oiwa | Goodreads

    No es ver­dad que una ima­gen val­ga más que mil pa­la­bras. Depende de qué ima­gen. De qué pa­la­bras. Existen imá­ge­nes equí­vo­cas, imá­ge­nes ma­lin­ten­cio­na­das e, in­clu­so, imá­ge­nes fal­sas. En ese ca­so, cual­quier pa­la­bra sin­ce­ra, por im­pre­ci­sa que sea, re­sul­ta más efec­ti­va. Pero in­clu­so así, la pro­ble­má­ti­ca no re­si­de en cuál de am­bos pro­ce­sos es más vá­li­do pa­ra trans­mi­tir lo real. Ambos lo son. El pro­ble­ma re­si­de en qué me­dio es más efec­ti­vo trans­mi­tir un de­ter­mi­na­do men­sa­je: si el de las imá­ge­nes o el de las palabras.

    Cuando las pa­la­bras de­ben con­ver­tir­se en imá­ge­nes, ocu­rre Goth. Porque el di­bu­jo y la com­po­si­ción de Kenji Oiwa in­ten­ta ha­cer­nos vi­vir la mis­ma ex­pe­rien­cia que las pa­la­bras de Otsuichi en la no­ve­la que adapta. 

    Cumbres borrascosas, de Emily Brönte | Goodreads

    Hay quien de­fien­de que la li­te­ra­tu­ra de­be te­ner una la­bor mo­ral. Que de­be edu­car en va­lo­res po­si­ti­vos a quien la lee. Pero a di­fe­ren­cia de lo que creen esos cu­ras de púl­pi­to, li­bro u hoz y mar­ti­llo, la li­te­ra­tu­ra só­lo tie­ne obli­ga­cio­nes es­té­ti­cas. Su fi­na­li­dad, aque­llo que trans­mi­te, de­be que­dar só­lo en­tre el li­bro y el lec­tor. Y si se ter­cia, que no siem­pre, con el au­tor mediando.

    Cumbres bo­rras­co­sas es un li­bro so­bre el amor. Específicamente, so­bre có­mo el amor lo pue­de todo. 

    Ways of Seeing, de John Berger | Goodreads

    Algo que sa­be cual­quier ar­tis­ta es que la mi­ra­da de­be ser edu­ca­da. Que to­dos ve­mos, pe­ro no to­dos sa­be­mos mirar. 

    Esto pue­de so­nar ra­ro, pe­ro pen­se­mos un mo­men­to. ¿Son el mo­ra­do y el vio­le­ta el mis­mo co­lor? Para mu­chas per­so­nas, la res­pues­ta es ob­via: no. Pero pa­ra otros mu­chos, esa res­pues­ta no es tan ob­via. Y si po­ne­mos una mues­tra de am­bos co­lo­res, no po­ca gen­te se con­fun­di­ría o no sa­bría de­cir qué co­lor es ca­da cual. Y se­ría nor­mal. Porque no­so­tros ve­mos de for­ma pre-lingüística, pe­ro ob­ser­va­mos con el len­gua­je. Si per­ci­bi­mos el mo­ra­do y el vio­le­ta (y el li­la y el ma­gen­ta y el bur­deos) co­mo co­lo­res di­fe­ren­tes, no co­mo me­ras gra­da­cio­nes del mis­mo co­lor, es por­que sa­be­mos co­mo mi­rar a los co­lo­res. Cómo diferenciarlos.

    Raw, de Julia Ducournau | Letterboxd

    Para vi­vir en so­cie­dad se nos exi­ge ser nor­ma­les. Mediocres. En la me­dia. Esforzarnos lo su­fi­cien­te pa­ra dar la sen­sa­ción de ha­ber­lo da­do to­do, pe­ro no lo su­fi­cien­te co­mo pa­ra que cam­bie al­go en no­so­tros o en nues­tro en­torno. Porque ser nor­mal sig­ni­fi­ca anu­lar la di­fe­ren­cia. Borrar to­do lo que no es­té so­cial­men­te san­cio­na­do. Y si pa­ra eso es ne­ce­sa­rio au­to­mu­ti­lar nues­tra iden­ti­dad, que así sea.

    A Cure for Wellness, de Gore Verbinski | Letterboxd

    En el ci­ne el va­lor de una obra no es la me­ra su­ma de sus par­tes. Puedes te­ner una fan­tás­ti­ca fo­to­gra­fía, una in­tere­san­te ban­da so­no­ra, un guión só­li­do y una bue­na di­rec­ción y que el re­sul­ta­do sea una pe­lí­cu­la so­po­rí­fe­ra in­ca­paz de fas­ci­nar a na­die que no ven­ga ya de ca­sa con la sa­lu­da­ble in­ten­ción de ena­mo­rar­se. Porque en el ci­ne, co­mo en el ar­te o en la co­ci­na, lo im­por­tan­te es la mez­cla. Cómo con­flu­yen los ele­men­tos. Y en A Cure for Wellness ca­da cual aca­ba yen­do a su aire. 

    Siguiendo la his­to­ria de una ex­tra­ña clí­ni­ca que ejer­ce co­mo re­ti­ro es­pi­ri­tual pa­ra los pri­vi­le­gia­dos, su con­flic­to re­sul­ta tan ri­dí­cu­la­men­te en­de­ble (el pro­ta­go­nis­ta se ve obli­ga­do a ir a la clí­ni­ca en bus­ca del CEO de la em­pre­sa en la que tra­ba­ja) que la pe­lí­cu­la se aca­ba sos­te­nien­do so­bre el úni­co ele­men­to in­dis­cu­ti­ble de la pe­lí­cu­la: su ca­pa­ci­dad pa­ra evo­car un am­bien­te de pe­sa­di­lla per­fec­ta­men­te asép­ti­co, frío y distante. 

    Colossal, de Nacho Vigalondo | Letterboxd

    Nacho Vigalondo es la eter­na pro­me­sa. Cada nue­va pe­lí­cu­la su­ya ro­za la ge­nia­li­dad, pe­ro nun­ca lo­gra al­can­zar­la. Nos ha­ce pen­sar siem­pre la pró­xi­ma se­rá la bue­na, pe­ro cuan­do lle­ga la pró­xi­ma, va­mos al ci­ne ilu­sio­na­dos y, una vez más, nos va­mos a ca­sa con la sen­sa­ción agri­dul­ce de que se­rá la siguiente.

    A Colossal es im­po­si­ble en­trar sin ex­pec­ta­ti­vas. Siendo la ver­sión del kai­ju ei­ga de un di­rec­tor tan per­so­nal, es im­po­si­ble que no sea interesante.

    Nick Cave & The Bad Seeds – Skeleton Tree (2016) | Studio Suicide

    A Nick Cave el tono ele­gia­co se le da por sen­ta­do. Sus ob­se­sio­nes, siem­pre en­tre dios y la mu­gre, co­mo si só­lo fue­ra po­si­ble en­con­trar un ac­to de fe ver­da­de­ra o un mi­la­gro real­men­te va­lio­so cuan­do se mi­ra ha­cia los me­nos afor­tu­na­dos, ha­cen im­po­si­ble que pue­da ir más allá de la nau­sea co­mo con­ven­ción poé­ti­ca. Como te­ma. O si se pre­fie­re, co­mo pe­ga­men­to: aque­llo que man­tie­ne uni­dos to­dos sus in­tere­ses es la pa­sión con los que los ob­ser­va des­de el pun­to de vis­ta de los ca­lle­jo­nes más oscuros. 

    Taxidermias concretas vol. V | Studio Suicide

    A Omar Rodríguez-López no le asus­ta na­da. Ningún gé­ne­ro. Ninguna ins­tru­men­ta­ción. Todo es ap­to pa­ra sus ideas. Y si en Birth Of A Ghost de­be co­que­tear con las or­ques­tas y con la mú­si­ca asiá­ti­ca, es­pe­cial­men­te la ét­ni­ca chi­na, y ha­cer lo más pa­re­ci­do a una ope­ra de la di­nas­tía Ming en pleno si­glo XXI, o la ban­da so­no­ra de un J‑RPG clá­si­co, que así sea. Porque por el ca­mino, nos da­rá una pe­que­ña jo­ya que nos ha­rá re­cor­dar, una vez más, que llo­ra­mos po­co a The Mars Volta. Incluso si hay océa­nos en­te­ros de sus lágrimas.

    Be normal. Raw, antropofagia y el terror de la palabra «normal» | The Sky Was Pink

    Toda so­cie­dad tie­ne su pro­pia con­cep­ción de lo nor­mal. En la nues­tra, ser nor­mal sig­ni­fi­ca ser me­dio­cre. En la me­dia. Esforzarse lo su­fi­cien­te pa­ra dar la sen­sa­ción de ha­ber­lo da­do to­do, pe­ro no lo su­fi­cien­te co­mo pa­ra que cam­bie al­go en no­so­tros o en nues­tro en­torno. Bajo esa dis­tor­sión si­nies­tra del jus­to me­dio aris­to­té­li­co, ser nor­mal sig­ni­fi­ca anu­lar la di­fe­ren­cia. Borrar to­do lo que no es­té so­cial­men­te san­cio­na­do. Y si pa­ra eso es ne­ce­sa­rio re­cu­rrir a la mu­ti­la­ción, de­jan­do par­te de nues­tra iden­ti­dad por el ca­mino, que así sea.

    Y lo que se está haciendo

    Mi casero me sube un 40% y tengo que desprenderme de 5.000 libros | El Confidencial

    «Me pre­gun­tan muy en se­rio por qué voy llo­ran­do por los rin­co­nes por te­ner­me que des­pren­der de ca­si 5.000 de mis 15.000 li­bros. Pues ahí van las cin­co ra­zo­nes principales».

    “Disgaea 5 Complete” es el juego más raro (e infinito) de Nintendo Switch | GQ

    «Disgaea es una sa­ga de una com­pa­ñía ja­po­ne­sa muy mo­des­ta (Nippon Ichi se lla­man: “Los Número 1 de Japón”). Es in­des­crip­ti­ble si no se jue­ga o no se ve ju­gar, pe­ro ima­gi­na una es­pe­cie de aje­drez lo­quí­si­mo don­de se cru­zan a la vez las es­té­ti­cas y las pro­pues­tas de un cu­bo de Rubik y de los ani­mes fli­pa­dos. Es co­mo un jue­go de es­tra­te­gia de Son Gokus con­tra Freezers, cam­bian­do “pla­ne­ta Namek” por di­men­sio­nes in­fer­na­les, don­de lo de rom­per un mun­do es más o me­nos al­go que pue­des ha­cer en las 10 pri­me­ras ho­ras de jue­go y que só­lo quie­re glo­ri­fi­car y lle­var al lí­mi­te má­xi­mo los sis­te­mas de com­ba­te de jue­gos co­mo los Final Fantasy. Es un “¿has­ta dón­de po­de­mos lle­gar en los jue­gos con tur­nos y ca­si­llas?”, pe­ro que se­gún ha ido avan­zan­do se ha con­ver­ti­do en “¿has­ta dón­de po­de­mos lle­gar en es­to de te­ner ideas muy ja­po­ne­sas, que na­die en­tien­de muy bien pe­ro que de­jan a to­do el mun­do con la bo­ca abierta?”».

    “Life Is Unfair”: A Q&A With Nier: Automata’s Director | Kotaku

    «Nier: Automata is both a wild ac­tion ga­me and an in­tros­pec­ti­ve look at the things that ma­ke us hu­man. We co­rres­pon­ded with di­rec­tor Yoko Taro via e‑mail to talk about the game’s the­mes, what goes in­to wri­ting me­mo­ra­ble cha­rac­ters, and what he’d li­ke vi­deo ga­me pla­yers to stop doing».

  • Colores prohibidos (XI) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores prohibidos (XI) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Once se­ma­nas des­pués, con­ti­núa Colores prohi­bi­dos. Sin no­ve­da­des de en­ti­dad: só­lo vol­vien­do. Que no es po­co. No por na­da, vol­ver se­ma­na a se­ma­na, cri­bar el con­te­ni­do a com­par­tir e ir to­man­do no­ta de to­do lo que se va pu­bli­can­do de cuan­to es­cri­to es tam­bién un tra­ba­jo en sí mismo.

    ¿Qué te­ne­mos es­ta se­ma­na? Por el la­do del ci­ne te­ne­mos un díp­ti­co so­bre Trainspotting, otro bre­ve co­men­ta­rio so­bre John Wick —por­que, co­mo ya sa­brá cual­quie­ra que lle­ve un tiem­po por aquí, me gus­ta mu­cho John Wick— y, aho­ra que vuel­ve a es­tar de mo­da por el es­treno de su ter­ce­ra tem­po­ra­da, unas pa­la­bras so­bre el epi­so­dio pi­lo­to ori­gi­nal de Twin Peaks. Por el la­do mu­si­cal to­ca ha­blar del ex­ce­len­tí­si­mo 3 de Tricot y en Taxidermias con­cre­tas mez­cla­mos lo di­vino con lo pro­fano, el pop con el noi­se, ha­blan­do de lo úl­ti­mo de Asako Toki a la par que de uno de los in­nu­me­ra­bles dis­cos de Merzbow. Para re­ma­tar, te­ne­mos un en­sa­yo lar­go so­bre la re­la­ción en­tre la ope­ra y el vi­deo­jue­go a la luz de Final Fantasy VI, es­pe­cí­fi­ca­men­te de una de sus es­ce­nas más re­cor­da­das y que­ri­das: la del se­cues­tro en la ópera.

    Además en los ar­tícu­los re­co­men­da­dos, lo que se es­tá ha­cien­do, te­ne­mos post-censura, ar­tis­tas ja­po­ne­ses ins­pi­ra­dos por Goya, ci­ne so­bre ti­ro­teos y cons­pi­ra­cio­nes y al maes­tro Katsuhiro Otomo. No se pue­de de­cir que no ven­ga va­ria­di­to. Con eso, ade­más de re­cor­dan­do que la se­ma­na que vie­ne ha­brá de vol­ver la sec­ción otra vez, aca­ba otra en­tre­ga más de Colores prohi­bi­dos. ¿Acaba? No. Ahora que­da lo me­jor. Disfrutar de to­do lo que he­mos re­co­pi­la­do aquí pa­ra vosotros.

    Lo que hago

    Trainspotting, de Danny Boyle | Letterboxd

    Las pe­lí­cu­las, co­mo las per­so­nas, evo­lu­cio­nan. Aunque el nú­cleo es siem­pre el mis­mo, ya que tie­nen as­pec­tos es­truc­tu­ra­les por los cua­les son re­co­no­ci­bles in­clu­so años des­pués de ha­ber­las co­no­ci­do, sus for­mas sub­si­dia­rias van mu­tan­do. Tomando otras for­mas. De ahí que, las bue­nas pe­lí­cu­las, co­mo las per­so­nas in­tere­san­tes, son aque­llas que, aun sien­do siem­pre re­co­no­ci­bles, nun­ca sa­be­mos có­mo van a ir evo­lu­cio­nan­do con el tiempo.

    En ese sen­ti­do, Trainspotting ha si­do pa­ra mí tres pe­lí­cu­las dis­tin­tas. No es la mis­ma pe­lí­cu­la la que vi de ado­les­cen­te, la que vi de uni­ver­si­ta­rio y la que he vis­to aho­ra. No por­que la pe­lí­cu­la ha­ya cam­bia­do, tam­po­co por­que lo ha­ya he­cho yo; es só­lo que am­bos he­mos evo­lu­cio­na­do: yo he des­cu­bier­to otras fa­ce­tas de mí mis­mo, del ci­ne y del mun­do; ella de­be en­fren­tar­se al he­cho del pa­so del tiem­po, no ser la do­na pri­ma de la no­ve­dad y el mar­ke­ting ne­ce­sa­rio. En otras pa­la­bras, en ca­da en­cuen­tro, nues­tras cir­cuns­tan­cias han si­do di­fe­ren­tes. Y co­mo tal, cuán­to he­mos po­di­do o no que­rer­nos tam­bién ha si­do diferente.

    T2 Trainspotting, de Danny Boyle | Letterboxd

    Elegir la vi­da tam­bién sig­ni­fi­ca te­ner a quién afe­rrar­se. Y sa­ber có­mo hacerlo.

    Aunque Trainspotting aca­ba­ba con Mark Renton hu­yen­do ha­cia nin­gu­na par­te, to­da la pe­lí­cu­la gi­ra­ba al­re­de­dor de la mis­ma idea: so­mos aque­llo que nos ro­dean. Y por ex­ten­sión, no so­mos ni me­jo­res ni peo­res que las in­fluen­cias de las que se­pa­mos, o po­da­mos, apropiarnos.

    John Wick Chapter 2, de Chad Stahelski | Letterboxd

    Esos pe­que­ños de­ta­lles. Ese cua­dro, esa es­ta­tua, ese nom­bre. Ese ges­to su­til, esa ima­gen de fon­do, eso que só­lo se ve por el ra­bi­llo del ojo. Ese dis­fru­tar pau­san­do, ha­cien­do cap­tu­ras de pan­ta­llas, pen­san­do en có­mo han hi­la­do tal sub­tra­ma con el con­flic­to prin­ci­pal pa­ra man­te­ner­te siem­pre den­tro, bien co­gi­do por los hue­vos, pa­ra que no sien­tas que hay ni un só­lo se­gun­do fue­ra de si­tio. Porque to­do lo que es sen­so­rial y apa­bu­llan­te en la pri­me­ra vuel­ta, es lo que se ga­na en la se­gun­da en lo que ya era evi­den­te en la pri­me­ra, pe­ro se vuel­ve acu­cian­te en la se­gun­da: su pul­so per­fec­to, su ne­ce­si­dad de que to­do es­té co­nec­ta­do sin per­mi­tir que ha­ya un só­lo hue­co que de po­si­bi­li­dad de fuga.

    Twin Peaks, de David Lynch | Letterboxd

    A Lynch le han caí­do mu­chas eti­que­tas es­tú­pi­das. Pero la más es­tú­pi­da de to­das, es que su ci­ne no tie­ne sentido.

    Nuestros ce­re­bros son bas­tan­te sim­ples en sus pre­fe­ren­cias. Les gus­tan las re­pe­ti­cio­nes, la cau­sa­li­dad y las his­to­rias. Si una his­to­ria nos re­sul­ta fa­mi­liar, me­jor. Si ade­más es im­pac­tan­te, miel so­bre ho­jue­las. Pero al­go que só­lo ocu­rre una vez o que no tie­ne sen­ti­do al­guno es al­go que nues­tro ce­re­bro no pue­de asi­mi­lar bien. Nuestro ce­re­bro fun­cio­na a ba­se de có­di­gos es­tric­tos. Repetición. Causalidad. Impacto. Esos son los tres ele­men­tos que de­be te­ner to­da bue­na his­to­ria. ¿Repetimos? Eso cau­sa­ría im­pac­to en nues­tros ce­re­bros. Y se­ría una bue­na his­to­ria: apren­der algo.

    De la ópera al videojuego. O cómo Final Fantasy VI nos hace pensar en los límites del medio | Presura

    No po­ca gen­te cree que el me­dio más cer­cano al vi­deo­jue­go es el ci­ne. Ya que com­par­ten no po­cos ras­gos (ima­gen, so­ni­do y mon­ta­je), aun­que di­fie­ran en el más im­por­tan­te (la in­ter­ac­ción), tien­de a ver­se en­tre ellos un ai­re de fa­mi­lia que ha lle­va­do al vi­deo­jue­go a adop­tar cier­tas for­mas pro­pias del ci­ne. Nada ra­ro has­ta aquí. A fin de cuen­tas, imi­tar los usos del ci­ne des­de el vi­deo­jue­go es bas­tan­te sen­ci­llo. El pro­ble­ma es que el ci­ne no es el me­dio al que más se pa­re­cía en ori­gen. Dadas las li­mi­ta­cio­nes téc­ni­cas con las que na­ció, el me­dio al que más se pa­re­cía era la ópera.

    Tricot — 3 (2017) | Studio Suicide

    Aceptemos un axio­ma do­lo­ro­so: ha­cer pop es di­fí­cil. Conseguir que al­go sue­ne me­ló­di­co, que in­ter­pe­le al pú­bli­co y que ade­más no sea exac­ta­men­te igual que to­das las de­más can­cio­nes pop>/i>, es un tra­ba­jo ar­duo. A fin de cuen­tas, ha­bla­mos de al­go cu­ya be­lle­za no pue­de ser in­te­lec­tual, no pue­de ra­di­car en re­co­no­cer lo com­ple­jo de sus es­ca­las o lo in­no­va­dor de su so­ni­do, sino que de­be so­nar, ob­je­ti­va­men­te, bo­ni­to.

    Taxidermias concretas vol. IV | Studio Suicide

    Si en un dis­co jun­tas a Mats Gustafsson, Balázs Pándi y Thurston Moore ese dis­co se con­vier­te, au­to­má­ti­ca­men­te, en al­go a se­guir de cer­ca. Salvo si el per­pre­tra­dor es Merzbow. Entonces, co­mo por ar­te de ma­gia, a na­die le im­por­ta lo que ha­ga. Y si bien Cuts of Guilt, Cuts Deeper es adus­to, ári­do y di­fí­cil, tam­bién es una im­pre­sio­nan­te pie­za de noi­se que fu­sio­na lo me­jor del free jazz con el rui­dis­mo ha­bi­tual del ja­po­nés. No tan re­don­do co­mo An Untroublesome Defencelessness, pe­ro aun así, un pe­que­ño gran tapado.

    Y lo que se está haciendo

    Escenas de la guerra cultural en el extremo centro comercial | CTXT

    «El nú­cleo del li­bro de Soto Ivars, y de to­do el tin­gla­do in­for­ma­ti­vo que se ha mon­ta­do a su ve­ra, es el con­cep­to de “pos­cen­su­ra”: “Un sis­te­ma re­pre­si­vo que no re­quie­re le­yes ni Estado cen­sor, y que im­po­ne sus prohi­bi­cio­nes in­fun­dien­do el mie­do a ser ca­ta­lo­ga­dos co­mo trai­do­res” (“De la pos­ver­dad a la pos­cen­su­ra: ob­se­sio­na­dos con no ofen­der”, El Mundo, 30 de abril de 2017). En nu­me­ro­sos ar­tícu­los y en­tre­vis­tas ha glo­sa­do Soto Ivars ese con­cep­to, aler­tan­do de una pro­li­fe­ra­ción de “lin­cha­mien­tos di­gi­ta­les” que “ame­na­za con en­mu­de­cer­nos a to­dos”: “Ser cri­ti­ca­do, ata­ca­do, in­sul­ta­do, boi­co­tea­do, con­de­na­do, mul­ta­do, pe­na­do, des­pe­di­do de tu em­pleo… Eso su­ce­día an­tes con la cen­su­ra fran­quis­ta, y aho­ra con la pos­cen­su­ra” (La Vanguardia, 11 de ma­yo de 2017). Aunque me­nu­dea con ca­sos de “pos­cen­su­ra” de de­re­chas o con­ser­va­do­ra, es más ge­ne­ro­so en ejem­plos de in­to­le­ran­cia de iz­quier­das, es­to es, “lin­cha­mien­tos” con­tra per­so­nas ca­li­fi­ca­das de ma­chis­tas, ra­cis­tas u ho­mó­fo­bas por par­te de “pa­ji­lle­ros de la indignación”».

    ‘Newtown’ – Política, periodismo y cine sobre el tiroteo que nunca existió | Canino

    «La ma­sa­cre de Newtown ‑el ase­si­na­to de vein­te ni­ños y seis adul­tos en la es­cue­la pri­ma­ria Sandy Hook- es­tá con­si­de­ra­da co­mo la ma­tan­za más san­grien­ta de la his­to­ria ja­más pro­du­ci­da en un cen­tro es­co­lar. Pero pa­ra mu­chos aquel su­ce­so nun­ca tu­vo lu­gar. Lo que acon­te­ció aquel 14 de di­ciem­bre en Newtown no fue otra co­sa que unas de las cons­pi­ra­cio­nes me­jor hi­la­das de la his­to­ria ame­ri­ca­na. Una cons­pi­ra­ción que ha aca­ba­do sal­pi­can­do has­ta al mis­mí­si­mo Donald Trump».

    Las pinceladas barrocas de un japonés que lo dejó todo atrás deslumbrado por Goya y Velázquez | El País

    «En 1974, cuan­do el pin­tor Yasumasa Toshima se fue a vi­vir a Madrid, el bi­lle­te de má­xi­ma de­no­mi­na­ción per­mi­ti­do en España era de mil pe­se­tas. La eco­no­mía ja­po­ne­sa era la nú­me­ro uno y los ja­po­ne­ses dic­ta­ban ten­den­cias mun­dia­les en tec­no­lo­gía, mo­de­los de pro­duc­ción y con­su­mo. El yen era om­ni­po­ten­te y la ma­ne­ra más se­gu­ra de ha­cer­lo ren­dir era in­ver­tir en las eti­que­tas más pres­ti­gio­sas del mo­men­to: Chanel, Mercedes Benz, Manhattan y Picasso».

    Katsuhiro Otomo On Creating “Akira” And Designing The Coolest Bike In All Of Manga And Anime | Forbes

    «For most peo­ple outsi­de of Japan, Akira is pro­bably their first con­tact with the world of man­ga and ani­me. The ori­gi­nal man­ga is an epic work and the mo­vie is ar­guably one of the fi­nest ani­ma­ted films ever ma­de. So it see­med en­ti­rely ne­ces­sary to meet up with the crea­tor Katsuhiro Otomo at his ho­me in Tokyo to dis­cuss all of his work».

  • Colores prohibidos (X) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Colores prohibidos (X) – Resumen semanal (de lo que hago y lo que se está haciendo)

    Ya es­tá aquí. Ya lle­gó. Es la dé­ci­ma se­ma­na de Colores prohi­bi­dos. Y aun­que pa­ra mu­chos eso no se­ría na­da, ape­nas sí un sus­pi­ro, al­go que se les ha­brá pa­sa­do in­clu­so sin dar­se cuen­ta, lle­var só­lo dos me­ses y me­dio ca­si pa­re­ce po­co: en cier­tos mo­men­tos, sien­to co­mo si lle­va­ra to­da la vi­da ha­cien­do es­tos re­sú­me­nes. Como si ya fue­ran par­te cons­ti­tu­ti­va de la ru­ti­na se­ma­nal. O al me­nos, cuan­do na­da im­pi­de sa­lir al aire. 

    ¿Qué trae­mos es­ta se­ma­na? Poco, pe­ro se­lec­to. Hablamos de ani­me cy­ber­punk a cau­sa del es­treno de Blame!, la adap­ta­ción del clá­si­co man­ga de Tsutomu Nihei que ha lle­va­do ade­lan­te Netflix, nos mar­ca­mos una se­sión do­ble con es­pías tan dis­tin­tos co­mo los de U.N.C.L.E. y Anacleto y con­clui­mos nues­tro vi­sio­na­do de Rebuild of Evangelion. También ha­bla­mos de black me­tal y gos­pel y, en las ta­xi­der­mias con­cre­tas, nos cen­tra­mos en los nue­vos sen­ci­llos de Burial y Cruyff in the Bedroom. Eso por un la­do. Por el la­do de lo que ha­go. Y por lo que se es­tá ha­cien­do trae­mos la ce­le­bra­ción del dé­ci­mo ani­ver­sa­rio del de­but del ya men­ta­do Burial por un la­do y un in­tere­san­te tex­to so­bre 3DCG en el ani­me que vie­ne al pe­lo la se­ma­na del es­treno de Blame!. Especialmente con­si­de­ran­do con los pa­los que ya le es­tán ca­yen­do por no ha­ber si­do ani­ma­do de for­ma tradicional.

    Hasta aquí el re­su­men de la se­ma­na. Hasta aquí Colores prohi­bi­dos. El es­pa­cio don­de, an­tes de ir di­rec­ta­men­te al con­te­ni­do, te lo re­su­mi­mos y pe­di­mos dis­cul­pas, por­que siem­pre te­ne­mos al­gún én­fa­sis neu­ró­ti­co del que ha­cer­nos car­go. Por ejem­plo, re­cor­da­ros que la lis­ta de Spotify, Banzai! Banzai! Banzai! si­gue cre­cien­do con no­ve­da­des, ra­re­zas y can­cio­nes que me gus­tan sin más. Eso por no de­cir que, ¿se­ra es­ta se­ma­na en la que ten­dre­mos nue­vo ar­tícu­lo del blog? ¡Quién sa­be si ha­brá tiem­po! Pero só­lo el tiem­po lo di­rá. Y ese tiem­po es la se­ma­na que vie­ne. El do­min­go. En Colores prohi­bi­dos.

    Lo que hago

    10 animes cyberpunk que deberías ver antes de ‘Blame!’ | Cinemania

    El ani­me tie­ne una lar­ga tra­di­ción de obras cy­ber­punk. No por na­da, Japón ya era cy­ber­punk cuan­do William Gibson, Bruce Sterling y Ridley Scott se sa­ca­ron el gé­ne­ro de la man­ga. Por eso, apro­ve­chan­do el es­treno de la adap­ta­ción ani­ma­da de Blame! por par­te de Netflix, he­mos he­cho una lis­ta de los pro­duc­tos de ani­ma­ción ja­po que me­jor ma­ri­dan con la obra de Tsutomu Nihei. Pero co­mo tam­po­co era cues­tión de re­pe­tir ob­vie­da­des, se­ña­lan­do otra vez lo gran­des que son Ghost in the Shell o Akira, he­mos de­ci­di­do ha­cer otro en­fo­que. Buscar otros ani­mes. Algunos añe­jos, otros po­co co­no­ci­dos, otros, sim­ple­men­te más mo­der­nos. Y es­tos son los diez ani­mes que han pa­sa­do nues­tra criba.

    Evangelion: 3.0 You Can (Not) Redo | Letterboxd

    Y es­ta­lló la bomba.

    Tras la an­te­rior pe­lí­cu­la de Rebuild of Evangelion era evi­den­te que es­to no era un me­ro re­ma­ke. Que si bien la se­rie tie­ne su pro­pia iden­ti­dad, las pe­lí­cu­las no iban a ser un me­ro la­va­do de ca­ra. Principalmente, por­que ni si­quie­ra lo necesita. 

    Anacleto, de Javier Ruiz Caldera | Letterboxd

    Anacleto es un te­beo con cier­to en­can­to. Su hu­mor, ju­gan­do con los lí­mi­tes del pro­pio me­dio —plás­ti­co, car­toon, di­bu­ja­do — , me­jo­ra cuan­to más ale­ja­do se man­tie­ne de los in­ten­tos de ser otro pro­duc­to Bruguera más. A fin de cuen­tas, no es Mortadelo y Filemón. Su ma­yor ba­za es­tá en el gag vi­sual y en la tro­pe­lía, no en la sa­cu­di­da cons­tan­te de chis­tes, me­ta­chis­tes y re­fe­ren­cias. Humor que, fue­ra de su me­dio, del có­mic, es prác­ti­ca­men­te irre­pro­du­ci­ble. Salvo, tal vez, pa­ra di­rec­to­res que ten­gan una con­si­de­ra­ción or­gá­ni­ca, plás­ti­ca y no mi­mé­ti­ca del ci­ne. Algo prác­ti­ca­men­te im­po­si­ble de en­con­trar en el mun­do. E in­exis­ten­te en nues­tra in­dus­tria fílmica.

    Es por eso que Anacleto, la pe­lí­cu­la, no es más que una cu­rio­si­dad desaprovechada.

    The Man from U.N.C.L.E., de Guy Ritchie | Letterboxd

    Existen con­di­cio­nes muy es­pe­cí­fi­cas pa­ra que al­go sea pop. Hace fal­ta que sea co­lo­ri­do, ac­ce­si­ble, pe­ro tam­bién que ten­ga per­so­na­li­dad, sea ex­tra­va­gan­te, pe­ro de al­gún mo­do fa­mi­liar, sin de­jar, en to­do mo­men­to, de re­sul­tar cer­cano y, en apa­rien­cia, ágil e inteligente. 

    En otras pa­la­bras, es di­fí­cil crear un buen pro­duc­to pop. 

    Blame!, de Hiroyuki Seshita | Letterboxd

    Blame! es una ra­re­za. Publicado a fi­nal de los 90’s, co­mo man­ga cy­ber­punk es, tal vez, el úni­co que lo­gró ca­rac­te­ri­zar las for­mas más en­fer­mi­zas y fe­bri­les del ci­ne. El im­pac­to vi­sual. El rit­mo opre­si­vo. El va­cío. El cons­tan­te di­ri­gir­se ha­cia la muer­te sin sa­ber có­mo ni por­qué. Y por esa mis­ma ra­zón, fue un man­ga de cul­to sin de­ma­sia­da con­ti­nui­dad en el tiempo. 

    Pero en­ton­ces lle­gó Knight of Sidonia.

    Zeal & Ardor – Devil is Fine (2017) | Studio Suicide

    Como mú­si­ca de van­guar­dia, el black me­tal es­tá des­apro­ve­cha­do. Detrás de to­da su cru­de­za, hay un gé­ne­ro que, co­mo ba­se pa­ra fu­sio­nes e in­ter­pre­ta­cio­nes sui ge­ne­ris, re­sul­ta ex­ce­len­te. Por eso re­sul­ta ri­dícu­lo lo po­co apro­ve­cha­do que es­tá en cier­tos cam­pos te­má­ti­cos. Pues si su prin­ci­pal cam­po de ba­ta­lla es el at­mos­fé­ri­co, el rui­dis­ta y el sa­tá­ni­co, ¿por qué no ex­plo­rar esos mis­mos cam­pos des­de otras ópticas? 

    Eso de­bían pen­sar Zeal & Ardor. Mezclando black me­tal con gos­pel, can­tán­do­le al dia­blo co­mo le can­ta­rían a dios, con­si­guen en Devil is Fine un de­but no só­lo sor­pren­den­te, sino mu­si­cal­men­te arriesgado. 

    Taxidermias concretas vol. III | Studio Suicide

    Burial si­gue dán­do­nos lan­za­mien­tos a cuen­ta go­tas. Casi co­mo si qui­sie­ra que vea­mos su evo­lu­ción ar­tís­ti­ca a cá­ma­ra len­ta. Algo que se ha­ce no­tar en Subtemple / Beach Fires en un acer­ca­mien­to fa­mi­liar, pe­ro di­fe­ren­te, a su pro­pio so­ni­do. Pues aquí cae más cer­ca del am­bient que del dubs­tep. Es por eso que, mien­tras que Subtemple se sien­te pe­sa­da, una opor­tu­ni­dad per­di­da de ha­ber he­cho al­go di­fe­ren­te, Beach Fires sí cum­ple su pro­pó­si­to. Siendo es­tric­ta­men­te am­bient, su acer­ca­mien­to sin­gu­lar ha­cia el cor­pus del ar­tis­ta re­sul­ta tan ex­tra­ño, pe­ro de al­gún mo­do cohe­ren­te, que jus­ti­fi­ca la exis­ten­cia de es­te sen­ci­llo. Al me­nos, has­ta que vea­mos en dón­de desem­bo­ca cuan­do, por fin, vuel­va al ca­mino del lar­ga duración.

    Y lo que se está haciendo

    Burial turns 10: The roots of a dubstep masterpiece | Fact Magazine

    «Burial’s self-titled de­but al­bum was re­lea­sed on May 15, 2006, and it felt li­ke it had been a long ti­me coming.

    We’d al­ready di­ges­ted the mys­te­rious South London Boroughs EP and we­re des­pe­ra­te for mo­re. Burial pro­vi­ded the fix, and without gi­ving away any per­so­nal de­tails about William Bevan, who­se na­me hadn’t even been re­vea­led yet. There we­re pre­cious few in­ter­views, and we ne­ver got to see him stan­ding behind a pair of decks on an ele­va­ted sta­ge at so­me cor­po­ra­te fes­ti­val or other. We just got han­ded vi­bes, and that’s all we really needed».

    Embracing the 3DCG menace, ambitious action — Girls und Panzer: The Movie | Sakuga Blog

    «We must uni­te against 3DCG sin­ce it’s the enemy of hand drawn ani­ma­tion! And all ani­me CGI is com­ple­te gar­ba­ge! – But is it though?»